La herida
XIII. Dos funerales
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XIII
Dos funerales
Pasan más de seis meses desde aquel lejano domingo húmedo, y por fin un título me deja impresionado: lo redondeo con el resaltador amarillo y después destaco los nombres propios y algunos párrafos. Ya no soy un agente de inteligencia, pero sigo leyendo cada mañana los diarios como si todavía lo fuera. Ahora figuro en una nómina como «empleado temporario» de una empresa de seguridad que trabaja con bancos y camiones de caudales, pero a pedido de un amigo de la Casa hago changas ocasionales en Inteligencia Criminal y colaboro de vez en cuando con Custodias Especiales. Todo eso y nada, es nada. Picoteos de un retirado, formas de pagar las expensas y parar la olla. Hoy es el penúltimo sábado de octubre, y el diario informa que el martes por la noche hubo un «feroz ajuste de cuentas» en Villa Puntal. Manuel Pajuelo Ibarra y uno de sus lugartenientes fueron baleados en su tienda de celulares usados. El segundo permanece en estado de coma y con pronóstico reservado, pero el jefe territorial recibió siete impactos y murió al instante. En voz baja los vecinos afirman que fueron sicarios de su principal competidor, Requis El Grande, que al cierre de esta edición se encontraba declarando en sede judicial. Una fuente anónima de la policía bonaerense les baja entidad a los rumores: «Requis es un hombre cerebral, y había equilibrio entre los clanes. Esto no huele a vendetta sino a cosas de momento. Incluso estamos investigando a la familia de Pajuelo, porque varios parientes le disputaban el liderazgo». No cuesta mucho imaginar al comisario de la Playstation detrás de semejante cobertura: se está ganando el sueldo; su objetivo es alejar las sospechas de su principal cliente. El juez es nuevo en ese tribunal, pero tiene cierta veteranía. Antes de las seis de la tarde dispone la detención de Requis y su traslado inmediato a una cárcel de máxima seguridad.
La televisión está ampliando la historia: guerra de bandas narcos en una barriada humilde; tanto el homicida como la víctima habrían pertenecido a Sendero Luminoso.
Me visto con mis jeans gastados, el gabán negro, la gorra de paño y las zapatillas de correr. Pruebo la Walther P99, meto tres cargadores completos en los bolsillos y manejo hasta la frontera de la villa. Está anocheciendo, y noto que varios camiones de exteriores transmiten desde la calle principal, mientras dos patrulleros los protegen y de paso les impiden cruzar el perímetro. Dejo la 4×4 en un baldío iluminado y protegido por «trapitos» y sátrapas, y me meto por un largo y angosto callejón con el dedo en el gatillo. Salgo a una avenida de tierra llena de tránsito y de excitación, y avanzo a marcha forzada hacia el oeste porque sé que detrás de la canchita se encuentran la tienda, y más o menos a una cuadra, la casa de tres plantas de los Pajuelo. Dos flacos con palos me salen al cruce y tengo que apuntarles a la cabeza para que se aparten. Hay mucha gente alrededor del sucucho, pero están abarrotadas las inmediaciones de esa caja de zapatos donde el cacique alojaba a toda su prole, un edificio de material desnudo y construcción temeraria. Me detengo a cien metros, pululan y acampan personas con velas y se oyen cumbias peruanas: «Esta noche voy a llorarte, pero por última vez». Corren el pisco y la cerveza, y de vez en cuando alguien dispara al aire una ráfaga de ametralladora. Es imposible entrar en la casa, así que retrocedo de perfil por otro pasillo y busco la parroquia. Es una buena decisión, porque la policía entregó el cadáver y ahora lo velan a cajón cerrado y bajo la protección de la Virgen de la Candelaria. Están repletos la iglesia y los umbrales, pero el arcángel menesteroso me divisa y me conduce por un costado hasta la oficina de sor Fabiana. Me quito la gorra y el gabán, y me preparo un mate mientras miro las fotos de Mariela, las imágenes de Mater Dolorosa y la extraña advocación: «Tú me enseñaste que el hombre es Dios, y un pobre Dios crucificado como tú. Y aquel que está a tu izquierda, en el Gólgota, el mal ladrón, también es un Dios». Oigo el rumor de los rezos y los llantos, pared de por medio, y pienso una vez más si ese santuario personal no guardará una huella salvadora, algo obvio y a la vista de todos nosotros. Presiento, en todo caso, que si esa pista realmente existiera, el Gran Jack habría sido capaz de detectarla.
Fabiana viene enterada y hecha una tromba, apurada por arrebatarme el mate y endulzarlo. «Hay mal clima y usted no es bienvenido —me dice; está lívida—. Indignación con El Grande y mucha, mucha bronca con los extraños, el barrio se llenó de buches. Manuel era más querido de lo que se supone, ayudaba a muchos vecinos, la repartía». Recuerdo su andar de soberano incaico, su cigarrillo electrónico, su cintura gruesa y su mirada levemente extraviada; también el pelo largo, sin una cana, peinado hacia atrás y con raya al medio. El modo en que evitaba la jerga peruana, su aspiración a volverse alguna vez argentino y legal.
