La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 30

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Veinticuatro horas después, Anna y Jens se apeaban al fin del tren en la estación de Leipzig. El sol acababa de salir y, dado que Anna estaba tan cansada que apenas podía tenerse en pie, Jens cargó tanto con su maleta como con la de ella. El tren de Hamburgo a Leipzig disponía de coches cama, pero habían decidido que no debían gastarse el dinero en la comodidad de una litera. Habían pasado la noche sentados en los duros asientos de madera, donde Jens se había quedado dormido casi de inmediato, con la cabeza sobre el hombro de Anna. Con el paso de las horas, la incredulidad de la muchacha ante lo que acababa de hacer había ido en aumento.

Al menos hacía una mañana soleada cuando salieron de la bulliciosa estación y se adentraron en el centro de la ciudad. A pesar del cansancio, Anna se animó un poco al contemplar la belleza de Leipzig. Las calles, amplias y adoquinadas, estaban flanqueadas por edificios altos e imponentes, muchos de ellos decorados con esculturas o gabletes elaborados y largas hileras de elegantes ventanas abatibles. Los transeúntes hablaban un idioma entrecortado que Anna sabía que era alemán porque lo había escuchado durante el largo viaje en tren desde Hamburgo. Jens le había asegurado que él lo hablaba con razonable soltura, pero ella solo lograba entender las escasas palabras que se semejaban al noruego.

Terminaron en la plaza del mercado central, dominada por el majestuoso ayuntamiento de tejado rojo y arcada frontal, sobre el que destacaba la gran torre abovedada del reloj. La plaza ya estaba abarrotada de puestos y hervía de actividad. Jens se detuvo ante un mostrador donde un panadero estaba extendiendo un amplio surtido de hogazas recién horneadas. Al aspirar el delicioso aroma, Anna cayó en la cuenta de lo hambrienta que estaba.

Pero Jens no se había detenido por la comida.

Entschuldigung Sie, bitte. Wissen Sie wo die Pension in der Elsterstraβe ist?

Anna no entendió ni una palabra de la áspera respuesta del panadero.

—Bien, la pensión que herr Grieg me recomendó no queda lejos —dijo Jens.

Esta resultó ser un edificio modesto con entramado de madera situado en una callejuela que desembocaba en una calle que Anna vio que se llamaba Elsterstrabe. Tenía un aspecto muy diferente de los edificios espléndidos que habían visto por el camino, pensó con recelo. El barrio parecía un tanto descuidado, pero, obligándose a recordar que era cuanto podían permitirse, siguió a Jens cuando este subió los escalones de la entrada y llamó con fuerza a la puerta. Al cabo de varios minutos apareció una mujer atándose apresuradamente el cordón de la bata para taparse el camisón y Anna cayó en la cuenta de que no debían de ser más de las siete de la mañana.

Um Himmels willen, was wollen Sie denn? —gruñó la mujer.

Jens respondió en alemán y Anna solo entendió «herr Grieg». Al oír el nombre, la mujer relajó el rostro y los invitó a pasar.

—Dice que está completo, pero que como nos envía herr Grieg podemos utilizar temporalmente una habitación de servicio que hay en el desván —tradujo Jens.

Subieron y subieron acompañados por el crujido de los peldaños de madera. Finalmente llegaron al último piso y la mujer abrió la puerta de una habitación diminuta situada debajo de los aleros de la casa. Una cama estrecha de bronce y una cómoda con una jofaina y una jarra encima constituían todo el mobiliario, pero al menos parecía limpia.

Se produjo otra conversación en alemán entre Jens y la mujer. Él señaló la cama y ella asintió antes de salir del cuarto.

—Le he dicho que nos la quedaremos hasta que encontremos otro alojamiento. También le he dicho que la cama es demasiado estrecha para los dos y ha ido a buscarme un colchón. Yo dormiré en el suelo.

Cansados, examinaron la habitación en silencio hasta que la mujer regresó con el colchón. Jens le tendió unas monedas.

Nur Goldmark, keine Kronen —dijo la mujer negando con la cabeza.

