La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 13

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Anna Andersdatter Landvik se detuvo para esperar a Rosa, la vaca más vieja de la manada, antes de proceder a bajar por la empinada ladera. Como de costumbre, Rosa se había quedado rezagada mientras sus compañeras avanzaban hacia nuevos pastos.

—Cántale, Anna, y verás como viene —solía decirle su padre—. Irá detrás de ti.

Anna entonó las primeras notas de Per Spelmann, la canción favorita de Rosa, y la melodía que brotó de sus labios resonó en el valle como una campanilla. Consciente de que el animal tardaría en alcanzarla, se sentó en la hierba basta y su cuerpo esbelto adoptó su postura favorita para pensar, esto es: las rodillas pegadas al mentón y los brazos alrededor de las piernas. Aspiró el aire todavía cálido del atardecer y admiró el paisaje sin dejar de tararear al ritmo del zumbido de los insectos. El sol comenzaba a descender sobre las montañas del otro lado del valle y cubría el lago de un brillo parecido al del oro rosa fundido. Pronto desaparecería por completo y la noche caería rápidamente.

A lo largo de las últimas dos semanas, mientras contaba las vacas que pastaban en la ladera, la oscuridad se había adelantado cada día un poco más. Después de meses de luz hasta cerca de la medianoche, sabía que aquel día, para cuando ella regresara a la cabaña, su madre ya habría encendido los quinqués. Y que su padre y su hermano pequeño habrían llegado para ayudarlas a cerrar la vaquería de verano y bajar los animales al valle en preparación para el invierno. Aquel acontecimiento marcaba el fin del verano nórdico y el advenimiento de lo que, para Anna, suponían unos interminables meses de oscuridad casi perpetua. El intenso verdor de la montaña pronto luciría una gruesa capa de nieve, y su madre y ella abandonarían la morada de madera donde pasaban los meses más cálidos para volver a la granja familiar, situada a las afueras del pequeño pueblo de Heddal.

Cuando Rosa echó a andar hacia ella, deteniéndose de vez en cuando para olisquear la hierba, Anna cantó otra estrofa de la canción para animarla. Su padre, Anders, creía que Rosa no vería otro verano. Nadie sabía su edad exacta, pero no era mucho más joven que la propia Anna, que tenía dieciocho años. La idea de que Rosa ya no estuviera allí para saludarla con lo que a la joven le gustaba pensar que era una mirada de reconocimiento en sus dulces ojos ambarinos hacía que los suyos se llenaran de lágrimas. Y pensar en los largos y oscuros meses que la aguardaban propulsaba las gotas titilantes hacia sus mejillas.

Por lo menos, pensó mientras se las enjugaba a toda prisa, cuando volviera a la granja de Heddal vería a su gato Gerdy y a su perro Viva. Nada le gustaba tanto como acurrucarse delante de la estufa, comiendo gomme dulce con pan, con Gerdy ronroneando sobre su regazo y Viva esperando para lamer las migajas. Aunque sabía que su madre no la dejaría pasarse todo el invierno holgazaneando y soñando.

—Algún día tendrás un hogar propio del que ocuparte, kjære, y yo no estaré allí para daros de comer a ti y a tu marido —solía decirle Berit, su madre.

Desde batir mantequilla y zurcir ropa hasta dar de comer a las gallinas o estirar con el rodillo los lefse —aquellos panes planos que su padre devoraba por docenas—, Anna tenía poco interés en las tareas domésticas y, desde luego, ninguna intención de dar de comer a un marido imaginario por el momento. Por mucho empeño que pusiera —y, si era sincera consigo misma, sabía que no era el suficiente—, el resultado de sus esfuerzos en la cocina solía ser incomible por no decir desastroso.

—Llevas años haciendo gomme y el sabor no ha mejorado lo más mínimo —había comentado su madre hacía solo una semana tras plantar un cuenco de azúcar y una jarra de leche fresca sobre la mesa de la cocina—. Ya es hora de que aprendas a hacerlo como es debido.

Pero hiciera lo que hiciese, el gomme de Anna siempre salía revuelto y quemado por debajo.

—Traidor —le había susurrado a Viva, pues hasta el perro de la granja, siempre apetente, había apartado el hocico.

Aunque hacía cuatro años que había dejado el colegio, Anna todavía echaba de menos la tercera semana de cada mes, cuando frøken Jacobsen, la maestra que repartía su tiempo entre los pueblos del condado de Telemark, llegaba a Heddal con nuevas cosas que enseñarles. Aquello le gustaba mucho más que las estrictas clases del pastor Erslev, en las que tenían que recitar de memoria pasajes de la Biblia y eran evaluados delante de todos los demás compañeros. Anna odiaba aquellos momentos, y siempre había sentido que la cara le ardía al notar las miradas de todo el mundo clavadas en ella cuando se encallaba con palabras desconocidas.

