La hermana tormenta
Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 32
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La ceremonia nupcial en la Thomaskirche fue breve, sobria e íntima. Anna lucía un sencillo vestido de color blanco que había comprado para la ocasión con el dinero de frøken Olsdatter y flores blancas en el pelo. El pastor Meyer sonrió afablemente al pronunciar los votos que los unirían para el resto de sus vidas.
—Ja, ich will —dijeron tanto Anna como Jens cuando les llegó el turno.
Después, el joven deslizó la sencilla alianza de oro de su abuela en el dedo de Anna con gesto dulce y firme. Ella cerró los ojos cuando Jens la besó castamente en los labios y, con gran alivio, sintió el perdón del Señor en su corazón.
El reducido cortejo nupcial se trasladó a la Bierkeller, donde los amigos músicos de Jens improvisaron una marcha nupcial cuando los recién casados hicieron su entrada, y los demás clientes alzaron sus jarras de cerveza para brindar por su felicidad. Frente a una sencilla sopa de albóndigas, Anna notó el tranquilizador contacto de la mano de su marido sobre la rodilla. Gracias a herr Hougaard, pudo sumarse a las bromas y brindis de los amigos de Jens y dejó de sentirse como una extraña en un mundo extraño.
Aquella noche, mientras subían por la escalera hacia su habitación, Jens le puso la mano en la parte baja de la espalda y le provocó escalofríos de nerviosa expectación.
—Mírate —murmuró él con los ojos llenos de deseo tras cerrar la puerta a su espalda—, tan menuda, tan inocente, tan perfecta… —La atrajo hacia sí y paseó audazmente las manos por su cuerpo—. Necesito poseer a mi esposa —le susurró al oído antes de levantarle el rostro para besarla—. ¿Y te extraña que buscara consuelo en otro lado?
Al oír aquellas palabras, Anna se apartó de él con brusquedad.
—¿Qué quieres decir?
—Nada, nada… únicamente que te deseo.
Antes de que ella pudiera replicar, él ya estaba besándola y acariciándole la espalda, los muslos, los pechos… y a Anna, muy a su pesar, le pareció maravilloso y natural que su propia ropa y las demás barreras que los habían separado cayeran al fin para poder consumar su unión. Jens la tendió en la cama, se desnudó y se tumbó sobre ella. Las manos de Anna le exploraron con timidez los duros músculos de la espalda. Cuando su marido la penetró, la joven estaba lista, sabedora de que su cuerpo llevaba ensayando aquel momento de manera inconsciente desde la primera vez que vio a Jens.
El proceso le resultó extraño, pero cuando él suspiró y cayó derrumbado a su lado, acurrucando la cabeza en su hombro, todas las historias de terror que había escuchado sobre aquel momento se desvanecieron. Pues ahora se pertenecían de verdad el uno al otro.
Durante las semanas siguientes, Jens llegó a casa a la hora de la cena, ansiando, como ella, terminar el plato para poder retirarse a su cuarto. A Anna se le hizo obvio que su marido era un experto en el arte de amar y, una vez que él ganó confianza y ella se relajó, las noches se convirtieron en una aventura maravillosa. La soledad de los últimos meses fue quedando atrás a medida que Anna iba comprendiendo la diferencia entre amigos y amantes. Y daba la impresión de que se habían invertido los papeles, pues era ella quien deseaba constantemente sentir las caricias de Jens.
—Por Dios, esposa mía —le dijo él una noche mientras jadeaba a su lado—. Estoy empezando a arrepentirme de haberte enseñado este juego. ¡Eres insaciable!
Y lo era. Porque aquellos momentos eran la única parte de él que le pertenecía por completo. Cuando él abandonaba sus brazos por la mañana y se vestía para ir al conservatorio, Anna veía que la expresión le cambiaba y notaba que su mente se alejaba. Había adquirido la costumbre de acompañarlo a pie hasta el conservatorio, donde Jens la abrazaba y le decía que la quería antes de cruzar la puerta y desaparecer en aquel otro mundo que lo consumía.
