La hermana tormenta
Pip. Leipzing, Alemanía. Noviembre de 1936 » 39
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Dos días después, Pip y sus extenuados amigos bajaban por la pasarela del barco hasta el puerto de Bergen. Una breve llamada telefónica realizada desde el despacho del director del conservatorio era todo el aviso que sus padres habían recibido acerca de sus inesperados invitados. Después de aquello, había tenido lugar una apresurada sucesión de despedidas y agradecimientos con todos los amigos y profesores de Pip, y el director le había dado una palmada en la espalda alabando su generosidad por llevarse a sus amigos a Noruega.
—Lamento no poder quedarme hasta que acabe el curso —había dicho Pip mientras estrechaba con firmeza la mano de Walther Davisson.
—Creo que hacen bien en marcharse ahora. ¿Quién sabe? Puede que más adelante no sea tan fácil —había suspirado el director con tristeza—. Vaya con Dios, muchacho, y escríbame cuando llegue.
Pip se volvió hacia sus amigos, que contemplaban con cansancio la hilera de casas de madera de vivos colores del puerto mientras trataban de asimilar su nuevo entorno. Bo a duras penas podía caminar. Tenía la cara magullada debido al impacto contra el suelo que había sufrido tras saltar por la ventana y Pip sospechaba que tenía el codo derecho fracturado. Elle se lo había inmovilizado contra el pecho con un pañuelo y él no se había quejado ni una sola vez en todo el viaje, pese al sufrimiento que se reflejaba en su rostro aunque tratara de ocultarlo.
Pip atisbó a Horst, su padre, esperando en el muelle, y se acercó a él con una gran sonrisa.
—Far! —exclamó mientras se abrazaban—. ¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias, y lo mismo puedo decir de tu madre —respondió Horst sonriendo cordialmente a los cuatro—. Y ahora preséntame a tus amigos.
Pip lo hizo y los chicos estrecharon la mano del hombre con gratitud.
—Bienvenidos a Noruega —dijo Horst—. Estamos encantados de teneros aquí.
—Far —le recordó Pip—, ten en cuenta que ninguno de ellos habla noruego.
—¡Naturalmente! Os pido disculpas. ¿Alemán? ¿Francés?
—Nuestra lengua materna es el francés —explicó Karine—, pero también hablamos alemán.
—¡Entonces hablaremos en francés! —Horst aplaudió, emocionado como un niño con zapatos nuevos—. Así tendré la oportunidad de presumir de mi excelente acento —añadió con una sonrisa, y se puso a charlar con ellos en dicho idioma mientras se dirigían al coche.
La conversación prosiguió durante el trayecto por la sinuosa carretera que subía desde Bergen hasta las colinas donde se encontraba Froskehuset, la casa de los Halvorsen. Pip se sintió un poco excluido, porque apenas hablaba francés, así que, sentado en el asiento delantero, se dedicó a observar detenidamente a su padre; llevaba el pelo rubio y ya con entradas peinado hacia atrás, y tenía el rostro surcado de arrugas fruto de años de constante buen humor. Pip prácticamente no podía recordarlo sin una sonrisa en los labios. Se había dejado una perilla que, junto con el bigote, le daba un aire a los pintores impresionistas franceses que Pip había visto en fotos. Como era de esperar, Horst se había mostrado encantado de recibir a sus amigos, y Pip nunca lo había querido tanto como en aquel momento por su generosidad.
Cuando llegaron a casa, Astrid, su madre —tan bonita como siempre—, abrió la puerta y los saludó con la misma calidez, aunque en noruego. Enseguida reparó en Bo, que para entonces ya estaba tan cansado y dolorido que tenía que caminar apoyándose sobre el hombro de Elle.
Astrid se llevó una mano a la boca.
—¿Qué le ha pasado?
—Tuvo que saltar por la ventana cuando prendieron fuego a su pensión —explicó Pip.
—¡Pobre muchacho! Horst, Pip y tú llevad a nuestras invitadas al salón. Y tú, Bo —dijo la mujer señalando la silla que había en el recibidor, junto al teléfono—, siéntate para que pueda echar un vistazo a esas heridas.
