La hermana tormenta

La hermana tormenta


Ally. Bergen, Noruega. Septiembre de 2007 » 42

Página 53 de 62

42

Noté el escozor de las lágrimas en los ojos cuando Thom, que había estado caminando de un lado a otro mientras me narraba la historia, finalmente se desplomó sobre una butaca.

—Dios mío, Thom, no tengo palabras. Es espantoso —susurré al fin.

—Sí. Tremendo. Cuesta creer que sucediera hace solo dos generaciones. Y que ocurriera justo aquí, en lo que hasta ahora tenías por nuestro seguro refugio en la cima del mundo.

—¿Cómo consiguió seguir adelante Pip después de la muerte de Karine? Debió de sentirse totalmente responsable.

—Verás, Ally… No lo hizo. Seguir adelante, quiero decir.

—¿De qué estás hablando?

—Después de encontrar a Karine muerta en la plaza, Pip trajo a Felix a esta casa para que se quedara con sus abuelos. Les dijo a Horst y a Astrid que se iba a dar un paseo porque necesitaba pensar. Al ver que anochecía y no regresaba, Horst salió en su busca. Y lo encontró muerto en el bosque que hay justo detrás de la casa. Pip había cogido la escopeta de caza de su padre del cobertizo y se había suicidado.

Lo miré horrorizada, incapaz de articular palabra.

—Dios mío, pobre, pobre Felix.

—Qué va, él no sufrió lo más mínimo —replicó Thom—. Era demasiado pequeño para entender lo que había sucedido, y Horst y Astrid se hicieron cargo de él, obviamente.

—Aun así, perder a tu madre y a tu padre el mismo día…

Me percaté de la expresión de Thom y decidí callar.

—Lo siento, Ally —se disculpó al reconocer la dureza de su propio tono—. De hecho, creo que lo que es aún peor que todo eso es que Felix, al que nunca le habían contado la verdad acerca de la muerte de su padre, se enteró por un imbécil de la Filarmónica de Bergen que decidió soltárselo un día pensando que él ya lo sabía.

—Uf.

Me estremecí.

—Tenía veintidós años y acababa de incorporarse a la orquesta. Más de una vez me he preguntado si fue eso lo que lo apartó del buen camino e hizo que empezara a beber…

La voz de Thom se apagó.

—Tal vez —respondí con delicadeza, aunque en realidad quería contestar que sí, que estaba segura de que una revelación así bastaría para desestabilizar a cualquiera.

Thom miró su reloj y se levantó de un salto.

—Debemos irnos, Ally, o no llegaremos a tu cita con el médico.

Salimos de la casa, subimos al coche y descendimos raudos por la colina en dirección al centro de Bergen. Cuando llegamos a la clínica, Thom detuvo el coche frente a la entrada.

—Ve pasando mientras voy a aparcar.

—No es necesario que me acompañes, Thom, de verdad.

—Lo haré de todas formas. No todo el mundo habla inglés o francés en Noruega, ¿sabes? Suerte —me deseó con una sonrisa antes de dirigirse al aparcamiento.

Me llamaron de inmediato y, aunque el inglés de la doctora no era perfecto, bastó para que entendiera lo que estaba intentando decirle. Me hizo algunas preguntas y me sometió a un examen pélvico exhaustivo.

Cuando, terminado el reconocimiento, me incorporé en la camilla, me dijo que quería hacerme un análisis de sangre y otro de orina.

—¿Cuál cree que es el problema? —pregunté inquieta.

—¿Cuándo tuvo la última regla, señorita… D’Aplièse?

—Mmm… —La verdad era que no lo recordaba—. No estoy segura.

—¿Existe alguna posibilidad de que pueda estar embarazada?

—No… no sé —contesté, incapaz de asimilar la enormidad de su pregunta.

—Le haremos un análisis de sangre para descartar todo lo demás, pero tiene la matriz visiblemente dilatada y es probable que sus náuseas sean las propias de las primeras semanas de embarazo. Calculo que está ya de dos meses y medio aproximadamente.

