La hermana tormenta
Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 29
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Al día siguiente, Anna se alegró de llegar al teatro, donde, para su consuelo, todo seguía como siempre. Dividida entre lo que le dictaban la cabeza y el corazón, no había pegado ojo en toda la noche. Gran parte de lo que herr Bayer le había contado era cierto, sobre todo para alguien que lo viera desde fuera. Ella misma había pensado aquellas cosas de Jens, por lo que no podía reprochar a los demás que sintieran lo mismo. Y seguro que todo el mundo le aconsejaba que se casara con herr Bayer y no con un músico sin blanca. Sería la decisión más sensata.
Tales razonamientos, sin embargo, no resolvían el dilema, porque lo mirara como lo mirase, la idea de renunciar para siempre a Jens Halvorsen le resultaba, sencillamente, imposible.
Por lo menos, se dijo cuando salió del camerino para dirigirse al escenario, vería a Jens al cabo de unos minutos, transmitiéndole su amor y su apoyo desde el foso de la orquesta. Anna ya le había escrito una nota diciéndole que era preciso que se vieran después de la función y le había pedido a Rude que se la entregara durante el primer entreacto. A punto de comenzar la obra, Anna intentó calmar su agitado corazón. Cuando salió al escenario y empezó a declamar, bajó disimuladamente la mirada hacia el foso.
Y vio, horrorizada, que Jens no estaba allí y que un anciano minúsculo ocupaba su silla.
Finalizado el primer acto, presa del pánico, abandonó el escenario e inmediatamente llamó a Rude a su camerino.
—Hola, frøken Anna, ¿cómo está?
—Bien —mintió—. ¿Sabes dónde está herr Halvorsen? He visto que esta noche no está tocando en el foso.
—¿En serio? Caramba, por una vez me cuenta algo que no sabía. ¿Quiere que lo averigüe?
—Sí, por favor.
—Seguramente me llevará un rato, así que la veré en el siguiente intermedio.
Anna interpretó el segundo acto atormentada por la angustia, y cuando Rude se personó en su camerino como le había prometido, pensó que iba a desmayarse a causa de la tensión.
—La respuesta es que nadie sabe nada. Puede que esté enfermo, frøken Anna. Pero aquí seguro que no está.
Anna sobrevivió al resto de su actuación sumida en un estado de aturdimiento. Tras el último saludo de los actores, se vistió a toda velocidad, salió del teatro y le indicó al cochero que la llevara al apartamento de Jens. Una vez allí, bajó del coche de caballos y le pidió que la esperara antes de irrumpir en el edificio y subir a la carrera. Resoplando, aporreó la puerta hasta que escuchó unos pasos.
La puerta se abrió y Anna vio a Jens. Se derrumbó en sus brazos sintiendo una oleada de alivio.
—Gracias a Dios, gracias a Dios…
—Anna.
Le pasó un brazo por los hombros temblorosos y la llevó al salón.
—¿Dónde estabas? Pensaba que te habías ido… Yo…
—Anna, por favor, cálmate y déjame explicártelo. —Jens la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado—. Esta tarde, cuando llegué al teatro, Johan Hennum me comunicó que la orquesta ya no requería mis servicios. Habían encontrado a otro violinista y flautista para sustituirme con efecto inmediato. Le pregunté si se trataba de un arreglo temporal y me dijo que no. Me pagó el sueldo entero y me despachó. Anna, te juro que no tengo la menor idea de por qué me ha despedido.
—Yo sí. Dios mío… —Anna enterró la cabeza entre las manos—. Jens, por una vez esto no tiene nada que ver con tu conducta, sino con la mía. Anoche le dije a herr Bayer que no podía casarme con él. ¡Y entonces él me contó que sabía lo nuestro! Dijo que podía seguir alojándome en su casa si renunciaba a ti de inmediato, pero que si no estaba dispuesta a hacerlo debía marcharme del apartamento.
