La hermana tormenta
Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 17
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Stalsberg Våningshuset
Tindevegen
Heddal
14 de febrero de 1876
Kjære Anna:
Gracias por tu última carta. Como siempre, tus descripciones de la vida en Cristianía resultan instructivas además de divertidas. Siempre consiguen arrancarme una sonrisa. Y ten la certeza de que tu caligrafía y tu ortografía mejoran cada día. Aquí, en Heddal, todo sigue igual que siempre. La Navidad transcurrió sin novedad, pero con la pena de que no estuvieras aquí para celebrarla con nosotros. Como bien sabes, estamos en la época más fría y oscura del año, cuando no solo hibernan los animales, sino también los humanos. Las nieves han sido más prolongadas y abundantes de lo habitual y he descubierto que hay una gotera en el tejado de nuestra granja, lo que me obligará a reemplazar la turba antes del deshielo de primavera si no queremos que se forme un lago interior en el que podríamos patinar. Mi padre dice que la turba no se ha cambiado nunca, así que por lo menos le hemos sacado provecho. Knut me ha prometido que me ayudará en primavera, y le estoy muy agradecido.
Knut ha estado cortejando a una señorita de un pueblo cercano a Skien. Se llama Sigrid y es dulce y bonita, aunque un poco callada. La buena noticia es que tus padres han dado su aprobación y este verano repicarán campanas de boda en la iglesia de Heddal. Confío en que puedas venir a casa para el acontecimiento.
Me cuesta creer que vayas a formar parte del estreno teatral de mi poema favorito de Ibsen, con una música compuesta especialmente por el mismísimo herr Grieg. ¿Has visto ya a herr Ibsen en el teatro? Seguro que va por allí para asegurarse de que la obra se ajusta a sus deseos, aunque creo que actualmente vive en Italia. Quizá no tengas tiempo de volver a escribir antes de la noche del estreno, pues solo faltan diez días y supongo que estarás muy ocupada con los ensayos. Por si es así, os deseo a ti y a tu preciosa voz toda la suerte del mundo.
Con toda mi admiración,
LARS
P. D.: Te adjunto uno de mis poemas. Lo envié hace poco, junto con otros cuantos, a un editor de Nueva York, Estados Unidos, llamado Scribner. Lo he traducido de nuevo al noruego para ti.
Anna le echó un vistazo al poema, titulado «Oda a un abedul plateado». Como no tenía ni idea de lo que era una «oda», lo leyó en diagonal sin reconocer muchas de sus rimbombantes palabras y lo dejó junto al plato para seguir desayunando. Ojalá su vida fuera tan emocionante como creía Lars. Hasta la fecha solo había estado en el Teatro de Cristianía dos veces: una para cantar delante de herr Josephson justo antes de Navidad, momento en que se acordó que, efectivamente, sería ella quien interpretara las canciones de Solveig, y otra la semana anterior, cuando los actores habían realizado su primer ensayo sobre el escenario para que Anna pudiera observarlos desde las bambalinas y entender la obra.
Habiendo asumido erróneamente que un lugar tan magnífico como un teatro estaría caldeado, se había pasado el día sentada en un taburete soportando la corriente de los bastidores y muerta de frío. Solo habían conseguido llegar al tercer acto antes de que estallara una crisis. Henrik Klausen, el actor que interpretaba a Peer, había tropezado con la tela de color azul bajo la que diez niños, colocados de rodillas, movían el cuerpo para dar la impresión de que Peer estaba cruzando un mar tempestuoso. El actor se había torcido el tobillo y, como no podía haber obra sin el personaje principal, se habían suspendido los ensayos.
Anna había cogido un fuerte catarro y pasado en cama los últimos cuatro días mientras herr Bayer cuidaba como una gallina clueca de su voz ronca.
—¡Y solo falta una semana! —se había lamentado el hombre—. No podría haber sucedido en peor momento. Has de tomar toda la miel que puedas, señorita. Confiemos en que logre reparar tus cuerdas vocales a tiempo.
