La hermana tormenta

La hermana tormenta


Pip. Leipzing, Alemanía. Noviembre de 1936 » 38

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Jens Horst Halvorsen —más conocido como «Pip», apodo recibido cuando aún era una diminuta semilla en el vientre de su madre— caminaba con paso ligero hacia el magnífico edificio de piedra clara que albergaba el Conservatorio de Leipzig. Aquella mañana sus compañeros y él tenían una clase magistral con Hermann Abendroth, el célebre director de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, y sentía escalofríos de emoción. Desde que había llegado a Leipzig dos años y medio antes, procedente de los estrechos confines musicales de Bergen, su ciudad natal, todo un mundo nuevo se había abierto para él, tanto creativa como personalmente.

En lugar de la música hermosa —pero anticuada, para el oído de Pip— de compositores como Grieg, Schumann y Brahms que había escuchado desde la infancia con Horst, su padre, el conservatorio le había dado a conocer compositores coetáneos. Su favorito en aquellos momentos era Rachmaninoff, cuya Rapsodia sobre un tema de Paganini, estrenada hacía dos años en Estados Unidos, era la pieza que había inspirado a Pip para escribir su propia música. Avanzaba por las amplias calles de Leipzig silbando la melodía casi para sí. Sus estudios de piano y composición habían avivado su imaginación creativa y lo habían acercado a ideas musicales progresistas. Además de admirar la brillantez de Rachmaninoff, también lo había cautivado La consagración de la primavera de Stravinski, una pieza tan moderna y audaz que, veinte años después de su estreno en París en 1913, todavía conseguía que el padre de Pip, consumado violonchelista, la calificara de «obscena».

Mientras seguía su camino, pensó en el otro amor de su vida, Karine. Ella era la musa que lo inspiraba y lo impulsaba a mejorar. Algún día le dedicaría un concierto.

Se habían conocido hacía poco más de un año, una fría noche de octubre, en un recital celebrado en la sala de conciertos de la Gewandhaus. Pip acababa de empezar su segundo curso en el conservatorio y Karine el primero. Mientras esperaban en el vestíbulo para ocupar sus asientos en la última fila, a Karine se le había caído un guante de lana y Pip se lo había recogido. Cuando se incorporó para dárselo, sus miradas se encontraron y desde entonces habían sido inseparables.

Karine era una mezcla exótica de sangre francesa y rusa y había crecido en un particularmente bohemio hogar de París. Su padre era un escultor francés de cierto renombre y su madre una célebre cantante de ópera. Ella había encontrado la forma de expresar su propia creatividad en el oboe y era una de las pocas mujeres que estudiaban en el conservatorio. A pesar de tener el cabello negro y aterciopelado como el pelaje de una pantera y unos ojos oscuros y brillantes que descansaban sobre unos pómulos prominentes, la piel de Karine, incluso en el momento álgido del verano, permanecía siempre tan blanca como la nieve de Noruega. Vestía con un estilo singular que evitaba los habituales adornos femeninos y se decantaba por los pantalones acompañados de un blusón de pintor o una americana hecha a medida. En lugar de hacerla parecer masculina, su manera de vestir realzaba su sensual belleza. Su única imperfección física —de la que Karine se quejaba con regularidad— era la nariz, heredada al parecer de su padre judío. A Pip le habría traído sin cuidado que hubiera tenido el tamaño de la de Pinocho después de una mentira. Para él, ella era perfecta, sencillamente perfecta.

Ya habían planeado su futuro en común: intentarían encontrar trabajo en orquestas de Europa y, después de ahorrar el dinero suficiente, partirían a Estados Unidos para empezar allí una nueva vida. En realidad aquel sueño era más de Karine que de él, reconocía Pip. Él podría ser feliz en cualquier lugar del mundo siempre y cuando ella estuviera a su lado, pero comprendía que la joven deseara marcharse. Allí, en Alemania, la propaganda antijudía distribuida por el partido nazi iba en aumento y, en otras partes del país, los judíos sufrían un hostigamiento constante.

Por fortuna, el alcalde de Leipzig, Carl Friedrich Goerdeler, seguía siendo un acérrimo opositor de los valores nazis. Pip le aseguraba a Karine todos los días que allí no le ocurriría nada malo y que él la protegería. Y cuando se casaran, añadía siempre, un apellido noruego sustituiría el revelador «Rosenblum». «Aunque tú me pareces tan bella como una rosa en flor», solía bromear cada vez que surgía el tema.

