La hermana tormenta
Pip. Leipzing, Alemanía. Noviembre de 1936 » 41
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Una lluviosa mañana de marzo de 1940, sentado frente a su esposa a la mesa del desayuno, Pip la vio fruncir el cejo mientras leía una carta de sus padres.
—¿Qué ocurre, cariño? —le preguntó.
Karine levantó la vista.
—Mis padres dicen que deberíamos marcharnos a Estados Unidos de inmediato. Están convencidos de que herr Hitler pretende dominar el mundo, que no se dará por satisfecho hasta que controle Europa y el resto del planeta. Mira, nos han enviado todos los dólares que han podido reunir para ayudarnos a sufragar el viaje. —Agitó un delgado fajo de billetes—. Si vendiéramos el piano, conseguiríamos el dinero que nos falta. Dicen que ya ni Francia y ni siquiera Noruega están a salvo de una posible invasión.
A tan solo unas semanas del estreno de su composición, programada como parte de un concierto especial en el Teatro Nacional el domingo 14 de abril, Pip le sostuvo la mirada.
—Perdona, pero ¿cómo pueden tus padres, que están a miles de kilómetros de aquí, saber más sobre la situación de Europa que nosotros?
—Porque ellos poseen una visión global e imparcial que nosotros no podemos tener. Nosotros estamos «dentro» del problema, y es posible que aquí, en Noruega, nos estemos engañando porque es lo único que podemos hacer para consolarnos. Pip, de verdad, creo que ha llegado el momento de irnos —terció Karine.
—Cariño, sabes tan bien como yo que nuestro futuro y el de nuestro hijo depende del éxito del estreno de mi concierto. ¿Cómo quieres que renuncie a eso ahora?
—¿Para mantener a salvo a tu esposa y a tu hijo?
—¡Karine, por favor, no digas eso! He hecho cuanto he podido por protegeros y seguiré haciéndolo. Si queremos labrarnos un futuro en Estados Unidos, he de crearme primero una reputación. De lo contrario, llegaré como otro aspirante más a compositor procedente de un país del que muchos estadounidenses ni siquiera han oído hablar. Si ya dudo de que me dejaran entrar en la Filarmónica de Nueva York o en cualquier otra orquesta como chico de los recados, imagínate como alguien a quien hay que tomar en serio.
Pip vio un repentino brillo de furia en los ojos de Karine.
—¿Estás seguro de que lo haces por el dinero? ¿No será más bien por tu ego?
—Deja de tratarme con condescendencia —replicó él con frialdad al levantarse de la mesa—. Soy tu marido y el padre de nuestro hijo. Soy yo el que toma las decisiones en esta casa. Tengo una reunión con Harald dentro de veinte minutos. Seguiremos hablando más tarde.
Pip salió de casa echando humo y pensando que, a veces, Karine lo presionaba demasiado. Aparte de leer todos los periódicos que caían en sus manos, siempre mantenía el oído aguzado, atento a las conversaciones que tenían lugar en la calle y en el foso de la orquesta. Entre sus filas había dos músicos judíos y ninguno de ellos parecía creer que hubiera motivos para inquietarse. Y hasta el momento nadie había insinuado que herr Hitler tuviera planes inminentes de invadir Noruega. Decididamente, pensó mientras recorría las calles de la ciudad, los padres de Karine eran unos alarmistas. Teniendo en cuenta que solo faltaban tres semanas para el estreno, sería una locura que se marcharan en aquel momento.
Y por una vez, pensó Pip presa de la irritación por ver sus opiniones desautorizadas, Karine haría caso a su marido.
—Como quieras —respondió ella con desdén cuando Pip le dijo aquella noche que quería que la familia permaneciera en Bergen hasta después del estreno—. Si crees que tu esposa y tu hijo están a salvo aquí, no me queda más opción que confiar en ti.
—Lo creo, al menos por el momento. Más adelante, si es necesario, podremos reconsiderar la situación.
Pip la vio levantarse de la silla después de oírlo rebatir con firmeza la opinión de sus padres y la intuición de su propia esposa.
—Naturalmente —añadió Pip con un gesto de hastío—, no puedo impedir que te vayas si eso es lo que quieres.
—Como bien has señalado, eres mi marido y debo aceptar tus opiniones y decisiones. Felix y yo nos quedaremos aquí contigo. Esta es nuestra casa. —Karine le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta. Luego se detuvo y se volvió de nuevo hacia él—. Solo espero que tengas razón, Pip. De lo contrario, que Dios nos proteja.
Cinco días antes del estreno del concierto de Pip, la maquinaria bélica alemana atacó Noruega. Para el país, cuya flotilla mercante al completo estaba ocupada ayudando a Inglaterra a bloquear el Canal para protegerlo de una invasión, fue un golpe totalmente inesperado. Los noruegos, con su escuálida armada, hicieron lo posible por defender los puertos de Oslo, Bergen y Trondheim, e incluso lograron destruir, en Oslofjord, un buque de guerra alemán que transportaba armas y víveres. Pero el bombardeo enemigo desde mar, tierra y aire fue incesante e imparable.
