La hermana tormenta
Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 28
Página 36 de 62
28
Cuando finalice la producción de Peer Gynt me iré a Leipzig. Ven conmigo, Anna, por favor —le suplicó Jens. Estaban sentados en el salón del apartamento de Otto, los brazos de él alrededor de la delicada figura de ella—. Me niego a dejarte en Cristianía a merced de las garras de herr Bayer. No confío en que vaya a comportarse como un caballero una vez que rechaces su proposición. —Le dio un beso tierno en la frente—. Hagamos como los jóvenes amantes de las novelas y huyamos juntos. ¿Dices que herr Bayer tiene guardados tus ingresos de estos meses?
—Sí, pero estoy segura de que me los dará si se los pido. —Anna se mordió el labio y titubeó—. Jens, sería una grave traición después de todo lo que herr Bayer ha hecho por mí. ¿Y qué haría yo en Leipzig?
—¡Leipzig es el centro del escenario musical de Europa! Podría ser una gran oportunidad para ti. El propio herr Grieg te dijo que el mundo en Cristianía es muy pequeño y que tu talento merece un público más amplio —insistió Jens—. Su editor musical vive allí y él mismo pasa una gran parte de su tiempo en esa ciudad, de modo que podrías reencontrarte con él en el futuro. Piénsalo, Anna, por favor. Creo que es la única solución para nosotros. En estos momentos, no se me ocurre ninguna otra.
Anna miró a Jens con nerviosismo. Había tardado un año en acostumbrarse a la vida en Cristianía. ¿Y si no conseguía hacer lo mismo en otro lugar? Además, una vez que había adquirido seguridad, había empezado a gustarle hacer de Solveig, y echaría de menos a frøken Olsdatter y a Rude… Pero cuando intentó imaginarse su vida en Cristianía sin Jens, se le encogió el corazón.
—Sé que te estoy pidiendo mucho —reconoció él leyéndole el pensamiento—, y es cierto que podrías quedarte aquí y convertirte en la soprano más famosa de Noruega. Pero podrías aspirar a algo más, compartir una vida de amor conmigo y triunfar a lo grande. Naturalmente, no será fácil, pues tú no tienes dinero y yo solo cuento con el que mi madre me dio para pagarme los estudios y el alojamiento en Leipzig. Viviríamos exclusivamente de la música, el amor y la fe en nuestro talento —terminó con gesto triunfal.
—¿Y qué les diría a mis padres? Herr Bayer se verá obligado a contarles lo que he hecho. Deshonraré el apellido de mi familia. No podría soportar que pensaran… —La voz de Anna se apagó y la muchacha se llevó la mano a la frente—. Necesito tiempo para meditarlo…
—Por supuesto —dijo Jens con dulzura—. Todavía falta un mes para que termine Peer Gynt.
—Y yo no podría… no podría estar contigo si permanecemos solteros —añadió Anna, muerta de vergüenza por tener que mencionar ese asunto—. Me pudriría eternamente en el infierno y mi madre se arrojaría a la olla de agua hirviendo antes que enfrentarse a tal escándalo.
Jens reprimió una sonrisa ante la vívida imaginación de Anna.
—Frøken Landvik —dijo tomándole las manos—, ¿está intentando añadir una tercera proposición a su lista de pretendientes?
—¡Por supuesto que no! Solo digo que…
—Anna. —Jens le besó la mano diminuta—. Sé lo que quieres decir y lo entiendo. Y te prometo que, tanto si nos fugáramos a Leipzig como si no, sería mi deseo proponerte matrimonio.
—¿En serio?
—En serio. Si nos vamos a Leipzig, nos casaremos en secreto antes de nuestra partida, te lo prometo. No desearía comprometer tus principios morales.
—Gracias.
Anna respiró aliviada al comprender que el ofrecimiento de Jens iba en serio, que si, efectivamente, «se fugaban» —contuvo un escalofrío— por lo menos serían marido y mujer a los ojos de Dios.
—Dime, ¿cuándo volverá herr Bayer suspirando por tu respuesta?