—¿Sabe cuál es nuestra mayor preocupación? —me pregunta ella de pie, cebándose tres mates seguidos, y no sé qué abarca ese plural. Pronto lo aclara—: Las mujeres estamos tratando de que no haya represalias, contener a los amigos y a los socios, porque quieren ir al «kiosquito» y desatar un baño de sangre.
No creo que esa incursión salga barata: el garito de los Requis debe estar rodeado por ochenta soldados. El clan ofendido es una pandilla; el clan agresor es un ejército regular.
—¿Qué pasó? —le pregunto.
—Roces de toda la vida, y calentura de pico —responde Fabiana, y busca en un archivero seis o siete rosarios de plástico.
—Así empezaron las guerras mundiales.
Ella se detiene y se queda mirándome, aunque sus ojos parecen lejanos.
—Es en estos momentos difíciles cuando más extraño a Mariela —confiesa—. Ella tenía más temple que yo, y Dios le había concedido el don de la persuasión. La gente la escuchaba.
—Estoy seguro de que usted no lo está haciendo tan mal.
Sonríe con ternura y ahora me mira en serio:
—¿Puede ayudar?
—No es mi guerra, hermana.
—Ya sé, y tampoco es un pacifista —dice, ya no tan tierna—. Está acá porque hay río revuelto, y porque sigue tratando de pescar su pez fantasma, ¿no es cierto?
—Si Mariela Lioni está viva y leyó el diario, ¿no piensa que puede presentarse? —pruebo—. ¿No es una noticia lo suficientemente trágica y espectacular como para sacarla de la covacha?
—A lo mejor donde está Mariela no hay diarios, Remil.
Asiento. Sigue siendo la más plausible de todas las posibilidades. Pero necesito dejarle una advertencia:
—Si reaparece y usted no me avisa, voy a saberlo de alguna manera, sor. Ya me ocultó algo una vez. Ni se le ocurra volver a hacerlo.
La monja deletrea con la mirada la credibilidad de esa amenaza tan amable; cierra el archivero y me repite:
—Se tiene que ir. Hay mal clima y no es bienvenido.
Salgo por donde entré, y cruzo el enjambre de casuchas y zanjones en las tinieblas, escuchando letras sueltas de canciones sufrientes. «Yo sé, me equivoqué, y muy caro estoy pagando mi traición». Hay fiesta de dolor y música en las calles, como un gigantesco funeral colectivo: cantar para exorcizar la muerte. A medida que me alejo de la zona de los Pajuelo, las tonadas, las velas y los disparos se van apagando, y un silencio oscuro de trampa y de trinchera se va apoderando del sector noroeste de Villa Puntal. El reino de los Requis. No sé exactamente qué estoy haciendo en esas sombras peligrosas, y a quién pienso encontrar. Y efectivamente no llego muy lejos. Descubro francotiradores parapetados en ventanas, y barricadas y fogatas en las calles. Es imposible avanzar. Fumo en una esquina de viento, acodado a un poste de luz lleno de mariposas y polillas. Se me ocurre llamar desde allí mismo a Marquís y preguntarle por el juez que tiene agarrado de las pelotas al general de estas brigadas. El abogado no me defrauda: lo conoce de los juzgados correccionales, tuvo una denuncia por coima; un senador le arregló el asunto y lo salvó del jury.
Pero es un jugador adicto, sigue necesitando crédito y haciendo cagadas. En su legajo de la Casa hay seguimientos, contactos y tejemanejes. Es más frágil que un flan. Cuelgo con Marquís y llamo a un camarada de la Oficina de Antecedentes, que queda en la planta baja de la Central: puede buscarme la carpeta si hace falta, tengo que darle unas horas. El tercer cigarrillo me convence de que nada demasiado grave ni significativo sucederá esta madrugada, así que regreso al baldío con la Walther empuñada dentro del bolsillo, y conduzco a casa sin ganas de dormir. Cuando abren los comercios, compro cerca de la Redonda de Belgrano unos habanos especiales y un whisky canadiense, y en una tienda de delicatessen una canasta con paté, caviar, pastrón, pavita y lomo embuchado.
Saco de mi delgada cuenta del Banco Francés diez mil pesos, y paso por la Secretaría a buscar la carpeta que me prometieron. Tardan otras dos horas en hacerme una versión anillada con tapas de cartulina, y no me tomo el trabajo de leerla. Después regreso a la zona norte y visito al comisario de los Bloody Mary.
