La herida
XI. Todas las sorpresas
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XI
Todas las sorpresas
El ministro de Defensa, en agradecimiento vaya a saber por qué prestación, no ha tenido mejor idea que encargarle a un pintor ignoto que copiara un cuadro de Cándido López: «Después de la batalla de Curupaytí». Cálgaris, profundamente irritado por esa idea de mal gusto, recibió el regalo de metro y medio, fingió agradecimiento y ahora retarda el momento en que deberá colgarlo a la vista de todos en la sala de espera. Las secretarias se ríen discretamente de la situación cuando les pregunto a qué se debe esa torpeza. Llevo treinta minutos aguardando que el coronel termine su conferencia, vía Skype, con un colega francés. Sé que en cuanto pase a su despacho arderá Troya, así que agradezco la postergación de la charla. Por consejo del coronel, Marquís relevó a Sosa, y mandó en su lugar una intervención de cuatro policías y también al Salteño, que se alojó en la hostería y está comisionado para velar porque nadie remueva el cadáver de la Hilux. La tumba del apostadero lo tiene a Cálgaris sin cuidado. El albino resultó ser un tipo con captura recomendada, demasiado notorio para seguir en México.
Los Dragones Mutantes lo trasladaron primero a Chile y luego al sur argentino.
Persona de confianza de hombres fuertes; más un observador en la cancha que un guardaespaldas de Jalil: alguien para monitorear el negocio, una segunda opinión en la primera línea. Al entregarme al albino, el Turco me estaba entregando a sus jefes y desligándose de la responsabilidad final. ¿Sabía Jalil que yo calzaba el 36 en la tobillera? Pienso un rato en esa posibilidad que ahora es altamente incomprobable. Si lo sabía, ¿por qué no me lo quitó? ¿Por cortesía profesional? ¿O todo fue un simple descuido, como tantos que he visto en la vida real, habitualmente muy alejada de esas «perfecciones» de película berreta? Si no fue una negligencia, habría que pensar los acontecimientos de otro modo: Jalil pidió la Glock y el celular porque debía parecer una visita tranquila y diplomática; luego en la estancia se transformaría en un fusilamiento, y ya era innecesario cachearme. Cuando subió al Land Rover envió un mensaje a sus superiores: el albino tiene al pichón. Si algo salía mal, el Turco podía escribir todavía un segundo whatsapp: el albino se mandó un moco. Quedaba exculpado de esa mala praxis. Pero, ¿por qué correr tantos riesgos? «Remil no tiene ningún mérito, doctora —le ladró Cálgaris a BB—. Lo que Remil tiene es más culo que cabeza». Esos ladridos me esperan detrás de la puerta, en este instante crucial de nuestra relación. Llueve sobre mojado, y no ha dejado de hacerlo desde aquel tropiezo en las catacumbas de Italia.
Finalmente, el diálogo en francés termina y una secretaria abre y cierra a mis espaldas. Gira Thelonious Monk, y el coronel está firmando unos documentos.
Me siento en la butaca y veo que lleva una camisa blanca, una corbata roja, tiradores y gemelos. Suena una versión en vivo, así que de vez en cuando se oye cómo la gente aplaude al pianista. Pienso un segundo en la Inglesa, y me atraviesa un raro sentimiento que funde la simpatía con la nostalgia. Cálgaris cierra la carpeta y enrosca con parsimonia el capuchón de su Mont Blanc. No tiene ningún apuro. Se estira hacia atrás y entrelaza las manos sobre el vientre.
Me mira a los ojos y juega con sus pulgares. Es un silencio incómodo, y no sé muy bien qué posición adoptar para que la paliza duela menos. Pasa un minuto entero, y yo carraspeo y me muevo en el asiento como si me picara algo. Desesperado por el vacío, tengo entonces una ocurrencia: saco de los bolsillos interiores la cigarrera de metal y el Longines, y los apilo sobre el escritorio. Eso me permite desviar la vista y concentrarme en ese pequeño monumento de la melancolía. Cálgaris advierte la estrategia, recoge una pipa y la prende.
—Quiero escucharte —dice al fin, y juega con el encendedor.
—Los Dragones —empiezo.
—No, no, los hechos después —me frena—. Ahora quiero escucharte.
Me confunde, trato de no balbucear una idiotez. Muevo las manos, no sé por dónde empezar ni qué se supone que debo decir. Cálgaris pierde la paciencia y retoma la palabra:
—¿Sabés quién tiene la culpa? —hace una pausa larga.
Intento una defensa, me corta en seco:
—No supiste ser un jefe con sentido común, no pudiste cuidarlo a Romero. Era tu segundo, y se te cayó por la borda. Vas a tener que enfrentar un proceso interno, ¿lo tenés claro?
Levanta el dedo índice, asiento con las orejas bajas. Explota:
—¡Sos insostenible! —explota—. ¡Un boludo insostenible!
Por segunda vez en pocos meses veo que rompe una pipa, en esta ocasión contra el filo del escritorio. La madera se astilla, y salta un chispazo. El coronel la empuja adentro del cesto y vuelve a putear. Respira agitadamente, se despeina pasándose una mano por la cabeza. Después abre un cajón y extrae una botella de Etiqueta Negra y se sirve un doble en un vaso cuadrado. Toma un trago para anestesiarse y chasquea la lengua.
—¿Qué querés? ¿Que te felicite por haber sobrevivido? —me pregunta. Su tono es aguardentoso y amenazador—. Todos los años salen pibes de las escuelas de comando y se forman grupos de élite. No necesito músculos, sino materia gris. Y vos para martillo estás viejo, y para bisturí no te da. Hay que aceptarlo. No te da.
Las dos últimas frases ruedan como un susurro, como el principio de una letanía. Bebe para olvidar esa verdad que tal vez le duela más a él que a mí mismo, y enseguida suspira y se estira de nuevo hacia atrás, con las manos entrelazadas alrededor del vaso. Los ojos glaucos pasean por su biblioteca sin verla. Ahora se oye el saxo de Charlie Rouse. El coronel siempre cuenta que Rouse tocó junto al féretro de Monk en los funerales de 1982.
