La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 36

Página 45 de 62

36

Hola. —Thom me dedicó una sonrisa cuando abrió la puerta de Froskehuset—. Vamos al salón. ¿Qué te apetece tomar?

—Un vaso de agua, gracias.

Eché un vistazo a la estancia mientras Thom iba a la cocina. La pintoresca decoración era de un estilo que había empezado a reconocer como típicamente noruego: sencillo y muy acogedor. Incluía una mezcolanza de sillones disparejos y un sofá con antimacasares de encaje, todos ellos bien dispuestos alrededor de una enorme estufa de hierro que imaginé que mantendría el frío totalmente a raya por las noches. El único objeto llamativo de la sala era el piano de cola negro situado frente a la ventana en voladizo con vistas al magnífico fiordo.

Me acerqué a un recodo para ver mejor la colección de fotografías que descansaba sobre un espantoso buró faux rococó. Me llamó la atención una en particular, de un niño de unos tres años —Thom, supuse— sentado sobre el regazo de una mujer, junto al fiordo y bajo un sol radiante. Tenían la misma sonrisa amplia, el mismo color de tez y los mismos ojos grandes y expresivos. Cuando Thom regresó al salón, vi en su semblante vestigios del niño de la fotografía.

—Disculpa la decoración —dijo—. Me mudé a esta casa hace solo unos meses, tras la muerte de mi madre, y todavía no he tenido tiempo de cambiarla. Yo soy más minimalista, de gustos escandinavos modernos. Esta reliquia del pasado no es mi estilo.

—Pues la verdad es que yo estaba pensando que me gusta mucho. Es muy…

—¡Auténtica! —exclamamos ambos al mismo tiempo.

—Me has leído el pensamiento —rio Thom—. Y dado que estás investigando la vida de Anna y Jens, está bien que veas la decoración original antes de que empiece a tirar cosas al contenedor. Muchos de estos muebles eran suyos y tienen más de ciento veinte años, como el resto de la casa, incluidas las cañerías. Mis tatarabuelos compraron el solar, o, mejor dicho, lo compró Anna, en 1884 y tardaron un año en construir la casa.

—No había oído hablar de ellos hasta que leí el libro —dije en un tono de disculpa.

—Anna era la más conocida de los dos en Europa, pero Jens también era bastante célebre, sobre todo en Bergen. Empezó a destacar de verdad después de la muerte de Grieg en 1907, aunque, para serte franco, su música poseía numerosas reminiscencias del maestro y no estaba a su altura. Ignoro cuánto sabes de la influencia de Grieg en la vida de Anna y Jens…

—Bastante, ahora que he leído la biografía de Jens. Sé lo que hizo por Anna tras rescatarla de la pensión de Leipzig.

—Sí, bueno… Como aún no has tenido la oportunidad de leer mi libro, una cosa que no sabes es que fue Grieg quien encontró a Jens viviendo con una modelo artística en Montmartre. Su mecenas, la baronesa, lo había abandonado y se ganaba precariamente la vida tocando el violín, casi siempre borracho y bajo los efectos del opio, como muchos artistas del círculo bohemio de París de aquella época. Al parecer, Grieg le leyó la cartilla, le pagó el billete a Leipzig y le dejó muy claro que tenía que ir a ver a Anna y suplicar su perdón.

—¿Quién te contó todo eso?

—Mi bisabuelo, Horst, a quien se lo había contado la propia Anna en su lecho de muerte.

—¿Y cuándo regresó Jens a Leipzig?

—En torno a 1884.

—¿Varios años después de que Grieg rescatara a Anna de la pensión? La verdad, Thom, es que cuando llegué al final del libro se me cayó el alma a los pies. No fui capaz de entender que Anna aceptara de nuevo a Jens después de tantos años de abandono. Y ahora no comprendo por qué Grieg fue a buscar a Jens a París. No me cabe duda de que sabía lo que Anna sentía por él. No tiene sentido.

Thom me estudió como si estuviera dándole vueltas a algo en la cabeza.

—He ahí el problema de la historia, tal y como descubrí mientras investigaba el pasado de mi familia —dijo al fin—. Conoces los hechos, pero averiguar las verdaderas motivaciones humanas ya es más difícil. Recuerda que fue Jens quien escribió la biografía. En ningún momento sabemos qué piensa Anna sobre el tema. El libro se publicó después de la muerte de ella y fue, básicamente, un homenaje de su marido.

