La hermana tormenta
Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 16
Página 22 de 62
16
Cristianía
16 de enero de 1876
Jens! ¿Sigues vivo?
Jens Halvorsen despertó sobresaltado cuando la voz de su madre resonó a través de la puerta de su dormitorio.
—Dora me ha dicho que cree que es posible que te hayas muerto mientras dormías, porque no has contestado en toda la mañana.
Con un suspiro, se levantó de la cama y contempló su reflejo desaliñado —y todavía completamente vestido— en el espejo.
—Bajaré a desayunar dentro de diez minutos —respondió.
—Es la hora de la comida, Jens. ¡Ya te has perdido el desayuno!
—Enseguida voy.
Jens estudió su aspecto detenidamente, como hacía cada mañana, para ver si entre sus ondulados cabellos de color caoba había brotado alguna cana. A sus escasos veinte años, sabía que eso no debería ser una preocupación, pero, dado que el pelo de su padre se había vuelto blanco de la noche a la mañana a los veinticinco —probablemente debido al impacto de casarse con su madre aquel mismo año—, Jens se despertaba temblando todas las mañanas.
Fiel a su promesa, diez minutos después apareció en el comedor vestido con ropa limpia y besó a Margarete, su madre, en la mejilla antes de ocupar su lugar a la mesa. Dora, la joven criada, procedió a servir la comida.
—Lo siento mucho, mor. Esta mañana me dolía tanto la cabeza que no podía levantarme. De hecho, todavía me noto algo indispuesto.
En un santiamén, la expresión de enfado de su madre fue sustituida por una de compasión. La mujer estiró un brazo por encima de la mesa para tocarle la frente con la mano.
—Es cierto, estás un poco caliente. Puede que tengas fiebre. Mi pobre muchacho. ¿Quieres comer aquí o prefieres que Dora te lleve una bandeja a la cama?
—Me quedaré, aunque espero que me perdones si no como mucho.
Jens, en realidad, estaba hambriento. La noche previa había quedado con unos amigos en un bar y habían terminado en un prostíbulo del muelle, cosa que le había proporcionado un final muy gratificante a la velada. Había bebido demasiado aquavit y solo recordaba vagamente que un coche de caballos lo había llevado a casa y que había vomitado las entrañas en la zanja que transcurría junto a ella. Y sus numerosos intentos fallidos, debido a la nieve compacta que cubría las ramas, de encaramarse al árbol que lindaba con la ventana de su habitación, que Dora le dejaba abierta siempre que salía por la noche.
Por lo tanto, se dijo a sí mismo, su historia no era del todo falsa. Por la mañana se había encontrado bastante mal, así que había seguido durmiendo pese a los tímidos intentos de Dora por despertarlo. Sabía que la criada estaba enamorada de él, de ahí que aceptara cubrirlo siempre que Jens lo necesitaba.
—Es una pena que ayer salieras, Jens. Mi buen amigo herr Hennum, el director de la orquesta de Cristianía, vino a cenar —dijo Margarete interrumpiendo sus pensamientos.
Su madre era una fiel mecenas de las artes y empleaba el «dinero cervecero» del padre de Jens, como ambos lo llamaban en privado, para financiar su pasión.
—¿Y fue una velada agradable?
—Mucho. Como seguramente ya te he contado, herr Grieg ha escrito una maravillosa partitura para acompañar el portentoso poema Peer Gynt de herr Ibsen.
—Sí, mor, ya me lo has contado.
—La obra se estrenará en febrero, pero ayer herr Hennum me explicó que, lamentablemente, la orquesta no está a la altura de las expectativas de herr Grieg, y tampoco de las suyas, de hecho. Las composiciones, al parecer, son complejas y deben ser interpretadas por una orquesta competente y experimentada. Herr Hennum está buscando músicos de talento que toquen más de un instrumento. Le he hablado de lo bien que tocas el piano, el violín y la flauta y quiere que vayas al teatro y toques para él.
Jens mordió un trozo del bagre traído especialmente de la costa oeste de Noruega.
—Mor, en estos momentos estoy estudiando química en la universidad para poder hacerme cargo de la fábrica de cerveza. Sabes perfectamente que far no permitirá que deje los estudios para tocar en una orquesta. De hecho, se pondría furioso.
