La hermana tormenta
Ally. Agosto de 2007 » 22
Página 29 de 62
22
Era más de mediodía cuando levanté la vista de la pantalla del portátil, así que las rayas del papel de pared que había detrás bailaron borrosas delante de mí antes de que mis ojos pudieran reajustarse. Pese a no tener la menor idea de cómo encajaba yo en una historia que había tenido lugar hacía más de ciento treinta años, lo que había leído hasta el momento me tenía fascinada. En el Conservatorio de Ginebra había estudiado las vidas de numerosos compositores y sus obras maestras, pero aquel libro retrataba la época a la perfección. Y también me fascinaba el hecho de que Jens Halvorsen hubiera sido el flautista que había tocado aquellos emblemáticos primeros acordes en el estreno de una de mis piezas musicales predilectas.
Pensé entonces en la carta de Pa y me pregunté si lo único que pretendía era que leyera la historia de cómo se creó Peer Gynt para ayudar a reavivar mi pasión por la música. Como si supiese que tal vez la necesitara…
Y sí, tocar en el funeral de Theo me había reconfortado. Incluso el tiempo que había pasado ensayando la pieza me había servido para no pensar en él. Desde entonces, había sacado la flauta y tocado por placer. O, más exactamente, para mitigar el dolor.
La pregunta era si aquella conexión iba más allá y existía un lazo de sangre entre Anna, Jens y yo, un vínculo que se extendía como un frágil hilo de seda a lo largo de ciento treinta años…
«¿Es posible que Pa Salt conociera a Jens o a Anna cuando era mucho más joven?», pensé. Dado que Pa había muerto con más de ochenta años, supuse que existía esa posibilidad, dependiendo de la edad a la que hubieran fallecido Jens y Anna. Un dato que, para mi fastidio, no tenía a mi disposición en aquellos momentos.
El agudo timbre del teléfono fijo interrumpió mis cavilaciones. Como sabía que el viejo contestador de Celia estaba estropeado y que el aparato, por tanto, no dejaría de sonar, bajé corriendo al recibidor para contestar.
—¿Diga?
—Hola. ¿Está Celia?
—No. —Enseguida reconocí aquella voz masculina con acento americano—. Soy Ally. ¿Quieres dejar un mensaje?
—Ah, hola, Ally. Soy Peter, el padre de Theo. ¿Cómo estás?
—Bien —respondí de manera mecánica—. Celia volverá en torno a la hora de la cena.
—Demasiado tarde para mí, por desgracia. Solo telefoneaba para decirle que regreso a Estados Unidos esta noche. Quería hablar con ella antes de marcharme.
—Le diré que has llamado, Peter.
—Gracias. —Se produjo un silencio—. Ally, ¿tienes algo que hacer ahora mismo?
—No, la verdad es que no.
—Entonces ¿podríamos vernos antes de que me vaya al aeropuerto? Estoy alojado en el Dorchester. Podría invitarte a tomar el té. Está a solo quince minutos en taxi de la casa de Celia.
—Es que…
—Por favor.
—Está bien —acepté con renuencia.
—¿Qué tal a las tres en el Promenade? Debo salir hacia Heathrow a las cuatro.
—De acuerdo. Hasta luego.
Colgué y enseguida me pregunté qué diantres podría ponerme para tomar el té en el Dorchester.
Cuando, una hora después, entré en el hotel, me sentía extrañamente culpable, como si estuviera traicionando a Celia. Pero Pa Salt siempre me había enseñado a no juzgar a la gente por lo que se dice de ella. Además, Peter era el padre de Theo, así que debía darle una oportunidad.
—Buenas tardes, señorita —me llamó desde una mesa del lujoso salón con pilares de mármol que conectaba con el vestíbulo. Cuando me acerqué se levantó y me dio un apretón de manos firme y cálido—. Siéntate, por favor. No estaba seguro de qué te apetecería y, como no tenemos mucho tiempo, me he tomado la libertad de pedir el menú completo.
Señaló la mesa baja repleta de bandejas de porcelana con emparedados cortados al milímetro y una fuente de varios pisos con delicados dulces franceses y scones acompañados de mermelada y nata.
—También hay litros de té, naturalmente. ¡No sé qué harían los ingleses sin su té!
—Gracias —dije tomando asiento frente a él sin la menor sensación de apetito.