—Nos conocimos en un cine —dice después de un buen rato—. Era una retrospectiva de Peckinpah, y daban «Pistoleros al atardecer». Hablamos luego en el baño, nos gustaban los mismos westerns. Eramos del oficio, nos reconocimos de inmediato, y nos fuimos haciendo amigos. Cuando lo echaron de la cana, le busqué laburo. Era muy bueno. La investigación de los Dragones resultó brillante. Siempre hablábamos de aquella primera película, la impresión que causa volverse mayor y patético. Prometíamos no caer nunca en esa decadencia. A mí manera, yo lo conseguí; el Gran Jack la llevaba como podía. Mirá «Pistoleros al atardecer» y te vas a dar cuenta de todo. No sé si por la acción del whisky, por el saxo de Rouse o por la tristeza del luto, pero lo cierto es que la furia ronca fue evolucionando hacia este tono resignado. No alcanzo a saber qué es peor.
—Marquís tiene un lugar para vos —me dice a continuación, mirando el fondo del vaso—. Te quedás ahí, y dejás la Casita. Van a rediseñar toda el área de Inteligencia en el Estado nacional, aparentemente piensan abrir una agencia federal y me piden asesoramiento: ya no me va servir la fuerza bruta.
No le tiembla el pulso para echarse otro doble; se rasca el bigote amarillento.
Tengo la misma sensación de irrealidad que acusé al encontrarme bajo el agua helada con el cadáver del comisario Romero.
—Quedate en la Patagonia —remacha—. Es lo mejor para todos. Y si la cosa se le pudre a Belda, te consigo algo en una compañía de seguridad. De hambre no te vas a morir.
—¿Me está pidiendo que entregue la Glock y firme el formulario G.? —le pregunto.
—Sin apuro —responde—. A la salida, o diez minutos más tarde.
Decido pasar por alto esta chicana.
—Farrell no sabe nada, le habló esta mañana a Beatriz —le cuento—. El Turco pidió oficialmente una licencia por tiempo indeterminado para viajar al exterior, y Marquís quedó encargado y con poderes absolutos.
—Siempre van a ser relativos —dice Cálgaris.
—Farrell pidió una vez más que el subjefe de la policía siguiera dependiendo directamente de Cerdá —le confirmo—. No se me ocurrió que podría haber una conexión tan directa entre la Gobernación y los Dragones.
—Los Dragones tienen el know how, es una organización mutante —me explica con pesadez—. Belisario fue uno de los socios fundadores. Laburan a escala regional, aunque con negocios en Europa y África. Ahora los cárteles tercerizan algunos servicios, como logística y lavado, porque no daban abasto y cometían muchos errores.
—Estamos en la lista negra —agrego, buscando su complicidad.
Niega con la cabeza despeinada:
—No funciona así.
Necesito llenar los espacios en blanco y todo está perdido, así que hago por fin la pregunta inconveniente:
—¿Nuria sigue viva?
Cálgaris elige otra pipa, la llena de tabaco y la fuma. No puedo evitarlo: el aroma del cherry me recuerda a la Gioconda.
—En realidad, no empezaste a caer en Nápoles, sino cuando desobedeciste las órdenes y te enamoraste de ella —dice sin mordacidad, casi con afecto—. Desde entonces sos una cerámica rota: pegamos las partes pero se te ven las rajaduras. Olvidate de Nuria, como ella se olvidó de vos.
—Tomo esa respuesta como un sí, coronel —le digo, y me pongo de pie—. Fue un honor servir bajo su comando.
Saco la Glock y los cargadores, y los deposito junto al Longines y la cigarrera. Así el monumento a la melancolía cobra otro sentido. Monk está improvisando sobre el teclado; todos sus músicos guardan silencio. Las secretarias me esperan afuera con el formulario G. y con una carpeta que no me detengo a leer. Esta vez no se trata de un simulacro, sino de una desvinculación verdadera. Firmo cinco veces los folios que me ponen adelante, bajo hasta la calle Chacabuco y camino media hora con la mente en blanco. Por fin me siento en la Plaza San Martín a fumar un cigarrillo y a pensar en Nuria. La palabra «enamorarse» me rebaja y me repugna. A lo sumo se podría decir que estuve enfermo por la dama blanca. Muy enfermo. Trato de ver en perspectiva a esa abogada española que vino a instalar un holding y que resultó ser la amante de un capo; una jefa insolente e histérica a la que domar con la pija. Y al final, cómo se da vuelta la tortilla: Belisario extraditado a Estados Unidos y ella presa en Madrid, destruida e irreconocible, jugando con la idea de cortarse las venas.
La DEA nunca informó la situación procesal de Nuria, tal vez porque se transformó en una colaboradora clandestina. Quedó en el limbo, y Cálgaris nunca quiso que yo revolviera esos cajones. Desde entonces, no ha pasado un solo día sin que piense en ella.
Cruzo la avenida Alem y tomo un tren en Retiro. A esa hora los vagones van semivacíos hacia el norte, así que me siento de espaldas a la locomotora para ver cómo el paisaje se me escapa por izquierda. No voy a ninguna parte; solo me deslizo. Comparo, caprichosamente, a Nuria con la Inglesa. Fui adiestrado para vivir en el lado oscuro, y Nuria formaba parte de ese mundo, no trataba de cambiarme ni me hinchaba con los buenos propósitos. En cambio, la Inglesa hacía esfuerzos para sacarme de la letrina, como si estuviera viendo alguna clase de virtud oculta en el héroe infame. Se equivocaba: no hay ninguna virtud, y esa visión me pareció siempre ingenua y soberbia.