La mujer del pastor, fru Erslev, era mucho más amable y tenía más paciencia con ella cuando le tocaba aprenderse los himnos para el coro de la iglesia. Y, últimamente, solía asignarle los solos. Cantar era mucho más fácil que leer, pensaba Anna. Cuando cantaba, solo tenía que cerrar los ojos y abrir la boca para que de ella saliera un sonido que, al parecer, era del agrado de todos.

A veces soñaba con actuar delante de una congregación en una iglesia grande de Cristianía. Cuando cantaba, era el único momento en que sentía que valía algo. Pero, en realidad —como su madre le recordaba constantemente—, más allá de cantar para las vacas y de, algún día, entonar nanas para sus hijos, su talento carecía de utilidad. Todas sus compañeras del coro estaban ya prometidas, casadas o sufriendo las consecuencias del matrimonio, que por lo visto consistían en tener náuseas y ponerse gordas para, finalmente, generar un bebé rubicundo y llorón y tener que dejar de cantar.

En la boda de Nils, su hermano mayor, Anna había tenido que soportar los codazos e indirectas de todos sus familiares respecto a su propio futuro matrimonial, pero, dado que hasta el momento ningún pretendiente se había ofrecido para el puesto, aquel invierno ella sería la única que se quedaría atrás con las gammefrøken, que era como su hermano pequeño, Knut, llamaba a las solteronas del pueblo.

—Con la ayuda de Dios, encontrarás un marido que pueda ignorar la comida de su plato y, a cambio, sumergirse en esos preciosos ojos azules que tienes —solía bromear Anders, su padre.

Anna sabía que la pregunta que rondaba por la mente de todos los miembros de su familia era si Lars Trulssen —que había compartido a menudo sus chamuscadas ofrendas— sería ese hombre valiente. El muchacho vivía en la granja vecina con su padre enfermo. Los hermanos de Anna habían convertido a Lars —hijo único y huérfano de madre desde los seis años— prácticamente en un tercer hermano, y muchas noches se lo veía cenando a la mesa de la familia Landvik. Anna se acordaba de lo mucho que, durante los largos inviernos, habían jugado todos juntos en los días de nieve. A sus atolondrados y bulliciosos hermanos les encantaba enterrarse mutuamente en la nieve de manera que el característico pelo rojizo de los Landvik destacara sobre el paisaje blanco, mientras que, para consternación de ambos, Lars, que era de naturaleza mucho más sosegada, se metía en casa para leer un libro.

En circunstancias normales Nils, como hijo primogénito, se habría quedado a vivir con su nueva esposa en casa de los Landvik después de casarse. Sin embargo, el reciente fallecimiento de los padres de ella había hecho que heredaran la granja familiar en un pueblo situado a varias horas de Heddal, así que Nils se había mudado allí para dirigirla. Ahora le correspondía a Knut pasar todo su tiempo en los campos de la granja de los Landvik ayudando a su padre.

De modo que a menudo Anna se descubría sentada a solas con Lars, que seguía visitando la casa con regularidad. A veces le hablaba del libro que estaba leyendo en aquellos momentos y, mientras ella aguzaba el oído para escuchar su voz apagada, el chico le narraba historias fascinantes de otros mundos que parecían mucho más emocionantes que Heddal.

—Acabo de terminar Peer Gynt —le dijo una noche—. Me lo envió mi tío desde Cristianía, y creo que te gustaría. En mi opinión es lo mejor que ha escrito Ibsen hasta el momento.

Anna había bajado la mirada, reacia a reconocer que no tenía ni idea de quién era aquel tal Ibsen, pero Lars no la juzgó por ello y le explicó todo lo relacionado con el más grande dramaturgo noruego aún vivo. Al parecer, Ibsen había nacido en Skien, una ciudad muy próxima a Heddal, y estaba dando a conocer al mundo la literatura y la cultura noruegas. Lars le dijo que había leído todo lo que Ibsen había escrito. De hecho, Anna tenía la impresión de que había leído todos los libros que se habían escrito en el mundo. Lars incluso le había confesado su sueño de convertirse algún día en escritor.

