La hermana tormenta
Anna. Telemark, Noruega. Agosto de 1875 » 21
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Cuando, una semana más tarde, Anna partía hacia Heddal, Jens cargaba con algunas de sus pertenencias más preciadas hasta el centro de Cristianía. Se sentía desalentado y exhausto por la pesadilla de las últimas horas.
Aquella mañana, el joven se había sentado a la mesa del desayuno con la espalda erguida y la cabeza alta, sin tocar el pan y las confituras que tenía delante. Tras respirar hondo, había pronunciado las palabras que necesitaba decir en voz alta.
—He hecho todo lo posible por estar a la altura de sus expectativas, far, pero mi futuro no está en la cervecera. Quiero ser músico profesional y, algún día, convertirme en compositor. Lo siento, pero no puedo dejar de ser quien soy.
Jonas siguió salando sus huevos y comió un bocado antes de contestar.
—Que así sea. Has tomado tu decisión y, tal como te dije la primera vez que hablamos sobre el asunto, no recibirás más asignaciones y no habrá nada para ti en mi testamento. Desde este momento, ya no eres mi hijo. Sencillamente, no puedo soportar ser testigo de lo que estás despreciando ni tampoco que me traiciones de ese modo. Por tanto, tal como acordamos, espero que, para cuando regrese de la oficina esta noche, hayas abandonado esta casa.
Jens se había estado preparando para la reacción de su padre, pero aun así se sintió conmocionado. Se volvió hacia el rostro horrorizado de su madre.
—Pero Jonas, kjære, nuestro hijo cumple veintiún años dentro de unos días y, como bien sabes, le hemos organizado una cena. ¿No puedes concederle unos días de gracia para celebrarlo con sus padres y amigos?
—Dadas las circunstancias, dudo que tengamos nada que celebrar. Y si crees que con el tiempo me ablandaré, estás tristemente equivocada. —Jonas dobló el periódico dos veces, como hacía siempre—. Ahora debo irme a la fábrica. Buenos días a los dos.
Lo peor de todo aquel episodio fue ver a su madre romper a llorar en cuanto la puerta se hubo cerrado. Jens la consoló lo mejor que pudo.
—He decepcionado a far. Quizá debería retractarme y…
—No, no… Debes seguir tu pasión. Ojalá yo lo hubiera hecho cuando tenía tu edad. Lo siento, Jens, kjære, pero puede que haya pecado de ingenua. Creía que, cuando llegara el momento, tu padre cambiaría de parecer.
—Pues yo no, y por tanto estaba preparado para ello. Así que ahora debo cumplir su deseo y abandonar la casa. Perdona, mor, he de subir a hacer la maleta.
—Quizá haya hecho mal al animarte —dijo Margarete retorciéndose las manos— e ir en contra de los planes que tu padre tenía para ti. Tendría que haber supuesto que ganaría.
—No ha ganado, mor. Hago esto voluntariamente. Y no imaginas lo agradecido que te estoy por haberme dado el regalo de la música. Mi futuro sería mucho más triste sin ella.
Una hora después, Jens bajó al vestíbulo acarreando dos maletas con todas las pertenencias que había conseguido embutir en ellas.
El rostro lloroso de su madre lo recibió en la puerta del salón.
—Oh, hijo mío —sollozó en su hombro—. Puede que con el tiempo tu padre lamente lo que ha hecho hoy y te pida que vuelvas a casa.
—Creo que los dos sabemos que no lo hará.
—¿Adónde piensas ir?
—Tengo amigos en la orquesta y estoy seguro de que alguno de ellos me acogerá bajo su techo durante un tiempo. Quien me preocupa eres tú, mor. Tengo la sensación de que no debería dejarte sola con él.
—No te preocupes por mí, kjære. Solo prométeme que me escribirás para decirme dónde estás.
—Te lo prometo —accedió el joven.
Entonces su madre le puso un pequeño paquete en las manos.
—Vendí el collar y los pendientes de diamantes que tu padre me regaló por mi cuarenta cumpleaños por si acaso llevaba a cabo su amenaza. Aquí dentro está lo que me dieron por ellos. También encontrarás la alianza de oro de mi madre para que puedas venderla si lo necesitas.
—Mor…
—Calla, eran míos y, si me pregunta dónde están, le diré la verdad. Aquí hay dinero suficiente para pagar un año de estudios y alojamiento en Leipzig. Jens, júrame que no lo despilfarrarás como has hecho tantas veces en el pasado.
