La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 35

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Había tenido que salir de compras por Bergen en busca de algo elegante y discreto para el recital. Y mientras me ponía el vestido negro que había elegido para la actuación, ahuyenté el recuerdo de haber lucido uno parecido en el funeral de Theo. Me apliqué un toque de rímel y noté que empezaba a subirme la adrenalina. Tanto que tuve que inclinarme sobre el retrete, presa de una arcada. Me enjugué las lágrimas y regresé frente al espejo para retocarme la máscara de pestañas y añadir un poco de carmín. Después cogí la chaqueta y el estuche de la flauta y bajé al vestíbulo para reunirme con Willem.

No solo me encontraba mal físicamente, sino que había estado incómoda con Willem desde que me había invitado a cenar. A partir de aquel momento, había notado cierta frialdad en su trato durante nuestros ensayos. Se había encargado de mantener nuestras conversaciones restringidas a lo «profesional» y en el taxi solo hablábamos de la música que habíamos ensayado.

Las puertas del ascensor se abrieron y lo vi esperándome en la recepción, muy atractivo con su pajarita y su impecable esmoquin negro. Y confié en no haberlo disgustado con mi rechazo. Había percibido trazos de la misma torpeza que Theo y yo habíamos experimentado en los inicios de nuestra relación, y además algo me decía que decididamente Willem no era gay…

—Estás muy guapa, Ally —dijo mientras se acercaba a mí.

—Gracias, pero a mí no me lo parece.

—Les ocurre a todas las mujeres —espetó cuando salíamos del hotel para subir al taxi que había reservado.

Hicimos el trayecto en silencio y me sentí frustrada por el malestar que se palpaba entre ambos. Willem parecía tenso y distante.

Al llegar al Teatro Logen, entramos y él fue al encuentro de la organizadora del recital, que estaba esperándonos en el vestíbulo.

—Síganme, por favor.

Nos condujo hasta un elegante auditorio de techos altos, numerosas hileras de asientos y lámparas de araña que iluminaban la estrecha galería superior. En el escenario solo había un piano de cola y un atril para mí. Los técnicos aún encendían y apagaban los focos mientras hacían las últimas pruebas.

—Los dejaré solos para que puedan ensayar —dijo la mujer—. Abriremos las puertas al público quince minutos antes de que comience el recital, de modo que disponen de media hora para evaluar la acústica.

Willem le dio las gracias, subió los escalones del escenario y se acercó al piano de cola. Levantó la tapa y deslizó los dedos sobre el teclado.

—Es un Steinway B —se congratuló— y suena bien. ¿Hacemos un repaso rápido?

Saqué la flauta del estuche y al montarla advertí que las manos me temblaban. Tocamos la sonata y después fui al cuarto de baño mientras Willem ensayaba sus solos. Tuve otra arcada y, cuando me lavé la cara con agua fría, me reí del reflejo pálido que me devolvía el espejo. Se suponía que era una mujer capaz de soportar las condiciones más duras en el mar sin sufrir la menor molestia. Y allí, en tierra firme, tocando la flauta en público durante doce minutos, me sentía tan mareada como una novata en su primera tormenta.

Regresé a bastidores y vi por una rendija que el auditorio empezaba a llenarse. Miré de reojo a Willem, que, a pocos metros de mí, parecía estar realizando algún tipo de ritual consistente en farfullar, caminar de un lado a otro y estirar los dedos, así que lo dejé hacer. Por desgracia, la Sonata para flauta y piano era la penúltima pieza del recital, lo cual quería decir que tendría que permanecer entre bambalinas, esperando y poniéndome nerviosa.

—¿Estás bien? —me susurró Willem mientras oíamos al presentador leyendo los hitos más destacados de su currículum antes de darle paso.

—Sí, gracias —contesté cuando un fuerte aplauso reverberó en la sala.

—Quiero disculparme formalmente por mi presuntuosa invitación a cenar de la otra noche. Fue del todo inoportuna, dadas las circunstancias. Comprendo el punto en el que te encuentras en lo que a emociones se refiere y a partir de ahora lo respetaré. Espero que podamos ser amigos.

Sin más, Willem salió al escenario y saludó con una inclinación de la cabeza antes de sentarse frente al piano. Comenzó con el rápido y complejo Estudio en sol bemol mayor n.º 5 de Chopin.

