La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 27

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Después de la representación de la noche siguiente, que a Anna se le antojó insulsa y desapasionada en comparación con el estreno, encontró a Jens esperándola en la puerta.

—¿Qué haces aquí? —siseó. Vio que el coche de caballos la estaba esperando y caminó presurosa hacia él—. Podrían vernos.

—No temas, Anna, no pretendo comprometer tu reputación. Solo quería decirte en persona que estuviste maravillosa en el estreno. Y preguntarte si te sucede algo.

Anna se detuvo en seco y se volvió hacia el joven.

—¿Por qué lo preguntas?

—Esta noche te he notado rara. Nadie más se ha dado cuenta, te lo prometo. Has estado fantástica.

—¿Cómo has podido saber lo que estaba sintiendo? —preguntó ella mientras unas lágrimas de alivio brotaban de sus ojos.

—Entonces tengo razón —dijo él cuando llegaron al coche y el conductor abrió la puerta—. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?

—No… no lo sé… Ahora debo irme a casa.

—De acuerdo, pero deberíamos hablar a solas, por favor —insistió Jens bajando la voz para que el cochero no pudiera oírlo—. Por lo menos toma mi dirección. —Deslizó un papel en la mano menuda de Anna—. Otto, mi casero, irá mañana a casa de uno de sus alumnos. Estaré solo en el apartamento de cuatro a cinco.

—No te prometo nada —musitó ella antes de darle la espalda y subir al coche.

El cochero cerró la portezuela y Anna se derrumbó en el asiento del interior. Jens le dijo adiós con la mano y ella estiró el cuello para verlo a través de la ventanilla mientras cruzaba la calle en dirección al Engebret. Cuando el coche se puso en marcha, la joven se recostó en el asiento con el corazón desbocado. Sabía perfectamente que visitar a un hombre solo en su apartamento era de lo más inapropiado, pero también sabía que tenía que hablar con alguien de lo que había ocurrido con herr Bayer la noche previa.

—Esta tarde iré al teatro a las cuatro —le anunció Anna a frøken Olsdatter al día siguiente durante el desayuno—. Herr Josephson ha programado un ensayo porque no está satisfecho con una escena del segundo acto.

—¿Estarás de vuelta para la cena?

—Espero que sí. No creo que dure más de dos horas.

Quizá fuera su imaginación, pero Anna tuvo la impresión de que frøken Olsdatter la miraba como lo hacía su madre cuando sabía que su hija estaba mintiendo.

—Muy bien. ¿Quieres que mande un coche a recogerte?

—No, el tranvía todavía funcionará y puedo volver a casa sola sin problemas.

Anna se levantó y abandonó la mesa del desayuno lo más calmadamente que pudo.

Cuando aquella tarde salió del apartamento, distaba mucho de estar calmada.

Ya en el tranvía, el corazón le latía con tanta fuerza que le extrañaba que su vecino no pudiera oírlo. Se bajó en la siguiente parada y caminó presurosa hacia la dirección que Jens le había entregado. Trató de justificar su comportamiento diciéndose que era su único amigo en Cristianía y la única persona en la que podía confiar.

—Has venido —dijo él con una sonrisa cuando abrió la puerta del apartamento—. Entra, por favor.

—Gracias. —Anna lo siguió por un pasillo hasta un salón elegante y espacioso, no muy diferente del de herr Bayer.

—¿Te apetece una taza de té? Aunque te advierto que he de prepararlo yo, porque la doncella se ha marchado a las tres.

—No, gracias. He tomado un té antes de salir y el trayecto hasta aquí no es largo.

—Siéntate, por favor.

Jens señaló una butaca.

—Gracias. —Anna se alegró de que la butaca se hallara cerca de la estufa, pues estaba tiritando de frío y nervios. Jens tomó asiento frente a ella—. Es un apartamento muy acogedor —añadió.

—Si hubieras visto dónde vivía antes… —Jens meneó la cabeza y rio—. Solo te diré que estoy muy contento de haber encontrado otro alojamiento. Pero no perdamos el tiempo hablando de trivialidades. Anna, ¿qué te ocurre? ¿Te sientes con ánimos de hablar de ello?

—¡Señor! —Anna se llevó una mano a la frente—. Es… complicado.

—Los problemas suelen serlo.

—El problema es que herr Bayer me ha propuesto matrimonio.

—Entiendo. —Jens asintió con aparente serenidad, pero había cerrado los puños con fuerza—. ¿Y qué le has respondido?

