La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 20

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Una semana después de finalizar la temporada de Peer Gynt, Jens se despertó en su casa con el ánimo especialmente decaído. Y aunque Hennum le había prometido un puesto permanente en la orquesta para las compañías de ópera y ballet visitantes que requirieran sus servicios, tenía por delante un mes sin trabajo hasta el comienzo de la nueva temporada. Para colmo, como solo había asistido a media docena de clases desde el inicio de Peer Gynt, no estaba en absoluto preparado para los exámenes finales de la universidad. No le cabía duda de que suspendería.

La semana previa, antes de la penúltima función, había reunido el valor necesario para mostrarle a Hennum las composiciones que se había pasado horas escribiendo cuando tendría que haber estado estudiando. Después de interpretarlas para él, el director había declarado que eran «poco originales» pero buenas para tratarse de un principiante.

—Le aconsejo, joven, que estudie música en un conservatorio extranjero. Posee talento como compositor, pero ha de aprender a «escuchar» la melodía que ha escrito de la manera en que será interpretada por cada instrumento. Por ejemplo, esta pieza —Hennum señaló la partitura— ¿arranca con toda la orquesta? ¿O quizá… —tocó las primeras notas al piano y hasta para los parciales oídos de Jens sonaron como un homenaje a «La mañana» de herr Grieg— con una flauta?

Herr Hennum esbozó una sonrisa irónica y Jens tuvo la gentileza de sonrojarse.

—Entiendo, señor.

—Y en cuanto al segundo pasaje, ¿será interpretado por violines? ¿Por un chelo? ¿Una viola? —Hennum le devolvió la partitura con unas palmadas en el hombro—. Si realmente desea seguir los pasos de herr Grieg y sus eminentes amigos compositores, mi consejo es que aprenda a hacerlo como es debido, tanto dentro de su cabeza como sobre el papel.

—Pero aquí no puedo hacerlo, porque en Cristianía no hay nadie que pueda enseñarme —se lamentó Jens.

—Razón por la cual debe irse al extranjero, como han hecho todos nuestros grandes músicos y compositores escandinavos. Puede que a Leipzig, como hizo herr Grieg.

Jens se había marchado maldiciendo su ingenuidad. Y sabiendo que, si su padre cumplía la amenaza de cerrarle el grifo del dinero si decidía dedicarse a la música, no dispondría de los recursos necesarios para estudiar en un conservatorio. También había empezado a comprender que su talento natural para la música le había servido hasta entonces, pero ya no era suficiente. Si quería convertirse en compositor tenía que aprender las técnicas adecuadas. Tenía que trabajar en ello.

Mientras entraba en el teatro por la puerta de atrás se reprendió por las generosas asignaciones que había derrochado a lo largo de los últimos tres años. Si no se las hubiese gastado en mujeres y alcohol, habría podido ahorrarlas para su futuro. Ahora, pensó apesadumbrado, no cabía duda de que ya era demasiado tarde. Había desaprovechado sus oportunidades y la culpa era únicamente suya.

Pese a su firme decisión de no recaer en sus viejos hábitos cuando terminara la temporada de Peer Gynt, Jens tenía un terrible dolor de cabeza. La noche anterior, presa de la desesperación, había ido al Engebret para ahogar sus penas con cualquier músico conocido que casualmente deambulara por allí.

El silencio reinaba en la casa, señal de que la mañana ya estaba avanzada y su padre se había marchado a la fábrica mientras su madre había salido a tomar café con alguno de sus conocidos. Tocó el timbre —necesitaba un café con urgencia— y esperó a que llegara Dora. La doncella, después de un retraso deliberado, llamó a la puerta, entró con expresión huraña una vez que él le dio permiso para pasar y dejó la bandeja sobre la cama con una brusquedad innecesaria.

—¿Qué hora es? —preguntó Jens.

—Las once y media, señor. ¿Desea algo más?

Jens sabía que estaba enfurruñada porque últimamente no le había hecho mucho caso. Mientras se planteaba si debería hacer el esfuerzo de intentar apaciguarla solo para hacerse más fácil la vida en la casa, bebió un sorbo de café, pensó en Anna y decidió que no podía.

—No, Dora. Gracias.

