La herida
XII. La batalla
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XII
La batalla
La Inglesa tarda quince días exactos en calibrar la información, chequear los puntos álgidos y analizar su estrategia periodística. Toma muchos recaudos con la pesquisa de Romero: hasta se comunica con una fuente de la DEA para constatar si el comisario comprendió correctamente las triangulaciones del dinero negro y los movimientos de las off shore. Mediante el Spyware, Palma le sigue las búsquedas en la web, los mails y hasta las redacciones que hace en su escritorio, y con un troyano y un monitor telefónico graba las conversaciones que mantiene desde el celular y desde el fijo. Ninguna de esas consultas se refiere a la muerte de Carla Jakov. Sobre ella solo se registran anotaciones interrumpidas en un solitario documento de Word, más que nada oraciones con signos de interrogación y a medio escribir. Es obvio que Silvia prefiere guardar para una segunda fase el secreto de Alejandro Farrell, tal vez porque se trata de la más débil y controversial de las dos primicias. Hay demasiadas deducciones para sostener el caso de la Polaquita y la confesión suena fuerte pero puede ser descalificada: dirán que son puras especulaciones y trampas de la tecnología. La Inglesa apuesta a desgastar primero la imagen del gobernador con el affaire Jalil y más tarde, cuando la credibilidad oficial esté por el piso, martillar sobre caliente y tirar la segunda bomba. No está mal.
Belda y Galves se fueron de compras a Nueva York, a Marquís lo renunciaron una semana más tarde y Palma solo reporta a Leandro Cálgaris, que devolvió al terreno a varios sonidistas con sus trucos y sus valijas mágicas. Por cuerda separada el hacker me pasa todas y cada una de las novedades: nadie le ha dicho que estoy afuera, así que abusa de esa distracción. Sin trabajo a la vista pero todavía con ahorros, me dedico exageradamente al entrenamiento y a la lectura. Paso cinco horas diarias en el gimnasio, en el río o en maratones vespertinas, y leo libros usados sobre las guerras mundiales. Empiezo por La belleza y el dolor de la batalla, de Peter Englund. Y sigo con los ladrillazos de John Toland y Antony Beevor. A pesar de estar cansado física y mentalmente, y de emborracharme cada noche con vodka, no consigo dormir tres horas seguidas.
Estoy muy pendiente del espionaje patagónico, y me divierte escuchar las voces de Farrell y de su ministro de Economía, preocupados por situaciones que no nombran pero que tienen relación directa con su antiguo director de Seguridad.
Sueño muchas veces y me despierto en medio de pesadillas agitadas que se vinculan con el Turco y con el Gran Jack; también con Beatriz a contraluz, los brazos abiertos como una mariposa, y con Diana disparándome furiosamente a la cabeza con mi propia Glock. Nunca sueño, sin embargo, con la Inglesa. Que está insomne en su casa de las bardas, mordiéndose el labio inferior. A veces busco en Youtube un concierto de Bill Evans y lo pongo de fondo, para recordarla con plenitud, para seguir en ese escenario prohibido que no podré volver a pisar.
La primera nota sacude todo. Es un artículo relativamente corto que denuncia dos delitos al mismo tiempo: el asesinato de un policía retirado y los negocios de tráfico y lavado que se coordinan desde el mismísimo gabinete provincial. El texto no revela demasiados detalles, la Inglesa quiere dosificarlos, pero agrega que a raíz de ese crimen, el Montesinos de Farrell pidió licencia y salió del país.
Palma le da una mano y viraliza la denuncia. Los medios locales por supuesto enmudecen, pero en las redes hay turbulencia. Al día siguiente, Silvia Miller lanza dos informes más: uno publica nombres, cuentas, sumas y metodologías, y apunta por primera vez a Cerdá; el otro es un perfil de Miguel Marcial Romero.