«Mi enemigo», pensaba a veces Anna cuando se daba la vuelta y regresaba a casa.
Herr Hougaard había reparado en su nuevo andar brioso y en la rápida sonrisa con que lo saludaba por las mañanas.
—Parece más contenta, frau Halvorsen, y me alegro mucho por usted —decía.
Espoleado por aquel nuevo optimismo, el alemán de Anna había mejorado muy deprisa. Ahora hablaba con una seguridad que herr Hougaard aplaudía. Y la muchacha tenía la impresión de que cada palabra que aprendía la conducía hacia muchas otras.
Decidió que no quería seguir esperando de brazos cruzados a que Jens le consiguiera trabajo como cantante. Le escribió una carta a herr Grieg para comunicarle que se había trasladado a vivir a Leipzig y preguntarle si podía conseguirle una audición con alguien que conociera en la ciudad. Jens había pedido en el conservatorio la dirección de C. F. Peters, la editorial musical de herr Grieg en Leipzig. Tras localizar el número diez de Talstraβe, Anna le entregó la carta en mano a un joven que trabajaba en la tienda de la planta baja vendiendo partituras. A partir de entonces, todas las noches rezaba para que herr Grieg recibiera la misiva y contestara.
Un día de junio, tras mantener una conversación de quince minutos en alemán sin cometer un solo error, herr Hougaard se inclinó ante ella.
—Frau Halvorsen, ha estado impecable. La felicito.
—Danke —rio Anna.
—También debo decirle que me marcho a Baden-Baden para tomar las aguas, como hago siempre en los meses de verano. En la ciudad hace demasiado calor para mí y hace un tiempo que me noto particularmente cansado. ¿Piensan herr Halvorsen y usted regresar a Noruega cuando termine el curso?
—No me ha comentado nada al respecto.
—Parto mañana por la mañana, de modo que volveré a verla, con suerte, en otoño.
—Así lo espero. —Anna se puso en pie imitando a herr Hougaard y lamentando no poder mostrarle su afecto y gratitud de una manera menos formal que la que exigían las normas de cortesía—. Estoy en deuda con usted, señor.
—Frau Halvorsen, le aseguro que ha sido un placer —dijo él para despedirse.
Cuando herr Hougaard se marchó a Baden-Baden, Anna también notó un cambio en Jens. Ya no volvía a casa a cenar con la misma frecuencia, y cuando lo hacía estaba nervioso, como un gato sobre las brasas. Y cuando le hacía el amor, lo sentía lejos.
—¿Qué te ocurre? —le preguntó una noche—. Sé que pasa algo.
—No es nada —respondió él secamente antes de escapar de entre sus brazos y darse la vuelta—. Estoy cansado, eso es todo.
—Jens, min elskede, te conozco. Por favor, dime qué pasa.
Jens permaneció inmóvil durante un rato antes de volverse de nuevo hacia ella.
—Está bien, tengo un dilema y no sé cómo resolverlo.
—Por lo que más quieras, dime de qué se trata. Tal vez pueda ayudarte.
—El problema es que no va a hacerte ninguna gracia.
—Razón de más para que me lo cuentes.
—¿Te acuerdas de la mujer con la que me viste comiendo?
—La baronesa —dijo Anna con un escalofrío—. ¿Cómo iba a olvidarla?
—Me ha pedido que pase el verano con ella en París, en el château que su marido y ella tienen cerca del palacio de Versalles. Todas las semanas ofrece veladas musicales para la flor y nata del mundo de las artes y quiere que estrene allí mis composiciones. Es una oportunidad de oro para dar a conocer mi obra, obviamente. La baronesa von Gottfried conoce a todo el mundo y, como ya te dije en una ocasión, es una gran mecenas de los jóvenes compositores. Me ha contado que incluso herr Grieg tocó en una de sus veladas.
