La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 15

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Apartamento 4

10 St. Olav’s Gate

Cristianía

24 de septiembre de 1875

Kjære Lars, mor, far y Knut:

Os pido perdón por las faltas de ortografía y la mala gramática, pero espero que podáis apreciar lo mucho que he mejorado mi caligrafía. Ya llevo aquí cinco días y debo compartir con vosotros lo maravillada que me tiene la vida de la ciudad.

Para empezar —y espero que no me tachéis de grosera por mencionarlo—, ¡hay un aseo interior con una cadena de la que tiras después para que se lo lleve todo! ¡Y una bañera que me llenan de agua caliente dos veces por semana! Me preocupa que frøken Olsdatter, el ama de llaves, y herr Bayer piensen que tengo alguna enfermedad y necesito pasar horas en la bañera.

También hay lámparas de gas, y una estufa en el salón que parece el altar de una iglesia imponente y que calienta tantísimo que a veces pienso que voy a desmayarme. Frøken Olsdatter lleva la casa y prepara y sirve las comidas, y también tenemos una doncella que viene todas las mañanas a limpiar el apartamento y lavar y planchar la ropa, por lo que confieso que apenas levanto un dedo en comparación con mis obligaciones en casa.

Vivimos en un tercer piso, en una calle llamada St. Olav’s Gate que tiene unas bonitas vistas a un parque donde la gente pasea los domingos. Al menos veo algo de césped desde mi ventana, y unos cuantos árboles que están perdiendo rápidamente las hojas con la llegada del invierno, pero que me recuerdan mucho a casa. (Aquí es raro encontrar un pedazo de tierra que no esté ocupado por un edificio o una carretera.)

En cuanto a mis estudios, estoy aprendiendo a tocar el piano. Herr Bayer tiene mucha paciencia, pero creo que soy muy torpe. Mis pequeños dedos no parecen alcanzar las teclas como a él le gustaría.

Os contaré en qué consiste mi día y así lo entenderéis mejor. Me despierto a las ocho de la mañana, cuando frøken Olsdatter llama a mi puerta con la bandeja del desayuno. En ese momento, he de confesar que me siento como una princesa. Bebo té, a cuyo sabor me voy acostumbrando poco a poco, y como un pan blanco recién hecho que, según herr Bayer, también se toma en Francia e Inglaterra. Al lado hay un tarro de confitura que se esparce sobre el pan. Después de desayunar, me pongo la ropa que me ha hecho frøken Olsdatter, que parece muy moderna en comparación con la que vestía en casa, y a las nueve me presento en el salón para empezar mi clase de música con herr Bayer. Durante aproximadamente una hora me enseña las notas al piano y después estudiamos partituras. He de aprender cómo se corresponden las notas plasmadas en el papel con las teclas del piano y, poco a poco, gracias a las excelentes enseñanzas de herr Bayer, estoy empezando a entenderlo. Después de finalizar la clase, herr Bayer se marcha a la universidad de la que es profesor, o a comer con sus amigos.

Y entonces llega mi parte favorita del día: la comida. Al día siguiente de mi llegada, frøken Olsdatter me sirvió el almuerzo en el comedor, que tiene una mesa gigantesca que me hace sentir aún más sola. (La superficie está tan pulida que brilla como un espejo y veo mi reflejo en ella.) Después de comer, recogí mi plato y mi vaso y los llevé a la cocina. Frøken Olsdatter me miró horrorizada y dijo que quitar la mesa era tarea suya. Entonces, por el rabillo del ojo, reparé en algo que no había visto nunca: un enorme fogón negro de hierro. Frøken Olsdatter me enseñó que, para cocinar la comida, las ollas se colocaban sobre los hornillos de gas que había debajo y no sobre un fuego abierto. Es muy diferente de nuestra cocina de la granja, pero hizo que me acordara tanto de casa que le supliqué que los días que herr Bayer no estuviera en casa me dejara comer con ella. Y eso es lo que hemos hecho desde entonces. Charlamos como amigas, y ella es muy amable y comprende lo extraña que esta nueva vida es para mí. Por las tardes debo descansar una hora en mi cuarto con un libro que me «abra la mente». Ahora estoy leyendo (o intentando leer) la traducción al noruego de las obras de teatro de un escritor inglés llamado William Shakespeare. Estoy segura de que habréis oído hablar de él, pero murió hace mucho tiempo y la primera obra que leí iba de un príncipe escocés llamado Macbeth y era muy triste. ¡Mueren prácticamente todos!