—Mi madre es enfermera —le susurró Pip a Karine mientras seguían a Horst y Elle por el pasillo—. Seguro que en algún momento os contará la historia de cómo se enamoró de mi padre mientras lo cuidaba después de una operación de apendicitis.
—Parece mucho más joven que él.
—Lo es, quince años. Mi padre siempre dice que se casó con una niña. Solo tenía dieciocho cuando se quedó embarazada de mí. Se adoran.
—Pip…
Pip notó los delicados y esbeltos dedos de Karine en el brazo.
—¿Sí?
—Gracias, de parte de los tres.
Aquella noche, después de que llamaran al médico para que le vendara las heridas a Bo y pidieran hora en el hospital para que le examinaran el codo, Elle y Astrid subieron con Bo y lo acostaron en la habitación de Pip.
—Pobrecillo —dijo Astrid cuando bajó para preparar la cena y Pip la siguió hasta la cocina—. Está agotado. Tu padre me ha contado por encima lo que está sucediendo en Leipzig. ¿Me pasas el pelador de patatas?
—Toma.
Pip se lo dio.
—No son tres amigos de vacaciones en Noruega, sino refugiados, ¿verdad?
—Digamos que son ambas cosas.
—¿Y cuánto tiempo se quedarán?
—Sinceramente, mor, no lo sé.
—¿Son todos judíos?
—Karine y Elle sí. En cuanto a Bo, no estoy seguro.
—Reconozco que me cuesta creer lo que está sucediendo en Alemania. Pero no me queda otra. El mundo es un lugar muy cruel —suspiró Astrid—. ¿Y Karine es la chica de la que tanto nos has hablado?
—Sí.
Pip observó a su madre pelar patatas mientras esperaba a que continuara.
—Parece una chica llena de energía y muy inteligente. Imagino que no siempre será fácil lidiar con ella —añadió.
—Es un reto, sí —admitió Pip con un tono algo defensivo—. He aprendido muchas cosas del mundo gracias a ella.
—Exactamente lo que necesitas, una mujer fuerte. Solo Dios sabe qué habría hecho tu padre sin mí —rio Astrid—. Estoy muy orgullosa de ti por lo que has hecho para socorrer a tus amigos. Tu padre y yo los ayudaremos en todo lo que podamos. Pero…
—¿Qué, mor?
—Tu generosidad te ha relegado al sofá del salón hasta que Bo se reponga.
Después de cenar en la terraza con vistas al espectacular fiordo, Elle subió a ver a Bo, al que ya le habían llevado una bandeja con la cena, y luego se fue a dormir. Horst y Astrid anunciaron que también ellos se retiraban y Pip oyó sus risas quedas en la escalera. Durante la cena, mientras observaba cómo la tensión desaparecía de los rostros de sus amigos, el joven había pensado que nunca se había sentido tan orgulloso de sus padres ni tan agradecido de estar en Noruega.
—Yo también debería subir —dijo Karine—. Estoy agotada, pero estas vistas son demasiado mágicas para ignorarlas. Son casi las once de la noche y todavía hay luz.
—Y mañana el sol se despertará mucho antes que tú. Ya te dije que este lugar era muy bello.
Pip se levantó de la mesa y cruzó la terraza para acodarse en la barandilla de madera que separaba la casa de los interminables pinos que cubrían la ladera de la colina hasta el agua.
—Es más que bello… es conmovedor. Y no solo el paisaje, también el recibimiento de tus padres, su amabilidad… Estoy abrumada.
Pip la tomó entre sus brazos y Karine derramó silenciosas lágrimas de alivio contra su hombro. Alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
—Prométeme que nunca tendré que irme.
Y él se lo prometió.
Al día siguiente, Horst acompañó a Bo y a Elle al hospital. Los médicos le diagnosticaron al muchacho dislocación y fractura múltiple del codo y tuvo que quedarse ingresado a fin de someterse a una operación para recolocárselo. Elle pasó los siguientes días en el hospital con él, y Pip aprovechó para enseñarle a Karine las maravillas de Bergen.