Aquella mañana Anna había cantado tímidamente algunas escalas después de la obligada dosis de miel —llevaba ingerida tal cantidad de dicha sustancia que temía que su cuerpo fuera a criar alas y a llenarse de rayas amarillas y marrones—, y herr Bayer se había mostrado aliviado.
—Afortunadamente estás recuperando la voz. Madame Thora Hansson, la actriz que interpreta a Solveig, no tardará en llegar para que podáis trabajar juntas en el movimiento de la boca mientras tú cantas. Es un gran honor que haya accedido a venir al apartamento debido a tu indisposición. Como sabes, es una de las actrices más famosas de Noruega y la preferida de herr Ibsen —había añadido herr Bayer.
A las diez y media, Thora Hansson hizo su entrada en el apartamento con una preciosa capa de terciopelo ribeteada de piel. Llegó al salón, donde Anna la esperaba nerviosa, envuelta en una nube de intenso perfume francés.
—Perdona que no me acerque, kjære, pero aunque herr Bayer dice que ya no contagias, no puedo permitirme contraer tu dolencia.
—Lo entiendo, madame Hansson —respondió recatadamente Anna con una pequeña reverencia.
—Por lo menos esta mañana no tendré que utilizar la voz —dijo con una sonrisa—, pues serás tú la que emita esos sonidos celestiales. Yo me limitaré a abrir y cerrar la boca, y concentraré mis esfuerzos en la representación visual de las bellas canciones de herr Grieg.
—Muy bien, madame.
Cuando herr Bayer entró en el salón y se puso a hablar con madame Hansson, Anna aprovechó para estudiar a la actriz. En el teatro solo la había visto de lejos y le había dado la impresión de una mujer bastante mayor. Sin embargo, al tenerla cerca advirtió que en realidad era joven, quizá solo unos cuantos años mayor que ella. Le pareció muy guapa, sus rasgos eran finos y su espesa mata de pelo, castaña. A Anna le costaba creer que, ni siquiera embutida en un traje tradicional, aquella sofisticada joven pudiera convencer al público de que era una humilde campesina de las montañas.
Una campesina como ella…
—Bueno, ¿empezamos? Despacio, Anna —le aconsejó herr Bayer—. No queremos que fuerces la voz durante tu recuperación. Si está preparada, madame Hansson, comenzaremos con «Canción de Solveig» y luego pasaremos a «Canción de cuna».
Las dos mujeres pasaron el resto de la mañana practicando lo que, básicamente, era un dúo con una de las dos cantantes muda. En varias ocasiones, Anna reparó en la frustración de la actriz cuando abría la boca en el momento equivocado y la voz de Anna sonaba un compás más tarde. Madame Hansson propuso que Anna abandonara el salón para que herr Bayer pudiera comprobar si realmente daba la impresión de que era ella la que cantaba. De pie en el pasillo helado, con la cabeza dolorida y la garganta nuevamente irritada a causa del canto, Anna empezó a odiar las canciones. Tenía que aplicar siempre la misma longitud a las notas y las pausas para que madame Hansson supiera con exactitud cuándo abrir y cerrar la boca. Una de las cosas que normalmente le gustaban de cantar era poder interpretar una canción para sus oyentes de una manera diferente cada vez, ya fueran personas o vacas. Lo cual, pensándolo con perspectiva, se le antojaba mucho más gratificante que cantarle, como en aquellos momentos, a una puerta.
Finalmente herr Bayer aplaudió.
—¡Perfecto! Creo que lo tenemos. Buen trabajo, madame Hansson. Vuelve, Anna, por favor.
La muchacha entró y la actriz se volvió hacia ella con una sonrisa.
—Creo que saldrá de maravilla. Pero prométeme, querida, que cantarás de forma idéntica todas las noches.
—Descuide, madame Hansson.
—Anna, estás pálida. Me parece que los esfuerzos de esta mañana te han agotado. Ve a descansar. Le diré a frøken Olsdatter que te sirva la comida en la habitación y más miel para suavizarte la voz.
—Sí, herr Bayer —dijo ella obedientemente.
—Gracias, Anna. Y ten por seguro que nos veremos muy pronto en el teatro.
