La herida

La herida


XIV. La Virgen de los Siete Dolores

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XIV

La Virgen de los Siete Dolores

Los gladiadores y los centuriones celebran frente al Coliseo una extraña asamblea gremial, rodeados de cientos de curiosos y de reporteros. Creo entender que una ordenanza municipal les prohíbe seguir en zona arqueológica cobrando propinas por las fotos, que los otros días la policía los corrió a bastonazos y que incluso un sujeto se subió a una cornisa del anfiteatro y amenazó con lanzarse al vacío en defensa de la fuente laboral. Jonás es solidario con sus compañeros: allí está en primera fila, con su escudo oblongo, su casco de visera, su cresta de plumas, su brazal de cuero para el hombro y el brazo derecho, y su corta espada de plástico. El espectáculo dura gran parte de la mañana, y cuando termina, el gigante avanza con otros en busca de un trago fresco y me encuentra por el camino. Su reacción es tan amigable y ampulosa como si nada hubiera sucedido en las catacumbas napolitanas. Me abraza con afecto y me presenta con euforia a los otros legionarios como si yo fuera su hermano de la vida. La convalecencia debió de ser realmente dura, porque Jonás todavía está algo demacrado y le ha desaparecido como por arte de magia la panza. Nos apartamos del grupo, nos acodamos en una barra y confirmamos sin palabras que no guardamos reproches mutuos: él provocó con sus viejos desatinos que casi nos mataran, y yo lo abandoné en aquella bóveda húmeda dándolo por muerto. Pero estamos a mano, y no vamos a revolver ese tarro de bosta y miserias. Se quita el casco y me cuenta la larga recuperación en el Policlínico de la vía San Pansini, y después los dolorosos ejercicios de rehabilitación a los que debió someterse en Roma. Animado por la tercera jarra habla del rapado y del viejo sin dientes, y de los muchachos de Scampia, y me propone volver juntos a Nápoles y ajustar cuentas. Como no lo acompaño en el entusiasmo de la revancha, se ríe hasta con las muelas y se acuerda de aquel mail colectivo: «Lo spia che pensa col culo». Tampoco puedo acompañarlo en esa chanza, porque sus efectos secundarios fueron desastrosos y siguen a la vista.

Cuando me quedo en silencio, se le borra la alegría y me pregunta qué hago en Italia y en qué puede ayudar: «Necesito un móvil que no pueda ser rastreado y unas esposas», le respondo, y cuento el efectivo bajo su nariz. «¿Nada más? —se sorprende—. Puedo conseguirte un bufoso en el mercado negro». Niego con la cabeza y sonrío: «Las ánimas perdidas no se atrapan con armas de fuego».

Agarra el fajo, que contempla una suculenta comisión, y quedamos a cenar la noche siguiente en L’Antica Birreria Peroni. Me abraza cuando nos separamos.

Volví a hospedarme en el hotelucho de Piazza Venezia, a correr alrededor del Altar de la Patria y también a probar fierros y guantes en el gimnasio de la vía Di Sant’Agata de Goti. Suelo eludir por prudencia el barrio Prati, meterme en distintos templos a vigilar a los devotos de la Virgen y caminar todo el día buscando ridículamente en la multitud a Mariela Lioni. Sé que la chance de que permanezca escondida en Roma es minúscula y alocada, pero no puedo evitar esa ruleta. Llevo tres días en la ciudad, y algo me dice que el arte de estos imperios superpuestos es acaso la última pasión real que le queda. Todas las demás —el amor, los pobres, la solidaridad y su mismísimo dios— se fueron cayendo a pedazos una tras otra. En cambio, el arte que bebió en su juventud, ese aburrido e inexplicable vicio por las pinturas y las esculturas virtuosas, resiste cualquier defraudación. Lo sé porque Leandro Cálgaris sufre esa misma clase de devaneos y debilidades.

