La herida
X. La zona fantasma
Página 17 de 25
X
La zona fantasma
Palma tenía la orden de mantenerse en contacto permanente con Romero, y el comisario era consciente de las medidas de seguridad: le indicó la pequeña ciudad de los lagos que visitaba y la hostería en la que se había hospedado, prometió que por nada del mundo saldría del área de cobertura, es decir que no se alejaría hacia el monte o la cordillera sin avisar, y realizó un llamado obediente de constatación cada ocho horas. Pero hace dieciséis que inició el silencio de radio y que su móvil dejó de emitir señal. El hacker trató de detectarlo por todos los medios tecnológicos a mano, pero resultó inútil. «Era un dispositivo especialmente adaptado, le pusimos una fuente auxiliar —dice Palma, y le tirita la voz—. Se despertaba cada cincuenta minutos para reportar su posición GPS y volvía a hibernar, sin necesidad de activar el display. Alguien desconectó la batería, y la residual se fue agotando». Le pregunto si la Hilux llevaba un transmisor; habitualmente lo pegamos con imanes en el interior del guardabarros de la rueda izquierda, de modo que sea solo accesible a través del baúl. Pero Romero se resistió al comienzo por pereza, y Palma dejó pasar los días: cuando se dio cuenta, el comisario ya estaba de viaje. Lo lleno de insultos.
Palma se ataja diciendo que mi propia 4×4 carece de transmisor, y que la culpa de esa negligencia es mía. Por supuesto, llamó a la hostería y le respondió una paisana bastante parca: Romero pagó en efectivo y por adelantado, se retiró el día anterior, desconoce adónde iba, pero él hablaba mucho de pescar, e incluso se compró una caña en una tienda del pueblo. Mientras conversaban, Palma trató de meterse en las computadoras de la hostería para verificar aquella versión, pero descubrió que no estaban informatizados. «Por los impuestos, ¿vio?», le confesó la paisana sin la menor ironía. Palma colgó y a continuación buscó la tienda en la web: resultó ser toda una proveeduría deportiva. Encontró la factura con facilidad, una caña número seis de carbono a nombre de Miguel M. Romero, que pagó con Visa del Banco Francés. Buscó entonces el número de emergencia del destacamento policial y lo derivaron a la casa del oficial principal Sosa, que está a cargo de la zona, un tipo de pocas pulgas que en principio no tenía idea de quién le estaban hablando. Se despabiló cuando le mencionó la Hilux, pero no llegó a aportar nada de valor. «Seguí buscando, pero calladito», le ordeno a Palma, y subo a mi camioneta. En estos casos, más vale prevenir que curar.
Lleno el tanque en la ruta y me paro en el acelerador. No hay tránsito en esta madrugada; calculo que el trayecto me llevará como máximo tres horas. Pienso en el Gran Jack, en sus carpetas y documentos, que leí con paciencia e interés durante estas semanas. Nada anticipaba en esos informes quién era su contacto en aquella villa turística; Romero es muy cuidadoso con los datos confidenciales, nunca me dio pistas sobre la identidad de su soplón. Prefiero imaginar que ese desconocido, para tener aquella entrevista secreta, le impuso que prescindiera del móvil porque no quería ser rastreado. Pero el asunto me huele realmente mal: llegado el caso, el Gran Jack sabría sin duda que iban a saltar nuestras alarmas, y por lo tanto, nos habría dado un aviso preventivo. Jamás hubiera dejado morir su teléfono; no se trata de una persona descuidada, más bien todo lo contrario. La explicación más plausible es que alguien lo forzó a salir del radar, y eso no preanuncia nada bueno.
A media mañana, le dejo un mensaje a BB y llamo a Cálgaris, que está en Londres. Asiste a un simposio de Narcoterrorismo e Inteligencia financiera, me responde en voz baja con una advertencia: «Te hago responsable de lo que le pase a Romero, llamame solamente cuando lo encuentres». Treinta minutos después responde Beatriz, que está intranquila: «¿Qué tamaño tiene el hematoma?», pregunta de manera impersonal, como si la estuvieran grabando.
«Mediano tirando a grande», le contesto. Estará pendiente de cualquier noticia, quiere ser informada antes que nadie. Siempre hay una sutil vibración en el ambiente cuando el asunto pasa de castaño a oscuro, y cuando las palabras dejan lugar a los hechos.
A pocos kilómetros para el destino final, llamo a Palma y le pido que me haga un panorama general de la villa. Utilizo el «manos libres» y entonces la voz del chico sin vida propia llena toda la cabina, se vuelve de pronto didáctica y se superpone con el paisaje, que forma parte de un parque nacional protegido. No tiene más de quinientos habitantes, mayormente agrupados alrededor del centro comercial. Sigo por un camino de ripio que parece estar en buen estado, y veo una conjunción de estepa y bosque, con muchas retamas y cipreses, río caudaloso y formaciones rocosas volcánicas. En el fondo se recortan picos salpicados de nieve y enseguida aparece la ruta de circunvalación y el lago azul, que mide sesenta kilómetros cuadrados. Le doy a Palma el nombre y las coordenadas de aquella estancia de diez mil hectáreas donde cazamos ciervos colorados. Queda relativamente cerca, de hecho una carretera secundaria que sale en diagonal desde esa villa roza la tranquera sur, el más lejano de los accesos. Esa salida linda con aquel apostadero, que nosotros alcanzamos después de una larga cabalgata interna: habíamos ingresado desde la ciudad cabecera del distrito y no por esta puerta de retaguardia. La cercanía me pone los pelos de punta, pero no quiero conclusiones fáciles ni cerrarme a ninguna posibilidad. Le ordeno a Palma que revise la historia de la ciudad, que se meta en bibliotecas, necesito estar informado de todo lo que pueda. De inmediato aparece la villa, encajonada en laderas glaciares donde crecen las araucarias, su pequeño puerto, sus casas alpinas y pintorescas, y los ruidos de la sierra eléctrica. Estamos fuera de temporada, así que no abundan los peatones y parecen vacíos los comercios.
Me bajo en la oficina de Turismo, reclamo un mapa y muestro una foto de Romero. La chica niega y se encoge de hombros. Pregunto dónde queda la hostería; «en la punta», me responde. Un hotelito para gasoleros con una vista para príncipes: la terraza de piedra está sobre el lago. No hay ninguna habitación ocupada, y la paisana me acecha por la espalda, como si quisiera asaltarme.