—Yo, personalmente, habría agarrado el cuchillo de la carne nada más ver a Jens cruzar la puerta. Me parecía mucho mejor persona Lars, su primer novio.

—¿Lars Trulssen? ¿Sabes que se marchó a Estados Unidos y se convirtió en un poeta de cierto renombre? Contrajo matrimonio con una mujer que pertenecía a una familia acaudalada de origen noruego que llevaba tres generaciones en Nueva York. Tuvo muchísimos hijos.

—¿En serio? Eso me hace sentir mucho mejor. Me daba mucha pena Lars. Pero ya se sabe que las mujeres no siempre elegimos al hombre que más nos conviene, ¿verdad?

—Me niego a opinar sobre eso —dijo Thom con una carcajada—. Lo único que puedo decirte es que, al parecer, Anna y Jens permanecieron felizmente casados hasta que ella murió. Por lo visto, Jens siempre les estuvo muy agradecido a ambos, a Grieg por haberlo salvado de los antros de perdición de París y a Anna por haberlo perdonado. Los dos matrimonios pasaban mucho tiempo juntos, pues vivían casi puerta con puerta. Cuando Grieg murió, Jens contribuyó a crear un departamento de música en la Universidad de Bergen con el legado económico del compositor. Ahora es la Academia Grieg, y ahí fue donde estudié yo.

—En realidad no sé nada de la familia Halvorsen después de 1907, que es cuando termina el libro de Jens, y, de hecho, nunca he escuchado ninguna de sus composiciones.

—En mi opinión, escribió pocas piezas que merezcan la pena. Aunque, cuando estuve organizando sus numerosas carpetas de partituras, que llevaban años acumulando polvo en el desván, tropecé con algo muy especial. Un concierto para piano que, según he averiguado, jamás se ha interpretado en público.

—¿En serio?

—Como este año es el centenario de la muerte de Grieg, se han organizado varios eventos, entre ellos un gran concierto aquí, en Bergen, para clausurar las celebraciones.

—Sí, Willem me lo ha comentado.

—Como te imaginarás, la música noruega ocupará un lugar muy destacado en el programa y sería fantástico poder estrenar la pieza para piano de mi tatarabuelo. He hablado con el Comité de Programaciones y con el propio Andrew Litton, el venerado director de la Filarmónica de Bergen y actualmente mi mentor. Han escuchado la pieza, que, en mi opinión, es sensacional, y han decidido incluirla en el programa para el concierto del 7 de diciembre. Como en el desván solo encontré la partitura para piano, se la envié a un tipo que conozco y que tiene mucho talento para que hiciera la orquestación, pero cuando llegué ayer de Nueva York me encontré un mensaje suyo en el contestador. Dice que su madre enfermó hace unas semanas y todavía no ha podido siquiera ponerse con ella.

Guardó silencio y vi, por la expresión de su cara, que estaba decepcionado.

—Dudo mucho que esté lista para diciembre. Es una verdadera pena, porque creo que es lo mejor que Jens compuso en toda su vida. Además, estrenar una obra original compuesta por un Halvorsen que tocó en la primera representación de Peer Gynt habría sido perfecto. Pero basta de hablar de mis problemas. Háblame de ti, Ally. ¿Has tocado alguna vez en una orquesta?

—Dios mío, no. Nunca he tenido nivel para eso. Digamos que soy una aficionada entusiasta.

—Después de escucharte ayer, permíteme que disienta. Willem dice que estudiaste cuatro años de flauta en el Conservatorio de Ginebra. Eso no lo hace una «aficionada entusiasta», Ally —me regañó.

—Puede que no, pero hasta hace solo unas semanas era navegante de profesión.

—¿En serio? ¿Y cómo es eso?

Frente a una infusión que Thom había encontrado en un armario, le hice un resumen de mi vida y de los acontecimientos que me habían llevado hasta Bergen. Me di cuenta de que me estaba acostumbrando a relatarlos de forma mecánica, sin implicación emocional. Y no tenía ni idea de si aquello era bueno o malo.

—Caray, Ally, pensaba que mi vida era complicada, pero la tuya… No sé cómo has conseguido superar estas últimas semanas. Me descubro ante ti.

—Me he mantenido ocupada hurgando en mi pasado —dije con impaciencia, deseosa de cambiar de tema—. Y ahora que ya te he aburrido con mi vida, ¿crees que podrías devolverme el favor y hablarme de los Halvorsen más contemporáneos? Si no es molestia —me apresuré a añadir, consciente de que estaba pidiendo información sobre la familia de Thom. No quería que pensara que estaba reclamando algún tipo de derecho—. En el caso de que tenga algún vínculo con ellos, debe estar en el pasado reciente, porque solo tengo treinta años.