—No tengo ni idea, pero… —Anna miró el reloj de la pared y se tapó la boca con una mano al ver la hora—. Lo que sí sé es que debo irme ya. He de estar en el teatro una hora y media antes de que se alce el telón para que me maquillen.
—Claro. Pero, Anna, por favor, es preciso que comprendas que, aunque yo no me fuera a Leipzig, si rechazas la proposición de herr Bayer, presiento que nos hará la vida imposible. Ven y bésame antes de marcharte. Te veré más tarde en el teatro, pero prométeme que pronto me darás una respuesta.
Anna estaba exhausta cuando regresó al apartamento después de la representación de aquella noche. Solo quería meterse en la cama y dormir.
—¿Qué tal la función?
Frøken Olsdatter la miró inquisitivamente cuando le llevó el vaso de leche caliente y la ayudó a desvestirse.
—Bien, gracias.
—Me alegro, kjære. Esta tarde he recibido un telegrama de herr Bayer. Su madre ha fallecido esta mañana. Él y su hermana deben quedarse para el funeral, pero regresará a Cristianía el viernes.
«Solo tres días», pensó Anna.
—Lamento mucho su situación.
—Sí, pero quizá sea un alivio que fru Bayer al fin haya dejado de sufrir.
—Me hace ilusión que herr Bayer vuelva a casa —mintió Anna antes de que frøken Olsdatter saliera de la habitación.
Mientras se preparaba para acostarse, notó que se le formaba un nudo en el estómago al pensar en el regreso de herr Bayer.
A la mañana siguiente, entró en el comedor todavía dándole vueltas a su situación.
—Estás pálida, Anna. ¿No has dormido bien? —le preguntó frøken Olsdatter.
—Tengo… cosas en la cabeza.
—¿Te gustaría compartirlas conmigo? Tal vez pueda ayudarte.
—Nadie puede ayudarme —suspiró la joven.
—Entiendo. —Frøken Olsdatter la estudió con detenimiento, pero no insistió—. ¿Comerás aquí?
—No, hoy… debo ir pronto al teatro.
—Muy bien, Anna. Entonces te veré en la cena.
Frøken Olsdatter y la doncella externa se pasaron los tres días siguientes limpiando a fondo el apartamento. Anna dedicaba su tiempo a ensayar cómo le explicaría a herr Bayer por qué no podía aceptar su proposición de matrimonio.
Desconocían la hora exacta de su llegada, pero a las tres y media, incapaz de seguir soportando la tensión en el apartamento, Anna se puso la capa y le dijo a frøken Olsdatter que salía a dar un paseo por el parque. El ama de llaves le clavó una de aquellas miradas —una mezcla de incredulidad y fría aceptación— que en los últimos tiempos se habían convertido en algo habitual.
Como siempre, el aire fresco y limpio la reanimó. Desde su banco favorito, Anna contempló el fiordo y las aguas plateadas que resplandecían bajo la luz del atardecer.
«Estoy donde estoy —se dijo—, y poco puedo hacer salvo actuar con gratitud y gentileza, tal como me enseñaron a hacer de niña.»
Se levantó pensando en sus padres y se le llenaron los ojos de lágrimas. Le habían escrito una carta breve pero cariñosa para consolarla por la ruptura de su compromiso con Lars y su inesperada marcha a Estados Unidos. En aquel momento deseó con todas sus fuerzas que herr Bayer no la hubiera encontrado nunca y estar a salvo en su casa de Heddal casada con Lars.
—Herr Bayer llegará a tiempo para la cena —la informó frøken Olsdatter abordándola en el recibidor—. Te he preparado el baño y tienes el vestido sobre la cama.
—Gracias.
Anna continuó caminando y fue a prepararse para la confrontación.
—¡Anna, min elskede! —exclamó herr Bayer con familiaridad cuando la muchacha entró en el comedor. Tomó con su enorme mano una de las de la joven y se la besó—. Ven a sentarte.