Instintivamente me llevo la mano a la Glock, pero no llego a sacarla. El espectro es inexpresivo, observa la foto y asiente; vuelve a contarme lo que ya le contó en detalle a Palma. Ni una palabra más ni una palabra menos. Me muestra el libro de conserjería: observo la caligrafía cuidadosa de Romero y su firma anticuada.
Le pido la misma habitación, me entrega la llave con asco, y me hace seguirla por el pasillo sin luz; el cuarto es austero, pero la ventana permite ver un patio de pinos. Huele a desinfectante. Al quedarme solo, reviso la habitación con método profesional: no encuentro el menor indicio de presencia humana. Abandono el bolso de ropa en el interior del placar y salgo a hacer una recorrida a pie. Me detengo en el muelle para ver las evoluciones de un kayak y para enseñarle la foto a un pescador, que niega con la cabeza. Muchas veces veré ese gesto a lo largo de la caminata, en los hoteles, en los kioscos, en las esquinas. La proveeduría es amplia, cuenta con productos sofisticados, ropa para deportes náuticos y equipos para buceo. Romero se mostró como un veterano cultor de la pesca con mosca, intercambió anécdotas con una vendedora. Charlaron sobre un embalse lejano donde pueden conseguirse arco iris y marrones pesadas y poco combativas, pero le sugirieron puntos más cercanos. Marco en el mapa todos esos lugares para visitarlos, y lo hago por la tarde, después de tomarme una cerveza en un bar alemán sin parroquianos. El muchacho de la caja reconoce la foto: Romero cenaba solo, muy metido para adentro, le gustaba el chucrut casero y los fiambres ahumados; leía un libro sobre la guerra de Corea. Nunca se lo vio acompañado.
Llevo mis binoculares Leica, y paso tres horas visitando los paraísos de la trucha y el salmón, formulando preguntas a los turistas y a los locales, y tratando de imaginarme al comisario en un irresponsable día de franco. Aprovecho para reflexionar sobre esa estancia, un vasto territorio imposible de cubrir sin una orden judicial o la anuencia directa de sus dueños. «¿Estamos buscando un cadáver?», pregunta Palma sin anestesia. «Creo que sí», me sincero. «Tengo uno», dice. Se tropezó con una referencia en un diario patagónico y siguió la huella hasta una monografía forense, que encontró en la biblioteca virtual de una universidad patagónica. Un caso famoso de 1974: vecino celoso asesina a su mujer, la mete en el auto y lo empuja desde lo alto de un mirador. Luego propala que ella lo ha abandonado, vive diez años sin la menor molestia, y vuelve incluso a casarse y a tener hijos, hasta que por accidente un botero descubre la carrocería y el esqueleto. Curiosamente, no estaban donde habían caído, sino a quinientos metros, en el medio del lago. Los expertos en corrientes fluviales y marinas (el lago recibe también aguas del Pacífico) dan sus opiniones, que a veces parecen contradictorias. Como el escándalo se produce a poco de haberse derrumbado el régimen militar, hay psicosis colectiva: ese espejo de agua debe estar sembrado de cuerpos. Un juez acepta la denuncia de un organismo de derechos humanos y ordena a los bomberos de la policía provincial que disponga de buzos y hagan inmersiones para chequear si los rumores tienen asidero. Por supuesto, el operativo resulta un fiasco. «La fuente central de ese libro no son los expedientes ni los recortes viejos —advierte Palma—. El autor menciona todo el tiempo un boletín de la villa que se publica desde 1965. Primero fue bimestral, pero parece que ahora se edita cada seis meses. Y no está digitalizado». La publicación pasó por distintas manos, pero en la actualidad lo imprime cada vez que puede un abogado jubilado que es tesorero de la Comisión de Fomento. El hombre está de viaje, pero su esposa me hace pasar a los fondos de su chalet y me abre el candado del depósito. Ordenados por año, apilados y algo húmedos, los ejemplares ocupan tres paredes. Palma me va guiando con las fechas. La historia del crimen por entregas, entrevistas al fiscal y la opinión de penalistas, y más adelante denuncias sobre guerrilleros desaparecidos y hasta avistamiento de monstruos. Se habla de «la zona fantasma», que es un triángulo entre el mirador, el punto donde apareció el coche y una playa que degenera en un bosque subacuático. Tildo en el mapa esas referencias, y prendo un cigarrillo. En esa población chiquita cruzada por el aburrimiento y las supersticiones, debe de ser leyenda que el lago se traga cualquier cosa. Están las montañas, las estancias inabarcables y los montes cerrados, pero la primera idea que le debe venir a la cabeza a un vecino de la villa es ese «lago traicionero». En consecuencia, resulta nuestra primera opción. Aunque después del papelón de Villa Puntal no tengo tanta fe en mis corazonadas.
Hacia el anochecer visito el destacamento y me presento al principal como un amigo de Miguel Marcial Romero. «Quedamos en encontrarnos acá, pero no hay rastros y tiene el celular fuera de línea», le explico. Sosa es un policía mañero y desconfiado, y estoy seguro de que no se tragó el verso. Se acaricia maquinalmente el pin del cóndor que lleva en la camisa reglamentaria y me escruta de arriba abajo. «Y… acá la gente se pierde, ¿vio? —arranca—. Cada dos por tres tenemos que ir a buscarlos al bosque o a los cerros con perros y baqueanos. No sé, maestro, a lo mejor su amigo se las picó a Chile por el paso. Es un paseo precioso». Sé por Palma que no figura en el registro del puesto fronterizo, y Sosa parece leerme la mente: «Hay muchos trucos para pasar al otro lado. Con camioneta y todo». Nos quedamos parpadeando unos segundos más, después le doy las gracias y me levanto. «Y ande con cuidado, maestro —me aconseja, y usa de nuevo su tono mordaz—. No se vaya a perder también usted, ¿vio?». Podría llamar a Marquís y pedirle que mande una comisión y lo cuelgue de las pelotas a este cabrón hijo de puta, pero se levantaría mucha polvareda, Belda se pondría furiosa y, además, el flamante director de Seguridad todavía no maneja del todo a su propia tropa: ¿quién nos garantiza que los canas jugarían para nuestro equipo?