Del comisario publica dos datos nuevos: trabajaba para una consultora externa contratada por Farrell y fue asesinado en la zona de los lagos, donde su cuerpo permanecería hundido dentro de su Toyota Hilux. La gravedad del asunto multiplica la repercusión, y en los diarios de la provincia aparecen pequeños recuadros de fuentes oficiosas asegurando que las especies circulantes son completamente falsas. Pero nuevamente la tercera es la vencida: Silvia sube el video del cadáver y se convierte en trending topic mundial. De pronto está en todas las cadenas de noticias, en los programas políticos, en los noticieros de la televisión abierta y en las tertulias de la tarde y de la noche. Los diarios nacionales lo editan en tapa y le dan amplia cobertura: Silvia atiende a todos, recibe una comitiva de movileros de la Capital y se deja interrogar sobre las menudencias de ese horror. En la Gobernación hay hermetismo total; la prensa adicta pasa vergüenza y mira de nuevo para otro lado en medio del incendio. La Inglesa tiene tiempo de agregar cada día una novedad, y la repercusión es tanta que ya cuenta con ochocientos mil seguidores. Al tercer día interviene de oficio un viejo conocido de todos nosotros: el juez Donovan. Que la cita en su juzgado a las ocho de la mañana, y que de inmediato envía una comisión policial a la zona de los lagos. La Inglesa no hizo públicas las coordenadas porque no podía cotejarlas con nadie, pero en su declaración testimonial agregó el mapa que le confeccionamos. El Salteño asegura que durante estas semanas no hubo más que algunos merodeadores; nadie se atrevió a realizar un operativo de rescate.
Corrían el riesgo de que se lo impidieran o de que mi excamarada los filmara in fraganti: nunca hay que volver a la escena del crimen.
La Inglesa ha establecido una alianza táctica con sus colegas, así que les avisa lo que está por suceder. Le da seguridad sentirse acompañada. Una tropilla de enviados especiales transmiten en directo desde el teatro de operaciones.
Cenando un bife en una parrilla de Saavedra, veo a los policías en la oscuridad, los buzos que entran al agua, los funcionarios judiciales que se niegan a hacer comentarios y finalmente la grúa que saca la Toyota Hilux a la superficie después de dos horas de «tensa espera». La parrilla permanece llena, y hay aplausos y chiflidos. A las tres de la mañana, cuando vuelvo a casa, hago zapping y la transmisión continúa y se multiplica en diez pantallas diferentes.
Hasta encuentro un compilado en la CNN. Al mediodía, Julián Farrell sube al atril despeinado y ojeroso, y con una corbata arrugada que Diana hubiera repudiado. No puede ni siquiera actuar la calma, se enreda con las sílabas y comete varios furcios. Su defensa es obvia: estamos consternados, no tenemos nada que ver con este desagradable descubrimiento, investigaremos hasta las últimas consecuencias. Al retirarse se equivoca de flanco y tropieza. Los medios pasarán luego en cámara lenta ese lamentable paso de baile.
Enseguida Donovan convoca una conferencia de prensa, cuenta los resultados de la autopsia, confirma la identidad de Romero, jura que recibió llamados de la Corte Suprema de la Nación para darle todo su apoyo y describe las diligencias que pedirá de urgencia. Irradia honestidad, y casi me da remordimientos haberle regalado a sus adorables hijitas aquellos cartuchos 7.62 con puntas de latón. Su señoría quedó en falta consigo mismo, enterró por miedo dos expedientes que involucraban a los hombres del gobernador, y ahora piensa resarcirse. Tiene la protección de la notoriedad, nada a favor de la corriente y se relame ante la posibilidad de ver hociquear a ese señor feudal. Este es el problema de los jueces domesticados: cuando cambia el viento no solo pretenden hacer buena letra; buscan además limpiar la mancha de su propia humillación. La venganza judicial es una droga dura.