Desviando la mirada del semblante herido de la muchacha, Jens cogió el diario de la bandeja y fingió leerlo hasta que la doncella se hubo marchado. Luego soltó el periódico y suspiró hondo. Estaba profundamente avergonzado de sí mismo por su borrachera de la noche previa, pero se había sentido tan desanimado y perdido que simplemente había querido olvidar. Y Anna Landvik tampoco ayudaba a mejorar su humor.

—¿Qué te ocurre? —le había preguntado Simen la noche anterior—. Problemas de faldas, seguro.

—Es la chica que cantaba las canciones de Solveig. No puedo dejar de pensar en ella. Simen, creo que estoy realmente enamorado por primera vez en mi vida.

Tras aquellas palabras, Simen había echado la cabeza hacia atrás con una carcajada.

—¿Es posible que no veas lo que está pasando, Jens?

—¡No! ¿Qué te hace tanta gracia?

—¡Es la única chica que te ha rechazado! ¡Por eso crees que estás «enamorado» de ella! Vale, tal vez te haya cautivado el lado poético de sus puras maneras campestres, pero por fuerza has de ver que no encaja ni por asomo con un muchacho educado y de ciudad como tú.

—¡Te equivocas! La amaría ya fuera aristócrata o campesina. Su voz es… es el sonido más bello que he escuchado en mi vida. Y además tiene cara de ángel.

Simen contempló el vaso vacío de Jens.

—Me temo que es el aquavit el que habla. Créeme, amigo, simplemente estás sufriendo tu primera experiencia con el rechazo, no con el amor.

En aquellos momentos, mientras se bebía su café tibio, Jens se preguntó si Simen no llevaría razón. Sin embargo, el recuerdo del rostro y la celestial voz de Anna Landvik seguía acechando sus sueños. Y con todos los problemas que debía afrontar en aquel momento, deseó no haberse fijado nunca en ella. Ni haberla oído cantar.

—La velada tendrá lugar el 15 de junio, coincidiendo con el cumpleaños de herr Grieg —le anunció herr Bayer cuando se reunió con Anna en el salón unos días después de la última función de Peer Gynt—. Le enviaré una invitación para que conozca a su auténtica «Solveig», aunque creo que se encuentra en el extranjero. Elaboraremos un programa que contenga algunas de sus canciones populares y, cómo no, las de Peer Gynt. También el «Aria de Violetta», de La Traviata, y un himno, quizá Leid, Milde Ljos. Me gustaría que los invitados escucharan tu amplia variedad de registros.

—Pero ¿podré regresar a Heddal para la boda de mi hermano? —preguntó Anna, pensando que, si no respiraba pronto el aire fresco del campo, acabaría ahogándose.

—Naturalmente, querida. Podrás marcharte a Heddal después de la velada y pasar allí el verano. Bien, mañana empezaremos a trabajar en serio. Tenemos un mes para conseguir que tú y tu voz alcancéis la perfección.

A fin de prepararla para la tarea, herr Bayer había reclutado a varios profesores que consideraba adecuados para instruirla debidamente en las canciones que iba a interpretar. Günther regresó para concentrarse en las arias operísticas, un maestro de coro de la catedral apareció, con las uñas mordidas y una cabeza casi calva y reluciente, para compartir con ella su dominio de los himnos, y el propio herr Bayer pasaba una hora al día enseñándole técnica vocal. Una modista llegó al apartamento para tomarle medidas y crearle un ropero digno de una joven estrella. Y lo mejor de todo, para gran deleite de Anna, herr Bayer empezó a sacarla del apartamento para llevarla a conciertos y recitales.

Una de aquellas noches, antes de partir hacia el Teatro de Cristianía para el estreno de El barbero de Sevilla, de Rossini, interpretado por una compañía de ópera italiana, Anna entró en el salón luciendo uno de sus nuevos y elegantes vestidos de noche, confeccionado con seda de color azul de Prusia.

—Mi querida señorita —dijo herr Bayer levantándose y juntando las manos—, estás sencillamente deslumbrante. Ese color te sienta muy bien. Permíteme que lo realce un poco más.

El profesor le tendió un estuche de cuero que contenía un collar de zafiros y unos pendientes de lágrima a juego. Las gemas, de múltiples caras titilantes, pendían de una elaborada filigrana de oro, la marca de un maestro artesano. Anna contempló las joyas sin apenas saber qué decir.