Un camarero de aspecto impecable y guantes blancos se acercó enseguida para servirme una taza de té y, mientras lo hacía, estudié detenidamente al padre de Theo. Tenía los ojos oscuros, un cutis pálido apenas marcado por las arrugas de la edad —a pesar de que debía de rondar los sesenta y cinco años— y una constitución musculosa bajo una americana azul marino informal pero hecha a medida. Advertí, por el tono mate y poco natural de su pelo castaño, que se teñía. Acababa de decidir que Theo no guardaba ningún parecido con su padre cuando Peter me sonrió. El gesto torcido de su boca se semejaba tanto al de su hijo que el corazón me dio un vuelco.
—Bueno, ¿cómo estás, Ally? —me preguntó cuando el camarero se marchó—. ¿Qué tal lo llevas?
—Tengo momentos buenos y momentos malos, supongo. ¿Y tú?
—Si te soy sincero, estoy destrozado. Ha sido un golpe demasiado fuerte. No hago más que recordar a Theo de pequeño, era un crío encantador. No está dentro del orden natural de las cosas que un hijo muera antes que su padre.
—Lo sé. —Me puse en su lugar y me sentí intrigada por aquel hombre del que tan mal me habían hablado Celia y Theo.
Me di cuenta de que intentaba mantener la compostura, pero percibía su sufrimiento, pues emanaba de su ser como una presencia tangible.
—¿Cómo lo lleva Celia? —preguntó.
—Con mucha dificultad, como todos. Se está portando muy bien conmigo.
—Puede que sea terapéutico tener a alguien de quien cuidar. Ojalá yo también pudiera hacerlo.
—Quiero que sepas —dije tras coger un sándwich de salmón y darle un bocado— que Celia me dijo que te habría invitado a sentarte con ella en la iglesia de haber sabido que estabas allí.
—¿En serio? —El semblante de Peter se iluminó ligeramente—. Me alegra mucho saberlo, Ally. Tal vez debería haberla avisado de que venía, pero sabía que estaría destrozada y no quería disgustarla aún más. Supongo que ya habrás adivinado que no soy santo de su devoción.
—Quizá le resulta difícil perdonarte por… ya sabes, por lo que le hiciste.
—Bueno, como ya te dije el día del funeral, señorita, siempre existe la otra versión de la historia, pero no quiero entrar en eso ahora. Y sí, asumo una gran parte de la culpa. Entre tú y yo, todavía quiero a Celia —suspiró Peter—. La quiero tanto que me duele físicamente. Sé que la decepcioné y no hice bien las cosas, pero nos casamos muy jóvenes y ahora, cuando miro atrás, comprendo que tendría que haberme corrido mis juergas antes y no durante nuestro matrimonio. Celia… —Peter se encogió de hombros— era una auténtica «dama» en ese sentido, no sé si me entiendes. Éramos completamente opuestos en ese aspecto. En cualquier caso, he aprendido la lección.
—Sí —dije reacia a que siguiera explicándose en aquellos términos—. De hecho, yo creo que ella también sigue queriéndote.
—¿En serio? —Peter enarcó una ceja suspicaz—. Te aseguro que eso sí que no esperaba oírlo de ti.
—Me lo imagino. Pero se lo veo en los ojos cuando habla de ti, incluso cuando está diciendo algo negativo. Tu hijo me dijo una vez que la línea que separa el amor del odio es muy fina.
—Una frase digna de él. Mi hijo era un joven con una gran inteligencia emocional. Ojalá poseyera la mitad de su comprensión de la naturaleza humana —suspiró Peter—. Es evidente que no la heredó de mí.
Me di cuenta de que probablemente me había adentrado demasiado en aguas pantanosas, pero como ya me llegaban hasta el cuello, decidí continuar:
—¿Sabes? Creo que a Theo le habría encantado la idea de que sus padres se vieran y tal vez hicieran las paces con el pasado, de que por lo menos algo bueno resultara de esta tragedia.
Peter se quedó mirándome mientras me llevaba la taza a los labios.
—Creo que entiendo perfectamente por qué mi hijo te quería tanto. Eres una mujer especial, Ally. Pero, por muy buenas que sean tus intenciones, ya no creo en los milagros.
—Yo sí. De veras —insistí—. Aunque Theo y yo solo pasamos unas semanas juntos, él cambió mi vida. Fue un milagro que nos conociéramos y conectáramos tanto, y sé que, a pesar de todo este dolor, me ha hecho mejor persona.