—Mor. —Jens se descubrió embargado por la emoción—. Te prometo que no lo haré.
Y, antes de que pudiera derrumbarse del todo, abrazó a su madre y la besó con ternura.
—Confío en que algún día pueda sentarme en el Teatro de Cristianía para verte dirigir una obra compuesta por ti —dijo ella con una sonrisa triste.
—Tienes mi palabra, mor, y haré todo lo posible por cumplirla.
Jens salió de su casa por última vez, aturdido pero también eufórico por la decisión que había tomado, y cayó en la cuenta de que, aunque había intentado tranquilizar a su madre al respecto, en realidad no había hecho planes sobre adónde iría si sucedía lo peor. Y así había sido, así que puso rumbo al Engebret con la esperanza de encontrar a algún músico que le prestara una cama para pasar la noche. Simen se había ofrecido a acogerlo en su casa, le había anotado la dirección y le había dicho que lo vería allí más tarde.
Después de unas cuantas cervezas para mitigar la enormidad de lo que acababa de hacer, Jens se descubrió caminando hacia una parte de la ciudad en la que nunca había estado. Y sintiendo que llamaba muchísimo la atención con su elegante traje hecho a medida. Le dolían los brazos por el peso de las maletas y caminaba lo más rápido que podía, esquivando las miradas de los transeúntes.
Nunca se había internado tanto en los aledaños de la ciudad, donde, a diferencia de en el centro de Cristianía, aún no se habían prohibido las casas de madera por el riesgo de incendio. El estado de los edificios empeoraba cuanto más se alejaba. Finalmente, se detuvo delante de una casa vieja con entramado de madera y volvió a comprobar la dirección que Simen le había dado en el Engebret. Llamó a la puerta y escuchó un gruñido y el sonido de alguien que escupía en el interior. La puerta se abrió y allí estaba Simen, medio borracho, como siempre, y sonriendo.
—Entra, entra, muchacho. Bienvenido a mi humilde morada. No es gran cosa, pero es mi hogar.
La pequeña y abarrotada sala de estar olía a comida rancia y al tabaco de pipa que fumaba Simen. Jens observó que cada centímetro estaba ocupado por un instrumento musical. Dos chelos, una viola, un piano, multitud de violines…
—Gracias, Simen. Te agradezco mucho que hayas aceptado acogerme en tu casa.
Su amigo restó importancia a sus palabras con un gesto de la mano.
—No es nada. Cualquier joven dispuesto a renunciar a todo por su amor a la música merece toda la ayuda que pueda prestarle. Estoy orgulloso de ti, Jens, en serio. Ahora subiremos para que puedas instalarte.
—Menuda colección tienes aquí.
Jens sorteó el revoltijo de instrumentos y siguió a Simen por una angosta escalera de madera.
—Soy totalmente incapaz de resistir la tentación de comprarlos. Uno de los chelos tiene casi cien años —explicó el hombre mientras los escalones crujían bajo el peso de las maletas que Jens arrastraba con él.
Llegaron a un cuarto con varias sillas destartaladas y una mesa polvorienta cubierta de restos de comida y bebida de hacía días.
—Hay un camastro para ti en algún lugar. No es a lo que estás acostumbrado, estoy seguro, pero es mejor que nada. Y ahora, amigo mío, ¿un aquavit para brindar por tu independencia?
Simen cogió una botella y un vaso turbio de la mesa. Olisqueó el recipiente y arrojó al suelo las gotas que aún contenía.
—Gracias.
Jens aceptó el vaso sucio. Si aquella iba a ser su nueva vida, cuanto antes la aceptara, mejor. Aquella noche agarró una buena curda y al día siguiente se despertó con una terrible resaca y con los huesos doloridos por la dureza del colchón. Y cayó en la cuenta de que no habría una Dora esperándolo con una reconfortante taza de café. Tras acordarse con sobresalto del paquete de dinero, se abalanzó sobre la chaqueta para palpar el bolsillo donde lo había guardado antes de salir de casa. Comprobó que seguía allí, lo abrió y, además de la alianza, vio que, efectivamente, había suficiente dinero para un año de estudios en Leipzig. O una cama cómoda en un hotel durante las próximas noches…
«No.» Jens se detuvo en seco. Le había prometido a su madre que no malgastaría el dinero y no tenía intención de decepcionarla.
