La hermana tormenta
Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 25
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Anna, kjære, qué alegría tenerte de nuevo con nosotros. —Frøken Olsdatter hizo pasar a la muchacha al apartamento y le cogió la capa—. Con herr Bayer en Drøbak, las cosas han estado demasiado tranquilas por aquí. ¿Lo has pasado bien en el campo?
—De maravilla, gracias, aunque se me ha hecho un poco corto.
Anna siguió al ama de llaves hasta el salón.
—¿Té?
—Sí, gracias.
—Enseguida vuelvo.
Cuando la mujer salió de la habitación, Anna pensó que se alegraba de estar de nuevo en Cristianía disfrutando de las amables atenciones del ama de llaves. «Y aunque me haya vuelto una malcriada, me da igual», se dijo con un suspiro de alivio al recordar que aquella noche dormiría en un colchón cómodo y al día siguiente se despertaría con la bandeja del desayuno en la cama. Por no mencionar el baño caliente…
Frøken Olsdatter interrumpió sus pensamientos al regresar con el té.
—Tengo que darte una noticia —dijo mientras servía el líquido humeante en dos tazas de porcelana y le pasaba una a Anna—. Herr Bayer aún tardará en regresar a Cristianía. Su pobre madre está muy enferma y no puede dejarla sola. Cree que el final está cerca y, como es lógico, quiere estar a su lado. Así que te ha dejado a mi cargo hasta su regreso.
—Siento mucho oír que la madre de herr Bayer esté tan enferma —respondió Anna, si bien no lamentaba en absoluto que la vuelta de herr Bayer se demorara.
—Los ensayos tendrán lugar durante el día, de modo que yo misma te llevaré y te traeré en el tranvía. Después del té deberías revisar tu nuevo guardarropa. Ya han llegado las prendas de invierno que herr Bayer encargó a la modista. En mi opinión, son magníficas. También te ha llegado una carta que te he dejado en la habitación.
Diez minutos después, Anna abrió su armario y lo encontró repleto de preciosas prendas confeccionadas a mano. Había blusas de la seda y la muselina más suaves, faldas de delicada lana y dos vestidos exquisitos: uno de color topacio y otro rosa oscuro. También había dos corsés nuevos, varios pares de bombachos y medias tan finas como una tela de araña.
La idea de que herr Bayer le hubiese encargado aquellas prendas tan íntimas la hizo estremecerse, pero la apartó de su mente diciéndose que seguramente habría sido frøken Olsdatter quien se había ocupado de ello. Sobre un estante descansaban dos pares de zapatos de tacón: uno forrado con la misma seda rosa del vestido y adornado con una hebilla plateada y el otro de color marfil con encaje blanco. Mientras se probaba los zapatos rosas su mirada se posó en una sombrerera. La bajó del estante con sumo cuidado y al abrir la tapa soltó una exclamación. El sombrero, a juego con el vestido rosa, exhibía el arreglo de plumas y cintas más elaborado que había visto en su vida. Se acordó del día en que llegó por primera vez a la estación de tren de Cristianía y de lo mucho que la habían maravillado los sombreros de las señoras. Este, se dijo mientras se lo colocaba delicadamente en la cabeza, no tenía nada que envidiarles. Se paseó por la habitación con su sombrero y sus zapatos nuevos, sintiéndose más adulta y más alta, y pensó con asombro en lo mucho que había cambiado desde su llegada a Cristianía.
Con el sombrero todavía en la cabeza, se sentó y cogió la carta que frøken Olsdatter le había dejado allí. Con un suspiro, vio que era de Lars y la abrió con recelo, temiendo lo que pudiera contener.
Stalsberg Våningshuset
Tindevegen
Heddal
22 de julio de 1876
Querida Anna:
Prometí que te escribiría para proseguir con la breve conversación que mantuvimos la noche de la boda de tu hermano.
A lo largo de los últimos meses se ha hecho obvio que tu vida en Cristianía ha alterado tus esperanzas y proyectos de futuro. Te lo ruego, mi querida Anna, no te sientas culpable por ello. Es totalmente normal que cambien. Tienes mucho talento, y además lo has depositado en manos de gente importante que puede cultivarlo y ofrecérselo al mundo.