Salgo de mi habitación cuando herr Bayer regresa de la universidad. Bebemos té otra vez y él me cuenta su día. La semana que viene quiere llevarme al Teatro de Cristianía. Veremos un ballet representado por unos rusos. Según me ha contado, es un baile acompañado de música donde nadie habla ni canta (¡y donde los hombres no llevan pantalones, sino medias, como las chicas!). Después del té regreso a mi habitación y me pongo el vestido de noche que me hizo frøken Olsdatter. Ojalá pudierais verlo, es precioso y no se parece a nada de lo que haya llevado antes. Durante la cena, bebemos un vino tinto que herr Bayer se hace enviar desde Francia y comemos una cantidad enorme de pescado en una salsa blanca que, por lo visto, es muy común aquí, en Cristianía. Después de cenar, herr Bayer se enciende un puro, que es tabaco envuelto en una hoja de tabaco seca, y bebe brandy. En ese momento, me retiro a mi habitación, por lo general muy cansada, y allí me encuentro un vaso de leche de vaca caliente junto a la cama.

El domingo frøken Olsdatter me acompañó a la iglesia. Herr Bayer dice que él también vendrá otro día, pero que esta vez estaba muy ocupado. La iglesia es grande como una catedral, y en ella había cientos de personas. Como podéis ver, mis experiencias aquí son muy diferentes de la vida que solía llevar en Heddal. Ahora mismo tengo la sensación de estar viviendo un sueño, de que nada es real, y nuestra casa me parece muy lejana.

Pensaba que herr Bayer me había traído a Cristianía para cantar. Lo cierto es que lo único que he hecho hasta el momento es cantar algo llamado escalas con el piano, es decir, he repetido las notas en orden ascendente y descendente una y otra vez, sin palabras.

Mi dirección aparece al comienzo de la carta y os agradecería mucho que me contestarais. Perdonad las manchas de tinta. Es la primera carta que escribo en mi vida y me ha llevado muchas horas. Estoy utilizando, por supuesto, la pluma que me regalaste, Lars, y la tengo sobre mi mesa para poder verla siempre.

Por favor, diles a mor, a far y a mis hermanos que los echo de menos. Espero que puedas leerles esta carta. No puedo escribirles otra porque tardo mucho y, además, las letras tampoco son lo suyo.

Espero que estés bien, y también tus cerdos.

ANNA

Releyó la carta muy despacio. Era la última de alrededor de una docena de borradores redactados a lo largo de los últimos cinco días, el resto de los cuales había empezado y descartado. Era consciente de que había escrito algunas palabras tal como sonaban y temía que hubiera faltas. Sin embargo, se dijo, seguro que Lars preferiría una misiva imperfecta a nada. Se moría de impaciencia por poder contarle a su familia la transformación que estaba experimentando su vida. Tras doblar la carta con cuidado, se levantó y vio su reflejo en el espejo. Se examinó el rostro un instante.

«¿Sigo siendo yo?», le preguntó. Al no recibir respuesta, se encaminó al cuarto de baño.

Aquella noche, al acostarse, escuchó las voces y las risas que le llegaban del salón. Herr Bayer tenía invitados, de modo que no había cenado con él en la lustrosa mesa del comedor, sino en su cuarto con una bandeja que le había llevado frøken Olsdatter, cuyo nombre de pila ahora sabía que era Lise.

—Mi querida señorita, permíteme explicarme —le había dicho herr Bayer después de anunciarle que ella no estaría presente en la cena—. Estás progresando mucho y muy deprisa. De hecho, mucho más deprisa que cualquier otro estudiante de música al que haya tenido el honor de instruir. No obstante, si te presentara a mis invitados seguro que querrían que cantaras para ellos después de todo lo que les he contado sobre tu potencial. Y no podemos exhibirte hasta que estés formada del todo, momento en el que te sacaremos de tu escondite para que los deslumbres.