—Si es un hecho consumado, tal vez transija —propuso ella.
—¿Me estás pidiendo que mienta?
De repente Jens se sintió tan indispuesto como había fingido hacía unos minutos.
—Lo que digo es que cuando cumplas veintiún años serás un hombre y podrás tomar tus propias decisiones sin importar lo que los demás piensen de ellas. Recibirías un sueldo de la orquesta, aunque no muy alto, que te daría cierta independencia económica.
—Faltan seis meses para mi cumpleaños, mor. De momento, sigo dependiendo de mi padre y estando bajo su control.
—Te lo suplico, Jens. Herr Hennum está dispuesto a oírte tocar en el teatro mañana a la una y media. Por favor, por lo menos ve a verlo. Nunca se sabe lo que puede pasar.
—No me encuentro bien. —Jens se levantó bruscamente de la mesa—. Disculpa, mor, pero necesito volver a mi cuarto y tumbarme.
Margarete vio a su hijo cruzar el comedor, abrir la puerta y cerrarla tras de sí con un golpe seco. Sintiendo una punzada de dolor en las sienes, se llevó los dedos a la frente. Sabía qué había provocado la marcha de Jens y suspiró contrita.
Desde que su hijo tenía poco más de tres años, se lo había sentado sobre las rodillas y le había enseñado las notas al piano. Uno de los recuerdos más bonitos que Margarete conservaba de la infancia de Jens era el de sus dedos regordetes deslizándose raudos por el teclado de marfil. Su mayor deseo había sido que su único hijo heredara su propio talento musical, puesto que ella no le había extraído todo su potencial debido a su matrimonio con el padre de Jens.
Jonas Halvorsen, el esposo de Margarete, no tenía alma de artista y solo le interesaba la cantidad de coronas que aparecía en los libros de contabilidad de la Halvorsen Brewing Company. Desde el comienzo de su matrimonio había considerado que la pasión de su esposa por la música era algo que había que desalentar, y con mayor vehemencia aún, la de su hijo. Sin embargo, mientras Jonas estaba en la fábrica, Margarete había perseverado en sus esfuerzos por desarrollar el talento de Jens, de manera que para cuando este cumplió seis años ya interpretaba con total soltura sonatas que habrían representado un desafío para un estudiante que lo triplicara en edad.
Cuando Jens tenía diez años, y en contra de los deseos de su marido, Margarete organizó un recital en casa e invitó a la flor y nata del círculo musical de Cristianía. Quienes oyeron tocar a su pequeño se mostraron cautivados y le auguraron un gran futuro.
—Debe asistir al conservatorio de Leipzig en cuanto tenga edad suficiente. Allí ampliará sus aptitudes y conocimientos, pues ya sabes que las oportunidades aquí, en Cristianía, son limitadas —le había comentado Johan Hennum, el nuevo director de la orquesta de Cristianía—. Con la formación adecuada, podría llegar muy lejos.
Así se lo había dicho Margarete a su marido, pero este respondió con una risita cruel:
—Mi querida esposa, sé lo mucho que deseas que nuestro hijo se convierta en un músico famoso, pero, como bien sabes, Jens se incorporará al negocio familiar cuando cumpla veintiún años. Mis antepasados y yo no hemos dedicado más de ciento cincuenta años a construir la fábrica para que en mi lecho de muerte se le venda a uno de mis competidores. Si Jens desea juguetear con sus instrumentos hasta entonces, adelante. Pero esa no será la profesión de un hijo mío.
Margarete, sin embargo, no se acobardó. Durante años, siguió enseñando a Jens a tocar el violín y la flauta además del piano, consciente de que para ingresar en cualquier orquesta un músico debía dominar más de un instrumento. También le había dado clases de alemán e italiano, idiomas que creía que lo ayudarían a abordar obras orquestales y operísticas complejas.
El padre de Jens había continuado haciendo caso omiso de los bellos sonidos que emergían de la sala de música y resonaban en toda la casa. Las únicas veces que Margarete conseguía obligarlo a escuchar a su hijo era cuando este tocaba el violín hardanger. A veces lo animaba a tocar para su padre después de cenar, y veía que Jonas —con la ayuda de varias copas de buen vino francés— relajaba el rostro y esbozaba una sonrisa soñadora mientras tarareaba las canciones populares interpretadas por su hijo.
