La hermana tormenta
Anna. Cristianía, Noruega. Agosto de 1876 » 33
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Ahora que está algo más recuperada, me gustaría hablar con usted —dijo frau Schneider mientras retiraba del regazo de Anna el plato con el desayuno intacto.
La criatura seguía en la cama después de una semana, demasiado débil para levantarse. La casera había decidido que ya estaba harta.
Anna asintió con desgana, pues sabía perfectamente lo que la mujer se disponía a decirle. La traía sin cuidado que la echara a la calle. Ya todo le daba igual.
—No ha recibido ninguna carta de su marido desde principios de otoño.
—No.
—¿Le dijo cuándo pensaba volver?
—No. Solo que lo haría.
—¿Y todavía lo cree?
—¿Por qué iba a mentirme?
Frau Schneider la miró sin poder dar crédito a su candidez.
—¿Tiene dinero para pagarme el alquiler de la semana pasada?
—Sí.
—¿Y de la semana que viene? ¿Y de la otra?
—No lo he mirado, frau Schneider. Lo haré ahora mismo.
Anna metió la mano debajo del colchón y sacó la caja de latón.
Frau Schneider no necesitó que le dijera que allí apenas quedaban monedas. Cuando la criatura abrió la tapa, vio el pánico reflejado en sus ojos azules. Anna sacó dos monedas, se las tendió a la casera y cerró la caja.
—Danke. ¿Y qué hay de los honorarios de la comadrona? ¿Puede pagármelos también? Antes de irse me dejó una factura. Y, claro, también está el asunto del entierro de la pequeña. Su bebé sigue en el depósito de cadáveres municipal, y si no quiere que lo entierren en una fosa común, tendrá que pagar el funeral y la parcela en el cementerio.
—¿Cuánto costará?
—No lo sé, pero lo cierto es que las dos sabemos que más de lo que posee.
—Sí —asintió Anna con pesar.
—Criatura, no soy una mala mujer, pero tampoco soy una santa. Le he tomado cariño y sé que es usted una muchacha buena y temerosa de Dios que ha caído en la miseria por culpa de un hombre. Y no soy tan cruel como para dejarla tirada en la calle después de lo mucho que ha sufrido. Pero tenemos que ser realistas. Esta habitación es la mejor de la pensión y el dinero que ha ganado trabajando para mí apenas cubre dos noches del alquiler semanal. Y luego están sus otras deudas…
Frau Schneider se quedó mirándola a la espera de una reacción, pero los ojos muertos de Anna ni siquiera parpadearon. Tras un suspiro, prosiguió:
—Por tanto, le propongo que siga trabajando para mí en la pensión a jornada completa hasta que su marido vuelva, si es que vuelve, a cambio de la habitación de servicio que hay al fondo de la cocina, en la parte de atrás de la casa. Se alimentará de los restos del desayuno y la cena que servimos a los huéspedes y, además de eso, le prestaré el dinero necesario para pagar a la comadrona y dar a su pequeña un entierro cristiano. ¿Qué me dice?
Anna no podía decir nada. Su mente se hallaba lejos de allí. Solo estaba presente físicamente, porque no tenía elección, de modo que asintió de manera mecánica.
—Decidido, entonces. Mañana trasladará sus pertenencias a su nuevo cuarto. Hay un caballero que desea alquilar esta habitación durante un mes.
La casera se encaminó hacia la puerta y, tras envolver el pomo con su mano grande y competente, se volvió hacia Anna con el ceño fruncido.
—¿No piensa darme las gracias, criatura? Otras personas ya la habrían echado a la calle.
—Gracias, frau Schneider —repitió Anna como un loro.
La mujer farfulló algo al salir y Anna comprendió que no había mostrado suficiente gratitud. Cerró los ojos para aislarse de la realidad. Lo más seguro era quedarse en un lugar donde nada ni nadie pudiera alcanzarla.
A principios de diciembre, acompañada por un viento helado, Anna fue al cementerio de Johannis y se detuvo ante la tumba de su hija.
«Solveig Anna Halvorsen.»
El Dios en el que siempre había creído, el amor por el que lo había sacrificado todo, su bebé… todo aquello había muerto.