Aunque Anna estaba empezando a acostumbrarse al elaborado uso del lenguaje de herr Bayer, se preguntó qué quería decir exactamente con «formada del todo». ¿Tenía que crecerle otra mano? Seguro que eso la ayudaría con sus lecciones de piano. O quizá unos cuantos dedos más en los pies para corregir su pésima postura. Un director de teatro que se había personado en la casa aquella misma tarde le había señalado dicho defecto. Le había explicado que herr Bayer lo había contratado para que le enseñara algo que denominó «presencia escénica», para cuando actuara en el teatro. Esta, por lo visto, tenía mucho que ver con mantener la cabeza erguida y juntar los dedos dentro de los botines para asegurarse de que, una vez obtenida la postura deseada, pudiera permanecer inmóvil.

—Entonces esperas a que terminen de aplaudir. Una pequeña inclinación de cabeza para mostrar tu agradecimiento por los aplausos, así. —El hombre bajó el mentón hacia el pecho y se llevó el brazo izquierdo hacia el hombro derecho—. Y luego empiezas.

Durante la siguiente hora, el hombre le había pedido que entrara y saliera del salón ensayando los mismos movimientos una y otra vez. Le había resultado tremendamente tedioso y desalentador, pues hasta aquel momento, si bien era cierto que no sabía coser ni cocinar, Anna siempre había creído que se le daba bien caminar.

Se tumbó sobre un costado en la enorme cama, sintiendo la suave blandura de la almohada bajo la mejilla, y se preguntó si algún día podría convertirse en aquello que herr Bayer quería que fuera.

Tal como le había contado a Lars en la carta, creía que la habían llevado allí por su talento para cantar. Sin embargo, herr Bayer no le había pedido que entonara una sola canción desde su llegada. Anna sabía que eran muchas las cosas que debía aprender y que no podría tener un mentor más amable o paciente, pero a veces tenía la sensación de que estaba perdiendo su vieja personalidad, por inculta o cándida que fuera. Se sentía dividida entre dos mundos: una muchacha que hacía tan solo una semana no había visto una lámpara de gas o un retrete interior y que, no obstante, se había acostumbrado a tener criada, a beber vino tinto en la cena y a comer pescado…

—¡Señor! —gimió al pensar en el omnipresente pescado.

Quizá herr Bayer la creyera demasiado estúpida para percatarse de sus intenciones. Pero Anna se había dado cuenta enseguida de que la había llevado a Cristianía no solo para educarle la voz, sino también para convertirla en una dama a la que poder presentar como tal. La estaba amaestrando, como si fuera uno de los animales de la feria que a veces pasaba por Heddal. Rememoró la noche en que herr Bayer llegó a la cabaña de su familia en las montañas y dedicó un buen rato a cantar las alabanzas de la cultura regional noruega. Así que no podía entender por qué veía tan necesario cambiarla.

—No soy un experimento —susurró firmemente para sí antes de quedarse finalmente dormida.

Una gélida mañana de octubre, Anna entró en el salón a la hora habitual de su clase con herr Bayer.

—Mi querida Anna, ¿has dormido bien?

—Muy bien, herr Bayer, gracias.

—Estupendo, estupendo. Es un placer para mí comunicarte hoy que creo que estás preparada para que demos otro paso, así que empezaremos a cantar. ¿De acuerdo?

—Sí, herr Bayer —respondió ella con cierto sentimiento de culpa por los pensamientos que había tenido unas noches antes.

—¿Te encuentras bien, Anna? Estás muy pálida.

—Estoy bien.

—No perdamos más tiempo, entonces. Quiero que cantes Per Spelmann, como la noche que nos conocimos. Te acompañaré al piano.

Anna seguía tan desconcertada por aquel inesperado giro de los acontecimientos que se quedó inmóvil, mirando a herr Bayer en silencio.

—¿No estás preparada?

—Perdone. Sí, lo estoy.

—Me alegro. Y ahora, canta.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, Anna repitió incontables veces aquella canción que conocía desde que tenía memoria. De vez en cuando, herr Bayer la interrumpía y le pedía que utilizara un poco más de lo que él llamaba «vibrato» en una nota concreta, o que alargara una determinaba pausa, o que contara los tempos… Ella se esforzaba por seguir sus instrucciones, pero después de catorce años cantándola siempre de la misma manera, le resultaba muy complicado.