Entonces me tocó a mí emocionarme, y Peter estiró un brazo por encima de la mesa para darme unas palmaditas en la mano.
—Eres admirable, Ally, por intentar buscar lo positivo en lo negativo. Hace años yo también era así.
—¿No podrías volver a ser de esa manera?
—Creo que perdí esa parte de mí durante el divorcio. Pero háblame de tus planes para el futuro. ¿Te ha dejado mi hijo en buena situación?
—Sí. De hecho, modificó su testamento antes de la regata. Tengo su Sunseeker y un viejo establo en Anafi, cerca de tu preciosa casa. Para serte sincera, aunque quería mucho a Theo, no sé si me veo con ánimo de ir a «Algún Lugar», que era como llamábamos a Anafi, y de pelearme con las autoridades griegas para construir la casa de sus sueños.
—¿Te dejó ese establo para cabras? —Peter soltó una carcajada—. Que sepas que me ofrecí muchas veces a comprarle una casa, pero siempre rechazó mi propuesta.
—Orgullo —dije encogiéndome de hombros.
—O estupidez —replicó Peter—. Mi hijo era un deportista entregado a su pasión. Yo comprendía que necesitaba ayuda económica, pero él nunca la aceptó. Apuesto a que tú tampoco te has comprado una casa, Ally. ¿Cómo podrían permitirse algo así hoy día los jóvenes que ganan un sueldo medio?
—No, no me he comprado una casa, pero ahora tengo el establo —dije con una sonrisa.
—Pues quiero que sepas que siempre serás más que bienvenida en mi casa de Anafi. Celia sabe que también puede usarla cuando quiera, pero se niega a hacerlo, al parecer por algo que le dije una vez que estuvimos allí hace años. No me preguntes qué, porque no lo recuerdo. Y si alguna vez necesitas ayuda con las autoridades urbanísticas locales, soy tu hombre. He invertido tanto dinero en esa isla que deberían nombrarme alcalde. ¿Tienes ya la escritura?
—Todavía no, pero creo que me la mandarán cuando la hayan autenticado.
—Cuenta conmigo para cualquier cosa que necesites, señorita. Es lo menos que puedo hacer: cuidar de la chica que mi hijo amaba.
—Gracias.
Nos quedamos un rato callados, extrañando a Theo.
—Aún no me has hablado de tus planes para el futuro —dijo finalmente Peter.
—Porque todavía no estoy segura de lo que voy a hacer.
—Theo me contó que eras una navegante excepcional y que estabas a punto de entrar en el equipo olímpico suizo.
—Me he retirado. Y, por favor, Peter, no me pidas que te explique los motivos. Simplemente, no puedo hacerlo.
—No hace falta que me expliques nada. Y, por lo que he podido ver, posees otras habilidades. Eres una excelente flautista, Ally. Tu actuación en el funeral me conmovió profundamente.
—Eres muy amable, Peter, pero estoy muy desentrenada. Hace años que no practico como es debido.
—Pues a mí no me lo pareció. Si yo tuviera un talento como el tuyo, lo cuidaría. ¿Viene de familia?
—No estoy segura. Puede ser. Mi padre murió hace solo unas semanas y…
—¡Dios mío, Ally! —Peter me miró horrorizado—. ¿Cómo has podido perder a los dos hombres de tu vida sin venirte abajo?
—Si te digo la verdad, no lo sé. —Tragué saliva con dificultad, sintiendo que me emocionaba. Era capaz de aparentar fortaleza siempre y cuando nadie me ofreciera su compasión—. A lo que iba, el caso es que mis cinco hermanas y yo somos adoptadas, y el regalo de despedida de mi padre fue darme algunas pistas sobre mi pasado. Y a juzgar por lo poco que he descubierto hasta el momento, es posible que, en efecto, lleve la música en los genes.
—Entiendo. —Sus ojos oscuros me miraron con empatía—. ¿Tienes intención de seguir indagando?
—Todavía no lo sé. La verdad es que cuando estaba con Theo decidí no hacerlo. Quería mirar hacia el futuro.
—Es comprensible. ¿Tienes algún plan para las próximas semanas?
—No, ninguno.
—Pues ahí tienes la respuesta: sigue las pistas que te han dado. Yo lo haría, no tengo la menor duda, y creo que Theo habría querido que lo hicieras. Y ahora —miró su reloj—, por desgracia tengo que dejarte si no quiero perder el avión. La cuenta está pagada, así que si quieres puedes quedarte y acabar de merendar. E insisto, Ally: si alguna vez necesitas algo, llámame.