—Pero he perdido peso —señalé—. No puede ser eso.

—Algunas mujeres adelgazan debido a las náuseas. La buena noticia es que tienden a remitir después del tercer mes. Debería empezar a encontrarse mejor muy pronto.

—Ya. Esto… gracias.

Me levanté de la camilla sintiendo que me faltaba el aire. La doctora me entregó un bote para la muestra de orina y me indicó dónde se encontraba la enfermera que debía realizar la extracción de sangre. Salí del despacho, busqué el lavabo más cercano y, después de hacer lo que tenía que hacer, me quedé allí sentada, sudando y temblando mientras luchaba desesperadamente por recordar la fecha de mi último período.

—Dios mío —susurré entre las reverberantes paredes.

Había sido en junio, justo antes de incorporarme a la tripulación de Theo para preparar la regata de las Cícladas…

Salí del baño tambaleándome para ir a que me sacaran sangre. Pensé en la de veces que había oído decir a otras mujeres que no se habían dado cuenta de que estaban embarazadas. Yo siempre me había reído de ellas, pues me costaba creer que a una mujer se le retirase la regla sin que se le pasara esa idea por la cabeza. Ahora yo era esa mujer. Porque con todo lo que me había sucedido a lo largo de las últimas semanas, sencillamente no había reparado en tal ausencia.

«Pero ¿cómo?», pensé cuando localicé a la enfermera y me subí la manga para que pudiera atarme la cinta elástica al brazo. Siempre había tenido mucho cuidado de tomarme la píldora puntualmente. Pero entonces me acordé de aquella noche en Naxos, cuando me puse a vomitar delante de Theo y él cuidó de mí con tanto mimo. ¿Era posible que aquello hubiera reducido el efecto contraceptivo de la píldora? ¿O acaso había olvidado tomármela algún día, conmocionada como estaba por la muerte de Pa…?

Regresé a la recepción y entregué la muestra de orina. Allí me dijeron que tendrían los resultados al día siguiente por la tarde y que llamara a la consulta para conocerlos.

—Gracias —dije, y al darme la vuelta me tropecé con Thom.

—¿Todo bien?

—Creo que sí.

—Me alegro.

Lo seguí hasta el coche y permanecí callada mientras me llevaba al hotel.

—¿Seguro que estás bien? ¿Qué te ha dicho la doctora?

—Que estoy… agotada, estresada. Quiere hacerme unas pruebas —respondí con ligereza.

No estaba preparada para divulgar los detalles de un cuarto de hora que podría cambiarme la vida hasta que yo misma lo hubiera asimilado.

—Mañana por la mañana tengo concierto con la orquesta en el Grieg Hall, pero podría pasar después por tu hotel para ver cómo estás. ¿Hacia el mediodía?

—Me encantaría. Gracias por todo, Thom.

—De nada. Y te pido disculpas si mi relato te ha afectado. Llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo?

Me apeé del coche y reparé en su cara de preocupación.

—Tranquilo, lo haré. Adiós.

Aguardé en la acera a que el coche desapareciera por el muelle. Necesitaba cerciorarme y la farmacia que había visto camino del hotel debía de estar a punto de cerrar. Corrí los pocos cientos de metros que me separaban de ella y llegué justo cuando se disponían a echar la llave. Compré lo que necesitaba y volví al hotel a un ritmo mucho más tranquilo.

Una vez en el cuarto de baño, seguí las instrucciones y me dispuse a esperar los dos minutos que se suponía que tardaba en verse el resultado.

Miré de reojo la tira de plástico y vi que, al cabo de solo unos segundos, la raya ya estaba tornándose indiscutiblemente azul.

Aquella noche experimenté todo un abanico de emociones. Del alivio abrumador que me producía saber que no estaba enferma, sino simplemente embarazada, pasé al temor no solo de que a mi cuerpo le estuviera sucediendo algo que escapaba a mi control, sino de tener que afrontar la situación sola. Por último, y de manera totalmente inesperada, empezó a invadirme un paulatino sentimiento de dicha.