Para Lioni, Roma sería un suicidio, ¿pero Florencia? Necesito tomar cuanto antes un tren a la estación Santa María Novella, aunque no puedo olvidarme de comprar un pasaje abierto a Buenos Aires, para cuando me quede sin un mango y deba regresar con la cabeza gacha a esa jubilación anticipada en la que ahora vegeto sin ganas y sin ilusiones. Es una apuesta contra mí mismo que tiene todas las de perder, pero resignarme resulta todavía más riesgoso que esta búsqueda absurda y que este azar. Lo dicho: puede estar en Irak o en Namibia, pero lo concreto es que Lidia Alexia Dob aterrizó en Fiumicino, y que tengo algo de experiencia en la cacería humana.

Jonás llega a la Birreria Peroni con un paquete y una historia que leyó en el diario y que no puedo ni debo perderme. El 11 de noviembre de 1983 un grupo de ladrones entró en Villa Torlonia y se robó quince estatuas de mármol. Una de ellas representa a una mujer griega vestida con una extraña túnica, se llama Torlonia Peplophoros y fue vendida en Nueva York a un coleccionista en 2001. El comprador pagó entonces 75 000 dólares, pero este año quiso deshacerse de la griega en una casa de subastas, descubrió que era afanada y la entregó al FBI. Ahora la repatriarán con todos los honores. «Al coronel le va a encantar la anécdota —me previene sin saber que nos hemos divorciado—. Te pido igualmente que no le cuentes esta otra parte del asunto: conozco al que organizó el golpe. Un romano culto y muy hábil, un aristócrata venido a menos. Traté alguna vez de interesarlo en una bicoca, pero no agarró viaje». Me imagino la bicoca, algo tan original y fácil de hacer como el Tesoro de San Gennaro.

Me meto en el baño: el celular es básico y fue comprado a nombre de un «centurión»; las esposas son usadas pero todavía funcionan. Y la Beretta fue fabricada a finales de la Segunda Guerra Mundial; es lo único que le devuelvo bajo la mesa. «Nunca me viste en Roma», le aviso. Jonás me lo jura haciéndose la señal de la cruz, y me pregunta por el Salteño mientras devora una lasaña. La conversación, como no podía ser de otra manera, deriva en los sucesos de Goose Green. Eructa ruidosamente en la via de San Marcello y me desea lo mejor, y yo no pierdo un minuto: vacío mi cuarto y tomo el tren nocturno hacia el reino de los Medici. Procuro alojarme en una pensión barata cerca de la terminal y, sobre todo, de la Grotta di Leo, donde comen día y noche los choferes y donde puedo mostrar la foto de Mariela Lioni: una de las pocas que la presenta sin los hábitos negros, con la melena corta al viento, participando de una maratón en Costanera Sur.

En cuanto amanece, paseo esa foto por los alrededores, chapurreando en cocoliche la leyenda de que su madre la busca. Algunos me narran raptos tenebrosos y el tráfico de personas en Europa, y una anciana, al segundo día, le parece que se trata de una vendedora del Ponte Vecchio. Pero cuando me acerco cautelosamente a la tienda indicada, resulta que la sospechosa tiene diez kilos de más y diez años de menos. Acecho el palacio de los Ufizzi y pierdo toda una tarde observando el desfile incesante de turistas y veo desde una ventana del piso superior el único cuadro que me conmueve: la inverosímil puesta del sol detrás del río Arno. Pienso en Cálgaris, no solo porque la última vez me conducía por estas salas y corredores, sino porque ya sabe que estoy en Italia. Tiene dos alternativas: informar a las autoridades locales (policía y embajada) o dejar que me choque contra la pared. La primera opción es complicada, porque le endilgarán la desprolijidad sin leer la letra chica: no puede controlar ni a sus propios hombres. La segunda es más sencilla, salvo que en mi vehemencia termine cometiendo algún estropicio. En todo caso, siempre podrá aducir que fui despedido y que actuaba por mi cuenta y riesgo, y sobre todo a sus espaldas.