Durante los tres meses siguientes, Anna se limitó a existir. Frau Schneider la hacía trabajar de la mañana a la noche aprovechándose del acuerdo económico al que habían llegado cuando Anna estaba convaleciente. La casera holgazaneaba en su sala de estar privada mientras cargaba a Anna con cada vez más tareas. Por la noche, la joven se tumbaba en el camastro de aquel cuartucho que apestaba a comida podrida y a desechos procedentes del angosto sumidero del patio de atrás, tan cansada que se dormía enseguida y no soñaba con nada.
Se le habían agotado los sueños.
Cuando finalmente reunió el coraje necesario para preguntar cuánto le faltaba para saldar la deuda y poder percibir un sueldo por su trabajo, frau Schneider le respondió con un gruñido:
—¡Niña ingrata! ¿Te doy techo y comida y todavía quieres más?
«No —pensó Anna aquella noche—, es frau Schneider la que quiere más.» Por aquel entonces ya se ocupaba de todas las labores de la pensión, así que sabía que debía buscarse otro empleo que le proporcionara un salario, por precario que fuera. Cuando se desvistió y contempló su rostro mugriento en el espejo, se dio cuenta de que no tenía mucho mejor aspecto que una rata de cloaca: estaba famélica, se vestía con harapos y olía a basura. Difícilmente le darían trabajo en aquel estado.
Pensó en escribir a frøken Olsdatter e incluso en pedir clemencia a sus padres. Cuando preguntó en una casa de empeños cuánto le darían por la pluma que Lars le había regalado, comprendió que no le llegaría ni para sufragar el envío de una carta a Noruega.
Además, el escaso orgullo que le quedaba le decía que era la única responsable de la desgracia que había caído sobre ella y que no merecía piedad.
La Navidad llegó y pasó, y los días gélidos de enero fueron minando la poca fe que todavía albergaba en su interior. Si en otros tiempos había rezado para obtener la salvación, en aquel momento lo hacía para no volver a despertarse.
—Dios no existe, es todo mentira… una gran mentira —susurraba por la noche antes de caer rendida.
Una tarde de marzo que se hallaba en la cocina cortando verduras para la cena de los huéspedes, frau Schneider entró en la estancia muy alterada.
—Ha venido a verte un caballero, Anna.
La joven se volvió con una expresión de alivio en el rostro.
—No, no es tu marido. Le he hecho pasar a mi salón privado. Antes de ir quítate el delantal y lávate la cara.
Desalentada, Anna se preguntó si sería herr Bayer, que había ido a burlarse de ella. En el fondo le daba igual, pensó mientras recorría el pasillo camino del salón de frau Schneider. Llamó a la puerta, presa del nerviosismo, y la casera le dijo que pasara.
—¡Frøken Landvik! ¿O debería dirigirme a usted como fru Halvorsen? ¿Cómo está mi pequeño pájaro cantor?
—Eh…
Anna miró atónita al caballero, estudiándolo como si fuera un objeto expuesto en el museo de su vida pasada.
—Vamos, criatura, dile algo a herr Grieg —la reprendió frau Schneider—. Le aseguro que cuando le interesa, no tiene pelos en la lengua —comentó la casera con ironía.
—Sí, siempre ha sido una joven fuerte y con carácter. Pero así es el espíritu de los artistas, señora —replicó Grieg.
—¿Artista? —Frau Schneider miró a Anna con desdén—. Creía que el artista era el marido ausente.
—Puede que el marido sea un buen músico, pero esta joven señorita es el auténtico talento de la familia. ¿No la ha oído cantar, señora? Posee la voz más bella que he oído en mi vida, aparte de la de mi querida esposa Nina, por supuesto.
Anna permaneció callada mientras herr Grieg y frau Schneider hablaban de ella, disfrutando de la cara de pasmo de su casera.
—Naturalmente, si lo hubiese sabido la habría traído a este salón y la habría hecho cantar para mis huéspedes mientras yo la acompañaba al piano. Soy una simple aficionada, pero muy aplicada.
Frau Schneider señaló el viejo instrumento que descansaba en un rincón y que Anna jamás le había oído tocar.
—Estoy seguro de que subestima sus aptitudes, querida señora. —Edvard Grieg se volvió hacia Anna—. Mi pobre criatura —dijo en noruego para que frau Schneider no pudiera entender lo que decía—. Hace apenas unos días que llegué a Leipzig y me entregaron su carta. Está usted medio desnutrida. Le pido disculpas. De haber conocido su situación, habría venido antes.