Alcanzo a entrar en la proveeduría cuando están a punto de bajar las persianas. Tengo en la 4×4 el traje de neoprene, las patas de rana y el visor, pero necesito dos tanques completos: los pruebo y los alquilo. Me hacen todo tipo de recomendaciones para disfrutar de una buena excursión. Al llegar a la hostería, rebusco en la caja trasera los guantes, el puñal de buzo táctico y la cámara GoPro con vincha. Luego guardo todo, destapo una cerveza, me tiro en la cama y hablo con Beatriz, que sigue ansiosa. No tengo ánimo ni argumentos para calmarla; me duermo viendo en la televisión Thriller en Manila. Sé que no me perdonarán, pero Frazier sigue siendo mi preferido, y sueño con esa risa final del infierno y con el mensaje en su contestador automático: «Soy astuto como un zorro. Sí, floto como una mariposa, pico como una abeja. Soy el hombre que lo hizo, ya sabes de qué hablo». Me despierta una frenada en el asfalto, tan extraña y ruidosa que tengo la Glock en la mano y el dedo en el gatillo. La recepción está desierta y a media luz, y cuando salgo al frío de la noche todo permanece tan oscuro que debo recurrir a mi linterna para comprobar que me han tajeado dos cubiertas. La escasa originalidad me hace pensar en un amateurismo de aldea, pero de inmediato recapacito: a Romero no se lo pudo haber fumado cualquier amateur. Qué rara contradicción.
Desayuno tempranísimo, despierto al encargado de una gomería y consigo a puro efectivo que me arregle el desaguisado. Por la tarde doy una vuelta al lago, deteniéndome en distintos accidentes geográficos y anotando en el mapa los sitios más aptos para empujar una Toyota Hilux y clavarla de frente en el agua.
Tomo en cuenta algunas condiciones especiales: el reparo (nadie quiere testigos), la altura necesaria (de ser posible un acantilado accesible por carretera) y la cartografía de la profundidad, que Palma roba de un «informe lacustre» de la Dirección Hídrica. A eso se agrega que debo descartar cualquier área que esté en el amplio circuito de las escuelas de buceo: Palma me envía los folletos digitales al celular. Las condiciones son tan restrictivas que al final de la primera vuelta apenas logro dibujar cinco cruces, y una de ellas está dentro de la «zona fantasma». Dejo ese triángulo para el final, estaciono entre los árboles, me calzo el traje, doy un rodeo y me sumerjo junto a una pared rocosa altísima, llena de grietas. La incursión no tiene nada de extremo para alguien que fue obligado a hacer el curso de buzo táctico en la base naval de Mar del Plata y que juega a la ruleta rusa con el río. Al contrario, estas aguas son tranquilas y transparentes, y si no estuviera buscando un muerto se trataría de una aventura placentera. El paredón continúa bajo la superficie y solo me cruzo con peces plateados.
Rápidamente, percibo que las corrientes no hubieran tenido tiempo de arrastrar una Hilux lago adentro, así que salgo para no malgastar el oxígeno, y regreso a mi 4×4. Repito el chapuzón dos kilómetros más adelante, en un rombo de cavernas y troncos gigantes derrumbados hace siglos. Y vuelvo a hacerlo en otras dos estaciones, con idéntico desenlace. Quedan unos minutos de sol cuando me zambullo en el punto ideal, aquel que yo mismo hubiera elegido para esconder el cuerpo del delito: un paraje alejado, protegido por una curva y dominado por un balcón de granito imponente. Pero cuando reviso el lecho resulta que no es lo suficientemente profundo y salgo más pesimista que nunca.
Estoy perdiendo el tiempo y cada minuto que pasa se aleja la chance de encontrar al Gran Jack. Después me consuelo pensando que, a pesar de los fracasos del día, debo ir por buen rumbo, de lo contrario no me habrían amenazado de un modo tan grosero. Palma me sugiere dos puntos más, que yo no advertí, y que supuestamente localizó gracias a imágenes satelitales garroneadas a un colega de la Mossad. Ceno un chucrut en la misma mesa donde cenaba Romero, y repaso en la tablet las imágenes que tomé con la GoPro. El restaurante alemán está cargado, y a pesar de que hay muchos extranjeros, los nacidos y criados no me quitan los ojos de encima. Una cosa es ser turista, otra muy distinta es ser un forastero que anda haciendo preguntas. Imagino que las ruedas tajeadas son la comidilla de la semana, y que aquella búsqueda dará para charlar al calor de las chimeneas durante todo el invierno. Tres pendejos —un enano huesudo y dos jugadores de rugby—, lanzan dardos, largan carcajadas y toman cerveza negra; se nota que están pasados de rosca. El más canchero se me acerca de improviso y me suelta en la oreja: «No sé si es legal eso que hace en el lago, ¿vio?». No agrega nada más; vuelve al torneo, al trago y a los chistes. Los tres pajeros de cada pueblo. Nunca faltan.
Paso la noche en vela, viendo sin ver la televisión, navegando por Internet y evaluando difusamente la situación y sus implicancias. Cuando amanece vuelvo a comunicarme con Beatriz: «Necesito cuarenta y ocho horas más, después de eso tendremos que revaluar nuestro silencio y tomar alguna decisión». Belda no contesta: está sopesando los efectos internos que tendría la novedad; ni se le pasa por la cabeza la chance de hacerlo público. «Veinticuatro horas», decreta al fin, y corta. Pregunto en la proveeduría cómo hago para alquilar un bote o una lancha.
Este mundo es un pañuelo: el patrón perfecto de la embarcación perfecta resulta ser el enano de anoche. No tiene más de veinte años, y mira a través de un mechón rubio. No rechaza la propuesta, aunque la acepta con disgusto, como si viniera envenenada. Maneja una lanchita con motor fuera de borda. Le muestro en el mapa hacia dónde nos dirigimos. «La zona fantasma», murmura, y se encoge de hombros. No intercambiamos un adjetivo mientras atravesamos esa mañana congelada. Se acerca cuanto más puede al mirador y me espera. Nado por ese abismo y comprendo por qué el coche de la mujer se perdió durante diez años: es una zanja de dimensiones oceánicas. La recorro en diagonal, filmando los rincones y deseando con todo mi corazón lo que en realidad no quiero: comprobar que allí duerme para siempre aquel viejo entrañable que me enseñó tantas cosas. Estoy impaciente porque termine la incertidumbre, pero una parte de mí pretende al mismo tiempo que las teorías catastróficas resulten totalmente inexactas y que alguna vez Romero y yo nos caguemos de risa de todo esto.