La llevó a Troldhaugen, la casa de Grieg, que se hallaba a solo unos minutos a pie de Froskehuset y se había convertido en un museo. Y observó su alborozo cuando visitaron la cabaña encaramada sobre la ladera del fiordo donde el maestro había escrito algunas de sus composiciones.
—¿Tú te harás también una de estas cuando seas famoso? —le preguntó Karine—. Yo te llevaré dulces y vino para almorzar y haremos el amor en el suelo.
—Entonces no me quedará más remedio que echar la llave por dentro. Un compositor no puede tener distracciones mientras trabaja —bromeó él.
—Pues tendré que buscarme un amante que llene mis horas solitarias —replicó ella con una sonrisa pícara antes de darse la vuelta y echar a andar.
Entre risas, Pip la alcanzó y la abrazó por detrás. Sus labios buscaron la suave curva del cuello de Karine.
—Jamás —susurró—. Yo seré tu único amante.
Tomaron el tren hasta el centro de la ciudad, donde pasearon por las calles adoquinadas y pararon a comer en una cafetería para que ella probara el aquavit.
Los dos rieron cuando a Karine se le saltaron las lágrimas y declaró que aquello era «más fuerte que la absenta» justo antes de lanzarse a pedir otro. Después de comer, Pip la llevó a ver el Teatro Nacional, del que, en su día, Ibsen había sido director artístico y Grieg director de orquesta.
—Ahora la orquesta tiene sala propia, el Konsert-palæet, donde mi padre pasa una buena parte de su tiempo como primer chelo —añadió.
—¿Crees que podría conseguirnos trabajo?
—Seguro que puede recomendarnos —contestó Pip, que no quería arrebatarle la ilusión contándole que en la Orquesta Filarmónica de Bergen no había, y nunca había habido, miembros femeninos.
Otro día tomaron el Fløibanen —el diminuto funicular— que subía hasta el monte Fløyen, uno de los siete imponentes picos que rodeaban Bergen. El mirador ofrecía unas vistas espectaculares de la ciudad con el centelleante fiordo detrás. Apoyada en la barandilla, Karine dejó escapar un suspiro de placer.
—Dudo que exista en el mundo un paisaje más bonito que este —dijo.
Pip estaba encantado con el sincero entusiasmo que Karine mostraba hacia Bergen, dado que ella siempre había tenido sus miras puestas en Estados Unidos. Harta de no poder comunicarse con Astrid sin un traductor presente, Karine le pidió a Pip que empezara a enseñarle algo de noruego.
—Tu madre se ha portado tan bien conmigo, chéri, que quiero expresarle mi agradecimiento en su propio idioma.
Bo volvió a la casa con el brazo derecho enyesado. Por las noches cenaban todos juntos en la terraza y después celebraban un concierto improvisado. Pip se sentaba frente al piano de cola del salón con las puertas de la terraza abiertas de par en par. Dependiendo de la pieza, Elle tocaba la viola o la flauta, Karine el oboe y Horst el chelo. Interpretaban desde las sencillas canciones populares noruegas que Horst les enseñaba pacientemente hasta piezas de viejos maestros como Beethoven y Chaikovski y composiciones más modernas de músicos como Bartók y Prokofiev, si bien Horst trazó el límite en Stravinski. La maravillosa música resonaba por las colinas hasta el fiordo. La vida de Pip se había convertido en una combinación armónica de todo lo que amaba y necesitaba, así que se alegraba de que el destino hubiera llevado a sus amigos a Noruega.
Solo de madrugada, cuando yacía ovillado sobre su catre en el cuarto que ahora compartía con Bo y añoraba el cuerpo desnudo y sensual de Karine, se decía que las cosas nunca eran del todo perfectas.