—Acepte las coronas por el momento y más tarde compraré marcos —propuso Jens.

La mujer aceptó las monedas a regañadientes y, dando nuevas instrucciones, señaló el espacio de debajo de la cama antes de marcharse por segunda vez.

Anna se sentó con cautela. La cabeza le daba vueltas debido al agotamiento, pero sobre todo le urgía ir al lavabo. Sonrojándose, preguntó a Jens si la mujer le había dicho dónde estaba.

—Me temo que ahí. —También él señaló debajo de la cama—. Aguardaré fuera mientras tú…

Cada vez más colorada, Anna asintió y cuando Jens se hubo marchado hizo lo que llevaba horas ansiando hacer. Después de cubrir el contenido del bacín con el trapo de muselina destinado para ese fin, dejó entrar a Jens.

—¿Mejor? —sonrió él.

—Sí, gracias —contestó cohibida.

—Me alegro. Y ahora, propongo que descansemos un rato.

Anna se sonrojó y desvió la mirada cuando Jens procedió a desvestirse hasta quedarse en calzas y camiseta de algodón. Empleando el abrigo como manta, se tumbó en el colchón.

—Tranquila, te prometo que no miraré —dijo entre risas—. Que descanses, Anna. Los dos nos encontraremos mejor después de dormir un poco.

Le lanzó un beso y se tumbó dándole la espalda.

Anna se desató las cintas de la capa, se quitó la blusa y la pesada falda y se quedó en camisola y bombachos. Para cuando se metió bajo la basta manta de lana y apoyó la cabeza en la almohada, ya le llegaban desde el colchón del suelo los ronquidos suaves de Jens.

«¿Qué he hecho?», pensó. Herr Bayer tenía razón. Era una muchacha ingenua y obstinada que no se había detenido a pensar en las consecuencias de sus actos. Ahora había quemado todas sus naves y había terminado en aquel cuartucho claustrofóbico, durmiendo a pocos centímetros de un hombre con el que ni siquiera estaba casada y teniendo que realizar actos íntimos sin la menor privacidad.

—Señor, perdóname por el dolor que he causado a otros —susurró a los cielos, donde se imaginaba a Dios observándola en aquel momento y extendiéndole un billete al averno.

Finalmente, se sumió en un sueño inquieto.

Para cuando Jens se removió en su colchón, Anna ya estaba levantada y vestida de arriba abajo, muerta de hambre y desesperada por un vaso de agua.

—¿Es cómoda la cama? —le preguntó él con un bostezo.

—Me acostumbraré.

—Ahora iremos a comprar marcos y a buscar algo de comer —continuó Jens mientras se vestía y Anna le daba la espalda—, pero primero, ¿puedo pedirte que salgas de la habitación? Saldré en cuanto termine de hacer mis necesidades.

Horrorizada ante la idea de que Jens viera lo que ya había en el bacín, Anna hizo lo que le pedía. Al rato, para su espanto, Jens salió con el bacín en la mano.

—Hay que preguntarle a la casera qué hacemos con la porquería —dijo al pasar por su lado en dirección a la escalera de madera.

Anna lo siguió con las mejillas ardiendo. Puede que hubiera llegado a Cristianía como una humilde chica de campo, pero jamás se había tropezado con algo tan antihigiénico y repugnante. En su casa de Heddal la letrina estaba fuera y era muy básica, pero desde luego muy preferible a aquello. Comprendió que, tras haberse acostumbrado al moderno cuarto de baño del apartamento de herr Bayer, nunca se había parado a pensar en cómo se deshacían de sus deposiciones los habitantes de las ciudades.

Encontraron a la casera en el recibidor y Jens le tendió el bacín como si fuera una sopera. La mujer asintió y señaló hacia la parte de atrás de la casa, pero lo cogió de todos modos.

—Asunto arreglado —dijo Jens al abrir la puerta de la casa—. Salgamos a comer algo.

Recorrieron las concurridas calles hasta dar con una Bierkeller en un recodo de una plaza pequeña y se sentaron a una mesa. Jens pidió cervezas y los dos contemplaron el tablón donde aparecía la carta escrita con tiza. Anna no entendía una sola palabra.

