La hermana tormenta

La hermana tormenta


Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 31

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Durante las dos semanas siguientes, Anna fue creándose una rutina. O, al menos, encontrando cosas con las que mantenerse ocupada durante sus muchas horas de soledad mientras Jens estaba en el conservatorio.

El invierno se estaba echando encima de la ciudad y la habitación amanecía helada por las mañanas, de modo que cuando Jens se iba a la escuela, ella regresaba a la cama y se acurrucaba bajo el calor de las mantas de lana a esperar que el carbón que había encendido en la pequeña chimenea caldeara el ambiente. Luego se lavaba y se vestía, salía a la calle y caminaba hasta el mercado a fin de comprar pan y fiambre para su almuerzo.

La única comida caliente del día era la que frau Schneider les servía por la noche. Casi siempre consistía en algún tipo de salchicha acompañada de patatas o de pastosas bolas de pan sumergidas en una salsa insípida. Anna añoraba el sabor de las verduras frescas y los alimentos saludables de su infancia.

Pasó muchas horas intentando redactar las cartas que sabía que debía enviar a sus padres y a herr Bayer. Con la pluma de Lars entre los dedos, se preguntaba si ya habría zarpado hacia Estados Unidos como tenía previsto. Y en sus momentos más bajos se preguntaba si debería haberse ido con él.

Leipzig

1 de octubre de 1876

Apreciado herr Bayer:

A estas alturas ya sabrá, dado que no estoy en Cristianía, que me he trasladado a Leipzig. Herr Halvorsen y yo nos hemos casado y somos felices. Quiero darle las gracias por todo lo que me ha dado. Le ruego que se quede con mis estipendios del Teatro de Cristianía para pagar una parte de todo ello, y confío en que pueda vender los vestidos que me regaló, pues son muy bonitos.

Herr Bayer, siento que no pudiera amarlo.

Atentamente,

ANNA LANDVIK

Después cogió otra hoja y comenzó una segunda carta.

Kjære mor y far:

Me he casado con Jens Halvorsen y me he ido a vivir a Leipzig. Mi marido está estudiando en el conservatorio de la ciudad y yo me ocupo de la casa. Soy feliz. Os echo de menos a todos. Y también extraño Noruega.

ANNA

Sintiéndose demasiado asustada y culpable para recibir sus recriminaciones, no les facilitó una dirección. Por las tardes, daba paseos por el parque o deambulaba por las calles de la ciudad, a pesar de que su capa no fuera suficiente contra el viento afilado, simplemente para poder sentirse parte de la humanidad. En todas partes encontraba testimonios del legado musical de Leipzig, desde estatuas de compositores famosos y calles con sus nombres, hasta las casas donde habían vivido nada menos que Mendelssohn y Schumann.

Su lugar favorito era el espectacular Teatro Nuevo, hogar de la Compañía de Ópera de Leipzig, con su alta columnata en la entrada y las enormes ventanas en arco. A veces Anna lo contemplaba preguntándose si algún día se atrevería a soñar con actuar en un teatro como aquel. Una tarde incluso reunió el coraje suficiente para llamar a la puerta de atrás e intentar comunicarse con el portero. Pero por más que gesticuló no consiguió hacer entender al hombre que estaba buscando trabajo como cantante.

Descorazonada y cada vez más convencida de que aquel no era su lugar, había encontrado refugio en la Thomaskirche, un majestuoso edificio gótico sobre el que se alzaba un bello campanario blanco. Aunque era mucho más grande que la iglesia de Heddal, el olor y la atmósfera le recordaban a su hogar. El día que finalmente envió las cartas a sus padres y a herr Bayer, fue a retirarse allí. Tomó asiento en un banco, agachó la cabeza y pidió redención, fuerza y consejo.

—Señor, perdóname por las terribles mentiras que contienen las cartas. Creo que la peor es —tragó saliva con dificultad— la de que soy feliz, porque no lo soy. En absoluto. Pero sé que no merezco compasión ni perdón.