—Pero no es probable que ocurra aquí —añadió clavando con nerviosismo su mirada de ojos azules en los de ella—. Noruega es un país muy pequeño y muchos de nosotros tenemos una educación pobre, pero he oído que en Estados Unidos, si trabajas duro, puedes llegar a ser lo que quieras…

Anna sabía que Lars había aprendido por su cuenta a leer y escribir en inglés a fin de prepararse para ese momento. Componía poemas en ese idioma y decía que pronto los enviaría a una editorial. Siempre que él empezaba a hablarle de Estados Unidos, Anna sentía una punzada de dolor, pues sabía que Lars jamás podría permitirse tal cosa. Su padre padecía artritis y tenía las manos permanentemente paralizadas en un semipuño, de modo que Lars tenía que llevar la granja solo y seguía viviendo en la desvencijada casa familiar.

Cuando el joven no cenaba con ellos, no era extraño que el padre de Anna se lamentara del abandono que sufrían desde hacía años las tierras de la familia Trulssen y de que sus cerdos campasen a sus anchas por ellas y las revolvieran hasta tornarlas pobres y yermas.

—Con toda la lluvia que ha caído últimamente, son poco más que un lodazal —decía—. Pero ese muchacho vive en el mundo de sus libros, no en el mundo real de los campos y las granjas.

Durante el invierno anterior, una tarde en que Anna estaba intentando descifrar la letra de un himno nuevo que fru Erslev quería que se aprendiera, Lars había levantado la vista de su libro y se había quedado mirándola desde el otro lado de la mesa de la cocina.

—¿Necesitas ayuda? —se había ofrecido.

Sonrojándose al comprender que había estado vocalizando las mismas palabras una y otra vez en un intento de memorizarlas bien, Anna se había preguntado si quería que el muchacho se acercara más, pues siempre apestaba a puerco. Finalmente, había asentido con timidez y Lars se había sentado a su lado. Habían repasado juntos todas las palabras hasta que ella se dio cuenta de que podía leer el himno de carrerilla.

—Gracias por ayudarme —le había dicho.

—De nada —había contestado él, ruborizado—. Si quieres, podría ayudarte a leer y a escribir mejor. Si prometes cantar para mí de vez en cuando.

Consciente de que su nivel de lectura y escritura había empeorado a lo largo de los cuatro años que habían transcurrido desde que dejó el colegio, Anna había aceptado. Y a partir de aquel momento, ambos habían pasado muchas noches del último invierno sentados a la mesa de la cocina con las cabezas juntas. Tanto es así, que Anna había descuidado sus bordados, para disgusto de su madre. Pronto habían pasado de los himnos a los libros que Lars le llevaba desde su casa envueltos en papel encerado para proteger las valiosas páginas de la lluvia y la nieve incesantes. Y, terminada la clase, los libros se cerraban y Anna cantaba para él.

Aunque al principio sus padres habían visto con cierta preocupación la afición de Anna por los libros, les gustaba escucharla cuando les leía por las noches.

—Yo habría escapado de esos troles mucho más deprisa —les había dicho después de leerles Las tres princesas de Blanquilandia una noche frente al fuego.

—Pero si uno de los troles tenía seis cabezas —había señalado Knut.

—Seis cabezas te obligan a correr más despacio —había replicado ella con una sonrisa.

También había practicado su caligrafía, y Lars se había reído al ver la fuerza con la que apretaba el lápiz, hasta que los nudillos se le ponían blancos a causa de la tensión.

—No se va a escapar —le había dicho colocándole cada dedo en la posición adecuada alrededor del lápiz.

Una noche, tras ponerse el abrigo de pelo de lobo para protegerse del frío glacial, Lars había abierto la puerta para marcharse y unos copos de nieve tan grandes como mariposas se habían colado en la casa. Uno de ellos aterrizó sobre la nariz de Anna y Lars alargó tímidamente el brazo para quitárselo antes de que se derritiera. Al notar la aspereza de su mano sobre la piel de la joven, la devolvió rápidamente al bolsillo del abrigo.

—Buenas noches —había murmurado, antes de salir a la oscuridad del invierno, y los copos de nieve se derritieron en el suelo cuando la puerta se cerró a su espalda.

Anna se levantó cuando Rosa finalmente llegó hasta ella. Mientras le acariciaba las orejas aterciopeladas y le plantaba un beso en la estrella blanca que tenía en medio de la frente, no pudo por menos que reparar en los pelos grises en torno al morro rosado.

—Por favor, aguanta hasta el verano que viene —le susurró.

