La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Agosto de 2007 » 23

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Mientras el avión volaba hacia el norte aquella tarde de finales de agosto, eché una ojeada a la información que tenía sobre el Museo Ibsen y el Teatro Nacional de Oslo. Al día siguiente por la mañana, me dije, visitaría ambos lugares para ver si alguien podía arrojar más luz sobre los datos que había extraído del libro de Jens Halvorsen.

Cuando desembarqué en el aeropuerto de Oslo, noté que caminaba con una ligereza inesperada y algo que casi parecía ilusión. Tras pasar la aduana, me dirigí directamente al mostrador de información y le pregunté a la joven que lo atendía si podía recomendarme un hotel cerca del Museo Ibsen. Mencionó el Grand Hotel, llamó y me comunicó que solo tenían disponibilidad en las habitaciones más caras.

—Está bien —dije—. Aceptaré lo que me ofrezcan.

La joven me entregó un recibo con la confirmación de mi reserva, me pidió un taxi y señaló la salida para que lo esperara fuera.

Cuando entramos en el centro de Oslo, la oscuridad me impidió hacerme una idea de dónde estaba o llevarme una impresión de la ciudad. Cuando llegamos a la imponente entrada del Grand Hotel, el portero me invitó enseguida a entrar y, una vez resueltas las formalidades, me condujeron a mi habitación, que resultó llamarse la «Suite de Ibsen».

—¿Es de su agrado, señora? —me preguntó el botones en inglés al tenderme la llave.

Contemplé la hermosa sala de estar, con su lámpara de araña y varias fotografías de Henrik Ibsen adornando las sedosas paredes de rayas, y la coincidencia me hizo sonreír.

—Sí, muchas gracias.

Le di una propina y, cuando se marchó, me paseé por la suite pensando que no me importaría instalarme en ella de manera permanente. Después de darme una ducha, salí del cuarto de baño acompañada por un tañido de campanas de iglesia que anunciaba la medianoche y me alegré de estar allí. Me acosté entre las sábanas de lino y me dormí.

A la mañana siguiente, madrugué y salí al pequeño balcón para contemplar la ciudad con la luz de un nuevo día. A mis pies se extendía una plaza flanqueada de árboles y rodeada de una mezcla de bellos edificios antiguos de piedra y unos cuantos algo más modernos. A lo lejos, sobre una colina, vislumbré un castillo rosa.

Entré de nuevo y caí en la cuenta de que no había comido nada desde el almuerzo del día anterior. Pedí el desayuno al servicio de habitaciones y me senté en la cama con mi albornoz, sintiéndome como una princesa en su nuevo palacio. Estudié el plano que me había entregado el recepcionista al registrarme en el hotel y vi que el Museo Ibsen se hallaba a un breve paseo a pie.

Después de desayunar, me vestí y bajé armada con mi plano. Cuando crucé la plaza, enseguida me llegó el familiar olor del mar y recordé que Oslo estaba construida sobre un fiordo. Reparé entonces en las muchas personas de cabello pelirrojo y tez clara que pasaban por mi lado. Durante mis años escolares en Suiza, mis compañeras se reían de mi piel blanca, mis pecas y mis rizos pelirrojos. Sus burlas me dolían, como suele ocurrir a esas edades, y recuerdo que un día le pregunté a Ma si podía teñirme el pelo.

—No, chérie, tu pelo es tu principal atractivo. Algún día esas niñas despreciables te tendrán envidia —fue su respuesta.

«Bueno —pensé mientras seguía caminando—, está claro que aquí no llamaré la atención.»

Me detuve delante de un impresionante edificio de ladrillo blanquecino cuya entrada estaba presidida por una columnata de pilares grises:

NATIONALTHEATER

Leí la inscripción grabada en lo alto de la elegante fachada y vi que, justo debajo, tallados en placas de piedra, aparecían los nombres de Ibsen y otros dos hombres de los que nunca había oído hablar. Me pregunté si sería aquel el edificio donde se estrenó la obra Peer Gynt. Para mi desilusión, el teatro estaba cerrado en aquel momento, de modo que seguí caminando por la concurrida avenida hasta el Museo Ibsen. Cuando entré, me descubrí en una pequeña librería de cuya pared izquierda pendía un tablero con las fechas de los principales acontecimientos de la exitosa carrera del poeta. El corazón se me aceleró un poco cuando leí: «24 de febrero de 1876, estreno de Peer Gynt en el Teatro de Cristianía».

God morgen! Kan eg hjelpe deg? —dijo la chica del mostrador.

—¿Habla inglés? —fue lo primero que le pregunté.

—Claro —contestó con una sonrisa—. ¿Puedo ayudarla en algo?

