La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 14

Página 20 de 62

14

Tras la partida de herr Bayer, el hogar de los Landvik se convirtió en un hervidero de actividad. Su madre empezó a confeccionar una maleta para que Anna pudiera trasladar sus escasas pertenencias hasta Cristianía. Le lavó y remendó meticulosamente sus dos mejores faldas y blusas, así como la ropa interior, pues, como decía Berit, ninguna hija suya parecería una vulgar campesina entre aquella gente arrogante de la ciudad. Fru Erslev, la esposa del pastor, le regaló a Anna un devocionario nuevo de hojas blancas e inmaculadas antes de recordarle que rezara sus oraciones todas las noches y no se dejara seducir por las costumbres «paganas» de la ciudad. Habían quedado en que el pastor Erslev la recogería en Drammen y la acompañaría en el tren hasta Cristianía, donde debía asistir a una reunión eclesiástica.

Anna, por su parte, se dio cuenta de que apenas disponía de tiempo para sentarse y reflexionar sobre su decisión. Cada vez que la asaltaban las dudas, se esforzaba por apartarlas. Su madre le había dicho que Lars iría a verla al día siguiente, y la muchacha notaba que el corazón le aporreaba dolorosamente el pecho cuando recordaba las conversaciones susurradas de sus padres respecto a su boda. Tenía la impresión de que, independientemente de lo que le deparara el futuro, ya fuera en Heddal o en Cristianía, otras personas estaban tomando las decisiones por ella.

—Ha llegado Lars —anunció Berit a la mañana siguiente como si creyera que la propia Anna no había estado angustiosamente pendiente del chapoteo de sus botas contra el barro provocado por las lluvias de septiembre—. Yo abriré la puerta. ¿Por qué no lo recibes en el salón?

La joven asintió, consciente de que el salón era la estancia «seria». Allí estaban el banco con arcón, el único mueble tapizado de la casa, y una vitrina donde se almacenaba una mezcla de platos y pequeños adornos que su madre consideraba lo bastante buenos para ser exhibidos. El salón también había albergado los féretros de tres de los abuelos de Anna cuando habían abandonado aquel mundo. Mientras recorría el estrecho pasillo en dirección a tal estancia, la muchacha pensó que en realidad eran muy pocas las veces en que el salón había acogido a gente que respirara. Y cuando abrió la puerta, una ráfaga de aire con olor a rancio le golpeó la cara.

La conversación que estaba a punto de mantener justificaba, presumiblemente, la sobriedad del entorno, y Anna se preguntó dónde debería colocarse para cuando Lars entrara en la sala. Al oír las fuertes pisadas en el pasillo, corrió a sentarse en el banco, cuyos cojines eran casi tan duros como las tablas de pino que los sostenían.

Llamaron a la puerta y a Anna se le escapó una risita agitada. Hasta entonces, nadie había solicitado su permiso para entrar en una estancia que no fuera su dormitorio.

—¿Sí? —respondió.

La puerta se abrió y apareció el rostro redondo de su madre.

—Lars ya está aquí.

Anna lo observó mientras entraba. Se había esforzado por domar su espesa mata de pelo rubio y lucía su mejor camisa de color crema y el pantalón negro que normalmente solo se ponía para ir a la iglesia, además de un chaleco azul marino que ella no le había visto antes y que pensó que entonaba con sus ojos. Se dijo que en verdad era bastante guapo, pero también pensaba lo mismo de Knut, su hermano, y sin embargo tenía clarísimo que no quería casarse con él.

No se habían visto desde que él le había prestado Peer Gynt, y Anna tragó saliva con nerviosismo al recordar la mano de Lars sujetando la suya. Se levantó para recibirlo.

—Hola, Lars.

—¿Te apetece una taza de café, Lars? —le preguntó Berit desde la puerta.

—N-no, gracias, fru Landvik.

—En ese caso —dijo Berit después de un instante de silencio—, os dejo solos para que habléis.

—¿Quieres sentarte? —le preguntó Anna una vez su madre se hubo marchado.

—Sí —respondió él.

Anna se acomodó torpemente en el otro extremo del banco y entrelazó las manos sobre el regazo.

—Anna —Lars se aclaró la garganta—, ¿sabes por qué estoy aquí?

—¿Porque siempre estás aquí?

Su respuesta le arrancó una risa tímida a Lars y aligeró la tensión.

