La hermana tormenta
Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 34
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Cuando leí que Jens había regresado junto a Anna, se me desbocó el corazón y pasé las siguientes páginas a toda prisa para averiguar qué sucedía tras su vuelta. Sin embargo, el propio Jens había preferido pasar de puntillas sobre los que debieron de ser unos meses tremendamente difíciles y concentrarse en su traslado, un año más tarde, a una casa llamada Froskehuset, muy próxima a Troldhaugen, la residencia de Grieg en Bergen. Y en el posterior estreno de sus composiciones en dicha ciudad. Fui hasta la última página, donde aparecía la nota del autor.
Este libro está dedicado a mi maravillosa esposa, Anna Landvik Halvorsen, que ha fallecido recientemente de neumonía a la edad de cincuenta años. Si no me hubiese perdonado y recogido cuando aparecí en su puerta años después de haberla abandonado, me habría visto literalmente engullido por las cloacas de París. Gracias a su generosidad, hemos disfrutado de una vida feliz junto a nuestro querido hijo Horst.
Anna, mi ángel, mi musa… tú me enseñaste lo que verdaderamente importa en la vida.
Te quiero y te echo de menos,
Tu JENS
Cuando cerré el portátil me sentía agitada y confusa. Me costaba mucho creer que Anna, una mujer de carácter fuerte y firmes principios morales —las mismas herramientas que le habían permitido superar lo que Jens le había hecho—, hubiera podido perdonarlo sin más y aceptarlo de nuevo como marido.
—Yo lo habría echado sin miramientos y me habría divorciado de inmediato —les dije a las paredes de la habitación, enfadada por el final del increíble relato de Anna.
Pese a saber que en aquellos tiempos las cosas eran diferentes, a mí me parecía que Jens Halvorsen —la encarnación del mismísimo Peer Gynt— había salido impune.
Miré la hora y vi que eran las diez de la noche. Me levanté para ir al cuarto de baño y conectar el hervidor de agua para prepararme un té.
Mientras echaba las pesadas cortinas sobre las luces titilantes del puerto de Bergen, me pregunté si yo habría sido capaz de perdonar a Theo si me hubiese abandonado. Cosa que supuse que había hecho en realidad, y de la forma más definitiva y espantosa posible. Y sí, sabía que yo también estaba enfadada y que no había perdonado aún al universo. A diferencia de Jens y Anna, mi historia con Theo había terminado antes incluso de empezar, y sin que ninguno de los dos tuviéramos la culpa.
Para evitar ponerme sentimental, consulté mis correos mientras asaltaba la fuente de fruta, pues estaba demasiado cansada para bajar al restaurante y no había servicio de habitaciones después de las nueve. Vi que tenía un mensaje de Ma, otro de Maia y un tercero de Tiggy, en el que me decía que me llevaba en el pensamiento. Peter, el padre de Theo, también me había escrito para comunicarme que había conseguido un ejemplar del libro de Thom Halvorsen y preguntarme adónde debía enviarlo. Le contesté que me lo mandara por FedEx a la dirección del hotel y decidí que me quedaría en Bergen hasta que llegara.
Al día siguiente iría a buscar la casa de Jens y Anna y tal vez me pasara de nuevo a ver a Erling, el amable conservador del Museo Grieg, para que me contara más cosas de ellos. Me gustaba estar en Bergen, aun cuando, en aquellos momentos, mi investigación se hubiese quedado estancada.
El teléfono de la mesilla de noche sonó y di un respingo.
—¿Diga?
—Hola, soy Willem Caspari. ¿Estás bien?
—Sí, gracias.
—Me alegro. Ally, ¿te gustaría desayunar mañana conmigo? Tengo una idea que me gustaría comentarte.
—Eh… sí, claro.
—Estupendo. Que duermas bien.
La comunicación se cortó bruscamente y colgué sintiéndome un tanto incómoda por haber aceptado la invitación de Willem. Traté de averiguar la causa y finalmente reconocí que era culpa. Siendo sincera conmigo misma, debía admitir que notaba un leve hormigueo dentro de mí que me decía que me sentía físicamente atraída por él. Aunque mi cabeza y mi corazón se lo prohibieran, mi cuerpo estaba desobedeciendo las órdenes y reaccionando por su cuenta. Pero no podía decirse que aquello fuera una «cita». Además, a juzgar por lo que Willem me había contado sobre Jack, su pareja, estaba claro que era gay.
Mientras me preparaba para acostarme, me permití esbozar una sonrisa; al menos era una atracción sin riesgos, y probablemente se debiera más al talento de Willem como pianista que a otra cosa. Sabía que se trataba de un afrodisíaco poderoso y me perdoné por sucumbir a él.
—¿Qué te parece? —me preguntó Willem al día siguiente durante el desayuno mientras me atravesaba con su mirada de ojos azul turquesa.
—¿Cuándo es el recital?
—El sábado por la noche. Pero ya has interpretado esa pieza en otras ocasiones, y tenemos el resto de la semana para ensayar.