—Sí, o por lo menos eso espero. —Saqué del bolso la fotocopia de la cubierta de la biografía y la deposité sobre el mostrador—. Me llamo Ally D’Aplièse y estoy recabando información sobre un compositor llamado Jens Halvorsen y una cantante llamada Anna Landvik. Ambos participaron en el estreno original de Peer Gynt en el Teatro de Cristianía. Me preguntaba si alguien del museo podría contarme algo más sobre ellos.

—Yo no, dado que solo soy una estudiante a cargo de la caja registradora —confesó—, pero subiré a ver si ha llegado Erik, el director del museo.

—Gracias.

Cuando la chica desapareció por una puerta situada detrás del mostrador, yo me paseé por la tienda y cogí una traducción al inglés de Peer Gynt. Como mínimo, debería leerla, pensé.

—Erik bajará a verla enseguida —me confirmó la joven a su vuelta.

Le di las gracias y pagué el libro.

Un rato después, apareció un hombre de pelo blanco y aspecto elegante.

—Hola, señorita D’Aplièse. Soy Erik Edvardsen —dijo tendiéndome la mano—. Ingrid me ha dicho que está interesada en Jens Halvorsen y Anna Landvik.

—Así es.

Le estreché la mano antes de enseñarle la fotocopia de la cubierta.

La estudió y asintió con la cabeza.

—Creo que tenemos un ejemplar en la biblioteca. Sígame, por favor.

Me invitó a cruzar una puerta que desembocaba en un vestíbulo austero. Comparado con el estilo moderno de la librería, fue como retroceder en el tiempo. El director del museo abrió la verja del viejo ascensor, la cerró una vez que nos subimos y pulsó un botón. Durante el ascenso, Erik me señaló una planta en particular.

—Ese es el apartamento donde Ibsen vivió los últimos once años de su vida. Es un privilegio para nosotros tener su custodia. ¿Es usted historiadora? —me preguntó cuando salimos del ascensor a una espaciosa sala forrada de libros desde el suelo hasta el techo.

—Dios mío, no —respondí—. El libro me lo dejó en herencia mi padre, que falleció hace unas semanas. De hecho, quizá debería decir que es más bien una pista, porque todavía no estoy segura de la relación que guarda conmigo. Actualmente me están traduciendo el texto del noruego al inglés y solo he leído la primera entrega. Lo único que sé hasta el momento es que Jens fue el músico que tocó los primeros acordes de «La mañana» en el estreno de Peer Gynt. Y que Anna era la voz fantasma de las canciones de Solveig.

—Para serle franco, no sé si podré serle de gran ayuda, porque mi especialidad es Ibsen, no Grieg. En realidad necesita ver a un experto en el propio Grieg, y la persona que mejor podrá ayudarla es el conservador del Museo Grieg de Bergen. No obstante —dijo paseando la mirada por las estanterías—, tengo algo que podría interesarle. Ah, aquí está. —Sacó un libro antiguo y grande de una de las estanterías—. Lo escribió Rudolf Rasmussen, también conocido como «Rude», uno de los niños que participó en la producción original de Peer Gynt.

—¡He leído sobre él en el libro! Hacía de mensajero entre Jens y Anna cuando se enamoraron en el teatro.

—¿En serio? —dijo Erik mientras pasaba las páginas—. Mire, aquí hay fotos del estreno, con todos los actores caracterizados.

Me tendió el volumen y contemplé con incredulidad las caras de las mismas personas sobre las que acababa de leer. Allí estaban Henrik Klausen en el papel de Peer Gynt y Thora Hansson en el de Solveig. Intenté imaginármela como una estrella glamurosa, sin el atuendo campestre de Solveig. En otras fotografías aparecía el elenco al completo, pero sabía que Anna no estaría entre ellos.

—Puedo fotocopiarle las imágenes, si quiere —se ofreció Erik—, así podrá examinarlas con detenimiento.

—Sería fantástico, gracias.

Mientras Erik se dirigía a la fotocopiadora que había en un rincón de la estancia, me fijé en una fotografía de un teatro antiguo.

—Hace un rato he pasado por delante del Teatro Nacional y he tratado de imaginármelo en el estreno de Peer Gynt —comenté para romper el silencio.

—En realidad Peer Gynt no se estrenó en el Teatro Nacional, sino en el Teatro de Cristianía.

—Ah. Había dado por hecho que se trataba del mismo edificio y que simplemente había cambiado de nombre.

—Lamentablemente, el Teatro de Cristianía desapareció hace mucho tiempo. Estaba en Bankplassen, a quince minutos de aquí. Ahora es un museo.

Boquiabierta, clavé la mirada en la espalda de Erik.

—¿No se referirá al Museo de Arte Contemporáneo?

—El mismo. El Teatro de Cristianía se cerró en 1899 y todas las producciones musicales fueron trasladadas al nuevo Teatro Nacional. Tome.

Me tendió las fotocopias.

—Me temo que ya he abusado bastante de su tiempo. Muchas gracias por atenderme.