—Por favor, herr Grieg, no debe inquietarse por mí. Estoy bien.
—Salta a la vista que eso no es cierto, y es un placer para mí ayudarla en todo lo que pueda. ¿Le debe algo a esta bruja?
—No lo creo, señor. Hace seis meses que no me paga y yo diría que mis deudas están más que saldadas, pero puede que ella no opine lo mismo.
—Mi pobre, pobre niña —dijo Grieg asegurándose de mantener un tono desenfadado ante el escrutinio de frau Schneider—. Ahora le pediré que vaya a buscarme un vaso de agua. Cuando salga del salón, irá directamente a su habitación y recogerá sus cosas. Después traerá el vaso, cogerá la maleta y saldrá de la casa. Me reuniré con usted en la Bierkeller de la esquina de Elsterstraße. Entretanto, yo me ocuparé de frau Schneider. —Se volvió hacia la casera y prosiguió en alemán—. Le estaba diciendo a Anna que estoy sediento y se ha ofrecido a traerme un vaso de agua.
La casera asintió con la cabeza y Anna salió de la estancia y corrió a su cuarto a hacer el equipaje, tal como herr Grieg le había pedido que hiciera. Llenó un vaso de agua y, antes de entrar en el salón, dejó la maleta junto a la puerta de la calle.
—Gracias, querida —le dijo Grieg cuando le tendió el vaso—. Bien, seguro que tendrá tareas que atender. La veré antes de marcharme.
Volviéndose hacia frau Schneider, le hizo un guiño discreto a Anna, que se retiró apresuradamente, cogió la maleta y abandonó la casa.
Atónita ante el repentino giro de los acontecimientos, esperó junto a la Bierkeller durante veinte minutos hasta que vio que la figura familiar de su salvador se acercaba por la acera con paso ligero.
—Bueno, fru Halvorsen, espero que algún día su marido ausente me recompense por haber negociado su liberación.
—¡Dios mío! ¿Ha tenido que pagarle?
—No, ha sido mucho peor que eso. Su casera se ha empeñado en que le tocara mi Concierto en la menor con ese horrible instrumento. Debería hacer leña con él para calentar su orondo cuerpo en invierno —rio Grieg mientras cogía la maleta de Anna—. Le he prometido que iría a verla otro día para darle una serenata, pero puedo asegurarle que no tengo intención alguna de cumplir mi promesa. Ahora tomaremos un coche en la plaza para ir a Talstraβe y, por el camino, me contará todo lo que ha sufrido en manos de esa malvada frau Schneider. Parece usted Aschenputtel y esa mujer la cruel madrastra que la destierra a la cocina para que le haga de criada. ¡Solo nos faltan las dos horribles hermanastras!
Grieg le ofreció la mano para ayudarla a subir al coche de caballos. En aquel momento, Anna se sintió, en efecto, como una auténtica princesa de cuento de hadas rescatada por su príncipe.
—Iremos a casa de mi gran amigo, el editor musical Max Abraham —le informó Grieg.
—¿Está al tanto de mi visita?
—No, querida señorita, pero en cuanto conozca su situación se mostrará encantado de acogerla. Siempre me alojo en su casa cuando vengo a Leipzig. Disfrutará de una estancia muy confortable hasta que le busquemos otro lugar. Yo dormiré sobre el piano si es necesario.
—Por favor, señor, no quiero ser un problema ni una molestia para usted.
—Le aseguro que no lo es, querida, solo estaba bromeando. —Herr Grieg esbozó una sonrisa afable—. En casa de Max hay muchas habitaciones libres. Y ahora, dígame, ¿cómo ha llegado a esta situación después de lo alto que había llegado la última vez que la vi?
—Verá, señor…
—¡No me lo diga! —Grieg alzó la mano y luego se acarició el bigote—. Déjeme adivinar. Las atenciones de herr Bayer se estaban tornando intolerables. Puede que hasta le propusiera matrimonio. Usted lo rechazó porque estaba enamorada de nuestro apuesto pero poco de fiar violinista y aspirante a compositor. Él le dijo que quería venir a estudiar a Leipzig y usted decidió casarse con él y seguirlo. ¿He acertado?