Iba a tener un hijo de Theo. Una parte de él seguía viva… y estaba dentro de mí, creciendo y haciéndose un poco más fuerte cada día. Me parecía tan milagroso que, a pesar del miedo, derramé lágrimas de alegría por la forma en que la vida parecía encontrar siempre la manera de reponerse.

Superada la conmoción inicial, me levanté y me puse a caminar de un lado a otro de la habitación. Ya no me sentía decaída, enferma y asustada, sino llena de una energía nueva. Aquello estaba ocurriendo, me gustara o no, y ahora tenía que pensar en lo que iba a hacer. ¿Qué clase de hogar podría darle a mi hijo? ¿Y dónde? Sabía que el dinero no era, por suerte, un problema. Y tampoco me faltaría ayuda, en caso de quererla, con Ma en Ginebra y Celia en Londres. Por no mencionar a las cinco tías chochas en que se convertirían mis hermanas. No sería una infancia convencional, pero me juré a mí misma que haría todo lo posible por ser tanto una madre como un padre para aquel bebé mío y de Theo.

Mucho más tarde, cuando decidí acostarme y tratar de conciliar el sueño, caí en la cuenta de que, desde que me habían comunicado que estaba esperando un hijo, ni por un momento se me había pasado por la cabeza no tenerlo.

—Hola, Ally —me saludó Thom al día siguiente en el vestíbulo del hotel, dándome dos besos—. Hoy tienes mejor aspecto. Ayer me quedé un poco preocupado.

—Me encuentro mejor… Creo —añadí al tiempo que esbozaba una sonrisa burlona y decidía que, en realidad, estaba deseando compartir la buena nueva con alguien—. Por lo visto, estoy embarazada y esa es la razón de que me encontrara tan mal.

—Ostras… Uau, es fantástico… ¿no? —aventuró tratando de leerme el pensamiento.

—Sí, creo que sí. Aunque ha sido una sorpresa. No me lo esperaba y el padre ya no está, pero me siento… ¡feliz!

—Entonces yo también lo estoy.

Me di cuenta de que Thom seguía observándome para cerciorarse de que en realidad no estaba haciéndome la valiente.

—Estoy encantada, en serio. De hecho, estoy más que encantada.

—En ese caso, felicidades.

—Gracias.

—¿Se lo has contado a alguien? —me preguntó.

—No. Eres el primero.

—Entonces, me siento halagado —dijo mientras salíamos del hotel en dirección al coche—. Aunque ahora me pregunto si lo que tenía planeado para esta tarde le conviene a tu delicado… estado.

—¿Qué es?

—Había pensado que podríamos hacerle una visita a Felix para ver si tiene algo que contar. Pero como no será una experiencia agradable, quizá deberíamos dejarla para más adelante.

—No, me encuentro perfectamente, en serio. Estoy segura de que el miedo que me generaba estar tan hecha polvo hacía que me encontrara aún peor. Ahora que conozco la causa, puedo empezar a hacer planes. Así que, venga, vayamos a casa de Felix.

—Como te dije ayer, aunque supiera de tu existencia, es muy probable que lo niegue. Yo vivía justo delante de sus narices y aun así no quiso aceptar que era su hijo.

—¿Thom? —le dije una vez en el coche.

—¿Qué?

—Pareces más convencido que yo de que tengo una conexión familiar contigo y los Halvorsen.

—Puede —reconoció mientras giraba la llave de contacto—. En primer lugar: me contaste que tu padre le entregó a cada una de sus hijas una pista sobre su pasado y el lugar donde comenzaba su historia. En tu caso fue el libro de mi tatarabuelo. En segundo lugar: eres o has sido música, y está científicamente demostrado que el talento puede transmitirse a través de los genes. En tercer lugar: ¿te has mirado últimamente al espejo?

—¿Por qué?

—¡Ally, míranos!

