La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Agosto de 2007 » 24

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Las vistas panorámicas de Noruega desde el avión eran, sencillamente, espectaculares. Bosques de color verde oscuro cubrían todas las laderas de los fiordos azul marino y una nieve deslumbrante coronaba unas montañas siempre heladas, incluso a principios de septiembre. Cuando llegamos al aeropuerto de Bergen, subí a un taxi a toda prisa y le pedí al conductor que me llevara directamente a Troldhaugen, el hogar de Grieg en su día y ahora un museo. El único paisaje que se divisaba desde la transitada autovía era una interminable mancha de árboles, pero finalmente salimos de ella y tomamos una carretera rural.

El coche paró frente a una encantadora casa de listones pintados de amarillo claro. Pagué al taxista, bajé del coche y me colgué la mochila al hombro. Me detuve un momento para contemplar la fachada, los grandes ventanales con sus marcos verdes y el balcón enrejado que sobresalía en la planta superior. En una de las esquinas se alzaba una torre y en lo alto de un poste ondeaba la bandera noruega.

Vi que la casa descansaba sobre la ladera de una colina con vistas a un lago y estaba rodeada de majestuosas píceas y mantos de hierba. Admirada por la serena belleza del paisaje, entré en el moderno edificio que se anunciaba como la entrada del museo y me presenté a la chica sentada detrás del mostrador de la tienda de regalos. Tras pedirle que informara al conservador de mi llegada, eché un vistazo al expositor de cristal situado debajo del mostrador y contuve la respiración.

Mon Dieu! —murmuré en mi primera lengua a causa de la sorpresa.

Allí, dentro del expositor, había una colección de ranitas marrones idénticas a la que había encontrado dentro del sobre de Pa Salt.

—Erling, el conservador, llegará enseguida —me informó la chica después de colgar.

—Gracias. ¿Puedo preguntarle por qué venden estas ranas?

—Grieg siempre llevaba el modelo original en el bolsillo a modo de talismán —me explicó—. Iba con ella a todas partes y, antes de dormirse, le daba un beso de buenas noches.

—Hola, señorita D’Aplièse. Soy Erling Dahl. ¿Qué tal el vuelo?

Un hombre atractivo de pelo cano había aparecido a mi lado.

—Muy bien, gracias —dije tratando de serenarme tras el descubrimiento de la rana—. Y se lo ruego, llámeme Ally.

—De acuerdo, Ally. ¿Puedo preguntarte si tienes hambre? En lugar de charlar en mi abarrotado despacho, podríamos hacerlo en la cafetería con un sándwich delante. Puedes dejarle tu equipaje a Else.

Señaló a la chica del mostrador.

—Me parece perfecto.

Le entregué mi mochila a la chica con un gesto de agradecimiento y seguí al conservador a través de una puerta doble. Las paredes de la sala en la que entramos estaban hechas casi por entero de cristal, de manera que permitían disfrutar de la imponente vista del lago a través de los árboles. Contemplé la refulgente extensión de agua, tachonada de pequeñas islas festoneadas de pinos antes de perderse en el horizonte brumoso.

—El lago Nordås es magnífico, ¿verdad? —dijo Erling—. A veces olvidamos lo afortunados que somos de trabajar en un lugar como este.

—Es impresionante —susurré—. En efecto, sois muy afortunados.

Después de pedir café y sándwiches para los dos, Erling me preguntó de qué modo podía ayudarme. Saqué una vez más las fotocopias del libro de Pa Salt y le expliqué lo que quería saber.

Las estudió detenidamente.

—No he leído el libro, pero conozco la historia que cuenta. No hace mucho ayudé a Thom Halvorsen, el tataranieto de Jens y Anna, a documentarse para una nueva biografía.

—Sí. Estoy pendiente de que me llegue de Estados Unidos. Entonces ¿conoces a Thom Halvorsen en persona?

—Ya lo creo. Vive a pocos minutos a pie de aquí, y la comunidad musical de Bergen es pequeña. Toca el violín en la Orquesta Filarmónica y hace poco que lo han nombrado subdirector de la misma.