También por culpa de Nuria Menéndez Lugo tuve que entregar aquella vez la Glock. Supongo que mi reputación ya estaba terminada entonces, y que pude remontar el desastre con cierto voluntarismo. Aunque, bien mirado, presiento ahora que casi todo fue mérito de Cálgaris: puso mucho empeño en reanimar al muerto; hasta me llevó a la Unidad Antimafia del barrio Prati para lavarme las manchas y ponerme en carrera. Llegó incluso a convencerse de que yo no era un elemento violento y arcaico con un legajo parecido a mi cuerpo, lleno de cicatrices, costuras y tatuajes comprometedores. Un matón de Estado, un quemo en una época progresista donde la opinión pública presiona día y noche para «democratizar» los servicios. Evidentemente, el coronel quiere ser parte de ese proceso modernizador, y entonces yo me convertí en un gran estorbo. Tengo demasiadas causas y sanciones, soy carne de purga.
En Tigre cambio de asiento para ver el paisaje por derecha, e imagino cómo sería instalarse definitivamente en la Patagonia. ¿Cuánto tardarían los jefes de Cerdá en ordenar una represalia? Puede ser, como afirma el viejo, que la cosa no funcione de esa manera, y que los Dragones recapaciten y revalúen la situación.
A veces no conviene echar más combustible a la hoguera, sobre todo cuando sale más barato pactar un precio. ¿Y cuánto tiempo aguantará Farrell arriba del potro, el suficiente como para que Marquís y yo nos apoderemos de toda la estructura?
¿Y será posible reemplazar a Jalil y volvernos insustituibles y permanentes? Me detengo un minuto en Beatriz Belda. Algo me une a ella, los dos somos perdedores del sistema y proscriptos de la política tratando de sobrevivir en el patio trasero. A pesar de la rutina del trabajo y del secreto develado de su intimidad, siento en las entrañas que todavía no la conozco lo suficiente, y que guarda en pasadizos de su cabeza finalidades imposibles de concebir. Que por supuesto Cálgaris ya adivinó.
Me bajo antes y camino hasta mi departamento de Belgrano. Necesito acostarme, tengo la fortaleza de una anciana de noventa años. Pero no puedo dormir ni levantarme, así que arrastro conmigo una botella de vodka y me dispongo a embriagarme hasta morir. Sueño que gatillo el Chiefs Special creyendo que su mecanismo volverá a fallar, pero la bala finalmente sale y atraviesa el corazón del coronel. Mientras agoniza, oigo que Cálgaris quiere decirme algo sobre las costumbres de la muerte voluntaria en Japón. Habla de samuráis y kamikazes, y yo empiezo a ahogarme con la garganta cerrada. Al despertar, la asfixia es vívida y real, y comienza por primera vez a dolerme el pecho. Me veo en el espejo del ascensor, estoy morado y tengo mareos, y siento hormigueos en las manos. Salgo a la calle con miedo a perder el control y la conciencia, y me subo a un taxi. Como en aquella madrugada que tanto asustó a la Inglesa, me atienden en la guardia de un hospital, me hacen un electro, me toman la presión, me sacan sangre, y me dejan descansar en una camilla. Cuatro horas más tarde, resulta que se revirtieron los síntomas y que apenas me queda ese puto dolor de garguero. El médico clínico estudia los resultados, me interroga más de lo conveniente, y me receta unas pastillas y una terapia psiquiátrica. No lo mando a la mierda porque soy culpable. La primera pastilla me derrumba, y me tiene veinte horas dormitando y viendo History Channel, donde dan una maratón de documentales sobre Stalin y Mussolini. Vuelvo a soñar, esta vez con el Salón de los Sátiros de la mansión de los búhos, y con los murciélagos modelados en yeso que me sobrevuelan para desangrarme. Recién recupero la lucidez y la energía treinta y seis horas después de haber renunciado a la Casita. Es otra tarde mojada, pero no me importa: desayuno con hambre de lobo y corro quince kilómetros para asegurarme de que soy el de siempre. Luego me ducho, abro los teléfonos y la tablet, y empiezo a devolver correos y llamadas. La más insistente y misteriosa es Maca: quiere encontrarse conmigo de manera urgente; le confirmo que tomaré esta misma noche el último vuelo de Aerolíneas y de inmediato me pone un whatsapp para avisarme que irá a recogerme al aeropuerto. Solo se me ocurre una razón para tanta premura: Cálgaris le pidió que me diera asistencia psicológica en esta nueva etapa. Me gustaría matarlos a los dos. Vacío el frasco de pastillas en la taza del inodoro y armo un bolso de mano.
Maca cumple su promesa: me espera en el hall vestida de rojo y me acompaña hasta el estacionamiento, donde dejé hace dos días la 4×4. Está cubierta de polvo, fue víctima de una tormenta de viento. Enciendo el motor y lo dejo calentar; me bajo, me tiro al piso y estiro el brazo bajo la carrocería hasta dar con el escondite invisible que se abre a presión. La pequeña Walther P99 de emergencia, la segunda opción de los caballeros temerarios, permanece donde la puse: me siento mucho mejor cuando la meto en la cintura. La Gorda me informa, no bien arrancamos, que Palma está en el Chalet. «¿Qué pasa?», le pregunto mirando el reloj. «Creo que encontré algo muy importante —me sorprende, poniéndose el cinturón de seguridad—. Pero necesito que lo veas con tus propios ojos». Le echo una mirada asesina, pero Beatriz le salva el cuello.
