La herida

La herida


II. I guerrieri

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II

I guerrieri

El segundo piso de este museo vaticano está formado por varias habitaciones sobrecargadas de frescos, que supongo renacentistas y que a mí decididamente me agobian y marean. Cálgaris no puede evitar, en cambio, mirarlos de reojo mientras avanzamos a grandes zancadas por esas estancias vacías, siempre detrás de un curita atildado y ejecutivo que nos conduce a un encuentro bíblico. Es la hora de la cena, y ya no quedan visitantes ni seminaristas en este costado del Palacio Apostólico. Nuestros tacos resuenan como detonaciones en el silencio sacramental. «La Sala de la Signatura», le dice el coronel al curita, que confirma en los umbrales y nos cede el paso.

El padre Pablo no se sobresalta ni gira la cabeza para saludarnos. Sigue parado con los brazos cruzados, su libreta negra contra el pecho y un lápiz que mordisquea como si fuera una golosina. Parece totalmente abstraído por los detalles de una gran pintura. «La escuela de Atenas», agrega el coronel como para hacerse oír. Y el amigo personal de Francisco sonríe y cambia de posición: nos ofrece su diestra, aunque no hay ni el mínimo sesgo afable en sus ojos pardos. «Preparo una tesis sobre Rafael y los filósofos antiguos», explica con tono bajo, casi inaudible. Cálgaris señala una mujer vestida de blanco en el hemisferio derecho: «Hipatia de Alejandría —dice, y levanta las cejas—. Siempre me detengo en ella. Y pienso en la hija del panadero». Ahora los ojos pardos se posan en esa dama única; Pablo mueve afirmativamente la cabeza. «La amante de Rafael —susurra—. La Fornarina. Aunque la cabellera rubia y la tez pálida pertenecen al duque de Urbino». El coronel carraspea. «Sí, por presión de ustedes —puntualiza—. Una mujer no debía ocupar el centro de la filosofía, y mucho menos esa. Rafael tuvo que hacer varios trucos porque el obispo quería borrarla». Imprevistamente el antiguo salesiano se abandona a una carcajada lúgubre. «Veo que es un aficionado, coronel —responde, y lo apunta con el lápiz—. Aunque compra muy fácilmente nuestras leyendas negras. ¿Damos un paseo?».

Lo toma del brazo y atravesamos los corredores y las salas. Ellos tres metros adelante, hablando entre murmullos; yo de escolta como chaperona o valet. El curita diligente ya hizo mutis por el foro. Ese silencio sepulcral, esa acústica del vacío, hace posible seguirles la conversación discreta.

—La hermana Mariela —pronuncia Pablo, y es como si la deletreara—. Mariela Lioni. Una chica del barrio italiano de San Isidro. Hija única. El padre muere enseguida, y ella desde muy chica abraza la fe y muestra sincera vocación de servicio. Se ordena en tiempo récord.

—¿De qué congregación? —pregunta el coronel.

—Sagrado Corazón —precisa—. Le tira primero la educación; según me contaron era una estudiante magnífica. Teología en la UCA, pero después le consiguen una beca especial para hacer posgrados en Italia. Vivió acá varios años, en distintas ciudades. Era una intelectual y tenía una carrera brillante. Pero entonces fallece su madre en la Argentina, y algo pasa.

—Pide volver —adivina Cálgaris.

—Deja los estudios, solicita traslado —asiente—. Un giro de ciento ochenta grados. El llamado de la pobreza. Pasa de los lujos de Roma a los barrios carenciados de Santiago del Estero. Cumple una buena tarea.

—¿Usted la conoció?

—Solo a través del padre Jorge, que luego la pone en contacto con los curas villeros. Termina en Villa Puntal, compartiendo parroquia con un sacerdote que muere joven. La hermana se hizo cargo y la sacó adelante. Un temple a prueba de todo. Una mujer adorada por los vecinos.

—Y odiada por los narcos.