—No se burle de mí, se lo ruego. —Anna bajó la cabeza—. Es evidente que ya conocía la historia. Todo lo que ha dicho es cierto.
—Fru Halvorsen… ¿puedo llamarla Anna?
—Por supuesto.
—Me enteré de tu repentina desaparición por herr Hennum, pero desconocía los detalles. Y por los rumores que me habían llegado en Cristianía, comprendí que las intenciones de herr Bayer iban más allá del ámbito profesional. ¿Tu marido violinista sigue en París?
—Creo que sí.
Anna se preguntó cómo se habría enterado de aquello.
—E imagino que se hospeda en el apartamento de una rica benefactora llamada baronesa von Gottfried.
—Ignoro dónde se hospeda, señor. Hace meses que no sé nada de él. Ya no lo considero mi marido.
—Has sufrido mucho, mi querida Anna. —Grieg le tendió una mano reconfortante—. Por desgracia, la baronesa es muy entusiasta en su búsqueda de talentos musicales. Cuanto más jóvenes y atractivos, mejor.
—Disculpe, señor, pero no me interesa oír los detalles.
—Naturalmente que no. Te pido perdón por mi falta de tacto. La buena noticia, sin embargo, es que la baronesa se cansará pronto de él, se buscará a otro joven y tu marido volverá a tu lado. —La miró—. Siempre he dicho que eras el espíritu de mi Solveig. E, igual que ella, estás esperando a que regrese junto a ti.
—No, señor. —Anna endureció el rostro ante aquellas palabras—. Yo no soy Solveig y no esperaré a que Jens vuelva a mi lado. Él ya no es mi marido y yo ya no soy su esposa.
—Dejemos este tema por el momento, Anna. Ahora estás conmigo y a salvo, y voy a hacer todo lo que pueda por ayudarte. —Grieg se quedó callado cuando el coche de caballos se detuvo delante de una bella y elegante casa blanca de cuatro plantas tachonada por hileras de grandes ventanales en arco. Anna la reconoció como el edificio donde tiempo atrás había dejado la carta para el compositor—. Por cuestión de decoro, es preferible que la gente piense que estás pasando por una situación difícil mientras esperas que tu marido vuelva de París. ¿Lo entiendes?
La miró un instante con sus penetrantes ojos azules al tiempo que le estrechaba la mano con más fuerza.
—Sí, señor.
—Llámame Edvard, te lo ruego. Y ahora —dijo soltándole la mano—, entremos y anunciemos nuestra llegada.
Aún aturdida por los acontecimientos del día, Anna dejó que la doncella la condujera a los encantadores aposentos del ático y luego se sumergió en una bañera de agua caliente. Tras restregarse con fuerza para desprenderse de la mugre de los últimos meses, se puso un vestido de seda verde esmeralda que había aparecido por arte de magia sobre su cama con dosel. Curiosamente, el vestido se ceñía perfectamente a su figura menuda.
Contempló maravillada las hermosas vistas de Leipzig desde el gran ventanal, sintiendo que, mientras admiraba la opulencia que la rodeaba, el recuerdo de su encierro en la diminuta pensión ya empezaba a diluirse. Se dirigió a la planta baja, como le habían dicho que hiciera, pensando que de no ser por herr Grieg todavía estaría en la mugrienta cocina de frau Schneider pelando zanahorias para la cena.
La doncella la guio hasta el comedor y Anna se descubrió sentada a una larga mesa entre Edvard, como debía llamarlo a partir de aquel momento, y herr Abraham, el anfitrión. Cuando este le dedicó unas palabras de bienvenida, Anna vio el brillo de unos ojos amables detrás de sus gafas redondas. Sentados a la mesa había otros músicos, y la cena transcurrió entre risas y buena comida. Pese a estar muerta de hambre, Anna no pudo comer mucho, ya que su estómago había perdido el hábito de digerir. Así pues, se dedicó a escuchar a los demás comensales en silencio, pellizcándose el brazo de cuando en cuando para asegurarse de que no estaba soñando.
—Esta bella dama —dijo Grieg alzando la copa de champán en su dirección— es la cantante con más talento de Noruega. ¡Obsérvenla! Es la mismísima encarnación de Solveig. Ya me ha servido de inspiración para algunas canciones populares que he compuesto este año.