Pero aquel día, sin embargo, lucía un sol radiante y los tensos rumores sobre la amenaza nazi parecían lejanos y exagerados. Pese al frío, aquella mañana había decidido hacer a pie el agradable trayecto de veinte minutos que separaba el conservatorio de su pensión en Johannisgasse en lugar de tomar el tranvía. Pensó en lo mucho que había crecido la ciudad desde los tiempos de su padre. Aunque Horst Halvorsen había vivido en Bergen la mayor parte de su vida, había nacido en Leipzig, y aquella conexión familiar le daba a Pip una mayor sensación de pertenencia.

Al aproximarse al conservatorio, pasó junto a la estatua de bronce de Felix Mendelssohn, el fundador de la escuela, erigida delante de la sala de conciertos de la Gewandhaus. Lo saludó llevándose la mano al sombrero mentalmente antes de mirar el reloj y aligerar el paso, pues llegaba tarde.

Dos buenos amigos de Pip, Karsten y Tobias, lo esperaban apoyados en la arcada que daba entrada a la academia.

—Buenos días, dormilón. Karine te tuvo despierto hasta tarde, ¿no? —preguntó Karsten con una sonrisa maliciosa.

Pip sonrió con afabilidad.

—No, he venido caminando y he tardado más de lo que pensaba.

—Daos un poco más de brío, por el amor de Dios —los interrumpió Tobias—. ¿O queréis llegar tarde a la clase de herr Abendroth?

El trío se sumó al torrente de estudiantes que ya estaba entrando en la Grober Saal, un vasto espacio con un techo abovedado sostenido por hileras de pilares y una galería superior que asomaba a la platea y el escenario. Solía utilizarse como auditorio y sala de conferencias. Mientras tomaba asiento, Pip recordó su primer recital de piano en aquel mismo escenario y se le escapó una mueca. Sus profesores y compañeros de clase conformaban un público mucho más crítico que cualquier otro que pudiera encontrar en el futuro en las salas de conciertos. Y, en efecto, su actuación de aquel día había sido debidamente analizada y, a renglón seguido, descuartizada.

Ahora, dos años y medio después, era prácticamente inmune a las observaciones ácidas sobre su forma de tocar. El conservatorio se enorgullecía de producir músicos profesionales curtidos y preparados para ingresar en cualquier orquesta del mundo.

—¿Has leído el periódico de hoy? Nuestro alcalde ha viajado a Múnich para reunirse con el partido —susurró Tobias—. Sin duda le habrán insistido para que emplee sus tácticas antisemitas aquí, en Leipzig. La situación es cada día más peligrosa.

Los estudiantes prorrumpieron en vítores cuando Hermann Abendroth entró en el auditorio, pero Pip aplaudió con el corazón ligeramente acelerado a causa de lo que Tobias acababa de contarle.

Aquella noche se reunió con Karine y la mejor amiga de esta, Elle, en el café de siempre, situado a medio camino entre sus respectivas pensiones. Las dos jóvenes se habían conocido durante el primer trimestre de conservatorio, cuando les asignaron la misma habitación. Como ambas eran francesas de nacimiento y hablaban la misma lengua materna, se hicieron amigas enseguida. Aquella noche Elle había llevado a su novio, Bo, del que Pip solo sabía que también estudiaba su segundo año de música. Mientras pedían una ronda de cervezas Gose, Pip reparó, sorprendido, en el contraste entre los arrolladores rasgos morenos de Karine y la belleza rubia de ojos azules de Elle. «La gitana y la rosa», pensó cuando las bebidas llegaron a la mesa.

—Supongo que ya has oído la noticia —le dijo Karine bajando la voz.

Últimamente nunca se sabía quién podía estar escuchando.

—Sí —dijo Pip, y se percató de que el rostro de Karine se había contraído a causa de la tensión.

—Elle y Bo también están preocupados. Ya sabes que Elle también es judía, aunque no lo parezca. Tiene suerte —musitó la chica antes de volverse de nuevo hacia sus amigos, que estaban sentados enfrente.

—Creemos que lo que está sucediendo en Bavaria empezará a suceder aquí tarde o temprano —dijo quedamente Elle.