Aunque tus padres crean que las cosas apenas han cambiado, yo sé que sí lo han hecho, y mucho. Interpretar a Solveig en el Teatro de Cristianía en otoño es una oportunidad que por fuerza te ha de transformar aún más. Por difícil que me resulte, he de aceptar que la idea de casarte conmigo ya no te parezca atractiva. Si es que alguna vez te lo pareció, algo que dudo.
Sé que tu sentido de la ética y tu corazón bondadoso jamás te habrían permitido expresar tus verdaderos sentimientos. Aparte del dolor que pudieras causarme, no te habrías arriesgado a decepcionar a tus padres. Por lo tanto, tal como acordamos, les diré que he decidido que no puedo seguir esperándote. Tu padre ya me ha comprado las tierras y estoy satisfecho con el acuerdo económico al que hemos llegado. Igual que tú no estás hecha para la casa, yo no estoy hecho para la granja, y ahora que mi padre ha muerto poco me retiene aquí.
Y parece ser que existe otra alternativa.
Anna, debo decirte que he recibido noticias de Scribner, la editorial de Nueva York a la que te dije que había enviado mis poemas. Quieren publicarlos y me han ofrecido un pequeño adelanto. Como bien sabes, siempre he soñado con ir a Estados Unidos. Con el dinero que me ha dado tu padre por la tierra tengo lo justo para comprar el pasaje. Como puedes imaginar, estoy muy ilusionado con el viaje, y el hecho de que vayan a publicar mis poemas es todo un honor. Nada me habría gustado tanto como convertirte en mi esposa y llevarte conmigo para empezar allí una nueva vida. Sin embargo, es un mal momento para ti. Y francamente, Anna, aunque no lo fuera, entiendo que nunca podrías amarme como yo te he amado.
No te guardo rencor y te deseo lo mejor. Curiosamente, el Señor nos ha dado libertad para seguir nuestros respectivos caminos, que ya no podrán estar entrelazados. Aunque ya no vayamos a casarnos, espero que sigas considerándome tu amigo.
Parto hacia América dentro de seis semanas.
LARS
Anna dejó la carta sobre la cama y reflexionó largo rato sobre su contenido, conmovida y alterada a partes iguales.
Estados Unidos. Se reprendió por haber creído que era una quimera de Lars y por no haberlo tomado en serio. Ahora, ahí estaba, con sus poemas a punto de ser publicados y la posibilidad de seguir un día los pasos del propio herr Ibsen.
Por primera vez dejó de ver a Lars como una víctima, como un perro triste necesitado de caricias. Después de haberle vendido a su padre la tierra a modo de dote, él también tenía la oportunidad de escapar de Heddal y perseguir su sueño, justo igual que ella.
Aquello, al menos, la reconfortaba.
¿Se habría ido a América con él si se lo hubiera pedido?
—No.
La respuesta brotó espontáneamente de sus labios. Se recostó en la cama y su nuevo sombrero de seda se cayó hacia delante y le cubrió los ojos.
Apartamento 4
10 St. Olav’s Gate
Cristianía
4 de agosto de 1876
Querido Lars:
Gracias por tu carta. Me alegro mucho de tu buena fortuna. Espero que me escribas desde Estados Unidos. Y por favor, acepta mi gratitud por todo lo que has hecho por mí. Tu ayuda con la lectura y la escritura hizo que mi vida aquí, en Cristianía, fuera posible.
Dales recuerdos a mor y a far de mi parte. Espero que no te echen la caballería encima cuando les digas que la boda se cancela. Es muy generoso por tu parte asumir la culpa.
Espero que en Estados Unidos encuentres una esposa mucho mejor que yo. Y como tú, también deseo seguir siendo tu amiga.
Espero que no te marees en el mar.
ANNA
Mientras le aplicaba el lacre al sobre, Anna acusó el impacto de lo que Lars le había contado en su carta. Ahora que ya solo era su amigo y se marchaba a otro país, se dio cuenta de que lo echaría de menos.
«¿Debería haberme casado con él? —se preguntó tras levantarse y acercarse a la ventana para contemplar la calle—. Era muy bueno y amable. Y probablemente hará fortuna en Estados Unidos, mientras que yo bien podría quedarme soltera toda la vida…»
Más tarde, cuando se dirigía al recibidor para dejar la carta en la bandejita de plata, sintió que, finalmente, el último y frágil hilo que la unía a su antigua vida se rompía.