Notó una mano suave en el hombro.

Warum so traurig, mein Kind?

Sobresaltada, levantó la mirada y vio el rostro sonriente de un pastor.

Kein Deutsch, nur Norwegisch —acertó a decir, tal como Jens la había enseñado.

—¡Ah! —exclamó el pastor—. Yo sé algo de noruego.

Aunque Anna hizo lo posible por comunicarse con él, el noruego del pastor era tan limitado como su alemán, así que la joven comprendió que tendría que ser Jens quien hablara con él de la boda y lo convenciera de su fe.

El mejor momento del día era cuando se sentaban a cenar y Jens le hablaba del conservatorio: los demás alumnos, que provenían de toda Europa, las hileras de pianos Blüthner para ensayar y los maravillosos profesores, muchos de los cuales eran además músicos de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Aquella noche el tema era el Stradivarius que le habían permitido tocar.

—La diferencia en la calidad del sonido es similar a la de una mesera tarareando y una soprano cantando un aria —aseguró encantado—. ¡Todo es tan fantástico! No solo puedo tocar el piano y el violín todos los días, sino que estoy aprendiendo muchas cosas en las clases de composición musical, armonía y análisis musical. Y en historia de la música ya he estudiado obras de Chopin y Liszt de las que nunca había oído hablar. Pronto tocaré el Scherzo n.º 2 de Chopin en un concierto de alumnos que tendrá lugar en la sala de la Gewandhaus.

—Me alegro mucho por ti —dijo Anna procurando mostrar entusiasmo—. ¿Hay alguien a quien puedas preguntar si existe la posibilidad de que me oigan cantar?

—Siempre me preguntas lo mismo, Anna —contestó él entre bocado y bocado—, y siempre te contesto que si no aprendes alemán te será muy difícil abrirte camino en esta ciudad.

—Pero seguro que hay alguien dispuesto a escucharme. Me sé el «Aria de Violetta» en italiano, y más adelante podría aprenderla en alemán.

—No te preocupes, cariño. —Jens le cogió la mano—. Te prometo que volveré a consultarlo.

Tras la cena, siempre llegaba la incómoda rutina de acostarse. Anna se ponía el camisón en el retrete y se metía a toda prisa bajo las mantas, donde Jens ya la esperaba. Él la envolvía con sus brazos y ella se relajaba contra su pecho, aspirando su olor almizclado. Él la besaba y Anna notaba que su cuerpo respondía, y al igual que el de Jens, ambos deseosos de más… Entonces ella se apartaba y él dejaba escapar un suspiro hondo.

—No puedo —había susurrado ella una noche en la oscuridad—. Primero debemos casarnos.

—Lo sé, amor mío, y algún día nos casaremos, pero, antes de eso, ¿no podríamos…?

—¡No, Jens! Simplemente… no puedo. Ya sabes que he encontrado una iglesia donde podemos casarnos pronto, pero tienes que hablar con el pastor para organizar la ceremonia.

—No tengo tiempo para eso, Anna. Mis estudios requieren toda mi atención. Además, por el conservatorio corren nuevas ideas. Entre los estudiantes hay radicales que creen que la Iglesia solo existe para controlar a la gente. Prefieren una visión más progresista, como la de Goethe en su obra Fausto, una historia que aborda todos los aspectos de lo espiritual y lo metafísico. Un amigo me ha dejado un ejemplar y este fin de semana te llevaré al Auerbachs Keller, el bar que Goethe frecuentaba y donde hay un fresco en el que se inspiró para escribir su obra.

Anna nunca había oído hablar del tal Goethe ni de su, al parecer, reveladora obra. Lo único que sabía era que antes de poder unirse físicamente a Jens tenía que estar casada a los ojos de Dios.