Tras cerciorarse de que Rosa descendía con parsimonia hacia la umbría ladera en la que pastaban apaciblemente sus compañeras, Anna puso rumbo a la cabaña. Por el camino decidió que todavía no estaba preparada para un cambio; lo único que quería era regresar allí cada verano y sentarse en los prados con Rosa. Su familia tal vez pensara que era una ingenua, pero Anna sabía exactamente lo que le tenían planeado. Y recordaba a la perfección el extraño comportamiento de Lars cuando se había despedido de ella al comienzo del verano.

Le había dado el poema de Peer Gynt de Ibsen para que lo leyera y le había tomado suavemente la mano mientras ella sostenía el libro frente a su pecho. Anna se había quedado petrificada. Aquel contacto había representado una forma nueva de intimidad, muy diferente de la relación de hermanos que siempre había creído que tenían. Al mirar a Lars, había visto una expresión distinta en sus intensos ojos azules y de pronto le había parecido un extraño. Aquella noche se había ido a la cama temblando a causa de esa mirada, pues sabía muy bien qué significaba.

Al parecer sus padres ya se habían informado de las intenciones de Lars.

—Podríamos comprar las tierras de los Trulssen como dote de Anna —había oído que su padre le decía a su madre una noche.

—Deberíamos buscarle un partido mejor —había contestado Berit en un susurro—. Los Haakonssen todavía tienen un hijo casadero en Bø.

—Me gustaría tenerla cerca —había respondido Anders con firmeza—. Si compramos la propiedad de los Trulssen, estaremos tres años sin obtener ingresos, hasta que la tierra se recupere. Pero después, la cosecha se duplicará. Creo que Lars es lo máximo a lo que podemos aspirar, dadas las… limitaciones de Anna.

El comentario le había dolido, y su resentimiento había aumentado cuando sus padres habían empezado a hablar abiertamente de posibles planes de boda entre ella y Lars. Se preguntaba si en algún momento se tomarían la molestia de preguntarle si quería casarse con él. Pero ese momento no llegó, así que Anna se abstuvo de comentarles que, aunque Lars le caía bien, no tenía muy claro que pudiera llegar a quererlo.

Aunque en más de una ocasión había imaginado cómo sería besar a un hombre, no estaba para nada segura de que en realidad fuera a gustarle. Y en cuanto a esa otra cosa desconocida —el acto que sabía que debía producirse para tener hijos—, era algo sobre lo que solo podía especular. A veces, por la noche, oía crujidos y gemidos extraños procedentes del dormitorio de sus padres, pero cuando le había preguntado a Knut al respecto, su hermano simplemente había soltado una risita y le había dicho que así habían llegado todos al mundo. Si se parecía en algo al momento en que el toro se le presentaba a la vaca… Anna se estremeció al recordar cómo había que animar a la criatura, que no paraba de bramar, a subirse sobre su conquista femenina, al tiempo que el mozo lo ayudaba a meter la «cosa» dentro de ella para que la vaca tuviera un ternero unos meses después.

Deseaba poder preguntarle a su madre si el proceso de los humanos era parecido, pero nunca conseguía reunir el valor necesario para hacerlo.

Para colmo, se había pasado el verano forcejeando con Peer Gynt, y ni siquiera entonces, después de analizar infinitas veces la historia, era capaz de entender ni lo más mínimo por qué la pobre campesina —Solveig, se llamaba— había malgastado toda su vida esperando a un hombre horrible y mujeriego como Peer. Y luego, cuando este al fin regresa, lo acepta y se posa su cabeza embustera e infiel sobre el regazo.

—Yo la habría utilizado como pelota para que Viva jugara con ella —farfulló camino de la cabaña.

Y lo que sí había decidido firmemente aquel verano era que jamás, jamás, podría casarse con un hombre al que no amara.

Cuando llegó al final del sendero, divisó la sólida cabaña de madera, intacta desde hacía varias generaciones. El tejado de pasto destacaba como un lozano recuadro verde brillante entre el follaje más oscuro de las píceas del bosque circundante. Anna tomó agua del cubo que descansaba junto a la puerta y se lavó las manos para quitarse el olor a vaca antes de entrar en la alegre cocina y sala de estar donde, tal como había vaticinado, ya ardían los quinqués.

La estancia albergaba una mesa grande cubierta por un mantel de cuadros, un aparador de pino labrado, un viejo horno de leña y una enorme chimenea abierta donde su madre y ella calentaban la olla de hierro con las gachas del desayuno y la cena, y la carne y las verduras del mediodía. En la parte de atrás estaban las habitaciones: la de sus padres, la de Knut, y el diminuto cuarto donde ella dormía.