—Antes de que se vaya, le anotaré la dirección de correo electrónico del conservador del Museo Grieg. Dígale que va de mi parte. Estoy seguro de que podrá ayudarla mucho más que yo.

—Herr Edvardsen, le aseguro que ha sido usted de gran ayuda —afirmé mientras garabateaba la dirección.

—Hasta yo me resigno al hecho de que la música de Grieg ha superado en fama a la del propio poema —comentó con una sonrisa mientras me acompañaba al ascensor—. Se ha convertido en una composición emblemática en todo el mundo. Adiós, señorita D’Aplièse. Me encantaría saber si ha conseguido resolver el misterio. Y si necesita algo más, ya sabe dónde encontrarme.

—Gracias.

Regresé al Grand Hotel prácticamente dando brincos. Las coordenadas de la esfera armilar por fin cobraban sentido. Y cuando entré en el Grand Café, que ocupaba la esquina frontal del hotel, examiné el fresco de Ibsen y tuve la certeza de que, de alguna manera, Jens y Anna formaban parte de mi historia.

Siguiendo el consejo de Erik, durante el almuerzo escribí un correo al conservador del Museo Grieg. Luego, llevada por la curiosidad, tomé un taxi hasta el antiguo Teatro de Cristianía. El Museo de Arte Contemporáneo se alzaba sobre una plaza con una fuente en el centro. El arte contemporáneo no era lo mío, aunque estaba segura de que a CeCe le habría encantado, y decidí no entrar. Divisé entonces el Engebret Café, al otro lado de la plaza, y me acerqué.

Dentro, las mesas y las sillas eran de madera rústica, exactamente como las había imaginado por la descripción que Jens hacía en su libro. Un olor particular —a alcohol rancio, a polvo y, en menor medida, a humedad— flotaba en el aire. Cerré los ojos e imaginé a Jens y a sus compañeros de la orquesta, hacía más de un siglo, ahogando sus penas en aquavit durante horas. Pedí un café en la barra y me tomé el líquido caliente y amargo sintiéndome frustrada por no poder leer el resto de la historia hasta que la traductora me la hubiese enviado.

Salí del Engebret, saqué el plano y decidí regresar caminando al hotel mientras imaginaba a Anna y Jens paseando por aquellas mismas calles. Estaba claro que la ciudad había crecido desde entonces, pero, aunque había zonas ultramodernas, todavía conservaba muchos de sus bellos edificios antiguos. Cuando llegué al Grand Hotel, decidí que Oslo poseía un encanto especial. Su estructura compacta resultaba reconfortante; allí me sentía como en casa.

De vuelta en mi habitación, revisé mi correo electrónico y vi que el conservador del Museo Grieg ya me había contestado.

Estimada señorita D’Aplièse:

Sí, sé quiénes fueron Jens y Anna Halvorsen. Como seguramente ya sabrá, Edvard Grieg fue una suerte de mentor para ambos. Me encontrará aquí, en Troldhaugen, a las afueras de Bergen, todos los días de nueve a cuatro. Sería un placer conocerla y ayudarla en su investigación.

Atentamente,

ERLING DAHL Jr.

No tenía ni idea de dónde se hallaba Bergen, así que busqué un mapa de Noruega en internet y vi que estaba en la costa, al noroeste de Oslo, sin duda a un trayecto en avión desde la capital. Hasta aquel momento no me había percatado de lo vasto que era aquel país. Pasado Bergen, había otra enorme porción de tierra que subía hacia el Ártico. Decidí reservar un vuelo para el día siguiente y escribí al señor Dahl para comunicarle que llegaría a Bergen a mediodía.

Eran más de las seis y fuera todavía era de día. Me imaginé los largos inviernos noruegos, cuando el sol desaparecía después de comer y la nieve lo cubría todo con su manto. Y entonces pensé en lo que mis hermanas comentaban a menudo: que yo parecía inmune al frío, porque siempre estaba abriendo las ventanas para dejar entrar el aire fresco. Siempre había creído que, sencillamente, estaba acostumbrada al frío por mis horas de navegación, pero al recordar la capacidad de Maia para soportar el calor y adquirir un atractivo bronceado en apenas unos minutos mientras yo me ponía roja como una gamba, me dije que a lo mejor el invierno era parte de mi legado, igual que los climas soleados lo eran del de Maia.

Sin pretenderlo me puse a pensar en Theo, como me ocurría siempre que se acercaba la noche. Sabía que le habría encantado acompañarme en aquel viaje y que probablemente habría analizado mis reacciones a cada paso. Cuando me metí en la cama, que aquella noche se me antojaba demasiado grande, me pregunté si alguien podría ocupar su lugar en el futuro. Y dudé de que fuera posible. Antes de dejarme arrastrar por completo por el sentimentalismo, puse el despertador a las siete, cerré los ojos e intenté conciliar el sueño.

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