—Herr Bayer…

—Eran de mi esposa. Y me gustaría que las lucieras esta noche. ¿Puedo ayudarte con el collar?

Anna no pudo negarse, pues el hombre ya estaba sacándolo del estuche. Mientras le abrochaba el cierre, notó el contacto de los dedos de herr Bayer sobre su cuello.

—Te quedan perfectos —declaró él satisfecho, lo bastante cerca para que Anna pudiera oler su rancio aliento—. Bien, ha llegado la hora de partir hacia el Teatro de Cristianía.

A lo largo del mes siguiente, Anna hizo todo lo posible por concentrarse en sus estudios musicales y disfrutar de su estancia en Cristianía. Escribía asiduamente a Lars y todas las noches rezaba sus oraciones con fervor. Sin embargo, los pensamientos sobre Jens Halvorsen el Malo, como lo había bautizado con la esperanza de que aquello la ayudara a darle una lección a su traicionero corazón, acudían a su mente con una regularidad exasperante. Anna lamentaba no tener una amiga con la que poder hablar de su sufrimiento. Tenía que haber alguna medicina que lo curara.

—Señor —suspiró una noche después de sus oraciones—, creo que estoy muy muy enferma.

A medida que se acercaba el 15 de junio, Anna iba dándose cuenta de que herr Bayer se sumía en un estado de gran excitación.

—Querida —anunció la mañana de la velada—, he contratado a un violinista y a un violonchelista para que te acompañen. Conmigo al piano, por supuesto. Ambos llegarán dentro de un rato para ensayar con nosotros. Y por la tarde descansarás y te prepararás para tu gran noche.

A las once en punto sonó el timbre y Anna, que aguardaba en el salón, oyó a frøken Olsdatter abrir la puerta y recibir a los músicos. Cuando entraron en la estancia con herr Bayer, la joven se levantó.

—Permíteme que te presente a herr Isaksen, el violonchelista, y a herr Halvorsen, el violinista —anunció el profesor—. Vienen recomendados por mi amigo herr Hennum.

Una vez más, Anna creyó que iba a desmayarse cuando Jens Halvorsen el Malo cruzó el salón para saludarla.

—Frøken Landvik, es un honor para mí formar parte de su velada de esta noche.

—Gracias —acertó a decir vislumbrando el regocijo que danzaba en los ojos del joven.

Mientras el corazón seguía golpeándole las costillas, ella no fue capaz de encontrar nada remotamente divertido en la situación.

—Empezaremos con Verdi —propuso herr Bayer mientras los dos músicos se colocaban junto al piano—. ¿Me has oído, Anna?

—Sí, herr Bayer.

—Entonces, comencemos.

La joven era consciente de que no estaba dando lo mejor de sí misma durante el ensayo. Sentía la irritación de herr Bayer cada vez que olvidaba todo lo que había aprendido o se quedaba sin aliento al final de una nota con vibrato. «Y toda la culpa la tiene Jens Halvorsen el Malo», pensaba furiosa.

—Es suficiente por ahora, caballeros. Confío en que esta noche estemos más armonizados. Les espero a las seis y media en punto, pues la velada comienza a las siete.

Jens y su compañero asintieron educadamente y se despidieron de Anna con una breve inclinación de la cabeza. Al salir de la estancia, Jens le lanzó a la muchacha una mirada llena de complicidad con sus ojos color avellana.

—Anna, ¿qué te ocurre? —le preguntó herr Bayer—. Estoy seguro de que el acompañamiento no puede ser la causa de tus despistes. Te acostumbraste enseguida a cantar con una orquesta completa durante Peer Gynt.

—Lo siento, herr Bayer. Me duele un poco la cabeza, eso es todo.

—Yo diría que estás sufriendo un ataque de nervios de lo más comprensible, mi querida jovencita. —El profesor suavizó la expresión de su rostro y le dio unas palmaditas en el hombro—. Come algo ligero y descansa. Antes de la actuación de esta noche, nos beberemos una copa de vino juntos para calmar los nervios. Estoy convencido de que la velada será un gran éxito y mañana serás la estrella de Cristianía.

A las cinco en punto de la tarde, frøken Olsdatter entró en la habitación de Anna con un vaso de agua y la ubicua miel.