Pongo el «manos libres» para que charlemos los tres. La estratega conversó largo rato con Cálgaris, y ha tomado algunas decisiones sobre el caso Romero. El Gran Jack quedó reducido a eso: un «caso». «Y Maca me adelantó que tienen nuevo material de análisis —dice—. Nos vemos mañana a las ocho en punto». No cometo el suicidio de contradecir a la jefa, le llevo la corriente como si supiera a qué material alude y le confirmo la cita. Cuando cuelgo, cubro a Maca de recriminaciones. Pero no se inmuta; tiene cartas ganadoras. «Beatriz no sabe de qué se trata», apenas se defiende, y se quita los anteojos de montura roja. Está tan segura del valor de su baza que mantiene la intriga, aunque sin regocijo ni petulancia, con frialdad científica. Se restriega los ojos, como si estuviera rendida, y me pregunta si es cierto que fui sancionado. Conchuda. Me gustaría echarle una puteada, o al menos, ser capaz de no responderle, pero tengo que cancelar de alguna manera este diálogo. «Algo más que eso», le digo con un ladrido bajo, y pongo a Pugliese. Está tocando «La mariposa». El viento patagónico arrasó con árboles y antenas, y volvió polvorientas las calles de asfalto. Hay poco tráfico, así que llegamos rápido al Chalet, que tiene las ligustrinas castigadas. El grupo de asistentes y sociólogos ya se marchó y solo permanecen con luz dos habitaciones de la planta baja: las oficinas de la psiquiatra y del chico que no tiene vida. Palma, sin embargo, mudó provisoriamente al despacho de su compañera una netbook y dos tablets, y está jugando con ellas sobre una mesita de reuniones. En el escritorio de la Gorda hay fotografías y papers. Palma me ofrece un chupetín de Coca Cola, Maca un café exprés. Acepto un ristretto doble asumiendo que la noche será larga. En todo el Chalet no se mueve un alma, así que el ruido de la cafetera explota como la descarga completa de un FAL en un zaguán vacío. Recojo el ristretto y me cruzo de piernas.
—Bueno —digo—. Y entonces, ¿quién mató a Kennedy?
—Alejandro —responde el hacker, y Maca lo fulmina. Después ella apoya una nalga en su escritorio, con su propio pocillo humeante, y comienza por una advertencia:
—Ya sé que no creés en la astrología, pero dejame decirte que si no hubiera hecho las cartas natales de toda esa familia nunca sabríamos qué le pasó realmente a Carla.
—¿Y qué le pasó, a ver? —sonrío.
Recoge unas hojas de la pila ordenada y las sostiene en el aire con la mano izquierda.
—No solo hice las cartas, sino que fui completando el informe durante todos estos meses. Y te confieso que el resultado nunca era muy satisfactorio, algo no encajaba del todo en el perfil astrológico de Flavio. Me refiero a la idea de que esa personalidad tuviera motivaciones y fuera capaz de matar a la Polaquita.
Ayer agarro de nuevo el informe y empiezo a agregarle nuevos datos, vuelvo a leerlo desde el principio y de repente todo cerraba. Todo. ¿Pero cómo podía ser?
Y entonces, Remil, me di cuenta de que era una boluda, y que me había equivocado de informe.
Maca recoge ahora otro grupo de hojas y las sostiene en el aire con la mano derecha. Parece una hechicera a punto de realizar un pase mágico. Cruza las manos y los papeles sugiriendo un cambiazo, los vuelve a su lugar en una mímica teatral, y después los coloca prolijamente en el escritorio. Recoge el pocillo y le da otro sorbo al ristretto.
—A un descreído y un amargo como vos, esas cartas no le van a decir nada, no te molestes en leerlas —me advierte.
—Son impresionantes —me asegura el hacker, a quien el espectáculo lo arrancó por un rato de las pantallas.
—Este accidente me sacudió: nunca habíamos estudiado en serio la posibilidad de que Alejandro Farrell hubiera matado a Carla. ¡Ni se nos pasó por la cabeza! Flavio era el sospechoso perfecto, mantenía relaciones paralelas con ella e incluso registraba un antecedente violento. Había un testigo en la chacra de al lado que vio su automóvil aquella misma tarde, su propio padre estaba convencido de su culpabilidad y Jalil lo había cubierto con plata, jueces y policías. Alejandro estaba fuera del cuadro: ¿qué pito tocaba justo él en toda esta historia?
—¿Y qué pito tocaba? —le pregunto.
Maca abandona el pocillo vacío y se sienta a la mesa. Derrama sus tetas sobre la tabla y usa sus dedos para enumerar los hechos. De pronto ya no esconde su entusiasmo.
—Cuando releí el perfil psicológico de Alejandro me quería morir. Era todo bastante obvio, si uno sabía dónde buscar, claro. Y nosotros no supimos. Mirá, rebobinemos un poco: la madre es rápidamente abandonada por el marido y se refugia en el menor, se lo apropia, y el mayor sufre ese abandono y toma partido por su padre. Y se entrega a una carrera loca por acumular juguetes: poder, autos, deportes, chicas, y por demostrarle a todo el mundo que él es el mejor de los dos.
—¿Así de infantiles somos los seres humanos? —desconfío.
—Niños celosos en carreras inútiles —confirma—. Porque muchas veces esas madres eligen un favorito más allá de los resultados y se aferran más allá de acusaciones y evidencias, Remil. ¿Vos sabés lo desesperante que debió ser para Junior que todos esos progresos no le movieran un pelo a Delfina, y que Flavio incluso lo despreciara? Terrible. Pero aquí está lo fundamental: el mayor le fue arrebatando todo al menor, durante años. Trabajó de sol a sol para vencerlo en todas las canchas, y al final quiso ganarle también en la cama y con el pene.
—¿La Polaquita se enamoró de Alejandro? —quiero saber, aunque sigo escéptico.
—No creo —descarta, y mordisquea el capuchón de su lapicera roja—. A Carla le gustaba jugar, cruzar los límites. Tuvo un amante a la vista de todos a lo largo de muchísimo tiempo. En algún momento, digamos que esa transgresión dejó de ser tan transgresora. Supongo que un día ligó sorpresivamente con Alejandro y fue una aventura irresistible.
—Garcharse a los dos hermanos —dice Palma—. A espaldas del marido.
—¿Y por qué se la cargó? —pregunto.
—Mi teoría es que a los dos les gustaba jugar al filo, y que ella se fue de mambo —dice Maca—. A lo mejor, quién sabe, en uno de esos tiras y aflojes de las parejas clandestinas, lo amenazó con contarle todo a Flavio. O peor todavía: ir directamente al señor gobernador. Imaginate: casi peor que se te muera una chinita es fifarte a la novia de tu hermano.
—Un sacrilegio —agrega Palma.
