La hermana tormenta
Pip. Leipzing, Alemanía. Noviembre de 1936 » 40
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1938
Mientras la nieve y la lluvia caían incesantes sobre Bergen a lo largo de los meses de enero, febrero y marzo y las breves horas de luz sucumbían rápidamente a la oscuridad, Pip pasaba varias horas al día ensayando con la Filarmónica de Bergen. Al principio solo lo llamaban para tocar en conciertos vespertinos una vez a la semana como mucho, pero a medida que el pobre Franz, el viejo pianista, aumentaba sus ausencias debido al empeoramiento de su artritis, Pip fue convirtiéndose poco a poco en un miembro habitual de la orquesta.
Entretanto, dedicaba su tiempo libre a componer su primer concierto. No enseñaba los resultados de sus esfuerzos a nadie, ni siquiera a Karine. Cuando lo tuviera terminado, se lo dedicaría a ella. Por las tardes, después de los ensayos, solía quedarse solo en el auditorio. Allí, rodeado por la atmósfera espectral de una sala sin orquesta ni público, trabajaba en su composición frente al piano del foso.
Karine, por su parte, se mantenía ocupada gracias a Astrid, a la que había tomado un gran cariño. Su noruego empezó a mejorar lentamente, y se esforzaba por aprender el arte de las labores domésticas bajo la supervisión bondadosa de su suegra.
Siempre que a Elle se lo permitía su trabajo, Karine se reunía con ella en el diminuto apartamento situado sobre el taller del cartógrafo, en el puerto, y las dos charlaban acerca de sus sueños y planes para el futuro.
—No puedo evitar envidiarte por tener tu propio hogar —le confesó Karine una mañana frente a una taza de café—. Pip y yo estamos casados, pero seguimos viviendo con sus padres y durmiendo en su cuarto de la infancia. No es un ambiente precisamente atractivo. Siempre hemos de ir con sumo sigilo, y estoy deseando gozar de libertad para hacer el amor con desenfreno.
Elle estaba acostumbrada a los atrevidos comentarios de su mejor amiga.
—Algún día tendrás tu casa, ya lo verás. —Sonrió—. Tienes suerte de contar con el apoyo de los padres de Pip. Nuestra situación sigue siendo difícil. Bo tiene el codo mucho mejor, pero aún no está lo suficientemente recuperado para probar suerte en la orquesta de Bergen o en la de cualquier otro lugar. Le deprime muchísimo no poder entregarse a su pasión en estos momentos. Y a mí también, la verdad.
Karine conocía perfectamente aquel sentimiento. Confinada al entorno doméstico desde su llegada a Bergen, su talento musical había quedado restringido a los recitales improvisados que ofrecían en Froskehuset. Pero también se daba cuenta de que sus problemas eran insignificantes comparados con las dificultades a las que se enfrentaban Elle y Bo.
—Lo siento, Elle, estoy siendo una egoísta.
—No, hermana. Llevamos la música en la sangre y es duro vivir sin ella. Pero al menos de la imposibilidad de Bo para tocar el chelo ha salido algo bueno. Le gusta su trabajo con el cartógrafo y está aprendiendo nuevos métodos de navegación. De momento se conforma, y yo también.
—Lo celebro —dijo Karine con efusión—. Y me alegro de que sigamos viviendo en la misma ciudad y podamos vernos siempre que queramos. No sé qué haría sin ti.
—Y yo sin ti.
A principios de mayo, Pip le anunció a Karine que había ahorrado dinero suficiente para alquilar una casita en Teatergaten, en el corazón de la ciudad, a solo un tiro de piedra del teatro y la sala de conciertos.
Karine se echó a llorar.
—No podría haber llegado en mejor momento, chéri. Porque, por si fuera poco, tengo que decirte que estoy… mon Dieu! Estoy embarazada.
—¡Pero eso es maravilloso! —exclamó Pip, corriendo extasiado junto a su esposa para abrazarla—. No pongas esa cara de espanto —bromeó él mientras le levantaba el trémulo mentón para poder mirarla a los ojos—. Con todas tus creencias naturalistas, deberías ser la primera en reconocer que un hijo es, sencillamente, el resultado de dos corazones enamorados.