Más tarde la lanchita encaja en la playa, que es diminuta, y yo buceo por el bosque sumergido. Es un laberinto de árboles de hasta treinta metros, con sus copas frondosas que reviso linterna en mano. La sensación es parecida a volar sobre un monte de cipreses, rodeado de peces azulados en banda. Es un gran misterio por qué razón ese bosque no pertenece a los circuitos oficiales; tal vez porque hay mejores, y porque la maldición del lago pesa sobre los lugareños como un mal augurio. Como sea, acá tampoco hay novedades, así que emerjo y le pido al petiso que me lleve quinientos metros más allá, al centro del lago, donde aquel botero descubrió por casualidad la carrocería hundida y el cadáver de la dama. El petiso cumple la consigna sin hacer la mínima disquisición, más serio que payaso en velorio. Y cuando bajo de nuevo creo percibir un guiño metálico, como si un rayo solar hubiera rebotado en algún objeto que hay enterrado en la arena. Me doy vuelta y regreso por donde venía, pero más lentamente, hasta que de pronto siento de nuevo el relumbrón. Me acerco con palpitaciones al brillo y toco esa breve saliente. Dios mío. Es, efectivamente, el ángulo de una chapa, o algo por el estilo. Saco el puñal y comienzo a remover la arena. Lamento no haber traído una herramienta, pero escarbo con la mano abierta y con el cuchillo. Me lleva un buen rato darme cuenta de que no es un auto, sino una moto amarilla. No vale la pena seguir cavando; algún chico listo habrá denunciado el robo para cobrar el seguro. Ya saben, cualquier cosa se pierde por diez años en «la zona fantasma». Desanimado y un poco fatigado por la excavación voy subiendo y al salir me desconcierta no encontrar la lanchita.
Ni en los alrededores ni en las inmediaciones, ni hasta donde alcanza mi vista.
Reputeo en todos los idiomas, mientras me mantengo a flote. Después decido no perder una gota de energía, muerdo de nuevo la boquilla y nado pecho hacia la costa, con un avance lento y pesado. Por momentos, me impaciento y evalúo deshacerme del tanque y bracear con libertad, pero tomo el sacrificio como un reto personal y como un castigo por mi idiotez, y sigo adelante sin abusar del oxígeno y pensando que la broma tal vez hubiera ahogado a un buzo sin experiencia en aguas abiertas. Toco tierra firme en una playa silvestre y me tomo unos minutos para recobrar aliento y fuerzas, luego me quito las patas de rana y camino descalzo entre matorrales. Enseguida salgo a un claro, y más tarde a un sendero que me lleva a una loma. La trepo con dificultad y desemboco en una traza de tierra, y todavía más arriba en la ruta de circunvalación. Deambulo por la banquina dos horas sin cruzarme con un maldito coche, y cuando empiezo a hacer dedo me pasan por al lado como flechas, sin siquiera bajar la ventanilla.
En una hondonada encuentro a un leñador, que se conduele. Lo sigo en fila india por una senda llena de ortigas y me ofrece en su casa modesta agua oxigenada, algodón y teléfono. Me curo las plantas de los pies, que están un tanto castigadas, y pido un remise, que tarda cuarenta minutos y me devuelve a la hostería. La paisana me ve entrar disfrazado con mi traje de neoprene, y aun así no se inmuta. Le doy un billete al remisero, me ducho y me acuesto, y me quedo frito: resulta tan larga la siesta que cuando despierto está anocheciendo en la ventana. Me reporto entonces a Palma, que ya andaba un poco preocupado; me visto y pido una tabla de ahumados y un vodka con hielo y limón en el restaurante alemán. Estoy famélico. Le pregunto al muchacho de la caja por sus tres patoteros. Me sirve el segundo vodka con expresión adusta. Retrocede hasta la caja y sigue con su tarea de barman, pero al rato vuelve y me ofrece un consejo fraternal. Que no me meta con los pajeros, tienen antecedentes penales.
Trato de tirarle de la lengua, pero no cae en la tentación; retrocede de nuevo y se mete en su mundo.
Los pendejos no fallan, caen a las diez para jugar a los dardos. Llegan de buen humor empujándose unos a otros, pero se quedan tiesos al verme de pie, junto a la barra. El petiso está pálido, y parece esconderse instintivamente detrás de los rugbiers. Les estoy sonriendo como al final nos sonreía Joe Frazier. El líder, que siempre debe dar el ejemplo, se recupera y me encara: «Qué», escupe, y a continuación completa: «Qué, ¿sos malo, vos?». Efectivamente, tiene voz de pajero, y veo que se pone de costado para ofrecer menos blanco y para preparar un golpe. «Malísimo —le digo mirándolo a los ojos—. Soy malísimo». Un vago que se metió en algunos líos y que tuvo suerte en peleas callejeras, secundado por dos aspirantes a pandilleros con muchos humos y pocas agallas. ¿Estos infelices se cargaron al Gran Jack? Me sigue pareciendo imposible. «Te espero afuera», le agrego despacito y le doy la espalda para ofenderlo. Lo necesito en la calle. Pero no llega solo, ni esto va a ser a mano limpia: saca del cinturón una navaja Magnum y me larga una estocada sin pérdida de tiempo. Es tan torpe que no tengo mucho mérito: lo desvío con la izquierda y le doy en la garganta con el canto de la derecha. La cabeza se sacude y él comienza a girar como una gallina clueca, y yo lo acompaño en esa media vuelta sujetándole el brazo contrario y dejando que el cuerpo se desenrosque y se vaya desplomando. Pero cuando llega al piso no lo perdono: le pongo un pie en el hombro y fuerzo la llave hasta que se producen a la vez el crujido de huesos y el grito ahogado. Es un procedimiento básico que perfeccionaron las fuerzas especiales rusas. Ahora el pendejo tiene el brazo partido, está llorando de dolor y no ofrece ninguna resistencia: le quito la navaja y se la arrojo a su compañero. Pero el otro rugbier está tan galvanizado por el susto que la deja pasar y echa a correr. El enano intenta hacer lo mismo, pero quedó acorralado contra el muro, y en un instante lo tengo agarrado por el cogote. Le presiono con dos dedos la parte trasera de la quijada, justo debajo del lóbulo de la oreja: el dolor suele ser tan agudo que quita el habla, así que cuando le saltan las lágrimas debajo del mechón rubio, aflojo un poco para que no le dé un paro cardíaco. ¿Quién, cómo y por qué? Apenas puede pronunciar el nombre de Sosa. Vuelvo a meterle los dedos, ahora entre la clavícula y la escápula. Cae de rodillas, y me jura por Dios que no sabe qué le pasó a Romero. Dealers y rateros de pueblo con protección del señor principal. «No me gusta ese metido, que se vaya rápido», les deslizó. O algo así. Me pregunto ahora si Sosa es un adversario digno del Gran Jack.