Como sea, el escándalo político resulta tan espectacular que intervienen una docena de diarios extranjeros y Presidencia de la Nación convoca a Farrell para pedirle explicaciones. Por cuerda separada, trasciende que varios miembros de la Liga de Gobernadores solicitaron reuniones amigables con gente del gabinete nacional. Algunos voceros hablan de «pollos mojados» y de «tregua»; los analistas deslizan, en cambio, que están amenazando al Presidente con trabarle la gobernabilidad en el Congreso. Mientras tanto, la Unidad de Información Financiera comenzó a actuar y expertos norteamericanos dieron a conocer las ramificaciones y el modus operandi de los Dragones Mutantes. No muestran ni el uno por ciento de lo que saben, pero es suficiente para que el tema sea la penetración del narcotráfico en nuestra democracia y no la muerte de un don nadie. Farrell contrata un estudio internacional y comienza la guerra sucia: la investigación del Gran Jack no tiene sustento (es una burrada), Romero era un policía desprestigiado y violento (un fascista y un alcohólico), y Silvia Miller es una empleada de las grandes corporaciones. Dicen incluso que tiene un linfoma, que estaba quebrada y que todo este «invento» responde a la desesperación por el dinero: no puede financiar sus costosos tratamientos. Todavía no se atreven a meterse con Beatriz Belda, porque sería muy complicado, y en estos momentos se necesita papilla mediática y descrédito rápido. Sembrar dudas hasta en la muerte del Gran Jack. Matar al muerto. Un abogado llega a decir que conducía borracho y que se había precipitado al agua. El accidente de un irresponsable, utilizado perversamente por los enemigos de la «patria federal». Los debates televisivos son feroces: Farrell compró a varios profesionales de la mentira y está dando batalla a través de ellos en la opinión pública. Donovan filtra a los diarios parte del expediente, y amenazan con removerlo y hacerle un juicio político. La Inglesa responde desde su sitio digital: bromea con su enfermedad, asegura que Romero trabajaba a sueldo de la Gobernación y realizaba un estudio sobre la inseguridad, pregunta cada día dónde está Jalil (alguien que ponga un habeas corpus) y se mete con la obra pública y con los negocios futboleros del club Convergencia. Lady Di, ya de regreso, premia su discreción y acude en su auxilio: actores y escritores sacan una solicitada explicando la vergüenza que sienten frente a las últimas revelaciones; algunos de ellos se vuelcan a la radio para narrar su terrible decepción y también los sospechosos fastos que ya demostraba la administración Farrell. De paso anuncian sus inminentes estrenos, sus obras en barbecho y sus novelas imperdibles. Todo suma.
Un martes destemplado, Silvia Miller irrumpe con otra primicia nacional: Luis Jakov acaba de presentarle a la fiscalía un nuevo escrito que le da un giro inesperado a su denuncia. Jakov posee conocimiento de nuevas pruebas y pide que se investigue la posible intervención de Alejandro Farrell en la muerte de su hija. La Inglesa cuenta con lectores nuevos, así que se la pasa tres días reseñando el caso, como si fuera un folletín por entregas, mientras el oficialismo mantiene la boca cerrada. El ardid consiste en referirse todo el tiempo a los papeles que están en manos de los fiscales, para tomar un poco de distancia del asunto y darle carácter institucional. Es el Poder Judicial quien investiga, y no ella misma, que solo está haciendo la crónica de la causa. Con esa excusa, se permite subir a Internet lo que ya es un documento público: el hijo mayor del gobernador cede a un chantaje y admite en cámara que la muerte de Carla «fue un accidente» y que ella era «una puta y una bocona». Sobreviene por segunda vez un maremoto, y todo esto ya es para el gran público un tren fantasma lleno de sorpresas repugnantes. La onda expansiva hace famosa a Carla Jakov y a su viudo: el arquitecto abre mansamente la tranquera de su chacra, cuenta su vida, narra su muerte, muestra su obra y enseña el Minotauro incompleto sobre un caballete.
Quelo nunca pierde la línea, que es fatalista y esmerada. De los últimos descubrimientos, únicamente pronuncia una frase sobria: «Debe investigarlo la Justicia. Solo puedo repetir lo de siempre: nunca pensé que Flavio pudiera ser el asesino, y los hechos me están dando la razón».