—Herr Bayer se marchó a Drøbak ayer por la mañana temprano. Su madre se está muriendo y quiere estar a su lado. Debo darle una respuesta a su vuelta.

—¿Y cuándo será eso?

—Cuando su madre muera, supongo.

—Contéstame con sinceridad: ¿cómo te sentiste cuando te lo propuso?

—Horrorizada. Y también culpable. Has de entender que herr Bayer ha sido muy bueno conmigo. Me ha dado mucho.

—Anna, es tu talento lo que te ha dado todo lo que ahora tienes.

—Sí, pero él me ha educado y me ha ofrecido oportunidades que jamás habría podido imaginar cuando vivía en Heddal.

—Entonces estáis en paz.

—Yo no lo siento así —insistió ella—. Y cuando lo rechace, ¿adónde iré?

—¿Estás diciendo que quieres rechazarlo?

—¡Naturalmente! ¡Sería como casarme con mi abuelo! Debe de tener más de cincuenta años. Pero tendré que dejar el apartamento y seguro que me ganaré un enemigo.

—Yo tengo muchos enemigos, Anna —suspiró Jens—. Vale, reconozco que la mayoría me los he buscado. Pero herr Bayer tiene menos poder en Cristianía de lo que tú y él creéis.

—Tal vez, pero ¿adónde iré, Jens?

Se hizo un silencio mientras los dos reflexionaban sobre lo que acababan de decir. Y sobre lo que quedaba sin decir. Jens fue el primero en romperlo.

—Anna, me resulta muy difícil opinar sobre tu futuro. Antes del verano, podría haberte ofrecido lo mismo que herr Bayer, y admito que por ser mujer la vida tiene para ti más limitaciones. Sin embargo, no debes olvidar que te has hecho famosa por méritos propios: eres la actual estrella del firmamento de Cristianía. Necesitas a herr Bayer menos de lo que imaginas.

—Supongo que no sabré cuánto lo necesito hasta que haya tomado la decisión, ¿no?

—Exacto. —El pragmatismo de Anna le arrancó una sonrisa—. Ya sabes lo que siento por ti, Anna, pero aunque mi corazón desea ofrecértelo todo, no tengo ni idea de cuál será mi situación económica en el futuro. No obstante, debes creerme cuando te digo que sería el hombre más desdichado de Cristianía si te casaras con herr Bayer. Y no solo por razones egoístas, sino también por ti, porque sé que no lo quieres.

Anna cayó entonces en la cuenta de lo desagradable que debía de resultarle todo aquello a Jens, quien, a diferencia de ella, ya le había confesado su amor. Aturdida, se levantó para marcharse.

—Perdóname, Jens, no debería haber venido. Es del todo… —buscó la palabra que habría utilizado herr Bayer— indecoroso.

—Reconozco que es duro para mí escuchar que otro hombre te ha dicho que te ama. Aunque la mayor parte de Cristianía aplaudiría que aceptaras su proposición de matrimonio.

—Lo sé. —Anna desvió la mirada y se encaminó hacia la puerta—. Lo siento mucho, pero realmente debo irme.

Abrió la puerta, pero notó que la mano de Jens envolvía la suya y la instaba a retroceder.

—Por favor, independientemente de las circunstancias, no desperdiciemos este valioso momento que tenemos para estar a solas por una vez. —Se acercó un poco más y tomó el rostro de Anna entre sus manos—. Te quiero, Anna, y no me cansaré de decirlo. Te quiero.

Y fue entonces cuando ella lo creyó por primera vez. Estaban tan cerca el uno del otro que podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Jens.

—Quizá también sea importante para tu decisión reconocer ante ti misma, y ante mí, por qué has venido —continuó—. Admítelo, Anna: tú me quieres, me quieres…

Antes de que pudiera impedírselo, Jens comenzó a besarla. Y Anna descubrió que sus labios respondían de inmediato y sin su permiso. Sabía que aquello estaba muy mal, pero ya era tarde, pues la sensación era tan maravillosa y tan deseada que no se le ocurría ni una sola razón para interrumpirla.

—¿Vas a decírmelo, entonces? —le suplicó él cuando se preparaba para irse.

Anna se volvió hacia el.

—Sí, Jens Halvorsen, te quiero.

Una hora después, Anna utilizó su llave para abrir la puerta del apartamento de herr Bayer. Como la actriz que estaba aprendiendo a ser, estaba preparada cuando frøken Olsdatter la abordó camino de su habitación.

—¿Cómo ha ido el ensayo, Anna?

—Muy bien, gracias.

—¿A qué hora te gustaría cenar?