—Hay bratwurst, o sea, salchichas. He oído que son muy buenas, aunque algo más grasientas que las nuestras —explicó Jens—. Knödel, no me preguntes qué es… Speck, que imagino que es tocino…

—Creo que tomaré lo mismo que tú —dijo Anna en tono hastiado cuando la cerveza llegó acompañada de un cuenco de pan negro. Aunque habría preferido agua, agarró la jarra y bebió con avidez.

Contempló la animada plaza a través de las ventanas deslucidas. Casi todas las mujeres llevaban vestidos negros y sencillos con delantales blancos o grises que acentuaban la palidez de su piel y los afilados rasgos germanos. Anna pensaba que vería atuendos más refinados en Leipzig, pues le habían contado que era una de las ciudades más importantes de Europa. De tanto en tanto pasaba un coche de caballos que le permitía vislumbrar un elegante sombrero de plumas sobre la testa de una mujer pudiente.

Llegó la comida y Anna devoró las patatas y las salchichas grasientas. La cerveza se le había subido a la cabeza y sonrió a Jens con ternura.

—¿Cómo pido agua?

—Has de decir: «Ein Wasser, bitte» —respondió Jens antes de desviar la atención hacia la pequeña orquesta callejera de violines que tocaba en medio de la plaza con un gorro en el suelo para que la gente dejara dinero.

Anna lo vio desperezarse mientras escuchaba complacido.

—¿No es maravilloso? Nuestro futuro está en esta ciudad, estoy seguro. —Alargó el brazo y le cogió la mano—. ¿Qué te parece nuestra aventura hasta el momento?

—Me siento sucia, Jens. Cuando volvamos, ¿crees que podríamos preguntarle a la casera si hay algún sitio donde tomar un baño y lavar la ropa?

Jens la miró con dureza.

—Por Dios, Anna, me dijiste que eras una chica de campo acostumbrada a las privaciones. ¿Eso es lo único que se te ocurre decir sobre haber llegado a Leipzig?

La joven pensó con añoranza en Heddal y en la nieve impoluta que recogían en invierno y derretían al fuego para lavarse. Y en los arroyos cristalinos y frescos donde se bañaban en verano.

—Perdona. Estoy segura de que podré apañármelas.

Jens levantó su segunda jarra de cerveza y bebió.

—Debería darle las gracias a herr Bayer por haberme obligado a caminar finalmente hacia mi futuro.

—Me alegra verte tan feliz por estar aquí, Jens.

—Lo estoy. Aspira el aire, Anna. Incluso huele diferente. Esta ciudad es un crisol de música y creatividad. ¡Mira a toda esa gente congregada alrededor de los músicos! ¿Has visto algo así en Cristianía alguna vez? Aquí la música se celebra, no se ridiculiza como una afición de pobretones. Y ahora yo podré formar parte de esa celebración. —Apuró la jarra y arrojó unas monedas sobre la mesa antes de ponerse en pie—. Ahora iré a buscar la carta de herr Grieg e iré directo al conservatorio. ¡Este es el principio de todo aquello con lo que he soñado!

De regreso en la pensión, rebuscó en su maleta hasta dar con la preciada carta. Luego besó a Anna y se dirigió a la puerta.

—Descansa, Anna. Te despertaré más tarde con vino y buenas noticias.

—¿Preguntarás en el conservatorio si alguien podría oírme cantar…?

Pero la puerta ya se había cerrado.

Anna se desplomó sobre la cama. Ahora comprendía que aquella «aventura» tenía un trasfondo muy diferente para cada uno de ellos: Jens corría hacia algo y ella huía de algo. Y ahora, pensó apesadumbrada, no había nada que pudiera hacer al respecto aunque se hubiera equivocado.

Al cabo de unas horas, Jens regresó del conservatorio aún más eufórico.