Durante el asedio de Bergen, Pip, Karine y Felix se marcharon a las colinas para refugiarse en Froskehuset, desde donde escuchaban, sumidos en un silencio aterrorizado, el rugido de la Luftwaffe sobre sus cabezas y los estallidos de las ametralladoras en la ciudad que se extendía a sus pies.
Pip no se atrevía a mirar a Karine a los ojos; sabía exactamente lo que encontraría en ellos. Aquella noche se acostaron sin mediar palabra y yacieron como dos extraños mientras Felix dormía entre ambos. Finalmente, incapaz de seguir soportándolo, Pip buscó la mano de su mujer.
—Karine —susurró en la oscuridad—, ¿crees que podrás perdonarme algún día?
Ella tardó un rato en responder.
—Debo hacerlo. Eres mi marido y te quiero.
—Te juro que, pese a lo que ha ocurrido, estamos a salvo. Todo el mundo dice que los ciudadanos de Noruega no tienen nada que temer. Los nazis solo nos han invadido para proteger el paso de sus suministros de hierro desde Suecia. No tiene nada que ver contigo y conmigo.
—No, Pip. —Karine dejó escapar un suspiro exhausto—. Pero siempre tiene que ver con nosotros.
A lo largo de los dos días siguientes, los invasores alemanes aseguraron a los residentes de Bergen que no tenían nada que temer y que la vida seguiría como siempre. De la fachada del ayuntamiento pendían esvásticas y los soldados con uniforme nazi llenaban las calles. El centro de la ciudad había sufrido graves daños durante la toma de Bergen y se cancelaron todos los conciertos.
Pip estaba devastado. Había arriesgado la vida de su esposa y de su hijo por un estreno que jamás tendría lugar. Salió de casa, subió por la ladera y se adentró en el bosque. Se sentó pesadamente sobre un tocón y enterró la cabeza entre las manos. Y por primera vez en su vida de adulto lloró de vergüenza y miedo.
Bo y Elle fueron a Froskehuset a visitarlos aquella noche y los seis hablaron de la situación.
—Me han contado que nuestro valeroso rey ha abandonado Oslo —le dijo Elle a Karine—. Está escondido en algún lugar del norte. Bo y yo también hemos decidido marcharnos.
—¿Cuándo? ¿Cómo? —preguntó Karine.
—Bo tiene un amigo pescador que trabaja en el puerto. Le ha dicho que nos llevará a nosotros y a todo el que lo desee a Escocia. ¿Vendréis?
Karine miró de soslayo a Pip, que estaba conversando con su padre.
—Dudo mucho que mi marido quiera irse. ¿Crees que Felix y yo corremos peligro aquí? Dímelo, Elle, por favor. ¿Qué opina Bo?
—Es imposible saberlo, Karine. Aunque lleguemos a Gran Bretaña, puede que los alemanes también la invadan. Esta guerra es como una plaga que no deja de propagarse. Por lo menos aquí estás casada con un noruego, y además ahora eres luterana. ¿Le has hablado a alguien de aquí de tus orígenes y tu religión?
—¡No! Con excepción de mis suegros, claro.
—En ese caso, tal vez sea mejor que te quedes aquí con tu marido. Llevas su apellido y cuentas con la fama de su familia en Bergen para protegerte. Para nosotros es distinto. No tenemos nada tras lo que escudarnos. Les estamos tremendamente agradecidos a Pip y a su familia por habernos acogido y salvado del peligro. Si nos hubiésemos quedado en Alemania… —Elle se estremeció—. He oído historias sobre campos para judíos, sobre familias enteras que desaparecen de sus hogares en mitad de la noche.
Karine también las había oído.
—¿Cuándo os vais?
—No voy a decírtelo. Es preferible que no lo sepas, por si la situación empeora. Y te ruego que no se lo cuentes a Pip ni a sus padres.
—¿Será pronto?
—Sí. Y Karine —dijo Elle tomando a su amiga de la mano—, debemos despedirnos ahora. Espero que algún día volvamos a vernos, y rezo por ello.
Se abrazaron con los ojos llenos de lágrimas y se cogieron de las manos en una silenciosa muestra de solidaridad.
—Siempre estaré aquí si me necesitas, amiga mía —susurró Karine—. Escríbeme cuando llegues a Escocia.
—Lo haré, te lo prometo. Recuerda que, aunque tu marido se haya equivocado, es un buen hombre. ¿Quién, salvo los de nuestra raza, habría podido prever algo así? Perdónalo, Karine. Él no puede entender lo que representa vivir siempre con miedo.
—Lo intentaré —concedió Karine.
—Bien.
Con una pequeña sonrisa, Elle se levantó del sofá y le indicó a Bo que ya podían irse.
Cuando los vio partir, Karine supo en lo más profundo de su alma que nunca volvería a verlos.
Dos días después, Karine y Pip se atrevieron a bajar de la colina y regresar a su hogar. Todavía brotaban volutas de humo de las casas del puerto que habían sido destruidas por el fuego durante los bombardeos.