—Gancho de derecha en la sien, ¿te acordás? —me pregunta la Gorda—. Un golpe letal. El golpe de un experto en artes marciales al que se le fue la mano. El error de un tipo impulsivo.
Imagino ahora la escena, el gesto aterrorizado de Carla Jakov, la canción de Led Zeppelin que nunca deja de sonar. Y enseguida veo a Alejandro Farrell levantando el fusil, llevándoselo a la cara, poniendo en la mira a la hembra joven y apretando el gatillo. «Un cráter en el pecho», dijo Maca alguna vez. Nada era suficiente.
—Es un buen razonamiento pero no pasa de eso —dictamino para bajarle un poco el copete—. Y acordate de que la señora Burgueño vio el Peugeot de Flavio.
—No era el Peugeot de Flavio —dice Maca, triunfal, y le hace una seña a Palma.
El hacker gira una tablet y me muestra una serie de fotos.
—Las sacamos en el garaje de Alex —me refresca.
Tiene una flota de cuarenta coches: antiguos de colección, deportivos y de competición, alta gama y algunos modelos de medio pelo. Palma toca el zoom y atrae una imagen: un Peugeot 308 blanco.
—Es idéntico —dice, y abre una ventana para mostrarme el auto de Flavio—. Y mirá las chapas.
Las leo con estupor.
—Patentes consecutivas —dice Palma—. Entré en la red interna de la concesionaria. Es una compra que hizo un empresario de la construcción. Un regalo para los dos hijos del gobernador Farrell.
Prendo un cigarrillo y reflexiono sobre el detalle.
—Ya sé que no es una prueba, señor juez —bromea Maca—. Pero al menos espero que lo tome como un indicio vehemente.
—¿Qué más tienen? —pregunto en seco.
—La pintura.
Palma pone ahora en pantalla la obra que Carla Jakov dejó inconclusa sobre el caballete. El ser mitológico con cuerpo esculpido y triangular, y enorme cabeza taurina de rasgos humanos, débilmente esbozados a lápiz y pincel. Palma ingresa en una carpeta: es una galería de fotos de Alejandro Farrell, y retratan sus conquistas deportivas. La mayoría de ellas, editadas en revistas especializadas y publicaciones regionales. Elige dos o tres para traerlas, y colocarlas junto a la pintura. El torso desnudo haciendo pesas, las facciones angulosas en la coronación de un torneo. Palma las superpone y las vuelve a individualizar. Concuerdan de una manera exacta. Alejandro es el Minotauro.
Después de cuarenta y cinco minutos de conferencia telefónica a solas con Leandro Cálgaris, la gran dama sale de su oficina con cara pensativa y acepta un ristretto cortado. Maca trasladó su cafetera hasta la planta alta, Palma instaló su consola en el sofá y yo me puse a hacer carambolas en la mesa de pool. BB no mostró gran sorpresa cuando la Gorda le expuso sus hipótesis; se mantuvo fruncida y grave, un cigarrillo tras otro en la boquilla y muchas caricias maquinales a un mechón de su pelo blanco. Era admirable su presencia de ánimo y la sangre fría que mantenía a pesar de que el Gran Jack apareció muerto y de que se estaba enterando en ese preciso instante de que el hijo mayor de su cliente era un homicida. Al terminar la presentación, me miró en busca de una palabra.
Solo le avisé, a modo de respuesta, que el coronel todavía no había sido informado.
—Tu jefe cree que el Turco lo sabía y le sacaba partido —me anuncia ahora que cortó con La Casita.
—Puede ser —le acepto. Cálgaris parece obsesionado con Jalil.
—Flavio es un estúpido orgulloso —interviene Maca—. Se ofendió tanto por la sospecha que al principio ni se defendía. Luego, aunque aseguraba, siempre altanero y con la nariz para arriba, que era inocente, ya nadie le creía. Salvo su madre.
Recuerdo a Flavio recitando el proverbio japonés de Delfina Maggi: «Al clavo salido le toca siempre el martillazo». Belda mueve la cabeza, como si negara el absurdo.
—Ese orangután la tuvo tan fácil —reflexiona por primera vez, refiriéndose a Alejandro—. No desmintió los rumores ni las suposiciones, ni dijo esta boca es mía. Se plegó al encubrimiento para «salvar» a su hermanito y consoló a su padre. Grandísimo pelotudo y grandísima basura.
—No sé qué está pensando, doctora —le advierto—. Pero si cree que Farrell está preparado para esta verdad desde ya le digo que con esto no alcanza.
—Evidencia circunstancial —completa Palma, con lenguaje de abogado de serie.
—Remil tiene razón —acompaña la Gorda, en un hecho milagroso—. El gobernador está ciego con Alex, es su gran heredero y su hijo maravilla. Hay que andar con mucho cuidado, puede reaccionar muy mal.
—Cálgaris me aconseja ir a fondo —insiste Belda, y de nuevo levanta la vista en mi dirección—. Un chantaje, una cámara oculta.
Me encojo de hombros, trato de no arriesgar opinión.
—¿Se puede hacer? —insiste.
—Lo hicimos muchas veces —se entusiasma Palma—. Necesito dos días, porque tengo que traer desde Buenos Aires a un técnico con equipo especial.
—Y no siempre funciona —le advierto.
—Sugirió también que lo hiciera yo misma —dice apuntándome a la garganta con su boquilla—. Pero soy cobarde para esas cosas. Y además, es más creíble que vos quieras sacarle una tajada.
—No creo que el coronel la acompañe en ese sentimiento —le devuelvo.
—El coronel asesora, las decisiones son mías.
Belda regresa a su oficina como un gato a su canasta, y Palma le escribe al técnico y le da todo tipo de especificaciones. Cuando cierra el chat, me pregunta dónde. Maca propone un territorio que a Junior le resulte familiar y tranquilizador, para que no esté todo el tiempo en estado de alerta. El gimnasio del club, en la sala del ring y del tatami, donde yo practico boxeo y él taekwondo; fuera de horario, para que no haya curiosos acechando la conversación. «Y que te vea desnudo —dice Palma—, así no piensa que estás cableado».