Se lo ve repuesto de su quebradura, aunque camina con bastón. Le explico que el Santo Oficio quiere aprovechar estas lamentables circunstancias para volver a conversar con su patrón, y no le importa recomendarme con el secretario del juzgado de San Isidro ni con el prefecto de la penitenciaría. Está seguro de que su defendido no es culpable ni del tiroteo ni de la desaparición de Mariela Lioni, y por sobre todo quiere andar bien con los curas. Con el secretario tomo un café en un pasillo y le regalo las diez lucas; con el prefecto no tengo más que sonrisas: está ansioso por hacerle un favor a mis dos benefactores, así que me franquea las rejas. Es un presidio descascarado y sucio, como casi todos, y está lleno de prebendas y matufias. Requis El Grande paga, sin embargo, por guardaespaldas y por sirvientes, y ya maneja la interna. Vive en una celda espaciosa a la que llaman «la suite», y cuenta a disposición con un convicto que fue chef de un hotel top en Paraná de las Palmas. Los guardiacárceles requisan de manera benigna e indulgente los regalos que traigo, siguiendo los consejos del Gran Jack: «Es durísima la vida en la tumba. A veces con dos paquetes de yerba y tres cartones de cigarrillos hacés un estropicio». Pero a semejante poronga no se lo ablanda con yerba y puchos, sino con delicatessen, ofrendas en canasta de lujo para un monarca que reposa en otro nivel.
El Grande me recibe en un locutorio vacío y amplio, y no se molesta en darme la mano. Revisa la canasta con desapego y con un punto de ironía, acaricia la botella de whisky y abre el estuche de los habanos. Huele largamente el primero, le quita el sello y le arranca y escupe el cabo, y me pide con un gesto que se lo encienda. Se lo enciendo con un fósforo y dejo que se siente y lo saboree en silencio. El humo lo envuelve y le amplía la sonrisa. Los meses transcurridos no lo han engordado ni un gramo: sigue siendo aquel tipo huesudo de frente despejada, que habla con su acentuada nuez de Adán. Me siento en la punta de la larga mesa, y me mantengo en silencio respetuoso. Dejo incluso que se aburra de mirarme y de contemplar una y otra vez la brasa, y también que extraiga un mazo de cartas y comience a jugar al solitario. Lo interrumpo acercándole lentamente la carpeta anillada, que observa de reojo.
—A su sacapresos le va a servir esta información —le explico—. Lo primero es cosa juzgada, pero lo segundo enseña muchísimo.
—¿Ah, sí? —me contesta, sin entusiasmo—. ¿Y qué enseña?
—Que su verdugo tiene una debilidad.
Ahora acaricia la cartulina y repasa sin leerlos los folios con sus dedos torcidos.
—Siempre es bueno saber con qué bueyes se ara —acepta, y la nuez sube y baja—. ¿Y a qué se deben tantas atenciones?
—Usted lo sabe de sobra.
—¿Todavía está buscando a esa zampona?
Se rasca una mano con el puro entre los dientes, y después apoya los codos en la mesa. Tiene la cabeza vuelta hacia la izquierda, como si no quisiera que le descifrara el criptograma de la frente. Afuera se oyen los insultos y las carcajadas del patio, también el silbato de un árbitro improvisado. Finalmente, El Grande vuelve la jeta, se incorpora con pachorra y le ordena con una mueca al guardia que sea su changarín y cargue la canasta. La carpeta del juez se la lleva él mismo bajo el brazo. Pero cuando está por salir del locutorio y de mi vida, se da media vuelta y dice, con voz subterránea: «El violinista es nuestro amigo». Únicamente eso. Y vuelve a sonreír: «Déjele mis saludos a Su Santidad, compadre».
Busco a Moretti en el colegio, pero me aseguran que dio parte de enfermo.
Lo encuentro medio engripado en su departamento de La Lucila. Lo empujo y cierro la puerta con llave y tranca. Está en pijama y balbucea excusas, lo derribo de una cachetada y lo arrastro de una oreja como si fuera un alumno rebelde.
Está haciendo mucho batifondo así que le aplico un sedante más fuerte y lo tiro sobre la cama desordenada. Arranco los dos cordones de las cortinas y le ato las manos en cruz, y después le meto un zoquete en la boca y le armo una mordaza casera con su propio slip. Está saliendo de la confusión a los bofetones, y trata de hablarme con el garguero bloqueado. Desesperado por hacerse oír y perdonar.
Chasqueo la lengua:
—Me equivoqué con vos, Moretti. Tendría que haber ido a fondo desde el principio, y encima después te perdoné el renuncio. Soy un boludo, y vos te cagaste de risa de todos, especialmente de mí.
Niega con la cabeza, le caen las lágrimas. Busco en el lavadero y encuentro una plancha Atma de vapor, con suela de acero inoxidable. Se la muestro y la pongo a calentar sobre la mesita de luz. La observa con pánico.
—Voy a ser higiénico, profesor, no quiero macanearte —le aviso—. La única manera que tenés ahora de evitar que te planche la verga y las bolas es una confesión directa: fui yo, me la banco, y voy a contar cómo y dónde.
Sigue negando e implorando misericordia, así que deshago el ténder con una tenaza y le ato también los pies. Luego le arranco el pantalón y le aplico la suela de acero a un muslo y después directamente al ombligo: nunca hay que empezar por la capital, siempre conviene quemar primero los suburbios. Todo su cuerpo se tensa y parece que le va a dar un infarto de miocardio: los tipos como Moretti tienen un umbral bajísimo de dolor.