—Señor —suspiró Jens, que por fin lo entendía todo—. Y un día después me invitan a abandonar la orquesta de Cristianía. Herr Bayer ha debido de decirles a Hennum y Josephson que soy una mala influencia y que estaba desconcentrando a su nueva estrella.
—Lo siento, Jens, no creía que herr Bayer fuera capaz de una cosa así.
—Yo sí, y te lo dije —farfulló él—. Por lo menos ahora ya conozco el motivo de mi repentino despido.
—¿Qué vas a hacer?
—Pues la verdad es que estaba haciendo el equipaje.
—¿Para ir adónde? —preguntó Anna horrorizada.
—A Leipzig, naturalmente. Es evidente que aquí ya no tengo futuro. He decidido que cuanto antes me vaya, mejor.
—Entiendo.
Anna bajó la mirada y se concentró en contener las lágrimas.
—Pensaba escribirte esta noche y dejar la carta en la portería del teatro.
—¿Lo juras? ¿O simplemente pensabas desaparecer sin decir palabra?
—Anna, min kjære, ven aquí. —Jens la tomó entre sus brazos y le acarició la espalda con ternura—. Sé que estás pasando por un momento muy difícil, pero hace solo unas horas que Hennum me despidió. Claro que iba a decirte dónde estaba. ¿Por qué no iba a hacerlo? Fui yo quien te pidió que vinieras conmigo a Leipzig, ¿recuerdas?
—Sí, sí… tienes razón. —Anna se enjugó las lágrimas—. Estoy muy nerviosa. Y tremendamente enfadada por el hecho de que te hayan castigado a ti por algo que he hecho yo.
—Pues no lo estés. Ya sabes que tenía planeado irme de todos modos, simplemente tendré que hacerlo antes de lo previsto. ¿Se enfadó mucho contigo herr Bayer, amor mío?
—En absoluto. Dijo que no quería que echara a perder mi vida estando contigo y que deseaba que no volviera a verte por mi propio bien.
—Por eso me han echado del foso sin miramientos, para que no pudieras volver a verme. ¿Qué piensas hacer?
—Herr Bayer me ha dado un día para meditarlo. ¡Cómo se atreve a inmiscuirse de este modo en nuestras vidas!
—Los dos nos hallamos en una situación difícil —suspiró Jens—. Me marcho a Leipzig mañana mismo. Hace solo dos semanas que comenzó el curso en el conservatorio, de modo que no me habré perdido mucho. Si quieres, puedes reunirte allí conmigo cuando finalice la temporada de Peer Gynt.
—¡Jens, después de lo que te han hecho sería incapaz de volver al teatro! —Anna se estremeció—. Me iré contigo ahora mismo.
El joven la miró estupefacto.
—¿Estás segura de que es lo más sensato, Anna? Si te marchas antes de que termine la temporada, no podrás volver a trabajar en el Teatro de Cristianía nunca más. Tu nombre quedará tan desprestigiado como el mío.
—Tampoco querría volver a trabajar allí —replicó ella con la mirada encendida a causa de la indignación—. Me niego a permitir que la gente, por importante y rica que sea, se comporte como si yo fuera de su propiedad.
Jens rio al ver su expresión feroz.
—Debajo de esa apariencia dulce escondes una auténtica rebelde, ¿no es así?
—Mis padres me han enseñado a distinguir lo que está bien de lo que está mal, y sé que lo que te han hecho está mal, muy mal.
—Lo sé, amor mío, pero por desgracia poco podemos hacer al respecto. En serio, Anna, debo advertírtelo: por muy enfadada que estés, medita detenidamente lo de venirte conmigo mañana. Detestaría ser la causa de la destrucción de tu carrera. Y que conste —la silenció cuando ella abrió la boca para protestar— que no lo digo porque no desee que me acompañes. Sencillamente me preocupa que mañana tomemos el transbordador a Hamburgo y luego el tren nocturno a Leipzig sin saber siquiera dónde vamos a alojarnos o si me aceptarán en el conservatorio.