Anna subió al tren que debía cubrir la primera etapa de su viaje hasta Heddal. Cuando llegó a la estación de Drammen ya había oscurecido, y al bajar del vagón vio que su padre la estaba esperando en el andén.
—¡Far, far! ¡Oh, far, cuánto me alegro de verte!
Y, para sorpresa de Anders, Anna se arrojó a sus brazos en una inusitada muestra de emotividad en público.
—Bueno, bueno, Anna. Imagino que estarás cansada después del viaje. Venga, vamos a la casa de huéspedes. Esta noche podrás dormir lo que te apetezca y mañana saldremos hacia Heddal.
Al día siguiente, recuperada tras una buena noche de sueño, Anna subió a la carreta y Anders dio unos golpecitos al caballo para que se pusiera en marcha.
—Pareces diferente a la luz del día. Creo que te has convertido en una mujer, hija. Estás preciosa.
—Qué cosas dices, far, eso no es cierto.
—Todos están deseando verte. Tu madre te está preparando una cena especial y Lars nos acompañará. Recibimos la carta de herr Bayer en la que nos habla de tu éxito en el Teatro de Cristianía. Dice que Solveig es nada menos que la protagonista.
—Sí. Pero ¿no te importa que alargue mi estancia en Cristianía, far?
—Sería injusto quejarse después de todo lo que herr Bayer ha hecho por ti —respondió el hombre con voz calmada—. Dice que te harás famosa y que toda la ciudad habla ya de tu voz. Estamos muy orgullosos de ti.
—Creo que herr Bayer exagera, far —dijo Anna ruborizándose.
—Lo dudo. Pero debes hablar con Lars, Anna. No le hace gracia tener que retrasar vuestros esponsales una vez más, pero esperemos que le importes lo suficiente para entenderlo.
Al oír el nombre de Lars, Anna sintió que se le encogía el estómago. Decidida a no permitir que aquellos pensamientos estropearan su primer día en Heddal, se esforzó por apartarlos de su mente.
Cuando salieron de Drammen a campo abierto, lucía el sol y Anna cerró los ojos para percatarse de que lo único que oía era el ruido de los cascos del poni y el trino de los pájaros en los árboles. Aspiró el aire puro y fresco como si fuera un animal enjaulado al que acaban de soltar en mitad del campo y decidió que a lo mejor no regresaba nunca a Cristianía.
Su padre le contó que Rosa había sobrevivido a otro invierno, lo cual reforzó la creencia de Anna en que se habían escuchado sus plegarias. También hablaron de los preparativos de la boda de Knut y del trajín que se llevaba su madre cocinando y horneando.
—Sigrid es una chica dulce y creo que será una buena esposa para Knut —comentó Anders—. Y lo que es más importante, a tu madre también le gusta, lo cual es de agradecer, porque la feliz pareja vivirá bajo nuestro techo. Cuando Lars y tú os caséis, te mudarás a su casa y el próximo año empezaremos a pensar en construir otra vivienda.
Cuando llegaron a la granja hacia el final de la tarde, todo el mundo salió a recibirla. Hasta Gerdy, la vieja gata, echó a correr hacia ella todo lo deprisa que se lo permitieron sus tres patas, y Viva, el perro, la siguió dando saltos de alegría.
Su madre le dio un largo abrazo.
—Llevo todo el día esperando tu llegada. ¿Qué tal el viaje? ¡Dios mío, qué flaca estás! Y cuánto te ha crecido el pelo, creo que necesita un buen corte…
Anna entró en la casa escuchando el parloteo incesante de Berit. Camino de la cocina, el reconfortante olor a leña, a los polvos de talco de su madre y a perro mojado asaltó sus fosas nasales.
—Lleva la maleta de Anna a su cuarto —le ordenó Berit a Knut antes de poner agua a hervir para preparar café—. Anna, espero que no te importe, pero te hemos trasladado a la habitación de Knut. Era demasiado pequeña para la cama de matrimonio que Sigrid y él compartirán una vez casados. Tu padre ha quitado las literas y creo que ha quedado muy acogedora con una sola cama. Conocerás a tu nueva hermana mañana cuando venga a cenar. Estoy segura de que te encantará, Anna. Es muy atenta y sus bordados son finísimos. Y también sabe cocinar, lo cual me será de gran ayuda, porque el reuma no me ha dado tregua este invierno.