Pablo se detiene y lo observa de soslayo, con cierta aprobación contenida.

Cálgaris gira en la mano su sombrero de fieltro.

—No hay un cura villero que no haya sido amenazado —confirma el salesiano sin parpadear—. Pero Lioni siempre tenía en alerta a Bergoglio, porque era desafiante y porque muchas veces ni siquiera comunicaba los aprietes para no preocuparlo. Ya sabe cómo era Jorge, un sábado por mes se tomaba un colectivo y la iba a visitar. Ella vivía en los fondos de la parroquia, y hacía una gran tarea social. El sacerdote más próximo tenía orden de darle apoyo, pero la que mandaba en Puntal era ella.

—¿Un premio o un castigo? —punza innecesariamente el coronel.

—Un gran premio —precisa Pablo, y lo alienta a continuar el paseo—. Por corajuda y por eficaz. Mariela hizo una obra impresionante. Mendigaba a las grandes empresas y conseguía donaciones millonarias. El dispensario, la escuelita de oficios, la canchita. Trajo una imagen de la Virgen de la Candelaria desde Perú, en una procesión multitudinaria, con parada y ceremonia en la Catedral de Buenos Aires. Salvó a muchos chicos del paco. Y por supuesto, se puso en la mira de los clanes.

Bajamos unas escaleras y salimos a un patio con jardines y con una esfera de bronce en el centro. Pablo no trata de ser didáctico; ignora el paisaje como quien da por hecho los detalles atractivos de su propia casa. No nos acompaña hasta sus oficinas, sino hasta la calle.

—Aumentó los nervios en el arzobispado y se pensó imponerle protección policial, porque ella no quería saber nada —sigue—. Hubo después varios episodios muy raros, y entonces quisimos sacarla. Pero Lioni le fue a llorar a Jorge, y se terminó quedando.

—Hasta que desapareció —anticipa Cálgaris, y tose.

—¿Conocía la historia? —se extraña el salesiano.

—Algo escuché, pero de refilón.

—Pedimos mucha reserva.

—¿Por qué?

Pablo toma aire como si fuera a meter la cabeza en un balde lleno de agua.

—Porque dejó una nota manuscrita —informa, sombreado y cauteloso—. Y confirmamos con un perito caligráfico que era su letra.

Dos guardias suizos pasan a nuestro lado y Pablo los saluda con displicencia.

Se suelta del brazo del coronel y ofrece tabaco. Cálgaris agradece pero declina.

Yo me siento habilitado para fumar un cigarrillo de los míos. El salesiano se enciende el suyo con un fósforo y al llevarse el fuego a la cara veo sus facciones severas y reconcentradas.

—Era una frase terrible —confiesa, y contiene el humo en los pulmones—. «La fe también se agota».

Recién entonces larga el humo que lo envuelve, y se acaricia la frente como si le doliera.

—Parece una deserción —se atreve Cálgaris, que ni siquiera amaga a sacar su pipa. Y de pronto repite como para sí—: «La fe también se agota».

—Le aseguro que la buscamos por cielo y tierra. Somos, como usted sabe, una organización muy bien informada. Pero no hubo caso.

—Sé por comentarios que involucraron a la policía.

—Hasta hicimos una denuncia judicial. Pero todo con bajísimo perfil.

—Es un asunto delicado.

—Delicadísimo.

No avanzan con la boca, pero yo puedo descifrarles el pensamiento. No es muy buena publicidad para la causa un pecado de defección. Es casi un escándalo. Y tampoco levanta mucho la moral de los que laburan en esas trincheras saber que un compañero de armas se rindió.

—¿Qué piensan los curas villeros? —pregunta Cálgaris.

—No pueden creer que alguien con tanta convicción de un día para el otro tire la toalla —se allana Pablo, y chupa el cigarrillo—. Pero es cierto que los clanes la tenían contra la pared y que había cada vez más violencia en Villa Puntal. Tal vez vio lo que no debía, cruzó un límite, y consideró que debía escapar. Por el bien de todos.

