La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 26

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Tres días antes de que se inaugurara la nueva temporada de Peer Gynt en el Teatro de Cristianía, se retomó el arduo proceso de aunar orquesta y actores. En aquella ocasión, Anna no compartía el camerino de Rude y los demás niños, sino que ocupaba el antiguo tocador de madame Hansson, con toda una pared de espejos y un diván de terciopelo donde tumbarse cuando estaba cansada.

—¿A que es bonito, Anna? —había comentado Rude mirando a su alrededor—. Parece que algunos de nosotros hemos medrado en los últimos meses. ¿Le importa que venga de vez en cuando a hacerle compañía? ¿O ahora es demasiado famosa para relacionarse con alguien como yo?

Anna le había cogido la cara entre las manos mientras reía.

—Puede que no tenga tiempo para jugar a las cartas, pero puedes venir a verme cuando quieras.

La noche del estreno, Anna entró en el camerino y lo encontró lleno de ramos de flores y de notas de buena suerte. Había incluso una de sus padres y de Knut, con una carta en la que, con toda probabilidad, se haría referencia a la ruptura de su compromiso con Lars. La dejó a un lado para leerla más tarde. Mientras Ingeborgla la maquillaba, leyó las demás tarjetas, conmovida por las amables palabras que la gente le había dedicado. Hubo una en particular, acompañada de una única rosa roja, que hizo que se estremeciera.

Esta noche estaré ahí, viéndote alcanzar las estrellas. Y sentiré cada latido de tu corazón.

Canta, mi bello pájaro. ¡Canta!

J.

Cuando Anna escuchó el timbre que anunciaba el comienzo de la obra, lanzó una plegaria al cielo: «Por favor, Señor, no permitas que desprestigie mi nombre o el de mi familia esta noche. Amén». Luego se levantó y puso rumbo a bastidores.

Aquella noche hubo momentos que Anna supo que permanecerían grabados para siempre en su memoria. Como el terrible instante en que, durante el segundo acto, salió al escenario y se quedó en blanco. Había mirado horrorizada hacia el foso de la orquesta y había visto a Jens articular las palabras con los labios. Anna confiaba en haberse repuesto antes de que el público lo notara, pero ya había estado nerviosa durante el resto de la representación. Solo durante «Canción de cuna», justo al final, cuando la cabeza de Peer descansaba sobre sus rodillas y estaban solos en el escenario, había recuperado la confianza en sí misma y había dado rienda suelta a su voz y sus emociones.

Después de que se apagara la última nota, hubo numerosos saludos, y ella y Marie, la actriz que interpretaba a Åse, la madre de Peer, recibieron sendos ramos de flores. Cuando por fin cayó el telón, Anna abandonó el escenario y rompió a llorar sobre el hombro de herr Josephson.

—Te lo ruego, querida, no llores —la tranquilizó el director.

—¡He estado horrible! ¡Sé que he estado horrible!

—En absoluto, Anna. ¿No ves que tu inseguridad natural ha realzado la vulnerabilidad de Solveig? Al final el público estaba… bueno, cautivado. Podría decirse que este papel está escrito para ti, y estoy seguro de que si herr Ibsen y herr Grieg te hubieran visto, se habrían sentido satisfechos. Además, has cantado como los ángeles, como siempre. Y ahora —le secó una lágrima de la mejilla— vamos a celebrar tu éxito.

Anna se encontró su camerino abarrotado de gente que deseaba felicitarla. Todos querían presenciar la coronación de una nueva princesa nacida y criada en las entrañas del país, y Anna se aseguró de dedicarle a cada uno las palabras adecuadas. Al cabo de un rato, herr Hennum entró y echó a todo el mundo.

—Ha sido un placer dirigir la orquesta esta noche y verte debutar en los escenarios, Anna. Y no, no has estado perfecta como actriz, pero eso es algo que aprenderás a medida que aumente tu confianza, te lo prometo. Por favor, trata de disfrutar de los elogios de la gente de Cristianía, porque son bien merecidos. Herr Josephson te recogerá dentro de quince minutos para acompañarte a la fiesta que daremos en el vestíbulo.