—Te he llenado la bañera, querida. Mientras te bañas te prepararé la ropa de esta noche. Herr Bayer desea que te pongas el vestido azul de Prusia y los zafiros de su esposa. También ha sugerido que te recojas el cabello. Te ayudaré a vestirte cuando vuelvas.

—Gracias.

Anna se estiró en la bañera con una toallita sobre la cara para intentar calmar su corazón, que no había dejado de latir con violencia desde que había posado la mirada en Jens Halvorsen aquella mañana. Su mera presencia le había provocado una intensa reacción física en las rodillas, la garganta y el corazón.

—Te lo ruego, Señor, dame fuerza y coraje para esta noche —rezó mientras se secaba con la toalla—. Y perdóname por desear que a Jens Halvorsen el Malo le dé un cólico y no pueda venir a tocar.

Después de vestirse y peinarse con la ayuda de frøken Olsdatter, Anna recorrió el pasillo en dirección al salón. Había treinta sillas doradas y de terciopelo rojo dispuestas en semicírculos frente al piano, situado junto a la ventana en voladizo. Jens Halvorsen y el violonchelista ya estaban charlando con herr Bayer, cuyo rostro se iluminó al verla.

—Estás perfecta, mi querida señorita —dijo tendiéndole una copa de vino—. Y ahora, brindemos todos por esta noche antes de que comience el alboroto.

Anna bebió un sorbo de vino y advirtió que la mirada de Jens se detenía brevemente en su escote; ignoraba si estaba contemplando los zafiros o la extensión de piel blanca y desnuda sobre la que descansaban, pero aun así notó que se le sonrojaban las mejillas.

—Por ti, Anna —brindó herr Bayer.

—Por frøken Landvik —lo secundó Jens alzando la copa en su dirección.

—Ahora ve a sentarte en la cocina con frøken Olsdatter hasta que vaya a buscarte.

—Sí, herr Bayer.

—Buena suerte, amor mío —susurró Jens para sí cuando Anna se dirigía hacia la puerta para abandonar la sala.

Ya fuera por el vino o por el empático acompañamiento de Jens Halvorsen el Malo al violín aquella noche, cuando la última nota reverberó en el silencioso salón, incluso Anna supo que había dado lo mejor de sí misma.

Tras un aplauso entusiasta, los invitados, entre ellos Johan Hennum, se congregaron a su alrededor para felicitarla y proponerle actuaciones en la Logia y en la Sala de Actos. Herr Bayer estaba a su lado, sonriéndole con aire protector, mientras Jens permanecía en segundo plano. Cuando el profesor se apartó al fin, Jens aprovechó la oportunidad para acercarse.

—Frøken Landvik, permítame que también yo la felicite por su actuación de esta noche.

—Gracias, herr Halvorsen.

—Y quiero que sepa, Anna —continuó bajando la voz—, que he sido un hombre atormentado desde la última vez que la vi. No puedo dejar de pensar en usted, de soñar con usted… ¿No se da cuenta de que el destino ha vuelto a conspirar para reunirnos?

Escuchar su nombre de pila de sus labios le pareció algo tan íntimo que Anna tuvo que dejar la mirada perdida más allá de Jens, pues sabía que si la posaba en sus ojos estaría perdida. Porque sus palabras eran el reflejo exacto de lo que ella sentía.

—Veámonos, por favor, donde y cuando usted quiera…

—Herr Halvorsen —consiguió decir ella al fin, recuperando la voz—, pronto volveré a Heddal para la boda de mi hermano.

—En ese caso, permítame verla cuando regrese a Cristianía. Anna, yo… —Viendo que herr Bayer se acercaba a ellos, Jens inclinó educadamente la cabeza—. Ha sido un placer acompañarla esta noche, frøken Landvik.

Levantó la mirada hacia la joven y Anna vislumbró en sus ojos un breve destello de desesperación.

—¿Verdad que ha estado maravillosa? —Herr Bayer le asestó una palmada en el hombro a Jens—. Esos suaves ascensos en los registros intermedios y altos y ese magnífico vibrato… ¡Ha sido su mejor actuación!

—Frøken Landvik ha estado ciertamente soberbia. Y ahora, debo irme.

Jens miró expectante a herr Bayer.