—Vale.

Juntamos las cabezas y nos miramos en el espejo retrovisor.

—Sí —concluí—, nos parecemos. Pero la verdad es que fue una de las primeras cosas que pensé cuando llegué a Noruega, que me parecía a todo el mundo.

—Estoy de acuerdo en que tu pelo y tu piel son típicamente noruegos. Pero, fíjate, si hasta tenemos los mismos hoyuelos.

Thom se llevó los dedos a los suyos y yo hice lo propio.

Estiré los brazos por encima del cambio de marchas y lo abracé.

—Bueno, aunque descubramos que no estamos emparentados, creo que he encontrado a mi nuevo mejor amigo. Lo siento, sé que parece sacado de una película de Disney, pero es que ahora mismo tengo la sensación de estar viviendo una película —dije riéndome de mi absurda sensación.

—Dime otra vez que estás segura de que quieres hacer esto —insistió mientras se alejaba del bordillo—, que estás preparada para ir a ver al trol de la colina que puede que sea o no sea tu padre biológico.

—Lo estoy. ¿Así es como lo llamas? ¿Trol?

—Eso no es nada comparado con los apelativos que le he puesto en el pasado, por no hablar de los adjetivos que utilizaba mi madre.

—¿No crees que deberíamos avisarlo de nuestra visita? —pregunté cuando tomamos la carretera del puerto.

—Si se lo decimos, seguro que encontrará una excusa para no recibirnos.

—Por lo menos cuéntame algo más de él antes de que lleguemos a su casa.

—¿Aparte de que es un crápula que ha echado a perder su vida y su talento?

—Vamos, Thom. Después de lo que me contaste ayer, sospecho que Felix sufrió mucho de niño. Perdió a sus padres en circunstancias horribles.

—Vale, vale, lo siento. Son los años de un resentimiento alimentado, lo reconozco, por mi madre. Resumiendo, fue Horst quien enseñó a mi padre a tocar el piano. Y, según la leyenda, a los siete años ya tocaba conciertos de oído y a los doce había compuesto uno propio. Orquestación incluida —añadió Thom—. A los diecisiete obtuvo una beca para estudiar en París, y tras ganar el concurso de Chopin en Varsovia, fue contratado por la Filarmónica de Bergen. Era el pianista más joven que habían tenido nunca. Según mi madre, las cosas empezaron a ir mal a partir de aquel momento. Felix carecía de ética laboral, llegaba tarde a los ensayos, a menudo con resaca, y al final de la tarde ya estaba borracho. La gente lo toleraba porque tenía mucho talento, hasta que se les agotó la paciencia.

—Me recuerda un poco a su bisabuelo Jens —murmuré.

—Exacto. Al final lo echaron de la orquesta por llegar tarde, o simplemente no presentarse, con demasiada frecuencia. Horst y Astrid también se hartaron y no tuvieron más remedio que echarlo de Froskehuset. Creo que fue uno de esos casos de lo que hoy en día los terapeutas llaman «aplicación de mano dura», aunque Horst le permitió instalarse en la cabaña que Astrid y él habían construido años antes para cuando querían pasar tiempo en el bosque cazando. Era muy básica, por decirlo con delicadeza. Felix vivía fundamentalmente a costa de las mujeres a las que cautivaba y, de acuerdo con mi madre, saltaba de flor en flor. Incluso ahora, pese a tener agua corriente y electricidad, es poco más que una choza con pretensiones.

—Cuanto más sé de él, más me recuerda a Peer Gynt. ¿Cómo lograba sobrevivir sin trabajar?

—Se vio obligado a dar clases particulares de piano para pagar su adicción al alcohol. Así fue como conoció a mi madre. Y, por desgracia, poco ha cambiado en estos treinta años. Sigue siendo un mujeriego borracho y sin blanca en el que no se puede confiar. Pero ahora más viejo.

—Qué desperdicio de talento —suspiré.

—Sí, una pena. En fin, esa es la historia resumida de la vida de mi padre.