Los ensayos de Peer Gynt comenzaron tres días después. Los demás actores, muchos de ellos de la primera producción, se mostraron amables y atentos con Anna, pero, si bien aprender una canción y cantarla no representaba ningún problema para la joven, ser actriz le resultaba mucho más complicado de lo que se había imaginado. Unas veces se trasladaba hasta el lugar correcto del escenario pero olvidaba su frase; otras, recordaba ambas cosas pero no lograba que su rostro expresara la emoción debida. Aunque herr Josephson, el director, era muy paciente con ella, para Anna era casi tan difícil como tener que frotarse la barriga y darse palmadas en la cabeza al tiempo que bailaba una polca.
Descorazonada, después del cuarto día de ensayo empezó a preguntarse si algún día conseguiría hacerlo bien. Al salir del teatro, se le escapó un grito cuando notó que una mano la agarraba del brazo.
—Frøken Landvik, veo que ya está de vuelta en Cristianía. ¿Qué tal lo pasó en el campo?
Y allí estaba Jens Halvorsen el Malo. Su cercanía aceleró el corazón de Anna y, aunque el muchacho relajó la mano, no la apartó del todo. La chica notó su calor a través de la manga de la blusa y tragó saliva con dificultad. Cuando se volvió hacia él, le sorprendió ver el cambio que había experimentado. El pelo, antes brillante y ensortijado, le caía lacio alrededor de la cara y llevaba el traje arrugado y roñoso. Tenía pinta de no haberse dado un buen baño desde hacía semanas, y su olfato se lo confirmó.
—Mi carabina me espera fuera —musitó—. Deje que me vaya, por favor.
—De acuerdo, pero antes debo decirle que no he dejado de extrañarla ni un solo día. ¿No cree que ya le he demostrado con creces mi amor y lealtad? Por favor, le ruego que diga que me concederá una cita.
—No pienso decir tal cosa —replicó ella.
—Entonces, nada me impedirá verla aquí, en el teatro, ¿no cree, frøken Landvik? —gritó Jens mientras Anna salía a toda prisa por la puerta y esta se cerraba a su espalda con un fuerte golpe.
Durante la semana siguiente, Jens esperó a Anna todos los días a la salida del teatro, después de los ensayos.
—Herr Halvorsen, esta situación resulta cada vez más irritante —le susurraba ella mientras Halbert, el portero, ocupaba su habitual asiento de primera fila para presenciar el cortejo.
—¡Fantástico! Puede que así transija y me permita por lo menos invitarla a tomar el té.
—Mi carabina estará encantada de acompañarnos. Por favor, comuníquele su petición —le decía ella cuando pasaba a su lado tratando de reprimir una sonrisa.
En realidad, Anna esperaba aquellos encuentros diarios con gran ilusión y había empezado a relajarse un poco, consciente de que ambos estaban disputando el atormentador juego del gato y el ratón. Dado que Lars ya no la «estaba esperando» y que ella se había pasado el verano soñando con Jens, su determinación, pese a todos sus esfuerzos, empezó a flaquear.
El lunes siguiente, después de un largo fin de semana encerrada en el apartamento, frøken Olsdatter anunció que tenía que ir a la otra punta de la ciudad para encargarse de un asunto de herr Bayer y que consideraba a Anna lo bastante responsable para volver a casa sola en el tranvía. Así pues, cuando Anna abandonó el escenario aquel día, supo que había llegado el momento de ceder.
Jens la estaba esperando, como siempre, junto a la puerta de atrás.
—¿Cuándo me dirá que sí, frøken Landvik? —preguntó lastimosamente cuando Anna pasó a su lado—. He de confesar que, pese a mi aguante, su indiferencia está minando lentamente mi determinación.
—¿Hoy? —propuso Anna volviéndose hacia él con brusquedad.
—Eh… sí… por supuesto.
Anna observó su desconcierto con satisfacción.
—Iremos al Engebret Café —dijo él—. Está aquí mismo, al otro lado de la plaza.
Anna había oído hablar del Engebret y, de hecho, le parecía un lugar muy atrayente.