Mientras lo escuchaba tocar, reflexioné sobre la intrincada e interminable danza que elaboraban continuamente los hombres y las mujeres. Y cuando las últimas notas de la pieza inundaron el auditorio, reconocí que una parte de mí se sentía extrañamente decepcionada por el hecho de que Willem esperara que pudiéramos ser amigos. Por no mencionar el sentimiento de culpa que me asaltaba cada vez que pensaba qué habría dicho Theo en cuanto a la confusión que me producía mi atracción por Willem…

Después de pasearme arriba y abajo por los estrechos bastidores durante lo que me pareció una eternidad, oí que al fin Willem me presentaba y salí para unirme a él sobre el escenario, donde lo obsequié con una amplia sonrisa de agradecimiento por su amabilidad y aliento de los últimos días. Después, me llevé la flauta a los labios, le indiqué que estaba preparada y empezamos a tocar.

Cuando Willem terminó su última pieza de la noche, subí de nuevo al escenario y me sentí muy extraña saludando al público a su lado. Los organizadores incluso me regalaron un pequeño ramo de flores.

—Felicidades, Ally, lo has hecho muy bien. Muy muy bien, de hecho —me dijo Willem mientras abandonábamos juntos el escenario.

—Estoy de acuerdo contigo.

Me volví hacia la voz familiar y vi a Erling, el conservador del Museo Grieg, acompañado entre bambalinas de otros dos hombres.

—Hola —lo saludé con una sonrisa—. Y gracias.

—Ally, te presento a Thom Halvorsen, el biógrafo y tataranieto de Jens Halvorsen, además de virtuoso violinista y subdirector de la Orquesta Filarmónica de Bergen. Y él es David Stewart, el gestor de la orquesta.

—Es un placer conocerte, Ally —dijo Thom en tanto que David Stewart se volvía hacia Willem—. Erling me ha contado que estás buscando información sobre mis tatarabuelos.

Me quedé mirándolo y pensé que me sonaba su cara, pero en aquel momento no supe decir de qué. Poseía un físico típicamente noruego: cabello pelirrojo, pecas en la nariz y ojos grandes y azules.

—Así es.

—En ese caso, estaré encantado de ayudarte en lo que pueda. Aunque esta noche tendrás que perdonarme si estoy algo despistado. Acabo de llegar de Nueva York. Erling me ha recogido en el aeropuerto y me ha traído directamente aquí para que pudiera escuchar a Willem.

—Los jet lags son matadores —dijimos a la vez y, tras un breve silencio, ambos sonreímos con timidez.

—Lo son —añadí.

David Stewart se volvió hacia nosotros.

—Lo siento, pero he de marcharme enseguida. Thom, llámame si hay buenas noticias.

Se despidió de todos los demás y desapareció.

—Ally, seguro que ya sabes que estamos intentando convencer a Willem de que se incorpore a la Orquesta Filarmónica de Bergen. ¿Has pensado en ello, Willem?

—Sí, Thom, y tengo algunas preguntas que hacerte.

—En ese caso, te propongo que vayamos a comer algo al restaurante de enfrente. ¿Nos acompañáis? —nos preguntó a Erling y a mí.

—Si tenéis cosas de qué hablar, no nos gustaría molestaros —respondió Erling por los dos.

—En absoluto. Solo se necesita un «sí» de Willem para abrir el champán.

Diez minutos después, estábamos sentados en un acogedor restaurante iluminado con velas. Uno frente al otro, Thom y Willem estaban absortos en su conversación, de modo que me puse a hablar con Erling.

—Esta noche has estado estupenda, Ally. Eres demasiado buena para ignorar tu talento, y eso por no hablar del mero placer de tocar.

—¿Tú también eres músico? —le pregunté.

—Sí. Pertenezco a una familia de músicos, igual que Thom. Soy violonchelista y toco con una orquesta pequeña aquí, en Bergen. Esta ciudad tiene una gran cultura musical. La Filarmónica de Bergen es una de las orquestas más antiguas del mundo.

—¡Ya podemos abrir el champán! —anunció de repente Thom—. Willem ha aceptado el puesto.

—Para mí no, gracias —repuso el pianista con firmeza—. Nunca bebo alcohol después de las nueve.