Mientras comían, el profesor le habló del triste fallecimiento de su madre y de los pormenores del entierro. Anna albergaba la vaga esperanza de que, debido a la pena, el hombre se hubiera olvidado de su proposición. No obstante, cuando pasaron al salón para tomar café y brandy, la joven percibió que la atmósfera cambiaba.
—¿Y bien, mi querida señorita, has pensado en la importante pregunta que te hice antes de mi partida?
Anna bebió un sorbo de café y aprovechó el inciso para ordenar sus pensamientos antes de hablar. Aunque, a decir verdad, había ensayado las palabras un centenar de veces.
—Herr Bayer, su proposición me complace y halaga…
—¡Entonces soy feliz! —anunció él con una gran sonrisa.
—Sí, pero, después de meditarlo mucho, creo que debo rechazarla.
Anna advirtió que la expresión del profesor se alteraba, que afilaba la mirada.
—¿Puedo preguntar por qué?
—Porque creo que no podría ser lo que usted necesita en una esposa.
—¿Qué diantres quieres decir con eso?
—Que no se me da bien dirigir una casa ni tengo la educación suficiente para atender a sus invitados o…
—Anna. —Herr Bayer suavizó el semblante al escucharla y Anna comprendió que había utilizado el enfoque equivocado—. Es propio de tu dulzura y modestia decir esa clase de cosas, pero has de saber que nada de eso importa. Tu talento compensa con creces aquellas cualidades de las que careces, y tu juventud e inocencia son algunas de las razones por las que te has granjeado mi aprecio. Por favor, mi querida señorita, no debes subestimarte o pensar que no eres digna de mí. Te he tomado mucho cariño. En cuanto a cocinar, ¡para eso tenemos a frøken Olsdatter!
Se produjo un silencio durante el que Anna trató de pensar en otros argumentos.
—Herr Bayer…
—Anna, llámame Franz, por favor, ya te lo he dicho.
—Como quieras, Franz. Aunque tu proposición me halaga, lamento decirte que no puedo aceptarla. Y mi decisión es definitiva.
—¿Hay alguien más?
El tono súbitamente severo del profesor le provocó un escalofrío.
—No…
—Anna, antes de que sigas hablando, debes saber que, aunque no he estado presente en Cristianía durante las últimas semanas, tengo mis espías. Si estás rechazando mi proposición por ese apuesto sinvergüenza que toca el violín en la orquesta, permíteme prevenirte. No solo como un hombre que te ama y desea ofrecerte todo aquello con lo que siempre has soñado, sino también como tu consejero y guía en un mundo que aún eres demasiado ingenua para entender.
Anna no contestó, pero era consciente de que todas y cada una de sus facciones reflejaban su conmoción.
—¡Bien! —Herr Bayer se dio una palmada en los firmes muslos—. He acertado. Por lo visto estoy compitiendo por tu afecto con un patán sin blanca de la orquesta. Lo sabía —rio echando la cabeza hacia atrás—. Lo siento, Anna, pero esta noche me has demostrado hasta dónde llega realmente tu ingenuidad.
—¡Pues sí, perdóname, pero estamos enamorados! —El hecho de que herr Bayer se riera de ella y menospreciara lo que Jens y ella sentían hizo que perdiera los estribos—. Y lo apruebes o no, es la verdad. —Se puso en pie—. Dadas las circunstancias, creo que será mejor que me vaya. Te agradezco todo lo que has hecho por mí y lamento que mi negativa no haya sido de tu agrado.
Se encaminó hacia la puerta a toda prisa, pero él la alcanzó en apenas dos zancadas.
—Espera, Anna, no nos despidamos así. Siéntate y hablemos, por favor. Siempre has confiado en mí hasta ahora y me gustaría demostrarte lo errónea que es tu actitud. Conozco a ese hombre y entiendo que te haya hechizado. No te culpo por ello. Eres muy cándida y, sí, crees que estás enamorada. Poco importa ya que aceptes o no mi proposición. Ese hombre te romperá el corazón y te destruirá, como ha destruido a muchas otras mujeres antes que tú.