El gobernador tarda unas horas en reaccionar, y al final lo hace con una carta en Facebook, donde afirma que Alejandro es inocente, que todo esto es una conspiración para destituirlo, que su familia está tremendamente dolorida y que iniciará acciones legales contra los que sigan cometiendo calumnias e injurias. El tono, a pesar de las amenazas, es lacrimógeno: sus abogados le han recomendado dar lástima. En este país todo dios se siente una víctima, y siempre produce identificación alguien que simula serlo. Además, a todos les encanta compadecerse de las desgracias ajenas para sentirse secretamente bendecidos por su buena suerte. Es un mecanismo infalible, pero que aquí sufre un grave contratiempo: Luis Jakov no solo es un hábil declarante, sino una víctima suprema, un mártir del sistema. ¿Cómo no identificarse con ese padre solitario y herido que tocó tantas puertas y que fue tan vapuleado por los poderosos? Farrell comete, para colmo, un error descomunal: manda replicar las acusaciones del pasado. Sus esbirros mediáticos dicen que el viejo quiere armar una carrera política sobre la tumba de su hija, que su mente desvaría (presentan estudios cognitivos que robaron de una clínica) y, finalmente, narran supuestas reuniones donde habría exigido plata para callarse. El Gringo ni se despeina: abre su humilde jardín de rosas y exhibe su Ford Falcon de 1981. Y a continuación, puntualiza con memoria de elefante las argucias del encubrimiento oficial. El ataque fue un búmeran, y la credibilidad del gobernador está por el suelo. Los enviados especiales se arrojan sobre Alejandro, pero se les informa escuetamente que se encuentra en Berlín aprovechando una beca deportiva. Después persiguen día y noche a Flavio. Logran arrinconarlo a la salida de un consultorio. Lleva una camisa de cuello mao y los anteojos oscuros, pero creo percibir a la distancia que su aire de superioridad ha desaparecido. Asustado por el asedio, avanza pálido hacia su auto y logra meterse, pero le impiden cerrar la puerta y forcejea.
Finalmente, dice: «Vayan y pregúntele a mi hermano; yo no tengo nada que ver».
Y consigue cerrar y huir. La breve declaración, sin embargo, gana los titulares y desata la ira de su progenitor, que llama a su mujer para recriminarle la falta de solidaridad. Palma me envía las pinchaduras de esa discusión. «¡Alex también es tu hijo!», estalla él en un ataque de nervios. La princesa Romanov le responde con una barra de hielo: «Que la política se haga cargo de los problemas políticos». No suena destrozada, sino extrañamente serena y con ánimo revanchista. Como si la confirmación de su teoría familiar fuera más importante que la libertad ambulatoria de su hijo descarriado, y como si el sufrimiento de Farrell se hubiera transformado en su triunfo personal. Vos empollaste a ese monstruo, no escuchaste mis profecías, ahora hacete cargo de las consecuencias, cargá con esa maldición. Esos conceptos no se desgranan por teléfono, pero subyacen en la pelea interna. Delfina Maggi ya no está muda ni doliente. Farrell tiene en su cama una tarántula venenosa.