—Sí, supongo que tienes razón. ¿Cómo te ha ido el verano?

—Como todos los veranos anteriores, así que no puedo quejarme.

—Pero este ha sido especial para ti, ¿no? —insistió él.

—¿Lo dices por herr Bayer, el hombre de Cristianía?

—Sí. Fru Erslev se lo ha contado a todo el mundo. Está muy orgullosa de ti… y yo también —añadió—. Probablemente seas la persona más célebre de todo el condado de Telemark, con excepción de herr Ibsen, claro. Entonces ¿irás?

—Bueno, far y mor creen que es una gran oportunidad para mí. Dicen que es un honor que un hombre como herr Bayer quiera ayudarme.

—Y no se equivocan. Pero me gustaría saber si tú realmente quieres ir.

Anna lo meditó.

—Creo que debo hacerlo —contestó—. Rechazarlo sería una grosería, ¿no te parece? Sobre todo porque herr Bayer hizo todo un día de viaje para subir a la montaña y oírme cantar.

—Sí, supongo que lo sería.

Lars desvió la mirada hacia el cuadro del lago Skisjøen que colgaba de la pared de pesados troncos de pino situada detrás de Anna. Se hizo un largo silencio que la muchacha no sabía si romper o no. Finalmente, Lars volvió a fijar la vista en ella.

—Anna.

—¿Sí, Lars?

El joven respiró muy hondo, y ella se percató de que agarraba con fuerza el brazo del banco para que dejara de temblarle tanto la mano.

—Antes de que te marcharas a las montañas a pasar el verano, hablé con tu padre de la posibilidad de pedir… tu mano. Acordamos que yo le vendería las tierras de mi familia y que las trabajaríamos juntos. ¿Sabías algo de esto?

—He oído a mis padres hablar de ello —confesó Anna.

—Antes de que viniera herr Bayer, ¿cuál era tu opinión al respecto?

—¿Te refieres a lo de que far te comprara las tierras?

—No. —Lars se permitió esbozar una sonrisa irónica—. A lo de que nos casemos.

—Si te digo la verdad, no pensaba que realmente quisieras casarte conmigo. Nunca me lo has mencionado.

Lars la miró estupefacto.

—Anna, es imposible que no te hayas dado cuenta de mis sentimientos por ti. El invierno pasado venía casi todas las noches a ayudarte con la caligrafía.

—Pero, Lars, tú siempre has estado aquí, desde que era niña. Eres… como mi hermano.

Una punzada de dolor atravesó el rostro de Lars.

—El caso es, Anna, que te quiero.

Ella lo miró atónita. Había dado por sentado que Lars consideraría la propuesta de matrimonio un asunto de conveniencia, especialmente porque ella, con sus limitadas aptitudes domésticas, estaba lejos de ser un buen partido. Al fin y al cabo, según lo que había visto en su corta vida, la mayoría de los matrimonios parecían basarse en esa premisa. Pero Lars acababa de decirle que la quería… y aquello era algo muy diferente.

—Es muy amable por tu parte, Lars. Quererme, quiero decir.

—No es «amable», Anna, es…

Lars se interrumpió. Parecía confuso y aturdido. Se hizo un largo silencio durante el cual Anna pensó en lo parcas que serían sus conversaciones de la hora de la cena si se casaban. Lars probablemente se concentraría en su plato, y de eso, sin duda, no saldría nada bueno.

—Me gustaría saber, Anna, si habrías aceptado mi proposición de matrimonio si herr Bayer no te hubiese pedido que fueras con él a Cristianía.

La muchacha pensó en lo mucho que Lars la había ayudado durante el último invierno y en el enorme cariño que le tenía, y supo que solo podía darle una respuesta.

—Sí, la habría aceptado.

—Gracias —dijo él, visiblemente aliviado—. Bien, tu padre y yo hemos acordado que, dadas las circunstancias, el contrato de la compra de la granja de mi familia será redactado de inmediato. Después, te esperaré durante el año que pases en Cristianía y, a tu vuelta, pediré tu mano formalmente.

Anna empezó a alarmarse. Lars había malinterpretado sus palabras. Si le hubiera preguntado si ella lo amaba como él decía amarla a ella, habría contestado que no.

—¿Te parece bien, Anna?

El silencio se adueñó de la estancia mientras la joven trataba de ordenar sus pensamientos.