Tampoco eso me cierra. Pero en la 4×4 llamo a Palma y le ordeno que busque los antecedentes del rati. Al hacker lo acomete entonces una ocurrencia: «¿Pensás que puede ser el buchón de Romero y que todo esto fue una trampa?». No, tampoco esa novela me convence. A las dos de la mañana, la Cueva ya obtuvo su expediente policial: Sosa tuvo una carrera mediocre, y hace dos años estuvo diez meses bajo investigación de Asuntos Internos por un vínculo comercial con un desarmadero. Tengo dos alternativas: buscarlo a Sosa y plancharle los huevos, o probar con las sugerencias satelitales.
Elijo las inmersiones a la paliza, y empiezo por el punto geográfico más alejado e ilógico. Es un promontorio escarpado, de difícil acceso y con una caída vertical, pero a treinta metros tiene unos escalones de rocas prehistóricas que se hunden en el lago y que me permiten una aproximación oblicua. Me asombra una olla borrosa y opaca por la que bajo despacio, moviendo a uno y otro lado la linterna. Me consuelo pensando que todavía me queda una segunda oportunidad, veinte kilómetros más hacia el oeste por la ruta de circunvalación. Pero de repente la Toyota Hilux se materializa ante mis ojos. Es una visión fantástica y horrible, surge de la oscuridad como un enorme tiburón blanco y me hiela el corazón y el escroto. Por absurdo que parezca me encuentro con el puñal en la mano, y tomo un poco de distancia como si quisiera evitar ser devorado por ese escualo metálico que reposa en el fondo de la roca, metido de punta en una grieta, volcado hacia estribor y con las puertas cerradas. Exhalo bocanadas de burbujas de pavor y muerdo la boquilla hasta que me duelen los dientes. Miro todavía alrededor, como si un enemigo agazapado quisiera emboscarme, pero estoy solo y más que solo en ese sarcófago glacial. Ajusto la GoPro y me impulso únicamente con las patas de rana, pendiente de los pormenores, anticipando con la imaginación lo que captaré con la vista en unos cuantos segundos. La realidad no me desmiente. Al pegar la linterna al vidrio veo al Gran Jack sentado detrás del volante y todavía atado con el cinturón. Tiene la cara intacta del color del marfil y los párpados caídos: el interior de la camioneta está lleno de agua, pero los peces todavía no comenzaron a alimentarse. Me agarro del picaporte y tiro con fuerza, pero la portezuela no cede, y entonces rompo el vidrio con un codo, como si quisiera liberar con urgencia a Miguel Marcial Romero de esa prisión indecorosa. Los cristales se astillan y todavía le doy cuatro o cinco golpecitos más para abrir un buen hueco. Bajo la mirada un instante, sin poder evitarlo, y recuerdo al Gran Jack bebiendo su ginebra en el pub irlandés, y después me recupero e ilumino su sepulcro: no hay allí signos de violencia, salvo tal vez por algunas escoriaciones que le aparecen al comisario en la boca, y también por la falta de un dedo meñique, que fue arrancado con una tenaza. Por lo demás, Romero descansa muy digno, con su campera de gamuza marrón y su pañuelo de estanciero. Es una imagen serena y lúgubre a la vez. Le toco el hombro como si pudiera despertarlo, y enseguida le reviso los bolsillos internos y el cinturón: no conserva sus documentos ni la 9 milímetros, pero encuentro su cigarrera de metal dorado y me parece desafortunado no salvar de este naufragio el reloj Longines con pulsera elástica enchapada en oro que heredó de su padre. Guardo los dos efectos y enfoco la guantera y los asientos traseros. Después me quedo cabizbajo, agarrado del picaporte y pedaleando en el agua, tratando de acomodar los sentidos y de ponderar bien el curso de los acontecimientos. No quiero que el Gran Jack permanezca un minuto más en esa catacumba, al alcance de los peces. Pero tengo que dominarme, porque no soy quien toma las decisiones finales. «Tranquilo, Remil, que yo ya no tengo apuro —escucho al viejo, riéndose de mí—. Prefiero este recreo a jugar a las bochas en los costados de la General Paz». Lo acaricio por última vez y subo con lentitud oyendo como en un eco de burbujas su despedida de siempre: «Hice cosas de las que no me siento muy orgulloso». En tierra tengo que tomar aire y descansar un largo rato, como si me hubiera quedado sin oxígeno y sin determinación. Nunca me enoja la muerte, es un defecto del oficio. Y no comprendo muy bien a esos espías de ficción que se mueven por venganza. El comisario y yo sabíamos todo el tiempo cuál era el juego, y también que en esta partida nos tocaba ganar o perder. Nunca conviene ser tan estúpido como para enojarte con tus enemigos.
En el ajedrez de la vida hay que saber tirar el rey y dar la mano. O aplastar al contendiente sin el menor miramiento.
De regreso en la hostería, lo primero que hago es comprobar la filmación del momento, bajarla a un archivo del escritorio y enviársela por correo a Palma con la orden de guardarla bajo siete llaves. Me cambio, aviso a la paisana que me retiro y le pido que me haga la cuenta, y meto el equipaje en la 4×4. Cuando vuelvo a la recepción resulta que está desierta. Prendo un cigarrillo, salgo a la terraza y veo los cerros nevados y la llovizna del horizonte, y pienso qué consejo le daré a Beatriz Belda y cómo reaccionará Leandro Cálgaris. La ejecución del Gran Jack cambia todos los planes, y es necesario reflexionar a fondo sobre sus significados y consecuencias. De pronto oigo un motor y noto que un Land Rover se detiene en la explanada. El mapuche se apea con pereza, se acaricia los riñones y, al verme sobre la baranda, me saluda con la mano en alto. Es un saludo breve y desagradable. El albino también se baja, pero no se molesta en saludar: entra en la recepción, la cruza y sale a la terraza de piedra. Tiene la mirada celeste y roja, un pin con el cóndor en la solapa, y un sombrero de ala ancha que le tapa el pelo blanco. En aquella cacería tuvo la precaución de no abrir la boca. Si lo hubiera hecho, me habría dado cuenta de que es extranjero, aunque no alcanzo a entender todavía en qué país latinoamericano se crio. De todas maneras la frase es corta y no da para el análisis lingüístico: «El señor Jalil lo espera en su estancia —dice con ritmo telegráfico—. Solo le pide que nos entregue gentilmente las llaves, el celular y la Glock». La alusión a la «gentileza» me causa gracia. Definitivamente, no es chileno. A lo mejor es mexicano. De Tijuana o de Sinaloa. Le alcanzo la Glock, las llaves y el celular sin la batería, para que vea lo gentil y dócil que me encuentra esta mañana. «Al señor Jalil y a mí nos gusta muchísimo conversar», le digo. Salimos juntos al ripio, y el albino le cede las llaves al mapuche. Vamos en caravana: el jeep adelante y la 4×4 atrás.
