La hermana tormenta
Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 37
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Cuando me desperté al día siguiente, la serenidad que había sentido la noche anterior me abandonó mientras corría al cuarto de baño a vomitar. Regresé a la cama a trompicones, con los ojos húmedos e incapaz de entender por qué me encontraba tan mal. Siempre había gozado de buena salud. De niña raras veces enfermaba y siempre era la que ayudaba a Ma cuando un virus especialmente agresivo saltaba de una hermana a otra.
Aquel día me encontraba fatal y empecé a preguntarme si las náuseas que había sentido en Naxos se debieron a algún virus estomacal que seguía dentro de mí, porque no había vuelto a encontrarme bien desde entonces. De hecho, cada vez estaba peor… Seguro que simplemente se debía a la tensión de las últimas semanas, pensé con impotencia. Necesitaba comer —debía de estar baja de azúcar—, de modo que pedí un desayuno continental completo, decidida a no dejar ni una miga. «Así es como se tratan los mareos en el mar, Ally», me recordé cuando me senté en la cama con la bandeja sobre las rodillas y peleé valientemente por comer todo lo que pude.
Veinte minutos después, eché el desayuno entero por el inodoro. Mientras me vestía con las manos temblorosas, pues solo faltaba media hora para que llegara Thom, decidí que le pediría el nombre de un buen médico, pues ya no me cabía duda de que padecía alguna dolencia. En esas estaba cuando sonó el teléfono.
—¿Diga?
—¿Ally?
—Tiggy, ¿cómo estás?
—Estoy… bien. ¿Dónde estás?
—Sigo en Noruega.
Se produjo un silencio y finalmente dijo:
—Ah.
—¿Qué ocurre, Tiggy?
—Nada, nada… Solo quería saber si habías vuelto ya a Atlantis.
—No, lo siento. ¿Va todo bien?
—Sí, sí, muy bien. Únicamente llamaba para saber cómo estabas.
—Estoy bien, y descubriendo muchas cosas sobre las pistas que me dejó Pa.
—Me alegro. Bueno, avísame cuando vuelvas de Noruega para que podamos vernos —dijo con una alegría falsa en la voz—. Te quiero, Ally.
—Y yo a ti.
Tomé el ascensor pensando, desconcertada, en lo extraña que se había mostrado Tiggy. Estaba acostumbrada a su serenidad, a su capacidad para hacer que todos los que la rodeaban se sintieran mejor tras ofrecerles su visión esotérica de la vida. Aquel día, sin embargo, la había notado muy diferente. Me hice la promesa de escribirle un correo más tarde.
—Hola.
Thom se acercó a mí cuando salí del ascensor.
—Hola —dije con una sonrisa y procurando mantener la compostura.
—¿Estás bien, Ally? Se te ve… pálida.
—Sí. Bueno, la verdad es que no —confesé camino de la salida—. No me encuentro muy bien, y ya llevo varios días así. Estoy segura de que no es más que una simple gastroenteritis, pero quería preguntarte si conoces a algún médico.
—Claro. ¿Quieres que te lleve ahora?
—Caray, no, no estoy tan mal. Solo me siento… rara.
Me ayudó a subir a su destartalado Renault.
—Ally, tienes muy mala cara —insistió mientras sacaba el móvil—. Deja que te pida hora para hoy mismo.
—Está bien, gracias.
Thom marcó un número y habló con la persona del otro lado de la línea en noruego.
—Hecho, tienes hora a las cuatro y media. —Contempló mi rostro macilento y sonrió—. Te propongo que vayamos a Froskehuset y te tumbes en el sofá con un edredón calentito. Luego podrás decidir si quieres que te cuente la historia de mis abuelos o que te toque el violín.
—¿No podrían ser las dos cosas?
Esbocé una sonrisa débil y me pregunté cómo podría saber Thom que en aquel frío día de otoño y con el estómago revuelto, un edredón, una historia y algo de música eran justamente lo que necesitaba.
Media hora después, acurrucada en el sofá, con el privilegio añadido de que hubiera puesto en marcha la enorme estufa de hierro, le pedí a Thom que tocara el violín para mí.
—¿Por qué no empiezas por tu pieza preferida?
—De acuerdo. —Fingió un suspiro—. Aunque teniendo en cuenta tu estado, no quiero que pienses que guarda relación alguna.
—No lo pensaré —prometí, extrañada por el comentario.