—¿Y qué hace todo el día ahí arriba? —pregunté mientras el coche continuaba su ascenso por la colina.

—No sabría decirte. Todavía tiene algún que otro alumno y se gasta el dinero que gana en whisky. Felix se está haciendo mayor, aunque eso no significa que haya perdido su encanto. Ally, sé que lo que voy a decir puede parecerte una aberración teniendo en cuenta el motivo de nuestra visita, pero me preocupa que te tire los tejos.

—Estoy segura de que sabré manejarlo, Thom —dije con una sonrisa triste.

—No lo dudo, pero me siento… responsable. Y estoy empezando a preguntarme por qué te he metido en esto. Quizá debería ir a verlo yo solo para ponerlo en antecedentes.

Noté que estaba nervioso y traté de tranquilizarlo.

—Ahora mismo, entre tu padre y yo no existe ninguna relación. Para mí es un desconocido. Estamos… estás haciendo meras elucubraciones sobre lo que podría o no podría ser. Y pase lo que pase, te prometo que no dejaré que me afecte.

—Eso espero, Ally, de verdad. —Aminoró la velocidad y arrimó el coche a una ladera cubierta de pinos—. Hemos llegado.

Mientras subía detrás de Thom por unos escalones toscos y cubiertos de vegetación que al parecer conducían a algún tipo de morada, comprendí que aquel era un acontecimiento mucho más doloroso para él que para mí. Independientemente de lo que me esperara allí arriba, yo continuaría teniendo un padre que me había querido y cuidado a lo largo de mi infancia. Y, decididamente, no buscaba ni necesitaba otro.

En lo alto de la colina, los escalones empezaban a descender y, en medio de un claro, vislumbré una cabaña de madera que me hizo pensar en la casa de la bruja del cuento de Hansel y Gretel.

Cuando llegamos a la puerta, Thom me dio un apretón en la mano.

—¿Lista?

—Lista —dije.

Tras un leve titubeo, llamó con los nudillos. Esperamos una respuesta.

—Sé que está porque he visto su moto abajo —susurró Thom antes de volver a probar—. Ahora mismo ni siquiera puede permitirse un coche, y como la policía lo ha parado tantas veces, parece creer que una moto es un medio de transporte más invisible. ¡Hay que ser idiota!

Al cabo de unos instantes escuchamos pasos en el interior y una voz que decía algo en noruego. La puerta se abrió inmediatamente después.

—Está esperando a un alumno y cree que somos él —me tradujo Thom.

Una figura apareció en el umbral y mi mirada se topó con los ojos azul claro del padre de Thom. Me había equivocado al esperar un viejo decrépito con la nariz tumefacta a causa del whisky y el cuerpo devastado por años de alcoholismo. El hombre que tenía delante iba descalzo y vestía unos vaqueros con un roto en la rodilla y una camiseta que parecía no haberse quitado desde hacía varios días. Yo le había calculado sesenta años largos; sin embargo, apenas tenía canas y en su rostro se apreciaban pocas arrugas. Si lo hubiera visto por la calle, le habría echado diez años menos.

—Hola, Felix, ¿cómo estás? —lo saludó Thom.

El hombre parpadeó, visiblemente sorprendido.

—Bien. ¿Qué haces aquí?

—Hemos venido a hacerte una visita. Mucho tiempo sin verte y todo eso. Te presento a Ally.

—¿Es tu nueva novia? —Los ojos del hombre chispearon y noté que me escrutaba con la mirada—. Es guapa.

—No es mi novia, Felix. ¿Podemos pasar?

—Eh… la asistenta lleva días sin venir y está todo patas arriba, pero sí, adelante.

Yo no había entendido nada de lo que habían dicho hasta entonces porque hablaban en noruego.

—¿Habla inglés? —susurré a Thom cuando entramos en la casa—. ¿O francés?

—Probablemente. Se lo preguntaré.

Thom le explicó mi limitación lingüística y Felix asintió con la cabeza y cambió al francés de inmediato.