Estoy seguro de que el viejo ya analizó todas las salidas, y no se preocupa demasiado por esta insubordinación. En su cabeza, ya soy tan imprevisible e inútil como Jonás.

Muy temprano paseo la imagen de Lioni entre los guías de los museos, y paso un rato en la Galería de la Academia dejándome arrastrar por la muchedumbre.

A media tarde voy en taxi al Instituto de las Hermanas Siervas de María Santísima Dolorosa, y charlo en mi media lengua con la monja más veterana de todas: no reconoce a Mariela, pero se hace una fotocopia para compartirla con profesoras y alumnas, y anota por cualquier cosa mi número de celular.

Visitamos juntos la pequeña iglesia de 1899 y me ilustra sobre el culto de la Addolorata. Vuelvo al centro y recorro el casco histórico de noche en todas las direcciones posibles, y de madrugada me calzo las zapatillas y me uno a las mujeres que practican running por las calles desiertas. Les enseño a ellas el rostro de Lioni, pero ninguna reacciona positivamente. Allí mismo tuve aquel vago presentimiento, pero pienso ahora que se trató de una mera casualidad. Es raro, porque en mi oficio las casualidades no existen; los eventos mágicos, tampoco. Y sin embargo, ¿cómo no creer en la magia del destino entre tantas catedrales y basílicas, y rodeados de tanto arte sacro?

Me acerco a policías de uniforme con mi cantinela de siempre, y uno que se jacta de ser fisonomista duda un poco pero no aporta nada. Un vigilante me acepta un cigarrillo en la Piazza della Signoria y al notar las dificultades del idioma me sugiere que hable con un camarada que sabe español. Me lo pasa y le explico la situación. Habla como un andaluz, y me remite a un tal Zingaretti, que es miembro de la brigada móvil de la Polizia di Stato, tiene madre cubana y se defiende. Hay un bar de policías fuera de servicio en un barrio periférico.

Zingaretti es un pelado fibroso y efusivo al que le encanta practicar el castellano.

Entre colegas no puedo mentirle: busco a una mujer que desapareció de Buenos Aires y que está fuera del sistema. «¿Tienes idea de cuántas personas permanecen aquí fuera del sistema? —me devuelve—. Está bien que montes guardia en los museos, si crees que bajará en algún momento al territorio, pero lo más probable es que trabaje y viva entre inmigrantes indocumentados. Y en los suburbios. No es fea, tal vez haya hecho tratos con marroquíes, albaneses y moldavos, que se dedican a la prostitución. Como sea, podrías escanearme la foto y yo podría ingresarla en nuestro circuito de alerta». Es afable pero no puede con su genio y trata de indagar en mi cobertura: sigo el protocolo que me enseñaron; no creo que lo haga, pero si se le ocurre pedir mis datos apócrifos en la Policía Federal se encontrará con trámites muy engorrosos, y al final con una página online que le confirmará mi pertenencia a ese staff y mi rango de subcomisario, si es que el mandamás de la Casita no me borró de esas barricadas. La cara de Mariela Lioni, con su verdadera identidad y su nombre de fantasía, penetra en los servers de la Policía Ferroviaria, la Policía Postal de la Toscana, los departamentos Móvil y de Tráfico, y en otras dependencias afines.

Es un acto de amistad y de colaboración desinteresada, y por lo tanto nadie pone especial empeño. Y, por supuesto, nadie se saca la lotería: informa Zingaretti a las cuarenta y ocho horas que ningún agente levantó la mano.