—Yo también. Nací en junio. ¿Tú?

—El 31 de mayo, según mi padre adoptivo.

—¿En serio? Yo el 1 de junio.

—Nos llevamos un día —musité—. Pero cuéntame, soy toda oídos.

—Veamos. —Thom bebió un sorbo de café—. A mí me crio aquí, en Bergen, mi madre, que murió hace un año. Por eso me vine a vivir a Froskehuset.

—Lo siento mucho, Thom. Sé muy bien lo que significa perder a un padre.

—Gracias. Fue un golpe durísimo, porque estábamos muy unidos. Ella era madre soltera y vivimos sin un marido y un padre que nos apoyara.

—¿Sabes quién era tu padre?

—Desde luego. —Thom enarcó una ceja—. Es el vínculo sanguíneo con Jens Halvorsen. Felix, mi padre, es su bisnieto. Pero, a diferencia de Jens, que por lo menos al final regresó junto a Anna, mi padre nunca asumió sus responsabilidades.

—¿Sigue vivo?

—Ya lo creo, aunque tenía unos veinte años más que mi madre cuando se conocieron. Desde mi punto de vista, de todas las generaciones de hombres Halvorsen, mi padre es el que más talento musical posee. Y mi madre, al igual que Anna, tenía una voz maravillosa. Total, que mi madre asistió a clases de piano con mi padre y él la sedujo. Se quedó embarazada con veinte años. Felix se negó a aceptar que el hijo era suyo y le aconsejó que abortara.

—Eso podría ser una prueba irrefutable. ¿Fue eso lo que tu madre te contó?

—Sí. Y, conociendo a Felix, la creo —aseguró Thom—. Mi madre lo pasó muy mal después de tenerme. Sus padres, granjeros del norte con una mentalidad muy conservadora, la repudiaron y Martha, mi madre, se quedó prácticamente en la indigencia. No olvides que hace treinta años Noruega era todavía un país relativamente pobre.

—Qué horror, Thom. ¿Y qué hizo?

—Afortunadamente, mis bisabuelos, Horst y Astrid, nos ofrecieron su casa. Aunque creo que mi madre nunca se repuso de lo que le había hecho mi padre. Sufrió terribles episodios depresivos el resto de su vida. Y nunca explotó su talento como cantante.

—¿Te reconoce ahora Felix como su hijo?

—Se vio obligado a hacerlo cuando, siendo yo un adolescente, el tribunal le exigió una prueba de ADN —explicó Thom con semblante triste—. Mi bisabuela había muerto y, en lugar de dejarle la casa a Felix, su nieto, me la dejó a mí. Felix impugnó el testamento alegando que mi madre y yo éramos unos impostores, de ahí que el tribunal pidiera una prueba de ADN. ¡Y bingo! Se demostró que con total seguridad la sangre de los Halvorsen corría por mis venas. Aunque yo nunca lo había dudado. Mi madre jamás habría mentido sobre algo así.

—Vaya. Primero, deja que te diga que tu pasado no tiene nada que envidiarle al mío en cuanto a dramatismo —dije con una sonrisa, y vi, aliviada, que Thom me la devolvía—. ¿Ves a tu padre alguna vez?

—De vez en cuando me lo encuentro por la ciudad, pero no mantenemos una relación social.

—¿Vive aquí?

—Sí, en las colinas, con sus botellas de whisky y un reguero incesante de mujeres llamando a su puerta. Es un auténtico Peer Gynt, un hombre que nunca ha sido consciente de sus errores.

Thom se encogió de hombros con pesar.

—Hay algo que se me escapa… Me has hablado de tus bisabuelos, pero falta una generación. ¿Qué fue de tus abuelos, los padres de Felix?

—Esa es la historia que te mencioné anoche. Nunca llegué a conocerlos porque murieron antes de que yo naciera.

—Lo siento mucho, Thom.

Sorprendida, advertí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Dios mío, Ally, no llores. Estoy bien y he conseguido seguir adelante con mi vida. Tú has pasado por cosas mucho peores últimamente.

—Sé que lo has superado, Thom. Perdona, la historia me ha conmovido, eso es todo —dije sin entender muy bien por qué me afectaba tanto.