Y con una inclinación de la cabeza, Hennum se marchó y la dejó sola.

Mientras Anna se cambiaba, un golpecito en la puerta le anunció la llegada de Rude.

—Lo siento, frøken Anna, pero me han pedido que le entregue una nota. —Se la tendió con una sonrisa descarada—. Esta noche está preciosa, si me permite decirlo. ¿Puede preguntarle a mi madre si puedo ir a la fiesta? Quizá me deje si se lo pide usted.

—Sabes que no puedo, Rude, pero, ya que estás aquí, ¿puedes abrocharme el vestido?

Cuando Anna salió al vestíbulo acompañada por herr Josephson, fue recibida con una gran ovación. Jens la observaba desde lejos y se repitió que nunca la había amado tanto, tal como le había dicho en la nota que le había entregado Rude. Mientras la veía sonreír y charlar con la gente, pensó en lo alto que había volado su pájaro desde la primera vez que lo oyó cantar.

Pero el corazón le dio un vuelco cuando vio que una figura familiar se acercaba a Anna, con el enorme mostacho casi erizado de dicha, mientras la gente se apartaba para dejarlo pasar.

—¡Anna! Mi querida señorita, ni la enfermedad de mi madre me habría impedido estar presente esta noche gloriosa. Has estado soberbia, kjære, realmente soberbia.

Jens observó que el semblante de Anna se ensombrecía ligeramente. Luego la vio reponerse y saludar a herr Bayer con afecto. Abatido por no poder transmitirle a Anna lo orgulloso que estaba de ella debido a la aparición de su mentor, decidió marcharse.

Aunque Anna no se diera cuenta, pensó Jens en el Engebret mientras ahogaba sus penas en aquavit, él sí era perfectamente consciente de lo que estaba pasando. Puede que la joven se hubiera librado de su pretendiente del campo, pero a todo el mundo le resultaba evidente que herr Bayer estaba enamorado de ella. Y aquel hombre podía darle todo lo que deseara. Hacía unos cuantos meses, se dijo Jens, él habría podido hacer lo mismo.

Por primera vez, se preguntó si no habría cometido un tremendo error.

«Puede que frøken Landvik no aporte la seguridad y la experiencia de madame Hansson al papel de Solveig, pero lo compensa con su inocencia, su juventud y su exquisita interpretación de las canciones de Solveig.»

—Y en la primera edición del Dagbladet el crítico menciona de nuevo tu belleza, tu juventud y el…

Anna había dejado de prestar atención a herr Bayer. Se alegraba de haber salido airosa de la noche del estreno, pero ni siquiera era capaz de plantearse la idea de volver a pasar por ello al día siguiente.

—Lamentablemente, Anna, solo puedo quedarme en Cristianía hasta mañana por la mañana, pues he de tomar el ferry para volver junto a mi madre lo antes posible —dijo herr Bayer tras cerrar el periódico.

—¿Cómo está?

—Ni mejor ni peor —suspiró el profesor—. Mi madre siempre ha tenido un espíritu inquebrantable y eso es lo único que la mantiene viva. No puedo hacer nada salvo estar con ella mientras se acerca el final. Pero no hablemos más de eso. Esta noche, Anna, quiero que compartamos una cena especial y me cuentes todo lo que ha ocurrido desde la última vez que te vi.

—Claro, será un placer, pero ahora mismo me siento un poco cansada. Si esta noche vamos a cenar juntos, ¿puedo retirarme a descansar un rato?

—Por supuesto, mi querida señorita. Y felicidades otra vez.

Franz Bayer observó a Anna salir de la estancia y pensó, maravillado, en lo mucho que había cambiado en un año. Y en especial desde la última vez que la había visto. Siempre había sido un capullo a punto de abrirse, pero ya había florecido del todo. Era hermosa y, bajo su tutela, había adquirido una nueva elegancia y sofisticación.