—Entonces está claro que debemos ir. No entiendo dónde está el dilema.
Jens soltó un gemido.
—Por eso no te lo quería decir, Anna. El problema es que no puedo llevarte conmigo.
—Ah. ¿Puedo preguntar por qué?
—Porque… —Jens suspiró— la baronesa von Gottfried no sabe que existes. Nunca le he mencionado que estoy casado. Si te soy sincero, pensaba que podría perjudicar su buena disposición hacia mí. Cuando la conocí, nuestra relación era… complicada y vivíamos prácticamente como hermanos o amigos. Y así está la cosa. No tiene ni idea de que existes.
—Entonces ¿por qué no le cuentas ahora que sí que existo? —repuso Anna en un tono quedo y frío mientras digería el significado subyacente a las palabras de su marido.
—Porque… tengo miedo. Sí, Anna, tu Jens tiene miedo de que la baronesa ya no desee que la acompañe a París si se entera.
—¿Quieres que la baronesa crea que estás disponible para que te ayude en tu carrera?
—Sí, Anna. Dios, soy un imbécil…
—Lo eres.
Anna miró desapasionadamente a Jens cuando este se cubrió la cabeza con una almohada y se escondió como un niño travieso regañado por su madre.
—Perdóname, Anna. Me detesto, pero por lo menos ya lo sabes todo.
—¿Cuánto tiempo quiere que vayas?
—Tan solo el verano. —Jens asomó la cabeza por debajo de la almohada—. Quiero que entiendas que todo esto lo hago por nosotros, para dar un impulso a mi carrera y ganar el suficiente dinero para que puedas salir de esta habitación y tener tu propia casa, que es lo que realmente te mereces.
«Y para que puedas saborear la fama que crees merecer», pensó ella con amargura.
—Entonces debes ir.
—¿En serio? —Jens parecía receloso—. ¿Por qué ibas a dejarme ir?
—Porque me has puesto entre la espada y la pared. Si te lo prohíbo, estarás todo el verano enfurruñado y me culparás de tu desgracia. Y, en contra de lo que piensan los demás —Anna respiró hondo—, yo confío en ti.
—¿De veras? —La miró atónito—. ¡Entonces eres una auténtica diosa!
—Eres mi marido, Jens. ¿Qué sentido tendría estar casada contigo si no pudiera confiar en ti? —respondió ella con gravedad.
—Gracias. Gracias, mi querida esposa.
Jens se marchó pocos días después dejándole el dinero suficiente para vivir con holgura hasta su regreso. La abrumadora gratitud del joven por su generosidad había bastado para convencer a Anna de que había tomado la decisión correcta. Durante las noches anteriores a su partida, cuando yacían el uno junto al otro en la cama, Anna lo había visto contemplarla con admiración.
—Te quiero, Anna, te quiero… —le repetía una y otra vez.
Y la mañana de su marcha la estrechó contra su pecho como si no soportara la idea de separarse de ella.
—Prométeme que me esperarás, mi adorada esposa, pase lo que pase.
—Por supuesto, Jens. Eres mi marido.
Anna sobrevivió al sofocante verano de Leipzig a fuerza de determinación. De noche yacía desnuda en la cama, sudando y con las ventanas abiertas de par en par a fin de dejar entrar el poco aire que se colaba entre las casas de la angosta calle. Terminó el Fausto de Goethe y leyó con gran esfuerzo todos los libros que pudo tomar prestados de la biblioteca municipal para mejorar su léxico en alemán. También compraba telas en el mercado y se llevaba la costura al parque, donde, sentada a la sombra de un árbol, se confeccionó un vestido de fustán y una capa gruesa para el invierno. Al tomarse las medidas, la inquietó comprobar que, pese a no haber cumplido aún los veinte, se había ensanchado de cintura, como les sucedía a otras mujeres una vez casadas. Solía visitar la Thomaskirche un día sí y otro no, en busca de solaz tanto espiritual como físico, pues el fresco interior de la iglesia era el único lugar donde podía escapar del calor.