—¿Crees que podrías presentármelo? —pregunté cuando llegaron los sándwiches.

—Desde luego, pero actualmente está de gira por Estados Unidos con la orquesta. Vuelve dentro de unos días. ¿Hasta dónde has llegado en tu investigación?

—Todavía no he terminado de leer la biografía original, puesto que estoy esperando el resto de la traducción. Me quedé en el momento en que Jens se ve obligado a abandonar la casa familiar y a Anna Landvik le ofrecen el papel de Solveig.

—Entiendo. —Erling me sonrió y miró su reloj—. Lamentándolo mucho, no puedo contarte nada más ahora mismo porque dentro de media hora tendrá lugar nuestro concierto del mediodía. Pero, de todas maneras, puede que lo mejor sea que termines de leer el manuscrito de Jens y charlemos después.

—¿Dónde es el concierto?

—En nuestro auditorio, llamado la Troldsalen. Durante los meses de verano invitamos a pianistas para que interpreten la música de Grieg. Hoy ofrecemos el Concierto para piano en la menor.

—¿De veras? ¿Te importa que asista?

—En absoluto. —Erling se levantó—. ¿Por qué no terminas tu sándwich y te acercas después al auditorio mientras yo voy a comprobar si nuestro pianista tiene lo que necesita?

—Me parece estupendo, gracias, Erling.

Después de obligarme a comerme el resto del sándwich, seguí los letreros que, a través del frondoso bosque, guiaban hasta un edificio acogedoramente oculto entre los pinos. Una vez dentro, bajé la escalera del empinado auditorio y descubrí que ya estaba lleno en sus dos terceras partes. El pequeño escenario, en cuyo centro descansaba un magnífico piano de cola Steinway, estaba rodeado de más ventanales que, con los abetos y el lago detrás, ofrecían un telón de fondo imponente.

Poco después de que me sentara, Erling apareció en el escenario acompañado de un hombre joven de pelo moreno y constitución delgada que, incluso de lejos, llamaba la atención por su aspecto. Erling se dirigió al público en noruego y seguidamente en inglés, como gesto de deferencia a los muchos turistas presentes.

—Es un honor para mí presentarles al pianista Willem Caspari. Este joven ha dejado ya su impronta en todo el mundo con sus actuaciones, la más reciente en el Proms del Royal Albert Hall de Londres. Le estamos sumamente agradecidos por haber aceptado deleitarnos con su presencia en este pequeño rincón del planeta.

El público aplaudió y Willem asintió impertérrito antes de sentarse frente al piano y esperar a que se hiciera el silencio. Cuando tocó los primeros acordes, cerré los ojos y dejé que la música me trasportara a mis días en el Conservatorio de Ginebra, donde todas las semanas asistía a conciertos y a menudo tocaba en ellos. En otros tiempos, la música clásica había sido mi gran pasión y, sin embargo, me di cuenta con gran vergüenza de que hacía por lo menos diez años que no asistía ni al más modesto de los recitales. Mientras escuchaba a Willem, fui relajándome. Observé la elegancia con que deslizaba sus ágiles manos sobre el teclado. Y me prometí que a partir de aquel momento pondría remedio a la situación.

Terminado el concierto, Erling vino a buscarme y me llevó hasta el escenario para presentarme a Willem Caspari. El pianista poseía un rostro de facciones particularmente angulosas. De piel blanca y tersa, sus pómulos elevados enmarcaban unos ojos azul turquesa y unos labios rojos y carnosos. Todo en él era impecable, desde el cabello moreno hasta los zapatos brillantes y negros. En cierto modo, recordaba a un vampiro atractivo.

—Muchas gracias por el concierto —le dije—. Me ha encantado.

—No hay de qué, señorita D’Aplièse. —Antes de estrecharme la mano, se secó discretamente los dedos con un pañuelo blanquísimo. Luego me miró con detenimiento—. ¿Sabe? Estoy casi seguro de que nos hemos visto antes.