—Pues claro que te aceptarán, Jens. Tienes la carta de herr Grieg.
—Tienes razón, y es muy probable que ingrese en la escuela, pero, mientras que yo soy un hombre y puedo soportar las privaciones físicas, tú eres una señorita con ciertas… necesidades.
—Que nació en una granja y que no había visto un retrete interior hasta que llegó a Cristianía —replicó Anna—. En serio, Jens, tengo la impresión de que estás haciendo todo lo posible por convencerme de que no vaya.
—Bueno, cuando lleguemos a Leipzig no digas que no te previne. —Jens sonrió de repente—. Y ahora que ya he hecho cuanto estaba en mi mano por disuadirte y que te has negado a hacer caso de mis advertencias, tengo la conciencia tranquila. Partiremos juntos mañana al amanecer. Ven aquí, Anna. Abracémonos y démonos fuerza para la aventura que estamos a punto de emprender.
La besó en la boca y en aquel momento todos los temores que Anna hubiera podido sentir por la reticencia de Jens o respecto a la decisión que había tomado se desvanecieron. Finalmente, separaron los labios y, cuando Anna apoyó la cabeza sobre su pecho, Jens le acarició el cabello.
—Hay algo más de lo que debemos hablar. Tendremos que hacernos pasar por un matrimonio delante de todas las personas que conozcamos en el viaje, y también en Leipzig. Deberás convertirte en fru Halvorsen de la noche a la mañana a los ojos del mundo, pues nadie nos alquilaría una habitación si supiera que no estamos casados. ¿Qué piensas al respecto?
—Pienso que debemos casarnos en cuanto lleguemos a Leipzig. No podría tolerar ningún…
La voz de la muchacha se apagó.
—Por supuesto que nos casaremos. Y no te preocupes, Anna, aunque tengamos que compartir lecho, ten la certeza de que siempre me comportaré como un caballero. Entretanto —Jens salió de la estancia y regresó un minuto después con un pequeño estuche de terciopelo—, debes llevar esto. Era la alianza de boda de mi abuela. Mi madre me la dio cuando me fui de casa para que la vendiera en el caso de que necesitara el dinero. ¿Te la pongo?
Anna contempló el delgado anillo de oro. Aquella no era, ni mucho menos, la «boda» con la que había soñado, pero sabía que debía bastarle por el momento.
—Te quiero, fru Halvorsen —dijo él poniéndole el anillo en el dedo con delicadeza—. Y te prometo que en Leipzig nos casaremos como es debido. Ahora debes irte y prepararte para mañana. ¿Puedes estar aquí a las seis en punto?
—Sí —respondió ella camino de la puerta—. De todas maneras, no creo que consiga dormir mucho esta noche.
—Anna, ¿tienes algo de dinero?
—No. —Se mordió el labio—. Y difícilmente podría pedirle mis estipendios a herr Bayer ahora. No estaría bien. Le he fallado a él y a mucha otra gente.
—Entonces seremos pobres como vagabundos hasta que nos abramos paso en esa nueva ciudad —dijo él encogiéndose de hombros.
—Sí. Buenas noches, Jens —susurró Anna.
—Buenas noches, amor mío.
Cuando Anna llegó al apartamento, todo estaba en silencio. Avanzaba con sigilo por el pasillo cuando vio el rostro angustiado de frøken Olsdatter asomar por la puerta de su dormitorio.
—Me tenías preocupada, Anna —susurró la mujer yendo a su encuentro—. Menos mal que herr Bayer se ha acostado pronto aquejado de una leve calentura. ¿Dónde has estado?
—Por ahí —se limitó a responder la muchacha, que ya no quería darle explicaciones a nadie.
Giró el pomo para entrar en su cuarto.
—¿Por qué no vamos a la cocina? Te calentaré un vaso de leche.
—Porque… —Anna se detuvo. Aquella mujer había sido muy amable con ella y no le parecía bien marcharse sin decirle nada—. Gracias.