Escribía regularmente a Jens a la dirección que le había dado antes de irse a París, pero solo recibió de él dos notas breves en las que le contaba que estaba bien y muy ocupado conociendo a muchos de los importantes contactos de la baronesa von Gottfried. Decía que su composición había sido bien recibida en el recital y que estaba trabajando en algo nuevo en los ratos libres.
«¡El château me está inspirando mi mejor obra hasta el momento! ¿Cómo puede alguien no sentirse creativo en un lugar tan bello?»
El verano parecía no tener fin, pero Anna se resistía a sucumbir a los sombríos pensamientos que luchaban por abrirse paso en su mente respecto a la rica y poderosa mecenas de Jens. Su marido volvería pronto a su lado, se decía, y continuarían con su vida marital.
Jens no había especificado la fecha exacta de su regreso, pero una mañana de principios de septiembre, mientras Anna estaba desayunando, frau Schneider, la casera, le preguntó deliberadamente si su marido tenía previsto llegar a Leipzig ese día, a tiempo para el comienzo del curso en el conservatorio la mañana siguiente.
—Seguro que sí —contestó con calma, decidida a no mostrar su sorpresa.
Subió enseguida a su cuarto para cepillarse el pelo y ponerse su vestido nuevo. Se miró en el espejito que tenía encima de la cómoda y le gustó lo que vio. No cabía duda de que se le habían redondeado las mejillas desde la marcha de Jens, y estaba segura de que su marido lo aprobaría, pues, al igual que su familia, solía decirle que estaba demasiado delgada.
Nerviosa e ilusionada por el regreso de su marido, no salió de la bochornosa habitación en todo el día.
No obstante, cuando la noche empezó a caer, también lo hizo su ánimo. Jens no se perdería el primer día de curso en su amado conservatorio, se dijo. Sin embargo, cuando las campanas de las iglesias dieron las doce anunciando el comienzo de un nuevo día, se quitó el vestido y se tumbó en la cama con la enagua. Sabía que aquella noche ya no llegarían más trenes a la estación de Leipzig.
Tres días después, estaba a punto de volverse loca de preocupación. Se acercó al conservatorio y esperó a que los estudiantes salieran por sus puertas fumando y charlando. Al reconocer a Frederick, el joven con el que habían pasado la Nochebuena, se acercó a él tímidamente.
—Perdone que le moleste, herr Frederick —dijo, pues no conocía su apellido—. ¿Ha visto a Jens en la escuela esta semana?
El joven la estudió y tardó unos instantes en reconocerla, tras lo cual intercambió una mirada significativa con sus amigos.
—Me temo que no, frau Halvorsen. ¿Alguno de vosotros lo ha visto? —preguntó al grupo que lo acompañaba.
Negaron con la cabeza y miraron hacia otro lado, avergonzados.
—Me preocupa que le haya ocurrido algo en París, pues hace más de un mes que no sé nada de él y tenía que regresar para el comienzo del curso. —Nerviosa, Anna le daba vueltas a la alianza que lucía en el dedo—. ¿Hay alguien más en el conservatorio que pueda conocer su paradero?
—Puedo preguntarle al tutor de herr Halvorsen si sabe algo, pero, si he de serle franco, frau Halvorsen, tengo la impresión de que su plan era establecerse en París. Me dijo que solo tenía dinero para pagar un año de conservatorio aquí, aunque es posible que la escuela le haya concedido una beca. ¿Es ese el caso? —le preguntó.
—Yo…
Anna sintió que la cabeza le daba vueltas y se tambaleó levemente. Frederick la agarró del brazo para que no perdiera el equilibrio.
—Frau Halvorsen, está claro que no se encuentra bien.