La llegada de la Navidad le recordó a Anna que Jens y ella ya llevaban en Leipzig tres meses. Quería asistir a la Christmette, la misa del gallo, y el pastor Meyer incluso le había regalado un librito de himnos tradicionales alemanes. Feliz ante la perspectiva de volver a cantar con otras personas, había estado tarareando Stille Nacht para sí misma. Jens, sin embargo, insistió en que pasaran la Nochebuena en casa de Frederick, un compañero del conservatorio.

Con una jarra de Glühwein caliente en la mano, Anna se pasó toda la cena sentada al lado de Jens, escuchando en silencio el alemán gutural sin entender nada de lo que se decía. Jens, que ya estaba borracho, no hizo ningún esfuerzo por traducírselo. Después de cenar tocaron instrumentos, pero el muchacho no le propuso que cantara en ningún momento.

Cuando regresaban a casa en la fría noche, Anna oyó que las campanas daban las doce anunciado el comienzo del día de Navidad. Al pasar por delante de la iglesia le llegó un rumor de villancicos y miró a Jens, que tenía la cara roja por el alcohol y el jolgorio de la velada. La joven elevó una plegaria silenciosa por su familia, que estaba celebrando la Navidad sin ella en Heddal, y deseó con todas sus fuerzas poder estar allí con ellos.

A lo largo de los meses de enero y febrero Anna pensó que iba a enloquecer de aburrimiento. Su rutina diaria, que al principio le había resultado soportable por la novedad, se le antojaba ya terriblemente tediosa. La nieve había llegado a Leipzig y a veces hacía tanto frío que se le entumecían los dedos de las manos y los pies. Se pasaba el día subiendo cubos de carbón para la estufa, lavando ropa en el gélido lavadero y haciendo esfuerzos patéticos por entender las palabras de Fausto, la obra que Jens la había animado a leer para mejorar su alemán.

—¡Soy demasiado estúpida! —se reprendió una tarde, cerrando el libro con brusquedad y echándose a llorar, algo que ahora hacía con una regularidad alarmante.

Jens estaba cada vez más implicado con el conservatorio y los compañeros y muchas veces llegaba a casa a medianoche, después de un concierto, oliendo a cerveza y a humo de tabaco. Ella fingía dormir cuando sus manos la buscaban y le acariciaban torpemente el cuerpo por encima del camisón. Entonces lo oía refunfuñar por su falta de respuesta y, mientras el corazón le latía con fuerza contra el pecho, Jens se daba la vuelta con un gruñido y se ponía a roncar. Era entonces cuando podía Anna respirar aliviada y dormirse.

A aquellas alturas ya cenaba sola casi todos los días y observaba a los demás huéspedes con disimulo. Muchos cambiaban semanalmente y la joven imaginaba que eran vendedores ambulantes. Había, sin embargo, un caballero mayor que, como ella, parecía residir en la pensión de forma permanente y cenaba solo todas las noches. Siempre tenía la nariz enterrada en un libro y vestía con anticuada distinción.

El hombre se convirtió para Anna en objeto de estudio durante la cena. Se pasaba horas preguntándose cuál sería su historia y por qué habría elegido pasar sus últimos años allí. A veces, cuando cenaban ellos dos solos, él la saludaba con la cabeza y decía «Guten Abend» cuando entraba y «Gute Nacht» cuando ella se marchaba. Anna se dio cuenta de que le recordaba a herr Bayer con su mata de pelo blanco, su poblado bigote y sus modales educados.

—Debo de ser muy infeliz si echo de menos incluso a herr Bayer —farfulló una noche al salir del comedor.

Unas cuantas noches después, el caballero se levantó y cruzó la estancia con su inevitable libro en la mano.

Gute Nacht —se despidió con una inclinación de la cabeza camino de la puerta. Pero luego, como pensándoselo mejor, se dio la vuelta—. Sprechen sie Deutsch?

Nein, Norwegisch.

—¿Es usted noruega? —preguntó sorprendido.