Se puso en pie y yo lo imité. Y, espontáneamente, me envolvió entre sus brazos y me estrechó con fuerza.
—Ally, es una lástima que no dispongamos de más tiempo para charlar, pero me alegro de haberte conocido. Hoy has sido la única cosa buena que he podido extraer de lo ocurrido, y te doy las gracias por ello. Alguien me dijo en una ocasión que la vida solo nos somete a las pruebas que cree que somos capaces de afrontar. Eres una joven realmente extraordinaria. —Me dio su tarjeta—. Llámame algún día.
—Lo haré —le prometí.
Se despidió con un gesto triste y se alejó con paso ligero.
Me recosté en la butaca para contemplar el festín que se desplegaba ante mis ojos y, de mala gana, cogí un scone, porque no soportaba la idea de tirar comida. También yo lamentaba que no hubiésemos tenido más tiempo para hablar. Independientemente de lo que Celia me hubiera contado sobre su exmarido, y de lo que él le hubiera hecho, me caía bien. Porque, a pesar de todo su dinero y de su conducta reprochable, había algo intrínsecamente vulnerable en aquel hombre.
Cuando llegué a casa, encontré a Celia en su dormitorio haciendo la maleta.
—¿Qué tal tu día? —me preguntó.
—Bien, gracias. He ido a tomar el té con Peter. Telefoneó para hablar contigo después de que te marcharas esta mañana y me encontró a mí.
—Caray, qué sorpresa. Normalmente no llama cuando viene al Reino Unido.
—Normalmente no ha perdido un hijo. En cualquier caso, te manda saludos.
—Ya. Bueno, como ya sabes, Ally —prosiguió con exagerado alborozo—, me marcho mañana a primera hora. Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras. Solo tienes que conectar la alarma y echar las llaves por el buzón de la puerta cuando te marches. ¿Estás segura de que no quieres acompañarme? La Toscana está preciosa en esta época del año. Y Cora no es solo mi mejor amiga, sino también la madrina de Theo.
—Te agradezco la invitación, pero creo que ha llegado el momento de que salga y me busque una vida.
—Recuerda, no obstante, que aún está todo muy reciente. Yo me divorcié de Peter hace veinte años y creo que todavía no he conseguido encontrar la mía. —Me miró con tristeza—. Lo dicho, puedes quedarte el tiempo que quieras.
—Gracias. Por cierto, he comprado unas cosas antes de volver a casa y esta noche me gustaría hacer la cena para darte las gracias. Nada complicado, solo pasta, pero espero que te ayude a calentar motores para Italia.
—Eres un cielo, Ally. Acepto encantada.
Nos sentamos en la terraza para disfrutar de nuestra última cena juntas. Yo tenía poco apetito y, mientras me esforzaba por probar algún bocado, advertí que las rosas de Celia estaban perdiendo su color, que los pétalos estaban marrones y secos por los bordes. Hasta el aire olía diferente: más pesado, con un leve aroma a tierra que anunciaba la llegada del otoño. Durante la cena nos sumimos cada una en nuestros propios pensamientos, conscientes de que estábamos perdiendo nuestra burbuja de mutuo consuelo y de que teníamos que enfrentarnos de nuevo al mundo.
—Quería darte las gracias por estar aquí, Ally. Realmente no sé qué habría hecho sin ti —dijo Celia cuando llevamos los platos a la cocina.
—Y yo sin ti —añadí mientras ella empezaba a fregar y yo cogía un trapo para secar.
—También quiero que sepas que siempre que vengas a Londres has de considerar esta como tu casa, Ally.
—Gracias.
—Odio tener que mencionarlo, pero a mi vuelta de Italia iré a recoger las cenizas de Theo. Tendremos que buscar una fecha para ir a Lymington y esparcirlas juntas.
—Sí —dije con un nudo en la garganta—, claro.
—Te echaré de menos, Ally. Realmente siento que eres la hija que nunca tuve. Y ahora —añadió con cierta brusquedad— será mejor que me vaya a la cama. El taxi vendrá a buscarme a las cuatro y media y, como no espero que te levantes para decirme adiós, me despediré ahora. Llámame de vez en cuando, ¿de acuerdo?
—Por supuesto.