Madame Hansson le sonrió con dulzura y Anna hizo otra pequeña reverencia antes de retirarse a su cuarto.
Apartamento 4
10 St. Olav’s Gate
Cristianía
23 de febrero de 1876
Kjære Lars, mor, far y Knut:
Escribo con prisa porque hoy es el ensayo general de Peer Gynt y mañana el estreno. Me encantaría que todos pudierais asistir, pero entiendo que el gasto hace imposible vuestra visita.
Estoy ilusionada pero también un poco nerviosa. Herr Bayer me ha enseñado los periódicos y todos hablan del acontecimiento de mañana, y hasta corre el rumor de que el rey y la reina estarán presentes en el palco real. (Yo, personalmente, lo dudo. Viven en Suecia, y hasta para la familia real sería un viaje demasiado largo solo para asistir a una función, pero eso es lo que se dice por aquí.) Dentro del teatro el ambiente es tenso. Herr Josephson, el director, cree que el estreno será un desastre porque aún no hemos ensayado la obra entera sin tener que detenernos durante horas a causa de algún problema técnico. Y herr Hennum, el director de la orquesta, que me cae muy bien y siempre se había mostrado tranquilo, grita constantemente a sus músicos por no contar los tempos.
¿Podéis creeros que aún no haya cantado «Canción de cuna» en el teatro porque no hemos conseguido llegar al final de la obra? Herr Hennum me ha asegurado que hoy la cantaré.
Entretanto, paso el rato con los niños que han contratado para interpretar a los personajes pequeños, como los troles y demás. Cuando me instalaron en su camerino, me sentí insultada, porque las otras chicas del coro están en otro. Puede que simplemente no sean conscientes de mi edad. Ahora, sin embargo, me alegro, porque los niños me hacen reír y jugamos a las cartas para entretenernos.
No puedo seguir escribiendo porque he de marcharme al teatro, pero debo informarte, Lars, sé que para tu gran decepción, de que herr Ibsen no ha aparecido aún.
Con todo mi cariño para todos desde Cristianía,
ANNA
Antes de salir del apartamento hacia el teatro, dejó la carta en la bandejita de plata del recibidor.
Llevaban casi cuatro horas con el ensayo general y Jens estaba cansado, aterido e irascible, como el resto de la orquesta. Durante los últimos días, la tensión había ido en aumento en el foso. Herr Hennum le había gritado en más de una ocasión que prestara atención, y Jens consideraba que era injusto porque Simen, el anciano primer violinista que se sentaba a su lado, parecía pasarse el día dormitando. Jens calculaba que era el único miembro de la orquesta menor de cincuenta años. Los músicos, sin embargo, eran gente simpática y bromista y el muchacho disfrutaba de su divertida camaradería.
Hasta el momento había conseguido llegar puntual todos los días, aunque con alguna mala resaca esporádica. Pero como era algo que también parecía pasarle al resto de la orquesta, se sentía como pez en el agua. Además, estaban las encantadoras señoritas del coro, a las que admiraba sobre el escenario durante las interminables pausas en que herr Josephson se dedicaba a mover a los actores a su antojo.
Después de que le ofrecieran el puesto en la orquesta, la euforia de su madre había estado a punto de hacerlo llorar.
—Pero ¿qué le diremos a far? —había preguntado Jens—. Sabes que para asistir a los ensayos no tendré más remedio que saltarme las clases de la universidad.
—Será mejor que, por el momento, ignore tu repentino… cambio de rumbo. Le haremos creer que sigues asistiendo a tus clases. Seguro que ni se da cuenta.
En otras palabras, había sido la conclusión de Jens, a su madre le aterraba contárselo.
Poco importaba ahora, pensó mientras afinaba su violín, porque si su decisión de no trabajar en la cervecera era firme antes, ahora era inamovible. Pese a las largas horas de ensayos, el frío y los comentarios a menudo cáusticos de Hennum, Jens sabía que había recuperado la pasión por la música que había sentido en otros tiempos. La partitura de herr Grieg poseía numerosos pasajes evocadores, desde el alegre «En la gruta del rey de la montaña» hasta «La danza de Anitra», durante la cual Jens solo tenía que cerrar los ojos para imaginar el exotismo de Marruecos mientras interpretaba las notas en su violín.