El resto de los invitados le suplicaron de inmediato que tocara sus nuevas canciones acompañado por la voz de Anna.
—Tal vez más tarde, amigos, si Anna no está excesivamente fatigada. ¡Ha vivido unos meses durísimos secuestrada por la mujer más malvada de Leipzig!
Mientras Edvard narraba las circunstancias que habían conducido al rescate de la muchacha —y los invitados ahogaban una exclamación en todos los momentos oportunos—, Anna procuró no dejarse abrumar por los penosos recuerdos de lo que había pasado.
—¡Pensaba que mi musa se había desvanecido! ¡Pero aquí estaba, viviendo delante de nuestras narices en el mismísimo Leipzig! —terminó con un ademán teatral—. ¡Por Anna!
—¡Por Anna!
Los comensales alzaron sus copas y bebieron a su salud.
Después de la cena, Edvard le hizo señas para que se acercara al piano y le puso delante una partitura.
—Y ahora, Anna, a cambio de mi heroico rescate, ¿crees que tendrás fuerzas para cantar? La canción se titula La primera prímula y nadie la ha interpretado aún, porque tenías que hacerlo tú. Ven a sentarte a mi lado —dio unas palmaditas en el banco— y la ensayaremos durante unos minutos.
—Señor… Edvard —murmuró Anna—, llevo mucho tiempo sin cantar.
—Lo que quiere decir que tu voz ha descansado y volará como un pájaro. Presta atención a la música.
Anna obedeció lamentando que no estuvieran solos para, al menos, poder cometer errores en privado y no delante de gente tan entendida. Cuando Edvard anunció que estaban preparados, el público se volvió hacia ellos con cara de expectación.
—Levántate, Anna, por favor, así controlarás mejor la respiración. ¿Puedes ver la letra por encima de mi hombro?
—Sí, Edvard.
—Entonces, empecemos.
Anna temblaba de pies a cabeza cuando su salvador tocó los primeros compases. Llevaba tanto tiempo sin ejercitar las cuerdas vocales que no tenía ni idea de lo que saldría de su boca cuando la abriera. Y, efectivamente, las primeras notas sonaron afinadas pero endebles. No obstante, en cuanto aquella hermosa música empezó a inundarle el alma, su voz recuperó la memoria y la confianza y echó a volar.
Cuando terminó de cantar, Anna sabía que había hecho una buena actuación. La gente aplaudió entusiasmada y pidió un bis.
—Impecable, Anna, como sabía que sería. ¿Publicarás la canción en tu catálogo, Max?
—Desde luego, pero creo que también deberíamos ofrecer un recital en la Gewandhaus con las demás canciones populares que has escrito, siempre y cuando sean interpretadas por nuestra angelical Anna. Es evidente que se han escrito únicamente para su voz.
Abraham se inclinó ante Anna para expresarle su admiración.
—Así se hará —dijo Edvard con una sonrisa al tiempo que Anna ahogaba un bostezo.
—Querida, veo que está usted agotada. Si desea retirarse, estoy seguro de que mis invitados no se lo tendrán en cuenta —dijo Max para alivio de Anna—. Por lo que nos han contado, ha pasado usted por una experiencia terrible.
Edvard se levantó y le besó la mano.
—Buenas noches, Anna.
Anna subió la escalera hasta su habitación del ático, donde encontró a la doncella avivando el fuego. Desplegado sobre la enorme cama, encontró un camisón.
—¿Puedo preguntarle a quién pertenecen todas estas prendas? Son justo de mi talla.
—A Nina, la esposa de Edvard. Herr Grieg me ha dicho que no tenía nada que ponerse y que sacara algunos trajes del armario de frau Grieg —explicó la doncella mientras la ayudaba a quitarse el vestido.
—Gracias —dijo Anna, que había perdido la costumbre de que la sirvieran—. Ya puede retirarse.
—Buenas noches, frau Halvorsen.
Cuando la doncella se marchó, Anna se puso el suave camisón de popelina y se deslizó, extática, entre las limpias sábanas de hilo.
Por primera vez desde hacía meses, dirigió una oración de agradecimiento al Dios que había desterrado y pidió perdón por haber perdido la fe. Después cerró los ojos, demasiado cansada para seguir pensando, y se quedó profundamente dormida.
