La herida
XI. Todas las sorpresas
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Está visto que la tecnología puede transformar un modesto fracaso en un éxito relativo y hasta escalofriante. Beatriz se reúne con todo el material crudo y toma notas y conversa con Marquís; después llama a Palma y le imparte instrucciones precisas. El hacker se sumerge durante unas horas en la isla de edición y se dedica a unir las piezas sueltas, a pegar conceptos remotos, a atenuar diálogos inconvenientes, a cortar excesos de púgil, a distorsionar mi voz y borronear mi figura, y a acentuar frases comprometedoras, como «fue un accidente» o «era una puta y una bocona».
Más tarde tipea parte de la historia, con los retratos de todos personajes de fondo, explicando sucintamente la escena del chantaje, y a continuación escribe sobrios grafs sobre las fotos de la vecina y el Peugeot blanco, y también sobre el Minotauro y la imagen calcada de Alejandro Farrell en cueros. El resultado no tiene ningún peso de ley, pero a propósito parodia sutilmente el estilo «informe televisivo» y es, por lo tanto, un disparo en la frente: el gobernador va a quedar muy impresionado. Mientras tanto, Maca y yo le redactamos un paper aséptico que recapitula toda la experiencia y aclara los últimos descubrimientos. El video y el documento van a parar a tres pendrives, que BB atesora durante la mañana. Pasado el mediodía, ella convoca a todos a su oficina, incluidos sus asistentes, sociólogos y encuestadores. El equipo completo del Chalet asiste a la película final del hacker, que la jefa pasa una vez más en su plasma de 40 pulgadas. Cuando lo apaga con el control remoto, se hace un silencio general. Observo las caras largas y espesas, y prendo un cigarrillo, incómodo con la convocatoria. ¿Y ahora qué?, me pregunto para mis adentros, a la expectativa. Beatriz Belda nos contempla uno a uno, sin adelantar palabra, como si repasara nuestras cavilaciones secretas y como si las estuviera hilvanando para sacar una conclusión única con todas ellas. Luego empuja hacia atrás la butaca, se inclina levemente hacia adelante y apoya los puños en el escritorio. Sus ojos están secos, y a pesar de su baja estatura parece en ese momento una muñeca imponente y maligna. Cuando por fin habla lo hace con toda calma y autoridad, y sin el mínimo titubeo.
—Nos vamos, chicos, levantamos campamento —dice—. Tenemos que actuar rápido y con la máxima discreción. Que nadie hable de esto por teléfono ni por chat ni por mail. No le anticipamos a la familia nada, y no nos despedimos de nadie. Esta madrugada vamos a estar en Buenos Aires. No hay tiempo de destruir papeles, los embalamos en cajas y nos llevamos hasta el último.
»Vaciamos las oficinas y las habitaciones de los hoteles, y no dejamos ni un peine.
»Quiero un camión de mudanzas con canastos y cuatro operarios, y que trabajen por la puerta de servicio. También que contratemos una combi mediana. Salen todos a las diez de la noche. Remil estará a cargo de la mudanza y de la logística.
»El resto del team de la Casita se viene conmigo, y trae su equipo tecnológico.
»Necesitamos alquilar un avión que salga un poco antes, no después de las ocho.
»¿Está claro?
Los presentes se encuentran tan impresionados que asienten como alumnos obedientes de la escuela primaria. Casi todos han tomado nota, incluso quienes no tenían ninguna necesidad de hacerlo. Corre una cierta electricidad por el aire, se percibe que es el instante cumbre de una obra maestra. Beatriz me mira a fondo y se saca el pin de la solapa. El cóndor cae y rebota con un tintineo en su enorme cenicero vacío y transparente. De modo que esta es la gran verdad, pienso. Pero hago de inmediato lo que me está ordenando con esa mirada de punta: me pongo de pie, me arranco el cóndor y lo tiro al cenicero. Como si fuera un rito funerario, todos y cada uno desfilan frente al escritorio, arrojan el pin y salen del despacho a paso vivo. Supongo que algunos pensarán que esta cancelación brusca y esta fuga entre gallos y medianoche se deben al crimen y al asco. Otros, menos ingenuos, reconocerán que los escrúpulos no son el fuerte de Beatriz Belda, y atarán cabos. Nadie, sin embargo, pondrá la mínima objeción ni dirá ni mu: estamos huyendo, y lo mejor es hacerlo a toda máquina y con el pico cerrado.
—Te van a hacer renunciar en breve, resistí todo lo que puedas —le ordena Belda a Marquís sin énfasis, y le pide por teléfono a una secretaria que la comunique con el gerente del Hotel Río Azul. De inmediato atiende por el móvil un llamado de Cerdá y adopta un tono afable y diplomático—. Señor ministro, encantada de saludarlo. ¿Cenamos mañana para charlar esos temas? ¿A qué hora? Perfecto, nos vemos ahí entonces. Que lo pase bien.