Aquella noche, las páginas en blanco de mi inminente futuro me persiguieron en sueños. Hasta aquel momento siempre había sabido exactamente adónde quería ir y lo que quería hacer. La sensación de vacío y letargo que estaba experimentando aquellos días era nueva para mí.
—Puede que esté cayendo en una depresión —murmuré al día siguiente cuando me levanté casi a rastras de la cama y, con una ligera sensación de náusea, me obligué a ducharme.
Tras secarme el pelo con la toalla, tecleé «Jens Halvorsen» en un buscador de internet. Para mi fastidio, los pocos resultados que aparecieron estaban escritos en noruego, así que entré en la página de una librería online y busqué perezosamente libros en inglés o francés que pudieran mencionarlo.
Y entonces lo encontré.
El aprendiz de Grieg
Autor: Thom Halvorsen
Fecha de publicación (en Estados Unidos): 30 de agosto de 2007
Localicé la sinopsis:
Thom Halvorsen, célebre violinista de la Orquesta Filarmónica de Bergen, ha escrito la biografía de su tatarabuelo, Jens Halvorsen. Relata la vida de un compositor y músico de talento que trabajó estrechamente con Edvard Grieg. Con la ayuda de fascinantes recuerdos familiares, vemos a un Grieg nuevo a través de los ojos de un hombre que lo conoció en profundidad.
Encargué el libro de inmediato, aunque me fijé en que tenía que llegar desde Estados Unidos y marcaban un tiempo estimado de entrega de como mínimo dos semanas. Entonces tuve una idea brillante y saqué de mi billetera la tarjeta de Peter. Le escribí un correo electrónico donde le daba las gracias por la merienda y le explicaba que necesitaba hacerme con un libro que solo estaba disponible en Estados Unidos. Después, le preguntaba si podía buscármelo. No me sentí demasiado culpable al pedirle aquel favor, pues estaba segura de que disponía de incontables subalternos que podrían tratar de conseguirlo.
Seguidamente, tecleé Peer Gynt y leí por encima las diferentes referencias. Llegué a la del Museo Ibsen de Oslo —o de Cristianía, el nombre con el que la habían conocido Anna y Jens— y su conservador, Erik Edvardsen. Al parecer era un experto en Henrik Ibsen de fama mundial, y quizá estuviera dispuesto a ayudarme si le escribía un correo.
Estaba ansiosa por proseguir con mis indagaciones y leer lo que me quedaba de la traducción, pero recordé que había quedado para comer con Star en Battersea media hora más tarde y me obligué a cerrar el portátil.
Tomé un taxi y al cruzar el Támesis sobre un recargado puente de color rosa decidí que me estaba enamorando de Londres. Poseía una elegancia intrínseca, casi majestuosa, sin la energía frenética de Nueva York o la insulsez de Ginebra. Como todo en Inglaterra, parecía tener una confianza plena en su historia y su singularidad.
El taxi se detuvo delante de lo que antaño había sido, sin duda, un almacén. Situado frente al río, en otros tiempos tanto él como sus vecinos habrían proporcionado fácil acceso a las barcazas cargadas de té, sedas y especias. Pagué al taxista y llamé al timbre situado junto al número que Star me había dado. La puerta se abrió con un zumbido electrónico y su voz me dijo que tomara el ascensor hasta la tercera planta. Así lo hice, y encontré a Star esperándome en la puerta.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? —me preguntó dándome un abrazo.
—Voy tirando —mentí mientras pasábamos a una espaciosa sala de color blanco dotada de unos grandes ventanales que daban al Támesis—. ¡Uau! —exclamé al acercarme a ellos para admirar la vista—. ¡Este lugar es fantástico!
—Lo eligió CeCe —dijo Star encogiéndose de hombros—. Tiene mucha luz y espacio de sobra para que pueda trabajar.
Miré a mi alrededor y me fijé en el espacio diáfano, el mobiliario minimalista sobre el parqué claro y la elegante escalera de caracol que presumiblemente conducía a los dormitorios. No era la clase de apartamento que yo habría elegido, pues era de todo menos acogedor, pero era decididamente espectacular.
—¿Qué te apetece tomar? —me preguntó Star—. Tenemos vino de todos los colores y, por supuesto, cerveza.
—Tomaré lo mismo que tú.
La seguí hasta la zona de la moderna cocina, toda ella de acero inoxidable y cristal esmerilado. Star abrió una de las puertas de la nevera doble y pareció dudar.
—¿Vino blanco? —le sugerí.
—Sí, buena idea.