Cogió uno de los quinqués de la mesa, avanzó por el gastado suelo de tablones y abrió la puerta de su habitación. Tenía que entrar prácticamente de costado, pues el espacio era tan reducido que la cama casi chocaba con la puerta. Dejó la lámpara en la mesilla de noche y se quitó el gorro para dejar que la melena de bucles cobrizos le cayera sobre los hombros.

Tomó su desvaído espejo y, sentándose en la cama, se miró la cara y se limpió una mancha de tierra de la frente a fin de estar presentable para la cena. Se quedó unos instantes examinando su reflejo en la agrietada superficie. No se consideraba una muchacha especialmente bonita. Su nariz parecía excesivamente pequeña en comparación con sus grandes ojos azules y sus labios carnosos y redondeados. Lo único bueno de la llegada del invierno, pensó, era que las abundantes pecas que le brotaban en verano sobre el puente de la nariz y las mejillas remitirían e hibernarían con ella hasta la primavera.

Con un suspiro, dejó el espejo, salió del cuarto con dificultad y miró la hora en el reloj de pared de la cocina. Marcaba las siete. Le extrañó que no hubiera nadie en casa, sobre todo porque aquel día esperaban a su padre y a Knut.

—¿Hola? —llamó en vano.

Salió a la luz crepuscular, que se desvanecía a toda prisa, y rodeó la cabaña hasta la parte de atrás, donde, sobre la tierra áspera, descansaba una mesa de pino macizo. Para su sorpresa, vio a sus padres y a Knut allí sentados con un desconocido cuyo rostro aparecía iluminado por la luz del quinqué.

—¿Dónde diantre estabas, criatura? —le preguntó su madre poniéndose en pie.

—Asegurándome de que las vacas bajaran de la montaña, tal como me pediste.

—Hace horas que te fuiste —la reprendió Berit.

—Tuve que ir a buscar a Rosa. Las demás la habían dejado atrás, completamente sola.

—Bueno, por lo menos ya estás aquí. —Berit parecía aliviada—. Este caballero ha subido con tu padre y tu hermano para conocerte.

Anna le echó un vistazo al caballero preguntándose por qué habría hecho una cosa así. Nadie había ido nunca a ningún lugar solo para «conocerla». Cuando lo observó con más detenimiento, advirtió que no era de la región. Lucía una americana de sastre oscura con solapas anchas, un pañuelo de seda en torno al cuello y un pantalón de franela que, pese a las manchas de barro de los dobladillos, era la clase de prenda que usaba la gente elegante de las grandes ciudades. Lucía un gran bigote con las puntas mirando hacia arriba, como los cuernos de una cabra, y Anna le calculó, por las arrugas de la cara, cincuenta años largos. Mientras lo escudriñaba, se dio cuenta de que él también la estaba examinando. Finalmente, el hombre esbozó una gran sonrisa de aprobación.

—Ven a conocer a herr Bayer, Anna.

Su padre le hizo señas para que se acercara al tiempo que cogía la gran jarra que había en la mesa para servir cerveza casera en la taza del caballero.

Anna se acercó tímidamente al hombre, que se levantó de inmediato y le tendió la mano. Ella alargó la suya y él, en lugar de estrechársela, la tomó entre las suyas.

—Frøken Landvik, es un honor conocerla.

—¿De veras? —respondió Anna, atónita.

—¡No seas maleducada, Anna! —la reprendió su madre.

—No, por favor —intervino el hombre—, estoy seguro de que Anna no pretendía serlo. Simplemente le sorprende mi presencia. Apuesto a que su hija no vuelve todos los días a su casa de las montañas para encontrarse a un desconocido esperándola. Y ahora, Anna, si tienes la amabilidad de tomar asiento, te explicaré por qué estoy aquí.

Mientras ella obedecía, sus padres y Knut observaban la escena con expectación.

—En primer lugar, permite que me presente. Me llamo Franz Bayer y soy profesor de historia noruega en la Universidad de Cristianía. También soy pianista y profesor de música. Mis amigos y yo solemos pasar muchos veranos en el condado de Telemark estudiando la cultura nacional que las buenas gentes de estos lares tan bien conserváis y buscando jóvenes talentos musicales para actuar en Cristianía, la capital. Cuando llegué a Heddal, como siempre hago, me encaminé en primer lugar hacia la iglesia, y allí conocí a fur Erslev, la esposa del pastor. Me contó que es la directora del coro, y cuando le pregunté si tenía alguna voz excepcional entre sus filas, me habló de ti. Supuse, como es lógico, que vivirías en el pueblo o sus alrededores. Entonces me explicó que pasabas los veranos aquí arriba, a casi un día de trayecto en carreta, pero que daba la casualidad de que tal vez tu padre pudiese proporcionarme un medio de transporte, y así lo hizo. —Herr Bayer se volvió hacia Anders con una inclinación de cabeza—. Mi querida señorita, confieso que tuve mis reticencias cuando fru Erslev me dijo dónde vivías. Sin embargo, la mujer del pastor me aseguró que el viaje merecería la pena. Dice que posees una voz angelical. De modo que —abrió los brazos y esbozó una gran sonrisa— aquí estoy. Y tus padres se han mostrado sumamente hospitalarios mientras aguardábamos tu regreso.