—Esta noche me gustaría cenar en mi habitación, si no es mucha molestia. Estoy exhausta después de la función de anoche y el ensayo de hoy.

—En absoluto. ¿Quieres que te llene la bañera?

—Sería maravilloso, gracias.

Anna entró en su dormitorio y cerró la puerta tras ella con un suspiro de alivio. Se arrojó sobre la cama y se rodeó el torso con los brazos, extasiada por el recuerdo de los labios de Jens sobre los suyos. Y entonces supo que, fueran cuales fuesen las consecuencias, debía rechazar la proposición de herr Bayer.

La noche siguiente, un nuevo rumor empezó a circular por el teatro.

—He oído que va a venir.

—No. Ha perdido el tren en Bergen.

—Pues alguien ha oído a herr Josephson hablar con herr Hennum, y esta tarde han convocado más pronto a la orquesta…

Anna sabía que solo una persona podía confirmarle el rumor, de modo que la mandó llamar. Rude entró en su camerino minutos después.

—¿Quería verme, frøken Anna?

—Sí. ¿Es cierta esa historia que ronda esta noche por el teatro?

—¿Que herr Grieg asistirá a la representación?

—Sí.

—Bueno —Rude cruzó los brazos sobre su cuerpo delgaducho—, eso depende de quién lo diga.

Con un suspiro, Anna le plantó una moneda en la palma de la mano y el muchacho esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

—Puedo asegurarle que herr Grieg está con herr Hennum y herr Josephson en el despacho de arriba. No puedo confirmarle si asistirá o no a la representación, pero dado que está aquí, es probable que lo haga.

—Gracias por la información, Rude —dijo Anna cuando el muchacho se dirigía a la puerta.

—No hay de qué, frøken Anna. Buena suerte esta noche.

Cuando se anunció que la representación estaba a punto de comenzar y los actores ocuparon su lugar entre bastidores, los clamorosos aplausos que se alzaron al otro lado del telón le confirmaron que, efectivamente, una persona muy importante acababa de entrar en el auditorio. Por fortuna, Anna no tuvo mucho tiempo de pensar en las consecuencias, porque en aquel momento la orquesta arrancó con el «Preludio» y la función comenzó.

Antes de hacer su primera entrada, notó que una mano le tiraba del brazo. Se volvió y vio a Rude a su lado. El muchacho se rodeó la boca con las manos para susurrarle algo al oído y ella se agachó.

—Recuerde, frøken Anna, lo que siempre me dice mi madre: que hasta el rey tiene que mear.

Anna soltó una risita que todavía se apreciaba en sus facciones cuando salió a escena. Con la dulce presencia de Jens en el foso de la orquesta, se relajó y dio lo mejor de sí misma. Cuando el telón cayó tres horas después, todo el teatro estalló en aplausos histéricos cuando el propio Grieg saludó desde su palco. Anna sonrió a Jens desde el escenario mientras recibía un ramo detrás de otro.

—Te quiero —le dijo él con los labios.

Cuando el telón bajó definitivamente, les pidieron a los actores que aguardaran en el escenario y la orquesta subió desde el foso para unirse a ellos. Anna se volvió hacia Jens y él le lanzó un beso.

Finalmente, un hombre delgado, no mucho más alto que ella, subió al escenario acompañado de herr Josephson. La compañía lo recibió con un aplauso sonoro y Anna se percató de que Edvard Grieg era mucho más joven de lo que pensaba. Tenía el pelo rubio y ondulado peinado hacia atrás y un bigote que nada tenía que envidiar al de herr Bayer. Para gran sorpresa de la muchacha, el compositor fue directo a ella, la saludó con una inclinación de la cabeza y le besó la mano.

—Frøken Landvik, su voz era lo máximo a lo que podía aspirar cuando compuse los lamentos de Solveig.

Después se dio la vuelta para dirigirse a Henrik Klausen, el actor que interpretaba nuevamente a Peer, y al resto de los miembros principales del elenco.

—Creo que les debo una disculpa a todos los actores y músicos por mi ausencia hasta hoy en este teatro. Ciertas… —Guardó silencio un instante, como si necesitara hacer acopio de fuerzas para poder proseguir—. Ciertas circunstancias me han mantenido alejado de Cristianía. Lo único que puedo hacer es expresar mi más sincero agradecimiento a herr Josephson y herr Hennum por crear una producción de la que me enorgullece haber formado parte. Permítanme felicitar a la orquesta por transformar mis humildes composiciones en algo mágico y a los actores y cantantes por dar vida a los personajes. Gracias a todos.