—Lo sé, pero todas las mañanas me levanto con náuseas. ¿Y si no me gusta la criatura? ¿Y si soy una madre horrible? ¿Y si…?
—Tranquila. Estás asustada, eso es todo. Como todas las madres primerizas.
—¡No! Todas las mujeres que conozco disfrutan siempre de sus embarazos. Se acarician la panza como gallinas cluecas y gozan de la atención que reciben. ¡Yo solo soy capaz de ver un ser extraño dentro de mí, que me deforma la barriga y me roba la energía!
Tras aquellas palabras, se derrumbó en los brazos de su marido, presa de otro ataque de llanto.
Pip reprimió una sonrisa, respiró hondo y se esforzó por consolarla.
Aquella noche les comunicaron a Horst y a Astrid que iban a ser abuelos. Y que Karine y él iban a mudarse a su propia casa.
Los felicitaron efusivamente, pero Horst no le ofreció un vaso a Karine cuando sacó la botella de aquavit.
—¿Lo ves? —se quejó ella una vez en la cama—. Ya no puedo disfrutar de las cosas que me gustan.
Riendo, Pip la estrechó contra su pecho y le deslizó una mano por debajo del camisón para acariciar el pequeño bulto. Era, pensó, como el primer indicio de la luna creciente en un cielo estrellado. Y un milagro.
—Solo has de aguantar seis meses más, Karine. Y te prometo que el día que des a luz te pondré una botella de aquavit en la mesilla y podrás bebértela entera.
A principios de junio se mudaron a su nueva casa de Teatergaten. Aunque pequeña, era tan bonita como si la hubieran sacado de una postal, con su fachada de listones turquesa claro y el porche de madera que comunicaba con la cocina. Durante el verano, mientras Pip trabajaba, Karine pintó el interior con la ayuda de Astrid y Elle y llenó el porche de tiestos con petunias y lavanda. A pesar de sus escasos recursos, la convirtió poco a poco en un paraíso de tranquilidad.
La noche en que Pip cumplía veintidós años, en octubre, volvió a casa desde el teatro después de un concierto y se encontró a Karine, Elle y Bo en la sala de estar.
—Feliz cumpleaños, chéri —le dijo Karine con la mirada chispeante al tiempo que los tres se apartaban para desvelar un piano vertical situado en un rincón de la estancia—. Sé que no es un Steinway, pero por algo se empieza.
—Pero ¿cómo…? —preguntó Pip anonadado—. No tenemos dinero para esto.
—De eso me ocupo yo, tú solo has de disfrutarlo. Un compositor ha de poder disponer de un instrumento propio en todo momento para ir tras su musa —sentenció—. Bo lo ha probado y dice que suena bien. Vamos, toca para nosotros.
—Será un placer.
Pip se acercó al instrumento y deslizó los dedos por la tapa que protegía el teclado mientras admiraba la sencilla marquetería de la madera dorada. No exhibía la marca del fabricante, pero estaba bien construido y en perfecto estado. Además, resultaba claro que alguien se había esmerado en sacarle brillo. Levantó la tapa para descubrir las lustrosas teclas y buscó con la mirada una silla donde sentarse.
Elle dio un paso al frente.
—Y este es nuestro regalo. —De detrás de una butaca, sacó una banqueta tapizada y la colocó delante del piano—. Bo ha tallado la madera y yo lo he tapizado.
Pip contempló emocionado las delicadas patas de pino y el laborioso bordado del cojín. Se sintió abrumado.
—No… no sé qué decir —balbuceó antes de sentarse—. Excepto que muchas gracias a los dos.
—No es nada comparado con lo que tú y tu familia habéis hecho por nosotros, Pip —dijo Bo quedamente—. Feliz cumpleaños.
Pip acercó los dedos al teclado y tocó las primeras notas del Capricho en sol bemol de Chaikovski. Bo tenía razón, el instrumento sonaba muy bien. Y pensó, emocionado, que desde aquel momento podría trabajar en su concierto a cualquier hora del día o de la noche.
Mientras Karine seguía engordando a tan solo unas semanas del parto, Pip se sentaba frente a su querido piano para escribir a un ritmo frenético y experimentar con acordes y variaciones armónicas, pues sabía que, cuando naciera el bebé, la paz del hogar se vería seriamente perturbada.