La dinámica de los medios resulta imparable porque las dos causas son sensacionales y se superponen. Los focos ya no están sobre la Inglesa, que parece gozar ahora de un protagonismo honorario. Es la jefa espiritual de los periodistas, su fuente, anfitriona y guía en territorio patagónico. Pero ellos avanzan por las suyas como langostas: hay notas todo el tiempo y en todos los formatos sobre el Turco Jalil, en su doble condición de narco y encubridor de crímenes; sobre Cerdá y sus enjuagues administrativos; sobre la mafia del fútbol, sobre las multitudinarias marchas de silencio que regresaron y sobre la familia real, que aparece con fotos de archivo en Gente y hasta en la edición argentina de Hola. Emerge también con fuerza, porque no deja nunca de dar notas y pronunciar discursos altisonantes, el taimado intendente de aquella ciudad petrolera a quien pagamos en efectivo para que encumbrara al patriarca de los Farrell y abonara la leyenda del cóndor. Convertido en jefe de la oposición y en fiscal de la República, citando todo el día a Yrigoyen, el Chino es la estrella de las encuestas. Ya no vive en el desierto, sino en los estudios de TN. Le reclama al Presidente que impulse una intervención, y se propone humildemente como el interventor natural. La cámara lo ama. Y Silvia Miller le perdona la vida: tiene en su netbook todas las trapisondas que el intendente ha perpetrado durante sus dos mandatos consecutivos, pero las calla para no trabar la máquina de picar carne. Que se desarrolla incluso con exageraciones, caricaturas y camelos propios de grandes coberturas. Pero eso sí: la Inglesa se da tiempo en un pequeño bache informativo para contar la historia de la operadora política que cambió la imagen de Farrell y se marchó espantada. También aquí la Inglesa es condescendiente: no conviene convalidar abiertamente la idea de una conjura, porque el gobernador está hambriento y a la espera de la ramita de una salvación. Pero Silvia tampoco puede dejar de preguntarse si la socióloga fue un troyano en la corte del rey o si sintió verdaderamente asco. Muchos redactores buscan una exclusiva con Belda, pero no la consiguen. Me doy cuenta, sin embargo, de que Beatriz les otorga unos pocos off the record a ciertas plumas influyentes, que la describen invariablemente como «un colaborador cercano a la estratega»: la versión es siempre la misma y gira en torno a la conmoción moral que ella sintió frente a los hallazgos de su propio equipo. Qué fantástica es la moralidad. Farrell cree que se trata de un paso en falso, y sale a denunciar directamente a la Casa Rosada. A pesar de que Donovan no entró todavía en la fase de las indagatorias, la Cancillería interviene y logra, en sintonía con su juzgado, que Interpol libre un alerta rojo sobre el Turco Jalil. Esa misma mañana, Belda me envía un mensaje por chat y me pide que vaya a verla. Y que me vista de etiqueta porque se trata de un cóctel.
La fiesta tiene lugar en un regio edificio francés donde funcionaba una embajada y donde ahora se inaugura un centro cultural. Diana Galves acaba de ser nombrada vicepresidenta primera, y se desliza con suspiros, besos y carcajadas de película entre actores, cineastas, escritores y artistas plásticos.
Lleva en el brazo a su caniche redivivo, que para la ocasión va enjoyado con el collar de diamantes, y luce un vestido de satén color piel, breteles muy finos, tan corto y ajustado que la hace parecer casi desnuda. Belda me informará en un minuto que fue ella quien le regaló ese impresionante reloj Cartier con cabeza de dragón tallada en rubíes y esmeraldas. La socióloga eligió un atuendo más sobrio: viste de blanco luminoso, aunque el pantalón de pierna ancha que le cubre por completo los pies, destaca su corta estatura y eso nunca la favorece.
Llama la atención, sin embargo, un detalle inesperadamente sexy: una camisa de gasa abotonada hasta el cuello y los puños, pero semitransparente, que deja ver la lencería de encaje. Y al reencontrarse conmigo, en un costado de la pista, se divierte mostrándome su nuevo anillo, una roca de cristal engarzada en un soporte de platino y sostenida por cuatro miniaturas de oro rosado que replican las figuras de la fuente de los cuatro ríos de Piazza Navona. Está relajada y fresca, como si nada de cuanto sucede la afectara demasiado. Solo han dejado pasar a los periodistas culturales, así que nadie la fastidia, pero el antro está repleto de facciones familiares: los adoradores de Farrell son ahora simplemente idólatras de Galves.
Beatriz me abandona a requerimiento de los organizadores y como no llevo ninguna vela en este entierro, permanezco en un costado contemplando una vez más el festival de la hipocresía y tomando un vodka pésimamente mezclado.