Aun así, su pasaje favorito era «La mañana», al comienzo del IV acto. Era la música que acompañaba el momento en que Peer se despierta al amanecer en África, con una fuerte resaca y sabiendo que lo ha perdido todo. Entonces piensa en Noruega, su tierra natal, y en el sol cuando se eleva sobre los fiordos. Jens nunca se cansaba de tocarla.
En aquellos momentos, él y el otro flautista, que probablemente le triplicaba la edad, se turnaban para tocar las evocadoras notas de los cuatro primeros compases. Cuando Hennum apareció en el foso y dio unos golpecitos con la batuta para llamar la atención de los músicos, Jens se dio cuenta de que quería ser el flautista que tocara dichas notas la noche del estreno, era lo que más deseaba en el mundo.
—Bien, vamos a por el IV acto —anunció Hennum. Llevaban más de una hora de interrupción entre acto y acto—. Bjarte Frafjord, usted tocará hoy la primera flauta. Cinco minutos y empezamos —añadió antes de marcharse a hablar con herr Josephson, el director de la obra.
Jens se sintió embargado por una profunda decepción. Si Bjarte tocaba la primera flauta en el ensayo general, lo más probable sería que Hennum también quisiera que lo hiciese al día siguiente, en el estreno.
Minutos después, Henrik Klausen, que interpretaba a Peer Gynt, se acercó para colocarse con el cuerpo doblado sobre el foso de la orquesta, desde donde fingiría que vomitaba sobre los músicos mientras el protagonista se recuperaba de su resaca.
—¿Cómo estáis hoy, muchachos? —saludó afablemente desde arriba.
Se produjo un murmullo general mientras Hennum reaparecía y cogía su batuta.
—Herr Josephson me ha prometido que podremos ejecutar el IV acto sin apenas interrupciones para que así podamos llegar finalmente al V acto. ¿Listos?
Hennum alzó la batuta y el sonido de la flauta de Bjarte se elevó desde el foso. «No es tan bueno como yo», pensó Jens enfurruñado mientras se colocaba el violín bajo el mentón y se preparaba para tocar.
Una hora después, pese a una pequeña complicación que se había solucionado de inmediato, se aproximaban al final del IV acto. Jens levantó la mirada hacia madame Hansson, la actriz que interpretaba el papel de Solveig. Incluso vestida de campesina, le parecía sumamente atractiva, así que tenía la esperanza de poder conocerla al día siguiente, en la fiesta de después del estreno.
Recuperó rápidamente la concentración cuando herr Hennum levantó una vez más la batuta y los violinistas atacaron los primeros acordes de «Canción de Solveig». Prestó atención cuando madame Hansson empezó a cantar. Tenía una voz tan pura, tan perfecta y evocadora que Jens se descubrió trasladándose mentalmente a la cabaña de las montañas donde Solveig residía con su congoja. No tenía ni idea de que madame Hansson pudiera cantar así. Era una de las voces femeninas más maravillosas que había oído en su vida. Simbolizaba el aire puro y la juventud, pero también el dolor de las esperanzas y los sueños perdidos…
Tan embelesado estaba que se ganó una mirada severa por parte de Hennum cuando entró un compás tarde. Cuando, hacia el final de la obra, las dolorosamente tristes notas de «Canción de cuna» —interpretada por Solveig cuando el escarmentado Peer regresa y descansa la cabeza sobre su regazo— resonaron en el auditorio, Jens notó que el vello de la nuca se le erizaba ante la impecable interpretación de madame Hansson. Cuando, minutos después, cayó el telón el personal del teatro, que se había congregado para mirar y escuchar, prorrumpió en aplausos.
—¿Has oído eso? —le comentó Jens a Simen, que ya estaba guardando su violín para abandonar apresuradamente el foso y cruzar la calle hasta el Engebret Café antes de la última ronda—. No sabía que madame Hansson tuviera una voz tan bella.