—Está bien.
Thom se colocó el violín debajo del mentón con suma delicadeza, dedicó unos segundos a afinarlo y finalmente de su arco empezaron a brotar las evocadoras notas de una de mis piezas predilectas. Solté una carcajada al comprender lo que había querido decir.
Se interrumpió con una sonrisa.
—Te lo advertí.
—La muerte del cisne también es una de mis piezas favoritas.
—Me alegro.
Y siguió tocando mientras yo, recogida bajo el cálido edredón, gozaba del privilegio de un recital privado por parte de un virtuoso natural del violín. Cuando la última nota se desvaneció en el aire, aplaudí.
—Precioso.
—Gracias. ¿Qué te gustaría escuchar ahora?
—Lo que más te guste tocar.
—Muy bien. Ahí va.
Durante los cuarenta minutos siguientes, escuché a Thom tocar una maravillosa selección de sus piezas favoritas, entre ellas el primer movimiento del Concierto para violín en re mayor de Chaikovski y la sonata conocida como El trino del diablo de Tartini, y lo vi perderse en otro mundo, un mundo en el que había visto sumergirse a todos los músicos de verdad cuando tocaban. Volví a preguntarme cómo había sido capaz de vivir sin música y sin músicos durante los últimos diez años. Yo también había conocido aquella sensación en otros tiempos. En algún momento debí de quedarme traspuesta del todo, pues me sentía tan relajada y segura que, simplemente, me evadí. Hasta que noté una mano suave en el hombro.
—Vaya, perdona —dije al abrir los ojos.
Thom me estaba mirando con cara de preocupación.
—Podría sentirme muy ofendido por el hecho de que el único miembro de mi público se haya dormido, pero no me lo tomaré como algo personal.
—No deberías, Thom, de verdad. Te prometo que, aunque te resulte paradójico, es un cumplido. ¿Puedo usar el cuarto de baño? —pregunté mientras salía despacio de debajo del edredón.
—Sí, está al final del pasillo a la izquierda.
—Gracias.
Cuando regresé, aliviada por encontrarme algo mejor, vi a Thom en la cocina con algo borboteando en el fuego.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—La comida. Es más de la una. Te he dejado dormir dos horas largas.
—¡Caray! No me extraña que te hayas sentido ofendido. Perdona.
—No hay nada que perdonar, Ally. Por lo que me has contado, últimamente lo has pasado muy mal.
—Sí. —No me daba vergüenza reconocerlo delante de él—. Añoro mucho a Theo.
—Estoy seguro. Aunque te parezca extraño, en cierto modo te envidio.
—¿Por qué?
—Yo aún no he sentido eso por ninguna mujer. He tenido relaciones, sí, pero ninguna ha salido bien. Todavía he de encontrar ese gran amor del que todo el mundo habla.
—Lo encontrarás, estoy segura.
—Puede, pero la verdad es que voy perdiendo la esperanza con la edad. No parece tarea fácil.
—Thom, alguien aparecerá, como Theo apareció para mí, y en ese momento lo sabrás. ¿Qué estás cocinando?
—El otro plato con el que es imposible que falle: pasta. A la Thom.
—No sé qué le pones tú, pero estoy segura de que mi «pasta especial» es mucho mejor que la tuya —bromeé—. Es mi plato estrella.
—¿Ah, sí? Apuesto a que no puede superar la mía. La gente baja en tropel desde las colinas de Bergen únicamente para probarla —afirmó mientras escurría la pasta y la mezclaba con una salsa—. Haga el favor de sentarse.
Empecé a comer con cautela, pues no me atraía la idea de tener que realizar otra visita al cuarto de baño, pero descubrí que el plato de Thom —una sabrosa combinación de queso, hierbas y jamón— me estaba sentando muy bien.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó señalando mi plato vacío.
—Excelente. Tu pasta especial me ha devuelto a la vida. Estoy lista para escuchar el concierto de tu tatarabuelo. Si te apetece interpretarlo para mí, claro.
—Por supuesto. Aunque has de tener presente que el piano no es mi primer instrumento y que, por consiguiente, no le haré justicia.
Regresamos al salón y me instalé de nuevo en el sofá, esta vez con la espalda erguida, mientras Thom cogía la partitura del estante.
—¿Es la partitura original?
—Sí. —La dejó sobre el atril—. Te ruego que tengas paciencia con mi torpeza.