—Debemos esperar y ver qué consigue hacer el alcalde en Múnich. Pero aunque suceda lo peor, estoy seguro de que no tocarán a los estudiantes de nuestra escuela —los tranquilizó Pip—. Todos los alemanes llevan la música en el alma y el corazón, sean cuales sean sus inclinaciones políticas. —Confió en que sus palabras no sonaran demasiado huecas. Miró a Bo, que tenía la mirada sombría y un brazo protector sobre los hombros de su novia—. ¿Cómo estás, Bo? —le preguntó.

—Bien —contestó él.

Era un hombre parco en palabras que insistía en ir a todas partes cargado con el arco de su chelo.

Pip sabía que se trataba de uno de los chelistas con más talento de todo el conservatorio y que todo el mundo esperaba grandes cosas de él.

—¿Dónde pasaréis la Navidad?

—Todavía no…

En aquel momento, Bo miró por encima del hombro de Pip, se puso tenso y empalideció. Pip se volvió y vio a dos oficiales de las SS, con el inconfundible uniforme gris y la cartuchera de cuero alrededor de la cintura, cruzar la puerta. Advirtió que Bo se estremecía y desviaba la mirada. Por desgracia, últimamente no era una escena inusual en Leipzig.

Los dos oficiales pasearon la mirada sobre los clientes del café y tomaron asiento a una mesa cercana.

—Todavía no lo hemos decidido —respondió Bo, recuperándose.

Se volvió hacia Elle y le susurró algo al oído. Al cabo de un rato, los dos se levantaron para marcharse.

—Están muy asustados —suspiró Karine mientras Pip y ella los veían abandonar la cervecería con la máxima discreción.

—¿Bo también es judío?

—Él dice que no, pero son muchos los que mienten. Quien le preocupa es la mujer a la que ama. Creo que podrían marcharse de Alemania muy pronto.

—¿Y adónde irán?

—No lo saben. A París, quizá, aunque Elle dice que a Bo le preocupa que si Alemania decide entrar en guerra, también Francia se vea involucrada. Mi hogar.

Pip le cogió la mano que le tendía y se dio cuenta de que estaba temblando.

—Esperemos a ver qué sucede cuando el alcalde Goerdeler regrese de Múnich —insistió Pip—. Si es necesario, Karine, nosotros también nos iremos.

Al día siguiente, de camino al conservatorio, Pip avanzó entre la típica neblina gris de las mañanas de noviembre en Leipzig. Cuando se aproximaba a la Gewandhaus, las rodillas estuvieron a punto de fallarle al reparar en la multitud que se había congregado delante del edificio. En el lugar donde el día anterior se alzaba orgullosa la espléndida estatua de Felix Mendelssohn, el fundador judío del conservatorio, ahora solo quedaban escombros y polvo.

—Dios mío —farfulló mientras pasaba raudo junto a una muchedumbre vestida con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas y escuchaba los insultos que proferían entre los cascotes—. Ya ha empezado.

Cuando entró en el conservatorio, una aglomeración de estudiantes horrorizados llenaba el vestíbulo. Vio a Tobias y se acercó a él.

—¿Qué ha ocurrido?

—Ha sido Haake, el alcalde adjunto, quien ha ordenado la destrucción de la estatua de Mendelssohn. Lo tenía todo planeado para que sucediera mientras Goerdeler estuviera en Múnich. Ahora seguro que lo obligarán a dimitir. Y entonces Leipzig estará perdido.

Pip buscó a su novia entre el tumulto y la encontró mirando por uno de los ventanales. La muchacha dio un respingo cuando Pip le puso una mano en el hombro y se volvió hacia él con lágrimas en los ojos. Karine negó con la cabeza sin decir una palabra mientras el joven la abrazaba.

Aquel día, el director del conservatorio, Walther Davisson, canceló todas las clases; la tensión en la zona era cada vez mayor y consideró que permanecer allí era demasiado peligroso para los estudiantes. Karine dijo que había quedado con Elle en un café situado en la esquina de Wasserstraße y Pip se ofreció a acompañarla. Cuando llegaron, Elle estaba sentada con Bo en un reservado discreto.

—Después de lo que ha ocurrido, ya no tenemos a nadie que nos proteja —dijo Karine cuando Pip y ella se sentaron a su lado—. Todos sabemos que Haake es antisemita. Acordaos de sus esfuerzos por aplicar esas horribles leyes del resto de Alemania. ¿Cuánto tiempo más pasará antes de que los médicos judíos tengan prohibido ejercer y los arios acudir a sus consultas también en Leipzig?