A pesar de que acababa de quejarse de cansancio, Anna parecía desprender un nuevo brillo que herr Bayer no alcanzaba a definir. Confiaba en que no tuviera nada que ver con aquel violinista que la había dejado tan visiblemente prendada en la velada de junio. La noche anterior, herr Josephson le había comentado en broma que era un alivio que él, Franz, hubiera vuelto, pues su protegida había sido vista en más de una ocasión tomando el té con dicho sujeto en el Engebret.

Hasta entonces, herr Bayer había estado aguardando el momento oportuno, pues no deseaba asustar a Anna. Pero, después de lo que herr Josephson le había dicho, decidió que lo mejor sería dejar claras sus intenciones.

—Mi querida señorita, esta noche estás radiante —exclamó herr Bayer cuando Anna entró en el comedor con su vestido de color topacio.

Por muy bella que la gente le dijera que estaba —«sobre todo los hombres», pensó Anna con sarcasmo—, si la vieran sin los mágicos polvos para la cara, sus pecas saldrían a la luz una vez más y probablemente la encontrarían de lo más corriente.

Para corresponder al comentario galante de herr Bayer, lo único que se le ocurrió a la muchacha fue alabarle el nuevo pañuelo de estampado de cachemir, confiando en que el hombre no detectara la falta de sinceridad de su voz.

—¿Cómo encontraste a tu familia cuando fuiste a verla este verano? —preguntó el profesor.

—Están todos bien, gracias. Y la boda fue preciosa.

—Frøken Olsdatter me ha contado que, lamentablemente, tú y tu prometido habéis roto el compromiso.

—Sí. Lars decidió que no podía seguir esperándome.

—¿Y estás triste?

—Creo que es lo mejor para los dos —respondió con diplomacia antes de llevarse un trozo de pescado a la boca. Estaba deseando acostarse y soñar con Jens.

Después de tomar café en el salón, frøken Olsdatter le llevó una botella de brandy a herr Bayer y, para consternación de Anna, también una cubitera con una botella de champán. Era demasiado tarde para beber alcohol y enseguida se preguntó si herr Bayer esperaba invitados.

—Cierre la puerta cuando salga —dijo el profesor, y frøken Olsdatter obedeció—. Y ahora, mi querida señorita, tengo algo que decirte. —Se aclaró la garganta—. Habrás advertido que mi afecto por ti ha ido creciendo desde que viniste a vivir aquí, y confío en que sepas apreciar los esfuerzos que he hecho para guiarte en tu carrera.

—Desde luego, herr Bayer. Nunca podré agradecérselo lo suficiente.

—Dejemos a un lado las formalidades. Por favor, Anna, llámame Franz. A estas alturas ya me conoces lo suficiente…

Herr Bayer se interrumpió. Era la primera vez que Anna lo veía quedarse sin palabras desde que lo conocía. Finalmente, el profesor se repuso y continuó:

—Verás, Anna, si he hecho todo esto no ha sido solo para cultivar tu talento, sino porque… porque estoy enamorado de ti. Evidentemente, como soy un caballero, no podía decírtelo mientras estuvieras prometida a otro hombre, pero ahora que estás libre, en fin… Me he dado cuenta de la profundidad de mis sentimientos hacia ti este verano, mientras hemos estado separados. Y sé que debo abandonarte de nuevo para volver junto al lecho de mi madre ignorando cuánto tiempo estaré ausente. Así pues, he pensado que es preferible que te comunique mis intenciones ahora. —Hizo una breve pausa y respiró hondo—. Anna, ¿me harías el honor de casarte conmigo?

La joven lo miró en silencio, incapaz de impedir que el espanto se reflejara en su cara. El profesor reparó enseguida en la expresión de la muchacha y carraspeó de nuevo.

—Comprendo que mi proposición te haya sorprendido, pero ¿te das cuenta de lo lejos que podríamos llegar juntos? Te he ayudado mucho en tu carrera hasta el momento y ya has tocado el cielo aquí, en Cristianía. Pero Noruega es un país pequeño, demasiado pequeño para tu talento. Ya he escrito a varios directores de orquesta y a comités de programación de Dinamarca, Alemania y París para hablarles de tu don. Y es indudable que, después de la función de anoche, oirán hablar de ti. Si nos casáramos podría viajar contigo a Europa cuando actúes en las salas de concierto más importantes. Podría protegerte, cuidarte… He esperado muchos años para encontrar un talento como el tuyo. Y, obviamente —se apresuró a añadir—, también me has robado el corazón.