Maca dibuja flores rojas en su cuaderno mientras piensa en voz alta. Recomienda tretas psicológicas, describe los puntos de narcisismo que lo hacen saltar y lo pierden. Vamos con Palma hasta el club Convergencia, le muestro las instalaciones y le pregunto a un personal trainer qué rutinas le convienen a este alfeñique para abandonar de una vez por todas el sedentarismo; luego nos quedamos un rato viendo cómo el profesor de artes marciales le enseña tomas y llaves a dos chicos de la primaria, y cómo un militar le da a la pera loca y una falsa pelirroja de trenza suda y suda lanzándole piñas débiles al saco. Palma toma fotos con su tablet desde todos los ángulos posibles, como si fuera un turista entusiasta y un atleta en ciernes. Le envía al técnico por mail las imágenes para que estudie el ambiente y compre cámaras espías y micrófonos ambientales inalámbricos a tono con el gimnasio. No puede fallar así que utilizará varios dispositivos al mismo tiempo y desde distintos costados: lámparas, toma corrientes, detectores de humo y artefactos diminutos y adherentes de alta potencia.
—Hay un problema —me previene cuando volvemos a la camioneta—. No instalaron cámaras de seguridad adentro, pero hay algunas en la entrada y otras en los pasillos de afuera.
—¿Podés entrar en el sistema y desconectarlas? —le pregunto.
—¿Y qué pasa si no puedo?
—Abortamos. Se termina la función.
—No seamos tan extremistas —bromea—. Sabemos el nombre de la empresa de seguridad. ¿Cuánto puedo tardar en meterme en su server y encontrar los puntos de observación?
—Tampoco esto es un banco. Es un club de morondanga.
No me aparto de Palma ni un minuto durante las horas siguientes. Al hacker no le resulta tan sencillo penetrar los escudos protectores de la empresa, ni encontrar lo que busca. Recién a las seis de la tarde tiene la información y entonces la superponemos con el plano. Podríamos acceder al club por una de las puertas laterales, que está clausurada, y andar de noche por el parque sin entrar en los cuadros. Pero me parece demasiado jugado, así que vuelvo al club vestido para correr, y llevo unas cervezas para los muchachos de la garita. Fumo con ellos un largo rato, charlando de fútbol y de motores; les pregunto si pensaron alguna vez en conseguir un conchabo en la Dirección de Seguridad y les cuento algunas anécdotas desopilantes del oficio. Trabajo para el gobernador, y por lo tanto me tienen simpatía. Además, somos todos camaradas de armas. Me muestran la sala de control, que es bastante rústica, y muertos de risa me cuentan que varias cámaras no funcionan: esto no es Londres ni París, compañeros, es la Argentina. También me dicen que son seis para turnos rotativos y que la guardia es literalmente soporífera porque «nunca pasa nada». De regreso me detengo en la puerta clausurada; solo se necesita una buena barreta. Ahora el asunto parece un poco menos peligroso, aunque nunca es bueno confiarse. Le relato puntillosamente la incursión a Palma y me voy a dormir. El chico que no tiene vida preparará un croquis y un nuevo itinerario, e irá a recoger al técnico a la Terminal de Ómnibus. El club cierra a las diez en punto, así que vamos a entrar recién de madrugada, cuando un vigilador duerma y el otro ande cabeceando frente al televisor. Belda me invita a almorzar en su oficina: hay sándwiches de pollo y ella se sirve un vaso de Talisker. Descubro que está más nerviosa que yo en esta peculiar espera.
—Sé que le tenías estima a Romero —dice, y sus ojos verdes me enfocan—. Y que en la Casita te creen culpable. No estoy de acuerdo.
Trato de hincar el diente en el sándwich, pero una vez más me falta el apetito.
Ella termina el whisky y se sirve otro.
—Nos sentimos seguras con vos —remata entonces.
—Si sale bien, ¿qué podemos esperar de Farrell? —le pregunto para desviarla de ese borde.
—La política es el arte de engañar —me sonríe, con fatiga.
La conversación se acabó, porque ella no quiere ir más allá, y porque yo no voy a discutir a Maquiavelo. El técnico es un batracio de voz finita con pinta de asesino serial. A la hora convenida, bajamos de la camioneta cargados de tres valijas y un bolso. La calle está desierta y oscura, y la puerta resiste la barreta: me lleva quince minutos abrirla sin romperla, y quedo todo transpirado. Palma nos guía por su ruta secreta y nos obliga a avanzar agachados veinte metros más.
El candado del gimnasio está oxidado, pero no ofrece muchas dificultades. La sala destinada a los boxeadores y los karatecas no cuenta con ventanas exteriores, así que se puede trabajar a media luz y con el auxilio de las linternas.
El técnico opera sobre seguro: previamente acordaron con Palma dónde colocarían los aparatos. Tardan dos horas en dejarlos listos, y en realizar algunas pruebas de imagen y sonido. Dos o tres veces apagamos todo y nos quedamos en silencio y en la oscuridad, porque creo oír voces y pasos, pero en cada caso es una falsa alarma, pura paranoia. Salir nos resulta más rápido que entrar: la puerta lateral queda falsamente cerrada. Todavía prueban los equipos dentro de la camioneta y verifican la recepción: Palma está exultante y me jura que tendrá calidad HBO. El batracio encaja con indiferencia el hecho de que su equipo se perdió para siempre: no volveremos a buscarlo una vez que la faena esté finiquitada; lo abandonaremos en el terreno. Leo en la cama un libro sobre la invasión persa de Grecia, en el siglo V antes de Cristo. El desfiladero de las Termópilas, los espartanos que mantienen en jaque al emperador. Es una historia militar, y me resulta un sedante para las incertidumbres de la jornada. «El hombre valeroso debe ser siempre cortés y debe hacerse respetar antes que temer», decía Quilón de Esparta. Duermo ocho horas sin sobresaltos y almuerzo algo liviano pero nutritivo. Llamo a Marquís después de las siete y le pregunto por Junior. «Lo vi por la mañana en la Gobernación y me dicen que ahora está en una unidad básica», responde con exactitud: sabe por Beatriz que es una pregunta importante. A las ocho de la noche le envío un whatsapp al príncipe heredero: «Necesito verte, tema delicado». Media hora más tarde me responde por la misma vía: «¿Qué pasó?». Le escribo rápido: «Vení al club a las diez y media, voy a estar entrenando». Transcurren dos o tres minutos. «Dale», contesta entonces. Salgo temprano porque no me puedo permitir el lujo de llegar tarde.