Pip contempló los tres rostros pálidos que lo rodeaban.

—No debemos dejar que el pánico se apodere de nosotros, sino esperar a que Goerdeler regrese. La prensa dice que lo hará dentro de unos días. Ha viajado desde Múnich a Finlandia para un encargo de la Cámara de Comercio. Estoy seguro de que cuando se entere de lo sucedido volverá a Leipzig de inmediato.

—¡Pero el ambiente en la ciudad es irrespirable! —espetó Elle—. Todo el mundo sabe que en el conservatorio estudian muchos judíos. ¿Y si deciden ir más lejos y echar el edificio abajo, como han hecho con las sinagogas en otras ciudades?

—El conservatorio es un templo de la música, no un poder religioso o político. Por favor, debemos tratar de mantener la calma —insistió Pip.

Pero Elle y Bo ya estaban hablando entre ellos en susurros.

—Para ti es fácil decirlo —señaló Karine en voz baja—. Tú no eres judío y pasarás por uno de los suyos. —Clavó la mirada en sus ojos azul claro y su ondulado cabello rojizo—. Para mí es diferente. Justo después de que derribaran la estatua, he pasado junto a un grupo de jóvenes camino del conservatorio y me han gritado «Jüdische Hündin!».

Karine bajó la mirada al rememorar el momento. Pip sabía perfectamente qué significaban aquellas palabras: «Zorra judía». Le hirvió la sangre, pero no ayudaría a Karine perdiendo los estribos.

—Y para colmo —continuó ella—, ni siquiera puedo hablar con mis padres. Ahora mismo están en Estados Unidos preparando la nueva exposición de esculturas de mi padre.

—Yo te protegeré, cariño, aunque tenga que llevarte a Noruega para conseguirlo. Nadie va a hacerte daño.

La cogió de la mano y le retiró un mechón de pelo negro del rostro angustiado.

—¿Me lo prometes?

Pip la besó en la frente con ternura.

—Te lo prometo.

Para alivio de Pip, la situación se calmó durante los siguientes días. Goerdeler regresó a Leipzig y prometió que reconstruiría la estatua de Mendelssohn. El conservatorio abrió nuevamente sus puertas y Pip y Karine procuraban desviar la mirada cada vez que pasaban por delante de los escombros. Los estudiantes parecían tocar ahora con renovada pasión e intensidad, como si les fuera la vida en aquella música.

Al fin llegaron las vacaciones de Navidad, pero no eran lo bastante largas para permitir que Pip o Karine regresaran a casa, así que los dos pasaron la semana en un pequeño hotel donde se registraron como marido y mujer. Dado que había crecido en un hogar luterano que desaprobaba el sexo antes del matrimonio, Pip se había sorprendido de la actitud relajada de Karine respecto a aquel asunto cuando, a las pocas semanas de conocerse, le había propuesto que se acostaran. Pip había descubierto que, a diferencia de él, su novia ni siquiera era virgen. La primera vez que hicieron el amor, a Karine le hizo gracia que se sintiera tan cohibido.

—Pero si es un proceso de lo más natural entre dos personas enamoradas —había bromeado cuando se plantó desnuda delante de él con sus extremidades largas y blancas expuestas con una elegancia natural y sus senos pequeños y perfectos apuntando hacia arriba—. Nuestros cuerpos están diseñados para darnos placer. ¿Por qué deberíamos negárnoslo?

A lo largo de los últimos meses, Pip había aprendido el arte del amor físico y se había sumergido gustoso en lo que su pastor solía llamar los pecados de la carne. Aquella era la primera Navidad que pasaba lejos de casa, y decidió que estar en la cama con Karine era preferible a cualquier regalo que pudiera hacerle Papá Noel en Nochebuena.

—Te quiero —le susurraba constantemente al oído cuando yacía a su lado, tanto despierto como dormido—. Te quiero.

El nuevo trimestre comenzó en enero y Pip, consciente de que le quedaba poco tiempo en el conservatorio, concentró sus energías en empaparse de todo lo que le enseñaban. Se pasó el gélido invierno de Leipzig caminando sobre la nieve mientras tarareaba a Rachmaninoff, Prokofiev y la Sinfonía de los salmos de Stravinski. Y mientras lo hacía, empezó a concebir en su cabeza sus propias melodías.