—Confío en que puedas aprender a quererme como yo te quiero a ti —continuó el chico en voz baja—. Y puede que algún día nos vayamos a Estados Unidos y comencemos allí una nueva vida. Toma, esto es para ti, el sello de nuestra promesa mutua, aunque aún no sea oficial. Te resultará más útil que un anillo, al menos de momento.

Se llevó la mano al bolsillo del chaleco, sacó un estuche de madera alargado y estrecho y se lo tendió.

—Yo… Gracias.

Anna acarició la lustrosa madera con los dedos y abrió el estuche. Dentro encontró la pluma estilográfica más bonita que había visto en su vida, y se dio cuenta de que debía de haberle costado una fortuna. El cuerpo, de ligera madera de pino, se curvaba con elegancia para encajar en su mano a la perfección, y el plumín terminaba en una punta delicada. La sostuvo tal como Lars le había enseñado a hacerlo. Y aunque no lo amaba ni quería casarse con él, su regalo la conmovió e hizo que se le saltaran las lágrimas.

—Lars, es el objeto más bello que he poseído en mi vida.

—Te esperaré, Anna —le aseguró él—. Tal vez puedas utilizarla para escribirme cartas contándome cómo es tu vida en Cristianía.

—Claro.

—¿Y estás de acuerdo en que nos prometamos formalmente el año que viene cuando regreses de Cristianía?

Sintiendo toda la fuerza del amor de Lars y bajando la mirada hacia la bella pluma, Anna pensó que solo podía responder una cosa.

—Sí.

El muchacho esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—Estoy muy contento. Y ahora iremos a anunciarles a tus padres que hemos llegado a un acuerdo. —Se puso en pie y la tomó de la mano. Después inclinó la cabeza para besársela—. Querida Anna, esperemos que Dios sea bondadoso con nosotros.

Dos días después, todos los pensamientos inquietantes sobre Lars y lo que sucedería un año más tarde desaparecieron de la mente de Anna cuando se levantó temprano para emprender el largo viaje hasta Cristianía. Estaba tan nerviosa que apenas pudo probar las tortitas especiales que su madre le había preparado de desayuno. Cuando Anders anunció que había llegado la hora de partir, Anna se puso en pie sintiendo que las piernas le temblaban como si fueran queso de cabra. Al contemplar por última vez la acogedora cocina, la asaltó un repentino deseo de deshacer la maleta y cancelar el viaje.

—Todo irá bien, kjære —dijo Berit abrazando a su hija y acariciándole los largos bucles—. Estarás de vuelta para visitarnos antes de que te des cuenta. No olvides rezar tus oraciones todas las noches, ir a la iglesia los domingos y cepillarte bien el pelo.

Mor, deja de preocuparte o no se irá nunca —le espetó Knut al tiempo que abrazaba a su hermana—. Y no te olvides de divertirte mucho —le susurró al oído antes de enjugarle las lágrimas de las mejillas.

Su padre la llevó en la carreta hasta la ciudad de Drammen —a casi un día de viaje—, desde donde tomaría el tren a Cristianía con el pastor Erslev. Se hospedaron en una modesta casa de huéspedes que también disponía de cuadras para el caballo. Así podrían madrugar y llegar a la estación con tiempo suficiente.

El pastor Erslev estaba esperando en el andén, que se hallaba abarrotado de viajeros. Cuando al fin el tren hizo su entrada, los sibilantes penachos de humo y el chirrido de los frenos abrumaron a Anna, que vio que los demás pasajeros se apresuraban a embarcar. Anders la ayudó con la amplia maleta mientras seguían al pastor hacia el vagón.

Far, estoy muy asustada —susurró Anna.

—Hija mía, si no eres feliz, solo tienes que volver a casa —respondió él con suavidad y acariciándole la mejilla—. Subiré contigo para ayudarte a instalarte.

Subieron los escalones y recorrieron el vagón hasta encontrar asientos para los dos viajeros. Anders ya había colocado la maleta sobre la rejilla de metal de arriba y, cuando el jefe de estación hizo sonar el silbato, se agachó para besar a su hija.

—Asegúrate de escribir regularmente a Lars para que podamos enterarnos de cómo estás y recuerda el gran honor que se te ha concedido. Demuestra a esa gente de la ciudad que sus hermanos del campo saben comportarse.

—Lo haré, far, lo prometo.