—¿Y si nos ve alguien? Considerarán poco decoroso que acuda sin carabina.
—Lo dudo mucho —rio Jens—. El Engebret lo frecuentan sobre todo bohemios y músicos borrachos que ni siquiera pestañearían aunque bailara desnuda sobre una mesa. Nadie se fijará en nosotros, se lo prometo. Vamos, frøken Landvik, estamos perdiendo un tiempo precioso.
—Está bien.
Anna notó un hormigueo en el estómago.
Salieron del teatro en silencio y cruzaron la plaza hasta el café, donde ella señaló una mesa en el rincón más oscuro y tranquilo. Jens pidió té para dos.
—¿Y qué tal tu verano, Anna?
—Mucho mejor que el suyo a juzgar por su aspecto. Parece… enfermo.
—Bueno, gracias por expresarlo de una manera tan… delicada —rio Jens ante su franqueza—. No estoy enfermo, solo es que soy pobre y necesito ropa limpia y un baño como es debido. Simen, que también toca en la orquesta, dice que me he convertido en un músico auténtico. Tuvo la amabilidad de proporcionarme un techo cuando tuve que dejar mi casa.
—¡Dios mío! ¿Por qué?
—Porque mi padre desaprueba mis aspiraciones musicales. Quiere que siga sus pasos y dirija la fábrica de cerveza como han hecho mis antepasados.
Anna lo miró con renovada admiración. Debía de ser muy valiente, pensó, para abandonar a su familia y su cómoda vida por el bien del arte.
—Aun así —continuó Jens—, ahora que ha empezado la temporada en el teatro y finalmente estoy ganando dinero, me mudaré a un lugar mejor. Otto, el oboe, me dijo ayer que me alquilará una habitación en su apartamento. Su esposa ha muerto hace poco, y como era una mujer bastante rica, espero encontrar un entorno más salubre. Ese apartamento se encuentra a solo cinco minutos de tu casa, Anna. Seremos prácticamente vecinos. Podrás venir a tomar el té.
—Me alegra saber que estará más cómodo —dijo ella con timidez.
—¡Y mientras yo caigo en el arroyo, tu estrella no para de ascender! Puede que un día te conviertas en la rica benefactora que todo músico necesita —bromeó Jens cuando llegó el té—. Mírate, con esa ropa elegante y ese sombrero de París. Últimamente pareces una dama acaudalada.
—Puede que mi estrella caiga con la misma rapidez con que ha subido. Soy una actriz pésima y no me extrañaría que perdiera mi trabajo muy pronto —confesó de repente Anna, agradecida de poder desahogarse con alguien.
—Eso no es cierto. Cuando la orquesta se reunió ayer para su primera intervención, oí a herr Josephson decirle a Hennum que aprendías deprisa.
—Usted no lo entiende, herr Halvorsen. A mí nunca me ha preocupado plantarme delante del público y cantar, pero declamar y representar un personaje es algo muy diferente. Creo que incluso tengo pánico escénico —dijo Anna mientras toqueteaba distraídamente el asa de su taza—. No sé de dónde voy a sacar el valor para salir al escenario la noche del estreno.
—Anna… ¿qué te parece si yo te llamo Anna y tú me llamas Jens? Creo que ya nos conocemos lo bastante para tutearnos.
—Me parece bien. Pero solo en privado.
—Gracias. Como te decía, Anna, estoy seguro de que estarás tan bella y cantarás tan bien que nadie reparará en lo que dices.
—Le… te agradezco tus palabras, Jens, pero no puedo dormir por las noches. No quiero defraudar a nadie.
—Y estoy seguro de que no lo harás. Y ahora, dime, ¿cómo está tu prometido?
—Se marcha a Estados Unidos. Sin mí —contestó Anna con cautela y desviando la mirada—. Ya no estamos prometidos.
—Lo lamento, aunque debo confesar que acabas de darme una alegría. No he dejado de pensar en ti desde la última vez que nos vimos. Eres lo único que me ha ayudado a mantenerme en pie durante este difícil verano. Y estoy perdidamente enamorado de ti.