Cuando llegaba al conservatorio, sacaba de la cartera una partitura en blanco y, con las manos entumecidas por el frío, las anotaba antes de que se le olvidaran. Poco a poco, había aprendido que el método para componer que mejor le funcionaba consistía en pensar con libertad y dejar volar la imaginación, a diferencia del sistema que preferían otros alumnos, basado en planificar meticulosamente los temas y escribir los acordes de uno en uno y de forma ordenada.

Le mostraba sus trabajos a su tutor, que lo criticaba, pero también lo animaba a seguir. Pip vivía en un estado de gran excitación, pues sabía que aquel no era más que el principio de su excepcional proceso. Destilaba energía y la sangre se le aceleraba en las venas cada vez que escuchaba a su musa interior.

En la ciudad seguía reinando una calma relativa cuando Goerdeler anunció que se presentaría a la reelección en marzo. El conservatorio al completo lo apoyó, repartiendo panfletos y carteles que pedían el voto del ciudadano, y Karine parecía convencida de que ganaría.

—Aunque todavía no ha cumplido su promesa de reconstruir la estatua, en cuanto la gente se exprese y Goerdeler sea reelegido, el Reich no tendrá más remedio que apoyarlo en esa empresa —le había comentado esperanzada a Elle frente a una taza de café después de un largo día de campaña.

—Sí, pero todos sabemos que Haake se opone abiertamente a su reelección —replicó su amiga—. La destrucción de la estatua de Mendelssohn dejó muy clara su postura ante los judíos.

—Haake está creando tensión para hacerle la pelota al partido nazi —convino Karine con tristeza.

La noche del recuento de votos, Pip, Karine, Elle y Bo se sumaron al gentío congregado ante el ayuntamiento y prorrumpieron en vítores cuando oyeron que Goerdeler había sido reelegido.

Lamentablemente, cuando los árboles empezaron a florecer en mayo y por fin salió el sol, la euforia de la ciudad se apagó bruscamente.

Pip llevaba varias horas trabajando en su sala de ensayo del conservatorio cuando Karine fue en su busca con las últimas noticias.

—Múnich se ha pronunciado: la estatua no se reconstruirá —le dijo con la voz entrecortada.

—Es una mala noticia, cariño, pero no te inquietes, te lo ruego. Falta poco para que termine el curso. Después podremos evaluar la situación y elaborar un plan.

—¿Y si la situación se deteriora antes de eso?

—Estoy seguro de que no lo hará. Ahora, vete a casa. Nos veremos esta noche.

Pero Karine no se equivocaba y Goerdeler dimitió pocos días después. Y la ciudad se sumió de nuevo en el caos.

Pip estaba ocupado preparándose para los exámenes finales y perfeccionando su primer opus, pues debía estrenarlo en el concierto de graduación previo al final del curso. Obligado a quedarse cada noche hasta altas horas terminando la orquestación, le costaba encontrar un hueco para tranquilizar a una Karine consumida por la inquietud.

—Elle dice que ella y Bo se irán de Leipzig dentro de dos semanas, en cuanto termine el curso, y que no volverán. Les parece demasiado peligroso seguir aquí ahora que los nacionalsocialistas tienen vía libre para exigir las sanciones contra los judíos que otras ciudades están aplicando.

—¿Y adónde irán?

—Todavía no lo saben. Puede que a Francia, aunque a Bo le preocupa que el problema llegue también allí. El Reich tiene simpatizantes en toda Europa. Escribiré a mis padres para pedirles consejo, pero si Elle se va, yo también.

La noticia consiguió captar toda la atención de Pip.

—Pensaba que tus padres estaban en Estados Unidos.

—Y así es. Mi padre está pensando en quedarse allí mientras dure la tormenta antisemita en Europa.

—¿Y te irías con ellos?

Pip sintió que el pánico le retorcía las tripas.

—Si ellos lo juzgan conveniente, sí.

—Y… ¿qué pasa con nosotros? ¿Qué voy a hacer sin ti? —preguntó, consciente del tono lastimero de su voz.

—Podrías venir conmigo.

—Karine, sabes que no tengo dinero para ir a Estados Unidos. ¿Y cómo me ganaría la vida allí si no me gradúo primero en el conservatorio y adquiero algo de experiencia?

Chéri, creo que no comprendes la gravedad de la situación. Los judíos nacidos en Alemania y que llevan varias generaciones aquí ya han perdido la ciudadanía. Mi pueblo tiene prohibido casarse con arios, ingresar en el ejército y ondear la bandera alemana. He oído que en algunas regiones están deteniendo a barrios enteros de judíos y deportándolos. Si ya se ha permitido que suceda todo eso, ¿quién sabe hasta dónde serán capaces de llegar?