—Te cansaste de galguear y de pedir limosna, y te rendiste a los Requis —le digo—. El fin justifica los medios. La orquestita de los niños expósitos, el Nobel de la Paz. ¿Le rompiste el corazón a la monjita?
Cabecea convulsamente, dándome la razón por primera vez. Le quemo una tetilla y se arquea como si le hubiese clavado un arpón.
—Amagó con denunciarte y la sacaste del medio —insisto.
Vuelve a cabecear de manera histérica, haciéndose cargo de esa boleta. Lo hace con tanta vocación y con tanta velocidad que me entra una duda. Le plancho los pendejos y la ingle. Grita sin ruido y llora de impotencia. Le quito la mordaza y le coloco la punta de la Atma a tres centímetros del ojo izquierdo.
—Si subís la voz te vacío la córnea, forro. ¿Me entendés?
Entiende a la perfección, tenemos un trato. Pero por las dudas no aparto la proa de la plancha de esa cara mojada y pálida, manchada de pelos sudados.
—Vos no tenés huevos para matarla —razono—. Pero la entregaste.
Le cuesta responderme, traga saliva, toma aire, carraspea.
—Estaba cabreada conmigo, pero jamás pensó en denunciarme —afirma con tono aflautado—. Nunca fue un peligro para mí, ni para El Grande.
—El amor, el amor y la pija —le devuelvo—. ¿Y entonces?
—Pasaron unos meses, y la cosa se complicó.
—¿Por qué?
—Porque nos pedían cada vez más —dice rescatando una porción de raciocinio—. Al comienzo son nada más que benefactores de barrio, después son tiranos.
Bajo lentamente la plancha; por fin está hablando con sinceridad. Parece el eco testimonial del Turco Jalil.
—Dale —le ordeno, porque se quedó tildado—. Dale.
—Nos consiguieron contratos en Montevideo y en Colonia, y también en Punta del Este —se conecta—. Viajamos mucho con la orquestita.
Esta vez dejo la plancha en el piso y prendo un faso. De repente todo es tan cristalino.
—Creí que todavía sacaban la guita con el sistema de «cholas» —comento—. Esas coyas que cruzan la frontera del norte con kilos de billetes para lavar en Asunción y en Lima.
—Nosotros somos entonces las «cholas» charrúas —modula, y no hay humor en esa declaración cáustica.
—Usan el ferry —completo—. Las fronteras son laxas con los chicos solidarios y con los idealistas de las ONG.
—No se imagina cuánto.
—Y además debe haber algún entongado en Migraciones.
—Además.
—Los chicos no son tontos, se dan cuentan de lo que llevan las mochilas. Y Lioni también.
—Se volvió literalmente loca —se lamenta, y mira el cielo raso—. Me dijo palabras horribles. Estás formando Rojitas, traficás con la esperanza, pactaste con el Diablo.
—Rojitas —repito, el experimento fallido de sor Mariela, el ejemplo viviente que salió del infierno y terminó ejecutado en una triste bocacalle.
—Quise explicarle que a veces no podemos volver atrás —agrega el profesor Traición—. Pero estaba perturbada, desconocida. Se fue corriendo de acá, y nunca más la vi. Ya sé que no tengo derecho a jurar por Dios, pero le aseguro que esa es la posta. Le puedo decir lo que quiera con tal de que no me queme, pero esa es la posta. A los dos días dejó la esquela y se las picó.
—«La fe también se agota» —recito sin solemnidad, repasando cada letra.
—Hablé con Requis El Grande, que no se preocupó mucho, la verdad —prosigue—. La mandó buscar por todos lados, y después empezó a hacer correr la bolilla que se la había boleteado alguien del clan de los Pajuelo. Por joder, y para sacarse de encima el paquete. Ni los Requis ni los Pajuelo, ni usted ni yo, ni nadie sabe dónde se escondió.
Me concentro algunos minutos en esa información, tratando de ponerme en el lugar de Mariela. Me viene a la cabeza un soldado que sobrevivió a la batalla del Monte Tumbledown, que malvivió varios años en la indiferencia y que de un día para el otro faltó de casa. La policía, su familia y sus amigos lo buscaron durante dos años y lo dieron por muerto. Creyeron que se había suicidado como tantos otros camaradas. Una noche sonó el teléfono y era un médico del Hospital del Salvador: tenían internado a un argentino, que se negaba a hablar y a responder por escrito las requisitorias. Mendigaba desde hacía bastante en la ciudad de Valparaíso y dormía en las calles. Descubrieron que tenía en el torso y en una pierna viejas cicatrices de balas y esquirlas, y que llevaba una serie de tatuajes sobre la causa Malvinas. El médico se tomó el trabajo de llamar desde Chile a dos o tres centros de excombatientes, y varios veteranos fueron pasando la voz.
El hermano mayor del desaparecido reconoció los tatuajes y viajó a Valparaíso.