Cuando los actores y músicos empezaron a abandonar el escenario, la mirada de Edvard Grieg se posó de nuevo en Anna. Regresó a su lado y le tomó la mano una vez más al tiempo que hacía señas a Ludvig Josephson y Johan Hennum para que se acercaran a ellos.

—Caballeros, ahora que ya he visto la obra, mañana hablaremos de algunas pequeñas alteraciones, pero les agradezco que hayan realizado un producción tan magnífica con unos recursos que sé son limitados. Herr Hennum, la orquesta ha estado mucho mejor de lo que me habría atrevido a soñar. Ha hecho un milagro. Y en cuanto a esta joven señorita —continuó mirando a Anna con sus expresivos ojos azules—, quienquiera que la haya elegido para el papel de Solveig es un genio.

—Gracias, herr Grieg —dijo Hennum—. No hay duda de que Anna es un nuevo gran talento.

Herr Grieg se acercó un poco más a la joven para susurrarle al oído:

—Hemos de proseguir nuestra conversación, querida, porque puedo ayudarla a seguir triunfando.

Y con una sonrisa, le soltó la mano y se volvió hacia herr Josephson.

Anna abandonó el escenario asombrada, una vez más, por el giro que había dado su vida. Aquella noche, el compositor más famoso de Noruega había elogiado su talento públicamente. Mientras se cambiaba y se quitaba el maquillaje, le costaba creer que fuera la misma chica de campo que hacía poco más de un año se dedicaba a cantar a las vacas.

Aunque, obviamente, no era la misma chica.

—Sea quien sea ahora, soy lo que soy —murmuró para sí mientras el sonido de los cascos del caballo que tiraba del coche la arrullaba camino del apartamento de herr Bayer.

Excepcionalmente, aquella noche Hennum se había sumado al resto de la orquesta en el Engebret después de la función.

—Herr Grieg os pide disculpas por no acudir a la celebración, pero, como bien sabéis, todavía está de luto por la muerte de sus padres. No obstante, me ha dado dinero suficiente para teneros bien contentos durante al menos un mes —declaró entre vítores.

Los músicos estaban muy animados, en parte por las interminables rondas de oporto y aquavit, pero también por saber que la precaria existencia que llevaban con su exiguo salario, sin apenas un gracias por sus esfuerzos, había sido enaltecida aquella noche por los elogios y el agradecimiento sincero del propio compositor.

—Herr Halvorsen. —Hennum le hizo señas para que se acercara—. Quiero hablar un momento con usted.

Jens obedeció.

—He pensado que le alegraría saber que le he mencionado a herr Grieg que es usted un compositor en ciernes y que he escuchado algunas de sus composiciones. Simen me ha contado que se ha pasado el verano trabajando en algunas más.

—¿Cree que podría convencer a herr Grieg de que le eche un vistazo a lo que he compuesto hasta el momento?

—No se lo garantizo, pero sé que es un gran defensor del talento noruego, así que es posible. Entrégueme lo que tenga y se lo enseñaré mañana por la mañana cuando venga a verme.

—Muy bien, señor. No sabe cuánto se lo agradezco.

—Simen también me ha contado que este verano ha tomado una decisión difícil. Un músico que está dispuesto a sacrificarlo todo por su arte merece toda la ayuda que pueda prestarle. Y ahora debo irme. Buenas noches, herr Halvorsen.

Johan Hennum se despidió con una inclinación de la cabeza y salió del bar. Jens buscó a Simen y le dio un abrazo.

—¿Qué ocurre? ¿Se te han acabado las mujeres y ahora recurres a los hombres? —preguntó su asombrado amigo.

—Puede —bromeó Jens—. Gracias, Simen. Muchísimas gracias, de verdad.

Al día siguiente, a mediodía, entregaron en mano en el apartamento una carta dirigida a Anna.

—¿De quién crees que puede ser? —preguntó frøken Olsdatter mientras la joven estudiaba la caligrafía.

—No tengo ni idea.

La abrió y empezó a leer. Unos segundos después, miró al ama de llaves con incredulidad.

—Es de herr Grieg, el compositor. Quiere venir a verme esta tarde.

—¡Santo Dios! —Frøken Olsdatter lanzó una mirada inquieta a la plata sin pulir del aparador y, seguidamente, al reloj de la pared—. ¿A qué hora llegará?

—A las cuatro.

—¡Qué gran honor! Ojalá herr Bayer estuviera aquí para conocerlo también. Ya sabes que es un gran defensor de la música de herr Grieg. Lo siento, Anna, pero si hemos de prepararnos para un invitado tan ilustre, debo poner manos a la obra de inmediato.