Alquilo un coche para recorrer el extrarradio, y comprobar la modestia de las zonas populares, los distritos rebeldes de edificios ocupados y gente sin techo, y finalmente, los pueblos industriales circundantes y hasta las aldeas medievales de Certaldo, Vinci y Castelfalfi. En todos y cada uno de esos lugares, me bajo un rato, gasto las suelas, pregunto por Mariela y muestro su imagen. Es un largo día, y ceno una pizza finísima y un plato de spaghettis en la Grotta di Leo, y trato por todos los medios de emborracharme: siento un enorme desaliento. Todo esto tuvo que ser un estúpido error; aun si la monjita se esconde en Florencia tardaría un año entero en poder encontrarla. Y no tengo combustible ni para una semana y media. Ya en la cama, Mariela se me aparece en sueños como la estatua griega de Villa Torlonia, y al despertar sudando frío, siento su presencia en la penumbra de la habitación.

Ocurre, a partir de entonces, un hecho inclasificable: me abandono a las vías del centro histórico, a la sombra de las iglesias antiguas y a la improvisación errante. Oigo todo el tiempo campanas, y me siento en escalinatas esplendorosas, y como un obseso me paso las jornadas avistando damas de todas las edades. En varias ocasiones, la imaginación me juega una mala pasada, y me encuentro siguiendo a una mujer varias calles, hasta descubrir con amargura que ni siquiera se le parece. Una vez creo verla dando vuelta una esquina, y corro detrás de ella.

Pero la pierdo y concluyo que fue apenas un espejismo. ¿Dónde te metiste, Mater Dolorosa? ¿Dónde? De pronto estoy en una capilla escuchando el rosario de seis viejas, y siento que alguien me toca el hombro, pero al volver la vista atrás no encuentro más que el vacío del aire y del incienso. De repente oigo entre los rezos de una basílica el susurro místico de su voz, pero no es más que una quimera acústica. Como en los epílogos de Monte Longdon, como en los pabellones de la penitenciaría donde estuve infiltrado, como en los sótanos de la villa donde pasé mis días clandestinos, estoy perdiendo de nuevo el sentido de la realidad. Me acosan los mareos y una flojera indomable. Estoy enfermo, pero no sé cómo se podría llamar este tipo de enfermedad aguda y lánguida.

Visito burdeles y pago copas y putas sin concretar nada, para saber si ellas pueden recordar ese perfil. Nadie lo recuerda. Y un mediodía de sol tibio, justo tres días antes de marcharme de Italia para siempre, creo divisarla en los escalones de la Santa Croce, muy cerca del monumento del Dante. Es un flash entre el gentío que va y viene, y que impide una visión clara. Con el mayor de los escepticismos, con el miedo físico a un nuevo desengaño, aguzo la vista pero solo consigo verla fragmentariamente; una mujer de pelo largo y canoso, recogido en una cola de caballo, dando cuenta de su breve refrigerio: quizás un sándwich de pollo a medias envuelto en celofán. Va vestida de negro, pero tiene zapatillas blancas. Camino hacia ella sin estar seguro y con dificultad, bloqueado por cientos de turistas que se cruzan. Y como si me sintiera llegar desde muy lejos, ella levanta de inmediato el mentón y me mira entre los cuerpos. Me mira mansamente, con esos ojos que a mí me generan dudas. Pero no deja de mirarme, y yo avanzo en cámara lenta, casi convencido de que voy de cabeza hacia otro malentendido vergonzoso. Entonces la mujer, sin cambiar su expresión, hace un movimiento imprevisto: deja caer el sándwich y desaparece.

Quiero decir que dos hombres me obstaculizan por una fracción de segundo el panorama y que cuando se apartan la dama se ha evaporado. Empujo a dos o tres y llego a los escalones, y trepo por ellos para tener una mejor perspectiva. Y es en ese instante sagrado cuando me doy cuenta de que la mujer corre con los puños apretados hacia la derecha esquivando turistas. Toda la flojedad de hace un rato desaparece, y siento la inyección secreta de la adrenalina: echo a correr con la mente en blanco, sabiendo que me ha sacado no menos de sesenta metros y que será muy difícil atraparla. No se me ocurre, en ese punto, pensar que puede tratarse de alguna otra fugitiva, y que se rajó porque me confundió con un cana: mientras zigzagueo por la marea humana, siento que esa corredora rápida y entrenada es verdaderamente la novicia voladora de Villa Puntal.