Mientras Anna intentaba asimilar las palabras de herr Bayer, cayó en la cuenta de que tenía la boca abierta a causa de la sorpresa y se apresuró a cerrarla. No quería que un sofisticado hombre de ciudad la tomara por una campesina bobalicona.

—Me siento honrada de que haya hecho el viaje solo para verme a mí —dijo, y esbozó la reverencia más elegante que fue capaz de realizar.

—Bueno, si la directora de tu coro tiene razón, y me consta que tus padres también creen que posees talento, el honor es todo mío —respondió herr Bayer—. Y, por supuesto, ahora que ya estás aquí, me complace comunicarte que tienes una oportunidad de demostrar que están en lo cierto. Me encantaría que cantaras para mí, Anna.

—Por supuesto —dijo Anders al ver que Anna se quedaba paralizada, titubeando en silencio—. ¿Anna?

—Solo sé himnos y canciones populares, herr Bayer.

—Bien; cualquiera de las dos cosas servirá, te lo aseguro —la animó.

—Canta Per Spelmann —sugirió su madre.

—Es un buen comienzo —respondió herr Bayer asintiendo con la cabeza.

—Pero hasta ahora solo se la he cantado a las vacas.

—Imagina, entonces, que soy tu vaca favorita y que quieres que vuelva a casa —propuso herr Bayer con un brillo divertido en la mirada.

—Está bien, señor. Lo intentaré.

Anna cerró los ojos y trató de imaginarse de nuevo en la ladera llamando a Rosa, tal como había hecho aquella tarde. Respiró hondo y empezó a cantar. Las palabras brotaban de su interior sin que tuviera que pensarlas mientras contaba la historia del pobre violinista que entregó su vaca para recuperar su violín. Y cuando el aire de la noche se hubo llevado la última nota, abrió los ojos.

Miró a herr Bayer con incertidumbre, esperando una reacción. El silencio se alargó durante unos instantes mientras el hombre la estudiaba detenidamente.

—Ahora un himno —propuso al fin—. ¿Conoces Herre Gud, dit dyre Navn og Ære?

Anna asintió y abrió de nuevo la boca para cantar. Aquella vez, cuando terminó, vio que herr Bayer sacaba un pañuelo y se secaba los ojos.

—Jovencita —dijo con la voz ronca a causa de la emoción—, has estado sublime. Ha merecido cada una de las horas de dolor de espalda que sufriré esta noche a consecuencia del viaje.

—Por descontado, pasará la noche con nosotros —intervino Berit—. Puede instalarse en el dormitorio de nuestro hijo Knut. Él dormirá en la cocina.

—Muchas gracias, querida señora. Aceptaré su invitación encantado, pues tenemos muchas cosas de las que hablar. Disculpe mi atrevimiento, pero ¿podría ofrecer algo de pan a este exhausto viajero? No he probado bocado desde el desayuno.

—Le pido mil perdones, señor —se disculpó Berit, horrorizada por haberse olvidado por completo de la comida en medio de la agitación—. Anna y yo prepararemos ahora mismo para todos algo de comer.

—Entretanto, herr Landvik y yo hablaremos de cómo podríamos llevar la voz de Anna hasta los oídos del gran público noruego.

Con los ojos como platos, Anna siguió obedientemente a su madre hasta la cocina.

—¿Qué pensará de nosotros? Yo te lo diré: ¡que somos tan poco hospitalarios, o tan pobres, que no hay comida en nuestra mesa para un invitado! —se regañó Berit en tanto preparaba una gran fuente con pan, mantequilla y lonchas de cerdo curado—. Seguro que vuelve a Cristianía y les cuenta a sus amigos que las historias que han oído sobre nuestros modales incivilizados son ciertas.

Mor, herr Bayer parece un caballero bondadoso y estoy segura de que no hará tal cosa. Si ya está todo listo, iré a buscar leña para el fuego.

—Bueno, date prisa, que has de poner la mesa.

—Sí, mor.

