La hermana tormenta
Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 18
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Al día siguiente, «Cenicienta» estaba sentada en el salón frente a herr Bayer. Ambos bebían café mientras él repasaba la crítica del estreno en Dagbladet y leía en alto las partes que creía que podrían gustarle a la joven.
«Es un placer ver a madame Hansson en el papel de Solveig, la sufrida joven campesina, y su voz pura y dulce es un regalo para los oídos.»
—¿Qué te parece?
El profesor levantó la vista hacia ella.
Si hubiera sido su nombre el que figurase en los diarios de aquella mañana, pensó Anna, y su voz aquella cuyas virtudes se ensalzaban, le habría parecido maravilloso. Pero no era el caso, así que le daba igual.
—Me alegro de que la obra y mi voz hayan gustado —acertó a decir.
—Como es lógico, es la partitura de herr Grieg lo que los críticos encuentran especialmente inspirador. Su interpretación del maravilloso poema de herr Ibsen es sin duda sublime. Bien, Anna, como hoy no hay representación, te tomarás un descanso más que merecido. Deberías estar muy orgullosa de ti misma, mi querida señorita. No podrías haber cantado mejor. Por desgracia, yo no puedo descansar porque debo ir a la universidad. —Se levantó y se encaminó a la puerta—. Cuando vuelva a casa esta noche, celebraremos nuestro éxito durante la cena. Que tengas un buen día.
Cuando herr Bayer se marchó, Anna se terminó su café, ya tibio, sintiéndose desalentada y un tanto irritada. Tenía la sensación de que en los últimos meses todo había tenido como único objetivo el estreno. Y ahora que había pasado, nada había cambiado. No estaba segura de qué esperaba que cambiase, pero no podía evitar sentir que algo debería haberlo hecho.
¿Conocía ya herr Bayer la necesidad de una cantante «fantasma» cuando la había encontrado en las montañas el verano anterior?, se preguntó. ¿Era aquella la razón de que la hubiera llevado a la ciudad? Anna era muy consciente de que en el teatro todo el mundo deseaba que ella fuera invisible para poder atribuir su voz a madame Hansson.
Cogió uno de los periódicos y clavó el dedo en el lugar donde se mencionaba la voz «pura» de la actriz.
—¡Es mi voz! —aulló—. Mi voz…
Quizá a causa de la presión que había liberado la noche previa, como el corcho de una de las botellas de champán de herr Bayer, se arrojó sobre el sofá y lloró.
—Anna, kjære, ¿qué te ocurre?
La muchacha levantó el rostro bañado en lágrimas y se dio cuenta de que frøken Olsdatter había entrado en la estancia sin avisar.
—Nada —farfulló, secándose atropelladamente los ojos.
—Puede que estés agotada y abrumada por la experiencia de anoche. Y recuperándote todavía del catarro.
—No, no… Me encuentro muy bien, gracias —insistió Anna con firmeza.
—¿Quizá echas de menos a tu familia?
—Sí, sí. Y el aire puro del campo. Creo… creo que quiero volver a Heddal —susurró.
—No te preocupes, querida, lo entiendo. Siempre es así para los que venimos del campo. Y además, la vida que llevas es muy solitaria.
—¿Usted echa de menos a su familia? —le preguntó Anna.
—Ya no, porque me he acostumbrado, pero al principio era muy infeliz. Mi primera señora era una mujer cruel que nos trataba a mí y a sus demás criadas como si fueran perros. Me escapé dos veces, pero en ambas ocasiones me encontraron y me obligaron a volver. Entonces, una noche que fue a cenar a casa de mi señora, conocí a herr Bayer. Quizá se percatara de mi desdicha o puede que realmente necesitara un ama de llaves, pero el caso es que me ofreció trabajo aquella misma noche. Mi señora no se opuso. Creo que se alegraba de perderme de vista. Así que herr Bayer me trajo aquí. Pese a su excentricidad, Anna, puedes estar segura de que es un hombre bueno y amable.
—Lo sé —dijo la joven sintiéndose culpable por haberse compadecido de sí misma cuando la vida de frøken Olsdatter había sido mucho más difícil que la suya.
—Si te sirve de consuelo, he visto a muchas protegidas de herr Bayer salir por esa puerta durante mis años a su servicio Pero nunca lo he visto tan entusiasmado como lo está por tu talento. Anoche me dijo que cautivaste al público con tu voz.