Cuando aquel templado agosto tocaba a su fin, en la casa de los Halvorsen se mantuvieron serias conversaciones sobre el futuro. La primera fue entre Pip y Karine, un día a altas horas de la noche en la terraza cuando los demás ya se habían retirado. Karine por fin había recibido carta de sus padres, quienes habían decidido quedarse en Estados Unidos hasta que la amenaza de guerra hubiera pasado y le aconsejaban que no regresara a Alemania para el nuevo curso. Tampoco veían necesario que su hija hiciera la larga y costosa travesía hasta el continente americano de inmediato, pues por el momento estaba a salvo en Noruega.
—Me piden que salude y les dé las gracias a tus padres de su parte —añadió Karine devolviendo la carta al sobre—. ¿Crees que a Horst y a Astrid les importaría que alargara mi estancia?
—En absoluto. Creo que mi padre está ligeramente enamorado de ti. O por lo menos de cómo tocas el oboe —aseguró Pip con una sonrisa.
—Pero si me quedo aquí, no podemos seguir abusando de la hospitalidad de tus padres. Además, te echo de menos, chéri —susurró Karine, que se acurrucó junto a él y le mordisqueó la oreja.
Buscó sus labios y se besaron antes de que Pip se apartara al oír una puerta que se abría en el piso de arriba.
—Esta es la casa de mis padres, y debes entender que…
—Naturalmente que lo entiendo, chéri, pero podríamos buscarnos un apartamento. Me muero de ganas de estar contigo…
La chica le cogió una mano y se la llevó al pecho.
—Yo también, cariño. —Pip apartó suavemente la mano por temor a que alguien los descubriera—. No obstante, aunque mis padres aceptan muchas cosas que otros noruegos no aceptarían, la idea de que compartiéramos el lecho sin estar casados, ya sea bajo su techo o el nuestro, sería para ellos inaceptable. Y una falta de respeto después de todo lo que han hecho por nosotros.
—Lo sé, pero ¿qué podemos hacer? Esto es una tortura. —Karine puso los ojos en blanco—. Ya sabes lo mucho que necesito esa parte de nuestra relación.
—Y yo. —Pip a veces tenía la sensación de que, en el tema de la unión física, él era la mujer y ella el hombre—. Pero, a menos que estés dispuesta a convertirte para casarte conmigo, así son las cosas en Noruega.
—¿Tendría que hacerme cristiana?
—Luterana, para ser más exactos.
—Mon Dieu! Me parece un precio muy alto por hacer el amor. Estoy segura de que en Estados Unidos no existen tales normas.
—Es posible, pero no estamos allí. Vivimos en una ciudad pequeña de Noruega y, por mucho que te quiera, no podría vivir abiertamente contigo delante de las narices de mis padres. ¿Lo entiendes?
—Sí, sí, pero si me convirtiera… en fin, estaría traicionando a mi madre. Por otro lado, mi madre era gentil antes de convertirse para casarse con mi padre, de modo que genéticamente solo soy medio judía. Tendré que preguntarles a mis padres qué opinan. Me han dejado el número de teléfono de la galería para casos de emergencia y creo que esto lo es. Si dan su aprobación, ¿podremos casarnos enseguida?
—No conozco bien las reglas, Karine, pero creo que el pastor necesitaría ver tu partida bautismal.
—Ya sabes que no tengo. ¿Podría sacármela aquí?
—¿Lo harías? ¿Te bautizarías como luterana?
—Unas gotas de agua y una cruz en la frente no me convierten en cristiana de corazón, Pip.
—No, pero… —Pip se dio cuenta de que Karine no estaba entendiendo las implicaciones de aquella conversación—. Aparte de para que podamos hacer el amor, ¿estás segura de que quieres casarte conmigo?
—Lo siento, Pip —se disculpó Karine con una sonrisa—. Mi ansia por encontrar respuesta a los aspectos prácticos ha ensombrecido la parte romántica de nuestra conversación. ¡Naturalmente que quiero casarme contigo! Y para ello estoy dispuesta a hacer lo que haga falta.
—¿Realmente te convertirías por mí?