—¿Usted cree? —repuse un tanto apurada, pues era incapaz de recordar dónde.

—Sí. Fui alumno del Conservatorio de Ginebra. Creo que usted entró cuando yo me encontraba en mi último año. Aparte de poseer una memoria excelente para las caras, recuerdo su apellido porque en aquel entonces me pareció poco corriente. Es usted flautista, ¿verdad?

—Sí —dije sorprendida—, o por lo menos lo era.

—¿En serio, Ally? No me lo habías dicho —intervino Erling.

—Bueno, ya hace mucho de todo eso.

—¿Ya no toca? —me preguntó Willem al tiempo que se alisaba compulsivamente las solapas en lo que parecía más un gesto inconsciente que un esfuerzo por impresionar.

—No.

—Si no recuerdo mal, asistí a un recital suyo en una ocasión. Interpretó Sonata para flauta y piano.

—Es verdad. Ciertamente, posee una memoria increíble.

—Para las cosas que deseo recordar, sí. Tiene su parte buena y su parte mala, créame.

—Qué interesante, porque el músico sobre el que Ally está investigando en estos momentos también era flautista —señaló Erling.

—¿Y de quién se trata, si no es indiscreción? —inquirió Willem clavando en mí su mirada de ojos brillantes.

—De un compositor noruego llamado Jens Halvorsen y de su esposa Anna, que era cantante.

—Me temo que no he oído hablar de ellos.

—Los dos fueron muy conocidos en Noruega, sobre todo Anna —explicó Erling—. Y ahora, si dispones de tiempo, quizá te apetezca visitar la casa de Grieg y la cabaña de la ladera de la colina donde componía su música.

—Sí, gracias.

—¿Le importa si la acompaño? —preguntó Willem sin dejar de observarme con la cabeza ladeada—. Llegué a Bergen anoche mismo y todavía no he tenido tiempo de darme una vuelta.

—En absoluto —contesté, pues prefería caminar a su lado a seguir siendo objeto de un escrutinio en apariencia desapasionado pero sin duda intenso.

—En ese caso, os dejo —dijo Erling—. Antes de marcharos, pasaos por mi despacho para despediros. Y gracias por tu fantástica actuación de hoy, Willem.

Willem y yo salimos del auditorio detrás de Erling y subimos los escalones flanqueados de árboles que conducían hasta la casa. Franqueamos la puerta y entramos en un salón con suelo de madera donde, arrimado a una pared, había un piano de cola Steinway. El resto de la estancia contenía una ecléctica mezcla de muebles rústicos y elegantes piezas de nogal y caoba. Sobre las paredes de pino añejo, los retratos y los cuadros de paisajes se disputaban la atención del visitante.

—Sigue pareciendo un hogar —comenté.

—Es cierto —convino Willem.

Distribuidas por toda la estancia había fotos enmarcadas de Grieg y su esposa Nina, y una en concreto, en la que aparecían los dos de pie junto al piano, atrajo mi atención. Nina sonreía con candor y Grieg mantenía una expresión impenetrable bajo sus gruesas cejas y el denso bigote.

—Se los ve muy bajos al lado del piano —dije—. ¡Parecen muñecos!

—Por lo visto medían poco más de metro y medio. ¿Sabía que Grieg sufría de neumotórax? Cuando posaba se ponía un cojín pequeño dentro de la americana para rellenar el hueco, por eso siempre tiene la mano sobre el pecho, para sujetarlo.

—Fascinante —murmuré mientras paseábamos por la estancia examinando los diferentes objetos expuestos.

—¿Por qué dejó la música? —me preguntó de pronto Willem repitiendo un patrón conversacional que yo ya estaba empezando a reconocer: era como si mentalmente marcara una casilla que decía «Punto tratado» antes de pasar al siguiente tema de la lista.

—Me convertí en navegante profesional.

—¿Y pasó a tocar el hornpipe? —Se rio de su propio chiste—. ¿Echa de menos tocar?

—La verdad es que a lo largo de los últimos años no he tenido tiempo. La navegación ha sido mi vida.