—Sí —respondió Anna, encantada de que el hombre hubiera contestado en su idioma con fluidez.

—Yo soy danés, pero mi madre era de Cristianía y me enseñó su idioma cuando era pequeño.

Después de tantos meses sin poder comunicarse como es debido con nadie salvo Jens, Anna sintió deseos de abrazarle.

—Es un placer conocerlo, señor.

Advirtió que el hombre la observaba desde la puerta con aire pensativo.

—¿Ha dicho usted que no habla alemán?

—Solo conozco unas cuantas palabras.

—¿Y entonces cómo es posible que se las arregle en esta ciudad?

—Para serle franca, señor, no lo hago.

—¿Su marido trabaja en Leipzig?

—No, estudia en el conservatorio.

—¡Músico! Ahora entiendo por qué casi nunca cena con usted. ¿Puedo preguntarle cómo se llama?

—Anna Halvorsen.

—Yo soy Stefan Hougaard. —Le dedicó una ligera venia—. Es un placer conocerla. ¿Trabaja usted, fru Halvorsen?

—No, señor, aunque espero encontrar pronto un empleo de cantante.

—Entretanto, ¿qué le parece si la ayudo a estudiar alemán? —propuso él—. Al menos podría enseñarle los conceptos básicos. Si quiere, podríamos reunirnos aquí por las mañanas, después del desayuno, bajo la feroz mirada de nuestra casera para que su marido no piense que hacemos algo indecoroso.

—Es usted muy amable, señor, y le agradecería enormemente su ayuda. Aunque debo advertirle que aprendo despacio y las letras no son mi fuerte, ni siquiera en mi propio idioma.

—En ese caso, simplemente tendremos que insistir un poco más. ¿Le parece bien mañana a las diez?

—Me parece perfecto.

Anna se acostó mucho más animada aquella noche a pesar de que Jens había vuelto a dejarla sola porque estaba, le dijo, ensayando para un concierto. El mero hecho de poder conversar con otro ser humano la había llenado de dicha, y cualquier cosa que pudiera hacer para añadir un poco de variedad a sus días tenía que ser bueno. Y si aprendía un poco de alemán, tal vez existiera alguna posibilidad de volver a cantar en público…

Los árboles empezaron a dar sus primeras flores y Anna aún pasaba las mañanas en el salón de la pensión tratando de obligar a su obtuso cerebro a memorizar y repetir las palabras que herr Hougaard le enseñaba. Transcurridos unos días, él insistió en acompañarla en sus visitas diarias al mercado, donde se mantenía a cierta distancia y escuchaba con atención a Anna mientras la joven, siguiendo sus instrucciones, daba los buenos días al vendedor, pedía lo que necesitaba y pagaba antes de despedirse. Las primeras veces la muchacha se puso muy nerviosa y se trabó al pronunciar las frases que había aprendido, pero poco a poco fue ganando confianza.

A lo largo de las semanas, las incursiones en la ciudad con herr Hougaard comenzaron a diversificarse conforme el alemán de Anna mejoraba, hasta que un día pidió ella sola en un restaurante un almuerzo para los dos que insistió en pagar como gesto de agradecimiento.

Seguía sin saber apenas nada de él, salvo que su esposa había muerto unos años atrás. Tras enviudar, se había mudado del campo a la ciudad para disfrutar de todos los beneficios de la escena cultural de Leipzig sin tener que preocuparse de las tareas domésticas.

—¿Qué más necesito aparte de un estómago lleno, sábanas limpias, ropa lavada con regularidad y un concierto magnífico a solo unos minutos a pie para estimular mis sentidos? —le había dicho con una amplia sonrisa.