—Buena chica. Te veremos en Navidad. Que el Señor te proteja y te bendiga. Adiós.

—Quédese tranquilo, se la entregaré a herr Bayer sana y salva —dijo el pastor Erslev al estrecharle la mano a Anders.

Anna se esforzó por no llorar cuando su padre se apeó del tren y se acercó a la ventanilla para decirle adiós con la mano. En aquel momento, el tren arrancó con una fuerte sacudida y el rostro de su padre desapareció de inmediato tras la nube de vapor.

Mientras el pastor Erslev se concentraba en su devocionario, Anna se dedicó a observar a los demás ocupantes del vagón, y de repente sintió que su vestido tradicional llamaba demasiado la atención. El resto de los viajeros vestía ropa de ciudad, elegante, y aquello hizo que Anna se sintiera exactamente como la campesina que era. Se llevó la mano al bolsillo de la falda y sacó la carta que Lars le había entregado el día anterior, cuando se habían despedido. La había obligado a prometer que no la leería hasta que estuviera en el tren. Exagerando el gesto para demostrarles a los demás viajeros que, pese a ser una muchacha de campo, sabía leer, abrió el lacre.

Las palabras, escritas con la caligrafía cuidada de Lars, le planteaban un desafío, pero la muchacha perseveró con tenacidad.

Stalsberg Våningshuset

Tindevegen

Heddal

18 de septiembre de 1875

Kjære Anna:

Quería decirte que estoy orgulloso de ti. Aprovecha todas las oportunidades que se te presenten para mejorar tu voz y tu conocimiento del mundo que se extiende más allá de Heddal. No le tengas miedo, y recuerda que debajo de las ropas elegantes y las distintas costumbres de las personas que conocerás, solo son seres humanos como tú y como yo.

Yo, entretanto, esperaré con ansia el día de tu regreso. Por favor, escríbeme para decirme que has llegado bien a Cristianía. A todos nos fascinará conocer hasta el último detalle de tu nueva vida.

Tu afectuoso y siempre fiel,

LARS

Anna dobló la hoja con mucho cuidado y la devolvió a su bolsillo. Le costaba relacionar la persona física de Lars, tan torpe y callada, con la elocuencia natural de las palabras que había escrito en la carta. Mientras el tren traqueteaba rumbo a la capital y el pastor Erslev dormitaba en el asiento de enfrente —con una gotita de humedad colgándole peligrosamente de la punta de la nariz sin llegar a caer—, Anna sofocó la oleada de pánico que sentía cada vez que pensaba en su futura boda. Pero un año era mucho tiempo y podían suceder muchas cosas. A la gente podía caerle un rayo encima, o podía pillar un mal catarro y morir. Tal vez ella misma muriera, pensó cuando el tren pegó un repentino bandazo hacia la derecha. Y con ese pensamiento, cerró los ojos y trató de conciliar el sueño.

—¡Buenos días, pastor Erslev! Y mi querida frøken Landvik, permítame que le dé la bienvenida a Cristianía. ¿Tienes inconveniente en que te llame Anna ahora que vamos a vivir en la misma casa? —le preguntó herr Bayer al tiempo que le cogía la maleta y la ayudaba a bajar del tren.

—Desde luego, señor —respondió ella tímidamente.

—¿Qué tal el viaje, pastor Erslev? —preguntó mientras el anciano pastor renqueaba a su lado por el concurrido andén.

—Muy agradable, gracias. Bien, he cumplido con mi deber y veo que el pastor Eriksonn ya me está esperando —anunció saludando con la mano a un hombre calvo y bajito con una sotana idéntica a la suya—. Ha llegado el momento de despedirnos, Anna.

—Adiós, pastor Erslev.

Anna vio que el último vínculo que la unía a todo lo que le resultaba conocido cruzó la verja de la estación y salió a una calle bulliciosa donde aguardaban varios coches de caballos.

—También nosotros tomaremos uno de esos para que nos lleve rápido a casa. Normalmente cojo el tranvía, pero temo que te resulte excesivo después del largo viaje.

Herr Bayer le dio la dirección al cochero y la ayudó a subir. Entusiasmada con la idea de viajar en un medio de transporte tan lujoso, Anna tomó asiento en el banco, tapizado con un suave material de color rojo y mucho más cómodo que el del salón de su casa.