Será una persecución difícil y llena de obstáculos. Noto que a la primera de cambio, gira a la izquierda y se mete por una calle empedrada y vuelve a girar.

Ninguno de los dos lleva el tempo acompasado de las maratones: estamos quemando energías a veinte kilómetros por hora en ese laberinto incomprensible.

Y no puedo acortar distancias. Me retrasa además una moto que surge de un callejón y que casi me pasa por arriba. Oigo puteadas y sigo dándole a las zancadas largas y rítmicas, con el corazón pateándome el paladar. Mariela continúa adelante, acelerada y grácil, dirigiéndose hacia el río, y más tarde doblando hacia el oeste y encarando una avenida. Salgo detrás de ella y acepto correr por las veredas y hacer caso omiso a los semáforos. Se oyen bocinazos, frenadas e insultos. Atravesamos pasillos angostos, a la vera de palacios y de monasterios, y veo que empuja a un agente de tránsito que quiere interceptarla.

El botón se cae de traste y queda atónito, y ella se escurre entre transeúntes y por un minuto y medio se esfuma del campo visual. Me detengo a tomar aire y a recriminarme la costumbre del cigarrillo, pero en realidad trato de entender qué rumbo eligió. Por un momento pienso que está escondida, intentando lo mismo que yo: recuperar el aliento. Pero enseguida la localizo escapando calle abajo, a una velocidad sobrenatural. La persigo con toda mi alma, a riesgo de que me dé un bobazo y forzando la máquina de manera imprudente. No sé si tiene conciencia del itinerario o si está improvisando, pero lo cierto es que vamos saliendo progresivamente del casco e introduciéndonos en zonas más pedestres.

De improviso la veo detenerse a boquear en una esquina, y achico distancias sin medir consecuencias. Lioni me observa llegar, apoyada en la pared y resollando, y repentinamente se vuelve a poner en movimiento como un muñeco al que le han dado cuerda. La mía está más bien agotada y me obliga a hacer un alto en esa posta, apoyado en esa misma pared. No puedo quitarle los ojos de encima, mientras escupo los pulmones y me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano. Es imposible atraparla, salvo que algo o alguien la demore. Pero nunca es conveniente esperar milagros, ni siquiera en esta ciudad de ángeles y demonios.

Como si estuviera en el Río de la Plata luchando por mi pellejo, hago el último esfuerzo y retomo la marcha. Corremos ahora sobre un terreno asfaltado y abierto, y raramente silencioso. Casi puedo oír su esfuerzo, como si fuera una jugadora de tenis que ha enmudecido a la tribuna y a quien se le oyen los quejidos de cada revés. Noto que tengo calambres en el estómago y que se me nubla la vista, pero no quiero aflojar el tranco y sigo y sigo sin regular en esta despreciable carrera hacia el fracaso. Percibo que ella está más lenta, pero a la vez siento que yo apenas estoy trotando sin fuerzas y sin oxígeno. La persecución se ha ralentizado, y parecemos dos zancudos ridículos y tristes. Me detengo y caigo de rodillas como un boxeador noqueado por un aprendiz, y empiezo a resoplar con desesperación de ahogado. No me queda ni la uña de una mínima voluntad; mi cerebro ordena, pero mis músculos se niegan a obedecer y creo que varios de mis órganos están por estallar. Me conozco: estoy echando los últimos bofes. Es justo entonces cuando Mariela Lioni vuelve la cabeza y frena.

Y hace a continuación algo insólito: retrocede lerdamente, paso a paso, como si quisiera examinarme de cerca, sabiendo que ya soy inofensivo; tal vez incluso preocupada por mi salud. Tiene gracia, pero yo no se la encuentro. La Mater Dolorosa también viene jadeando, pero en una suerte de beatitud transpirada. Se aproxima recortada por el sol y su sombra me pisa el cansancio. Se trata de una escena fantasmagórica y callada, y aunque trato de vocalizar aunque sea su nombre, no lo consigo. Ella me contempla un tiempo indeterminado, y después se retira sin ruidos y yo me echo boca arriba con ganas de llorar.