—Si vas a mudarte a Noruega, me temo que tendrás que cambiar ese hábito —bromeó Thom—. Es lo único que nos ayuda a superar los largos inviernos.

—Creo que la ocasión merece una excepción —aceptó educadamente Willem al tiempo que el camarero aparecía con la botella.

—¡Por Willem! —brindamos cuando llegó la comida.

—Me siento mucho más despierto después de esta copa de champán. —Thom me sonrió—. Cuéntame más cosas sobre tu conexión con Jens y Anna Halvorsen.

Le hablé brevemente del legado de Pa Salt, que incluía la biografía de Anna escrita por su marido, Jens Halvorsen, y las coordenadas de la esfera armilar, que me habían conducido primero a Oslo y después a Bergen y el Museo Grieg.

—Es fascinante —murmuró mientras me miraba con aire pensativo—. Eso quiere decir que podríamos estar emparentados. Aunque, sinceramente, después de mis recientes investigaciones sobre la historia de mi familia, en estos momentos no se me ocurre cómo.

—A mí tampoco —lo tranquilicé temiendo de pronto que pudiera tomarme por una «robagenes» cazafortunas—. He encargado tu libro, por cierto. Me lo están trayendo desde Estados Unidos mientras hablamos.

—Te lo agradezco, Ally, pero en casa tengo un ejemplar de sobra si quieres consultarlo.

—Lo tendré en cuenta. O por lo menos te pediré que me firmes el mío. Y ahora, aprovechando que te tengo delante, quizá puedas aclararme algunas cosas. ¿Sabes qué le ocurrió a la familia Halvorsen en los años posteriores a la biografía de Jens?

—Más o menos. Por desgracia, se trata de un período poco agradable de la historia del hombre, con las dos guerras mundiales en camino. Noruega se mantuvo neutral en la primera, pero en la segunda se vio seriamente afectada por la ocupación alemana.

—¿De verdad? Ni siquiera sabía que Noruega hubiera sido ocupada —confesé—. La historia no era mi fuerte en el colegio. De hecho, nunca me he parado a pensar en el impacto que pudo tener la Segunda Guerra Mundial en los países que no fueron los principales protagonistas, y aún menos aquí, en esta tranquila nación recluida en la cima del mundo.

—Bueno, en el colegio tendemos a aprender la historia de nuestro país. ¿De dónde eres tú?

—De Suiza.

Lo miré riéndome.

—Neutral —dijimos al unísono.

—Pues resulta que los alemanes nos invadieron en 1940 —continuó Thom—. De hecho, Suiza me recordó a Noruega cuando estuve en Lucerna hace un par de años para un concierto. Y no solo por la nieve. Ambos países parecen vivir un tanto desconectados del resto del mundo.

—Es cierto —convine. Observé a Thom mientras comía, tratando de averiguar aún por qué su cara me resultaba tan familiar, y llegué a la conclusión de que debía de estar reconociendo en él algunos de los rasgos que había visto en las fotografías de sus antepasados—. Entonces ¿los Halvorsen sobrevivieron a las dos guerras?

—Es una historia muy triste, en realidad, y sin duda demasiado compleja para que mi cerebro recién aterrizado pueda explicártela. Pero podríamos quedar otro día, quizá mañana por la tarde en mi casa. También fue la casa de Anna y Jens, y podría enseñarte dónde vivieron algunos de los momentos más felices de su relación.

Arqueó una ceja y sentí una ligera emoción al darme cuenta de que él también conocía toda la historia de Anna y Jens.

—La vi hace un par de días camino de la Troldhaugen.

—Entonces ya sabes cómo llegar. Y ahora, si no te importa, necesito ir a acostarme. —Thom se levantó y miró a Willem—. Buen viaje de vuelta a Zúrich. Estoy seguro de que el departamento de administración se pondrá en contacto contigo para el tema del contrato. Si se te ocurre alguna pregunta más, llámame. Ally, ¿mañana a las dos en Froskehuset?

—Sí. Y gracias.

—¿Te apetece caminar? —me preguntó Willem después de que nos despidiéramos también de Erling, que se ofreció a llevar a Thom en coche—. El hotel no está lejos.

—Buena idea.

Me notaba la cabeza cargada y pensé que el aire fresco me sentaría bien. Recorrimos las calles empedradas y salimos al puerto. Willem se detuvo frente al muelle.