—El trayecto hasta mi apartamento es corto —comentó herr Bayer— y mi ama de llaves nos ha preparado la cena. Debes de tener apetito después del largo viaje.

Anna deseó secretamente que el trayecto durara mucho. Descorrió las cortinillas de brocado y, mientras se adentraban en el centro de la ciudad, miró fascinada por la ventanilla. A diferencia de las calzadas estrechas e irregulares que zigzagueaban por Skien, allí las calles eran anchas, arboladas y bulliciosas. Adelantaron un tranvía tirado por caballos, con sus pasajeros bien vestidos, las cabezas de los hombres tocadas con lustrosas chisteras y las de las mujeres con sofisticadas creaciones adornadas con flores y cintas. Anna trató de imaginarse luciendo uno de aquellos sombreros y ahogó una risita.

—Tenemos mucho de que hablar —iba diciendo herr Bayer—, pero hay tiempo de sobra hasta que…

—¿Hasta qué, señor? —preguntó Anna.

—Oh, hasta que estés preparada para recibir a un público más numeroso, mi querida señorita. Ya hemos llegado.

Herr Bayer abrió la ventanilla y pidió al cochero que detuviera el carruaje. Mientras el profesor la ayudaba a bajar y recuperaba la maleta, Anna contempló el alto edificio de piedra cuyas muchas plantas llenas de ventanas luminosas parecían elevarse hasta el cielo.

—Lamentablemente, aún no hemos instalado una de esas modernas máquinas elevadoras, por lo que tendremos que subir a pie —la informó herr Bayer tras cruzar la gran puerta de doble hoja y detenerse en el enorme vestíbulo de suelos de mármol—. Cuando llego al apartamento —comentó al empezar a ascender por una escalera curva con una brillante barandilla de bronce—, por lo menos siento que me he ganado la cena.

Anna solo había contado tres breves tramos de escalera, en su opinión mucho más fáciles de subir que la ladera de una montaña bajo la lluvia, cuando herr Bayer la condujo por un amplio corredor y abrió una puerta.

—¡Frøken Olsdatter, ya estamos en casa, ha llegado Anna! —gritó mientras la invitaba a recorrer un pasillo y entrar en un salón espacioso con las paredes forradas de papel rojo rubí y los ventanales más grandes que Anna había visto en su vida—. ¿Dónde se habrá metido esa mujer? —protestó herr Bayer—. Si me disculpas un momento, querida Anna, iré a buscarla. Siéntate y ponte cómoda, por favor.

Anna estaba demasiado tensa para permanecer quieta, así que aprovechó aquel rato para inspeccionar la estancia. Junto a uno de los ventanales descansaba un piano de cola, y debajo de otro había un enorme escritorio de caoba abarrotado de montones de partituras. El centro de la estancia estaba dominado por una versión más grande y mucho más refinada del banco de su familia. Enfrente tenía dos elegantes butacas tapizadas con la misma tela de rayas rosas y marrones y, entre ellas, una mesa baja hecha de una hermosa madera oscura, con una pila de libros y una colección de tabaqueras encima. Las paredes estaban adornadas con cuadros de paisajes campestres que recordaban a los que rodeaban su casa de Heddal, así como con cartas y diplomas enmarcados. Uno de ellos le llamó especialmente la atención y se acercó para examinarlo.

Det kongelige Frederiks Universitet tildeler

Prof. Dr. Franz Bjørn Bayer

Æresprofessorat i historie

16 de julio de 1847

Debajo del texto, había un sello de lacre y una firma. Anna se preguntó cuántos años de universidad habría necesitado su mentor para conseguir aquel título.

—¡Caray, ya está oscureciendo y apenas son las cinco! —se lamentó herr Bayer cuando volvió a entrar en el salón acompañado de una mujer alta y delgada de una edad tal vez similar, pensó Anna, a la de su madre.

Llevaba un vestido de lana oscura, con el cuello alto y largo hasta los pies, que, aunque de corte elegante, era sencillo y sin más adornos que el manojo de llaves que colgaba de la fina cadena que le rodeaba la cintura. El pelo, de color castaño claro, lo tenía recogido en un moño bajo.

—Anna, te presento a frøken Olsdatter, mi ama de llaves.

—Es un placer conocerla, frøken Olsdatter —dijo la joven con una reverencia, tal como le habían enseñado que debía hacer para mostrar respeto a sus mayores.