—Claro, claro. Disculpa, mi querida Anna, pero he de hacer cuentas con nuestro joven violinista.

Cuando finalmente se retiró a su habitación una hora más tarde, Anna se sentía bastante mareada. Quizá fuera por la euforia de la actuación de aquella noche, o por la segunda copa de vino que había aceptado imprudentemente, pero, mientras frøken Olsdatter la ayudaba a desvestirse, en el fondo de su corazón comprendió que la causa era Jens Halvorsen. Era embriagador pensar que seguía enamorado de ella. Igual que ella, reconoció a regañadientes, lo estaba de él…

Stalsberg Våningshuset

Tindevegen

Heddal

30 de junio de 1876

Kjære Anna:

Te escribo para darte una triste noticia. Mi padre falleció el martes pasado. Por fortuna, tuvo una muerte tranquila. Y quizá haya sido lo mejor, pues ya sabes que padecía muchos dolores. Para cuando recibas esta carta, el entierro ya se habrá celebrado, pero creía que debías saberlo.

Tu padre me pide que te diga que la cosecha de cebada promete y que sus miedos eran infundados. Anna, cuando regreses para la boda de tu hermano, tendremos mucho que hablar sobre el futuro. Pese a la triste noticia, me alegra saber que pronto volveré a verte.

Hasta entonces,

Kjærling hilsen,

LARS

Después de leer la carta, Anna se recostó sobre la almohada sintiendo que no era mejor persona que Jens Halvorsen el Malo. No había pensado en nada más desde que había vuelto a verlo en la velada. Ni siquiera cuando herr Bayer le había hablado con gran ilusión de los recitales que le había conseguido fue capaz de mostrar el debido entusiasmo.

La noche previa el profesor le había pedido que acudiera al salón a la mañana siguiente a las once. Se vistió y cruzó desconsoladamente el pasillo. Cuando entró en la estancia, vio que su mentor era presa de una gran excitación.

—¡Anna, acércate a escuchar la maravillosa noticia! Esta mañana he estado con Johan Hennum y Ludvig Josephson. Quizá recuerdes que herr Hennum asistió a tu recital y me dijo que, debido al éxito de Peer Gynt, deseaban incluir la función en la temporada de otoño. Pues bien, han propuesto que retomes el papel de Solveig.

Anna lo miró con una mezcla de asombro y desencanto.

—¿Se refiere a cantar de nuevo entre bastidores mientras madame Hansson finge que mi voz es suya?

—¡Diantre, Anna! ¿Crees que osaría proponerte siquiera esa posibilidad? No, mi querida señorita, quieren que tú representes el papel en su totalidad. Madame Hansson no está disponible en estos momentos, y ahora que ya te has revelado como la talentosa dueña de la voz fantasma entre los círculos musicales de Cristianía, están deseando verte actuar. Por si eso fuera poco, herr Grieg ha anunciado que finalmente vendrá a la ciudad a ver la producción. Tanto Johan como Ludvig creen que tu interpretación de sus canciones es insuperable, así que quieren hacerte una prueba el próximo jueves para determinar si tienes talento suficiente como actriz. ¿Recuerdas alguna de las frases que Solveig dice en la obra?

—Sí, herr Bayer. Las he pronunciado muchas veces en silencio al mismo tiempo que madame Hansson —respondió Anna sintiendo que un hormigueo le recorría la espalda.

¿De verdad era posible que la quisieran a ella como la estrella principal? ¿Y tocaría en la orquesta el Ya No Tan Malo Jens Halvorsen…?

—¡Fantástico! En ese caso, hoy nos olvidaremos de las escalas y de la nueva aria que quería que aprendieras y repasarás el papel de Solveig mientras yo leo las intervenciones de todos los demás personajes de Peer Gynt. —El hombre cogió un ejemplar de la obra y lo abrió—. Puedes sentarte, si quieres. Ya sabes que la obra es larga, pero haremos lo que podamos. ¿Lista? —le preguntó.

—Sí, herr Bayer —contestó Anna mientras intentaba recordar las palabras.

—¡Caramba, caramba! —concluyó una hora más tarde el profesor dedicándole una mirada de admiración—. Al parecer no solo tienes voz, sino talento para interpretar personajes. —Le besó la mano—. Mi querida señorita, he de confesar que no dejas de sorprenderme.