Un psiquiatra le explicó algo que sucede desde el principio de las guerras y de los tiempos: algunos seres humanos no aguantan más, se quiebran y escapan a otro mundo. Se les agota la fe en sí mismos y en su país y en su dios, pierden la memoria y la identidad, y apenas les alcanza para irse lejos y buscar el más absoluto olvido. Lioni era una idealista congénita que se sintió defraudada una y otra vez por Dios, y también era una santa enamorada que puso en el altar a ese héroe equivocado. Que terminó decepcionándola de la peor manera. Suena plausible, aunque no necesariamente sea verdad.
Dejo a Moretti boqueando lágrimas, paso a la cocina y busco una botella en las alacenas: necesito un trago. Pero parece que el violinista es abstemio, así que me tomo un vaso de soda evaluando los cuchillos de cocinero. Elijo el más grueso y el más afilado. Pero antes de regresar al dormitorio, me entra una curiosidad malsana: un tercer ambiente donde el profesor amontona instrumentos, papeles, partituras y libros. Algunos volúmenes son mamotretos lujosos, escritos en italiano y dedicados a la historia del arte. Un nidito de amor y de intercambios, donde además de practicar el sexo pagano se habla de pintores licenciosos y compositores geniales. Me llama la atención un libro amarillento, pesado y enorme sobre al Renacimiento, que tiene en la tapa el David de Miguel Ángel, y páginas que repasan los museos de Florencia: principalmente, la Galería de la Academia y el Palacio Uffizi. Al manipularlo se cae un folleto con láminas en papel ilustración que parece el fascículo de un diario: contiene las diversas versiones de Nuestra Señora de los Dolores, desde Tiziano hasta Murillo. ¿Adónde te escaparías si tuvieras que perderte para siempre, sor? ¿Serías una mendiga en Shangai, una refugiada en Londres o una oficinista en París? De repente me llega del pasado una imagen y se me paraliza el corazón: aquella madrugada cerca del Ponte Vecchio cuando corrí junto a maratonistas de alto rendimiento por calles empedradas y recovecos intrincados que partían y terminaban en el río Arno. ¿Y si Mariela Lioni corría en esa misma manada hosca y fantasmal? ¿Y si la historia efectivamente es circular y fantástica, y ella regresó con otro nombre a la ciudad dorada de donde había partido? ¿Y si cruzamos el mundo para buscarla y la teníamos todo el tiempo bajo nuestras propias narices? Es absurdo, descarto enseguida; los curas la habrían descubierto tarde o temprano. Alguien habría avisado que la hija pródiga estaba de regreso, esas cosas se saben. ¿Pero puedo estar tan seguro? Mariela llevó una vida de claustro, estudio y meditación, alejada de la comunidad, y creo recordar que en el archivo del padre Pablo se mencionaba a sus únicas dos compañeras florentinas: ahora misionaban en África y no sabían nada de ella. Y también a los dos ancianos que la alojaban y que murieron de causa natural pocos años después. Mariela Lioni no era muy popular en Florencia, a pesar de que había pasado un tiempo en ese museo viviente. Era una auténtica desconocida. Vuelvo a sentir aquel pálpito inespecífico, que entonces tomé erróneamente por un mal presagio. Si Lioni se quebró, no esperemos de ella un pensamiento estratégico y cuidadoso, trato de razonar con desasosiego: los quebrados van donde los arrastra la marea del instinto. Pero me resisto a la idea, me cago de risa de ella, y regreso por fin al dormitorio. El violinista ve con auténtico pavor que alzo el cuchillo y cree que voy a achurarlo, pero únicamente le corto de un tajo limpio las ataduras de una mano y lo clavo de punta en el piso de madera.
Ya en el departamento de Belgrano R me sirvo un vodka con hielo y limón, y me interno en la notebook. Primero releo todo el informe del Vaticano: Mariela hizo posgrados en Roma y también vivió en Venecia. Su paso por Florencia no duró, en realidad, más de diez meses. Eso amplía mucho el abanico de posibilidades, pero es cierto que fue en tierra de los Medici donde recibió la noticia del fallecimiento de su madre y donde «algo» la hizo dar un giro de ciento ochenta grados. Algo. «El llamado de la pobreza». Que detona su carrera intelectual en un santiamén. La vida a los bandazos de una soñadora apasionada e impulsiva. No quiero descartar Italia, aunque podría estar en Saigón, Alepo, Curitiba o Chascomús. La mía es una conjetura un tanto esotérica, pero no quiero desecharla porque Mariela Lioni es la Virgen de los Dolores, y porque esa devoción fue creada justamente en esa diócesis florentina. Extraño mucho a Palma en estos menesteres, pero bendigo haber tomado clases de italiano con aquella profesora jubilada: no domino ni mucho menos el idioma, sigo con mi cocoliche, pero puedo sospechar el sentido de algunas oraciones. Rebusco en distintas páginas de Internet y me entero de que la congregación femenina de la orden tiene en Firenze una pequeña iglesia de 1899 y una escuela primaria y secundaria: el Instituto de las Hermanas Siervas de María Santísima Dolorida.
Durante la Segunda Guerra Mundial fue un refugio de los judíos perseguidos. El culto de La Dolorosa es largo y pródigo en pinturas, estatuas y cuentos. ¿Pudo Mariela soltar a Jesús y aferrarse como un tótem a la madre de las siete heridas?