—Y dejó la nota para que no la buscaran.

—No sé, no sé —se encoge de hombros—. A lo mejor se fugó nomás.

—Y en una de esas se fugó y no llegó muy lejos.

—Puede ser. Estamos confundidos, no tenemos idea.

Se queda fumando el resto del cigarrillo bajo el cielo encapotado. Cálgaris levanta la cabeza como si quisiera oler la humedad del jardín. Parece un rastreador de animales analizando los perfumes que trae el viento.

—Francisco la recuerda siempre con estupor y con dolorosa nostalgia —dice el padre Pablo eligiendo cuidadosamente cada expresión. Guarda el lápiz y extrae de un bolsillo interior un objeto pequeño—. Ya sé que no se puede confiar en la policía ni en los jueces, pero aquí tiene el dossier completo.

Es un pendrive. El coronel se lo guarda con un movimiento furtivo, como si estuviera robando un diamante de una joyería.

—¿Podrá hacernos un diagnóstico independiente? —pregunta retóricamente el salesiano.

Cálgaris se coloca el sombrero justo cuando caen unos goterones. Sus ojos glaucos resaltan en la noche. Le tiende la mano, porque se da cuenta de que tomarán distintos caminos, y le dice con una media sonrisa:

—Rece por mí.

Pablo nos saluda veloz y burocráticamente; enseguida regresa por donde vino. Y nosotros buscamos la salida en silencio. La primera impresión es que una tormenta eléctrica sacudirá Roma, pero a poco de andar percibimos que se trata de una bomba sin detonador: por momentos cae una llovizna, pero a continuación deja de llover, y al rato la cosa vuelve a empezar. Se detectan relámpagos en el horizonte, pero se ve que Cálgaris no se fía de ellos porque se resiste a parar un taxi. Hace varios días que no me dirige la palabra, y que nos manejamos con adivinanzas y sobreentendidos. Por lo menos desde que decenas de turistas chinos me acribillaron a fotos en el barrio Español, y cuatro canas me encañonaron, esposaron y enviaron a una celda. No duré más de seis horas encerrado, porque la Unidad Antimafia intervino raudamente. En las catacumbas ya no había ni huellas de la Camorra, pero el gigante agonizaba en una laguna de sangre. Lo trasladaron de urgencia a un policlínico de la vía San Pansini, y todavía no ha salido de terapia intensiva. Solo un buey es capaz de sobrevivir a tres plomos y a semejante hemorragia. Y solo a un asno se le puede ocurrir ocultarnos un viejo y ridículo desliz: haber participado hace quince años en el intento de robo del tesoro de San Gennaro, clisé de los ladrones fracasados de todos los tiempos. El plan era, como de costumbre, descabellado. Y fracasó por la superstición y el arrepentimiento de un chorrito, que oficiaba de simple chofer, y temía que el santo patrono napolitano le hiciera caer una maldición. Ante el apuro, Jonás se había convertido en buchón de un coronel y había zafado entregando uno por uno a todos los demás. En Nápoles, algunos ancianos todavía lo recordaban como sacrílego y hereje, y otros como soplón: merecía la muerte sin atenuantes. Y en eso estaba. Los carabinieri no me permitieron visitarlo; me sacaron de Nápoles en avión, y me interrogaron durante tres días en la sede del barrio Prati. Mis fotos en traje de Adán fueron furor en las redes sociales, y llegaron a publicarse con epígrafes irónicos en algunos periódicos de poca monta. Cálgaris, a pesar del escarnio público y de las cargadas internas, no abandonó durante esas largas jornadas su buen juicio y su cara más circunspecta.