—Gracias.

—No temas por la prueba, Anna. Actúa exactamente como lo has hecho hoy y el papel será tuyo. Y ahora, comeremos juntos.

El jueves por la tarde, a las dos en punto, Anna se reunió con herr Josephson en el escenario del teatro y ambos tomaron asiento para leer juntos el guión. La muchacha se percató del ligero temblor de su voz durante las primeras frases, pero fue ganando confianza a medida que leía. Leyó la escena en la que Solveig conoce a Peer en una boda, y también la escena final, cuando él regresa junto a Solveig después de sus viajes alrededor del mundo y ella lo perdona.

—¡Excelente, frøken Landvik! —exclamó herr Josephson cuando Anna levantó la vista del papel—. Creo que no necesito oír más. Debo reconocer que no estaba a favor de esta idea cuando herr Hennum me la propuso, pero se ha defendido muy bien para tratarse de una primera lectura. Tendremos que trabajar para mejorar la proyección de la voz y la entonación, pero creo que estoy de acuerdo en que debería desempeñar el papel de Solveig la próxima temporada.

—¡Anna! ¿No es una noticia maravillosa? —Herr Bayer, que había estado observando y escuchando con atención desde la platea, subió al escenario.

—Los ensayos empezarán en agosto y el estreno será en septiembre. Confío en que no tenga previsto marcharse al campo en esa época —señaló herr Josephson.

—No se preocupe, Anna estará aquí —respondió herr Bayer por ella—. Ahora deberíamos hablar de dinero. Hemos de acordar los honorarios de frøken Landvik por asumir un papel tan destacado.

Diez minutos después, estaban de nuevo en el coche de caballos. Herr Bayer propuso ir al Grand Hotel para celebrar el éxito de Anna con una merienda.

—Y por si eso fuera poco, es muy probable que herr Grieg venga en otoño para verte actuar. ¡Piénsalo, mi querida señorita! Si consigues deslumbrarlo, quizá surja la oportunidad de viajar al extranjero para actuar en otros teatros o salas de conciertos…

Anna dejó de prestarle atención mientras se imaginaba a Jens Halvorsen en el foso de la orquesta mirándola mientras pronunciaba las palabras de amor de Solveig.

—Escribiré a tus queridos padres para comunicarles la maravillosa noticia y rogarles que nos permitan a la gente de Cristianía y a mí disfrutar del placer de tu compañía durante unos meses más, mientras representas Peer Gynt. Regresarás a casa en julio para la boda de tu hermano y estarás de vuelta en agosto —le dijo Herr Bayer aquella noche durante la cena—. Yo también me ausentaré de Cristianía, como de costumbre, para pasar unos días con mi hermana y mi pobre madre enferma en la casa de verano de mi familia, en Drøbak.

—Entonces ¿no tendré tiempo de subir a las montañas? —Anna captó el dejo de irritación de su propia voz, pero quería ver con sus propios ojos que Rosa seguía viva.

—Anna, tendrás muchos más veranos para cantarles a las vacas, pero solo uno para prepararte el papel protagonista de una producción de Peer Gynt en el Teatro de Cristianía. Por supuesto, yo también regresaré cuando comiencen los ensayos.

—Estoy segura de que frøken Olsdatter puede cuidar de mí en el caso de que desee ausentarse más tiempo. No me gustaría molestarle con mis necesidades —respondió ella educadamente.

—Ni se te ocurra pensar eso, mi querida señorita. Hoy día tus necesidades son las mías.

Para Anna fue un alivio retirarse a su cuarto aquella noche. Sabía que la efervescencia natural de herr Bayer era una cualidad adorable, pero vivir con ella día tras día también podía resultar agotador. Por lo menos Lars era tranquilo, pensó cuando se puso de rodillas para rezar sus oraciones, sabedora de que lo vería muy pronto y obligándose a recordar sus virtudes. Pero incluso mientras le hablaba a Jesús de Lars, sus pensamientos regresaban constantemente a Jens Halvorsen.

—Por favor, Señor, perdona a mi corazón, pues creo que me he enamorado del hombre equivocado. Ayúdame a amar al que se supone que debo querer. Y —añadió antes de levantarse para tratar de decir algo que fuera generoso—, ¿puedes hacer que Rosa viva otro verano?

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