—Yo no puedo imaginarme una vida sin música. —Willem señaló el piano de Grieg—. Este instrumento es mi pasión y mi tortura, el motor de mi vida. A veces tengo pesadillas con contraer artritis en los dedos. Sin mi música no tendría nada.

—Entonces puede que usted crea más en su talento de lo que yo creí en el mío en determinada época. Cuando estaba en el conservatorio, llegó un momento en que sentí que estaba estancada. Por mucho que practicara no tenía la sensación de progresar.

—Yo llevo años sintiendo eso todos los días, Ally. —Al parecer, Willem había decidido que ya podíamos tutearnos—. Me temo que son gajes del oficio. Debo creer que progreso, de lo contrario me suicidaría. ¿Te apetece que echemos un vistazo a la cabaña donde el gran hombre compuso algunas de sus obras maestras?

La cabaña no estaba lejos de la casa. A través de los vidrios de la puerta de entrada atisbé un modesto piano vertical junto a una pared, con una mecedora al lado y una mesa delante de la gran ventana que daba al lago. Y sobre la mesa, otra rana como la mía. Decidí no compartir aquel detalle con Willem.

—Qué vista —suspiró—. Bastaría para inspirar a cualquiera.

—Es un lugar muy solitario, ¿no crees?

—A mí eso no me molestaría —dijo encogiéndose de hombros—. Estaría feliz aquí solo. Soy muy autosuficiente.

—Yo también, pero aun así creo que acabaría volviéndome loca. —Sonreí—. ¿Volvemos?

—Sí. —Willem miró su reloj—. He quedado a las cuatro en mi hotel con una periodista que quiere entrevistarme. La recepcionista del museo me ha dicho que me pediría un taxi. ¿Dónde te hospedas? Quizá pueda acompañarte con el coche.

—Todavía no he buscado alojamiento —dije de regreso al museo—. Seguro que encuentro algo a través de la oficina de turismo de la ciudad.

—¿Por qué no pruebas en mi hotel? Es muy limpio y se encuentra en el paseo del puerto viejo, así que tiene unas vistas espectaculares del fiordo. Me admira tu actitud relajada respecto al tema del alojamiento —añadió cuando entrábamos en la recepción—. Cuando viajo, he de reservar el hotel con varias semanas de antelación y saber exactamente dónde voy a hospedarme; si no, me pongo tan nervioso que podría darme un ataque.

—Tal vez mi actitud se deba a los años dedicados a la navegación. Puedo dormir en cualquier lugar.

—Y quizá yo no pueda porque soy más quisquilloso que la mayoría de la gente. Todo el que me conoce se desespera con mi obsesión por tenerlo todo controlado.

Else, la chica de la caja, me devolvió la mochila y esperé junto a la puerta a que Willem consiguiera un taxi. Mientras lo estudiaba con disimulo, me dije que su tensión interna se reflejaba físicamente en su porte, que era como el de un soldado, con los tendones tirantes y unas manos que se abrían y cerraban mientras Else hablaba con la compañía de taxis.

«Pertinaz», fue la palabra que me vino a la cabeza.

—¿Y dónde vives cuando no estás navegando o recorriendo el mundo investigando a músicos fallecidos hace tiempo y a sus esposas? —me preguntó cuando subimos al taxi.

—En Ginebra, en la casa de mi familia.

—Entonces ¿no tienes casa propia?

—Nunca la he necesitado. Siempre estoy viajando.

—He ahí otra cosa que nos diferencia. Mi apartamento de Zúrich es mi refugio. Y tengo que contenerme para no pedirle a la gente que se quite los zapatos antes de entrar o para no ponerles una toallita antibacteriana en las manos cuando vienen a verme.

Recordé que después de tocar el piano se había limpiado discretamente las manos.

—Sé que soy raro —continuó en un tono afable—, de modo que no te avergüences por pensarlo.

—Casi todos los músicos que he conocido son excéntricos. A veces pienso que es un rasgo inherente al artista.