Les aviso a mis compañeros de la garita que me quedaré después de hora, y que viene el hijo del patrón a charlar y a entrenar conmigo. Ningún problema, colega. Corro en las pistas y después me quito la remera húmeda y me concentro en las pesas. Hay poca gente, y el gimnasio se va raleando hacia la hora final. La sala del ring y del tatami está directamente vacía. Salto a la soga y le pego con placer a la pera fija, vigilando con ansiedad el enorme reloj de pared. Veinte minutos antes de lo convenido llega el Minotauro con su buzo y sus zapatillas, pero por suerte me encuentra en el centro táctico: el saco de cincuenta kilos.
—¿Llegó la hora de evaluarme, maestro? —me desafía, de buen humor: su tono trae siempre esa insolencia de tarambana sin frenos inhibitorios.
—Quería hacerte un comentario —le respondo bajando los brazos.
—¿Sobre el Turco?
—No, sobre vos.
Tiene las manos en la cadera; sus hombros se alzan y su boca se curva en un gesto que puede significar: «Mirá la impertinencia de este insecto». No se oye el mínimo ruido en la sala despoblada. El silencio es tan grande que hasta puedo oír sus muelas rechinando dentro de su boca.
—Qué —suelta, impaciente.
Todavía ajusto un poco los guantines, haciéndome desear.
—Te la cogías y la mataste.
No levanto la vista por tres o cuatro segundos, pero cuando lo hago veo que parpadea sin abandonar su mirada irónica, su mueca de superioridad. Después lentamente mira a uno y otro lado, ya sin el menor rastro de humor, y me pregunta:
—¿De qué hablás, tarado?
—Fue un accidente, no te preocupes —le digo sin sobrarlo—. Un accidente le puede pasar a cualquiera.
Sus manos no están en la cintura; caen a los costados, se abren y se cierran.
—¿De qué hablás? —me increpa de nuevo—. ¿Es una joda?
Nos miramos plenamente a los ojos. Los suyos están trastornados. Es increíble cuánto cambia una mirada la forma general de un rostro: hasta hace un momento, era la cara de un muchacho ganador, ahora mismo es la cara de un abuelo demente. No necesito nombrar a Carla Jakov; solo dejarlo venir. Este deporte es una variación de la pesca de altura.
—¿Quién lo dice? —me reta entonces, mirando de nuevo hacia derecha e izquierda. Está respirando pesadamente, como si hubiera subido cien escalones con una vaca en brazos.
—Tu auto, la pintura, el testigo y muchísimo más —le aseguro.
Muestra los dientes pero tampoco esta vez le sale una risa franca ni genuina.
—Sí, me imagino. Y el juez se va a caer de orto con tantas pruebas, ¿no?
—El juez, no —lo corrijo—. Tu viejo. Cuando el padre de la Polaquita vaya a denunciar a la fiscalía y se convierta en la noticia del siglo. Tu viejo, Alex. Pensalo bien.
De repente le da un ataque y le mete tres piñas a repetición al saco, que se sacude. Es un movimiento tan rápido, que por un instante me pongo en guardia.
Pero la descarga me roza y no me toca.
—¿Qué es esto, un juego de mentira a verdad? ¿Una extorsión? —me grita a cinco centímetros.
La saliva enojada me moja. No pierdo nunca la calma; el saco se bambolea como si tuviera vida. El pibe no puede creer mi desfachatez. Aprieta el puño y se contiene, y vuelve a girar en redondo para ver si hay moros en la costa. Lo piensa todavía un rato: es tan transparente que puedo descifrar el interior de su cerebro hueco. De pronto vuelve a reírse sin ganas y sin aire.
—Andá a la mierda —dice como quien descarta una lata de cerveza o le suelta una pedrada a un perro.
—Me quiero afincar, pibe —le explico, siempre amigable—. Ya soy un veterano y es obvio que acá necesitan a alguien como yo, ahora que perdieron al Turco. Alguien que sepa y que maneje los fierros.
Por primera vez atiende el argumento, porque es práctico y refiere a la codicia. No estamos hablando de sentimientos, sino de negocios fríos. Sus manos vuelven a la cadera. Es increíble lo largo que puede ser un minuto y las cosas que le pueden pasar a uno por la mente. Por cuarta vez comprueba que nadie lo está escuchando, y apoya un pie en un banquito y un codo sobre la pierna. Parece el Pensador de Rodin. Lástima que sus pensamientos son más delgados y frágiles que un cabello de ángel.
—Era una puta y una bocona.
—Ya sé —le confirmo.
—¿Y tu jefa?
—No tiene idea —le juro.
Se acaricia la frente, como si necesitara una aspirina.
—Podrías laburar para nosotros —dice para ganar tiempo—. No sé, tengo que hablarlo con Cerdá. No sé.
—Pero no te confundas, Alex —le aclaro—. El business es con vos.
—¿Y eso qué quiere decir? —se extraña; la arruga de la frente ya es una cuchillada violenta.
—Quiero una prima para entrar.
—¿Una prima? —se escandaliza.
—Cien mil.
—Ay, por favor —niega con la cabeza—. Estás en pedo.
—Tenés dos cuentas en Miami y una off shore en Bahamas por cinco palos, Alex. ¿Necesitás que te dé los números y las claves para operar?
Las recomendaciones de Maca y la inteligencia vacuna de Junior son una fórmula exitosa: ya entramos en otra fase del diálogo, en otra lógica. Tendría que lograr una declaración contundente, pero no puedo forzarla, porque el pájaro es sensible y puede echar a volar ante la menor sospecha.