—Entiendo. —Anna tragó saliva con dificultad, pues sabía que debía decir algo.

—Supongo que tú también me aprecias.

—Sí, y le estoy… agradecida.

—Creo que formamos una buena pareja tanto dentro como fuera de los escenarios. Al fin y al cabo, has vivido bajo mi techo durante casi un año y conoces todas mis manías —rio—. Y espero que también algunas de mis virtudes. Nuestro matrimonio, por tanto, no sería un salto tan grande como imaginas, porque muchas cosas de nuestra vida seguirían igual.

Anna se estremeció por dentro, pues sabía en qué aspectos esperaría herr Bayer que su relación fuera diferente.

—No dices nada, mi querida Anna. Veo que te he sorprendido. Mientras que yo concebía esto como la evolución natural de nuestra relación, tú, probablemente, ni siquiera te lo habías planteado.

«En eso tiene toda la razón», pensó Anna.

—No —dijo en alto.

—Quizá el champán haya sido un gesto un tanto presuntuoso por mi parte. Ahora comprendo que debo darte algo de tiempo para considerar mi oferta. ¿Lo meditarás, Anna?

—Por supuesto, herr Bayer… Franz. Tu proposición me halaga —acertó a farfullar.

—Estaré fuera al menos dos semanas, puede que más. Eso te dará tiempo para reflexionar. Solo espero y suplico que tu respuesta sea afirmativa. Tenerte en mi casa me ha hecho comprender lo solo que he estado desde que falleció mi esposa.

Herr Bayer parecía tan triste que Anna sintió deseos de consolarlo, igual que habría deseado consolar a su padre. Descartó la idea y, tras decidir que no había nada más que decir, se levantó.

—Meditaré detenidamente tu proposición. Tendrás una respuesta a tu vuelta. Buenas noches… Franz.

La joven tuvo que hacer un esfuerzo para no huir del salón a la carrera, pero en cuanto llegó al pasillo apretó el paso. Ya en su habitación, cerró la puerta y echó la llave. Se dejó caer pesadamente sobre la cama y enterró la cabeza entre las manos, todavía sin poder dar crédito a lo que acababa de suceder. Se devanó los sesos pensando en qué podía haber hecho para que herr Bayer la creyera dispuesta a casarse con él. Estaba segura de que su comportamiento había sido intachable en todo momento. No recordaba haber coqueteado con él ni haberle hecho «ojitos», como lo llamaban las chicas del coro de Peer Gynt, ni una sola vez.

Sin embargo, reconoció, sus padres habían accedido a que Anna viviera bajo su techo y a que herr Bayer la alimentara, la vistiera y le proporcionara oportunidades con las que ni siquiera habría podido soñar. Por no mencionar el dinero que el profesor le había entregado a su padre. ¿Por qué no debería el hombre dar por sentado, después de todo lo que había hecho por ella, que la recompensa por sus esfuerzos sería una unión permanente?

—Dios mío, no puedo ni imaginármelo… —gimió.

Las posibles repercusiones de la proposición de herr Bayer eran enormes. Si Anna la rechazaba, sabía que no podría seguir viviendo bajo su techo. Y entonces ¿adónde iría?

En aquel momento comprendió lo mucho que dependía de él. Y que eran muchas las jóvenes, y puede que hasta las mujeres mayores como frøken Olsdatter, que estarían encantadas de convertirse en su esposa. Herr Bayer era rico, culto y frecuentaba los círculos de la alta sociedad de Cristianía. También era amable y respetuoso. Pero casi le triplicaba la edad.

Además, Anna no había olvidado la promesa que se había hecho a sí misma. Ella no amaba a herr Bayer. Amaba a Jens Halvorsen.

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