No sé cuánto permanezco en esa posición humillante. Tardo muchísimo en sentarme y en ponerme de pie. Y cuando lo logro, me doy cuenta de que dos bambinos con una pelota me miran con curiosidad. Luego uno de ellos me señala una calle transversal, y yo le agradezco con una mueca fatigada. Rengueo en esa dirección siete u ocho cuadras hasta una parada de taxis blancos. Y le regalo a un chofer un billete suculento y le muestro la foto arrugada. El florentino me dice «aspetta» y habla por radio con un compañero. «Via Baracca», pronuncia al cortar, con los ojos brillosos de codicia: «Ci andiamo?». Rebusco en el bolsillo el celular del centurión y llamo a Zingaretti. «Es en el área de Novoli —me confirma con un chasquido de lengua—. Mucho inmigrante y desempleado: hubo desalojos y hay algunos que se creen el Che Guevara. Cuídate de los traficantes de hachís». Acepto la oferta del taxista y me dejo llevar hasta Novoli; me siento sucio y molido, y mis gloriosas expectativas en lugar de crecer se han derrumbado.

La experiencia policial deforma cualquier paisaje: el barrio no parece tan lejos ni tan marginal. Lo recorremos a veinte para que yo lo pueda apreciar en detalle. El taxista me explica que la mujer de la foto se apeó en esas cuadras prolijas y confortables, pero que su compañero no prestó atención hacia dónde se dirigía. Le doy otro billete y le pido que me espere. Bajo y camino por una acera, cruzo y vuelvo por la otra. Me meto por calles menores y atisbo las ventanas de los edificios cuadrados. Le muestro la foto a unos vecinos, que me miran con desconfianza, y avanzo en redondo, buscándome a mí mismo. Suena extravagante, pero al dar tantas vueltas recibo una señal. Es como una de esas inexplicables intuiciones que tienen los animales en el bosque. Bajo la vista de los balcones y me enfoco en un ristorante de poca monta y toldo desteñido que me espera en una bocacalle. Me quedo parado e indeciso, a veinte metros, como si fuera a ocurrir algún acontecimiento. Y ciertamente ocurre: la puerta de vidrio se abre y sor Mariela sale a la luz. Lleva un delantal rojo y verde de camarera, y una camisa nueva de manga corta. Tiene el pelo mojado y suelto, y los ojos castaños y vivaces. Y durante un lapso inacabable no hace otra cosa que parpadear. Supongo que podría echar de nuevo a correr, pero permanece quieta, como si en verdad fuera de mármol. Y no me atrevo a mover un centímetro por miedo a romperla. A continuación, alza levemente los brazos, exponiendo su interior como si me estuviera mostrando sus llagas o estigmas, y avanza como si fuera llamada al cadalso o a la cruz. Su mirada es indefinible, agridulce y hermosa. A llegar junto a mí cierra los brazos y une las muñecas flacas a manera de ofrenda, y yo le ajusto respetuosamente las esposas plateadas.

