La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 19

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Frøken Anna, tengo una carta para usted.

Anna levantó la vista de los naipes y miró a Rude, que esbozó una sonrisa descarada antes de pasarle una nota plegada con disimulo. Estaban en el camerino de los niños, rodeados por el trajín de los preparativos para la representación de aquella noche.

Se disponía a abrir la carta cuando Rude le susurró:

—Aquí no. Me han dicho que debe leerla en privado.

—¿Quién?

Anna estaba desconcertada.

Rude se mostró debidamente enigmático y negó con la cabeza.

—No me corresponde a mí decírselo. Solo soy un mensajero.

—¿Por qué querría alguien escribirme una carta?

—Tendrá que leerla para averiguarlo.

Anna lo miró con el cejo fruncido, lo más severamente que pudo.

—Dímelo —exigió.

—No.

—En ese caso, ya no jugaré contigo al pináculo.

—No importa, tengo que vestirme.

El niño se encogió de hombros, se levantó y abandonó la mesa.

Una parte de ella quería reírse de las trastadas de Rude: era un diablillo, siempre a la caza de un mensaje que entregar o de una oportunidad para echar una mano a cambio de una moneda o un bombón. Anna pensaba que de mayor sería un excelente timador, o quizá espía, pues estaba al tanto de todos los chismorreos que corrían por el teatro. Comprendió que, a juzgar por las huellas mugrientas que había alrededor del sello roto, Rude sabía exactamente quién le enviaba la misteriosa misiva y probablemente hubiera leído su contenido. Tras decidir que la leería cuando estuviera a solas en su habitación, se guardó la carta en el bolsillo de la falda y fue a prepararse para la representación.

Teatro de Cristianía

15 de marzo de 1876

Mi querida frøken Landvik:

Dado que nunca nos han presentado, le pido disculpas por este impertinente mensaje y el medio por el que le ha sido entregado. Lo cierto es que, desde que la oí cantar por primera vez la noche del ensayo general, su voz me tiene cautivado. Y desde aquel momento la escucho extasiado todas las noches. ¿Cree que sería posible que nos viéramos mañana en la puerta de atrás del teatro antes del comienzo de la función —digamos a las siete y cuarto— para poder presentarnos formalmente?

Acuda, se lo ruego.

Sinceramente suyo,

Un admirador

Después de releer la carta y esconderla en el cajón de la mesilla de noche, Anna dedujo que debía de haberla escrito un hombre, pues sería de lo más peculiar que una mujer escribiera algo así. Mientras apagaba el quinqué para echarse a dormir, llegó a la conclusión de que se trataba de un caballero mayor, del estilo de herr Bayer… una perspectiva, pensó con un suspiro, de lo menos estimulante.

—¿Se reunirá con él esta noche? —le preguntó Rude con expresión inocente.

—¿Con quién?

—Ya sabe con quién.

—No, no lo sé. Además, ¿cómo sabes tú que me han invitado a reunirme con alguien, eh? —Anna disfrutó al ver la cara de consternación del muchacho cuando cayó en la cuenta de que se había delatado involuntariamente—. Te juro que ahora sí que no volveré a jugar contigo a las cartas, ni por dinero ni por caramelos, si no me dices el nombre del autor.

—No puedo, frøken Anna, lo siento. —Rude bajó la mirada y negó con la cabeza—. Me estoy jugando la vida. Le juré al remitente que no lo diría.

—Bueno, si no puedes decirme el nombre de la persona, por lo menos podrás responder a algunas preguntas con un «sí» o un «no».

—Eso sí —aceptó el niño.

—¿Fue un caballero el que escribió la nota?

—Sí.

—¿Tiene menos de cincuenta años?

—Sí.

—¿Menos de cuarenta?

—Sí.

—¿Menos de treinta?

—Frøken Anna, no estoy seguro de su edad, pero yo diría que sí.

Al menos ya era algo, pensó Anna.

—¿Es un miembro asiduo del público?