Solo Marquís comprende mi incomodidad. Se ha afeitado el bigote y la barba mosquetera, y viene de punta en blanco con una copa de Dom Pérignon y una sonrisa suave. Entre dientes me relata el revuelo que hubo en el petit comité cuando se dieron cuenta de lo que pasaba. Después de un silencio, me choca el vaso con un brindis no correspondido. «Somos leyenda», susurra, y sus ojos se pasean por la multitud, sin detenerse en nadie. Al rato reaparecen la diva y la estratega, y detrás Juan Domingo que no deja de chumbar, como si me recriminara el hecho de haberme adjudicado falsamente el crédito de su rescate.
Lady Di está radiante, así que incluso me roza los labios y le hace una broma a su amiga: «¿No es cierto que quedamos encantadas con la lección de tiro, Bette? Tenemos que volver a hacerlo uno de estos días». Belda se ríe aunque sin ganas y lo mira a Marquís. Que se apresura a sacar del interior del saco un pendrive del tamaño de un meñique. Beatriz lo recoge y me lo cuela en el bolsillo del pañuelo y también me roza los labios. Después me dice en el oído: «Dáselo a tu novia, y contale que por fin se va a ganar el Pulitzer». Las dos mujeres se marchan del brazo, como si fueran una, y Marquís traba conversación con un productor de teatro. Solo Juan Domingo se retarda y me sigue, acosándome con sus ladridos.
Ya en casa, navego el contenido del pendrive: los grandes éxitos del Lolo Muñoz. «Tener un toco en físico, a mano para salir de aprietos y pagarle sobornos a la cana». La bóveda con los dos millones de dólares disimulada bajo el último cajón del subsuelo; «la zamba del canuto» que hace rimas con la palabra «termosellado», y el plano que Palma había trazado donde figuran los panteones de Farrell y Cerdá. La función cierra con una pregunta: «¿Todo el cementerio está sembrado de billetes?». Me río con fuerza, y proyecto la película hasta el final: se trata de un «fruto prohibido» porque fue grabado ilegalmente, pero como Silvia Miller actúa en tándem con Donovan, si publica el asunto como versión fundada el magistrado puede colgarse de ese informe para allanar a los muertos: actuaría presumiendo que se está frente a la fuerte sospecha de la comisión de un delito. Una vez que encuentre el tesoro, la Inglesa puede a su vez disparar al éter la conversación prohibida y la zamba, porque ya sería, una vez más, un documento público en manos del tribunal. Ese juego mutuo protegería al juez y a la cagatintas, mientras una cómica indignación haría carne en la audiencia. Tal vez los abogados de Muñoz y de Farrell logren anular finalmente las pruebas, pero el mal ya estará hecho. Y será irreversible.
Llamo a Palma para que me hable de la Inglesa y de paso le reprocho que me mantenga en ascuas: hace varios días que no comparte conmigo información sobre sus pinchaduras.
—Cálgaris me pidió que te descolgara de la línea —me sacude de frente. Tarde o temprano pasará lo mismo con la tarjeta y los básicos.
—Necesito encontrarme con ella, ¿viene a Buenos Aires? —le insisto.
—La traen seguido para entrevistas y esas cosas —me responde—. El domingo está invitada al programa político de Canal 13. Viaja en carreta y acompañada.
—¿Por quién?
—Jakov. El viejo le tiene fobia a los aviones.
Prendo el último cigarrillo de la noche. Me imagino a la Inglesa convenciéndolo de que tomen un micro, y a continuación la larga marcha llena de mate y de infidencias dentro de aquel cacharro rural del siglo pasado.
—Maca va a ser condecorada, ¿sabías? —me pregunta Palma de improviso.
—Se lo merece.
—Y habrá una medalla post mortem para el Gran Jack —dice mientras se escucha su propio tecleo—. Ahora te tengo que dejar, Remil. Me llaman. Que estés bien.