Karine apretó la mandíbula, desafiante.

—Entonces ¿serías capaz de irte a Estados Unidos y dejarme aquí?

—Si de ese modo salvo la vida, sí, por supuesto. Por el amor de Dios, Pip, sé que estás muy comprometido con tu opus, pero supongo que me prefieres viva antes que muerta, ¿no?

—¡Naturalmente! ¿Cómo puedes siquiera pensar lo contrario? —replicó él indignado.

—Porque te niegas a tomarte este asunto en serio. En tu seguro mundo noruego, nunca ha habido peligro. Los judíos, en cambio, sabemos que siempre correremos el riesgo de que se nos persiga, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia. Lo de ahora no es diferente. Es algo que sentimos dentro, todos nosotros. Llámalo instinto tribal, si quieres, pero los judíos sabemos cuándo hay un peligro inminente.

—No puedo creerme que pretendas irte sin mí.

—¡Por Dios, Pip, madura de una vez! Sabes que te quiero y que deseo pasar el resto de mi vida contigo, pero esta… situación no es nueva para mí. Los judíos siempre hemos sufrido el desprecio de los demás, antes incluso de que el Reich legalizara nuestra persecución. Hace años, en París, a mi padre le lanzaron huevos en una de sus exposiciones. El sentimiento antisemita existe desde hace miles de años. Tienes que entenderlo.

—¿Y por qué es así?

Karine se encogió ligeramente de hombros.

—Porque la historia nos ha convertido en chivos expiatorios, chéri. La gente siempre teme a quienes son diferentes, y durante siglos se nos ha obligado a dejar un hogar para buscar otro. Y adondequiera que llegamos, nos instalamos y prosperamos. Permanecemos unidos porque es lo que se nos ha enseñado a hacer. Gracias a eso hemos sobrevivido.

Avergonzado, Pip bajó la mirada. Karine tenía razón. Después de haber pasado casi toda su vida protegido y a salvo en su pequeña ciudad de la cima del mundo, lo que Karine le estaba contando le parecía un relato de ficción ambientado en otro universo. Y aunque había visto con sus propios ojos los cascotes de la estatua de Mendelssohn, había logrado convencerse a sí mismo de algún modo de que aquello no era más que la protesta aislada de un grupo de jóvenes, como los pescadores hacían a veces cuando el precio del combustible de sus barcos subía pero los comerciantes se negaban a pagarles más por el pescado.

—Tienes razón, Karine —reconoció—, y te pido perdón. Soy un ingenuo y un idiota.

—Creo que en realidad tiene más que ver con que no deseas afrontar la verdad. No quieres que el mundo desbarate tus sueños y planes para el futuro. Nadie lo quiere, pero así son las cosas —suspiró Karine—. Y lo cierto es que ya no me siento segura en Alemania, así que debo irme. —Se puso en pie—. He quedado con Elle y Bo en el Coffe Baum dentro de media hora para hablar de la situación. Te veré más tarde.

Karine le dio un beso en la coronilla y se marchó.

Pip contempló la partitura que tenía delante, extendida sobre la mesa. Faltaban dos semanas para el estreno de su opus. Mientras se reprendía por su egoísmo, no pudo evitar preguntarse si ese día llegaría.

Karine estaba más tranquila cuando se reencontraron horas después.

—He escrito a mis padres para pedirles consejo y, mientras espero su respuesta, no me quedará más remedio que seguir aquí, de modo que es probable que, al fin y al cabo, te oiga interpretar tu obra maestra.

Pip le cogió la mano.

—¿Puedes perdonarme por ser un egoísta?

—Claro que sí. Soy consciente de que todo esto no podría haber ocurrido en peor momento.

—He estado pensando…

—¿Sobre qué?

—En que tal vez lo mejor sea que pases el verano conmigo en Noruega. Allí no tendrías que preocuparte de tu seguridad.

—¿Yo? ¿Que vaya a la tierra de los renos, los árboles de Navidad y la nieve? —bromeó Karine.