—No… Bueno, en realidad… —Rude se rascó la cabeza—. Sí, en cierta manera sí. Digamos que la oye cantar cada día.

—Entonces ¿es un miembro de la compañía?

—Más o menos.

—¿Es músico, Rude?

—Frøken Anna, me está poniendo en un aprieto. —El muchacho soltó un suspiro melodramático—. No puedo decirle más.

—Está bien, lo entiendo —cedió Anna, satisfecha con el resultado de su interrogatorio.

Echó un vistazo al viejo y poco fiable reloj de pared y le preguntó a una de las madres, que estaba bordando discretamente en un rincón, qué hora creía que era.

—Yo diría que casi las siete, frøken Landvik. Hace un momento estaba en el pasillo cuando llegó herr Josephson. Y él es siempre muy puntual —añadió.

—Gracias.

Miró de nuevo el reloj de pared, agradecida de que aquella noche funcionara bien. ¿Debía acudir a la cita? Al fin y al cabo, si aquel hombre tenía menos de treinta años tal vez deseara verla por razones indecorosas y no porque admirara su voz. Muy a su pesar, se ruborizó. La mera idea de que sus intenciones pudieran ser de esa índole —y de que se tratara de un hombre relativamente joven— la atraía mucho más de lo que debería.

La manecillas del reloj siguieron avanzando mientras se preguntaba qué hacer. A las siete y trece minutos decidió que acudiría a la cita. A las siete y catorce minutos decidió que no…

Y a las siete y cuarto en punto se descubrió caminando por el pasillo hasta la puerta de atrás, únicamente para descubrir que allí no había nadie.

Halbert, el portero, abrió la ventanilla de su caseta para preguntarle si necesitaba algo. Anna negó con la cabeza y se dio la vuelta para regresar al camerino. Una corriente de aire frío la asaltó cuando la puerta se abrió a su espalda y, un segundo después, una mano le tocó suavemente el hombro.

—¿Frøken Landvik?

—Sí.

—Le pido disculpas por retrasarme unos segundos.

Anna se dio la vuelta para tropezarse con los profundos ojos de color avellana del propietario de la voz. Notó un nudo extraño en el estómago, como cuando tenía que cantar. Mientras Halbert los contemplaba desde su caseta como si fueran idiotas, ellos simplemente se dedicaron a mirarse.

El joven que Anna tenía delante aparentaba aproximadamente su misma edad y poseía un rostro atractivo en extremo, coronado por una mata de pelo de color caoba que se le ensortijaba por encima del cuello de la camisa. No era alto, pero sus espaldas anchas le daban un imponente aire masculino. Anna sintió como si todo su ser —físico, mental y emocional— la abandonara y penetrara en aquel otro ser humano desconocido. Fue una sensación de lo más extraña, y la hizo tambalearse ligeramente.

—¿Se encuentra bien, frøken Landvik? Cualquiera diría que ha visto un fantasma.

—Perfectamente, gracias. Estoy un poco mareada, eso es todo.

Sonó el timbre que avisaba a la compañía y a la orquesta de que faltaban diez minutos para alzar el telón.

—Se lo ruego —susurró Jens, consciente de que Halbert seguía observándolos embobado por encima de las gafas—, no tenemos mucho tiempo. Salgamos fuera para poder hablar en privado. Por lo menos así le dará un poco el aire.

Jens la rodeó con un brazo para acompañarla hacia el exterior y advirtió que la cabeza de ella encajaba perfectamente en la curva de su hombro. Después abrió la puerta y la ayudó a salir. Era tan menuda, tan perfecta, tan femenina que el muchacho sintió al instante el deseo de protegerla cuando ella se apoyó brevemente en él como si fuera la cosa más natural del mundo.

Anna se detuvo en la acera a su lado, con el brazo del joven todavía a su alrededor, y aspiró el aire vigorizante de la noche.