Pip se sentía abrumado y conmovido. Sabía lo mucho que significaba para Karine su herencia cultural.
—Si mis padres lo aprueban, sí. Debo actuar con sensatez, chéri. Y estoy segura de que tanto tu dios como el mío me perdonarán dadas las circunstancias.
—Aunque estoy empezando a pensar que solo me quieres por mi cuerpo —bromeó Pip.
—Probablemente —concedió ella entre risas—. Mañana le pediré a tu padre que me deje telefonear a Estados Unidos.
Mientras la veía alejarse, Pip pensó que su carácter voluble y sus quijotescos razonamientos nunca dejaban de sorprenderlo. Se preguntó si algún día llegaría a comprender de verdad la compleja personalidad de Karine. Por lo menos, si conseguían casarse, no se aburriría jamás.
Los padres de Karine le devolvieron la llamada la noche siguiente.
—Están de acuerdo en que me convierta —anunció con expresión sombría—. Y no solo para que pueda casarme contigo. Creen que estaré más segura llevando tu apellido, por si acaso…
—Me alegro mucho, amor mío.
Pip la tomó entre sus brazos y la besó. Cuando Karine se apartó al fin, tenía la mirada más alegre.
—¿Cuándo podremos casarnos?
—En cuanto conozcas al pastor y aceptes que te bautice.
—¿Mañana? —propuso ella bajando la mano hacia la entrepierna de Pip.
—Estate quieta —gimió él antes de apartar la mano a regañadientes—. ¿Te parece bien que nos quedemos en Noruega por el momento?
—Hay lugares mucho peores donde establecerse, y por ahora debemos vivir el día a día, hasta que sepamos qué va a suceder. Ya sabes que me encanta esto, exceptuando vuestro horrible idioma, claro está.
—Entonces me pondré de inmediato a buscar trabajo de músico para mantenernos. Puede que en la orquesta de Bergen, o quizá en la de Oslo.
—Tal vez yo también encuentre trabajo.
—Tal vez, cuando sepas decir algo más que «por favor» y «gracias» en nuestro «horrible» idioma —bromeó Pip.
—¡Vale, vale! Lo estoy intentando.
—Sí. —Pip la besó en la nariz—. Lo sé.
Astrid preparó una cena especial para los seis cuando Pip y Karine anunciaron su intención de casarse.
—¿Os quedaréis aquí, en Bergen? —preguntó.
—De momento, sí. Si far nos ayuda a encontrar empleo de músicos —contestó Pip.
—Puedo preguntar, claro —respondió Horst.
En aquel instante, Astrid se levantó y abrazó a su futura nuera.
—Dejemos a un lado los aspectos prácticos. Hoy es un día especial. Felicidades, kjære, y bienvenida a la familia Halvorsen. Mi dicha es doble, pues creía que perderíamos a Pip y su talento en algún lugar de Europa o Estados Unidos. Pero tú nos has devuelto a nuestro hijo.
Pip tradujo las palabras de su madre y vio que los ojos de Astrid, y también los de su futura esposa, se humedecían.
—Felicidades —dijo Bo de pronto alzando su copa—. Elle y yo confiamos en seguir pronto vuestro ejemplo.
Astrid, que conocía bien al pastor de la iglesia local, fue a hablar con él. Lo que le contara al hombre acerca de los orígenes judíos de Karine se lo guardó para sí, pero el pastor accedió a bautizarla de inmediato. La familia Halvorsen asistió a la breve ceremonia y más tarde, ya de regreso en la casa, Horst habló con Pip en privado.
—Lo que Karine ha hecho hoy está bien en más de un sentido. Tengo un amigo en la orquesta que acaba de regresar de un concierto en Múnich. La campaña nazi contra los judíos está ganando fuerza con rapidez.
—Pero aquí no nos afectará, ¿verdad?
—No lo creo, pero cuando un demente consigue atraer la atención de tanta gente, y no solo en Alemania, es imposible saber cómo acabará todo esto —se lamentó Horst.