Anna se pasó la siguiente hora oyendo a su madre hablar maravillas de Sigrid. Un tanto molesta por haber sido expulsada de su cuarto sin que siquiera se lo hubieran consultado, se esforzó por no sentirse desplazada por aquel aparente dechado de virtudes domésticas. Después de apurar su café, fue a deshacer el equipaje.
Cuando entró en su nuevo dormitorio vio que habían apilado todas sus cosas en las cestas que su madre solía utilizar para llevar las gallinas al mercado. Se sentó en el duro colchón de su hermano, se preguntó qué habría sido de su cama de la infancia y concluyó que, tal como estaban las cosas por allí, seguramente su padre la habría despedazado y utilizado como leña para la estufa. Profundamente contrariada, comenzó a vaciar la maleta.
Desplegó la funda de cojín que había pasado horas bordando como regalo de boda desde que se enteró de que Knut iba a casarse con Sigrid. Noche tras noche, había lamentado su falta de habilidad mientras se pinchaba los dedos y extraía los hilos de las puntadas mal hechas. La extendió sobre la cama y contempló los agujeros deshilachados que exhibía la tela de arpillera allí donde había tenido que corregir una puntada. Aunque su nueva y modélica cuñada destinara el cojín a la cesta del perro, Anna sabía que por lo menos había dado cada puntada con amor.
Con la cabeza bien alta, salió de la habitación para compartir con su familia su cena de «bienvenida».
Lars llegó cuando Anna estaba ayudando a su madre a servir la comida. Cargada con la fuente de patatas, lo observó entrar en la cocina y saludar a sus padres y a Knut. Y, para su irritación, no pudo evitar compararlo de inmediato con Jens Halvorsen el Malo. Físicamente eran opuestos, y mientras que Jens era siempre el centro de atención, Lars procuraba pasar desapercibido.
—Por lo que más quieras, Anna, suelta esas patatas y saluda a Lars —la reprendió su madre.
La joven dejó la fuente en la mesa y se acercó a él limpiándose las manos en el delantal.
—Hola, Anna —dijo Lars en voz baja—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—¿Has tenido buen viaje?
—Sí, gracias.
La muchacha advirtió que Lars se sentía cada vez más incómodo mientras la miraba y pensaba en lo que debía decir a continuación.
—Tienes un aspecto… saludable —comentó al fin.
—¿Tú crees? —intervino Berit—. Yo la encuentro demasiado flaca. La culpa la tiene todo ese pescado que comen en la ciudad. No tiene grasa.
—Anna siempre ha sido delgada. Dios la hizo así.
Lars le dedicó a Anna una pequeña sonrisa de apoyo.
—Lamento el fallecimiento de tu padre.
—Gracias.
—¿Comemos, Berit? —propuso Anders—. Ha sido un viaje largo y tu marido está hambriento.
Durante la cena, Anna respondió a las interminables preguntas acerca de su vida en Cristianía. Luego la conversación derivó hacia la boda de Knut y los preparativos para los invitados.
—Debes de estar agotada por el viaje, Anna —dijo Lars.
—Lo estoy, sí —admitió ella.
—A la cama, entonces —le ordenó Berit—. Los próximos días habrá mucho que hacer y muy poco tiempo para dormir.
Anna se levantó.
—Buenas noches.
Lars la siguió con la mirada mientras salía de la cocina para ir a su cuarto. Anna ya estaba medio desvestida cuando de repente recordó que en la casa de sus padres no había cuarto de baño. Volvió a vestirse y salió al patio para utilizar la letrina. Ya en la cama, intentó buscar una postura cómoda. La almohada de crin parecía una roca en comparación con el mullido plumón de ganso sobre el que dormía en el apartamento de herr Bayer, la cama le resultaba estrecha y el colchón estaba lleno de bultos. Meditó sobre las muchas cosas a las que había empezado a acostumbrarse sin apenas darse cuenta. En Cristianía no tenía que ocuparse de las tareas de la casa y contaba con una criada que lo hacía todo.
«Anna —se reprendió—, creo que te estás volviendo una malcriada.» Y con ese pensamiento se quedó dormida.
Pasaron la semana antes de la boda cocinando, limpiando, llevando y trayendo y ocupándose de los preparativos de último minuto.