—¿Por qué quería verme? —preguntó cuando recuperó la compostura y cayó en la cuenta de lo inapropiado que era mantener semejante proximidad física con un hombre. Y, para colmo, desconocido. Aunque tenía que reconocer que no lo sentía en absoluto como un desconocido…

—Si le soy sincero, no estoy seguro. Al principio fue su voz lo que me fascinó, pero luego pagué a Rude para que la entretuviera aquí fuera y poder observarla a hurtadillas… Frøken Landvik, ahora debo irme o herr Hennum me arrancará las tripas, pero dígame cuándo puedo volver a verla.

—No lo sé.

—¿Esta noche, después de la función?

—No, herr Bayer envía siempre un coche a recogerme en cuanto termina la representación.

—¿Durante el día?

—No. —Anna se tocó la cara. Tenía las mejillas ardiendo a pesar del frío—. Ahora mismo no puedo pensar. Además…

—¿Qué?

—Esta situación es de lo más impropia. Si herr Bayer supiera de nuestro encuentro, me…

Sonó el timbre de los cinco minutos.

—Se lo ruego, reúnase aquí conmigo mañana a las seis —propuso Jens—. Dígale a herr Bayer que la han convocado antes para un ensayo.

—Bu… buenas noches.

Anna se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta. Justo cuando se disponía a cerrarla tras de sí, Jens vio que sus dedos menudos la sujetaban por el canto y volvían a abrirla.

—¿Puedo saber al menos su nombre, señor?

—Le pido disculpas. Me llamo Jens. Jens Halvorsen.

Anna regresó aturdida al camerino y se sentó para intentar tranquilizarse. Cuando se hubo serenado, se dijo que tenía que averiguar todo lo que pudiera sobre Jens Halvorsen antes de aceptar otra cita con él.

Aquella noche durante la representación, preguntó a todas las personas en las que confiaba, e incluso a algunas en las que no confiaba, qué sabían de él.

Hasta el momento, había descubierto que tocaba el violín y la flauta en la orquesta y que, para decepción suya, todo el mundo en el teatro conocía su fama de mujeriego. Tanto era así que la orquesta le había puesto el apodo de «Peer» por su carácter donjuanesco. Una de las chicas del coro le confirmó que lo había visto con Hilde Omvik y Jorid Skrovset. Y lo peor de todo, se rumoreaba que era el amante secreto de madame Hansson.

Cuando se colocó junto al escenario para interpretar «Canción de cuna», estaba ya tan desconcentrada que sostuvo una nota más tiempo del debido y madame Hansson cerró la boca antes de que la terminara. Anna no se atrevía a volver la cabeza hacia el foso de la orquesta por si su mirada se posaba en Jens Halvorsen.

«No voy a pensar en él —se dijo con determinación antes de apagar el quinqué de su mesilla de noche—. Está claro que es un hombre horrible y cruel —añadió deseando que los rumores sobre sus devaneos no la excitaran—. Además, estoy prometida.»

Al día siguiente, sin embargo, tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no pedir el coche de caballos antes de la hora acostumbrada y decirle a herr Bayer que tenía un ensayo extra. Cuando llegó al teatro a las seis cuarenta y cinco, su hora de siempre, no vio a nadie frente a la puerta de atrás y se reprendió con dureza por la profunda decepción que la embargó.

Cuando entró en el camerino, fue recibida por el habitual grupo de madres que bordaban en un rincón y los niños que corrían a su encuentro para ver si les había llevado algo nuevo con lo que jugar. Solo un niño se quedó donde estaba, y mientras Anna abrazaba a los demás, reparó en la infrecuente expresión apesadumbrada de Rude por encima de las cabezas de sus compañeros. Los pequeños tuvieron que salir a escena y, con una última mirada de pesar, Rude se marchó del camerino para ocupar su lugar en el escenario. En el entreacto, la acorraló.

—Mi amigo me ha dicho que no ha acudido a la cita de esta noche. Se ha puesto muy triste. Le envía otra carta.

Le tendió un sobre sellado.

Anna lo rechazó.

—Por favor, dile que no estoy interesada.

—¿Por qué no?

—Porque no, Rude, y ya está.