—No siempre nieva, en serio. Creo que en verano te parecerá precioso —repuso Pip, que enseguida se puso a la defensiva—. Tenemos una pequeña población judía que recibe el mismo trato que cualquier otro ciudadano noruego. Allí estarás segura. Y si la guerra estalla en Europa, no llegará a Noruega, y tampoco los nazis. En mi país todos dicen que somos un territorio demasiado pequeño e irrelevante para que reparen en nosotros. Además, Bergen cuenta con una orquesta excelente, una de las más antiguas del mundo. Mi padre trabaja en ella de violonchelista.

Karine lo escudriñó con sus ojos oscuros y acuosos.

—¿Me llevarías a casa contigo?

—¡Pues claro! A mis padres ya les he hablado de ti y de nuestra intención de casarnos.

—¿Saben que soy judía?

—No. —Pip notó que el rubor le encendía las mejillas y se puso furioso por permitirlo—. Pero no porque no quiera que lo sepan, sino porque da igual cuál sea tu religión. Mis padres son gente culta, Karine, no campesinos de las montañas. Recuerda que mi padre nació en Leipzig. Estudió música en París y siempre nos habla de la vida bohemia de Montmartre durante la Belle Époque.

Entonces fue Karine quien tuvo que disculparse.

—Tienes razón, estoy siendo una arrogante. —Se frotó el entrecejo con el dedo índice, como hacía siempre que le daba vueltas a algo—. Quizá esa sea la mejor solución si no puedo irme a Estados Unidos. Gracias, chéri. Me reconforta saber que existe un lugar donde puedo encontrar refugio si la situación se pone fea en el futuro.

Se inclinó sobre la mesa y lo besó.

Aquella noche, tras meterse en la cama, Pip rezó para que «el futuro» pudiera esperar hasta después del estreno de su opus.

Pese a haber leído en la prensa acerca de unos judíos que habían sido apedreados al salir de una sinagoga y de otros incidentes sumamente preocupantes, Karine parecía más tranquila, quizá porque ahora sabía que existía un plan alternativo. Así las cosas, Pip pasó las dos semanas siguientes concentrado en su partitura. No se atrevía a mirar más allá del día en que terminaba el curso y esperaba con ansiedad la respuesta de los padres de Karine, que probablemente la instaría a viajar a Estados Unidos. Solo de pensarlo le entraban escalofríos, pues sabía que no dispondría de dinero para seguirla hasta que empezara a ganarse la vida como músico.

El día del concierto de graduación, en el que se interpretarían seis obras breves de diferentes alumnos, Karine fue a verlo a la hora del almuerzo.

Bonne chance, chéri —dijo—. Elle y yo estaremos esta noche entre el público para aplaudirte. Bo dice que en su opinión tu composición es la mejor.

—Es muy amable. Y él hace una interpretación maravillosa de mi obra como violonchelista. Ahora debo asistir al último ensayo.

Besó a Karine en la nariz y se alejó por el largo y ventoso pasillo en dirección a su sala de práctica.

A las siete y media en punto, Pip se sentó con su frac en la primera fila de la Grober Saal junto con los otros cinco jóvenes compositores. Walther Davisson, el director del conservatorio, los presentó al público y el primer estudiante subió a la tarima. Pip era el último y sabía que jamás olvidaría la angustiosa hora y media de espera que tendría que pasar antes de que le llegara el turno. Pero pasó, y dirigiendo una breve plegaria al cielo, el joven subió a la tarima temiendo tropezarse con los escalones de tanto como le temblaban las piernas. Saludó al público y se sentó ante el piano.

Terminado el concierto, apenas podía recordar los aplausos y ovaciones que se produjeron cuando los demás compositores se unieron a él para el saludo final. Solo sabía que aquella noche había dado lo mejor de sí mismo, y aquello era lo único que importaba.

Un rato después, compañeros y profesores se congregaban a su alrededor para darle palmadas en la espalda y augurarle un gran futuro. Un periodista incluso le pidió una entrevista.

—Mi pequeño Grieg —le dijo Karine con una risita después de conseguir abrirse paso entre la gente para abrazarlo—. Chéri, tu brillante carrera acaba de empezar.

Había bebido más champán de la cuenta después del concierto, así que al día siguiente Pip se enfadó cuando, a una hora muy temprana, lo despertaron unos golpes en la puerta de su cuarto de la pensión. Se levantó de la cama a trompicones para ir a abrir y se encontró a su casera, todavía en camisón, mirándolo con cara de pocos amigos.

—Herr Halvorsen, abajo hay una señorita que dice que necesita hablar urgentemente con usted.