—¡Pero qué infeliz eres, Jens! Lo que acabamos de escuchar es una voz bellísima, sí, pero no pertenece a madame Hansson. ¿No te has dado cuenta de que ella se limitaba a mover los labios? Esa mujer no es capaz de afinar ni una nota, así que han tenido que traer la voz de otra para que dé la impresión contraria. Seguro que a herr Josephson le encantará saber que su truco ha funcionado.
Simen rio y le dio unas palmaditas en el hombro antes de marcharse.
—¿Quién canta entonces? —quiso saber Jens antes de que su compañero desapareciera bajo el escenario.
—Buena pregunta —contestó Simen por encima del hombro—. Es una voz fantasma y nadie conoce a la propietaria.
La propietaria de la voz que tanto había conmovido a Jens Halvorsen se encontraba en aquel momento en un coche de caballos camino del apartamento de herr Bayer. Convencida de que llamaba la atención con el traje nacional que el profesor le había pedido que llevara en sus «actuaciones» para que tuviera el mismo aspecto que las señoritas del coro, se alegraba de hacer el trayecto a solas. Había tenido otro día largo y agotador, de manera que sintió un gran alivio cuando frøken Olsdatter le abrió la puerta y le quitó la capa.
—Debes de estar exhausta, kjære Anna. Pero dime, ¿como crees que has cantado hoy? —le preguntó mientras la empujaba delicadamente hacia el dormitorio.
—La verdad es que no lo sé. Cuando cayó el telón, hice justo lo que herr Bayer me dijo que hiciera: salir por la puerta de atrás y subirme rápidamente al coche. Y aquí estoy —suspiró Anna dejando que frøken Olsdatter la ayudara a desvestirse y acostarse.
—Herr Bayer dice que mañana puedes dormir hasta la hora que te apetezca. Quiere que tú y tu voz estéis descansadas para el estreno. Te he dejado la leche caliente con miel en la mesilla de noche.
—Gracias.
Anna cogió el vaso.
—Buenas noches, Anna.
—Buenas noches, frøken Olsdatter, y gracias.
Johan Hennum apareció en el foso y dio unas palmadas para llamar la atención de sus músicos.
—¿Están todos listos?
Miró a su orquesta con cariño y Jens pensó en lo diferente que era la atmósfera que se respiraba en el teatro en aquel momento comparada con la del día anterior. No solo los músicos vestían esmoquin en lugar de su abigarrada colección de atuendos de calle, sino que un público expectante había entrado ya en el auditorio para ocupar sus asientos. Las mujeres se quitaban los abrigos de piel para dejar al descubierto una colección de deslumbrantes vestidos de noche adornados con joyas suntuosas que brillaban bajo la tenue luz de la araña del techo.
—Caballeros —continuó Hennum—, esta noche tenemos el honor de ocupar nuestro lugar en la historia. Aunque herr Grieg no pueda estar presente, haremos que se sienta orgulloso de nosotros y daremos a su maravillosa música la interpretación que merece. Estoy seguro de que algún día les contarán a sus nietos que formaron parte de esto. Y herr Halvorsen, esta noche usted tocará la primera flauta en «La mañana». Bien, si estamos todos preparados…
El director se subió al podio para indicar al público que la representación estaba a punto de comenzar. Enseguida se hizo el silencio, como si el auditorio al completo estuviera conteniendo la respiración. Y en aquel momento, Jens dio gracias al cielo por que le hubieran concedido su deseo más ferviente.
Ninguna de las personas que aguardaban entre bambalinas sabía qué le estaba pareciendo la representación al público. Anna se acercó despacio hasta el costado del escenario para interpretar su primera canción. La acompañaba Rude, uno de los niños que actuaba en las escenas corales.
—No se oye ni el vuelo de una mosca, frøken Anna. He espiado al público desde un escondrijo y creo que les está gustando.
La joven ocupó su lugar al lado del escenario —oculta por los decorados, pero colocada de tal manera que pudiera ver a madame Hansson— y de pronto el miedo la paralizó. Aunque nadie pudiera verla y su nombre apareciera en el programa debajo de la larga lista del «Coro», sabía que ahí fuera herr Bayer estaría escuchándola. Como todas las personas importantes de Cristianía.