—Lo mismo digo, Anna —contestó la mujer con una media sonrisa en sus cálidos ojos castaños cuando la vio incorporarse—. Estoy aquí para servirte y atenderte a ti —recalcó—, de modo que debes informarme de cualquier cosa que necesites o que no sea de tu agrado.

—Eh… —Anna estaba confusa. ¿Era posible que aquella dama tan bien vestida fuera una sirvienta?—. Gracias.

—Por favor, frøken Olsdatter, encienda las lámparas —ordenó herr Bayer—. Anna, ¿tienes frío? Si es así, encenderemos también la estufa.

Anna tardó un rato en responder, pues estaba demasiado ensimismada observando a frøken Olsdatter bajar la araña que colgaba del techo sirviéndose de una cuerda y después girar un pomo de bronce situado en el centro de la misma antes de acercarle una vela de cera encendida. Unas llamas delicadas brotaron de los brazos labrados de la lámpara, que fueron inundando la estancia con una suave luz dorada mientras se alzaban hacia el techo. Anna se fijó entonces en la estufa a la que se refería herr Bayer. Estaba fabricada con algún tipo de cerámica especial y era de color crema. La amplia chimenea se elevaba hasta el alto techo de elegante entramado y la repisa labrada tenía el filo dorado. Comparada con el feo artilugio de hierro de su casa, aquello no era una estufa, pensó Anna, era una obra de arte.

—Gracias, herr Bayer, pero no tengo frío.

—Frøken Olsdatter, por favor, coja la capa de Anna y déjela en su habitación junto con la maleta —solicitó el profesor.

Anna se desató la cinta y el ama de llaves le retiró la capa de los hombros.

—La gran ciudad debe de resultarte abrumadora —le susurró mientras se colgaba la capa del brazo—. A mí, sin duda, me lo pareció cuando llegué desde Ålesund.

Anna supo de inmediato, gracias a aquellas pocas palabras, que un día frøken Olsdatter también había sido una chica de campo. Y que la entendía.

—Ahora, mi querida señorita, nos sentaremos y tomaremos una taza de té. En cuanto disponga de un momento para traerlo, frøken Olsdatter.

—Enseguida, herr Bayer.

El ama de llaves asintió, cogió la maleta de Anna y se marchó.

El profesor le señaló a la joven una de las butacas y él se sentó en el banco, frente a ella.

—Tenemos muchas cosas de que hablar, y como no hay mejor momento que el presente, empezaré a contarte cómo será tu nueva vida aquí, en Cristianía. Dices que sabes leer y escribir, lo cual nos ahorrará mucho tiempo. ¿Sabes también leer una partitura?

—No —admitió Anna.

Vio que herr Bayer se acercaba un cuaderno de piel y cogía una pluma esmaltada que hacía que la que Lars le había regalado a ella pareciera un tosco trozo de madera. El hombre sumergió la pluma en el tintero que descansaba en la mesa de centro y empezó a tomar notas.

—E imagino que no conoces otros idiomas.

—No.

Apuntó algo más en su cuaderno.

—¿Has asistido alguna vez a un concierto, y con eso me refiero a una actuación musical, en un teatro o en un auditorio?

—No, señor, solo en la iglesia.

—Pues hemos de ponerle remedio a eso lo antes posible. ¿Sabes qué es una ópera?

—Creo que sí. Es cuando en una obra de teatro los personajes cantan la historia en lugar de hablar.

—Muy bien. ¿Y cómo andas de cálculo?

—Sé contar hasta cien —contestó Anna muy orgullosa.

Herr Bayer reprimió una sonrisa.

—Y eso es más que suficiente para la música, Anna. Como cantante, has de saber contar los tiempos. ¿Sabes tocar algún instrumento?

—Mi padre tiene un violín hardanger y aprendí lo esencial para poder tocarlo.

—Está visto que ya eres una señorita muy formada —dijo satisfecho cuando el ama de llaves entró con la bandeja—. Ahora tomaremos una taza de té y después, si frøken Olsdatter es tan amable, te enseñará tu habitación. Cenaremos juntos a las siete en el comedor.

A Anna le llamó la atención la extraña jarra de la que el ama de llaves estaba sirviendo lo que parecía un café sumamente flojo.

—Es té de Darjeeling —le dijo herr Bayer.