No tardamos más de dos horas en subirnos al primer tren. Dócil y muda, absolutamente inexpresiva, primero Mariela Lioni se deja conducir en taxi al hotelucho, sube conmigo a la habitación, espera en el borde de la cama que me lave y me cambie, y también que haga la valija, y oye sin emoción las llamadas a la administración del Vaticano y a la portería de Santa Marta, y también los mensajes que le dejo por todas sus oficinas al padre Pablo. Más tarde le retiro a ella las esposas y le explico científicamente cuánto podría dolerle que le meta los dedos entre la clavícula y la escapula, o en la parte trasera de la quijada, justo debajo del lóbulo de la oreja. No niega ni asiente, pero parece acatar con mansedumbre la orden implícita. De hecho se deja abrazar cuando paseamos muy juntos por la estación, y cuando subimos a la formación que nos depositará en Termini. Es el tren de alta velocidad, así que no debería hacer falta que ninguno de los dos utilice el baño. Me extraña, pero soy incapaz de sentirme feliz por esa captura y de sacarle algún tipo de conversación; por otra parte, no sé si ella estaría dispuesta a responder preguntas. Al quitarle el delantal rojo y verde, encontré en el amplio bolsillo un billete de cinco euros, tal vez una propina. Mariela lo lleva ahora doblado en un rollo dentro de su mano izquierda, y no lo suelta por nada del mundo. Resulta en persona más delgada y más alta, y los pequeños surcos en la frente, en el entrecejo y alrededor de esa boca que no conoce el rouge son mucho más profundos. Sus ojos castaños se pierden en las llanuras de la Toscana y en las ciudades fabriles que nos salen al paso. Me viene a la memoria la teoría de Delfina Maggi. La herida fundamental. Todos fuimos heridos alguna vez y nos pasamos los años luchando contra ese accidente, que algunos ni siquiera somos capaces de reconocer.

Vibra el celular del centurión y cuando respondo me encuentro con alguien que se presenta como el secretario personal del padre Pablo. Me pide el número de viaje y el horario de llegada al andén: vendrá a recogernos en un coche. Estiro las piernas sin moverme del asiento, y advierto que Lioni juega con su billete.

Detrás de ella, el sol se va durmiendo sobre las colinas y sobre los terrenos sembrados. Llama ahora Pablo, que no pierde jamás la compostura: le relato esquemáticamente dónde se escondía sor Mariela. «La magnífica ironía de Dios», comenta. No creo que sea una frase propia ni esté dirigida a un simple cazador de fieras. Ahora la mártir de Villa Puntal está convirtiendo los cinco euros en una figura de origami, algo así como un hombre con cola de escorpión.

En Termini nos espera aquel curita atildado y ejecutivo que nos abrió las puertas del Palacio Apostólico. Trata infructuosamente de saludar a Mariela, carga con mi valija y nos traslada en un BMW negro hasta la ciudad sacramental. Lioni ojea las lujosas paredes de las estancias vacías y nuestros tacos resuenan como detonaciones en «La Sala de la Signatura». Como si nunca se hubiera ido de allí, Pablo aguarda con su libreta negra y su lápiz, frente a «La escuela de Atenas».

Al vernos, sin embargo, deja los útiles, alza las cejas y sonríe de un modo desabrido.

«Qué alegría», dice sin la menor alegría, y propone el ademán de un abrazo. Pero Mariela Lioni retrocede diez centímetros y se libra del compromiso.

Y le ofrece, a cambio, la figura del billete contorsionado en la palma abierta.

Pablo bizquea y no entiende, y entonces ella se ve obligada a pronunciar una sola palabra. La palabra «Gerión», que sale de su voz queda. El sacerdote vacila con el ceño fruncido, y recoge con dos dedos el monstruo de cola de escorpión y lo sostiene en el aire como si fuera venenoso. «Dante», dice tragando saliva. Y el curita ejecutivo me toca el codo, me invita a retirarme de tierra santa.

Al verme en un espejo del vestíbulo, pienso en los ojos cansados y amenazantes de aquellos guerreros con espadas y pesadas armaduras que protegían al bebé rozagante en «La casa de los búhos». Tomo la valija y camino como un viajero sin norte y sin tiempo, indiferente a los taxistas, los vendedores, los turistas y la opulencia. Al llegar al Puente Vittorio Emanuelle, dejo la valija y prendo el último cigarrillo contemplando el Tíber. El viento me despeina y me adormece. No sé cuántos minutos paso acodado en esa baranda ornamental. Y solo me interrumpe la vibración insistente del móvil. Reconozco el número de Leandro Cálgaris, pero por primera vez en mi vida no lo atiendo.

Ya no me duele la garganta.

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