Cuando empezó a tocar, cerré los ojos y me concentré en la música. Había en ella indudables resonancias de Grieg, pero también algo único, una melodía bella e hipnótica que recordaba a Rachmaninoff con una pincelada, quizá, de Stravinski. Thom terminó con una floritura y se volvió hacia mí.
—¿Qué te parece?
—Ya estoy tarareándola en mi cabeza. Es una música hechizante.
—Estoy de acuerdo, y también lo están David Stewart y Andrew Litton. Mañana me concentraré en intentar encontrar a alguien que haga la orquestación. No sé si podrá terminarse en tan poco tiempo, pero merece la pena intentarlo. Si te soy sincero, no entiendo cómo se las ingeniaban nuestros antepasados. Si hoy en día resulta difícil pese a todas las herramientas informáticas que tenemos, escribir manualmente cada nota para cada instrumento de una orquesta en una partitura debía de ser una tarea descomunal. No me extraña que los grandes compositores tardaran tanto en instrumentar sus sinfonías y conciertos. Me quito el sombrero ante Jens y todos los demás.
—Está claro que perteneces a un linaje ilustre, ¿eh?
—La gran pregunta, Ally, es, ¿y tú? —dijo despacio Thom—. Anoche, cuando te fuiste, estuve pensando un buen rato en cuál podría ser tu parentesco con el clan Halvorsen. Dado que Felix, mi padre, es hijo único y ninguno de mis abuelos tenía hermanos, solo he sido capaz de llegar a una conclusión.
—¿Cuál?
—Me preocupa que te ofendas, Ally.
—Suéltalo, Thom, lo soportaré —lo insté.
—Está bien. Teniendo en cuenta el escabroso pasado de mi padre con las mujeres, me he preguntado si existe la posibilidad de que tuviera una hija ilegítima de cuya existencia, tal vez, ni siquiera es consciente.
Clavé la mirada en Thom mientras asimilaba sus palabras.
—Es una teoría, sí. Pero recuerda que todavía no tengo pruebas de que esté emparentada con los Halvorsen. Y me siento muy incómoda apareciendo de pronto aquí e irrumpiendo en tu historia familiar.
—Para mí, cuantos más Halvorsen seamos, mejor. En estos momentos, soy el último de la dinastía.
—Pues solo hay una manera de averiguarlo, y es preguntárselo directamente a tu padre.
—Estoy seguro de que mentiría —repuso Thom con amargura—, como hace siempre.
—Por como lo describes, espero que no tenga nada que ver conmigo.
—No pretendo ser negativo, Ally, pero digamos que no tiene muchas cosas positivas a las que agarrarse.
Thom se encogió de hombros.
—Bien —dije para pasar a otro tema—, a ver si me aclaro con las generaciones. Jens y Anna tuvieron un hijo llamado Horst.
—Exacto. —Thom cogió un libro que descansaba sobre el buró—. Esta es mi biografía, e incluye el árbol genealógico de la familia Halvorsen. Toma. —Me la tendió—. Está al final, antes de los agradecimientos.
—Gracias.
—Horst era un violonchelista muy bueno y estudió en París, no en Leipzig —prosiguió Thom mientras yo buscaba la página—. Regresó a Noruega y tocó en la Filarmónica de Bergen la mayor parte de su vida. Era un hombre encantador, y aunque tenía noventa y dos años cuando yo nací, lo recuerdo muy activo. Fue el primero que me puso los dedos en un violín cuando tenía tres años, según me contó mi madre. Murió a los ciento un años sin haber estado enfermo un solo día de su vida. Ojalá haya heredado sus genes.
—¿Y sus hijos?
—Horst se casó con Astrid, que era quince años más joven que él, y vivieron en esta casa casi toda su vida. Tuvieron un hijo al que pusieron de nombre Jens en honor a su abuelo, aunque, por alguna razón, todo el mundo lo llamaba Pip.
—¿Y qué fue de él? —pregunté, confusa, mientras examinaba el árbol genealógico.
—Esa es la desgarradora historia que te mencioné, Ally. Con lo mal que te encuentras, ¿seguro que te ves con ánimos de escucharla?
—Sí —respondí con firmeza.
—De acuerdo. Jens júnior demostró ser un músico de gran talento y se marchó a estudiar a Leipzig, igual que había hecho su abuelo y tocayo antes que él. Pero estamos hablando de 1936 y el mundo estaba cambiando…