A las once en punto sonó el timbre de la puerta. Anna escuchó unas voces quedas en el pasillo, tras lo cual frøken Olsdatter entró en el salón seguida de un caballero moreno de aspecto distinguido, nariz aguileña y entradas en el pelo. Herr Bayer se levantó y se acercó a saludarlo.

—Herr Hennum, le agradezco que haya venido. Le presento a frøken Anna Landvik, la muchacha de la que le he hablado.

El caballero se volvió hacia ella y la saludó con una inclinación de la cabeza.

—Frøken Landvik, herr Bayer se ha deshecho en elogios acerca de su voz.

—¡Y ahora va a tener la oportunidad de oírla! —Herr Bayer regresó al piano—. Anna, canta como cantaste para mí aquella primera noche en las montañas.

Anna lo miró estupefacta. Si quería que cantara como siempre lo había hecho, ¿por qué se había pasado una hora intentando enseñarle otra manera de hacerlo? Pero ya era demasiado tarde para preguntárselo, pues el profesor ya había comenzado a tocar los primeros acordes, así que empezó a cantar devolviéndole la libertad a su voz.

Cuando hubo terminado, miró expectante a herr Bayer, sin saber si había cantado bien o de manera mediocre. Había logrado recordar algunas de las cosas que él le había dicho, pero no todas, y se sentía muy confusa.

—¿Qué opina, Johan? —preguntó herr Bayer poniéndose en pie.

—Es exactamente como la ha descrito y, por tanto, perfecta. Está claro que aún no está pulida, pero quizá sea lo mejor.

—No esperaba que sucediera tan pronto. Tal como le expliqué, Anna llegó a Cristianía hace menos de un mes y acabo de empezar a educarle la voz —respondió herr Bayer.

La muchacha escuchaba a aquellos dos hombres hablar de ella y de sus aptitudes «sin pulir» sintiéndose como si fuera un mueble de madera basta necesitado de cera.

—Estoy pendiente de recibir la partitura definitiva, pero se la traeré en cuanto la tenga y llevaremos a Anna al teatro para que cante delante de herr Josephson. Ahora debo irme. Frøken Landvik —Johan Hennum le dedicó otra leve inclinación—, ha sido un placer oírla cantar, y no hay duda de que yo y muchas otras personas tendremos la oportunidad de volver a escucharla en un futuro muy próximo. Buenos días a los dos.

Herr Hennum se dirigió hacia la puerta del salón con la capa ondeando a su espalda.

—¡Buen trabajo, Anna!

Herr Bayer se acercó a ella, le tomó la cara entre las manos y le plantó un beso en cada mejilla.

—Por favor, señor, ¿podría decirme quién es ese hombre?

—Eso no importa ahora. Lo único que importa es que tenemos mucho trabajo por delante para prepararte.

—¿Prepararme para qué?

Pero herr Bayer no la estaba escuchando, estaba mirando el reloj.

—Tengo que dar una clase dentro de media hora y debo partir de inmediato. Frøken Olsdatter —llamó—, ¡mi capa, rápido! —Camino de la puerta sonrió una vez más—. Ahora, Anna, descansa, y cuando regrese empezaremos a trabajar.

Aunque Anna se pasó las siguientes dos semanas intentando averiguar quién era herr Hennum y para qué estaban trabajando, herr Bayer se mostró irritantemente misterioso. La joven no entendía por qué, de repente, el profesor se empeñaba en que cantara todas las canciones populares que conocía en lugar de, como les había mencionado a sus padres, enseñarla a cantar ópera. «¿De qué sirve esa clase de música aquí, en la ciudad?», pensó con tristeza al acercarse a la ventana un mediodía que herr Bayer se había marchado para asistir a una reunión. Trazó con el dedo el rastro que las gotas de lluvia dejaban por el exterior del cristal y de pronto sintió la necesidad de salir. Llevaba un mes sin apenas poner un pie en la calle, salvo para ir a la iglesia los domingos, y empezaba a sentirse como un animal enjaulado. Puede que simplemente herr Bayer se hubiera olvidado de que ella había crecido y pasado toda su vida al aire libre. Echaba de menos el viento fresco, los amplios prados de la granja de sus padres, espacio para caminar y correr a sus anchas…

—Aquí no soy más que un animal que hay que domesticar —declaró a la estancia vacía justo antes de que frøken Olsdatter entrara para comunicarle que la comida estaba lista.