El albino maneja en silencio mortuorio, y yo voy a su lado contemplando la carretera secundaria, que es angosta y está sombreada por más pinos y más cipreses. El cielo se pone negro y la garúa se transforma en una lluvia potente. El albino enciende el limpiaparabrisas y los faros, y avanza sin música y sin palabras por ese camino que desembocará en la tranquera sur. Que se abre a una huella de lodo nuevo y a un monte más enmarañado. Cuando divisamos el apostadero la lluvia ya amainó, y el olor a tierra húmeda da ganas de vivir. Jalil sale de la casucha de ladrillo, frente a la aguada artificial, y baja el terraplén vestido con su ropa de fajina. El mapuche se adelanta con una Bersa Thunder mientras el albino se entretiene en el baúl del Land Rover. Me llaman la atención dos cosas: una fosa abierta a veinte metros y el cuerpo de un animal que alguien abandonó en el borde. «Un funeral», digo para alegrar el ambiente. El Turco sonríe pero no me abraza; me ofrece un habano. Le agradezco pero rechazo el convite. No es un ciervo, advierto ahora: es un jabalí. Hay una pala clavada en un montículo; una tumba a medio terminar. El albino recupera posiciones. Trae el Winchester de Jalil y se coloca en un lugar estratégico desde el que podría fusilarme con rapidez. La manera en que porta y manipula el rifle me convence de que es un experto y de que a esa distancia no le haría falta un segundo disparo. El Turco se inclina, no obstante, por una charla civilizada.
—Quise arreglar todo esto por las buenas —ratifica, y se acaricia la anchoa sobre el labio grueso—. Que laburaras con nosotros, que el comisario tuviera un conchabo. Somos colegas. Y yo soy hombre de códigos.
Recién entonces enciende el habano y aspira el humo. Después se saca una hebra de la lengua y agrega, muy a su pesar:
—Ahora bien, todo esto es una cagada. Una gran cagada.
Se pasa los dedos por el pelo abundante y gris; no puede confrontar el fondo de mis ojos. Cuando un sujeto tan peligroso te habla y te habla, y no es capaz de sostenerte la mirada, tenés que sacar una sola conclusión: está a punto de matarte. Lo novedoso es que no se jacta ni de su superioridad ni de su sangre fría. Al contrario, parece realmente apenado por este fatal descarrilamiento.
—Romero me caía bien, en serio: era del palo y contaba anécdotas tan divertidas —dice como si lo extrañara—. Me contó aquella idea de enterrar el fiambre y poner arriba un animal para engañar a los perros y desanimar a los rastreadores. Muy ingenioso.
Miro de nuevo la fosa, el montículo, la pala y el jabalí.
—Pero pisó la baldosa floja, hermano —se lamenta, y entonces tose como si le dolieran los pulmones—. Una cosa son los papeluchos y otra conseguir un testigo protegido. Eso mis patrones no lo perdonan.
Unos goterones regresan para acribillarnos pausadamente, con desgano: uno acá, otro allá. Pero son balas heladas y punzantes. El Turco levanta la vista y estudia las nubes.
—¿Farrell y Cerdá? —pregunto.
—Farrell no es una lumbrera —descarta, y chasquea la lengua—. Duerme, y así debe seguir. Al líder se lo cuida, no se le filtran los problemas.
Asiento con la cabeza. Jalil y Cerdá conseguían el financiamiento y se fueron quedando con mucho más de lo que les correspondía. Se les mezclaron los bolsillos. Pasa muy a menudo. Por eso no alarmaron a Farrell con la investigación del Gran Jack. Si hubieran hablado con el gobernador, el boludo de Farrell se habría quejado con Belda. Pero eso no pasó por una sencilla razón: porque implicaba confesarle al jefe que lo habían caminado.
—Ni Cerdá ni yo decidimos esta clase de medidas —dice el Turco, y por primera vez me dedica una mirada franca—. Este negocio es el mundo del revés: empezás como socio y terminás como empleado.
Puedo oler su tabaco y apreciar su aspecto fúnebre. No hay el menor indicio de sarcasmo; parece incluso que está tratando de convencerse a sí mismo, o que está justificándose ante Dios o la Historia. Estoy seguro de que Jalil ha tenido que liquidar a varios tipos durante estos años de poder y de sótanos, por eso me llama mucho la atención que esté tan tocado y locuaz.
—Para mí es un error garrafal —me explica sin elocuencia, frotándose el pin con la manga de la chaqueta camuflada—. Pero ellos están lejos y en el fondo no entienden de política. Siempre se puede frenar una guerra, no hace falta agarrar para el lado del tremendismo. Pero tienen una cultura del escarmiento, son impulsivos y muy poco flexibles. Además, suponen que la Beatriz no va a romper una lanza por ustedes. Claro, su cliente quedaría salpicado. Y una cosa es la interna, y otra degollar a la gallina de los huevos de oro, ¿no?
Observa con curiosidad la brasa del cigarro y se rasca una ceja recargada como si le doliera la frente.
—Aunque con esa bruja nunca se sabe —suspira, y le pega el último chupón al cigarro—. Hace rato que preparo un retiro forzoso, Remil, pero evidentemente hay una diferencia entre planearlo en el papel y tener que llevarlo a la práctica. Borrarse —dice, y se detiene como si estudiara el significado real de esa palabra—. Quién sabe si hay vuelta para mí.
Está triste, tiene una nostalgia anticipada de su destierro. Es el fin de una era, casi me dan ganas de compadecerlo. Deja caer el habano y lo aplasta escrupulosamente con su bota. Después da unos pasos y me ofrece la mano abierta. Veo por el rabillo del ojo que el albino levanta el Winchester a la altura de la nariz y me apunta.