Felix Mendelssohn Edvard Halvorsen —el primer nombre elegido en honor al padre de Karine— llegó al mundo sano y feliz el 15 de noviembre de 1938. Y, tal como había sospechado Pip, a pesar de todos sus temores, Karine se adaptó sin problema a su papel de madre. Aunque se alegraba de verla tan contenta y realizada, tenía que reconocer que a veces se sentía excluido del estrecho vínculo que compartían madre e hijo. Toda la atención de su esposa estaba concentrada en el bebé, y Pip adoraba y lamentaba a partes iguales aquel cambio. Lo que más le costaba aceptar era el hecho de que Karine, que siempre lo había animado a trabajar en su composición, últimamente lo hiciera callar cada vez que se sentaba al piano.
—¡Pip, el bebé está durmiendo y vas a despertarlo!
Existía, sin embargo, una razón concreta por la que Pip se alegraba de que Karine estuviera tan entregada a su papel de madre, y era que no se molestaba en leer los periódicos, que cada semana parecían informar de crecientes tensiones en Europa. Después de que en marzo Alemania se anexionara Austria, a finales de septiembre se había vislumbrado la posibilidad de evitar la guerra: Francia, Alemania, Inglaterra e Italia habían firmado el Pacto de Múnich, que cedía el territorio checoslovaco de los Sudetes a Alemania a cambio del compromiso por parte de Hitler de no hacer más demandas territoriales. El primer ministro británico, Neville Chamberlain, incluso había anunciado en un discurso que dicho acuerdo traería «la paz para nuestro tiempo». Pip rezaba con todas sus fuerzas para que el señor Chamberlain estuviera en lo cierto. Pero hacia finales de otoño, los rumores en el foso de la orquesta y en las calles de Bergen eran cada vez más pesimistas: pocos creían que el Pacto de Múnich fuera a respetarse.
Las fiestas navideñas les proporcionaron, al menos, un grato respiro. Pasaron el día de Navidad en casa de Horst y Astrid con Elle y Bo. En Nochevieja, Karine y Pip dieron una pequeña fiesta en su propia casa y, cuando las campanadas sonaron a medianoche anunciando el comienzo de 1939, Pip tomó a su mujer entre sus brazos y la besó con ternura.
—Amor mío, todo lo que tengo te lo debo a ti. Nunca podré agradecerte bastante lo que has significado para mí y lo mucho que me has dado —le susurró—. Brindo por nosotros tres.
El día de Año Nuevo, Karine —a quien sus suegros habían convencido para que dejara a Felix a su cuidado— subió con Pip, Bo y Elle a un barco de la Hurtigruten en el puerto de Bergen para recorrer la magnífica costa occidental de Noruega. Incluso se olvidó de su celo maternal mientras admiraba los asombrosos paisajes que iban dejando atrás. La cascada de las Siete Hermanas, suspendida sobre el filo del Geirangerfjord, se convirtió en su favorita.
—Es sencillamente espectacular, chéri —le dijo a Pip, con quien la contemplaba desde la cubierta envuelta en varias capas de lana para protegerse de las gélidas temperaturas.
Ambos admiraron sobrecogidos las increíbles esculturas naturales de hielo que se habían formado cuando los torrentes de agua se habían congelado en plena caída a comienzos del invierno.
El Hurtigruten prosiguió remontando la costa, adentrándose en los fiordos para volver después a mar abierto y deteniéndose con víveres y correspondencia en una miríada de puertos diminutos. Tal servicio suponía un cabo salvavidas para los residentes de las aisladas comunidades que salpicaban la costa.
Cuando el barco puso rumbo a Mehamn, el punto más septentrional de la travesía en la costa ártica de Noruega, Pip explicó a sus compañeros el fenómeno de las luces del norte.
—Las auroras boreales son un espectáculo de luces celestiales propio del mismísimo Señor —dijo tratando de describir con palabras la belleza del fenómeno y consciente de que no lo estaba consiguiendo.
—¿Tú lo has visto? —le preguntó Karine.
—Sí, pero solo una vez en que se dieron las condiciones adecuadas y las luces llegaron nada menos que hasta Bergen. Nunca había hecho este viaje.