Pese a desear que la novia de su hermano, con todas sus habilidades domésticas, no fuera de su agrado, Anna descubrió que Sigrid era exactamente como su madre la había descrito. Aunque estaba claro que no era una belleza, poseía un carácter calmado que ayudaba a contrarrestar la histeria de Berit a medida que se acercaba el gran día. Sigrid, por su parte, impresionada por la vida refinada que Anna llevaba en Cristianía, la trataba con sumo respeto y aceptaba sin rechistar sus opiniones.
El hermano mayor de Anna, Nils, llegó la víspera del enlace acompañado de su esposa y sus dos hijos. Hacía más de un año que Anna no los veía y se mostró encantada de poder pasar tiempo con sus pequeños sobrinos.
En medio de la alegría de tener a toda la familia reunida, había algo que la inquietaba: todos parecían dar por sentado que cuando regresara de Cristianía después de la temporada de Peer Gynt, se mudaría a la destartalada casa de los Trulssen como esposa de Lars. Y que compartiría con él no solo la habitación, sino el lecho.
El mero hecho de pensar en ello hacía que se le revolviera el estómago y le quitaba el sueño por las noches.
La mañana de la boda, Anna ayudó a Sigrid a ponerse el traje de novia. Consistía en una falda colorada, una blusa blanca de batista y un bolero negro adornado con pesadas piezas de metal dorado. Examinó el exquisito bordado del delantal de color crema que se ataba a la cintura y cubría la parte delantera de la falda.
—Qué rosas tan elaboradas. Yo sería incapaz de bordar algo así, Sigrid. Eres muy hábil.
—Lo que pasa es que no tienes tiempo con la vida tan ajetreada que llevas en la ciudad. Me llevó muchas noches de los meses de invierno coser el ajuar —respondió ella—. Además, yo no sé cantar como tú. Cantarás en el banquete, ¿verdad?
—Si quieres, sí. Y ahora que lo pienso, creo que será mejor que digamos que ese es mi regalo de boda. Os he hecho una funda de cojín, pero me ha quedado espantosa —confesó.
—No te preocupes, hermana. Estoy segura de que la has hecho con cariño, y eso es lo único que importa. Y ahora, ¿me ayudas a ponerme la corona?
Anna sacó de la caja la pesada corona nupcial chapada en oro. Custodiada por la iglesia desde hacía ochenta años, todas las novias del pueblo la lucían el día de su boda. La colocó sobre los cabellos rubios de Sigrid.
—Ahora ya eres una novia de verdad —dijo mientras Sigrid se miraba en el espejo.
Berit asomó la cabeza por la puerta.
—Tenemos que irnos, kjære. Y deja que te diga que estás preciosa.
Sigrid tomó las manos de Anna entre las suyas.
—Gracias por tu ayuda, hermana. La próxima serás tú, cuando te cases con Lars.
Mientras seguía a Sigrid hasta la carreta engalanada con flores frescas recogidas de los prados, Anna tuvo un escalofrío involuntario.
En la iglesia, contempló a su hermano, ya de pie frente al altar con Sigrid y el pastor Erslev. Se le hacía extraño pensar que Knut se había convertido en cabeza de familia y que pronto tendría sus propios hijos pelirrojos. Observó de reojo a Lars, que estaba escuchando con atención y, por una vez, no la estaba mirando.
Después de la ceremonia, más de cien personas siguieron la carreta de los recién casados hasta la casa de los Landvik. Berit llevaba semanas suplicando al Señor que les proporcionara un cielo claro, pues dentro de la casa no había espacio para todos. Sus plegarias habían sido escuchadas y las mesas de madera instaladas en el prado contiguo se llenaron pronto de comida, en gran parte aportada por los propios invitados. Fuentes de cerdo salado y sazonado, de ternera tierna asada lentamente en un espetón y, por supuesto, de arenques mantuvieron los estómagos llenos y ayudaron a amortiguar la cerveza casera y el aquavit que corrieron en abundancia durante toda la fiesta.
Mucho más tarde, cuando empezaba a caer la noche, encendieron farolillos y los colgaron de postes de madera para crear una plaza improvisada y dar comienzo al baile. Los músicos arrancaron con la animada melodía del hallingkast y la gente retrocedió entre vítores para abrir un círculo en el centro. Una joven se colocó en medio del mismo y, sirviéndose de un palo, sostuvo un sombrero en alto frente a ella. A continuación, retó a los hombres a derribarlo de una patada. Los hermanos de Anna fueron los primeros en salir a bailar y saltar alrededor de la chica, jaleados por la multitud.