—Cuando llegué y pregunté por el director, el doctor Schleinitz, el portero me miró como si fuera el tonto del pueblo. Entonces le enseñé la carta y, en cuanto la leyó, ¡fue a buscarlo a su despacho! El doctor Schleinitz me pidió que tocara el violín y una de mis composiciones al piano. Y no te lo vas a creer —Jens golpeó el aire con el puño—, ¡me hizo una reverencia! Lo que oyes, Anna, ¡me hizo una reverencia a mí! Hablamos de herr Grieg y me dijo que estaría encantado de enseñar a un protegido suyo. Así que mañana comienzo mis estudios en el Conservatorio de Leipzig.

—¡Eso es maravilloso, Jens!

Anna trató de que su voz sonara alegre.

—De regreso a la pensión he pasado por un sastre y he tenido que pagarle el doble para que mañana por la mañana me tuviera listo un traje como es debido. No quiero que nadie me tome por un simplón de los fiordos. ¿No es maravilloso? —Abrazó a Anna por la cintura, la levantó del suelo y dio vueltas con ella mientras reía—. Y antes de salir a celebrarlo nos mudaremos a nuestro nuevo alojamiento.

—¿Ya has encontrado un lugar para nosotros?

—Sí. No es un palacio, pero decididamente es mejor que esto. Mientras haces el equipaje, iré a pagarle a la casera sus marcos. Te espero abajo.

—No… —Anna estaba a punto de decirle que no creía que pudiera cargar sola con las dos maletas, pero Jens ya se había ido.

Minutos después, jadeando por el esfuerzo, se reunió con él en el recibidor.

—Bueno, ya podemos marcharnos a nuestra nueva morada —proclamó Jens.

Anna lo siguió hasta la calle y, estupefacta, lo vio cruzar la acera y entrar en la casa de enfrente.

—Vi el letrero de vacante en la ventana y se me ocurrió entrar a preguntar —explicó Jens.

La casa se parecía mucho a la que acababan de dejar, pero la habitación estaba en la primera planta y, por lo menos, era más grande y tenía mejor ventilación que el agobiante desván. Una gran cama de bronce ocupaba casi todo el espacio y Anna sintió que el corazón le daba un vuelco cuando vio que en el suelo no había sitio para un colchón.

—Al otro lado del rellano hay un retrete, lo que quiere decir que esta habitación es más cara, pero por lo menos será de tu agrado. ¿Estás contenta, Anna?

—Sí —asintió ella con estoicismo.

—Bien. —Jens le entregó unas monedas a frau Schneider, la casera, de quien Anna pensó que por lo menos parecía más atenta que la anterior—. Esto cubrirá nuestra primera semana de alquiler —prosiguió el joven con una sonrisa magnánima.

Kochen in den Zimmern ist untersagt. Abendbrot um punkt sieben Uhr. Essen Sie hier heute Abend?

—Dice que está prohibido cocinar en la habitación, pero que podemos cenar todas las noches abajo, a las siete —explicó Jens bajando la voz. Luego se volvió hacia frau Schneider—. Me parece una idea excelente. ¿Cuánto será?

Una vez más, el dinero cambió de manos y finalmente la puerta se cerró.

—Dime, frau Halvorsen —sonrió Jens—, ¿qué te parece nuestro nuevo nido?

—Es…

La muchacha contempló la cama y Jens vio el miedo reflejado en su semblante.

—Ven aquí, Anna.

Obedeció y él la estrechó entre sus brazos.

—Cálmate. Ya te he prometido que no te tocaré hasta que me des tu permiso, pero al menos podremos darnos calor durante las frías noches de Leipzig.

—En serio, Jens, tenemos que casarnos lo antes posible —lo instó Anna—. Tenemos que encontrar enseguida una iglesia luterana donde…

—Lo haremos, pero no nos preocupemos por eso ahora.

La atrajo hacia sí e intentó besarla en el cuello.

—¡Jens, lo que estamos haciendo es un pecado contra Dios! —le espetó Anna rechazando sus caricias.

—Tienes razón —suspiró él contra su piel antes de apartarse—. Y ahora creo que los dos necesitamos un buen aseo. Después saldremos a comer y beber. ¿Sí?

Jens le levantó el mentón para poder mirarla a los ojos.

—Sí —dijo ella con una sonrisa.

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