Anna lo miró fijamente a los ojos antes de contestar:
—¿Cómo es posible? Apenas me conoces. Nunca hemos conversado más de dos minutos seguidos. A las personas se las ama por su manera de ser. Y para eso hay que conocerlas bien.
—Te conozco bastante mejor de lo que crees. Por ejemplo, sé que eres modesta por lo mucho que te ruborizaste cuando la gente te aplaudió tras tu éxito en el recital que diste en casa de herr Bayer. Sé que eres poco vanidosa por la ausencia de maquillaje en tu rostro. También sé que eres una persona virtuosa y leal, con elevados principios morales, hecho que me ha dificultado sobremanera la tarea de cortejarte. Y eso también me lleva a pensar que, una vez que has tomado una decisión, eres terca como una mula, pues, según mi experiencia, son muy pocas las mujeres que no echarían por lo menos un ojeada rápida a la carta de un pretendiente antes de arrojarla al fuego, aunque estuvieran firmemente convencidas de que su efusivo acoso era inapropiado.
Anna se esforzó por no mostrar sorpresa ante su perspicacia.
—Pero hay muchas cosas —repuso tragando saliva— que no sabes. Por ejemplo, que mi torpeza con las labores domésticas desespera a mi madre. Soy una cocinera terrible y no sé coser. Mi padre dice que se me da mejor cuidar a los animales que a las personas.
—En ese caso, nos alimentaremos de amor y compraremos un gato —respondió él con una sonrisa.
—Lo siento, pero debo coger el tranvía y volver a casa. —Anna se puso en pie, sacó unas monedas de su bolso y las dejó sobre la mesa—. Por favor, permíteme pagar el té. Adiós, Jens.
—Anna. —Él le cogió la mano cuando se dio la vuelta para marcharse—. ¿Cuándo volveré a verte?
—Sabes perfectamente que estoy en el teatro todos los días entre las diez y las cuatro.
—Entonces te esperaré mañana a las cuatro —dijo Jens mientras la muchacha se dirigía hacia la puerta con paso presto.
Cuando Anna se hubo marchado, Jens contempló las monedas y vio que había suficiente para pagar el té y costearse un cuenco de sopa con un vaso de aquavit.
Una vez a salvo en el tranvía, Anna cerró los ojos y sonrió. Había sido maravilloso estar a solas con Jens Halvorsen. Ya fuera por sus nuevas circunstancias o simplemente por la perseverancia de su cortejo, el caso es que ya no le parecía un gallito orgulloso y ufano.
—Señor —rogó aquella noche—, perdóname si digo que creo que Jens Halvorsen el Malo ya no es tan malo. Ha pasado por una dura prueba y ha cambiado su actitud. Ya sabes que he hecho todo lo posible por no ceder a la tentación, pero —Anna se mordió el labio— puede que ahora lo haga. Amén.
Durante las semanas anteriores al estreno, Anna y Jens se vieron todos los días después del ensayo. Temiendo los rumores que pudieran correr por el teatro, Anna le propuso que la esperara dentro del Engebret. El café estaba tranquilo a aquella hora de la tarde, y poco a poco la joven empezó a relajarse y a preocuparse menos por mantener las apariencias. Un día en que Jens le buscó la mano por debajo de la mesa, la muchacha permitió que se la cogiera, y desde entonces se sentaban el uno junto al otro la mayoría de los días, con los dedos discretamente entrelazados. Resultaba difícil servir el té y la leche con una sola mano, pero merecía la pena cada segundo.
Jens había recuperado su antiguo aspecto. Se había mudado al apartamento de Otto y, tal como le explicó con todo lujo de detalles, había disfrutado de un exhaustivo despioje. En el apartamento, además, había una doncella que le lavaba la ropa, y Anna se alegraba de que oliera mucho mejor.
Pero, más allá de todo aquello, era el recuerdo del contacto de la piel de Jens sobre la suya —una caricia en apariencia inocente pero que prometía mucho más— lo que consumía los pensamientos de Anna día y noche. Por fin comprendía cómo se sentía Solveig y por qué había sacrificado tanto por su Peer.
Muchas veces ignoraban el té y se limitaban a empaparse el uno del otro en silencio. Aunque Anna se decía que debía ser cauta, sabía que finalmente se había rendido a él. Y que cada vez caía en su hechizo con más fuerza.