Enchanté, mademoiselle. ¿Vive en Francia? —me preguntó mientras nos hacía pasar a una sala de estar espaciosa pero muy caótica, invadida por precarias pilas de libros y periódicos viejos, tazas de café usadas y ropa tirada de cualquier manera sobre algunos muebles.

—No, en Ginebra —contesté.

—Suiza… Fui una vez para un concurso de piano. Es un país muy… organizado. ¿Es usted suiza?

Nos indicó que nos sentáramos.

—Sí —contesté.

Disimuladamente, aparté un jersey viejo y un sombrero de fieltro a fin de hacer sitio para Thom y para mí en el maltrecho sofá de cuero.

—Pues es una pena, porque tenía la esperanza de poder hablar con usted de París, donde malgasté mi juventud —repuso Felix con una risa ronca.

—Lamento defraudarlo, aunque conozco bien la ciudad.

—No tan bien como yo, mademoiselle, se lo aseguro. Pero esa es otra historia.

Felix me guiñó un ojo y no supe si reír o echarme a temblar.

—Por supuesto —respondí recatadamente.

—¿Podemos hablar en inglés, por favor? —propuso de repente Thom—. Así yo también podré intervenir.

—Bien, ¿qué os trae por aquí? —inquirió su padre cambiando de idioma.

—En pocas palabras, Ally está buscando respuestas —contestó Thom.

—¿Sobre qué?

—Sobre sus verdaderos orígenes.

—¿A qué te refieres con eso?

—Ally fue adoptada cuando era un bebé y su padre adoptivo murió hace unas semanas. Le dejó varias pistas para ayudarla a encontrar a su familia biológica en el caso de que ese fuera su deseo —añadió Thom—. Entre las pistas se encontraba la biografía de Jens y Anna Halvorsen escrita por tu bisabuelo, así que he pensado que tal vez podrías ayudarla.

Vi que Felix volvía a estudiarme de arriba abajo. Tras aclararse la garganta, cogió una bolsa de tabaco y papel de fumar para liarse un cigarrillo.

—¿Y de qué manera crees que puedo ayudar, exactamente?

—Ally y yo hemos descubierto que tenemos la misma edad… —Noté que Thom libraba una batalla interna antes de proseguir—. Me preguntaba si alguna de las mujeres que has conocido… una novia, quizá… tuvo… bueno, tuvo una niña en torno a la misma época en que mi madre me tuvo a mí.

Tras aquellas palabras, Felix soltó una sonora carcajada y encendió el cigarrillo.

—Felix, por favor, esto no tiene ninguna gracia —protestó Thom.

Le estreché la mano para intentar tranquilizarlo.

—Tienes razón, lo siento. —El hombre recuperó la seriedad—. ¿Es Ally un diminutivo de Alison?

—De Alción.

—Una de las Siete Hermanas de las Pléyades —señaló.

—Exacto. Por eso me pusieron ese nombre.

—¿En serio? —Felix había retomado el francés y me pregunté si sería una treta deliberada para irritar a Thom—. Pues bien, Alción, desgraciadamente no tengo más hijos, que yo sepa. Pero si quieres que telefonee a todas mis exnovias y les pregunte si, ignorándolo yo, dieron a luz una niña hace treinta años, lo haré encantado.

—¿Qué ha dicho? —me susurró Thom.

—Nada importante. Felix —continué rápidamente en francés—, no culpes a Thom por hacerte una pregunta tan difícil. Yo siempre he pensado que era una empresa inútil. Tu hijo es una buena persona y solo estaba intentando ayudarme. Sé que vuestra relación no ha sido fácil, pero deberías estar orgulloso de él. No te robaremos más tiempo. —Me levanté para marcharme, harta de su actitud condescendiente—. Vamos, Thom —dije volviendo al inglés.

Él se incorporó y vi el dolor en su mirada.

—Dios mío, Felix, ¿cómo se puede ser tan capullo?

—¿Qué he hecho? —protestó el hombre.