El taller del cartógrafo era una de ellas.
Los dos contemplaron horrorizados la humeante pila de escombros.
—¿Crees que estaban dentro? —preguntó Pip con voz trémula.
—No lo sé —respondió Karine recordando la promesa que le había hecho a Elle—. Tal vez.
—Dios mío.
Pip cayó de rodillas al suelo y rompió a llorar, pero en aquel momento Karine divisó un pelotón de soldados alemanes que avanzaba por la calzada.
—¡Levántate! —susurró—. ¡Vamos!
Pip obedeció y, cuando los soldados pasaron por su lado, Karine y él los saludaron respetuosamente con la esperanza de que simplemente los tomaran por dos jóvenes noruegos enamorados.
La mañana del malogrado estreno de El concierto de Hero, Pip se despertó y vio que Karine ya se había levantado. Tras comprobar que Felix seguía durmiendo plácidamente en la camita colocada a los pies de la suya, bajó en busca de su esposa. Entró en la cocina y encontró una nota en la mesa.
«He salido a comprar leche y pan. No tardo. Besos.»
Pip se acercó a la puerta y caminó nervioso hasta la acera, preguntándose por qué su esposa habría salido sola de casa. Se oían algunos disparos aislados a lo lejos, pues todavía quedaban focos de soldados noruegos plantando batalla, si bien nadie se hacía ilusiones en cuanto a quiénes eran los vencedores.
Al no ver en la calle ni a una sola persona a quien poder preguntar por el paradero de su mujer, Pip entró de nuevo en casa y despertó a su hijo. Felix, que para entonces ya tenía diecisiete meses, saltó de la cama y, aferrado a la mano de su padre, bajó la escalera con paso inseguro. Se oyó otra ráfaga de disparos.
—¡Pum, pum! —exclamó Felix con una sonrisa—. ¿Dónde está mamá? ¡Tengo hambre!
—Mamá volverá enseguida. Veamos qué hay de comer en la cocina.
Pip enseguida comprendió por qué Karine había decidido salir, pues al abrir la despensa la encontró vacía. También reparó en las dos botellas de leche vacías que descansaban junto al fregadero. Recurrió a un mendrugo de pan que había sobrado de la cena para distraer a Felix hasta que su madre volviera. Se sentó al pequeño en el regazo y le leyó un cuento, intentando concentrarse en algo que no fuera su propio miedo.
Al cabo de dos horas, Karine seguía sin aparecer. Desesperado, Pip llamó a la puerta de su vecina. La mujer lo tranquilizó diciéndole que la comida había empezado a escasear y que el día antes ella misma había tenido que hacer cola durante más de una hora para comprar pan.
—Estoy segura de que no tardará en volver. Es posible que haya tenido que alejarse más de lo habitual para encontrar provisiones.
Pip regresó a casa y decidió que no podía soportarlo más. Después de vestir a Felix, salió a la calle con su hijo fuertemente asido de la mano. Sobre la bahía todavía se alzaban columnas de humo acre fruto de los bombardeos de la Luftwaffe, y aún se oía algún que otro disparo. Pese a que eran más de las once, las calles estaban prácticamente desiertas. Vio que la panadería que solían frecuentar tenía los postigos cerrados, al igual que la verdulería y la pescadería de Teatergaten. Escuchó las fuertes pisadas de una patrulla de vigilancia y, al doblar la esquina, los vio marchar en su dirección.
—¡Soldado!
Felix los señaló con el dedo, ajeno al peligro que representaban.
—Sí, soldado —dijo Pip mientras se devanaba los sesos pensando adónde podía haber ido Karine.
Se acordó entonces de la pequeña hilera de tiendas de Vaskerelven, justo pasado el teatro. A veces Karine le pedía que se pasara por allí camino del trabajo cuando les faltaba algo.
Al llegar al teatro, levantó la vista y vio que la fachada estaba totalmente destrozada. Horrorizado, se quedó sin aliento. Lo primero que pensó fue que, aunque tenía la partitura original del piano en Froskehuset, las del resto de su orquestación estaban guardadas bajo llave en la oficina del teatro.
—Dios mío, seguro que han desaparecido —musitó desconsolado.
Desvió la mirada para que su hijo no reparara en su miedo y pasó junto a los restos del teatro decidido a no lamentarse por lo que se había perdido en su interior.
—¿Far, por qué duermen?
Felix señaló la plaza, situada unos metros más adelante, y fue entonces cuando Pip vio los cuerpos, unos diez o doce. Parecían muñecos de trapo arrojados al suelo de cualquier manera. Dos de ellos llevaban el uniforme del ejército noruego, pero el resto eran civiles: hombres, mujeres y un niño. Probablemente se hubiera producido una escaramuza y aquellos inocentes se hubieran visto atrapados en el fuego cruzado.
Pip trató de apartar a su hijo, pero este permaneció clavado en el suelo señalando uno de los cuerpos.
—Far, ¿podemos despertar ya a mamá?