Quince minutos más tarde me envía un regalo de despedida. Es una larga charla de reconciliación entre el viudo de Carla y el hijo inocente del gobernador. Flavio da por supuesto, aunque nunca lo dice, que Alejandro es el asesino, y habla del poder como de la sarna. Se vanagloria de no haber entrado nunca en esa espiral de tentaciones y de suciedad, y se deja elogiar por Quelo, que parece inmensamente feliz por la inocencia probada de su amigo y porque supone que podrán retomar la amistad perdida. Quelo nunca quiso creer que Flavio se cogía a su mujer, a pesar de que eso era vox populi, y su tono me resulta tan meloso que parece el matiz de un amante. Un amante reprimido.
El domingo amanece lluvioso, pero hacia la noche no caen más que unas gotas dispersas. Con un falso carnet accedo al estacionamiento del canal, meto la camioneta en un ángulo y pongo unos tangos de Pugliese. El Ford Falcon de 1981 quedó a veinticinco metros, estacionado en diagonal, lleno de barro fresco.
Mientras espero, arrecia la lluvia, pero cuando antes de las doce aparecen el Gringo y la Inglesa ya no necesitan paraguas, porque de nuevo solo cae una garúa inofensiva. Les hago luces desde el fondo, y prendo la cabina para que Silvia me reconozca al volante. Lleva una gabardina gris, botas de lluvia y un sombrero impermeable. Vacila un momento, y después habla con el viejo chacarero.
Que asiente y se refugia en su auto. Silvia camina con las manos en los bolsillos y las solapas levantadas. Lo hace sin apartar sus ojos de los míos.
Le abro la puerta del acompañante y cuando sube apago todas las luces para que hablemos a oscuras.
—Alguien me dijo que te rajaron de todas partes —me echa un vistazo, pero se mantiene lejos, contra la ventanilla, como si yo contagiara.
—Y no le han mentido —contesto, bajando la música.
—No creas que no voy a ir contra Belda y contra Cálgaris —me amenaza—. Cuando baje la marea.
—Estás en tu derecho, es un país libre.
Como no tengo encendido el limpiaparabrisas, este cristal se va llenando de agua y nos hace invisibles. Silvia se quita el sombrero y se acomoda el cabello con un gesto práctico, sin coquetería.
—Flor de malparida, tu jefa —suelta, y veo en la penumbra su nariz romana.
—La culpa te está matando.
—No tolero que salga indemne.
—Y que por una de esas carambolas del destino, te toque hacer su voluntad. Seguís haciéndote gárgaras de agua bendita.
—Y a vos te sigue doliendo la garganta.
—Cada minuto —le confirmo—. Pero eso no tiene nada que ver con la ética ni con la culpa.
—Sí, sé de sobra que no reconocés esos sentimientos —ahora se ríe con los dientes.
—El Gran Jack también trabajaba para ellos —le recuerdo.
—Nunca lo tuve por un santo —se encoge de hombros, y el ámbar parece nublarse por un breve momento—. Pero qué busca, qué buen detective. El mejor de todos los que conocí.
Le alcanzo el tercer pendrive, y se lo queda contemplando unos segundos.
—¿Tengo que estar agradecida e irme a la cama con vos? —me pregunta, y levanta el archivo—. Vos no sos mejor que estos.
—¿Y vos sos mejor? —replico—. Mirá que las heroínas cívicas no calientan.
—A lo mejor llega el día —murmura. Esta vez el ámbar me hiere—. Y tenga que denunciarte a vos también.
—¿Y cómo lo harías?
Piensa un poco más.
—Lo haría con rapidez —me dice—. Un balazo en la nuca. Para que no sufras.
Enciendo el limpiaparabrisas y veo a la distancia que el Gringo ha prendido el motor y los faros altos.
—Podrías quedarte unos días —digo sin mirarla.
—No —sonríe ella—. No, ya no puedo. El viejo necesita una hija.
—Y todos necesitamos un padre, ¿no?
La sonrisa pierde su dureza, presiento incluso que va a acariciarme la mejilla, pero es una falsa alarma. Suspira y se coloca de nuevo el sombrero impermeable.
—Tengo un largo viaje —me dice, y se baja.
Camina en la lluvia, dándome la espalda. Se va para siempre.