Pese a la indiferencia de su marido con respecto al talento de Jens y a su empeño en que la música nunca podría convertirse en una profesión para su hijo, Margarete siguió creyendo que cuando Jens tuviera unos años más se encontraría algún tipo de solución al dilema. Pero, entonces, el niño que con tanta diligencia había trabajado en las clases de música empezó a crecer y Jonas pasó a hacerse cargo de él. En lugar de las dos horas diarias de ensayo musical, Jens seguía a su padre por la cervecera mientras este supervisaba la producción o la contabilidad.
Los planes de Jonas se habían materializado tres años atrás, cuando insistió en que su hijo estudiara química en la universidad, ya que, según sus palabras, aquella ciencia le proporcionaría una buena formación para trabajar en la cervecera, aun cuando Margarete le había suplicado de rodillas que lo dejara ingresar en el Conservatorio de Leipzig.
—¡No tiene el menor interés por la química ni por la empresa, y sí un gran talento para la música! —le había rogado.
Jonas la había mirado con frialdad.
—Te he dejado seguir con ese capricho hasta ahora, pero Jens ya no es un niño y ha de comprender cuáles son sus responsabilidades. Será la quinta generación de Halvorsen que dirija la cervecera. Te has estado engañando a ti misma si creías que tus aspiraciones musicales para nuestro hijo darían resultado. El curso empieza en octubre. Asunto zanjado.
—No llores, mor, por favor —le había dicho Jens tras conocer la noticia de labios de su desconsolada madre—. No esperaba otra cosa.
Tal como Margarete había imaginado que sucedería, al verse obligado a dejar la música por una disciplina que no le interesaba y para la que no tenía aptitudes, Jens había sacado poco provecho de la universidad. Y lo peor de todo era que su carácter alegre y su actitud despreocupada habían empezado a apartarlo del buen camino.
Margarete, que tenía el sueño ligero y se despertaba al menor ruido, sabía que a menudo su hijo trasnochaba hasta altas horas de la madrugada. Jens tenía un amplio círculo de amigos que se sentían atraídos por su joie de vivre y su encanto natural. Su madre sabía que era generoso en extremo, tanto que muchas veces acudía a ella a mediados de mes diciendo que ya se había gastado la asignación de su padre en regalos y préstamos para tal o cual amigo y que si podía hacerle un préstamo.
Con frecuencia notaba el alcohol en el aliento de su hijo, por lo que había considerado la posibilidad de que la bebida también tuviera algo que ver en el vaciado de sus bolsillos. Margarete sospechaba, asimismo, que en las juergas nocturnas de Jens participaban mujeres. La semana anterior, sin ir más lejos, había visto una mancha de carmín en el cuello de su camisa. Pero eso al menos podía entenderlo: todos los hombres jóvenes —y los no tan jóvenes— tenían sus necesidades, como sabía por experiencia propia. Así era la naturaleza masculina.
Para ella el problema era bien sencillo: ante un futuro que no deseaba y sin su amada música, Jens se sentía insatisfecho y recurría a la bebida y a las mujeres para ahogar sus penas. Margarete se levantó de la mesa rezando para que al día siguiente Jens acudiera a su cita con herr Hennum. En su opinión, era lo único que podía salvarlo.
Entretanto, Jens estaba en su cama dando vueltas a los mismos pensamientos que su madre. Hacía tiempo que había comprendido que, para él, convertirse en músico profesional jamás sería una realidad. En cuestión de meses terminaría la universidad y entraría a trabajar en la cervecera de su padre.
La idea lo horrorizaba.
No sabía a quién compadecía más, si a su padre, un esclavo de su cuenta bancaria y de las interminables intrigas dentro de su próspera fábrica, o a su madre, que había aportado a la unión un pedigrí muy necesario pero estaba insatisfecha con la vida. Jens veía con claridad que su matrimonio era poco más que un pacto destinado a beneficiar a ambos. El problema para él era que, al ser hijo único, sus padres lo utilizaban constantemente como peón en su partida de ajedrez emocional. Hacía tiempo que había comprendido que él no podía ganar. Y, últimamente, tampoco tenía especial interés en intentarlo.