—Sabía que sería una pérdida de tiempo —farfulló Thom enfadado mientras salíamos de la cabaña y empezábamos a subir los escalones.

De repente, noté una mano en el hombro. Era Felix.

—Te pido disculpas, Ally, no me esperaba esta visita. ¿Dónde te hospedas?

—En el hotel Havnekontoret —contesté secamente.

—Bien. Adiós.

Me di la vuelta y subí a la carrera para alcanzar a Thom.

—Lo siento, Ally, ha sido una estupidez venir aquí.

Abrió la portezuela del coche y entró.

—No lo ha sido —lo consolé—. Gracias por intentarlo. ¿Por qué no volvemos a tu casa y te preparo una taza de café para que te relajes?

—De acuerdo.

Dio la vuelta y nos alejamos a toda velocidad. El pequeño motor del Renault rugía como un león enfurecido a causa de la innecesaria presión del pie de Thom sobre el acelerador.

Ya de regreso en Froskehuset, Thom desapareció durante un rato. Era evidente que necesitaba estar solo, y entonces comprendí cuán hondo era el dolor que le producía el pasado. El rechazo de su padre había dejado en su interior una herida profunda que, después de conocer a Felix, dudaba que pudiera cerrarse. Me senté en el sofá y hojeé la vieja partitura del concierto para piano que había compuesto Jens Halvorsen y que descansaba, desordenada, sobre la mesa. Estaba leyendo por encima la primera página cuando reparé en unos números romanos escritos con letra pequeña en el ángulo inferior derecho. Obligué a mi cerebro a recordar mis clases del colegio, cogí un bolígrafo y traduje los números en la última página de mi agenda.

—¡Claro! —exclamé en tono triunfal.

«Puede que esto le levante el ánimo a Thom», pensé.

—¿Estás bien? —dije cuando reapareció.

—Sí.

Se sentó a mi lado.

—Lamento que estés disgustado, Thom.

—Y yo lamento haberte presentado a Felix. ¿Cómo es posible que esperara algo de él? Está claro que la gente no cambia, Ally. Esa es la verdad.

—Puede que tengas razón, pero escucha, Thom —lo interrumpí—. Siento mucho cambiar de tema, pero creo que he descubierto algo muy interesante.

—¿Qué es?

—Imagino que siempre has dado por sentado que este concierto lo escribió tu tatarabuelo, Jens.

—Sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—¿Y si no lo hubiese escrito él?

—Ally, su nombre aparece en la portada de la partitura. —Thom la señaló y me miró extrañado—. La tienes justo delante. Ahí pone que la escribió él.

—¿Y si el concierto para piano que encontraste en el desván no fuera de tu tatarabuelo Jens, sino de tu abuelo, Jens Halvorsen júnior, más conocido como Pip? ¿Y si este es El concierto de Hero dedicado a Karine que nunca llegó a estrenarse? Puede que Horst lo guardara en el desván porque no soportaba la idea de volver a escucharlo después de lo que le había sucedido a su hijo y a su nuera.

Mi teoría quedó flotando en el aire y esperé a que Thom la asimilara.

—Continúa, Ally. Te escucho.

—Sé que comentaste que, por su estilo, el concierto parecía noruego, y es cierto que posee influencias. No soy historiadora musical, de modo que puedo equivocarme, pero la música que tocaste ayer para mí no encajaba con lo que se estaba componiendo a principios del siglo XX. Capté en ella vetas de Rachmaninoff y, más importante aún, de Stravinski que no empezó a componer sus obras más destacadas hasta las décadas de 1920 y 1930, mucho después de que Jens Halvorsen falleciera.

Se hizo otro silencio y observé a Thom cavilar sobre lo que acababa de decirle.

—Tienes razón, Ally. Supongo que simplemente di por hecho que era la primera obra de Jens. Para mí las partituras antiguas no son más que eso, antiguas, ya tengan ochenta, noventa o cien años. En el desván encontré tantas partituras que pertenecían sin duda al primer Jens Halvorsen que supuse que este concierto también lo había escrito él. Además, el título de El concierto de Hero no aparece por ningún lado. ¿Sabes una cosa? Cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que podrías tener razón —admitió.