A lo largo de las siguientes semanas, todo Leipzig se hizo eco de la historia, cada vez más aderezada, de cómo herr Grieg había rescatado a Anna de las garras de la malvada frau Schneider. Y mientras su nuevo y poderoso mentor la paseaba por las altas esferas sociales y musicales de la ciudad, todas las puertas se abrían para ellos. Asistieron a varias cenas elegantes en las casas más bellas de Leipzig, después de las cuales pedían a Anna que cantara para ganarse la comida, como decía Edvard. Otras veces Anna participaba en pequeñas veladas musicales con otros cantantes y compositores.
Edvard la presentaba siempre como «la personificación de todo lo bello y puro de mi país» o como «mi perfecta musa noruega». En algunas ocasiones, mientras cantaba las piezas del compositor sobre vacas, flores, fiordos y montañas, Anna se preguntaba si no debería vestirse simplemente con la bandera nacional para que Edvard pudiera desfilar con ella. No porque le molestara, naturalmente; para ella era un honor que Grieg se interesase tanto por ella. Y en comparación con la vida que había llevado hasta aquel momento en Leipzig, cada segundo le parecía un milagro.
Con el paso de los meses conoció a grandes compositores del momento, entre ellos a Piotr Chaikovski cuya música apasionada y romántica adoraba. Todos acudían a Max Abraham, que, como director de C. F. Peters, la había convertido en una de las editoriales musicales más admiradas de Europa.
El negocio ocupaba las plantas inferiores del edificio y a Anna le encantaba deambular por ellas y leer los libros de partituras, bellamente encuadernados y con sus características tapas de color verde claro, admirando las composiciones de genios como Bach y Beethoven.
También le fascinaban las imprentas mecánicas del sótano, que producían página tras página de partitura a una velocidad de vértigo.
Poco a poco, gracias a la buena comida, el descanso y, sobre todo, los tiernos cuidados que toda la casa le prodigaba, Anna fue recuperando las fuerzas y la confianza en sí misma. La terrible traición de Jens todavía le removía las entrañas y la llenaba de una ira candente, pero se esforzaba por apartarla —al igual que a él— de su mente. Ya no era una niña ingenua que creía en el amor, sino una mujer cuyo talento podía proporcionarle todo lo que necesitaba.
Cuando, desde Alemania y otros países, empezaron a llegarle con regularidad solicitudes para actuar en recitales, Anna decidió hacerse también con el control de sus finanzas, pues no quería volver a depender de ningún hombre. Con el sueño de poder permitirse algún día su propio apartamento, ahorraba hasta el último céntimo. Edvard la estimulaba y alentaba, y su relación era cada vez más estrecha.
A veces, Anna se despertaba en mitad de la noche a causa del sonido lastimero del piano de cola que había justo debajo de su habitación, al que Edvard solía sentarse para componer hasta altas horas de la madrugada.
Una noche de finales de primavera, atormentada por la visión recurrente de su pobre hija sepultada fría y sola bajo tierra, salió de su habitación, bajó por la escalera y se sentó en el último peldaño, junto al salón, para escuchar la melancólica melodía que Edvard estaba tocando. Comenzó a llorar quedamente y enterró la cabeza entre las manos para dejar que el dolor de su pérdida brotara con las lágrimas.
—¿Qué te ocurre, pequeña?
Sobresaltada, Anna levantó la cabeza al notar una mano en el hombro y se tropezó con los ojos azules y amables de Edvard.
—Lo siento. Es por la hermosa música, que me ha llegado al alma.
—Yo diría que es por algo más. Ven. —Edvard la hizo pasar al salón y cerró la puerta tras ellos—. Vamos, siéntate a mi lado. Puedes secarte las lágrimas con esto.
Le tendió un pañuelo de seda.
La empatía de Edvard provocó otro torrente de lágrimas que Anna fue incapaz de contener. Finalmente, avergonzada, levantó la vista. Consciente de que Edvard merecía una explicación, respiró hondo y le habló de la pérdida de su bebé.