Me pregunto al instante en qué creo yo mismo y cuánto hace que no pienso en Dios. Tal vez desde Monte Longdon. Luego la trastienda del poder me llevó al desengaño y al escepticismo total, al rechazo involuntario y automático de cualquier superstición, de cualquier creencia celestial o terrena. Ni siquiera en los momentos de mayor zozobra y sufrimiento cedí a la tentación de rezar un Padrenuestro. Pruebo rezarlo ahora en voz baja, para comprobar si sigo recordando cada una de sus líneas. Y me río de mis divagues y flaquezas. Más allá de que la monja se encuentre en Italia o en Tanganica, ¿qué pasa si salió del país, por dónde pudo hacerlo y, en todo caso, cómo consiguió un pasaporte? El suyo, obviamente, no registra movimientos desde su regreso a Buenos Aires.
Trato de ponerme otra vez en sus zapatos. Y llamo por teléfono a sor Fabiana. La gorda está dormida, pero atiende creyendo que la requieren para una extremaunción. Le pido un favor y le explico que no volveré a molestarla.
Supongo que logro transmitir la urgencia y la importancia del asunto, porque una hora más tarde me devuelve la llamada y me anoticia de que me esperan. Está amaneciendo cuando llego a la parroquia, y aguanto un rato largo que Fabiana y Josefina acaben sus oraciones reconcentradas. Las dos se ponen de pie, y entonces veo de frente el rostro avejentado y ojeroso de la viuda de Pajuelo.
Tiene los párpados hinchados y los labios del color de las uvas negras. Le doy mi más sentido pésame y le hago una pregunta inesperada, que ella responde sin pasión. Cuando necesitaba documentos, su finado marido recurría a un sobrino de buen pulso que laburaba en el Registro Nacional de Personas.
—¿Sor Mariela lo conocía? —le pregunto.
—Sí, señor, el sobrino venía seguido antes de quedar preso —me responde, sumisa—. Ella lo visitaba en la cárcel y le arregló un bautizo complicado, tuvo que hablar con el auxiliar del obispo.
—¿Y sigue adentro?
—No, señor, se casó y ahora vive en la zona de Tigre, pero de legal —dice mordiéndose un labio inferior—. Ni siquiera viene a visitarnos.
No conoce la dirección exacta, pero anoto en la libreta el nombre de una agencia de lotería. Me laten fuerte el cuello y las sienes cuando encaro la Panamericana y me desvío por el ramal Tigre. La agencia es un local más estrecho que un baño y el sobrino es un desnutrido con pocos dientes. Permito que atienda a dos jugadores y cuando ya no quedan más, cierro y trabo por dentro la puerta, coloco el cartel de «cerrado», le disparo un tiro a la cámara de seguridad solo para hacer un poco de ruido, y le apunto a la garganta con la Walther P99. Parece que tiene Parkinson, a pesar de que es un reo de experiencia. Hace gestos de querer entregarme la recaudación, pero lo pongo de rodillas y le prometo la muerte rápida. Solo cuando pronuncio la palabra mágica se le detiene el temblor: Lioni. Ahí se queda tieso, con los ojos muy abiertos, y levanta las manos al cielo. Para acelerarle la rendición, le aseguro que todo me importa un carajo con tal de que me entregue el nombre y el número.
Tartamudea. Viene haciendo buena letra desde que salió de cafúa, pero no pudo darle vuelta la cara a Mariela, que tan buena había sido con él, con su esposa y con su hijo. Cuando se enteró de que la buscaban miró para otro lado, porque la adulteración lo incriminaba y porque prefería traicionar a su tío antes que delatar a su ángel protector. Dejo que llame por celular a su mujer y le pida que revise un armario. A pesar de las instrucciones precisas y desesperantes, tarda mucho la pava en dar con el cuaderno. Finalmente, lo consigue. El pasaporte trucho fue fabricado a nombre de Lidia Alexia Dob por un antiguo socio del Registro, que sigue en la mordida y que vulneró las claves informáticas, tergiversó los datos del titular en una matrícula y le confeccionó una nueva identidad a la amiga de su antiguo colega: este únicamente tuvo que ir a buscar el documento y luego en su taller, con gran artesanía, agregarle las fotos y las huellas dactilares verdaderas. Fue una maniobra veloz y en cierto modo rutinaria, que no duró más de cuarenta y ocho horas, y que implicó una serie de delitos: asociación ilícita, falsificación ideológica de documentos públicos y facilitación de tráfico ilegal de personas. Los cargos que alguna vez habían encanado al sobrino de Pajuelo.
Habitualmente, el trámite cuesta mucha guita. Esta vez salió gratis porque el compinche jamás fue buchoneado, ni aun bajo tortura: el desnutrido se comió solito el garrón y, en consecuencia, el otro le debía una muy gorda. Estamos ante una enternecedora cadena de favores.