También él me preguntaba de manera implacable por los pormenores del Operativo Desastre. Pero no dejaba ver, en realidad, si le importaba tanto ser el hazmerreír de la comunidad, ni si se sentía verdaderamente vejado por la metida de pata. Al final tuve que firmar cientos de papeles y declaraciones, y los camaradas me comunicaron que el expediente había concluido. Fue entonces cuando el coronel dejó salir de la sala a sus colegas, cerró la puerta por dentro y se me fue encima con los puños cerrados. Se entregó a una pataleta histórica, y por un instante lo vi tan rojo y sacado que temí un infarto. Me dio cachetadas, piñas y puntapiés, y después se la agarró con la mesa y las sillas. Resoplaba como un animal rabioso, y de repente hizo algo que no le vi ni en las peores circunstancias: tomó su apreciada pipa de cedro por la boquilla y la golpeó contra el picaporte hasta astillarla y partirla en dos. Yo no sentía los golpes, más bien los agradecía, y él se cansó de la locura y se apoyó a tomar aire. No hubo ningún diálogo entre nosotros. Cada uno regresó a su hotel, y al día siguiente la Casita me informó desde Buenos Aires que tenía billete para el sábado en un vuelo de Aerolíneas Argentinas. El viernes, sin embargo, la misma fuente me informó que el viaje se había cancelado por orden del coronel. Pero la contramarcha no me quitó este dolor de garganta que tengo desde que salí del soterramiento, un escozor que me persigue a sol y sombra, que no me suelta y que ya me llevó durante una noche aguda a una guardia médica. La garganta no estaba ni siquiera roja, pero aceptaron recetarme de mala gana unos caramelos de miel con efectos anestésicos y antibióticos, que apenas me alivian. En el Puente Vittorio Emanuelle, Cálgaris extrae su nueva pipa, la recarga mirando el Tíber y saca de un bolsillo de la gabardina el pendrive. Lo sostiene entre el índice y el pulgar, como si lo estuviera calibrando, y después me lo arroja a la cara. «Tratá de no perder esto también», me ladra, y enciende el tabaco con olor a cherry: «Sigo solo», anuncia, y no sé por qué me parece que la frase esconde varios significados. Entrelaza sus manos a la espalda y atraviesa el puente con la pipa en la boca, lanzando columnas de humo que le suben por el sombrero y se pierden en la noche garuada. Me guardo el pendrive, camino un rato y cruzo el río por otro puente para no importunarlo. No tengo apetito, así que voy directo al hotel, me sirvo un vodka y conecto el dispositivo portátil a la tablet. Son veintisiete archivos, que contienen expedientes y fotos. También un extenso informe policial, especialmente confeccionado para el Arzobispado de Buenos Aires. Envío al correo encriptado de la Casita, con copia a Cálgaris, cada uno de esos archivos, y también los bajo uno por uno a mi escritorio. Me desnudo, acomodo las almohadas y almohadones contra la cabecera y me siento en la cama para inspeccionar las imágenes escaneadas. La primera pertenece a sor Mariela. Me sorprenden las facciones agradables y frescas, los ojos optimistas y el tostado de su piel. Otras dos fotos develan el misterio: Lioni con remera, shorts, riñonera y zapatillas de alta competición; Lioni participando en una maratón callejera y multitudinaria. No parece la misma persona que luego sirve un guiso en un comedor escolar, vestida con su atuendo negro. Ni la que posa en seis escenas más, todas ellas en la capilla y en el centro deportivo de Villa Puntal. Hay vecinos a su alrededor, y están marcados a mano con flechas y círculos un párroco convencional llamado Bustos, un músico de barba dispersa y violín a quien se sindica como un tal Moretti y una monja obesa: sor Fabiana.