Anna la siguió hasta la cocina.

—¿Qué te ocurre, kjære? Pareces un arenque que acaba de morder el anzuelo —comentó el ama de llaves cuando se sentaron a la mesa y Anna le dio un sorbo a su caldo de pescado.

—Nada —contestó.

No quería que la mujer le preguntara por su estado de ánimo. Pensaría que era una niña mimada y difícil. Al fin y al cabo, su lugar en la casa era muy superior al de frøken Olsdatter en cuanto a posición y comodidades. Pero notó que sus ojos inteligentes y sagaces la escudriñaban.

—Mañana, Anna, he de ir al mercado para comprar carne y verduras. ¿Te gustaría acompañarme?

—¡Oh, sí! Nada me gustaría tanto —respondió conmovida por el hecho de que la mujer hubiese percibido qué era exactamente lo que le pasaba.

—Así será, entonces, y quizá antes saquemos un rato para ir a dar un paseo por el parque. Mañana herr Bayer estará en la universidad entre las nueve y las doce y después comerá fuera, de modo que tenemos tiempo de sobra. Será nuestro pequeño secreto, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. —Anna asintió aliviada—. Gracias.

A partir de aquel día, las escapadas al mercado se repitieron dos veces por semana. Aparte de los domingos cuando iba a la iglesia, aquellos eran los días que Anna esperaba con más ilusión.

A finales de noviembre cayó en la cuenta de que llevaba en Cristianía más de dos meses. Se había dibujado un calendario en el que contaba los días que quedaban para regresar a Heddal y pasar la Navidad con su familia. Por lo menos había nevado en la capital, y aquello le levantó un poco el ánimo. A aquellas alturas, las mujeres que paseaban por el parque que había al otro lado de la calle llevaban abrigos y sombreros de pieles y las manos escondidas en manguitos, moda que Anna consideraba de lo más absurda, porque si necesitaban rascarse la nariz se les podían congelar los dedos en el proceso.

Poco había cambiado en su rutina diaria dentro del apartamento, si bien la semana previa herr Bayer le había entregado un ejemplar del Peer Gynt de herr Ibsen y le había pedido que lo leyera.

—Oh, ya lo he leído —había contestado ella toda ufana.

—Tanto mejor. Así te resultará más fácil volver a hacerlo.

La primera noche, Anna había ignorado el libro, puesto que pensaba que era una pérdida de tiempo hacer lo que herr Bayer le pedía cuando ya conocía el final. Al día siguiente, sin embargo, el profesor la interrogó exhaustivamente sobre las primeras cinco páginas del poema y la joven, que apenas recordaba nada, le mintió y le dijo que la noche previa había tenido un terrible dolor de cabeza y se había metido pronto en la cama. Así pues, lo leyó una vez más, y hasta se llevó una alegría al comprobar lo mucho que había mejorado su capacidad de lectura desde el verano. Ya eran pocas las palabras que no conseguía descifrar, y en tales casos herr Bayer se mostraba más que dispuesto a ayudarla. Pero Anna ignoraba por completo qué relación podría tener aquel poema con su futuro en Cristianía.

—¡Mi kjære Anna, anoche al fin recibí de herr Hennum la partitura que estaba esperando! Nos pondremos a trabajar con ella ahora mismo.

Aunque no tenía ni idea de a qué partitura se refería, Anna advirtió que su mentor rezumaba entusiasmo cuando tomó asiento frente al piano.

—¡No puedo creer que tengamos un ejemplar en nuestras manos! Acércate, Anna, y la tocaré para ti.

La muchacha obedeció y estudió la partitura con interés.

—«Canción de Solveig» —murmuró leyendo el título que aparecía arriba.

—Sí, Anna. ¡Y tú serás la primera en cantarla! ¿Qué tienes que decir a eso?