—No son cosas de las que suela hablar, como puedes imaginar. De hecho, me sorprende haber sido capaz de hablarte de ello con tanta franqueza.

—Y yo te agradezco que lo hayas hecho, Thom, de verdad. Solo una pregunta más. ¿Alguna vez has escuchado la versión de la historia de tu padre?

Me miró extrañado.

—¿Qué otra versión puede haber?

—No sé…

—¿Una distinta a la de que es un cabrón egoísta e inútil que dejó a mi madre embarazada y sola, quieres decir?

—Sí —respondí con un suspiro y comprendiendo que había entrado en terreno pantanoso. Reculé de inmediato—. Por lo que me has contado, probablemente tengas toda la razón y no haya más que eso.

—Eso no significa que Felix no me dé pena a veces —reconoció Thom—. Su vida es un absoluto desastre y ha tirado su extraordinario talento por la ventana. Por suerte, heredé una pizca de ese don y siempre le estaré agradecido por ello.

Vi que Thom consultaba la hora y me dije que había llegado el momento de marcharme.

—Será mejor que me vaya. Ya te he robado suficiente tiempo.

—No, Ally, no te vayas aún, por favor. De hecho, ahora mismo estaba pensando que estoy hambriento. En Nueva York es más o menos la hora del desayuno. ¿Te apetecen unas tortitas? Es el único plato que sé preparar sin una receta delante.

—Thom, en serio, si quieres que me vaya, dilo.

—No quiero que te vayas. De hecho, ¿por qué no vienes a la cocina y haces de pinche?

—Vale.

Mientras hacíamos las tortitas, Thom me preguntó sobre mi vida.

—Por las cosas que me cuentas, parece que tu padre adoptivo era un hombre muy especial.

—Lo era, sí.

—Y con tantas hermanas… seguro que nunca te ha faltado compañía. Yo a veces me sentía muy solo siendo hijo único. Siempre deseé tener hermanos.

—Cierto, nunca sufrí de soledad. Siempre había alguien con quien jugar, algo que hacer. Y, sobre todo, aprendí a compartir.

—Mientras que yo lo tenía todo para mí y me agobiaba el hecho de ser el príncipe de mi madre —dijo él mientras servía las tortitas en dos platos—. Siempre sentí la presión de tener que cumplir sus expectativas. Solo me tenía a mí.

—A mis hermanas y a mí siempre nos alentaron a que fuéramos nosotras mismas. —Nos sentamos a la mesa de la cocina—. ¿Te sentías culpable por el hecho de que tu madre hubiera sufrido tanto para traerte al mundo?

—Sí. Y cuando caía en sus episodios depresivos y me decía que yo tenía la culpa de que su vida se hubiera ido al traste, me entraban ganas de gritarle que yo no había pedido nacer y que la decisión había sido suya.

—Menudo par estamos hechos tú y yo.

Me miró con el tenedor suspendido en el aire.

—Y que lo digas. De hecho, me resulta agradable tener a alguien capaz de entender mis peculiares circunstancias familiares.

—A mí también.

Lo miré y sonreí. Él me devolvió el gesto y de pronto tuve una fuerte sensación de déjà vu.

—Qué extraño —murmuró Thom unos segundos después—, me siento como si te conociera de toda la vida.

—Sé a qué te refieres, a mí me pasa lo mismo.

Un rato después, me llevó al hotel en coche.

—¿Estás libre mañana por la mañana? —me preguntó.

—Sí, no tengo planes.

—Genial. Vendré a recogerte para dar un paseo en barco por el puerto. Y te contaré lo que les pasó a Pip y Karine, mis abuelos. Como ya te he comentado, es un capítulo duro y doloroso de la historia de los Halvorsen.

—¿Te importaría que nos viéramos en tierra firme? Desde que Theo murió soy incapaz de subirme a un barco.

—Es comprensible. ¿Por qué no subes otra vez a Froskehuset? Vendré a buscarte a las once. Buenas noches, Ally.

—Buenas noches, Thom.

Le dije adiós desde la puerta del hotel y subí a mi habitación. Me asomé a la ventana para contemplar el mar, maravillada por las muchas horas que Thom y yo habíamos pasado hablando de todo y de nada, y por lo cómoda que me había sentido. Me duché y me metí en la cama pensando que, independientemente de lo que surgiera de mis indagaciones sobre mi pasado, al menos estaba haciendo nuevos amigos por el camino.

Y con esa idea me dormí.

Ir a la siguiente página

Report Page