—Por Dios, Willem, han pasado diez años. Me halaga mucho tu propuesta, pero…
—La Sonata para flauta y piano es bellísima, y nunca olvidaré la noche que la tocaste en el Conservatorio de Ginebra. Si me acuerdo de ella y de ti diez años más tarde, significa que fue una interpretación brillante.
—No poseo, ni de lejos, tu talento o tu éxito —protesté—. Te he buscado en internet y eres toda una celebridad, Willem. ¡El año pasado tocaste en el Carnegie Hall! Así que muchas gracias por proponérmelo, pero no, gracias.
Willem echó un vistazo a la comida intacta de mi plato. Me había levantado con el estómago revuelto.
—Estás nerviosa, ¿verdad?
—¡Pues claro que sí! ¿Te imaginas lo oxidado que estarías después de diez años sin tocar una sola tecla?
—Sí, pero por otro lado tocaría con renovado ímpetu. Deja de comportarte como una cobarde y como mínimo inténtalo. ¿Por qué no vienes al auditorio después de mi concierto del mediodía y tocamos la pieza juntos? Estoy seguro de que a Erling no le importará, aunque puede que considere una blasfemia interpretar a Francis Poulenc en el santuario de Grieg. Además, el Teatro Logen, donde se celebrará el recital del sábado, es un lugar precioso. Es la manera idónea de que encuentres de nuevo tu camino hacia la música.
—Me estás acosando, Willem —dije al borde de las lágrimas—. ¿Por qué tienes tanto interés en que toque?
—Si después de la muerte de Jack no me hubiesen empujado a retomar el piano, lo más probable es que jamás hubiera vuelto a tocar una sola nota, así que podría decirse que, kármicamente, estoy devolviendo el favor. ¿Qué me dices?
—Ah, está bien. Esta tarde iré a Troldhaugen y lo intentaré —acepté, dándome por vencida.
—Genial.
Willem dio una palmada de aprobación.
—Cuando me oigas tocar, es muy probable que te quedes horrorizado. Es cierto que toqué en el funeral de Theo, pero eso fue diferente.
—Después de esa experiencia, lo del sábado será coser y cantar. —Se levantó de la mesa—. Te veré a las tres.
Lo observé mientras se alejaba. La delgadez de su cuerpo contrastaba con el contundente desayuno que acababa de verlo zamparse. Estaba claro que se alimentaba de adrenalina. De regreso en mi habitación, diez minutos más tarde, abrí el estuche con parsimonia y contemplé la flauta como si fuera el enemigo al que debía enfrentarme en una batalla.
—¿Qué he hecho? —gemí al tiempo que sacaba las piezas y las ensamblaba, enroscando despacio las juntas y alineando correctamente el instrumento.
Después de afinarlo y probar unas cuantas escalas, toqué de memoria el primer movimiento de la sonata. Para tratarse de un primer intento, no sonó demasiado mal, me dije mientras, mecánicamente, secaba el exceso de humedad y limpiaba los platillos antes de devolver la flauta al estuche.
Luego salí a dar un paseo por el muelle. Como la temperatura había bajado en picado y en la mochila solo llevaba ropa de verano, entré en una de las tiendas de listones de madera para comprarme un jersey de pescador.
Regresé al hotel para recoger la flauta, tomé un taxi y pregunté al taxista si conocía una casa llamada Froskehuset que se encontraba en la misma carretera que el Museo Grieg. Me dijo que no, pero que podríamos fijarnos en los nombres de las residencias por las que pasáramos, y así fue como dimos con ella. Froskehuset se hallaba a solo unos minutos a pie del museo. Despedí al taxista y me quedé contemplando la hermosa casa de madera, pintada de color crema y de diseño tradicional. Cuando me acerqué a la verja vi que estaba bastante descuidada, pues la pintura estaba levantada y el jardín abandonado. Sintiéndome como una ladrona que planea un atraco, me pregunté quién viviría allí en aquellos momentos y si debería llamar a la puerta para averiguarlo. Tras descartar la idea, continué calle arriba hasta el Museo Grieg.
Me dirigí a la cafetería notándome ligeramente revuelta una vez más. Desde la muerte de Theo había perdido el apetito, y sabía que había adelgazado. Aunque no tenía hambre, pedí un sándwich de atún y me obligué a comérmelo.
—Hola, Ally. —Erling se acercó a mi mesa con una sonrisa dibujada en la cara—. He oído que esta tarde después del concierto tienes un ensayo improvisado en el auditorio.
—Siempre y cuando no suponga un inconveniente para ti, Erling.
—Nunca tengo inconveniente en que la gente toque buena música aquí —me aseguró—. ¿Has leído algo más de la biografía de Jens Halvorsen?
—La terminé anoche, de hecho. Acabo de ir a ver la casa en la que vivió con Anna.
—Justamente ahí vive ahora Thom Halvorsen, el biógrafo y tataranieto de Anna y Jens. ¿Crees que podrías estar emparentada con la familia Halvorsen?