Anna había aprendido que cuando herr Bayer le hacía esa pregunta, cosa que sucedía a menudo, debía responder siempre en afirmativo.

—Que estoy muy contenta.

—Bien, bien. Confiábamos en que el propio herr Grieg viajara a Cristianía para ayudar a la orquesta y los cantantes con su nueva composición, pero, por desgracia, sus padres murieron hace poco y todavía está muy afectado, así que se ve incapaz de hacer el viaje desde Bergen.

—¿Herr Grieg ha escrito esto? —preguntó Anna asombrada.

—En efecto. Herr Ibsen le pidió que compusiera la música para acompañar su producción teatral de Peer Gynt, que se estrenará en febrero en el Teatro de Cristianía. Mi querida señorita, tanto herr Hennum, el hombre al que conociste hace unas semanas, que es el admirado director de la orquesta de esta ciudad, como yo creemos que deberías ser tú quien cantara las canciones de Solveig.

—¿Yo?

—Sí, Anna, tú.

—Pero… ¡yo no me he subido a un escenario en mi vida! ¡Y aún menos al escenario más famoso de Noruega!

—Y eso, mi querida muchacha, es lo más maravilloso de todo. Herr Josephson, el director del teatro y de la producción, ya ha seleccionado a una actriz de renombre para el papel de Solveig. El problema, según recientes palabras de herr Hennum, es que será una gran actriz, pero cuando abre la boca para cantar suena como un gato escaldado. Por tanto, necesitamos una voz pura, alguien que cante entre bambalinas mientras madame Hansson mueve los labios articulando la letra de esta canción y de otra. ¿Lo entiendes, querida?

Anna lo entendía perfectamente, y no pudo evitar sentir una punzada de decepción al saber que el público no la vería. Y que la actriz con la voz de gato escaldado fingiría que la de Anna era suya. Aun así, el hecho de que el director del famoso Teatro de Cristianía admirara su voz tanto como para prestársela a madame Hansson era todo un cumplido. Y no quería parecer desagradecida.

—Tenemos ante nosotros una gran oportunidad —continuó herr Bayer—. Como es natural, todavía no hay nada definitivo. Primero has de cantar delante de herr Josephson, el director de la obra, para ver si considera que tu voz transmite el verdadero espíritu de Solveig. Has de interpretar las canciones con tal emoción, con tal sentimiento, que no quede un solo miembro del público sin lágrimas en los ojos. Herr Josephson ha aceptado recibirnos el 23 de diciembre por la tarde, justo antes de marcharse a pasar la Navidad fuera. Tomará la decisión entonces.

—¡Pero yo me voy a Heddal el 21! —protestó Anna, incapaz de contenerse—.

Y si he de esperar aquí hasta el 23 por la tarde, no llegaré a casa a tiempo para la Navidad. El viaje dura casi dos días. ¿No… no podría herr Josephson recibirnos otro día?

—Anna, debes comprender que herr Josephson es un hombre muy ocupado y que el mero hecho de que nos haya concedido unos minutos en su presencia ya es un honor de por sí. Entiendo perfectamente que no sea de tu agrado quedarte aquí conmigo durante las fiestas navideñas, pero esta podría ser la mejor oportunidad que se te presente en la vida para cambiar por completo el curso de tu futuro. Tendrás muchas otras Navidades para pasarlas con tu familia, pero solo una oportunidad para conseguir cantar las canciones de Solveig en una obra en la que el dramaturgo y el compositor más célebres de Noruega combinan sus talentos por primera vez. —Herr Bayer negó con la cabeza dejándose llevar por un raro momento de frustración—. Anna, has de procurar comprender lo que esto podría representar para ti. Y si no puedes, te aconsejo que vuelvas a casa de inmediato y te dediques a cantar para las vacas en lugar de para un público en el Teatro de Cristianía en un estreno que probablemente haga historia. Y ahora, ¿quieres intentar cantar esta canción o no?

Sintiéndose pequeña e ignorante, tal como había pretendido el profesor, la joven asintió despacio.

—Sí, herr Bayer.

Aquella noche, sin embargo, lloró hasta quedarse dormida. Aunque estuviera «haciendo historia», como había dicho herr Bayer, no soportaba la idea de no pasar la Navidad con su familia.

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