Poco después, Bo y Elle anunciaron que ellos también se quedarían en Bergen por el momento. A Bo le habían retirado el yeso, pero aún tenía el codo demasiado rígido para poder tocar el chelo.
—Los dos rezamos para que se recupere pronto —le confesó Elle a Karine aquella noche en el dormitorio que compartían—. Tiene mucho talento y todos sus sueños dependen de que se cure. De momento ha encontrado trabajo en un taller de cartografía náutica del puerto. Nos han ofrecido el pequeño apartamento que hay encima. Nos hemos hecho pasar por marido y mujer y yo limpiaré para la esposa del cartógrafo.
—¿Habláis noruego suficiente para hacer todo eso? —le preguntó Karine con envidia.
—Bo aprende rápido. Y yo, simplemente, me esfuerzo mucho. Además, el cartógrafo es alemán, y tanto Bo como yo hablamos bien ese idioma.
—¿Y os casaréis de verdad?
—Nos encantaría, sí, pero debemos ahorrar. Así que, por ahora, viviremos una mentira. Bo dice que la verdad está en el corazón, no en un papel.
—Estoy de acuerdo. —Karine le cogió la mano—. Prométeme que seguiremos viéndonos cuando os mudéis al centro.
—Por supuesto. Eres mi hermana en todo salvo en el apellido, Karine. Te quiero y nunca podré estaros lo bastante agradecida a Pip y a ti por todo lo que habéis hecho por nosotros.
—¿También nosotros tendremos pronto un hogar propio? —le preguntó Karine a Pip al día siguiente, después de contarle los planes de Elle y Bo.
—Si la entrevista de mañana va como espero, sí —respondió Pip.
Horst le había conseguido una prueba con Harald Heide, el director de la Orquesta Filarmónica de Bergen.
—Irá bien, chéri —le aseguró Karine con un beso—, ya lo verás.
Pip estaba casi más nervioso cuando llegó al Konsert-palæet que el día en que se había examinado para ingresar en el conservatorio. Quizá fuera, pensó con ironía, porque aquella vez su actuación tendría consecuencias en el mundo real, mientras que por aquel entonces era un joven despreocupado sin más responsabilidad que cuidar de sí mismo. Le dio su nombre a la mujer de la taquilla, y esta lo condujo por un pasillo hasta una espaciosa sala de ensayo donde había un piano y varios atriles apilados. Poco después llegó un hombre alto, de espaldas anchas, ojos chispeantes y una mata de pelo rubio oscuro que se presentó como Harald Heide.
—Su padre me ha hablado muy bien de usted en más de una ocasión, herr Halvorsen. Está sin duda encantado de volver a tenerlo en Noruega. —Le estrechó calurosamente la mano a Pip—. Tengo entendido que toca el piano y el violín.
—Así es, señor, si bien el piano ha sido mi primer instrumento mientras estudiaba en Leipzig. Con el tiempo me gustaría convertirme en compositor.
—Empecemos, entonces. —El director le señaló la banqueta del piano mientras él tomaba asiento en otro banco estrecho arrimado a una pared—. Cuando quiera, herr Halvorsen.
A Pip le temblaban ligeramente las manos cuando las posó sobre el teclado, pero nada más sumergirse en los lentos acordes que, como tañidos de campanas, abrían el primer movimiento del Concierto para piano n.º 2 en do menor de Rachmaninoff, su nerviosismo se diluyó. Cerró los ojos y se dejó invadir por la pasión de aquella música, escuchando en su cabeza los acompañamientos de las secciones de cuerda y viento mientras sus dedos danzaban por la rápida secuencia de arpegios. Iba por la mitad de la sección lírica en mi bemol mayor cuando herr Heide lo interrumpió.
—Creo que ya he escuchado suficiente. Ha estado usted fantástico. Si toca el violín la mitad de bien, no veo ninguna razón para no ofrecerle trabajo, herr Halvorsen. Ahora vayamos a mi despacho y charlemos un poco más.