—¿Cómo se forma una aurora boreal? —preguntó Elle con la mirada fija en el despejado cielo estrellado.
—Estoy seguro de que existe una explicación técnica —reconoció Pip—, pero no soy la persona indicada para proporcionártela.
—Y, de todos modos, tal vez no sea necesaria —añadió Bo.
A partir de Tromsø, se encontraron el mar picado y las dos mujeres se retiraron a sus camarotes cuando el barco se aproximaba al cabo Norte. El capitán anunció que aquel era el mejor lugar para observar las luces del norte, pero, consciente de lo mareada que estaba Karine, Pip no tuvo más remedio que dejar a Bo solo en la cubierta contemplando el cielo y bajar a cuidar de ella.
—Te dije que odiaba el mar —gimió Karine antes de inclinarse sobre la bolsa que la compañía tenía la deferencia de proporcionar a los que se mareaban en el mar.
El día siguiente, tras abandonar el cabo Norte y emprender el regreso en dirección sur hacia Bergen, amaneció sobre aguas más tranquilas. Bo saludó a Pip en el comedor con el rostro emocionado.
—¡Amigo mío, lo he visto! ¡He visto el milagro! Y su esplendor ha bastado para convencer al más acérrimo de los ateos de que existe un poder superior. Qué colores… verdes, amarillos, azules… ¡el cielo entero brillaba! Fue… —Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar la compostura. Con la mirada vidriosa por las lágrimas contenidas, alargó los brazos y estrechó con fuerza a Pip—. Gracias —dijo—. Gracias.
De vuelta en Bergen, y para no molestar al pequeño Felix, Pip se retiraba a la desierta sala de conciertos o a casa de sus padres para tocar el piano. Tenía el cerebro embotado a consecuencia de las interminables noches que su hijo pasaba berreando debido a los cólicos, a los que era particularmente propenso. Aunque Karine se levantaba para atenderlo y dejaba dormir a Pip, pues sabía lo mucho que tenía que trabajar, los llantos agudos de Felix atravesaban las delgadas paredes de la casa y le impedían descansar.
—Quizá debería añadirle un chorrito de aquavit al biberón y acabar con esto de una vez —comentó una Karine exhausta durante el desayuno después de una noche especialmente difícil—. Ese niño va a acabar conmigo —suspiró—. Siento mucho el alboroto, chéri. A veces me resulta imposible tranquilizarlo. Soy una mala madre.
Pip le rodeó la cintura con los brazos y le secó las lágrimas con las yemas de los dedos.
—Eso no es cierto, amor mío. Se le pasará con el tiempo, ya lo verás.
El verano se acercaba y ambos padres soñaban con dormir sin interrupciones, aunque solo fuera una noche. No obstante, durante la primera noche tranquila, tanto Pip como Karine se despertaron instintivamente a las dos en punto, la hora a la que solían empezar los berridos.
—¿Crees que está bien? ¿Por qué no llora? Mon Dieu! ¿Y si está muerto? —aulló Karine, que bajó de un salto de la cama y corrió hasta la cuna colocada en un recodo de la habitación—. No, no, está respirando y no parece que tenga fiebre —susurró mientras le tocaba la frente.
—Entonces ¿qué hace? —preguntó Pip.
Karine esbozó una sonrisa.
—Dormir, chéri, simplemente dormir.
Cuando la paz regresó al hogar, Pip comenzó a trabajar de nuevo en su composición. Después de meditarlo mucho, había decidido titularla El concierto de Hero. Había leído la historia de la sacerdotisa que desobedeció las normas del templo al permitir que su joven admirador le hiciera el amor y que, cuando este pereció ahogado, se arrojó al mar para estar junto a él. Le parecía que encajaba a la perfección con la naturaleza independiente e impulsiva de Karine. Además, Karine era su «Hero» y Pip sabía que, si algún día la perdía, él haría lo mismo.
Una tarde de agosto soltó el lápiz que utilizaba para escribir en la partitura y estiró los brazos entumecidos. Por fin había completado la orquestación. Su composición estaba lista.