—Me dijiste que las partituras orquestales fueron destruidas casi con total seguridad durante el bombardeo del teatro. Lo más probable es que esta —señalé las hojas— sea la partitura original del piano, escrita antes de que Pip decidiera el título.

—Las obras de mi tatarabuelo eran menos originales y mucho más románticas. Aquí, en cambio, hay fuego, pasión… Es diferente de todas las piezas escritas por él que he escuchado. Dios mío, Ally. —Thom esbozó una sonrisa torcida—. Empezamos con tu misterio y hemos acabado desentrañando el mío.

—Existe, de hecho, una prueba irrefutable —anuncié, y hasta yo capté la petulancia de mi voz.

—¿En serio?

—Sí, mira.

Señalé las pequeñas letras anotadas en el ángulo inferior derecho de la hoja.

—MCMXXXIX —leí en voz alta.

—¿Y?

—¿Aprendiste latín en el colegio? —le pregunté.

—No.

—Pues yo sí, y estas letras representan números.

—Bueno, hasta ahí llego. Pero ¿qué significan?

—El año 1939.

Thom digirió el significado de mis palabras en silencio.

—Entonces, esto lo compuso mi abuelo.

—Por la fecha, yo diría que sí.

—No… no sé qué decir.

—Yo tampoco, y aún menos después de lo que me contaste ayer.

Nos quedamos un rato callados.

—Caray, Ally, es un descubrimiento realmente increíble —dijo Thom cuando al fin logró recuperar el habla—. No solo por las connotaciones emocionales, sino por el hecho de que, en un principio, estaba previsto que la Filarmónica de Bergen estrenara el concierto de Pip hace casi setenta años. Y, por todo lo que te he contado, nunca vio la luz.

—Y Pip le había dedicado el concierto a Karine… su «Hero»…

Me mordí el labio al notar que los ojos se me llenaban de lágrimas, consciente de las similitudes que aquello guardaba con mi vida.

Pensé que también ellos eran jóvenes y estaban empezando una nueva vida cuando la muerte la truncó cruelmente. Y pensé en lo afortunada que era de haber nacido en una época mejor, de seguir viva y, con suerte, tener el privilegio de cuidar de la criatura que crecía dentro de mí.

—Sí. —Thom me había leído el pensamiento y me dio un abrazo espontáneo—. Independientemente de la relación que nos una, Ally, te prometo que siempre podrás contar conmigo.

—Gracias, Thom.

—Te llevaré al hotel y luego me pasaré por el Grieg Hall para hablar con David Stewart, el gestor de la orquesta. Tengo que contarle lo de El concierto de Hero. Y espero que me ayude a encontrar a alguien que lo orqueste a tiempo para el Concierto del Centenario de Grieg. Hemos de tocarlo esa noche sí o sí. Así de simple.

—Estoy de acuerdo.

Cuando Thom me dejó en el hotel, tenía un mensaje esperándome en la recepción. Lo abrí en el ascensor y, sorprendida, descubrí que era de Felix.

«Llámame», decía. Había dejado su número de móvil.

Desde luego, no tenía la menor intención de llamarlo después de cómo se había comportado aquella mañana. Me duché y me metí en la cama meditando sobre los acontecimientos de la jornada, y volví a sentir pena por Thom.

Thom, que desde niño había sabido que su padre conocía su existencia y sin embargo lo había rechazado. Rememoré todas las noches de mi adolescencia que había dedicado a despotricar contra la autoridad de Ma o Pa Salt y había deseado estar con mis padres biológicos, convencida de que ellos me habrían entendido mucho mejor.

Al quedarme dormida, me di cuenta, con mayor claridad que nunca, de lo privilegiada que había sido mi infancia.

Ir a la siguiente página

Report Page