Mientras mi hermana bajaba dos copas del armario y abría el vino, pensé una vez más en que Star nunca parecía expresar sus propias opiniones o tomar decisiones. Maia y yo nos habíamos preguntado muchas veces si aquella tendencia a condescender formaba parte de su personalidad o era consecuencia del papel dominante de CeCe en su relación.
—Huele bien.
Señalé una olla que borbotaba sobre la placa de tamaño industrial. Vi que también había algo cocinándose en el horno.
—Vas a ser mi conejillo de Indias, Ally. Estoy probando una receta nueva, y ya casi está lista.
—Genial. Cheers, como dicen en Inglaterra.
—Cheers.
Tras beber un sorbo de vino, dejé la copa sobre la encimera, porque por algún motivo noté enseguida acidez en el estómago. Mientras veía a Star remover el contenido de la olla, pensé en lo joven que parecía con su pelo rubio claro hasta los hombros y el largo flequillo que solía caerle sobre la frente ocultando como una cortina protectora sus enormes ojos azul cielo y lo que estos expresaban.
Me costaba recordar que Star era una mujer adulta de veintisiete años.
—Bueno, ¿qué tal va lo de vivir en Londres? —le pregunté.
—Bien, creo. Me gusta esta ciudad.
—¿Y cómo va el curso de cocina?
—Ya lo he acabado. Estuvo bien.
—¿Crees que podrías dedicarte a ello profesionalmente? —insistí con la esperanza de sacarle una respuesta más elaborada.
—Creo que la cocina no es para mí.
—Ya. ¿Y sabes qué harás ahora?
—No.
Y entonces llegó el silencio, como solía ocurrir en las conversaciones con Star. Al rato, me preguntó:
—¿Y cómo estás tú, Ally? Ha tenido que ser durísimo para ti, con la muerte de Pa tan reciente.
—La verdad es que no sé muy bien cómo estoy. Todo ha cambiado para mí. Tenía mi futuro perfectamente planeado y de repente se ha desvanecido como el humo. Le he dicho al entrenador del equipo nacional suizo que no me presentaré a las pruebas olímpicas. No me veo capaz de enfrentarme a ellas ahora mismo. La gente dice que hago mal y me siento culpable por no tener fuerzas para continuar, pero no me parece lo más correcto. ¿Tú qué opinas?
Star se apartó el flequillo de los ojos y me miró con cautela.
—Pienso que has de hacer lo que tú sientas, Ally. Aunque a veces es difícil, ¿verdad?
—Sí. No quiero decepcionar a nadie.
—Exacto. —Star dejó escapar un suspiro mientras dirigía la mirada hacia los ventanales y después procedía a servir el contenido de la olla en dos platos—. ¿Comemos fuera?
—¿Por qué no?
Contemplé el río y la terraza que abarcaba el largo de la sala, y me pregunté, mezquinamente, cuánto costaría el alquiler de aquel lugar. No era un apartamento propio de una estudiante de arte sin blanca y su hermana al parecer perdida. Era evidente que CeCe había conseguido engatusar a Georg Hoffman para que le diera dinero la mañana que Star y ella fueron a verlo a Ginebra.
Trasladamos la comida a la mesa, que tenía como telón de fondo una miríada de plantas aromáticas que crecían exuberantes en grandes macetas dispuestas a lo largo de la terraza.
—Qué bonita. ¿Qué es? —Señalé un tiesto con una masa frondosa de flores naranjas, blancas y rosas.
—Una Sparaxis tricolor, comúnmente llamada «arlequina», pero creo que no le gusta la brisa del río. Su sitio, en realidad, está en un rincón recogido de un jardín inglés.
—¿La has plantado tú? —pregunté antes de probar los fideos con marisco que Star había preparado como plato principal.
—Sí. Me gustan las plantas. Siempre me han gustado. Solía ayudar a Pa Salt en su jardín de Atlantis.
—¿De veras? No lo sabía. Esto está muy bueno, Star —dije, aunque apenas tenía hambre—. Hoy estoy descubriendo todos tus talentos ocultos. Yo solo sé cocinar cosas básicas y no sabría ni plantar una margarita, así que de todo esto mejor ni hablar.
Señalé la profusión de flores que nos rodeaba. Se hizo otro silencio incómodo, pero reprimí la tentación de llenarlo.