—Puedo proveer uno o dos patrulleros para la ruta —dice Marquís.
—No lo creo conveniente —opino—. Los policías no son reservados.
—Algunos me responden, che —se queja de buen humor—. Al lago lo tengo bien controlado.
El lago donde duerme el Gran Jack no está controlado por los canas, sino por el Salteño, que es un perro guardián capaz de mantenerse despierto las veinticuatro horas.
—Con Remil basta y sobra —zanja Beatriz, que vuelve a sentarse y que atiende al gerente de su hotel de cinco estrellas: le cuenta que su amiga asistirá a un festival internacional de cine, donde seguramente le darán un premio, y que necesita mudar todo el vestuario esta misma tarde. El gerente le pone a su disposición dos mucamas de confianza para desmontar la suite de Diana, y también la suya, porque la socióloga le tiene una sorpresa a la diva: la acompañará en este viaje inolvidable. Un imaginario viaje de cuatro días. El gerente promete, por supuesto, secreto total, le encanta ser parte de la jugosa trastienda del mundo del espectáculo. Cuando Marquís se marcha, BB comienza a vaciar los cajones más próximos.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —trato.
—Una sola.
—¿Cuánto sabía Cálgaris?
—¿Desde el principio? —sonríe, y parpadea con una especie de languidez—. Todo.
Nos quedamos unos segundos prendados de esa revelación, cada cual metido en sus especulaciones. Después Belda se repone y me pide que apriete el paso.
Me reúno con sus asistentes personales y verifico cómo avanzan las gestiones.
Ya contrataron el camión, aunque recién están discutiendo el seguro; todavía buscan al dueño de una combi que pueda hacer el trabajo nocturno, y surgen algunos problemas con el alquiler del avión: tal vez haya un taxi aéreo disponible, pero no está confirmado que llegue a tiempo desde el sur. Llevo a Beatriz, cargada con tres maletines y una notebook hasta el Río Azul, y más tarde recojo mi propio equipaje, meto los efectos que quedan de Romero en unas bolsas y acomodo los petates en la camioneta. Ayudo a Maca y a Palma, y a los demás huéspedes de la Conejera a trasladar las valijas y los bolsos al Chalet, y superviso la diligencia de los operarios y los empleados de Belda. Es una maratón de canastos, bultos y cajas, y un apuro callado y laborioso. Todos están serios y nerviosos: una mudanza, dicen los chinos, equivale a dos incendios.
Nadie en la calle parece estar vigilando la maniobra. A media tarde nos confirman el jet y la combi, y encargamos unos sándwiches de miga para la merienda. Cerdá me llama para invitarme a desayunar el sábado, habló con Alex y tiene una propuesta interesante. Belda llama a las seis para preguntar cómo va la retirada y si llegamos a tiempo. «Salimos cuando podamos —le informo—. Pero creo que no va a ser más allá de las once. Se junta mucha mugre». A las seis, Maca, Palma y el batracio de las cámaras ocultas parten hacia el aeropuerto con los instrumentos informáticos más delicados y los chirimbolos de espionaje. A las siete paso a recoger a la gran dama y a su vasto conjunto de maletas: como no entran en la 4×4 nos vemos obligados a retrasarnos unos minutos y a pagar dos remises. Cuando está por embarcar, BB me lleva hacia un costado y me entrega dos pendrives del tamaño de una uña. Hay dos muertes documentadas en cada uno de ellos: el primero contiene las andanzas de Junior, el segundo los informes y la filmación subacuática del Gran Jack.
—Dáselos a tu novia —me ordena, y vuelve a sonreír—. Tiene credibilidad y ovarios, y es una buena periodista, sabrá cómo administrar la merca.
Me besa la mejilla y camina hacia el control. Se vuelve únicamente para recordarme algo: «Hombre de poca fe, te dije que la Inglesa podía cambiar de vereda». Los que cambiamos de vereda somos nosotros. Desde el comienzo teníamos el propósito de incendiar el reino de Farrell, mientras parecía que estábamos fortaleciendo su poder y levantando sus empalizadas. A la gran operadora nunca la echaron del paraíso, todo fue teatro mediático para que lograra entrar en el castillo y pudiera demoler desde adentro al primus interpares de la liga de gobernadores, al enemigo número uno del señor Presidente. Una insidiosa operación de destrucción y escarmiento. La política argentina es una novela negra: celebran el día de la lealtad y los otros 364 se traicionan con alegría.