El domingo siguiente, Karine, Felix y él tomaron el tren para ir a Froskehuset a ver a sus padres. Después de comer, Pip repartió las partituras con las partes del chelo, el violín y el oboe y les pidió a Karine y a Horst que las estudiaran. Tras un breve ensayo —ambos eran expertos repentistas—, Pip se sentó al piano y la pequeña orquesta empezó a tocar.
Veinte minutos más tarde, Pip se apoyó las manos en el regazo y se volvió para ver a su madre enjugándose las lágrimas.
—Eso lo ha escrito mi hijo… —susurró Astrid mirando a su marido—. Horst, creo que ha heredado el talento de tu padre.
—Estoy de acuerdo —convino Horst, también visiblemente emocionado. Posó una mano en el hombro de Pip—. Es una partitura realmente inspirada, muchacho. Hay que tocarla ante Harald Heide lo antes posible. Estoy seguro de que querrá estrenarla en Bergen.
—Todo esto, claro está, me lo debes a mí por comprarte el piano —dijo despreocupadamente Karine mientras regresaban a casa en el tren—. Así, cuando te hagas rico, podrás reemplazar el collar de perlas que vendí para pagarlo. —Al ver la cara de espanto de su marido, le plantó un beso en la mejilla—. No te inquietes, cariño. Felix y yo estamos muy orgullosos de ti y te queremos.
Pip se armó de valor para ir a ver a Harald Heide a la sala de conciertos antes de la primera función de la semana. Lo encontró detrás del escenario y le explicó que había escrito un concierto y deseaba conocer su opinión al respecto.
—No hay mejor momento que el presente. ¿Por qué no lo toca ahora? —propuso Harald.
—Eh… muy bien, señor.
Nervioso, Pip tomo asiento frente al piano, posó los dedos sobre las teclas e interpretó el concierto entero de memoria. Harald no lo interrumpió ni una sola vez, y cuando Pip terminó, aplaudió con ganas.
—Vaya, vaya, herr Halvorsen, es muy bueno, buenísimo. El tema central es deliciosamente original e hipnótico. Ya lo estoy tarareando. Por lo que puedo ver en estas páginas, hay que trabajar un poco más la orquestación, pero yo mismo puedo ayudarlo con eso. Me pregunto —dijo al devolverle la partitura— si tendremos otro joven Grieg entre nosotros. Hay una clara influencia de su obra en la estructura, pero es posible que también haya escuchado en ella a Rachmaninoff y Stravinski.
—Confío en que también haya escuchado un poco de mí, señor —replicó Pip con valentía.
—Desde luego, desde luego. Buen trabajo, joven. Creo que podríamos tratar de incluirlo en el programa de primavera, así dispondrá de tiempo para pulir la orquestación.
Después del concierto, Pip se tomó la libertad de despertar a su esposa.
—¿Te lo puedes creer, kjære? ¡Va a suceder! ¡Puede que el año que viene por estas fechas ya sea compositor profesional!
—Es lo más maravilloso que he oído en mi vida, aunque yo jamás lo había dudado. Serás un hombre influyente —rio Karine—. Y yo seré la esposa del célebre Pip Halvorsen.
—De «Jens Halvorsen» —la corrigió él—. Como es lógico, utilizaré el nombre que comparto con mi abuelo.
—Quien estoy segura de que estaría muy orgulloso de ti, chéri. Tanto como yo.
Brindaron con aquavit y remataron la celebración haciendo el amor en silencio para no despertar a Felix, que dormía plácidamente en su cuna a los pies de la cama.
«¿Por qué la felicidad siempre dura tan poco?», se preguntó Pip el 4 de septiembre al leer en el periódico que, después de la invasión germana de Polonia del 1 de septiembre, Francia e Inglaterra habían declarado la guerra a Alemania. Cuando Pip salió de casa y puso rumbo a la sala de conciertos para asistir a un ensayo, sintió el manto de pesimismo que flotaba sobre los residentes de la ciudad.
—Noruega logró mantenerse neutral en la última guerra. ¿Por qué no iba a hacerlo ahora? Somos una nación pacífica y no deberíamos tener nada que temer —aseguró Samuel, uno de los compañeros de Pip, mientras la orquesta afinaba los instrumentos en el foso.