—Somos soldados, Remil —dice el Turco—. Y al final del combate, poco queda más que esta mierda.
—¿El honor? —me río.
—La cortesía profesional.
Le estrecho la mano, que es firme. Al mínimo tirón, su francotirador me vuela la tapa de los sesos. Cuando Jalil me suelta, se siente en la necesidad de aclarar una última cuestión:
—Pero en tu caso, hay algo más, y es importante que lo sepas. Quieren hacerle un regalo a Belisario, que sigue preso y muy deprimido —Jalil parpadea, y vuelve a parpadear—. Una gran cagada, ya ves.
Las nubes rugen, pero no hay todavía truenos y la lluvia sigue pegando de manera aletargada. El Turco me sobrepasa por la izquierda para no entrar en el campo de tiro del mapuche, que balancea su brazo armado, y después le hace una seña al albino, que baja el caño y le lanza el llavero del jeep. Jalil lo atrapa al vuelo y sigue andando por el terraplén. Imagino que abordará el Land Rover y cruzará en avión a Santiago, que se perderá en la niebla y que sus verdaderos patrones lo protegerán un tiempo, y lo destinarán a otras tareas en otras latitudes.
Jalil es mano de obra calificada, nunca debería faltarle trabajo. Sin embargo, ¿considerarán sus patrones internacionales que esta salida es un repliegue cauteloso o una derrota? Y si es una derrota, ¿resultará perdonable? Si yo fuera Jalil no dormiría en paz hasta ver qué clase de recepción me espera en el dorado exilio.
Todavía escucho su voz, aunque más lejana, diciendo que el baqueano tiene orden de no venir a molestar, y que no se olviden de vaciar mi 4×4: se la prometió a Sosa, que tiró la bronca por haber desperdiciado la Hilux. Luego todo vuelve a quedar en silencio; solo se siente el repiqueteo de las gotas, a ritmo creciente. Creo oír también el rumor final del motor del jeep, aunque de un modo muy apagado. Ahora sí truena, y el mapuche se acerca por detrás y me madruga con un culatazo en la coronilla. Caigo de rodillas y él sigue caminando y se planta a diez metros de la fosa. Es un golpe de ablandamiento. No llego a ver las estrellas, pero el dolor me aturde. El albino mueve el rifle y me sigue atentamente mientras me incorporo con pesadez y avanzo hacia la tumba. Está lloviendo con fuerza, da pena tener que morirse en este paraje del fin del mundo.
El mapuche balancea la Bersa Thunder, en el flanco izquierdo, mientras el albino se acerca por la derecha al montículo y agarra la pala mágica con una sola mano.
Pero la pala pesa demasiado, y se ve obligado por un instante a colgar el Winchester del hombro. Más cómodo, me arroja la pala como hace unos minutos le arrojó a Jalil las llaves del Land Rover. Pero yo no alcanzo a atraparla al vuelo. Recuerden que estoy atontado por ese culatazo traicionero. Me agacho entonces a recoger la herramienta y juego la última carta. Todo al as, damas y caballeros. El Smith & Wesson de la tobillera sale limpio; en ningún entrenamiento conseguí tanta velocidad. Es la velocidad del miedo. Disparo dos veces sin apuntar, al bulto, y el mapuche se sacude y empieza a caer. No termino de comprobar qué grado de efectividad tuve: giro rápido y vuelvo a apretar el gatillo. Tampoco sé dónde pega el proyectil, tal vez en la culata de su 7 milímetros pero lo cierto es que ya sea por el impacto o por el cagazo, el albino trastabilla. Cuando levanto el 36 para rematarlo resulta que explotó un fulminante y se trabó el tambor, algo rarísimo de ver en un revólver relativamente nuevo y bien cuidado. La puta madre que lo parió. Agarro la pala para romperle la crisma al señor del Winchester, pero me doy cuenta de que no voy a llegar a tiempo. Nos separan veinte pasos y el albino está recuperando la vertical; en segundos pondrá rodilla en tierra y me meterá un balazo en la barriga. Tengo mucha experiencia en estos asuntos como para saber que es más negocio correr en zigzag por el terraplén y encomendarse a la Virgen de la Candelaria.
Rajo como un demente, tropiezo y ruedo y sigo corriendo, mientras oigo el silbido de las balas en medio del silbido de la lluvia y el tronar del cielo. En un lateral del terraplén hay otra pendiente de lodo, un tobogán breve que me saca de la mira telescópica y me interna en el follaje. El albino me persigue y me dispara desde lo alto, pero yo me refugio en unos troncos y cambio bruscamente de dirección para confundirlo. Se han invertido los roles: ya no soy el cazador, ahora soy el ciervo. Eludo un claro y me meto por un ramaje tupido con un suelo resbaloso y tapizado de hojas. Avanzo agachado tratando de confundirme con la vegetación y buscando la densidad del bosque para esconderme. Todavía cargo con la pala, que puede ser utilizada como arma blanca, pero que pesa una tonelada y es un lastre. Aguanto la tentación de deshacerme de ella, y comienzo a arrastrarme por la tierra, los músculos en tensión, el corazón a mil y los oídos atentos. La lluvia es un concierto que protege a mi enemigo: puede estar a derecha o a izquierda, y tranquilamente me puede tener en la mira. No hay forma de saberlo hasta que haga un movimiento, produzca un ruido o me clave un balazo. Avanzo con los codos y las piernas, embarrándome la ropa y la cara, hasta las raíces expuestas de un árbol colosal. Me quedo todavía unos minutos midiendo los riesgos, y al final me incorporo y me precipito por la ladera de un barranco. Vuelvo a sentir entonces el zumbido del plomo, pasándome a centímetros, mordiendo una corteza, rebotando por la mañana. Es un trayecto de pánico, una verdadera lotería. Bato el récord de los cien metros llanos y me tiro de cabeza en un fondo enmarañado que me raspa los brazos y me hiere la mejilla. Estoy empapado, sangrante y sin aliento, y a pesar de la adrenalina siento por primera vez el frío.
