La herida
X. La zona fantasma
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El albino pesa mucho, y es un tormento cargarlo por esas subidas y bajadas, y con ese terreno poceado e irregular. Dos veces se me resbala, y me hace reír: todo es aproximadamente cómico. Al final lo cargo en la camioneta, lo llevo hasta el refugio y lo acuesto amorosamente junto a su compañero. La garúa terminó, y me parece que hasta podría salir el sol de un momento a otro. Me pongo el mameluco y saco con un balde el agua de lluvia que se acumuló en la fosa. Enseguida comienzo a cavar para agrandar el hoyo mientras escucho las moscas y las avispas haciendo barullo alrededor del jabalí. Abrir un agujero que pueda recibir a dos hombres maduros y a un animal gordo no es joda. Me recuerda los tormentos de cavar en serie pozos de zorro en la tierra dura que rodeaba Puerto Argentino. Transpiro como un cerdo en esa tarea con garra, y solo me detengo tres veces para juntar fuerzas. Un sol tardío me fustiga cuando menos lo necesito.
Pero la droga de la adrenalina es muy poderosa, y entonces sigo adelante como un autómata. Únicamente cuando los bordes me sobrepasan, cancelo la excavación, trepo y salgo de la tumba colectiva. Levanto con mis dos manos el cadáver del albino y lo arrojo al fondo; hago lo mismo con el mapuche.
Limpio con un trapo las huellas dactilares del rifle y también lo suelto en esa boca oscura. Más tarde barro la tierra y les echo no menos de cuarenta paladas encima. Agrego entonces al jabalí: pesa más que el mexicano y cae de espaldas sin una queja. Sigo con la faena hasta que está terminada, y cargo la carretilla seis veces para esparcir la tierra sobrante por los cuatro costados. Cuando la obra ha finalizado intento mirar con ojos objetivos el lugar, y todavía realizo algunos retoques y reúno todos los casquillos. Nadie podría sospechar que allí yacen tres criaturas del Señor, y si los perros olieran la muerte, el desenterrador se quedaría con el primer hallazgo: un animal al que por alguna razón sanitaria o supersticiosa los cazadores no llegaron a quitarle el cuero ni quisieron carnear para el freezer o para regalo. Nada más. Por supuesto que Jalil, si fuera consultado, señalaría de inmediato el punto cardinal, y seguramente lo hará si nota que sus gorilas no dan el parte, o si algún socio lo pone sobreaviso de que algo no salió bien. Puede haber muchas variantes en esta historia: una de ellas es que al final dejen todo como está porque resulte más caro denunciar el doble homicidio de dos personajes sospechosos que tapar la fosa y hacerse los otarios.
Sigo, no obstante, los procedimientos de limpieza sin tener en cuenta las especulaciones. Devuelvo el mameluco y la carretilla a la casucha, ordeno la escena y robo un jabón. Me desnudo y me baño en la aguada, y ya dentro de la camioneta subo la calefacción al máximo, lustro con esmero las botas, doy vuelta el bolso y me visto con la ropa alternativa, que está sudorosa pero tiene un buen lejos. Las prendas de esta operación están desgarradas, llenas de barro y suciedad. Al verme en el espejo retrovisor no me reconozco: soy un negro torvo y endurecido, sin alma y sin imaginación, con una cicatriz rojiza en la mejilla izquierda. Pongo marcha atrás y enseguida cruzo la tranquera sur y salgo a la carretera secundaria. Voy a dar un rodeo espantoso para no regresar a la maldita ciudad del lago y para no entrar de nuevo en el radar del principal Sosa. Manejo dos horas antes de colocarle la batería al celular y llamar a Palma, que ya había avisado a Cálgaris. Significativamente, el coronel se negó a poner en marcha un operativo de rastreo y rescate. El hacker era la única persona en el mundo que estaba preocupada por mí. No quise llamarlo desde la estancia para que en una hipotética investigación no pudieran localizar mi teléfono en la escena del crimen. Una vez más: probablemente, esa investigación no se realice nunca, pero estoy entrenado para no dejar cabos sueltos. En un páramo, armo una fogata y quemo mi ropa; al cruzar por encima de una represa, arrojo el revólver y los casquillos al agua, y cuando el café se termina, abandono el termo y los guantes en el fondo de un container de Vialidad. Me propongo enviar desde la Conejera una encomienda especial con los tanques de oxígeno y pagar por Internet la deuda que tengo con la proveeduría deportiva. Paro en dos estaciones de servicio para cargar nafta y refrescarme la cara, pero no hablo con nadie y no hago ningún alto más. Voy directamente al Hotel Río Azul: a transmitir el informe y a conseguir con urgencia un pasaje a Buenos Aires. Fumo y fumo mientras aprieto el acelerador, cada vez más cansado. Cuando la adrenalina se retira, ya ni siquiera puedo prender un faso: estoy débil e intoxicado. Siento los magullones, los raspones y la aflicción. Comisario Miguel Marcial Romero (retiro efectivo).
La cigarrera, el Longines, ese dolor de garganta que no me deja respirar.