Se dejó arrastrar por el pasillo hasta la cocina.
Frente a un vaso de leche caliente, Anna le explicó toda la historia al ama de llaves. Y cuando hubo terminado, se alegró de haberlo hecho.
—Caray, kjære —murmuró la mujer—, estás hecha una rompecorazones. Por lo visto los caballeros se desviven por cortejarte. Entonces ¿has decidido seguir a tu violinista hasta Leipzig de inmediato?
—No tengo elección. Herr Bayer me dijo que debía abandonar esta casa si no estaba dispuesta a renunciar a Jens. Y después de lo que le ha pedido a herr Hennum que haga contra Jens, no quiero seguir en Cristianía ni un minuto más.
—Anna, ¿no crees que herr Bayer solo está intentando protegerte? ¿Que únicamente piensa en lo que es mejor para ti?
—¡En absoluto! ¡Está pensando en lo que él quiere, no en lo que quiero yo!
—¿Y qué pasa con tu carrera? Te lo ruego, Anna, tienes mucho talento. Es un sacrificio excesivo, incluso por amor.
—Pero es necesario —insistió ella—. No puedo vivir en Cristianía sin Jens. Y puedo cantar en cualquier lugar del mundo. El propio herr Grieg me dijo que me ayudaría si alguna vez se lo pedía.
—Y es un benefactor influyente —convino frøken Olsdatter—. ¿Qué harás en cuanto al dinero?
—Herr Bayer me dijo que me daría los estipendios que he ganado en el teatro, pero he decidido no pedírselos.
—Es un gesto que te honra, pero hasta los enamorados necesitan comida y un techo sobre sus cabezas. —El ama de llaves se levantó, se acercó al cajón del aparador y sacó una caja de latón. Tras seleccionar una llave de la cadena que le pendía de la cintura, la abrió. Dentro había una bolsa con monedas y se la tendió a Anna—. Toma. Son mis ahorros. Actualmente no los preciso y tu necesidad es mayor que la mía. No puedo verte salir de esta casa y caminar hacia un futuro incierto con los bolsillos vacíos.
—No puedo aceptarlos… —protestó Anna.
—Puedes y lo harás —replicó la mujer con firmeza—. Y un día, cuando me entere de que estás cantando en el Teatro de la Ópera de Leipzig, me invitarás a ir a verte como recompensa.
—Gracias, es usted muy buena. —Conmovida hasta el extremo por el gesto, Anna le cogió la mano—. Seguro que piensa que me estoy equivocando.
—¿Quién soy yo para juzgarte? Ya sea una decisión correcta o equivocada, eres una joven valiente y de firmes principios, y te admiro por ello. Cuando estés más calmada, deberías escribir a herr Bayer.
—Me asusta que pueda ponerse furioso.
—No estará enfadado, Anna, solo terriblemente triste. Tú lo ves como un hombre mayor, pero recuerda que, aunque envejezcamos, nuestro corazón funciona igual que lo ha hecho siempre. No le culpes por haberse enamorado de ti y desear que te quedes a su lado para siempre. Y ahora, si has de levantarte al alba, será mejor que te acuestes e intentes dormir.
—Sí.
—Y por favor, Anna, escríbeme desde Leipzig para asegurarme que estás bien. Herr Bayer no es el único de esta casa que extrañará tu presencia. Procura recordar que posees juventud, talento y belleza. No los desperdicies, ¿de acuerdo?
—Haré cuanto esté en mi mano para no desaprovecharlos. Gracias por todo.
—¿Qué les dirás a tus padres? —le preguntó de pronto frøken Olsdatter.
—No lo sé —suspiró Anna—, sinceramente no lo sé. Adiós.
Cuando el transbordador abandonó el fiordo rumbo a Hamburgo, escupiendo humo y vapor por sus chimeneas, Anna estaba sola en la cubierta viendo desaparecer su tierra natal tras la bruma del otoño. Y se preguntó si algún día volvería a verla.