—Últimamente me he estado preguntando qué es en realidad el talento. Es decir, las cosas que haces con facilidad ¿son un don? —preguntó Star con timidez—. Por ejemplo, ¿tuviste que esforzarte para tocar la flauta tan bien?
—Supongo que no, por lo menos al principio. Pero para mejorar tuve que practicar mucho. No creo que el mero hecho de poseer un talento te libre de tener que trabajar duro. Mira a los grandes compositores: no basta con escuchar la melodía en tu cabeza, has de aprender a orquestarla y a plasmarla sobre el papel. Eso requiere años de práctica y aprendizaje. Estoy segura de que millones de personas poseemos una habilitad natural para algo, pero si no la desarrollamos y nos dedicamos a ella, nunca alcanzaremos nuestro verdadero potencial.
Star asintió despacio.
—¿Has terminado? —preguntó mirando mi plato casi intacto.
—Sí. Lo siento, Star, está delicioso, en serio, pero últimamente no tengo mucho apetito.
A continuación hablamos de nuestras hermanas y de lo que estaban haciendo. Star me contó que CeCe estaba muy ocupada con sus «instalaciones». Yo mencioné el traslado sorpresa de Maia a Río y lo fantástico que era que finalmente hubiera encontrado la felicidad.
—Me alegro mucho de verte, Star —dije con una sonrisa—. Me ha levantado el ánimo.
—Y yo de verte a ti. ¿Adónde tienes pensado ir ahora?
—Lo cierto es que puede que vaya a Noruega e investigue el lugar donde las coordenadas de Pa Salt dicen que nací.
Estoy segura de que mis palabras me sorprendieron mucho más a mí que a Star, pues era la primera vez que aquella idea se me pasaba por la cabeza.
—Muy bien —dijo ella—. Creo que eso es justamente lo que debes hacer.
—¿Tú crees?
—¿Por qué no? Las pistas de Pa podrían cambiarte la vida. Han cambiado la de Maia. Y puede que —Star hizo una pausa— también la mía.
—¿En serio?
—Sí.
Se hizo otro silencio y comprendí que era inútil intentar sonsacarle más detalles sobre su revelación.
—Bueno, creo que ya es hora de irme. Muchas gracias por la comida. —Me levanté, presa de un cansancio repentino e impaciente por volver a mi refugio—. ¿Es fácil encontrar un taxi por aquí? —le pregunté a Star camino de la puerta.
—Sí. Gira a la izquierda y llegarás a la calle principal. Adiós, Ally. —Me dio dos besos—. Si decides ir a Noruega, dímelo.
De regreso en la silenciosa casa de Celia, subí a mi dormitorio y abrí el estuche que contenía mi flauta. Clavé la mirada en ella como si pudiera responder a todas las preguntas que se agolpaban en mi cabeza. La más urgente era adónde debía ir a continuación. Sabía que podía recluirme en «Algún Lugar». Una llamada telefónica a Peter y su hermosa casa de Anafi sería mía el tiempo que quisiera. Podría pasar un año concentrada en renovar el establo para cabras de Theo. Se me pasaron por la cabeza imágenes de Mamma Mia, el musical de Abba, y se me escapó la risa. Por muy tentador que fuera el caparazón de «Algún Lugar», sabía que no me ayudaría a avanzar. Simplemente me dejaría vivir en mi mundo con Theo, un mundo que fue pero ya no era.
Por otro lado, ¿me convendría ir a Atlantis? ¿Me quedaba algo allí? Aun así, todo lo que descubriera en Noruega también formaba parte del pasado, y yo era una persona que siempre miraba hacia delante. No obstante, dado que el «ahora» se hallaba en un punto muerto, quizá tuviera que retroceder a fin de poder avanzar. Decidí que solo tenía dos opciones: regresar a Atlantis o volar a Noruega. Tal vez me sentaran bien unos días de reflexión íntima en un país nuevo, lejos de todo y de todos. Allí nadie conocería mi historia e investigar el pasado me daría, por lo menos, algo en lo que concentrarme. Aunque al final no me condujera a nada.
Empecé a mirar vuelos a Oslo y encontré uno que salía aquella misma tarde y tenía asientos libres. Caí en la cuenta de que tenía que salir enseguida si quería llegar a Heathrow a tiempo. Me quedé mirando al vacío, tratando de tomar una decisión.
—Vamos, Ally —me dije con brusquedad mientras mi dedo sobrevolaba la tecla de confirmación—, ¿qué puedes perder?
Nada.
Además, estaba preparada para saber.