—Si lo estoy, no se me ocurre cómo. Al menos por el momento.
—Tal vez Thom pueda aclararte algunas cosas cuando regrese de Nueva York a finales de semana. ¿Asistirás al concierto del mediodía de Willem?
—Sí. Es un pianista con mucho talento, ¿no te parece?
—Ya lo creo. Quizá te haya contado que hace un tiempo sufrió una trágica pérdida. Creo que eso lo ha hecho mejorar como pianista. Esa clase de experiencias vitales pueden matar o curar, no sé si me explico.
—Perfectamente —respondí conmovida.
—Te veré en el auditorio.
Media hora después, estaba de nuevo en la Troldsalen, la sala de conciertos, oyendo tocar a Willem. En aquella ocasión tocó Moods, una pieza poco conocida que Grieg había escrito hacia el final de su vida, cuando apenas podía salir a la calle debido a su enfermedad pero aún conseguía trasladarse trabajosamente hasta la cabaña para componer. Willem ofreció una interpretación soberbia, y me pregunté qué demonios hacía yo planteándome siquiera la posibilidad de tocar con un pianista de su talla. O, más exactamente, qué hacía él proponiendo que tocáramos juntos.
Después de que el agradecido público abandonara el auditorio, Willem me hizo señas y bajé al escenario hecha un manojo de nervios.
—Nunca había escuchado esa pieza —dije—. Es preciosa, y tu interpretación ha sido magnífica.
—Gracias. —Inclinó brevemente la cabeza y me miró con fijeza—. ¡Ally, estás blanca como la leche! Será mejor que empecemos antes de que te entre el pánico y salgas corriendo.
—No vendrá nadie, ¿verdad? —dije levantando la vista hacia la puerta del auditorio.
—¡Por Dios, Ally, te estás volviendo tan paranoica como yo!
—Lo siento —farfullé.
Saqué la flauta y la monté antes de que Willem me diera la señal para comenzar. Me sentí orgullosa cuando conseguí superar los doce minutos de duración de la pieza sin saltarme una sola nota, aunque el acompañamiento intuitivo de Willem y el increíble timbre del piano Steinway me ayudaron enormemente.
Los aplausos de Willem resonaron en el auditorio vacío.
—Si tocas así después de diez años, tendré que pedir que dupliquen el precio de la entrada para el recital del sábado.
—Eres muy amable, pero no puede decirse que haya sido una interpretación perfecta.
—Tienes razón, pero es un gran comienzo. Ahora tocaremos la pieza más despacio. Hay algunas cuestiones de ritmo que necesitamos pulir.
Durante la media hora siguiente, ensayamos los tres movimientos de la pieza por separado. Y mientras guardaba la flauta y salíamos juntos del auditorio, caí en la cuenta de que no había pensado en Theo ni una sola vez durante los últimos cuarenta y cinco minutos.
—¿Vuelves al centro? —me preguntó Willem.
—Sí.
—En ese caso pediré un taxi.
Durante el trayecto de regreso a Bergen, le di las gracias y le confirmé que el sábado tocaría con él.
—Me alegro mucho —respondió mirando distraídamente por la ventanilla—. Bergen es un lugar especial, ¿no crees?
—Sí, yo también tengo esa sensación.
—Una de las razones de que aceptara venir para dar los conciertos de mediodía de esta semana en la Troldhaugen es que me han pedido que me incorpore a la Orquesta Filarmónica de Bergen como pianista permanente. Quería tantear el terreno, pues si aceptara tendría que dejar mi refugio en Zúrich e instalarme en Bergen casi todo el año. Y después de lo que te conté ayer, ya sabes lo difícil que sería para mí dar semejante paso.
—¿Jack y tú vivíais juntos en Zúrich?
—Sí. Puede que me haya llegado el momento de empezar de cero. Y Noruega, por lo menos, es un país limpio —añadió Willem muy serio.
—Ya lo creo —reí—. Y la gente es muy amable. Aunque aprender noruego debe de ser tremendamente difícil.
—Por suerte, tengo muy buen oído. Las notas y los idiomas se me dan bien, además de algún que otro acertijo matemático. Y, por otro lado, aquí todo el mundo habla inglés.
—Creo que la orquesta sería muy afortunada si consiguiera ficharte.
—Gracias. —Esbozó una sonrisa inesperada—. ¿Qué haces esta noche? —me preguntó cuando entramos en el hotel.
—Todavía no lo he pensado, la verdad.
—¿Cenamos juntos? —Enseguida reparó en mi titubeo—. Perdona, seguro que estás cansada. Te veré mañana a las tres. Adiós.
Willem se alejó bruscamente y me dejó sola en el vestíbulo, sintiéndome culpable y desconcertada. Sin embargo, era cierto que no me encontraba muy bien, cosa extraña en mí. Cuando entré en mi habitación, me tumbé en la cama y pensé con tristeza que últimamente había muchas cosas «extrañas» en mí.