—O «autista», como dice mi psiquiatra. Puede que exista una línea muy fina entre ambas cosas. Mi madre dice que necesito encontrar pareja para enderezarme, pero dudo que haya alguien dispuesto a soportar mis manías. ¿Tienes pareja?

—La… la tenía, pero murió hace unas semanas —dije mirando por la ventanilla del taxi.

—Lo siento mucho, Ally.

—Gracias.

—No sé qué decir.

—No te preocupes, le pasa a todo el mundo —lo tranquilicé.

—¿Por eso has venido a Noruega?

—Supongo que sí.

El taxi redujo la velocidad al adentrarse en el encantador puerto flanqueado de edificios con tejados a dos aguas y fachadas de madera pintadas en blancos, granates, ocres y amarillos. Los colores se tornaron borrosos cuando noté el escozor de las lágrimas en los ojos.

Willem se aclaró la garganta después de un largo silencio.

—No suelo hablar de ello, pero el caso es que tengo experiencia de primera mano en lo que estás pasando. Mi pareja murió hace cinco años, justo después de Navidad. No es un buen recuerdo.

—Lo siento mucho.

Le di una palmadita en el puño apretado y entonces fue él quien desvió la mirada.

—Para mí fue una liberación. La enfermedad de Jack se agravó mucho hacia el final. ¿Y en tu caso?

—Theo tuvo un accidente navegando. Desapareció de un momento para otro.

—No sé qué es peor, la verdad. Yo tuve tiempo de hacerme a la idea, pero también tuve que ver sufrir a la persona que amaba. Creo que aún no lo he superado. Pero perdóname, no pretendía deprimirte más de lo que seguramente ya lo estás.

—No te preocupes. En cierto modo resulta reconfortante saber que otras personas han pasado por lo mismo.

El taxi se detuvo delante de un edificio alto de ladrillo.

—Este es mi hotel. ¿Por qué no entras y preguntas si tienen habitaciones? Dudo que encuentres algo mejor.

—En lo que a vistas se refiere, seguro que no —convine.

Cuando bajé del taxi, vi que el hotel Havnekontoret se alzaba a solo unos metros del borde del muelle, donde había amarrada una preciosa goleta de doble mástil.

—A Theo le habría encantado —musité, agradecida de poder comentar algo así y saber que mi interlocutor me entendería al instante.

—Sí. Permite que te lleve el equipaje.

Le pedí al taxista que aguardara unos minutos mientras entraba en el hotel con Willem y preguntaba la disponibilidad en recepción. Tras reservar una habitación, salí y le dije que podía marcharse.

—Me alegro de que ya tengas dónde alojarte. —Willem esperaba junto a la recepción en actitud tensa—. Parece que mi periodista ya ha llegado. Los detesto, pero qué se le va a hacer. Te veré más tarde.

—De acuerdo —dije, y él echó a andar hacia la mujer que aguardaba en el vestíbulo.

Después de entregar mi tarjeta de crédito y obtener la contraseña de la wifi, subí en ascensor a mi habitación. Se hallaba en el último piso y ofrecía unas vistas del puerto impresionantes. Como empezaba a anochecer, me quité los vaqueros, me puse un pantalón de chándal y una sudadera y encendí el portátil. Mientras se ponía en marcha, pensé en Willem y en el hecho de que, pese a todas sus rarezas, me había caído bien. Entré en mi cuenta de correo electrónico y vi que había otro correo de Magdalena Jensen, la traductora.

De: Magdalenajensen1@trans.no

Para: Allygeneva@gmail.com

Asunto: Grieg, Solveig og Jeg / Grieg, Solveig y yo

1 de septiembre de 2007

Querida Ally:

Te adjunto el resto de la traducción. Te devolveré el libro original mandándolo por correo a la dirección de Ginebra. Espero que disfrutes de la lectura. Es una historia interesante.

Saludos cordiales,

MAGDALENA

Cliqué en «Abrir archivo» y esperé impaciente a que el siguiente bloque de páginas se descargara. Y una vez más, empecé a leer…

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