Aunque lo que su madre le había dicho aquel día era cierto. Ya casi era mayor de edad. ¿Y si fuera posible reavivar el sueño por el que tanto había luchado de niño?
Cuando oyó a su madre salir de casa después del almuerzo, bajó con sigilo y, llevado por un impulso, entró en la sala de música donde Margarete todavía recibía a algún que otro alumno.
Se sentó en el banco situado ante el bello piano de cola y su cuerpo adoptó automáticamente la postura correcta. Levantó la tapa y dejó que sus dedos acariciaran las teclas de arriba abajo mientras caía en la cuenta de que debía de hacer más de dos años que no tocaba. Comenzó con la sonata Patética de Beethoven, que siempre había estado entre sus favoritas, y rememoró las pacientes instrucciones de su madre y la facilidad con que había asimilado la pieza. «Cuando tocas, has de hacerlo con todo el cuerpo —le había dicho ella en una ocasión—, además del alma y el corazón. Eso es lo que distingue a un músico de verdad.»
Jens perdió la noción del tiempo mientras tocaba. Y cuando la música inundó la estancia, olvidó su batalla con las clases de química que tanto detestaba y el futuro que tanto temía, y se permitió perderse en la maravillosa música, como había hecho en otros tiempos.
Cuando la última nota reverberó en la sala, se dio cuenta de que se le habían llenado los ojos de lágrimas por la simple dicha de tocar. Y decidió que acudiría a su cita de la mañana siguiente con herr Hennum.
A la una y media del día siguiente, Jens tomó asiento frente a otro piano en el foso vacío de la orquesta del Teatro de Cristianía.
—Bien, herr Halvorsen, la última vez que lo oí tocar tenía diez años. Su madre me ha dicho que desde entonces se ha convertido en un músico excepcional —dijo Johan Hennum, el reconocido director de la orquesta.
—Mi madre peca de imparcialidad, señor.
—También dice que no ha recibido educación formal en un conservatorio.
—Lamentablemente no, señor. Llevo dos años y medio estudiando química en la universidad. —Jens notó de inmediato que el director creía que estaba malgastando el tiempo. Probablemente hubiera accedido a verlo para hacerle un favor a su madre, a cambio de sus generosas donaciones al mundo del arte—. Pero debo añadir que mi madre me enseñó música durante muchos años. Como bien sabe, es una profesora muy respetada.
—Ciertamente. Y dígame, ¿qué instrumento prefiere de los cuatro que la señora Halvorsen me ha dicho que sabe tocar?
—Sin duda, el que más me gusta tocar es el piano, pero creo que domino en igual medida el violín, la flauta y el hardanger.
—En la orquestación de herr Grieg para Peer Gynt no interviene el piano. Sin embargo, estamos buscando un segundo violinista y otro flautista. Tome. —Hennum le tendió una partitura—. Ensaye la parte de la flauta; yo volveré dentro de un rato para oírlo tocar.
El hombre se despidió con una inclinación de la cabeza y desapareció por la puerta que había debajo del escenario.
Jens echó un vistazo a la partitura: «Preludio del IV acto: “La mañana”». Sacó su flauta del estuche y la ensambló. En el teatro hacía casi el mismo frío glacial que en la calle, así que se frotó con energía los dedos entumecidos para tratar de reactivar la circulación sanguínea. Finalmente, se llevó el instrumento a los labios y probó las primeras seis notas…
—Bien, herr Halvorsen, veamos lo que ha conseguido —dijo Johan Hennum cuando regresó al foso cinco minutos después.
Jens sentía la imperiosa necesidad de impresionar a aquel hombre, de demostrarle que estaba capacitado para el puesto. Agradeciendo a Dios su habilidad para repentizar —pericia que siempre lo había ayudado a la hora de convencer a su madre de que había ensayado más de lo que lo había hecho en realidad—, empezó a tocar. Al cabo de pocos segundos se descubrió completamente inmerso en aquella música evocadora que no se parecía a nada de lo que hubiera escuchado hasta entonces. Cuando terminó la pieza, bajó la flauta y miró a Hennum.