—Claro —contestó la muchacha mientras el ama de llaves salía prácticamente corriendo del comedor.

Anna terminó su almuerzo con una creciente sensación de nervios en el estómago. Cuando fue a su habitación a ponerse algo más adecuado para tomar el té con un compositor célebre, examinó su nuevo y vasto guardarropa. Tras descartar varias blusas por ser demasiado anticuadas, demasiado atrevidas, demasiado pomposas o demasiado sosas, se decidió por el vestido de seda rosa oscuro.

El timbre sonó a la hora señalada y frøken Olsdatter acompañó a su invitado al salón. Desde la hora del almuerzo, había comprado flores y había horneado apresuradamente unos pasteles; le preocupaba que Edvard Grieg se presentara con un séquito de amigos, pero en realidad había acudido solo.

—Querida frøken Landvik, gracias por recibirme a pesar de haberla avisado tan tarde.

Anna se levantó y herr Grieg le besó la mano.

—Siéntese, por favor. ¿Le apetece una taza de té? ¿Un café? —tartamudeó ella, poco acostumbrada a recibir invitados estando sola.

—Preferiría un vaso de agua.

Frøken Olsdatter asintió y salió de la estancia.

—Me temo que no tengo mucho tiempo, pues he de regresar a Bergen mañana mismo y, como puede imaginar, tengo muchas visitas que hacer en Cristianía. Pero antes de irme deseaba verla. Frøken Landvik, posee usted una voz exquisita, aunque no seré tan presuntuoso como para pensar que soy la primera persona que se lo dice. De hecho, he oído que herr Bayer la ha guiado en su carrera.

—Así es —reconoció Anna.

—Y a juzgar por su actuación de anoche, ha hecho un trabajo excelente. No obstante, la capacidad de herr Bayer para proporcionarle a su talento todas las oportunidades que merece es… limitada. Yo, por el contrario, tengo la suerte de poder presentarle personalmente a directores musicales de toda Europa. Muy pronto viajaré a Copenhague y Alemania, donde podría mencionar su talento a mis conocidos de allí. Frøken Landvik, debe entender que, aunque nos gustaría que no fuera así, actualmente Noruega no es más que un punto diminuto en el mapa cultural europeo. —Al ver la cara de desconcierto de Anna, herr Grieg sonrió—. Lo que estoy intentando decirle, querida, es que deseo ayudarla a impulsar su carrera fuera de nuestras fronteras.

—Es muy amable por su parte, señor, y todo un honor.

—Pero, antes que nada, ¿puedo preguntarle si está libre para viajar? —inquirió herr Grieg cuando frøken Olsdatter entraba en el salón con una jarra de agua y dos vasos.

—Podré una vez que finalice la temporada de Peer Gynt, pues no tengo más compromisos en Noruega.

—Bien, bien —dijo el hombre cuando el ama de llaves abandonó la habitación—. ¿Y no está casada o comprometida con ningún joven en estos momentos?

—No, señor.

—Imagino que tendrá muchos admiradores, pues no solo posee un gran talento, sino también belleza. En muchos aspectos me recuerda a mi querida esposa, Nina. Ella también tiene la voz de un pájaro cantor. Bien, le escribiré desde Copenhague y veré qué puede hacerse para dar a conocer su excepcional voz al resto del mundo. Ahora debo irme.

—Gracias por su visita, señor —le dijo Anna cuando se puso en pie.

—Y permítame que la felicite una vez más por su actuación. Me ha servido usted de inspiración. Estoy seguro de que volveremos a vernos, frøken Landvik. Adiós.

Herr Grieg le besó la mano y después la miró de una forma que Anna había aprendido a reconocer como indicadora de un interés por ella como mujer.

—Adiós —lo despidió con una pequeña reverencia.

—¿Qué quiere decir con que se ha ido de Cristianía?

—Pues lo que acabo de explicarle, que ha tenido que volver a Bergen.

—¡Entonces no hay nada que hacer! Solo Dios sabe cuándo volverá.

Jens se dejó caer en su incómoda silla del foso de la orquesta mientras miraba abrumado a herr Hennum.

—La buena noticia es que conseguí que escuchara sus composiciones antes de partir. Y me ha dado esto para usted.

Herr Hennum le tendió un sobre dirigido «A quien pueda interesar».

Jens lo miró sin entender nada.

—¿Qué es?

—Una carta de recomendación expresa para el Conservatorio de Leipzig.

Jens golpeó el aire con el puño. Aquella carta era su pasaporte al futuro.

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