Notó la manita de Rude estrechar la suya.
—Tranquila, frøken Anna, todos pensamos que canta como los ángeles —dijo antes de dejarla sola.
Anna clavó entonces la mirada en madame Hansson y escuchó con atención el momento de su entrada. Cuando la orquesta tocó los primeros acordes de «Canción de Solveig», respiró hondo. Y pensando en Heddal, en Rosa y en su familia, dio rienda suelta a su voz.
Cuarenta minutos después, cuando el último telón cayó, Anna se encontraba nuevamente junto al escenario después de haber interpretado «Canción de cuna». El público guardaba un silencio reverencial mientras los actores se congregaban para el saludo final. Como nadie le había pedido que saliera, Anna se quedó donde estaba. Y cuando el telón volvió a alzarse para mostrar a los actores, el clamoroso estallido de aplausos estuvo a punto de dejarla sorda. La gente pateaba el suelo y pedía un bis.
—¡Cante de nuevo «Canción de Solveig», madame Hansson! —oyó gritar a alguien, pero la actriz declinó elegantemente la petición con un gesto de la cabeza y un saludo refinado con la mano.
Herr Josephson apareció al fin en el escenario para transmitir al público las disculpas tanto de Ibsen como de Grieg por sus respectivas ausencias y, tras el último saludo, el telón cayó definitivamente y los actores empezaron a dispersarse. Todos ignoraron a Anna al pasar a su lado llenos de adrenalina y charlando animadamente de lo que parecía haber sido un éxito rotundo después de tantas semanas de trabajo.
La joven regresó a su camerino para recoger la capa y despedirse de los niños, cuyas orgullosas madres estaban ayudándolos a cambiarse de ropa. Herr Bayer le había dicho que el coche estaría esperándola fuera y que debía marcharse en cuanto terminara la representación. Cuando se dirigía por el pasillo hacia la puerta de atrás, se tropezó con herr Josephson, que en ese momento salía del camerino de madame Hansson.
—Anna, has cantado como los ángeles. Creo que has hecho llorar hasta al último espectador. Felicidades.
—Gracias, herr Josephson.
—Que tengas un buen trayecto hasta casa —añadió con una inclinación de la cabeza antes de darse la vuelta para llamar al camerino de Henrik Klausen.
Anna llegó a la puerta de atrás y abandonó el teatro con renuencia.
—Entonces ¿quién es la chica que canta «Canción de Solveig»? —preguntó Jens mientras escrutaba con la mirada a la gente reunida en el vestíbulo—. ¿Está aquí?
—No lo sé, nunca la he visto —respondió Isaac, el violonchelista, que ya no podía con su alma—. Canta como un ángel, pero, con tanto misterio, lo mismo es que tiene cara de bruja.
Decidido a averiguarlo, Jens acorraló al director de la orquesta.
—Felicidades, joven —le dijo Hennum, eufórico por el éxito de aquella noche, mientras le daba una palmada en el hombro—.
Me alegro de no haberme equivocado con usted. Podría llegar lejos con algo de práctica y experiencia.
—Gracias, señor. Por cierto, ¿quién es la chica desconocida que ha interpretado las canciones de Solveig de forma tan bella esta noche? ¿Está aquí?
—¿Se refiere a Anna? Es nuestra Solveig de las montañas en la vida real. Pero no creo que se haya quedado para la fiesta. Es la protegida de Franz Bayer, muy joven y poco habituada a la ciudad. El profesor la tiene muy vigilada, por lo que imagino que su Cenicienta se ha ido a casa antes de que el reloj marque la medianoche.
—Es una lástima. Me habría gustado decirle lo mucho que me ha emocionado su voz. También —continuó Jens aprovechando la oportunidad— soy un gran admirador de madame Hansson. ¿Cree que podría presentármela para que pueda expresarle mi admiración por su actuación de esta noche?
—Naturalmente —dijo herr Hennum—. Seguro que para ella será un placer conocerlo. Sígame.