Herr Hougaard se sorprendía de que Jens no invitara a Anna a asistir a los numerosos conciertos en los que le decía que tocaba. Jens argumentaba que no podían gastarse dinero en eso, pero, según herr Hougaard, muchos eran gratuitos. De hecho, Anna veía cada vez menos a su «marido», y últimamente había días en que ni siquiera volvía a casa por las noches. Una mañana, al abrir la ventana de la habitación para dejar entrar el aire primaveral antes de bajar para su clase diaria, la joven pensó que si no fuera por herr Hougaard hacía meses que se habría arrojado ante un tranvía.

Fue en una de sus salidas por el centro de la ciudad a la hora de comer cuando Anna se sorprendió de ver a Jens sentado a una mesa junto al ventanal del Thüringer Hof, uno de los mejores restaurantes de Leipzig. Era el lugar donde la aristocracia local se reunía, luciendo sus elegantes trajes, mientras sus coches de caballos aguardaban pacientemente formando una hilera para llevarlos a casa después de un almuerzo opulento. La misma vida que ella había llevado una vez en Cristianía, pensó con remordimiento.

Estiró el cuello para atisbar entre los coches de caballos a la persona que estaba comiendo con Jens. Por el sombrero colorado y la pluma sujeta a él que se bamboleaba cuando la figura hablaba, comprendió que se trataba de una mujer. Tras acercarse un poco más, para extrañeza de herr Hougaard, advirtió que tenía el pelo castaño y un perfil que su madre habría definido como romano, que básicamente quería decir narigón.

—¿Qué diantre está mirando, Anna? —Herr Hougaard se le acercó por detrás—. Parece la pequeña cerillera del cuento de mi compatriota Hans Christian Andersen. ¿No quiere acercarse a pegar la nariz al cristal, como hacía ella? —rio.

—No. —Anna desvió la mirada cuando Jens y la mujer juntaron un poco más las cabezas para hablar—. Pensaba que había visto a un conocido.

Aquella noche Anna se obligó a permanecer despierta hasta que Jens regresó pasada la medianoche. Desde hacía un tiempo, el chico se cambiaba en el retrete y se metía en la cama a oscuras para no despertarla. Pero, obviamente, la despertaba. Cada noche.

—¿Qué haces todavía despierta? —le preguntó cuando entró en el cuarto, sin duda sorprendido al ver el quinqué todavía encendido.

—Te estaba esperando. Tengo la sensación de que ya nunca nos vemos.

—Lo sé —suspiró él derrumbándose en la cama a su lado, y Anna supo de inmediato que había estado bebiendo otra vez—. Por desgracia, así es la vida del estudiante de música en el célebre Conservatorio de Leipzig. ¡Si apenas tengo tiempo ni para comer!

—¿Ni siquiera a mediodía? —espetó Anna antes de poder frenarse.

Jens se volvió hacia ella.

—¿Qué quieres decir?

—Hoy te he visto comiendo en un restaurante del centro.

—¿En serio? ¿Y por qué no has entrado a saludar?

—Porque no iba debidamente vestida para un lugar tan lujoso. Y porque estabas muy entretenido conversando con una mujer.

—Ah, sí, la baronesa von Gottfried. Es una gran benefactora del conservatorio y sus alumnos. La semana pasada asistió a un concierto en el que cuatro jóvenes compositores tuvimos la oportunidad de interpretar una de nuestras piezas cortas. Es la composición en la que he estado trabajando, ¿recuerdas?

No, no lo recordaba, porque Jens ya nunca estaba allí para contarle las cosas.

—Ya.

Anna sintió que se le formaba un nudo en la garganta y que la indignación crecía dentro de ella al preguntarse por qué Jens, si había estrenado una composición, no la había invitado a escucharla.

—La baronesa me ha invitado a comer para hablar de la posibilidad de dar a conocer mis composiciones a un círculo más amplio. Tiene muchos contactos en todas las grandes ciudades europeas. París, Florencia, Copenhague… —Jens sonrió con expresión soñadora y se colocó las manos debajo de la cabeza—. ¿Te imaginas que mi música llegara a interpretarse en las grandes salas de conciertos del mundo, Anna? Herr Hennum se quedaría con un palmo de narices, ¿no te parece?