Tratando de no desvelar su ignorancia, siguió el ejemplo de herr Bayer y se llevó la delicada taza de porcelana a los labios. El sabor era agradable pero un tanto insulso comparado con el del café fuerte que hacía su madre en casa.

—En tu habitación encontrarás varias prendas sencillas que te ha confeccionado frøken Olsdatter. Obviamente, solo pude darle una idea aproximada de tu talla y, ahora que te miro, eres aún más menuda de lo que recordaba, así que es posible que haya que retocarlas. Como ya habrás observado, en Cristianía ya casi nadie viste el traje tradicional noruego salvo en los días de fiesta.

—Estoy segura de que la ropa que frøken Olsdatter haya confeccionado me irá bien, señor —respondió educadamente Anna.

—Mi querida señorita, debo reconocer que estoy gratamente impresionado con tu aplomo hasta el momento. He pasado tiempo en compañía de otras cantantes jóvenes llegadas del campo y entiendo el enorme cambio que todo esto representa para vosotras. Por desgracia, muchas de ellas vuelven a sus casas como ratoncillos asustados. Tengo el presentimiento de que contigo será diferente. Y ahora, Anna, frøken Olsdatter te enseñará tu habitación para que te instales mientras yo me enfrento al interminable papeleo de la universidad. Nos veremos a las siete para cenar.

—Muy bien, señor.

Anna se levantó y vio que frøken Olsdatter ya estaba esperándola en la puerta. Le dedicó una reverencia al profesor y siguió al ama de llaves por el pasillo hasta que la mujer se detuvo delante de una puerta y la abrió.

—Esta va a ser tu habitación, Anna. Espero que te resulte acogedora. Las faldas y blusas que te he confeccionado están en el armario. Pruébatelas más tarde y veremos si necesitan arreglo.

—Gracias.

Anna contempló la enorme cama cubierta por una colcha bordada. Era el doble de grande que la que sus padres compartían en casa. Después se fijó en que, a sus pies, descansaba un camisón de hilo.

—Ya he deshecho parte de tu equipaje y te ayudaré con el resto más tarde. En la jarra de la mesilla de noche hay agua por si tienes sed, y el cuarto de baño está al final del pasillo.

«Cuarto de baño» era una expresión desconocida para Anna, así que la joven miró a frøken Olsdatter con indecisión.

—La habitación que contiene el retrete y la bañera. La difunta esposa de herr Bayer era estadounidense e insistía en gozar de tales comodidades. —El ama de llaves arqueó ligeramente las cejas y Anna no supo decir si como gesto de aprobación o de censura—. Nos veremos en el comedor a las siete —añadió antes de marcharse.

La muchacha se acercó al armario, lo abrió y ahogó un grito de asombro al ver su nuevo vestuario. Había cuatro blusas de delicado algodón que se abrochaban a la altura del cuello con botoncitos de nácar y dos faldas de lana. Pero lo mejor de todo era que también había un vestido de fiesta verde con polisón de una tela lustrosa y brillante que debía de ser seda. Cerró el armario con un estremecimiento de placer y, siguiendo las indicaciones de frøken Olsdatter, tomó el pasillo para ir al cuarto de baño.

De todas las cosas que había visto aquel día, lo que apareció ante sus ojos cuando abrió la puerta fue lo más milagroso. En un rincón de la estancia había un gran banco de madera que sostenía un asiento esmaltado con un agujero en el centro y, por encima, una anilla de hierro suspendida de una cadena. Cuando tiró con timidez de la anilla, un chorro de agua cayó automáticamente en el agujero y Anna comprendió que se trataba de una letrina interior. En medio de la habitación, sobre el suelo de baldosas, descansaba una bañera blanca y reluciente que hacía que la cuba de latón que de tanto en tanto utilizaba su familia en Heddal pareciera algo donde solo se bañaría una cabra.

Maravillada de que tales cosas fueran posibles, Anna regresó a su habitación. El reloj le informó de que apenas faltaba media hora para la cena con herr Bayer. Cuando se encaminó hacia el armario a fin de elegir un conjunto para la ocasión, reparó en que frøken Olsdatter había dejado papel de carta y la pluma de madera sobre la lustrosa mesita colocada bajo la ventana. Se prometió que, en cuanto tuviera la oportunidad, escribiría a Lars y a sus padres para hablarles de todo lo que ya había visto. Luego procedió a arreglarse para su primera noche en Cristianía.

Ir a la siguiente página

Report Page