Todos estaban alterados por la noticia y la tensión se palpaba en el ambiente.
—Pero recuerda que Vidkun Quisling, el líder del partido fascista noruego, está haciendo todo lo posible por reunir apoyos para defender la causa de Hitler —replicó sombríamente Horst mientras frotaba el arco de su chelo con colofonia—. Ha impartido numerosas conferencias sobre lo que denomina «el problema judío» y, si asciende al poder, no lo quiera Dios, no hay duda de que se pondrá del lado de los alemanes.
Después del concierto, Pip quiso hablar con su padre en privado.
—Far, ¿realmente crees que entraremos en esta guerra?
—Me temo que es posible. —Horst se encogió de hombros con tristeza—. Y aunque nuestro país desoiga la llamada a tomar las armas de uno u otro bando, dudo que el régimen alemán nos deje en paz.
Aquella noche, Pip hizo cuanto pudo por consolar a Karine, cuya mirada ardía una vez más con el miedo que ya la había invadido en Leipzig.
—Tranquilízate, te lo ruego —le suplicó mientras su esposa se paseaba por la cocina apretando a un Felix inquieto contra su pecho, como si los nazis estuvieran a punto de irrumpir en su casa y arrebatarle a su hijo—. Recuerda que ahora eres luterana y llevas el apellido Halvorsen. Aunque los nazis nos invadan, lo cual es muy poco probable, nadie sabe que eres judía de nacimiento.
—¡Por Dios, Pip! ¿Cómo puedes ser tan ingenuo? No hay más que mirarme a la cara para ver la verdad, y no les haría falta investigar mucho para corroborarla. No entiendes lo minuciosos que son. ¡No pararán hasta acabar con nosotros! ¿Y qué pasa con nuestro hijo? ¡Tiene sangre judía! ¡Puede que se lo lleven a él también!
—No veo manera de que lo descubran. Además, tenemos que creer que no vendrán a Noruega —insistió Pip, decidido a apartar de su mente los anteriores comentarios de su padre—. Varias personas me han dicho que hay un goteo constante de judíos procedentes de Europa llegando a Noruega a través de Suecia para escapar de la amenaza nazi. Ellos nos ven como un refugio seguro. ¿Por qué tú no?
—Porque puede que estén equivocados. Pip… puede que estén equivocados. —Karine se dejó caer bruscamente sobre una silla con un suspiro—. ¿Voy a tener que vivir siempre con miedo?
—Te juro, Karine, que haré todo lo que esté en mi mano para protegeros a ti y a Felix. Cueste lo que cueste, amor mío.
Ella levantó la cabeza para mirarlo. Sus ojos oscuros rezumaban angustia e incredulidad.
—Sé que ese es tu deseo, chéri, y te lo agradezco, pero puede que ni siquiera tú puedas salvarme esta vez.
Tal como había sucedido después de la destrucción de la estatua de Mendelssohn en Leipzig, Pip tuvo la sensación de que la atmósfera de tensión se calmaba a lo largo del mes siguiente, pues los noruegos empezaron a aceptar la situación y a reaccionar en consecuencia.
El rey Haakon y su primer ministro, Johan Nygaardsvold, se esforzaron por convencer a sus ciudadanos de que Alemania no estaba interesada en su diminuto rincón del mundo. No había razones para inquietarse, insistían, si bien habían movilizado al ejército y la armada y ya se estaban tomando algunas precauciones por si ocurría lo peor.
Entretanto, guiado por las manos expertas y alentadoras de Harald, Pip pasaba las horas perfeccionando la orquestación de su concierto. Justo antes de Navidad, el director le comunicó la maravillosa noticia de que, definitivamente, iba a incluir El concierto de Hero en el programa de primavera, cosa que dio lugar a más rondas de aquavit cuando llegó a casa aquella noche después del concierto.
—Y la primera actuación te la dedicaré a ti, cariño.
—Y yo estaré allí para oírte dar vida a tu obra maestra. Tú estuviste conmigo cuando yo di vida a la mía —dijo Karine arrojándose a sus brazos impulsada por el alcohol.
Luego hicieron el amor con desenfreno, sin el impedimento de su hijo, que aquella noche dormía en casa de sus abuelos.