—Este bardo no le conviene a nadie —se me ocurre—. Tu viejo no puede perder el sillón. No hay ninguna necesidad de cagarla. Y menos por una calentura.
—Exacto, fue una calentura —se entusiasma, aunque amargamente.
Dale, pienso, sonreí que te estamos filmado. Decilo de una vez y con todas las letras: a la morocha le gustaba jugar fuerte y celarme, amenazarme con contarle a Flavio, pintarme desnudo para humillar a Quelo o como broma privada; fumaba porro todo el día, se le soltaba la lengua, me enloquecía; le di una hostia, no quería boletearla, soy víctima de mi propia fuerza. Pero como el atleta no tiene ni siquiera el don de la elocuencia ni de la sinceridad, se queda ensimismado y descompuesto. Apenas repite la misma frase armada que me soltó en plena cacería y que es la autojustificación nacional de todos los culpables: «A mí lo único que me importa es el proyecto político». No puedo preguntarle qué sucedió aquella tarde en la chacra de Carla Jakov porque se supone que yo ya tengo todas las respuestas. Y entonces me come la impotencia de no poder incentivarlo para que se desahogue. Últimamente ando con espíritu derrotista, así que pienso que acabo de fracasar. La rabia es doble cuando uno, que se cree tan vivo, fracasa con un tonto.
—Ahora sí estoy listo para evaluarte —le digo sin pensarlo.
Junior regresa de muy lejos y no entiende qué hora es ni cómo se llama. Le facilito la tarea:
—Tenemos un trato, pibe. Y lo mejor es que no te lleves ese rencor a casa.
Me muevo de costado hacia el tatami, y lo espero dando pequeños saltos de precalentamiento, entrechocando los puños, convocándolo al ruedo para una práctica amistosa. Si fuéramos basquetbolistas o simples jugadores de tenis, la cosa sería más inocua e inocente: un ejercicio de gimnasio antes de las duchas.
Pero se trata de un duelo entre un campeón pujante y un púgil experimentado, entre un asesino y su chantajista.
Alex abandona su pose de falso pensador: está lívido y shockeado. Me mira como si fuera un marciano y tarda un poco en enfocar la realidad, y en aceptar el convite. La reacción, por fin, me causa gracia: le pega un puntapié de pura furia al banquito y lo levanta en el aire. Oigo cómo se astilla al caer, diez metros más allá. Así pueden astillarse los huesos de un incauto que se mete con la persona equivocada. Para no perder un round con un león de las artes marciales es muy importante cubrir bien la zona ubicada bajo el cinturón y proponer una contienda de distancias cortas: suelen ser mortíferos con las piernas y los codos, pero tienen la mandíbula de cristal. Y a este campeón ni los sparrings ni los rivales lo han castigado nunca; es un luchador de salón que pronto extrañará su inmunidad política y su protector bucal. Se descalza, todavía con la mente confusa, y se arrima con voluntad de probar suerte, pero enseguida baja los brazos. «Fue un accidente», repite de manera innecesaria, y por un segundo pienso que rehúye el juego. Pero es una trampa: me tira una patada de frente que apenas bloqueo y que me alcanza en el pecho aunque con debilidad. En lugar de recular, como indica el instinto, avanzo para no facilitarle las cosas y le aplico tres golpes en el torso y en las zonas blandas. Se repliega sin acusar el impacto y prepara una patada circular, pero me le voy encima y le trabajo el mentón. Un gancho de izquierda que lo lastima, seguido de un directo que recibe en el pómulo derecho.
No dejo ni siquiera que trastabille, lo agarro con las dos manos como si estuviera haciendo tiempo en el ring, pegándome a su cuerpo y tan cerca que puedo oler su aliento. No resisto entonces cabecearle la nariz: es necesario aleccionarlo sobre el boxeo callejero, lo necesitará si por casualidad va a parar alguna vez a la cárcel.
Noto en sus ojos que está levemente sentido y lo suelto para retroceder. Pero retrocedo sacudiéndole la barbilla con dos o tres puñetazos más. Como no le estoy pegando en serio, Alex logra conectar una patada lateral que me da de lleno en el corazón, y una circular que apenas contengo cruzando los brazos. Me alejé demasiado, y por ese camino soy vulnerable. Esa lateral consiguió realmente hacerme doler, y un veterano no debe exponerse a esta clase de riesgos. Mucho menos si es posible utilizar trucos que siguen prohibidos en el reglamento. Nos encontramos ya en el terreno del boxeo sucio, así que cierro mi guardia y le doy en el hígado y en el diafragma y en las costillas flotantes. Y cuando intenta atacarme el cuello con mano de cuchillo, me agacho y me cuelo, y le trompeo de costado y desde atrás primero el pulmón y después los riñones.
Ahora sí que me aparto, porque oí sus quejidos y sé que está acabado, y que es posible bailar a su alrededor y lanzar golpes elegantes. Hago todo mi repertorio con cierta comodidad: jab, cross, swing y uppercut. No se crean que esta exhibición dura mucho, apenas treinta y pocos segundos, pero el hocico del Minotauro está cada vez más amoratado y enrojecido. Por supuesto se desploma, porque no es un contendiente de envergadura. Nunca lo fue, y además yo le metí la mula. Es la prerrogativa de los viejos. Junior queda a medias arrodillado, desorientado y sin aire, y me pregunto si tendrá las agallas suficientes para ponerse de pie y arremeter con las últimas fuerzas. Pero enseguida descubro que eso es todo, amigos. Y entonces me aflojo los guantines y le palmeo el hombro.
«Tengo un botiquín en la camioneta, ¿querés que vaya a buscarlo?», le pregunto.
Al atleta le gotean la nariz y la boca; es incapaz de articular una palabra: rechaza la oferta con la cabeza. Le palmeo ahora la espalda con cariño: «Puedo también entrenarte como boxeador —le digo—. Fijate todas las ventajas que tendría este arreglo. Mi sueldo al final les va a resultar una ganga».