—No, no, estoy perfectamente. —Anna se liberó de su presa y recurrió a su orgullo para alzar el mentón—. Danke, herr Frederick —dijo con un leve asentimiento, y se alejó con la cabeza lo más alta que pudo.
—Dios mío, Dios mío —murmuraba mientras luchaba por volver a casa a través de las concurridas calles, todavía mareada y sin aliento.
Se derrumbó sobre la cama, cogió el vaso de agua de la mesilla y bebió con avidez para calmar la sed y el aturdimiento.
—No puede ser verdad. ¡No puede ser verdad! Si su intención es quedarse en París, ¿por qué no ha mandado a buscarme? —Las paredes desnudas de la habitación no pudieron darle la respuesta que necesitaba—. Él no me abandonaría, es imposible —se dijo—. Me quiere, soy su esposa…
Después de pasar la noche en vela temiendo enloquecer a causa de los pensamientos que la asediaban, bajó a desayunar y se encontró a frau Schneider en el recibidor leyendo una carta.
—Buenos días, frau Halvorsen. Acabo de recibir una noticia muy triste. Por lo visto, su amigo, herr Hougaard, falleció hace dos semanas de un ataque al corazón. Su familia me pide que recoja sus pertenencias porque enviará un carro a buscarlas.
Anna se llevó la mano a la boca.
—No, Dios mío, no.
Y en aquel momento, todo se volvió negro.
Despertó tumbada en el sofá de la sala privada de frau Schneider con una compresa fría sobre la frente.
—Tranquila —susurró la mujer—. Sé que apreciaba mucho a herr Hougaard, como yo. Debe de haber sido un fuerte golpe para usted, con su marido todavía de viaje. Y en su estado.
Anna siguió la mirada de la mujer hasta su barriga.
—¿A… a qué se refiere con «en mi estado»?
—Pues a su embarazo, a qué va a ser. ¿Sabe cuándo sale de cuentas? Con lo menuda que es usted, frau Halvorsen, tiene que cuidarse mucho.
Anna sintió que el mundo volvía a girar a gran velocidad y pensó que iba a vomitar sobre el sofá de terciopelo de frau Schneider.
—Intente beber un poco de agua —le sugirió la mujer tendiéndole un vaso.
Anna obedeció mientras frau Schneider seguía parloteando.
—Pensaba hablar con usted sobre el futuro cuando regresara su marido. Verá, una de las normas de la casa es que no se admiten niños. Los gritos y los llantos molestan a los demás huéspedes.
Si Anna creía que las cosas no podían empeorar, al parecer acababan de hacerlo.
—Sin embargo, mientras su esposo esté ausente, no me parece bien dejarla en la calle, así que estoy dispuesta a tenerla aquí hasta que nazca el bebé —declaró la mujer con magnanimidad.
—Danke —susurró Anna, consciente de que la breve exhibición de empatía de su casera había llegado a su fin y de que la mujer deseaba seguir con sus menesteres. Se puso en pie—. Ya me encuentro mejor. Le agradezco su amabilidad y le pido disculpas por las molestias que le he causado.
Saludó educadamente y regresó a su cuarto.
Pasó el resto del día tendida en la cama, inmóvil. Quizá, si permanecía quieta y con los ojos cerrados, las cosas terribles que habían sucedido —y lo que estaba sucediendo en aquel preciso instante— desaparecieran. Pero si movía un solo músculo, significaría que seguía viva y que tendría que enfrentarse a la realidad.
—Señor, te lo ruego, ayúdame —musitó.
Más tarde, después de verse obligada a salir de la cama para visitar el retrete, se quitó el vestido y se quedó en ropa interior. Tras levantarse la camisola, se forzó a bajar la vista y reconocer la ligera hinchazón de su barriga. ¿Por qué no había relacionado el aumento de su cintura con un posible embarazo?