Pip regresó a casa una hora más tarde, ebrio de felicidad, y enseguida anunció a Karine y a su familia que había sido oficialmente contratado por la Orquesta Filarmónica de Bergen.
—Solo en calidad de suplente. Cubriré el piano y el violín cuando los músicos estén enfermos o no puedan acudir, pero herr Heide me ha dicho que el actual pianista de la orquesta está mayor y se ausenta a menudo. Es probable que no tarde en jubilarse.
—Franz Wolf es como una verja oxidada y padece artritis en los dedos. Tendrás muchas oportunidades de tocar. ¡Te felicito, muchacho! —Horst le dio una palmada en la espalda—. Tocaremos juntos, como solíamos hacer mi padre y yo.
—¿Le has dicho que también eres compositor? —lo presionó Karine.
—Sí, pero Roma no se construyó en un día y de momento me conformo con poder mantenerte una vez que nos casemos.
—Y quizá algún día yo también pueda ingresar en la orquesta —dijo Karine con un mohín—. No creo que llegue a ser nunca una buena Hausfrau.
Pip le tradujo enseguida las palabras de Karine a su madre y Astrid sonrió.
—No te preocupes. Mientras tu padre y tú os dedicáis a la música, yo enseñaré a Karine todo lo que necesita saber sobre el cuidado de la casa.
—Dos Halvorsen de nuevo en una orquesta, un hijo a punto de casarse y seguro que muchos nietos a los que querer en el futuro.
Los ojos de Horst brillaron de felicidad.
Pip vio que Karine arqueaba las negras cejas. Siempre había dicho que carecía de instinto maternal y que era demasiado egoísta para tener hijos. Él no la tomaba en serio; a Karine le gustaba mucho escandalizar a la gente diciendo cosas inimaginables. Y la amaba por ello.
Karine y Pip se casaron la víspera de Nochebuena. Una capa de nieve fresca cubría la ciudad como un mullido manto blanco y, mientras la pareja se trasladaba en coche de caballos al Grand Hotel Terminus, las titilantes luces que engalanaban las calles del centro de Bergen hicieron que se sintieran como en un cuento de hadas. Después del banquete —que Horst se había empeñado en pagar de su bolsillo—, los recién casados se despidieron de los invitados y subieron a la habitación nupcial, obsequio de Elle y Bo. Tras cerrar la puerta, se abrazaron con una avidez que solo seis meses de abstinencia podrían producir. Mientras se besaban, Pip le desabrochó los botones del vestido de blonda de color crema a Karine y, cuando este cayó por los hombros y los brazos de su esposa, le pasó los dedos por las elegantes clavículas antes de acariciarle los pezones rosados. Gimiendo, ella lo agarró del pelo para apartarle la boca de la suya y guiarla hasta sus senos. Cuando los labios de él se cerraron alrededor del pezón, ella jadeó de placer y se bajó el vestido por las caderas hasta que finalmente cayó al suelo. Entonces Pip la cogió en brazos y la dejó sobre la cama, ardiendo de deseo y con la respiración entrecortada. Cuando, de pie junto al lecho, procedió a quitarse la ropa con torpeza, Karine se puso de rodillas sobre el colchón y lo detuvo.
—No —dijo con la voz ronca—. Ahora me toca a mí.
Con dedos hábiles, le desabotonó primero la camisa y luego el pantalón. Segundos después, lo atrajo hacia sí hasta tenerlo encima y se perdieron el uno en el otro.
Una vez saciados, permanecieron tendidos en la cama, el uno al lado del otro, escuchando que el reloj de la vieja plaza anunciaba la medianoche.
—Decididamente, la conversión ha merecido la pena —declaró Karine apoyándose en un codo y sonriendo mientras acariciaba el rostro de Pip con el dorso de los dedos—. Y, por si no lo había dicho antes, lo diré ahora, como tu esposa desde hace solo unas horas, y quiero que lo recuerdes siempre: te quiero, chéri, y nunca he sido tan feliz como esta noche.
—Yo tampoco —susurró él llevándose la mano de ella a los labios—. Siempre juntos.
—Siempre.