El cielo se puso totalmente negro, y parece que estuviera anocheciendo en el monte cerrado. Cambio de rumbo, marcho al trote, escondiendo la cabeza entre los hombros, y en algunos tramos me acuclillo y avanzo como un pato. A quinientos metros diviso un tajo en el monte, y presiento un arroyo. Compruebo al acercarme que fue un buen pálpito, y me acovacho en una madriguera improvisada entre los arbustos. Debe hacer ya una hora y media que jugamos al gato y al ratón, y tengo la boca seca y una sed arrasadora. Oigo el agua que baja caudalosa, y pienso que el albino no tuvo tiempo de cargar cantimplora ni mochila. Recuerdo a mi antiguo instructor de Campo de Mayo, su malhumor, su ingenio y su sadismo, y examino a mi alrededor en busca de una rama fuerte.
Siempre hay alguna, pero no puedo hacer ni un chasquido, así que me quedo en el molde. Supongo que el francotirador no sabe exactamente dónde me encuentro, pero tiene la certeza de que no andaré demasiado lejos del arroyo.
Debe estar apostado en alguna esquina de aquel rectángulo, esperando que su presa tropiece y se haga visible. A lo mejor se esconde más cerca de lo que imagino: el bosque es tan espeso en esa zona que podemos estar tumbados como dos boludos a veinte metros sin darnos cuenta.
Pasan cuarenta minutos más sin que ninguno mueva una ficha, y entonces el cielo me hace una gauchada: relampaguea y a continuación desata truenos rotundos, más ensordecedores que los anteriores, uno detrás de otro como salva de cañonazos. Aprovecho la ocasión celestial para quebrar la rama elegida y sacarle punta con un golpe seco del filo de la pala. «Hacé lo que puedas, con lo que tengas, en donde estés», dicen los marines. Regresa el diluvio y abro la boca para recibir con la lengua de trapo las gotas congeladas. Es una tortura no poder saciarse a pleno, pero esos pocos chorritos me llenan de energía. Sé que se trata de un chaparrón, y que volverá a escampar muy pronto: atravesamos uno de esos días caprichosos donde la lluvia se vuelve pesada pero intermitente. Necesito que regrese el silencio y una cierta visibilidad. Se trata de una táctica arriesgada, pero si sale mal no estaré mucho peor. En este día destemplado, no tengo casi nada que perder, salvo el pellejo.
La metralleta del aguacero no pasa de quince minutos, pero después se entretiene un buen rato con una llovizna todavía estrepitosa. Me paso todo ese intervalo calculando los desplazamientos y las contingencias: qué fácil resulta en los manuales de la infantería y en las maniobras de combate nocturno; qué azaroso y difícil a plena luz del día y en la pura realidad.
Por fin deja de llover y el bosque se sume en un extraño sosiego. Recuerdo los prefacios de Monte Longdon, la calma que precedía a la tormenta. Corro agachado otros cincuenta metros, tomo carrera y lanzo la pala como una jabalina de competición. Describe una curva perfecta y rebota ruidosamente contra las piedras de la otra orilla. No me preocupo por agacharme esta vez, reviso la espesura para detectar el lugar exacto desde el que partirán los disparos. Que son finalmente tres o cuatro, y caen en la otra margen del arroyo, como si yo permaneciera acurrucado en aquella inminente franja de árboles y espinos que crecen enfrente. El albino está parapetado a babor, a unos ochenta metros y en una zona alta. Tan ensimismado que al principio no me oye ni me ve llegar. De repente un instinto animal, sin embargo, le advierte el engaño y el peligro, gira medio cuerpo, deja caer el Winchester y saca mi Glock. No soy un blanco fijo, así que dispara como un histérico en diferentes direcciones. Está cagado en las patas. Aprieta el gatillo sin ver más que plantas y siluetas. «Nada en la vida es tan estimulante como que te disparen y no te acierten», reza un adagio de las tropas especiales. Le cuento mentalmente las municiones como un árbitro cuenta el nocaut, y cuando se le acaban no le permito que pueda recargar: salgo de atrás de las sombras, le rodeo el pescuezo y lo ensarto. «Una sola cosa le he pedido a Dios, una nimiedad —dicen los comandos—. Señor, haz ridículos a mis enemigos. Y Dios me lo ha concedido». La rama en punta que me enseñó a fabricar mi antiguo instructor atraviesa la garganta del albino sin quebrarse, y lo deja boqueando un grito o un vómito de sangre, con los ojos grandes como tetas. Lo suelto y me aparto. Todavía se mantiene en pie, incrédulo de su mala pata, y comienza incluso una marcha bamboleante. Pero enseguida cae de rodillas y se va de bruces. Queda un proyectil en el Winchester: lo remato para que no resucite ni sufra.
Siento, como de costumbre, la euforia del sobreviviente pero no pierdo un segundo en regocijarme ni en pensar en el sentido último de la existencia ni en ninguna otra huevada al uso: recupero mi Glock vacía y le reviso al finado la ropa en la esperanza de que calce su propia pistola, pero no encuentro nada de valor que no sea su billetera: tiene un documento argentino, pero también un deslucido carnet de socio del Club de Fútbol Monterrey. Lo despojo de la campera para darme más abrigo, guardo lo útil, recojo todas las vainas que encuentro, me cruzo el rifle en bandolera y bajo hasta el arroyo para beber con las manos juntas y lavarme la cara; también para recobrar esa pala mágica. Sigue garuando y me acosan los escalofríos. Tengo buen sentido de la orientación, así que vuelvo sobre mis pasos y en terrenos más elevados descubro dónde está el apostadero y dónde quedó el arroyo: con eso puedo hacerme un mapa mental, detectar atajos y cortar camino. El bosque está mudo y sin colores, y el cadáver del mapuche no presenta novedades, aunque se ve que el tipo todavía se arrastró unos metros antes de agonizar boca abajo. Observo el Smith & Wesson con rencor; en circunstancias normales ese revólver perfecto jamás habría fallado. En la casucha de ladrillo encuentro unos guantes de cuero para deportes rudos y me los pongo para devolverles un poco de calor a los dedos y para no dejar huellas.
Me caliento una sopa instantánea, resisto la seducción de la cerveza de la pequeña heladera y lleno un termo entero con café de filtro, que me hace recuperar los signos vitales. El freezer contiene distintos cortes de carne, y en la parte trasera de la casucha encuentro un mameluco y lo más importante: una carretilla. Bajo con ella el terraplén y la subo a la 4×4. De la guantera extraigo las dos piezas de mi celular, que mantengo apagado, y un cargador lleno, que encajo en la Glock; se me pasaron el frío y la angustia. Manejo con serenidad por sendas angostas hasta donde el monte me lo permite; a partir de allí vuelvo a caminar con la carretilla a cuestas y tardo más de la cuenta en alcanzar al arroyo.