Anna salió con una gran cesta de mimbre bajo el brazo. Después de llenarla de troncos, se quedó un rato contemplando las luces titilantes que brillaban intermitentemente en la ladera que descendía hasta el lago y que indicaban la presencia de otras viviendas humanas. El corazón todavía le latía desbocado por los sorprendentes acontecimientos de aquella noche.

No tenía una idea clara de lo que significaban para ella, aunque había oído historias de otros cantantes y músicos con talento que habían sido arrastrados hasta la ciudad desde sus pueblos de Telemark por profesores como herr Bayer. Se preguntó si, en el caso de que el hombre le pidiera que se marchase con él, le apetecería de verdad hacerlo. Pero, teniendo en cuenta que su experiencia más allá de la lechería se limitaba a Heddal y algún que otro viaje esporádico a Skien, ni siquiera podía empezar a imaginarse lo que implicaría un paso así.

Al oír que su madre la llamaba, giró sobre sus talones y regresó a la cabaña.

A la mañana siguiente, durante los breves instantes de sopor que separan el sueño de la vigilia, Anna se revolvió en su cama con la vaga idea de que algo increíble había sucedido la noche previa. Cuando al fin recordó qué era, se levantó e inició el engorroso proceso de ponerse los pololos, la camiseta interior, la blusa de color crema, la falda negra y el chaleco de vivos colores que conformaban su atuendo cotidiano. Tras recogerse el pelo bajo el gorro de algodón, se calzó las botas.

La noche anterior, después de la cena, había cantado dos canciones más y otro himno antes de que su madre la enviara a la cama. Hasta aquel momento la charla no se había centrado en Anna, sino en el tiempo inusitadamente cálido y la cosecha que su padre preveía obtener el año siguiente. Luego, no obstante, la joven había escuchado las voces quedas de sus padres y herr Bayer a través de las finas paredes de madera y comprendido que estaban discutiendo de su futuro. En un momento dado, incluso se había atrevido a abrir la puerta de su cuarto unos centímetros.

—Como es lógico, me preocupa que si Anna nos deja para marcharse a la ciudad, mi esposa tenga que cargar sola con las tareas domésticas —había oído decir a su padre.

—Reconozco que la cocina y la limpieza no son lo suyo, pero es trabajadora y se ocupa de los animales —había añadido Berit.

—Bueno, estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo —había contestado herr Bayer para tranquilizarlos—. Naturalmente, estoy dispuesto a compensarles por perder la ayuda que representa su hija.

Anna había contenido la respiración, incrédula, cuando el profesor mencionó una cifra. Incapaz de seguir escuchando, había cerrado la puerta con sigilo. «¡Así que piensan venderme como una vaca en el mercado!», farfulló indignada por el hecho de que el dinero pudiera siquiera influir en la decisión de sus padres. Sin embargo, también había sentido un pequeño estremecimiento de emoción. Después de aquello, había tardado un buen rato en conciliar el sueño.

Por la mañana, frente a las gachas del desayuno, Anna guardó silencio mientras su familia hablaba de herr Bayer, que seguía durmiendo para recuperarse del agotamiento del viaje. Por lo visto, el entusiasmo de la noche previa había decaído y su familia había empezado a preguntarse si era prudente dejar que su única hija se marchara a la ciudad con un desconocido.

—Solo contamos con su palabra —señaló Knut, molesto por haber tenido que cederle su cama a herr Bayer—. ¿Quién nos asegura que Anna va a estar a salvo con él?

—Digo yo que si fru Erslev le ha dado su aprobación y nos lo ha enviado aquí arriba, será porque es un hombre respetable y temeroso de Dios —opinó Berit mientras preparaba un cuenco de gachas más copioso para su huésped, con una cucharada de mermelada de arándanos encima.

—Lo mejor sería que fuera a hablar con el pastor y su esposa cuando regresemos a Heddal la semana que viene —concluyó Anders, y Berit asintió.

—En ese caso, herr Bayer tendrá que darnos algo de tiempo para meditarlo y volver a visitarnos dentro de unos días para comentarlo.

Anna no se atrevía a abrir la boca, pues sabía que era su futuro lo que oscilaba sobre la balanza y no estaba segura de hacia qué lado quería que se decantara. Deseosa de pasar el día con las vacas para poder reflexionar en paz, se escabulló antes de que su madre pudiera asignarle otras tareas. Canturreando por el camino, se preguntó por qué herr Bayer estaba tan interesado en ella cuando seguro que en Cristianía había muchas chicas que cantaban mejor. Apenas le quedaban unos días en las montañas antes de regresar a Heddal para el invierno, y de pronto se angustió al comprender que quizá no regresara allí el siguiente verano. Tras darle un abrazo y un beso a Rosa, cerró los ojos y siguió cantando para ahuyentar sus miedos.