—Pero casi nadie sabe que soy yo la que canta —repuso débilmente Anna.
—Ahora no, pero has de confiar en que un día se sabrá. Eres muy joven, kjære, y afortunada por formar parte de una producción tan prometedora. La gente más importante de Cristianía te ha oído cantar. Sé paciente y deja que el Señor guíe tu destino. Y ahora llego tarde al mercado. ¿Quieres acompañarme para que te dé un poco el aire?
—Me encantaría. —Anna se levantó—. Y gracias por escucharme.
A tan solo tres kilómetros de allí, Jens Halvorsen también sentía una gran frustración mientras se paseaba por su cuarto escuchando las fuertes voces que le llegaban desde la salita de abajo. La farsa que su madre y él habían representado a lo largo de las últimas semanas delante de su padre había alcanzado un brusco final aquella mañana durante el desayuno, cuando Jonas Halvorsen había leído la excelente crítica de Peer Gynt en el diario. El autor había tenido la deferencia de mencionar que «“La mañana”, al comienzo del IV acto, es en mi opinión uno de los momentos cumbre de la partitura de herr Grieg, con los cautivadores y memorables primeros acordes interpretados a la flauta de manera sublime por Jens Halvorsen».
La cara de su padre había semejado una tetera de cobre olvidada en el fuego.
—¿Por qué no se me ha informado hasta ahora? —había estallado Jonas.
—Porque no me pareció importante que lo supieras —había contestado Margarete, y Jens comprendió que su madre estaba preparándose para una terrible escena.
—¿No te pareció importante? ¡Yo, un padre que cree que su hijo está estudiando en la universidad, descubro por la prensa que está trabajando en la orquesta de Cristianía! ¡Es un ultraje en toda regla!
—Te prometo que apenas ha perdido clases.
—Entonces explícame por qué el eminente crítico añade a continuación que «herr Johan Hennum, director de la orquesta de Cristianía, ha pasado muchos meses reuniendo a los músicos y ensayando con ellos a fin de hacer justicia a la compleja orquestación de herr Grieg». ¿En serio esperas que me crea que nuestro hijo, a quien de hecho nombran en este mismo artículo, se ha aprendido la partitura de un día para otro? ¡Señor! —Jonas sacudió la cabeza con vehemencia—. Está claro que ambos me habéis tomado por idiota. Os convendría no tratarme como tal a partir de este momento.
Margarete se había vuelto entonces hacia Jens.
—Sé que tienes que estudiar. Sube a tu cuarto y ponte con ello.
—Sí, mor.
Debatiéndose entre el sentimiento de culpa por dejar a su madre a merced de la ira de su padre y el alivio por no tener que sufrirla él mismo, Jens había asentido con la cabeza y se había marchado.
En aquellos momentos, mientras se paseaba con nerviosismo por su habitación escuchando los bramidos de su padre, decidió que a lo mejor el incidente del periódico había sido para bien: su padre se habría enterado tarde o temprano de sus actividades extrauniversitarias. En parte le apenaba que Jonas no pudiera alegrarse de que su hijo hubiera sido objeto de semejante elogio, pero lo entendía. Los músicos de Cristianía carecían de estatus social y sus ingresos eran limitados. Para su padre no había nada admirable en su empeño de hacerse músico. Y aún menos en la idea de que su hijo no ocupara el puesto que le correspondía a la cabeza de la Halvorsen Brewing Company.
Por otro lado, Jens estaba demasiado contento para dejar que su padre lo desanimara. Había encontrado su futuro en la orquesta y por fin se sentía realizado. La camaradería de los otros músicos, su sentido del humor y su afición por el alcohol cuando se reunían por las noches en el Engebret Café después de la función constituían un mundo en el que Jens se sentía muy cómodo. Por no mencionar la actitud claramente relajada de las señoritas de la obra…
La noche previa, herr Hennum había hecho lo que Jens le había pedido y le había presentado a madame Hansson. Cuando la celebración por el éxito del estreno tocaba a su fin, Jens había reparado en las miradas que le dirigía la actriz y se había ofrecido a acompañarla a su apartamento. Había sido un interludio sin duda agradable: Thora era una mujer experimentada y entusiasta, y Jens no había abandonado su lecho hasta la llegada del gélido amanecer. Al día siguiente tendría que esquivar sutilmente a Hilde Omvik, una bonita chica del coro con la que estaba saliendo. No podía permitir que a madame Hansson le llegaran rumores sobre su conducta en el teatro. Y, al fin y al cabo, Hilde iba a casarse la semana siguiente…
Llamaron a la puerta y respondió de inmediato.