Danke, frau Priewe —dijo antes de cerrar la puerta y ponerse la primera camisa y pantalón que encontró.

Fuera lo esperaba una Karine muy pálida. Al parecer, frau Priewe aplicaba su norma de «no se admiten señoritas en la casa» incluso en los casos de emergencia.

—¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?

—Anoche prendieron fuego a tres casas de Leipzig… con sus residentes judíos dentro. La pensión de Bo fue una de ellas.

—¡Dios mío! ¿Está…?

—Está vivo. Consiguió escapar. Se encaramó a la ventana de su dormitorio, en el primer piso, y saltó. Con su adorado arco, por supuesto. —Karine acertó a esbozar una sonrisa triste—. Pip, Elle y Bo han decidido abandonar Leipzig de inmediato, y creo que yo también debería hacerlo. Vamos, necesito un café, y me parece que tú también, a juzgar por tu cara.

La pequeña cafetería del conservatorio acababa de abrir sus puertas y todavía no había nadie cuando se sentaron a una mesa junto a la ventana y pidieron. Pip se frotó la cara en un intento de despejar la cabeza. Tenía una fuerte resaca.

—¿Has recibido respuesta de tus padres?

—Sabes que hasta ayer no me había llegado nada, y hoy todavía no ha pasado el cartero —respondió Karine irritada—. No hace ni dos semanas que les escribí.

—¿Qué piensan hacer Elle y Bo?

—Irse de Alemania en cuanto puedan, eso seguro. Pero ninguno de los dos tiene dinero para marcharse muy lejos. Además, ninguno de nosotros sabe dónde podríamos estar a salvo. En cuanto a mí, mis padres han alquilado el apartamento de París mientras están en Estados Unidos. No tengo adonde ir —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Entonces…? —preguntó Pip intuyendo lo que Karine iba a decir.

—Sí, Pip, si tu ofrecimiento sigue en pie, iré contigo a Noruega, al menos hasta que reciba noticias de mis padres. No tengo otra opción. El curso termina dentro de unos días y tú ya has estrenado tu composición, así que no veo razón para demorar nuestra partida. Esta mañana Elle y Bo me han contado que después de los incendios de anoche, el éxodo de judíos de Leipzig será multitudinario, por lo que será mejor que nos vayamos ahora que todavía podemos.

—Sí —convino Pip—. Por supuesto.

—Tengo algo más que pedirte…

—¿De qué se trata?

—Ya sabes que desde que llegué a Leipzig Elle se ha convertido en mi hermana. Sus padres murieron en la Gran Guerra y a su hermano y a ella los mandaron a un orfanato. A él lo adoptaron cuando todavía era un bebé y Elle nunca ha vuelto a verlo. Ella no tuvo tanta suerte, y si ahora tiene un futuro es únicamente porque su profesora de música reparó en su talento para la flauta y la viola y solicitó una beca en el conservatorio para ella.

—Entonces ¿no tiene una casa a la que volver?

—Aparte del orfanato, su casa está aquí, en Leipzig, en la habitación que comparte conmigo. Bo y yo somos su única familia. Pip, ¿pueden venir a Noruega con nosotros? Aunque solo sea unas semanas. Desde la seguridad de tu país podrían ver cómo evoluciona la situación en Europa y decidir qué hacer. Sé que es mucho pedirte, pero no puedo dejar a Elle aquí. Y como ella se negará a dejar a Bo, él también debe venir.

Pip observó el semblante desesperado de Karine mientras se preguntaba cómo reaccionarían sus padres si apareciera en la puerta y anunciara que se había llevado a Noruega a tres amigos para pasar el verano. Y supo que se mostrarían generosos y hospitalarios, sobre todo porque los tres eran músicos.

—Por supuesto que pueden venir, cariño. Si crees que es lo mejor.

—¿Podemos irnos de inmediato? Cuanto antes salgamos de aquí, mejor. Por favor. Te perderás tu ceremonia oficial de graduación, pero…

Pip sabía que cada día que Karine pasara en Leipzig, además de ser peligroso, la acercaría a la carta de respuesta de sus padres proponiéndole que se reuniera con ellos en Estados Unidos.

—Claro. Nos iremos todos juntos.

—¡Gracias! —Karine le rodeó el cuello con los brazos y Pip vio el alivio en sus ojos—. Ven, vamos a darles la buena noticia a Elle y a Bo.

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