—Pobre chiquilla. Debe de haber sido terrible pasar sola por todo eso. Como es posible que ya sepas, yo también perdí una hija… Alexandra vivió hasta los dos años, una criatura adorable a la que quería con toda mi alma. Su muerte me rompió el corazón, y al igual que tú, perdí la fe en Dios y en la propia vida. Y confieso que tuvo repercusiones en mi matrimonio. Nina quedó destrozada y desde entonces nos ha sido prácticamente imposible darnos consuelo el uno al otro.
—Al menos yo ese problema me lo ahorré en aquel momento —ironizó Anna.
Edvard rio.
—Mi dulce Anna, te has convertido en alguien muy importante para mí. Admiro profundamente tu espíritu y tu coraje. Los dos conocemos el verdadero sufrimiento y lo único que puedo decirte es que debemos buscar consuelo en nuestra música. Y quizá —Edvard le cogió la mano y la miró a los ojos— el uno en el otro.
—Sí, Edvard —dijo ella comprendiendo exactamente lo que quería decir—, estoy de acuerdo.
Un año después, con la ayuda de Edvard, Anna pudo dejar la casa de Talstrabe y mudarse a su propia residencia adosada en Sebastian-Bach-Strabe, en una de las mejores zonas de Leipzig. Iba a todas partes en coche de caballos y conseguía las mejores mesas en los restaurantes más exclusivos de la ciudad. Cuando su fama creció en Alemania, empezó a viajar con Edvard a Berlín, a Frankfurt y a muchas otras ciudades para ofrecer recitales. Además de interpretar las composiciones de Grieg, su repertorio incluía el «Aria de las campanas», de la recién estrenada ópera Lakmé, y el aria «Adiós, colinas y campos» de La doncella de Orleans, su ópera favorita de Chaikovski.
Habían viajado incluso a Cristianía para actuar en un recital en el mismo teatro donde Anna había comenzado su carrera. La joven había escrito previamente a frøken Olsdatter y a sus padres para invitarlos a la actuación, incluyendo también en el sobre coronas suficientes para pagar el viaje. Además, les había reservado habitación en el Grand Hotel, donde se alojaba también ella.
Después de todo lo que había sucedido y de lo mal que se sentía por haberlos defraudado, Anna había esperado sus respuestas con gran nerviosismo. No tendría por qué haberse preocupado. Todos aceptaron la invitación y fue un reencuentro dichoso. Después del recital, durante la cena de celebración, frøken Olsdatter le comunicó con discreción que herr Bayer había fallecido recientemente. Al oír la noticia, Anna le dio el pésame y le suplicó que regresara con ella a Leipzig como su ama de llaves.
Lise, por fortuna, aceptó. Anna sabía que, dadas las circunstancias, necesitaba que en su casa trabajara alguien de absoluta confianza.
En cuanto a su marido errante, pensaba en él lo menos posible. Sabía que la baronesa había sido vista en Leipzig, y también le habían llegado rumores de que estaba impulsando la carrera de otro joven compositor, pero hacía años que nadie sabía nada de Jens. Como solía comentar Edvard, había desaparecido como una rata en las cloacas de París. Anna rezaba por que estuviera muerto, pues, aunque llevaba una vida poco convencional, era feliz.
Eso fue hasta que Edvard llegó a Leipzig en el invierno de 1883 como respuesta a la carta urgente que ella le había enviado.
—¿Comprendes lo que debemos hacer, kjære? ¿Por el bien de todos?
—Lo comprendo —respondió Anna con los labios apretados y expresión de resignación.
Llegó en la primavera de 1884. La doncella llamó a la puerta del salón para comunicarle a Anna que un hombre deseaba verla.
—Le he dicho que vaya a la puerta de servicio, pero se niega en redondo a moverse de donde está hasta que la haya visto. He cerrado la puerta principal, pero se ha sentado en el escalón de la entrada. —A través de la ventana, la mujer señaló una figura encorvada—. ¿Llamo a la policía, frau Halvorsen? Es evidente que se trata de un mendigo o de un ladrón, ¡o de algo peor!
Anna se levantó despacio del sofá en el que estaba descansando y se acercó a la ventana. Sentado en el escalón vio a un hombre con la cabeza enterrada entre las manos.
El alma se le cayó a los pies y, una vez más, pidió fuerzas al Señor. Solo Él sabía cómo iba a soportar aquello, pero, dadas las circunstancias, no tenía elección.
—Por favor, hágalo pasar de inmediato. Parece ser que mi marido ha vuelto.