—Jens, he hecho cuanto he podido, pero tu padre quiere hablar contigo. Ahora.
Su madre estaba pálida y agotada.
—Gracias, mor.
—Nosotros dos hablaremos cuando se haya ido a la fábrica.
Margarete le dio una palmadita en el hombro y, cuando Jens bajó, Dora lo informó de que su padre lo esperaba en el salón.
El joven dejó escapar un suspiro, pues sabía que los asuntos graves que afectaban a la familia Halvorsen se trataban siempre en el salón, una estancia tan fría y austera como su padre. Abrió la puerta y entró. Como de costumbre, la chimenea estaba apagada y por los ventanales entraba un torrente de luz blanca proyectada por la nieve apilada fuera.
Su padre se encontraba frente a una de las ventanas y se volvió al oírlo entrar.
—Siéntate.
Señaló una butaca. Jens obedeció y se esforzó por que su rostro expresara contrición y desafío a partes iguales.
—En primer lugar —comenzó Jonas tomando asiento frente a su hijo en un orejero de piel—, quiero decirte que no te culpo. Todo esto es culpa de tu madre por meterte esa ridícula idea en la cabeza. Sin embargo, en julio alcanzarás la mayoría de edad y te convertirás en un adulto que ha de tomar sus propias decisiones. Y debes decidir no vivir más bajo la influencia de tu madre.
—Sí, señor.
—La situación no ha cambiado —continuó Jonas—. Te incorporarás a la cervecera este verano, cuando hayas terminado tus estudios. Trabajaremos juntos y un día la fábrica será tuya. Serás la quinta generación de Halvorsen que dirija el negocio emprendido por mi tatarabuelo. Tu madre asegura que tus estudios no se han visto afectados por tu trabajo en la orquesta, pero personalmente lo dudo. ¿Qué dices tú, jovencito?
—Mi madre está en lo cierto —mintió tranquilamente Jens—. He perdido muy pocas clases.
—Aunque me gustaría poder hacerlo, comprendo que no sería bueno para la reputación de la familia sacarte del foso de la orquesta ahora, pues ya te has comprometido con herr Hennum. En vista de que no puede hacerse nada al respecto, tu madre y yo estamos de acuerdo en que se te permitirá continuar hasta que las representaciones de Peer Gynt finalicen el mes que viene. Espero que durante ese tiempo llegues a aceptar plenamente dónde está tu futuro.
—Sí, señor.
Jens vio que su padre se interrumpía para hacer crujir sus nudillos, una costumbre que lo irritaba sobremanera.
—Todo arreglado, entonces. Pero te lo advierto, una vez haya pasado esta… novedad, no volveré a tolerar un comportamiento semejante. A menos que desees dedicarte profesionalmente a la música, en cuyo caso no tendré más remedio que dejarte sin un céntimo y pedirte que abandones esta casa de inmediato. Los Halvorsen no hemos trabajado durante casi ciento cincuenta años para ver a nuestro único heredero dilapidar su legado tocando el violín.
Jens estaba decidido a no darle a su padre el gusto de ver la conmoción reflejada en su rostro.
—Lo entiendo, señor.
—En ese caso, me marcho a la fábrica. Ya llego más de una hora tarde y siempre debo dar ejemplo a mis empleados, al igual que tendrás que hacerlo tú cuando empieces a trabajar conmigo. Buenos días, Jens.
Jonas Halvorsen se despidió con un gesto de la cabeza y se marchó para dejar que Jens reflexionara a solas sobre su futuro. Sintiendo que no podía enfrentarse a su madre en ese momento, el muchacho cogió los patines del recibidor, se puso la cazadora de piel, el gorro y los guantes, y salió a la calle a desahogarse.
Apartamento 4
10 St. Olav’s Gate
Cristianía
10 de marzo de 1876
Kjære Lars, mor, far y Knut:
Gracias por vuestra última carta y por decir que mi ortografía ha mejorado. Yo no lo creo, pero lo intento. Ya han pasado dos semanas desde el estreno de Peer Gynt sobre el escenario del Teatro de Cristianía (aunque yo no lo pisé). Herr Bayer dice que toda la ciudad habla de ello y que la «casa», como la gente llama al auditorio, ha vendido las entradas de todas las funciones. Están hablando de alargar las representaciones debido a la demanda.