—Pero frøken Anna —insistió él—, esta noche he visto la desdicha en sus ojos cuando usted no se ha presentado.

—Rude, eres un jovencito con mucho talento, tanto para actuar como para sacar monedas a los adultos. Sin embargo, hay cosas que todavía no entiendes…

Anna abrió la puerta y salió del camerino, pero él la siguió.

—¿Cómo qué?

—Son cosas de mayores —replicó ella con impaciencia mientras se dirigía a los bastidores.

Todavía no le tocaba cantar, pero quería escapar del implacable interrogatorio del muchacho.

—Sí que entiendo las cosas de mayores, frøken Anna. Sé qué rumores debe de haber oído desde que supo quién era su admirador.

—Entonces, si sabes esas cosas de él, ¿por qué sigues suplicándome que lo vea? —Anna se volvió bruscamente hacia el niño y Rude se detuvo de inmediato—. ¡Tiene una reputación espantosa! Además, yo ya tengo pretendiente y algún día —giró de nuevo sobre sus talones y siguió andando— nos casaremos.

—Pues me alegro mucho por usted, pero le prometo que las intenciones del caballero en cuestión son nobles.

—¡Por lo que más quieras, criatura, déjame tranquila!

—Lo haré, pero debería conocerlo, frøken Anna. El negocio es el negocio, estoy seguro de que lo entiende, pero lo que acabo de decirle es gratis. Como mínimo acepte esta carta.

Sin darle tiempo a seguir protestando, el niño le puso el sobre en la mano y huyó por el pasillo. Anna se colocó discretamente detrás de uno de los decorados, donde nadie podía verla, y escuchó a la orquesta afinar para el segundo acto. Bajó la vista hacia el foso y vio a Jens Halvorsen ocupar su lugar y sacar la flauta del estuche. Cuando la joven alargó tímidamente el cuello para observarlo mejor, él levantó la vista y durante un breve instante sus miradas se encontraron. La desilusión que Anna vio en el semblante del músico la desconcertó. Volvió a ocultarse rápidamente tras los decorados y regresó aturdida al camerino. Por el camino se cruzó con madame Hansson y la familiar nube del perfume francés de la actriz invadió el pasillo. La mujer apenas reparó en ella y, cuando Anna recordó el rumor que había oído acerca de su amante secreto, se le endureció el corazón. Jens Halvorsen no era más que un sinvergüenza, un mujeriego que no dudaría en llevarla a la perdición. Consciente de que le convenía mantenerse ocupada, cuando entró en el camerino prometió a los niños que jugaría a las cartas con ellos durante el siguiente entreacto.

Aquella noche, cuando llegó al apartamento, se encaminó directamente hacia el salón vacío. Y haciendo un gran esfuerzo para controlarse, sacó la carta sin abrir del bolsillo de su falda y la arrojó a las llamas de la estufa.

Rude siguió llevándole una nueva carta de Jens Halvorsen todas las noches durante las dos semanas siguientes, pero Anna las quemaba en cuanto llegaba a casa. Y aquella noche se había reafirmado en su postura después de que tanto ella como todas las demás personas que se encontraban en el pasillo de los camerinos hubieran escuchado el eco de un aullido acompañado de un estallido de cristales. Los actores sabían perfectamente que el alboroto provenía del camerino de madame Hansson.

—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó a Rude.

—No puedo decírselo —respondió él con testarudez y cruzando los brazos.

—Por supuesto que puedes, siempre me lo cuentas todo. Te pagaré —le propuso Anna.

—No se lo diría ni por dinero. Solo conseguiría darle la impresión equivocada.

—¿De qué?

Rude negó con la cabeza y se alejó. Más tarde, cuando el rumor empezó a circular por todas partes durante la representación, una de las chicas del coro le contó que madame Hansson se había enterado de que, dos semanas antes, habían visto a Jens Halvorsen con Jorid, otra chica del coro. Como Anna ya estaba al tanto de la historia, no se sorprendió, pero al parecer madame Hansson era la única del edificio que no lo había sabido hasta aquel momento.