—Bergen… ¡Mi nuevo hogar! ¿Crees que he tomado la decisión correcta, Ally?

—No lo sé, pero no se me ocurre un lugar más bonito para vivir. Cuesta imaginar que aquí puedan suceder cosas malas.

—Eso es justamente lo que me preocupa. ¿Estoy intentando borrarme del mapa? ¿Huyendo una vez más de lo que le sucedió a Jack? No he parado de viajar desde que ella murió, y ahora me pregunto si en realidad vengo aquí a esconderme.

Suspiró y reemprendimos la marcha por el muelle en dirección al hotel. Enarqué mentalmente las cejas al percatarme de que Willem se había referido a su pareja como «ella».

—También podrías mirarlo desde un prisma más positivo y decir que vienes aquí para pasar página y comenzar de nuevo —le sugerí.

—Sí, cierto. De hecho, quería preguntarte si tú también has pasado por la fase de «por qué murió él y no yo».

—Ya lo creo, y aún no la he superado. Fue Theo quien me obligó a abandonar el velero en el que competíamos poco antes de que se ahogara. Pese a saber que habría sido imposible, me he pasado horas y más horas pensando que si me hubiese quedado, habría podido salvarlo.

—Es un camino que no lleva a ninguna parte. Yo he comprendido que la vida es una sucesión de acontecimientos aleatorios. Tú y yo nos hemos quedado aquí y tenemos que seguir adelante. Mi psicoterapeuta dice que por eso tengo síntomas de TOC. Tras la muerte de Jack, sentía que no podía controlar mi vida y he tratado de compensar esa deficiencia desde entonces. Poco a poco voy mejorando. Por ejemplo, esa copa de champán después de las nueve… —Willem se encogió de hombros—. Sin prisa, Ally, paso a paso.

—Sí. Por cierto, ¿cuál era el nombre completo de Jack?

—Jacqueline, por Jacqueline du Pré. Su padre era violonchelista.

—La primera vez que me hablaste de ella pensé que era un hombre…

—¡Ja! Por lo visto es otra forma de control, y funciona. Me ha protegido de todas las mujeres depredadoras que se han cruzado en mi camino. En cuanto menciono a mi pareja Jack, reculan. Sé que no soy una estrella del rock, pero después de los conciertos siempre se acercan algunas fanáticas del piano que me hacen ojitos y me piden ver mi, eh…, instrumento. Una incluso me dijo que su fantasía era que le tocara el Concierto n.º 2 de Rachmaninoff desnudo.

—Pues espero que no me tomaras por una de ellas.

—Ni mucho menos. —Nos habíamos detenido delante del hotel y Willem se volvió hacia las tranquilas aguas que lamían el muelle—. De hecho, fue todo lo contrario. Y, como ya te dije antes, me equivoqué al invitarte a cenar. Típico de mí —suspiró, de repente taciturno—. Cambiando de tema, gracias por tocar esta noche. Confío en que quieras mantener el contacto.

—Willem, soy yo quien debe darte las gracias. Me has ayudado a recuperar la música. Pero, si no me voy a la cama ya, caeré redonda aquí mismo.

—Me voy mañana a primera hora —anunció cuando entramos en el desierto vestíbulo—. Tengo muchas cosas que organizar en Zúrich. Thom quiere que me incorpore a la orquesta lo antes posible.

—¿Cuándo volverás?

—En noviembre, justo a tiempo para preparar el Concierto del Centenario de Grieg. ¿Piensas quedarte por aquí mucho tiempo? —me preguntó camino del ascensor.

—No lo sé, la verdad.

Entramos juntos y pulsamos los botones de nuestras respectivas plantas.

—Bueno, aquí tienes mi tarjeta. Por favor, cuéntame cómo te van las cosas.

—Lo haré.

El ascensor se detuvo en su planta.

—Adiós, Ally.

Se despidió con una sonrisa fugaz y un leve gesto de la cabeza y salió.

Diez minutos después, cuando apagaba la lámpara de mi mesilla de noche, confié en que Willem y yo mantuviéramos realmente el contacto. Aunque estaba a años luz de pensar en tener otra relación, me gustaba. Y después de lo que acababa de decirme, sospechaba que yo a él también.

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