Aquí la vida sigue igual, con la diferencia de que herr Bayer me está enseñando algunas arias italianas que encuentro muy difíciles. Una vez a la semana viene a casa un cantante de ópera profesional llamado Günther para darme clase. Es alemán y, debido a su acento, me cuesta entenderlo. Además, huele a ropa sin lavar, está todo el rato esnifando rapé y este a menudo le gotea por la nariz y le forma un charquito en el labio superior. Es muy viejo y muy flaco, y me da bastante pena.
No estoy segura de qué haré cuando termine Peer Gynt, aparte de lo que hago todos los días aquí, que es aprender a cantar mejor, quedarme encerrada en casa y comer pescado. La temporada de teatro comienza después de Pascua y hablan de volver a representar Peer Gynt en el futuro. Os gustará saber que se rumorea que herr Ibsen vendrá desde Italia para ver la función. Si efectivamente viene, os lo haré saber.
Por favor, Lars, dale las gracias a mor por los chalecos que me ha hecho. Me resultan muy útiles en este largo invierno. Estoy deseando que llegue el calor y espero poder ir pronto a casa.
ANNA
Dobló la carta y la cerró con un suspiro. Suponía que su familia estaría deseando escuchar chismorreos sobre la gente del teatro, pero no podía desvelarles ninguno. Enclaustrada un día tras otro en el apartamento, al que regresaba cada noche nada más terminar la función, se le estaban agotando las novedades que escribir en sus cartas.
Se acercó a la ventana para ver el cielo y advirtió que, a las cuatro de la tarde, todavía era de día. La primavera estaba finalmente en camino, y después de eso llegaría el verano… Apoyó la frente contra el cristal que la separaba del aire fresco de la calle. La idea de pasar los meses de calor recluida en aquella casa en lugar de en las montañas con Rosa se le hacía casi insoportable.
Rude llegó puntualmente al foso de la orquesta para cumplir su misión nocturna.
—Hola, Rude, ¿cómo estás hoy? —le preguntó Jens.
—Bien, señor. ¿Tiene una nota o mensaje para mí?
—Ya lo creo. Toma. —Jens se inclinó para hablar al oído del niño—. Entrégale esto a madame Hansson.
Introdujo una moneda y una carta en la mano menuda y entusiasta del muchacho.
—Gracias, señor. Así lo haré, señor.
—Muy bien —dijo Jens mientras Rude se disponía a marcharse—. Ah, por cierto, ¿quien era la joven con la que te vi salir anoche por la puerta de atrás? ¿Tienes novia? —bromeó.
—Será de mi estatura, señor, pero tiene dieciocho años. Demasiado mayor para mí, que tengo doce —contestó Rude muy serio—. Era Anna Landvik. Actúa en la obra.
—¿En serio? Pues no la reconocí… Claro que había poca luz y solo alcancé a verle la cabellera pelirroja.
—Lo que quiero decir, señor, es que participa en la función pero no se la ve en el escenario. —Echando una mirada deliberadamente exagerada a su alrededor, Rude le hizo señas para que acercara la oreja—. Es la voz de Solveig.
—Oh, entiendo —asintió Jens con fingida gravedad.
El hecho de que madame Hansson no era la que cantaba se había convertido en el secreto peor guardado del edificio, pero había que mantener las apariencias ante el mundo exterior.
—La señorita es muy bonita, ¿no cree, señor?
—Su melena decididamente lo es, pero es lo único que vi de ella.
—Personalmente, me da mucha pena. Nadie puede saber que es ella la que canta tan bien. Hasta la han puesto con nosotros en el camerino de los niños. Bueno —dijo Rude cuando sonó el timbre para indicar que faltaban cinco minutos para el comienzo de la representación—, entregaré la nota, no se preocupe.
Jens plantó otra moneda en la palma del muchacho.
—Entretén esta noche a frøken Landvik en la puerta para que pueda ver bien a nuestra cantante misteriosa.
—Creo que no será un problema, señor —aceptó Rude antes de escurrirse como un ratón, satisfecho con sus ganancias de aquella noche.
—¿Otra vez al acecho, Peer?
Simen, el primer violinista, no estaba tan sordo como parecía y había oído parte de la conversación. En el foso, los músicos comentaban entre burlas que los devaneos de Jens con los miembros femeninos de la compañía recordaban mucho a los del héroe homónimo de la obra.