Guardo la pistola y le formulo la última pregunta: ¿Mariela le comentó adónde se iba? Contesta rápidamente que no, pero que él recomendó la Cacciola y un vuelo internacional desde el aeropuerto de Carrasco. No tengo por qué no creerle: su vida pende de un hilo y yo tengo una tijera. Falta una última constatación, y llamo a otro topo de la Central para que me la consiga. Me aconseja, mientras me hace el favor, entrar en un sitio de política digital y leer un informe periodístico. El artículo anticipa el rediseño total del área, y revela que Leandro Cálgaris trabaja intensamente en ese proyecto junto con especialistas y miembros de la Comisión Bicameral Permanente de Fiscalización de los Organismos y Actividades de Inteligencia. También trascienden nombres de posibles candidatos a dirigir la nueva Agencia, que será creada en los próximos meses. Una fuente del Senado menciona como posible «Señora 5» a Beatriz Belda y asegura que tiene el consenso del oficialismo y de la Liga de los Gobernadores. Pero la socióloga lo niega vagamente, y afirma que la versión es «apócrifa e interesada».
Echo de menos a Palma, aunque trato de seguir su lógica: introduzco el nombre «Lidia Alexia Dob» en Google, en Facebook y en distintos buscadores de personas. Pero solo encuentro algunos ambiguos homónimos. El topo me indica que el nombre y el número corresponden a una señora muy mayor que reside en un geriátrico de Mendoza, que cobra la jubilación a través de su nieto con un poder, y que tiene vencido el pasaporte. Una sustitución muy conveniente. Ofrece pedirle a Europol que meta esos datos de filiación en su propio sistema: «Ojito, puede tardar una semana, y ya no quedaríamos a mano, Remil: vos estarías en deuda, serías mi esclavo y yo podría cobrarte en especies y en cualquier momento». Acepto sin dudar. No tarda una semana, sino tres días: nada de nada. Registra una entrada en Fiumicino, pero a partir de ese punto la huella se pierde: ni empleo en blanco, ni seguro social, ni depósitos bancarios ni tarjeta de crédito. Mariela se deshizo de Lidia y siguió adelante, caminando por el lado de la sombra. ¿Podría afirmar que sigue incluso en algún país de la Unión Europea? Es lo más probable, aunque también existe la chance de que se haya procurado otra cobertura, se haya movido por rutas ilegales y se encuentre en cualquier otro sitio. Aun en tiempos de chips y redes sociales, informatización, cámaras callejeras y fronteras rigurosamente vigiladas es posible desvanecerse en el aire si uno está dispuesto a los sacrificios y cuidados que eso implica. Lo sé por experiencia.
Nado peligrosamente en el Río de la Plata tres tardes seguidas, y trato de atarme una mano para no hacer lo que al final haré y con los resultados previsibles. «Tengo una nueva pista sobre el caso Lioni», le escribo a Cálgaris por chat. Y me quedo seis horas sin ninguna respuesta. Un poco entonado por el vodka de la medianoche, me atrevo a insistir: «Pido autorización para viajar al exterior». Cuando despierto, con los primeros rayos del sol y una fuerte resaca, me choco con una réplica fulminante: «Autorización denegada». Lleno de furia e impotencia, fantaseo un rato con pasar por encima del coronel e interesar a algún jefe de la Unidad Antimafia. Pero la pista es vaporosa y para ellos yo sigo siendo aquel culo de Nápoles, aquel inolvidable hazmerreír de la comunidad de inteligencia, el bulldog del mandamás de la Casita. Por donde se lo mire es una imbecilidad y puede salirme el tiro por la culata.
Un martes borrascoso, poco apto para la natación, recibo una llamada del Salteño. Me avisa que viajamos esta misma noche y que pasa a recogerme a las cuatro y media de camino a Ezeiza; es una misión sin armas, con viáticos para tres días. No tiene la menor idea acerca de su verdadera naturaleza; solo sabe que el destino es México y que su enlace es un inspector de la División de Inteligencia de la Policía Federal. Obligado a dejar la Walther P99, abro el zócalo secreto, retiro todo el efectivo con el que cuento (un fajo con dólares y euros que guardo para situaciones complicadas), y elijo entre varias opciones una: el pasaporte que me permite viajar con el apellido Conde y con las credenciales de un académico de historia. Será un vuelo silencioso y nocturno, donde no hablaremos ni siquiera de Goose Green; él duerme contra la ventanilla y yo leo una biografía de Stalin: «No es que Dios es injusto, sino que en realidad no existe. Hemos sido engañados. Si Dios existiera, habría hecho el mundo más justo. Te prestaré un libro y lo verás». Mientras desayunamos obligo a mi compañero a soltar prenda y a especular un poco. «Solo tengo orden de llevarte al Distrito Federal y traerte sin un rasguño —se encoge de hombros—. Creo que es una colaboración judicial». Pienso en Mariela Lioni cuando atravesamos la última puerta y desembocamos en el vestíbulo central del Benito Juárez: un azteca moderno de saco y corbata, pelo con gel y gafas oscuras nos hace señas.