—Para tratarse de un primer intento, no ha estado nada mal. Nada mal. Ahora, mírese esto. —El hombre le tendió otra partitura—. Es la parte del primer violín. Veamos qué puede hacer con ella.
Jens sacó el violín del estuche y lo afinó. Luego estudió la partitura durante unos minutos y practicó las notas quedamente antes de empezar a tocar.
—Muy bien, herr Halvorsen. Su madre no exageró al describir su talento. Reconozco que estoy gratamente sorprendido. Es usted un excelente repentista, lo cual será fundamental en las semanas venideras, cuando reúna a los miembros más bien dispares de mi orquesta. No habrá tiempo para contemplaciones. Y deje que le diga que tocar en una orquesta y tocar como solista son cosas muy diferentes. Le llevará tiempo adaptarse a la dinámica, y le advierto que no tolero conductas poco aplicadas por parte de mis músicos. Normalmente, sería reacio a aceptar a un novato, pero la necesidad obliga. Me gustaría que empezara dentro de una semana. ¿Qué me dice?
Jens lo miró de hito en hito, sin poder creerse que aquel hombre le estuviera ofreciendo un puesto. Estaba completamente seguro de que su falta de experiencia provocaría una respuesta negativa. Por otro lado, no era ningún secreto que la orquesta de Cristianía era una variopinta mezcla de músicos, pues la ciudad carecía de una escuela de música decente y, por lo tanto, había pocos talentos entre los que elegir. Su madre le había contado que en una ocasión había tocado en ella un muchacho de solo diez años.
—Será un honor para mí ocupar un lugar en su orquesta en un estreno tan importante —se oyó responder.
—Bienvenido entonces, herr Halvorsen. Posee los rudimentos necesarios para llegar a ser un buen músico. El salario, sin embargo, es algo escaso, aunque no creo que eso sea un problema para usted. Las horas de ensayo durante las próximas semanas serán largas y arduas. Y como ya habrá observado, el entorno no es precisamente acogedor. Le aconsejo que se abrigue bien.
—Lo haré, señor.
—Ha mencionado que actualmente está estudiando en la universidad. Supongo que está dispuesto a poner su compromiso con la orquesta por delante de sus clases.
—Sí —respondió Jens, sabedor de que su padre tendría algo que decir al respecto, pero decidiendo que, dado que era Margarete la que lo había metido en aquella situación, a ella le correspondería aplacar cualquier objeción. Aquel era su camino hacia la libertad y tenía intención de seguirlo.
—Por favor, transmítale a su madre mi agradecimiento por haberlo enviado.
—Lo haré, señor.
—Los ensayos comienzan la semana que viene. Nos veremos el lunes a las nueve en punto de la mañana. Ahora debo partir en busca de un fagotista aceptable, y le aseguro que no es fácil dar con uno en esta ciudad nuestra dejada de la mano de Dios. Buenos días, herr Halvorsen, y disculpe que no lo acompañe a la salida.
Desconcertado ante el radical giro que acababa de dar su vida, Jens observó al director abandonar el foso de la orquesta. Se volvió y contempló el auditorio en penumbra. Había estado allí muchas veces con su madre, viendo conciertos y óperas, pero cuando se dejó caer con brusquedad sobre el banco del piano se sintió repentinamente abrumado. Sabía que llevaba un tiempo vagando sin rumbo fijo por la vida, centrado en el presente sin pensar más allá, temiendo el día de su graduación y su futuro como fabricante de cerveza.
Justo en aquel instante, mientras interpretaba la nueva y exquisita composición de herr Grieg, había sentido un atisbo de su antigua euforia. De joven solía tumbarse en la cama y componer en su cabeza melodías que al día siguiente probaba al piano. Nunca las había anotado, pero componer su propia música era lo que más lo estimulaba.
Aquel día, envuelto en la tenue luz del foso, posó sus dedos helados sobre las teclas del piano de cola y se remontó hasta las piezas que había compuesto de niño. Una en particular, no muy diferente de la nueva composición de Grieg en cuanto a la estructura, recordaba a las antiguas canciones populares. Jens empezó a tocarla de memoria para el auditorio vacío.