—No, no lo conoces…
Anna se retorció las manos, desesperada, mientras lágrimas de frustración rodaban por sus mejillas.
—Intenta tranquilizarte, por favor, estás muy nerviosa. Te lo ruego, ven a sentarte y hablemos.
Dándose por vencida, Anna se dejó conducir hasta una butaca.
—Querida —comenzó herr Bayer con suavidad—, ya debes de conocer las relaciones que herr Halvorsen ha mantenido previamente con otras mujeres.
—Sí, las conozco.
—Jorid Skrovset, la chica del coro, sufrió tanto que se ha negado a volver al teatro. Y la propia madame Hansson cayó en tal estado de desolación después de que herr Halvorsen se aprovechara de ella que se ha ido al extranjero para recuperarse. Y esa es la razón por la que tú estás interpretando su papel en el Teatro de Cristianía.
—Señor, sé por el propio Jens que…
—Perdona, Anna, pero no sabes nada de ese hombre —la interrumpió el profesor—. Comprendo que no soy tu padre ni, lamentablemente en estos momentos, tu prometido, y que por tanto poco puedo influir en tus decisiones. Pero debo decirte, por el profundo afecto que te profeso, que Jens Halvorsen solo te causará problemas. Te destrozará, Anna, como ha hecho con todas las mujeres que han tenido la mala fortuna de caer en su trampa. Es un hombre débil, y su debilidad son las mujeres y la bebida. Temo por ti, te lo digo con total sinceridad, y ha sido así desde que me enteré de esta… relación.
—¿Cuánto hace que lo sabes? —susurró Anna, incapaz de mirarlo a los ojos.
—Unas semanas. Y debería advertirte que en el teatro todo el mundo está al corriente. Y sí, fue ese descubrimiento lo que motivó mi proposición, sencillamente porque quiero salvaros a ti y a tu talento de ti misma. Si te vas con él, no tardará en dejarte por otra. Y no soporto la idea de que lo arrojes todo por la borda por un donjuán egoísta, después de lo mucho que hemos trabajado.
Anna guardó silencio mientras herr Bayer se servía otro brandy.
—En vista de que no respondes, te diré lo que creo que deberíamos hacer. Si te empeñas en seguir con ese hombre, estoy de acuerdo en que deberías abandonar este apartamento de inmediato e irte con él a Leipzig cuando finalice la temporada de Peer Gynt, sencillamente porque no soportaría presenciar el dramático e inevitable desenlace. —Reparó en la cara de estupefacción de Anna y continuó—: Si decides que eso es realmente lo que quieres, te entregaré el dinero que has ganado en el teatro y te dejaré marchar. No obstante, si crees que hay algo de verdad en lo que te he contado y accedes a renunciar a herr Halvorsen y casarte conmigo después del debido período de duelo por mi madre, entonces, por favor, te pido que te quedes. No hay prisa, lo único que necesito de ti es una declaración de buena voluntad. Te lo ruego, Anna, medita detenidamente tu decisión, pues cambiará tu vida para siempre, ya sea para bien o para mal.
—Si sabías todo esto, ¿por qué no me lo dijiste antes? —preguntó ella con un hilo de voz—. Tenías que saber que te rechazaría.
—Sencillamente porque me culpo por lo ocurrido. No he estado en Cristianía para protegerte de él. Ahora que he vuelto, estoy dispuesto a hacerlo, pero solo con la condición de que destierres a Jens Halvorsen de tu vida inmediatamente. Si me rechazaras por otro pretendiente, puede que lo aceptara sin rechistar. Pero en este caso soy incapaz, porque sé que te destruirá.
—Estoy enamorada de él —insistió Anna inútilmente.
—Sé que así lo crees, y entiendo que es muy difícil para ti aceptar mis condiciones, pero espero que algún día puedas ver que todo esto lo hago por tu bien. Y ahora será mejor que nos retiremos. He tenido unas semanas agotadoras y estoy muy cansado. —Herr Bayer le besó la mano—. Buenas noches, Anna, que duermas bien.