Se producen presentaciones ceremoniosas bajo nombres falsos. Salpica preguntas de ocasión pero se cuida de no adelantar la razón de nuestra estadía mientras nos conduce hasta un hotel barato en zona de tribunales. Dejamos los equipajes livianos, y seguimos hacia la colonia Santa María Insurgentes, en el norte de la ciudad. El Salteño y yo nos miramos al descubrir que es el Centro Médico Forense. Una morgue que puede albergar hasta ciento cincuenta cuerpos y que está equipada con tecnología de punta. Ahora es obvio que venimos a reconocer un cadáver.
El azteca nos guía por corredores, nos presenta a distintos técnicos y administrativos, y nos pide que llenemos dos formularios. Esperamos largo rato en una sala contigua a una cámara de conservación, y entonces nuestro anfitrión suelta un poco la lengua: «Logró borrarse las huellas dactilares, un cirujano le sacó piel del abdomen y le hizo un trasplante perfecto. Le cobró 50 000 dólares.
De todas maneras tenemos, como se imaginarán, un noventa y nueve por ciento de certezas. Pero el pinche juez es muy puntilloso, quiere además una identificación positiva antes de poner la firma». No puedo sino imaginar a sor Mariela desnuda y flaca, sobre la plancha de acero. Estoy obsesionado con ella.
Dos enfermeros abren la puerta y empujan una camilla; un forense nos da los buenos días y tira de la sábana. El Turco Jalil fue capturado con el pelo largo y crespo, y con una barba abundante y revolucionaria que realmente le desdibujaba las facciones. Pero para la necropsia le afeitaron por completo la cabeza. Los largos meses de prófugo internacional influyeron notablemente sobre su estado físico: se engorda mucho en la clandestinidad. Ningún gesto final delata lo que sentía al morir, duerme como un ángel, pero se nota a simple vista el «tatuaje» en el parietal temporal derecho y que le abrieron el cráneo para extraerle el proyectil de la masa encefálica. Después hicieron un excelente trabajo de restauración: volvieron a cerrar todo para no arruinar una buena cara ni una eventual identificación positiva. Que yo confirmo ahora con un gesto. El azteca parece muy satisfecho, me palmea incluso el hombro. Mientras nos lleva en su coche hasta el juzgado demuestra por primera vez su buen humor y nos relata que al comienzo les parecía un suicidio, pero que cuando pusieron más atención se dieron cuenta de que el disparo no era en la sien sino dos centímetros por encima de la oreja y de atrás hacia adelante; más tarde el barrido electrónico demostró que la mano no tenía restos de pólvora. El arma era una Bersa Thunder 22 sin numeración, que apareció junto al cadáver, en medio de un gran charco de sangre. Jalil vivía en un piso del barrio residencial de Santa Fe. Hacía tres semanas que lo tenían localizado, pero el Turco ya no salía a la calle: pedía todo por delivery y él mismo se encargaba de la limpieza. Le intervinieron el teléfono, pero casi no lo usaba. Estuvo aislado días y días, hasta que una noche recibió visitas: aparentemente, una puta y dos amigos. Los fotografiaron de lejos y en la oscuridad, porque entraron directamente por el garaje y se fueron antes del amanecer: la policía no consiguió buenas imágenes y la placa resultó falsa. La DEA presume que uno de los «amigos» era un capitanejo de Los Zetas, que también traía captura recomendada y a quien se lo creía oculto en Brasil. Los patrones de Jalil finalmente no le perdonaron aquella derrota, pienso con inevitable tristeza. Y quizá hasta tenían buena información de adentro: enterados de que ya estaba cercado, los Dragones corrían el riesgo de que lo atraparan vivo. Si lo ejecutaron bajo las narices de la cana podía significar dos cosas. Que contaban con alguna clase de protección interna, o que tenían unos cojones y un descaro del tamaño de un edificio. Salomónicamente, decreto que debe ser una mezcla, y me alegro de que salgamos lo antes posible del DF.
Presto declaración durante cuatro horas ante un funcionario judicial, y cuando el trámite termina tengo más hambre que un batallón de mendigos. El azteca se despide de nosotros con un apretón de manos y nos deposita en el centro.
Almorzamos tarde en un patio de comidas donde devoramos platitos y platos fuertes, y enseguida nos fundimos en una multitud de turistas. Cálgaris le ordenó al Salteño que visite el museo del Templo Mayor y, muy especialmente, que observe de cerca los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional. El Salteño no tiene lecturas, ni conocimiento histórico, tampoco sensibilidad alguna por el arte, pero toma esas sugerencias del coronel como órdenes de guerra. Le toco un codo, en medio de la muchedumbre del Zócalo, y cuando se vuelve lo miro a los ojos y le digo: «No voy a volver». Parpadea dos, tres veces, sin mover un músculo, y luego desliza en voz muy baja: «Todos podemos tener un descuido».
Muevo la cabeza y él me da la espalda; retrocedo entre la gente, y camino rápido y me tomo un taxi. Recojo en el hotel mi equipaje, abandono mi celular y regreso al Benito Juárez para comprar un pasaje. Un vuelo directo a Roma.