—¡Idiota! —aulló—. ¿Cómo es posible que no te hayas dado cuenta? ¡Herr Bayer tenía razón! ¡Eres una campesina estúpida e ingenua!
Cogió papel y tinta del cajón, se sentó en la cama y procedió a escribir a su marido.
—Esta mañana ha llegado una carta para usted —anunció frau Schneider tendiéndole un sobre. La criatura, pues así veía la casera a su menuda inquilina, la miró con ojos tristes y vacíos, y por primera vez la mujer vislumbró en ellos un destello de esperanza—. Lleva un sello francés. Estoy segura de que es de su marido.
—Danke.
Frau Schneider hizo un gesto de asentimiento y salió del salón para que «la criatura» pudiera leerla en privado. Desde hacía dos semanas, era el espectro de Anna el que salía de la habitación para mirar con desinterés la comida que ella le ponía delante y retiraba intacta. Suspirando, la casera se dirigió a la cocina para lavar los platos del desayuno en el barril de madera. Ya había visto otros casos así. Y aunque la muchacha le daba un poco de pena, confiaba en que aquella carta resolviera el problema. Hacía tiempo que había aprendido que las vidas de sus huéspedes, por trágicas que fueran, no eran responsabilidad suya.
Anna subió a su cuarto y abrió la carta con dedos temblorosos. Hacía semanas que había escrito a Jens al château para contarle lo del bebé. Quizá aquella fuera finalmente su respuesta.
París
13 de septiembre de 1877
Mi querida Anna:
Perdona mi tardanza en escribirte, pero antes quería estar definitivamente instalado. Estoy viviendo en un apartamento en París y estudiando composición con Augustus Theron, un renombrado profesor de música. Me está ayudando a mejorar mucho. La baronesa von Gottfried ha sido muy generosa actuando como mi benefactora y mecenas y presentándome a todas las personas que podrían prestarme su ayuda. Incluso ha organizado un recital en noviembre para que pueda interpretar mis piezas delante de la alta sociedad parisina.
Como ya te dije, no me parecía conveniente hablarle de ti, pero la verdad es, Anna, que no quería preocuparte antes de mi partida. El caso es que se me había terminado el dinero y, de no ser por la liberalidad de la baronesa, ahora los dos estaríamos viviendo en la miseria. Te dejé en Leipzig todo lo que tenía, y sé que aún conservas las monedas que frøken Olsdatter te dio, así que confío en que no estés sufriendo.
Anna, entiendo que debes de ver mi marcha y el hecho de que no haya vuelto junto a ti como una terrible traición de nuestro amor, pero tienes que creerme cuando te digo que te AMO y que todo esto lo he hecho por nosotros y por nuestro futuro. Cuando mi música empiece a ser conocida, podré mantenernos a los dos sin ayuda de nadie y entonces iré a buscarte, amor mío. Te lo juro por la Biblia que en tanta estima tienes. Y por nuestra unión.
Te lo ruego, Anna, cumple tu promesa y espérame. Trata de comprender que esto lo hago por los dos. Aunque te cueste, confía en mí y créeme cuando te digo que esta es la mejor manera.
Te echo de menos, amor mío. Mucho.
Te quiero con todo mi corazón.
Siempre tuyo,
JENS
Anna dejó que la carta resbalara hasta el suelo y enterró la cabeza entre las manos para intentar ordenar sus ideas. Jens no mencionaba al bebé. ¿Acaso no había recibido la carta? ¿Y cuánto tiempo más debía esperarlo?
«Ese hombre te romperá el corazón y te destruirá…» Las palabras de herr Bayer resonaron en su mente y minaron su decisión de confiar en su marido.
La joven consiguió sobrevivir otro mes. Como ignoraba cuándo regresaría Jens y las monedas de frøken Olsdatter iban desapareciendo, decidió salir a buscar algún tipo de trabajo.
Durante una semana, recorrió las calles de Leipzig solicitando empleo de camarera o marmitón, pero en cuanto el empleador reparaba en su protuberante barriga, negaba con la cabeza y la despachaba.