Casi sin aliento a causa de la risa, Anna se volvió y vio a Lars sentado solo a una mesa con aire taciturno.
—Anna, ¿cumplirás tu promesa de cantar para nosotros? —le preguntó Sigrid tras aparecer a su lado.
—Sí, tienes que cantar —se sumó al ruego un Knut jadeante.
—¡Canta «Canción de Solveig»! —gritó una voz entre la multitud.
La idea fue recibida con gritos de aprobación. Anna se colocó en el centro de la pista, respiró hondo y empezó a cantar. Y mientras lo hacía, sus pensamientos regresaron inesperadamente a Cristianía y al joven músico que, cautivado por su voz, no había dejado de buscarla…
«Volveremos a vernos, amor mío, y nunca nos separaremos. Nunca nos separaremos…»
Para cuando se perdió la última nota, Anna tenía lágrimas en los ojos. Tras un silencio sobrecogido, alguien empezó a aplaudir y el resto siguió su ejemplo hasta que el prado entero retumbó con sus ovaciones.
—¡Canta otra, Anna!
—¡Sí! Una canción de las nuestras.
Durante la media hora siguiente, acompañada por su padre al violín, Anna no tuvo tiempo de preocuparse por sus sentimientos mientras cubría el repertorio de canciones populares que todos los invitados conocían de memoria. Finalmente, llegó la hora de que los novios se retiraran. Entre chanzas bienintencionadas y silbidos, Knut y Sigrid entraron en la casa y la gente empezó a dispersarse.
Mientras ayudaba a recoger, Anna se sentía cansada y alterada. Se movía como una autómata, llevando las bandejas y los platos al tonel lleno de agua que ya habían extraído antes del pozo para ese fin.
—Pareces agotada, Anna.
Al notar el ligero contacto de una mano sobre el hombro, se dio la vuelta y vio que era Lars quien estaba detrás de ella.
—Estoy bien —dijo sonriendo débilmente.
—¿Lo has pasado bien?
—Sí, ha sido una boda preciosa. Sigrid y Knut serán muy felices juntos.
Al volverse para proseguir con su tarea, notó que la mano de Lars abandonaba su hombro. Por el rabillo del ojo, lo vio con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos.
—Anna, te he echado de menos —dijo tan quedamente que ella apenas lo oyó—. ¿Tú… tú me has echado de menos a mí?
Se quedó paralizada y el plato enjabonado se le resbaló de las manos.
—Claro, os he echado de menos a todos, pero no imaginas lo ocupada que he estado en Cristianía.
—Con todos tus nuevos amigos, imagino.
—Sí, como frøken Olsdatter y los niños del teatro —se apresuró a responder mientras seguía lavando el plato y, secretamente, deseaba que Lars se marchara.
Él titubeó unos segundos y Anna pudo sentir la mirada del joven clavada en ella.
—Ha sido un día largo para todos —dijo al fin Lars—. Es hora de que me vaya… pero primero debo hacerte una pregunta, pues sé que mañana has de regresar a Cristianía. Y quiero que seas sincera, por el bien de los dos.
Anna captó la gravedad que traslucía su voz y el estómago le dio un vuelco.
—Por supuesto, Lars.
—¿Todavía… todavía deseas casarte conmigo? Dado lo mucho que las cosas han cambiado y seguirán cambiando para ti, juro que lo entenderé si no es así.
—Yo… —Anna bajó la cabeza, cerró los ojos con fuerza y deseó que aquel momento se esfumara—. Creo que sí.
—Y sin embargo yo creo que no. Anna, por favor, es mejor para ambos tener las cosas claras. Solo puedo seguir esperándote si hay esperanza. No logro evitar sentir que mi proposición te ha incomodado desde el principio.
—Pero ¿qué pasa con mor y far y la tierra que les has vendido?
Lars dejó escapar un profundo suspiro.
—Anna, acabas de decirme todo lo que necesitaba saber. Ahora me iré, pero te escribiré para decirte cómo debemos organizar las cosas. No hace falta que les digas nada a tus padres, yo me ocuparé. —Sacó del agua una de las manos de Anna, se la llevó a los labios y la besó—. Adiós, Anna, y que Dios te bendiga.
Anna lo vio perderse en la noche y comprendió que al parecer su compromiso con Lars Trulssen había terminado antes incluso de empezar.