Silvia Miller toca o improvisa una melodía en el pub irlandés, con su Lloyd George sobre el piano. Todavía no hay bebedores ni gastadores de sillas, y en cuanto el bullicio amenace, la Inglesa echará el último trago y se largará a su casa de las bardas, a refugiarse en sus libros y en su gata persa. No levanta la cabeza para saludarme, me deja avanzar y acodarme como si estuviera absorta en Bill Evans. Su vestuario no presenta demasiadas variantes: esta noche también lleva sus consabidos pantalones de lana gris, su camisa de seda blanca, su cardigan verde y sus zapatos abotinados de cuero marrón. Pongo sobre el piano un sobre cerrado que contiene los pendrives y recibo un vodka. Ella se toma su tiempo para terminar la pieza y luego saca de un bolsillo su anillo de sello y se lo ajusta en el meñique. Los ojos ámbar solo se alzan para detenerse inexpresivamente en ese misterioso regalo de papel. No parece decidida a contaminarse, así que le mete un sorbito al cóctel y recién entonces levanta el sobre, lo estudia, lo palpa y lo sopesa, y en un arrebato lo tira bien lejos. Tal vez con la intención de acertarle a un cesto del rincón, pero falla porque es un vuelo corto y porque para cometer esa hazaña habría de tener la fuerza y la precisión de un beisbolista.
—Me enfurece haber sido tan débil con vos —dice con su voz dura, baja y, a pesar de todo, sugestiva.
El mozo, que nos espía, camina hasta el rincón como si temiera ser apedreado, recoge el sobre con elegancia y lo devuelve a su lugar.
—Dos viejos —le explico—. Y los dos te importan.
El ámbar por fin me apunta al pecho; es una estocada de acero que me traspasa hasta la espalda.
—¿Me estás operando? —pregunta con mal talante—. ¿Ahora encima voy a ser un instrumento de ella?
—Todos somos instrumentos de alguien.
—¿Dónde está el Gran Jack? —me apura con un parpadeo: sus neuronas pedalean y se sacan chispas—. Una fuente me contó que había tenido un accidente en la zona de los lagos. ¿Es cierto?
El vodka me quema. La señorita Miller no pierde ahora detalle de mi gestualidad, que yo reduzco a lo mínimo. No abandona del todo sus manos sobre el teclado, aunque no hace más que acariciarlo irreflexivamente con la yema de los dedos, sin producir ningún sonido.
—Vamos a extrañarlo —le confirmo, y aprieto los dientes mientras veo cómo abre sus ojos, cómo centellea el amarillo. Un centelleo de horror y de asombro.
El ego del oficio, sin embargo, evita una escena y la obliga a mantenerse impasible. Esa clase de concesión la avergonzaría.
—La investigación que hizo el Gran Jack prueba quién era —le digo, como si estuviera homenajeando su memoria—. Vas a poder leerla completa y chequear la veracidad de sus datos. En cuanto al Gringo…
—¿Por qué lo meten en esta mierda? —se exalta.
—Porque nos engañaron a todos —le respondo—. Al polaco, a vos y a nosotros.
—Claro, cómo no, el hijo de Farrell es inocente —sonríe con saña.
—No te daría carne podrida.
—Sí que me la darías, Remil —dice muy seria—. Eso y mucho más.
—No es una declaración romántica —le prevengo—. Aunque no lo creas, es por respeto profesional y por defensa propia.
—¿Defensa propia? —Enarca las cejas.
—Cualquier otro puede ser, pero vos no mordés anzuelos —le aclaro—. Te darías cuenta enseguida de que te armamos un montaje y nos saldrías a denunciar. La carnecita que te damos es buena. Después lo que hagas vos con ella es cosa tuya. Y si no hacés nada, siempre encontraremos otro cagatinta.
Ahora la Inglesa toca el sobre, meditabunda, con una lágrima de múltiples motivos rondándole el ámbar furioso.
—¿Qué vendría a ser esto, una charla personal, un off the record o una declaración pública? —pregunta sin energía.
—Sé que nunca vendés a tus fuentes, por más que sean unos hijos de remil putas.
Termino el vodka, y al erguirme no sé exactamente qué hacer con las manos.
De nuevo Silvia Miller no me mira, está doblada sobre el piano y sobre ese presente envenenado que detesta y presiente. Me da una cierta pena la posibilidad de no verla nunca más. Retrocedo hasta la salida, subo a la camioneta y le pido por teléfono a Marquís que trate de darle algún tipo de protección: en cuanto publique la primera nota va a quedar a tiro de los fanáticos. Todavía tengo que esperar una hora y media para que el convoy (camión y combi) esté listo y en línea. Finalmente, dejamos prendidas todas las luces y cerramos con llave el chalet vacío. Guío la caravana por calles internas y carreteras provinciales, cruzamos sin novedad el puente y salimos a la ruta nacional bajo las estrellas. Resulta una noche abierta, y Pugliese sonoriza esa fuga con su «Gallo ciego». La Patagonia es una negrura amenazante que va quedando atrás.