—En absoluto —murmuró Jens justo cuando Hennum aparecía en el foso. Al principio el apodo le había parecido divertido, pero ya estaba empezando a cansarlo—. Ya sabes que solo tengo ojos para madame Hansson.
—Pues ayer debí de excederme con el oporto, porque estoy seguro de que te vi salir del Engebret con Jorid Skrovset del brazo.
—Estoy seguro de que fue el oporto.
Jens levantó la flauta cuando Hennum indicó que estaban listos para empezar.
Aquella noche, después de la representación, salió del teatro por la puerta de atrás y se quedó merodeando por los alrededores a la espera de que Rude apareciera con la misteriosa muchacha. Jens, por lo general, se iba al Engebret mientras Thora recibía a sus admiradores en su camerino y se cambiaba. Luego la actriz subía a su coche de caballos y lo recogía unos metros calle abajo, pues no quería que nadie los viera juntos.
Jens sabía que la razón de que Thora no quisiera que la paseara con él por la ciudad era su modesto estatus de músico. Estaba empezando a sentirse como una vulgar fulana que satisfacía una necesidad física pero no era lo bastante buena para ser vista en público. Lo cual era bastante ridículo, teniendo en cuenta que provenía de una de las familias más respetadas de Cristianía y era el actual heredero del imperio cervecero Halvorsen. Thora no paraba de repetirle que había cenado con la flor y nata de Europa, que Ibsen la adoraba y que la llamaba su musa. Jens había tolerado sus aires de grandeza hasta entonces porque, en la intimidad del dormitorio, la actriz le compensaba con creces las humillaciones que tenía que soportar. Pero ya estaba harto.
Al fin, vio salir a dos figuras por la puerta de atrás. Se detuvieron un momento en el umbral, tenuemente iluminado por la lámpara de gas del pasillo que tenían detrás, mientras Rude le señalaba algo a la joven. Con el semblante semioculto bajo la gorra, Jens la observó con detenimiento.
Era una chiquilla delicada de adorables ojos azules, nariz minúscula, labios rosados dentro de un rostro menudo con forma de corazón y una espectacular cabellera pelirroja que le caía formando bucles alrededor de los hombros. Poco dado a los elogios, de pronto Jens se sintió al borde de las lágrimas mientras la contemplaba. Era un auténtico soplo de aire puro de las montañas y hacía que, a su lado, las demás mujeres parecieran muñecas de madera emperifolladas.
Sumido en una especie de trance, la oyó despedirse de Rude con un quedo «buenas noches» y pasar flotando por su lado antes de subir a un coche de caballos.
—¿La ha visto, señor? —Los sagaces ojos de Rude localizaron a Jens merodeando entre las sombras en cuanto el coche de Anna se hubo alejado—. He hecho todo lo posible, pero no he podido retenerla más tiempo. Mi madre me está esperando en el camerino. Le he dicho que tenía que entregarle un mensaje al portero.
—La he visto. ¿Siempre se marcha nada más terminar la representación?
—Todas las noches, señor.
—Entonces he de concebir un plan para conocerla.
—Le deseo suerte, pero ahora debo irme.
Rude se quedó donde estaba, titubeante, y finalmente Jens se llevó la mano al bolsillo y le entregó otra moneda.
—Gracias, señor. Buenas noches.
Jens se dirigió al Engebret, pidió un aquavit y se sentó en un taburete de la barra con la mirada perdida.
—¿Te encuentras mal, muchacho? —le preguntó Einar, el cimbalero, tras acercarse a la barra—. Estás pálido. ¿Quieres otra?
Jens admiraba a Einar por su asombrosa habilidad para abandonar el foso en mitad de la representación y dirigirse al Engebret contando los compases. Una vez allí, se tomaba una cerveza sin dejar de contar y regresaba a su lugar en el foso justo antes de que le tocara estrellar de nuevo los platillos. La orquesta al completo seguía esperando que cualquier noche perdiera la cuenta, pero, al parecer, no había fallado una sola vez en diez años.
—Sí a las dos preguntas —respondió Jens.
Se llevó el vaso a los labios y vació el contenido de un trago. Mientras le ponían delante otro aquavit, se preguntó si no estaría incubando algún tipo de enfermedad, pues desde que había visto a Anna Landvik se sentía extrañamente inquieto. Decidió que, al menos aquella noche, madame Hansson podía regresar sola a su apartamento.