Una semana después, ya de regreso en Heddal, Anders fue a hablar con el pastor Erslev y su esposa, quienes lo tranquilizaron con respecto al carácter y las credenciales del profesor. Al parecer, herr Bayer había tomado a otras muchachas bajo su protección y las había convertido en cantantes profesionales. Una de ellas, comentó entusiasmada fru Erslev, incluso había cantado en el coro del Teatro de Cristianía.

Cuando herr Bayer fue a verlos poco tiempo después, Berit había preparado la mejor pieza de cerdo que había encontrado para el almuerzo. Después de comer, mandaron a Anna a proseguir con su habitual tarea de dar de comer a las gallinas y llenar los abrevaderos de agua. La muchacha se había acercado en varias ocasiones a la ventana de la cocina, desesperada por escuchar lo que se estaba hablando dentro, pero no consiguió oír nada. Al final, Knut salió a buscarla.

Mientras se quitaba el abrigo, Anna vio que sus padres charlaban amigablemente con herr Bayer al tiempo que se bebían la cerveza casera de Anders. El profesor la recibió con una sonrisa jovial cuando se sentó a la mesa con Knut.

—Anna, tus padres han accedido a que vengas a vivir conmigo en Cristianía durante un año. Seré tu mentor, además de tu profesor, y les he prometido que actuaré fielmente in loco parentis. ¿Qué te parece?

Anna lo miró fijamente y no contestó, reacia a mostrar su ignorancia, pues no tenía la menor idea de qué significaba «mentor» o «in loco parentis».

—Herr Bayer quiere decir que vivirás con él en su apartamento de Cristianía y que te enseñará a cantar como es debido, te presentará a gente influyente y se hará cargo de que recibas los mismos cuidados que si fueras su hija —le explicó Berit posando una mano reconfortante en la rodilla de Anna.

Al reparar en su expresión de desconcierto, herr Bayer se apresuró a tranquilizarla todavía más.

—Como ya les he explicado a tus padres, la convivencia, naturalmente, tendrá lugar bajo el máximo de los decoros. Mi ama de llaves, frøken Olsdatter, también reside en el apartamento y estará siempre a tu disposición para acompañarte y atender tus necesidades. Así mismo, les he mostrado cartas con referencias de mi universidad y de la hermandad de músicos de Cristianía. De modo que no tienes nada que temer, mi querida señorita, te lo aseguro.

—Entiendo.

Anna se concentró en la taza de café que su madre le había puesto delante y bebió despacio.

—¿Dirías que te complace mi propuesta, Anna? —preguntó herr Bayer.

—Creo… que sí.

—Herr Bayer también está dispuesto a sufragar todos tus gastos —la alentó su padre—. Es una oportunidad maravillosa, Anna. Cree que tienes mucho talento.

—Así es —confirmó el profesor—. Tienes una de las voces más puras que he escuchado en mi vida. Y tu educación no será solo musical. Aprenderás otros idiomas y te pondré profesores particulares para mejorar tu nivel de lectura y escritura.

—Disculpe, herr Bayer —lo interrumpió Anna, incapaz de contenerse—, pero ya domino ambas cosas.

—Me alegro, porque eso quiere decir que podremos empezar a cultivar tu voz antes de lo que esperaba. Entonces, Anna, ¿aceptas?

Anna estaba deseando preguntar por qué: ¿por qué quería aquel hombre pagar a sus padres para dedicar su tiempo a educarlas a ella y su voz, y encima tenerla alojada en su apartamento? Pero como nadie más parecía hacerse esa pregunta, pensó que tampoco le correspondía a ella hacerla.

—Pero Cristianía está muy lejos y un año es mucho tiempo…

La voz de Anna se apagó cuando al fin comprendió la enormidad de lo que le estaban proponiendo. Todo lo que conocía, todo lo que había conocido hasta aquel momento, desaparecería de su vida. Ella era una muchacha humilde de una granja de Heddal, y aunque su vida y su futuro se le antojaban insulsos, el salto que le estaban pidiendo que diera sin apenas tiempo para meditarlo de pronto le pareció excesivo.

—Eh…

Tenía cuatro pares de ojos clavados en ella.

—Yo…

—¿Sí? —preguntaron sus padres y herr Bayer al unísono.

—Si durante mi ausencia Rosa muere, prometedme que no os la comeréis.

Y dicho eso, Anna Landvik rompió a llorar.

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