Cuando llegó al teatro para la primera función de la semana siguiente, Anna vio un enorme ramo de rosas rojas sobre el mostrador de la cabina del portero. Al pasar junto a ellas de camino al camerino, oyó que Halbert la llamaba.

—¿Frøken Landvik?

—¿Sí?

—Estas flores son para usted.

—¿Para mí?

—Sí, para usted. Lléveselas, por favor, me tienen el mostrador invadido.

Con las mejillas tan coloradas como las rosas, se dio la vuelta y regresó hasta la cabina.

—Vaya, por lo visto tiene un admirador, frøken Landvik. Me pregunto quién será…

El portero, en un gesto de grave desaprobación, enarcó una ceja mientras Anna recogía el enorme ramo sin atreverse a levantar la mirada.

—¡Qué caradura! —se dijo mientras recorría el pasillo en dirección a las letrinas gélidas y malolientes que compartían las mujeres de la compañía—. Hacer esto con madame Hansson y Jorid Skrovset en el edificio. Está jugando conmigo —farfulló indignada tras cerrar la puerta con violencia y echar el pestillo—. Ahora que madame Hansson ha descubierto sus devaneos, cree que puede seducir a la humilde campesina con un puñado de flores.

Leyó la tarjeta que acompañaba las rosas.

«No soy como imagina. Le ruego que me dé una oportunidad.»

—¡Ja!

Anna la rompió en mil pedazos y los tiró a la letrina. En el camerino la asediarían a preguntas sobre el ramo y quería deshacerse de toda prueba que delatara su procedencia.

—¡Dios mío, Anna! —dijo una de las madres cuando entró en el camerino—. Son preciosas.

—¿Quién te las envía? —preguntó otra.

La estancia al completo guardó silencio mientras sus ocupantes esperaban una respuesta.

—Obviamente —Anna tragó saliva tras una pausa—, Lars, mi pretendiente de Heddal.

Un coro de exclamaciones invadió la habitación.

—¿Es por una ocasión especial? Tiene que serlo, si se ha gastado tanto dinero —señaló otra madre.

—Es… es mi cumpleaños —mintió Anna a la desesperada.

Las madres prorrumpieron en un nuevo coro de «¿Tu cumpleaños?» y «¿Por qué no nos lo habías dicho?».

Anna pasó el resto de la noche recibiendo felicitaciones, abrazos y pequeñas muestras de cariño de la gente mientras ignoraba la sonrisa sardónica de Rude.

—Bien, Anna, como ya sabes la temporada de Peer Gynt está a punto de acabar. En junio organizaré una velada de verano aquí, en el apartamento, e invitaré a la flor y nata de Cristianía para que venga a oírte cantar. Por fin nos pondremos a trabajar para empezar a lanzar tu carrera. ¡Y lo mejor de todo esto es que la «voz fantasma» al fin podrá mostrarse!

—Entiendo. Gracias, herr Bayer.

El profesor guardó silencio mientras observaba con preocupación la expresión de Anna.

—No pareces muy convencida.

—Solo estoy cansada, pero le agradezco mucho su dedicación.

—Sé que estos últimos meses han sido difíciles para ti, Anna, pero te aseguro que muchos conocidos míos del entorno musical saben perfectamente a quién pertenece en realidad la hermosa voz de Solveig. Ahora ve a descansar, no tienes buena cara.

—Sí, herr Bayer.

Mientras la veía abandonar el salón, Franz Bayer comprendió la frustración de la muchacha, pero ¿qué otra cosa podría haber hecho? El anonimato de Anna había sido parte del trato al que había llegado con Ludvig Josephson y Johan Hennum. Pero la situación estaba a punto de cambiar y el acuerdo había cumplido su propósito. El aliciente de conocer a la propietaria de la misteriosa voz que tan exquisitamente había interpretado las canciones de Solveig conseguiría atraer hasta la velada de su apartamento a todos los miembros influyentes de la comunidad musical de Cristianía. Tenía grandes planes para la joven Anna Landvik.

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