—Frau Schneider, ¿no necesitaría usted algo de ayuda con la cocina o la limpieza? —preguntó un día a su casera—. Ahora que herr Hougaard ya no está y aguardo el regreso de mi marido, me aburro. He pensado que me gustaría hacer algo útil.
—Aquí trabajamos duro, pero si está segura de que quiere ayudar —contestó la casera mirándola con recelo—, es cierto que no me iría mal alguien que me echara una mano.
Para empezar, Frau Schneider la puso en la cocina a preparar desayunos, así que Anna debía levantarse a las cinco y media de la mañana. Después de lavar las ollas, subía a las habitaciones de los huéspedes y cambiaba la ropa de cama cuando se necesitaba. Las tardes eran para ella, pero a las cinco estaba de regreso en la cocina pelando patatas y preparando la cena. Teniendo en cuenta su falta de aptitudes para las tareas domésticas, Anna encontraba su situación irónica. Era un trabajo duro y pesado y la barriga la lastraba, especialmente cuando subía y bajaba la escalera, pero estaba tan cansada que por lo menos dormía toda la noche.
—¿En qué me he convertido? —se preguntó con tristeza una noche cuando ya estaba tumbada en la cama—. La estrella de Cristianía transformada en fregona en apenas unos meses.
Después, como hacía todas las noches, rezó para que su marido volviera a su lado.
—Te lo suplico, Señor, no permitas que mi amor por mi marido y mi fe en él sean una equivocación y que las personas que han dudado de Jens estén en lo cierto.
Cuando el viento gélido de noviembre empezó a soplar, Anna notó un dolor repentino en la barriga en mitad de la noche. Tras encender el quinqué que descansaba junto a la cama con gran esfuerzo, se levantó para aliviar el malestar y vio, horrorizada, que sus sábanas estaban empapadas de sangre. El dolor le atravesaba el vientre en espasmos regulares mientras la muchacha luchaba por no gritar. Demasiado asustada para gritar pidiendo ayuda por si aquello disgustaba a frau Schneider, se enfrentó sola a las largas horas de parto y, al despuntar el día, bajó la mirada y vio una criatura diminuta que yacía inmóvil entre sus piernas.
Reparó en que había un trozo de piel unido al ombligo del bebé que también parecía estar unido a ella. Incapaz de seguir conteniendo el pánico, gritó con todo el dolor, el miedo y el agotamiento que sentía. Frau Schneider llegó de inmediato, contempló la carnicería que se había montado sobre la cama y corrió a avisar a la comadrona.
Anna despertó de un sueño febril cuando unas manos suaves le retiraron el pelo de la cara y le pusieron un trapo en la frente.
—Tranquila, Liebe, tranquila. Voy a cortar el cordón y a lavarla —murmuró dulcemente una voz.
—¿Se está muriendo? —La voz familiar de frau Schneider penetró en la conciencia de Anna—. Debí pedirle que se marchara en cuanto vi que estaba preñada. Esto es lo que pasa cuando dejo que mi blando corazón mande sobre mi cabeza.
—No, la señorita se pondrá bien, pero, por desgracia, el bebé ha nacido muerto.
—Una verdadera tragedia, pero me temo que tengo mucho que hacer.
Y sin más, frau Schneider salió de la habitación chasqueando la lengua.
Una hora después, Anna estaba aseada y descansando entre sábanas limpias. La comadrona había envuelto al bebé en una mantita y se lo tendió para que se despidiera de él.
—Era una niña, querida. Intente no disgustarse, estoy segura de que tendrá más hijos en el futuro.
Anna contempló los perfectos rasgos de su hija, si bien la piel ya mostraba un tono azulado. Demasiado aturdida para poder llorar siquiera, la besó con dulzura en la frente y dejó que la comadrona se la quitara de los brazos.