—Sí, y seguro que eso te daría una satisfacción enorme.

—¿Qué te ocurre, Anna? —preguntó Jens al percibir la frialdad de su voz—. Vamos, suéltalo. Tienes ganas de decirme algo.

—¡Pues sí! —Anna no pudo contener su rabia durante más tiempo—. Apenas te veo durante la semana y ahora me dices que estás dando conciertos a los que yo, tu prometida y a los ojos del mundo tu esposa, ni siquiera estoy invitada. Casi todos los días llegas después de medianoche, ¡y a veces ni eso! Y yo me quedo aquí, esperándote como un perro fiel, sin amigos, sin nada que hacer salvo tareas domésticas y sin perspectiva alguna de continuar con mi carrera de cantante. Y por si eso fuera poco, voy y te veo en uno de los mejores restaurantes de la ciudad comiendo con otra mujer. ¡Eso es lo que tenía que decir!

Una vez que quedó claro que Anna había dado por finalizado su arrebato, Jens se levantó de la cama.

—Ahora, Anna, vas a escuchar lo que yo tengo que decir. ¿Tienes idea de lo que significa para mí yacer cada noche junto a la mujer que amo, estar tan cerca de su hermoso cuerpo, y que no me permitan tocarlo más allá de una caricia o un beso? ¡Por Dios, si hasta en cierto modo esa pequeña concesión que te dignas a hacerme solo contribuye a aumentar mi frustración! Noche tras noche me tumbo a tu lado soñando con hacerte el amor, hasta el punto de que no logro descansar. Es mejor para mí y mi salud mental no acostarme a tu lado ardiendo de deseo, sino llegar a casa lo más tarde y lo más borracho posible para caer derrotado. ¡Sí! —Jens se cruzó de brazos con gesto desafiante—. Porque esta… «vida» que compartimos no es ni carne ni pescado. Eres mi esposa pero no eres mi esposa. Te muestras reservada y taciturna… y da la impresión de que nada te gustaría más que volver a casa. Anna, por favor, no olvides que venir aquí fue decisión tuya. ¿Por qué no te marchas? Es evidente que no eres feliz. ¡Que yo no te hago feliz!

—¡Estás siendo muy injusto, Jens! Sabes tan bien como yo que estoy deseando casarme para que podamos construir una vida juntos como marido y mujer, pero cada vez que te pido que vengas a conocer al pastor dices que estás demasiado cansado o demasiado ocupado. ¿Cómo te atreves a culparme de esta situación cuando no es responsabilidad mía?

—En eso tienes razón. —La expresión de Jens se suavizó—. Pero ¿por qué crees que no quiero ver al pastor todavía?

—¿Porque no quieres casarte conmigo?

—Anna —soltó una carcajada exasperada—, sabes que estoy deseando convertirme en tu marido de verdad, pero creo que no eres consciente de lo que cuestan esas cosas. Necesitarás un vestido, invitados, un banquete… Lo que toda novia merece. Y lo que yo quiero que tengas. Pero no tenemos dinero para eso, así de sencillo. Vivimos con lo justo.

La furia de Anna se desvaneció de golpe cuando por fin lo entendió.

—Pero Jens… yo no necesito nada de eso. Yo solo quiero que nos casemos.

—Bueno, si lo que dices es cierto, nos casaremos enseguida. Aunque, desafortunadamente, no será la boda con la que soñabas de niña.

—Lo sé. —Anna tragó saliva con esfuerzo al pensar que nadie de su familia estaría presente. Ni mor, ni far, ni Knut y Sigrid. El pastor Erslev no presidiría la ceremonia y ella no luciría la corona nupcial del pueblo—. Pero no me importa.

Jens se recostó en la cama y la besó con ternura.

—Iremos a ver a tu pastor y fijaremos una fecha.

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