Los tres fueron citados en sede judicial y sus declaraciones testimoniales resultan largas y muy detalladas. Bustos tiene a su cargo el barrio, aunque su parroquia se ubica fuera de la villa. Estamos hablando de la zona norte del conurbano bonaerense. Un asentamiento mediano: las viviendas más antiguas son de material; las más modernas de estructuras menos nobles y consistentes: trozos de containers, cartón prensado y otros rebusques. Mucho hacinamiento, sin ventilación y sin instalaciones mínimas, con pozos ciegos y zanjas que hacen las veces de desagües y cloacas, pasillos estrechos, quioscos y almacenes improvisados. Una población de empleadas domésticas, albañiles, colectiveros y vendedores ambulantes, dominada por punteros nacionales y por una inmigración principalmente peruana. Drogas Peligrosas adjunta un resumen reservado sobre las familias Pajuelo y Requis, que controlan todo el territorio, se han dividido el mapa y son competidoras. En los dos grupos hay antiguos integrantes de Sendero Luminoso: importan pasta base de Bolivia y del Perú, y producen clorhidrato de cocaína en dos o tres «cocinas» que los comisarios del distrito no han sido capaces de descubrir. Son pequeñas empresas gemelas, organizadas en tres departamentos: producción, que dirigen químicos traídos desde la cuenca de los ríos Apurímac y Ene; comercialización, que operan bolivianos y paraguayos. Y seguridad, que está a cargo de exguerrilleros y paramilitares retirados; cuentan además con «soldaditos» locales, fusiles de asalto y armas automáticas. Sobornan a las fuerzas de prevención y a las agencias del Estado, y utilizan un sistema de «cholas», que transportan grandes cantidades de billetes a través de la frontera y que después son lavados en financieras truchas del Perú.

El padre Bustos declara que Mariela Lioni mantenía contacto con las mujeres de los hermanos Pajuelo: ellos se dicen ateos, pero sus esposas son devotas de la Virgen de la Candelaria. La hermana trataba como podía de que se cumplieran ciertos códigos de respeto dentro de la villa, y se concentraba en la desintoxicación de varios adictos al paco. Sufrió no menos de nueve amenazas de muerte, tanto del clan Requis como de sicarios y cuentapropistas de los Pajuelo. En su despacho parroquial, la monja tenía un cuadro del padre Mujica.

Y una extraña advocación: «Tú me enseñaste que el hombre es Dios, y un pobre Dios crucificado como tú. Y aquel que está a tu izquierda, en el Gólgota, el mal ladrón, también es un Dios».

Parece que Moretti es un exmilitante comunista que fue un niño prodigio de oído absoluto, consiguió una beca internacional y estudió en París. Viajó por el mundo con distintas formaciones musicales y después trató de armar una orquesta de chicos pobres dentro de Villa Puntal. Un idealista que se las ingenia para conseguir fondos de las familias acaudaladas y de los políticos provinciales, y que vive siempre rogando subsidios, con el corazón en la boca y debiendo una vela a cada santo. Declara ser muy amigo de la hermana Lioni, desconoce si durante los últimos tiempos sufrió algún tipo de apriete fuera de la rutina, y cuenta que diez meses antes de marcharse ella tuvo una crisis vocacional, a raíz de que masacraron a un pibe que había recuperado con mucho esfuerzo de la droga y del tráfico.

Sor Fabiana era la principal socia de sor Mariela. Vivían en una habitación común, ubicada en la parte trasera de la capilla, y compartían alegrías y sufrimientos. Admite que al principio las amenazas les ponían los pelos de punta, aunque hubo un momento en que de tan repetitivas ya no las tomaban en serio. Recuerda perfectamente la desolación que sintió Lioni frente al asesinato de aquel chico, pero asegura que Mariela jamás le confesó su desánimo. Salvo el músico, ninguno puede creer que haya perdido la fe y que se haya rajado sin despedirse. Los religiosos creen que pasó algo siniestro; el músico piensa que ella se fugó y no pudo poner la cara para dar una explicación que la avergonzaba.

Los dicentes son héroes sociales, pero aportan escasa información sustancial, y los narcos son sindicados como eventuales sospechosos en varias fojas, pero por absurdo que suene a la distancia ni el fiscal ni la jueza de instrucción les ajustaron las clavijas. Para empezar, ni los Requis ni los Pajuelo tuvieron que comparecer en la comisaría ni en el juzgado. Y únicamente se los escucha de manera más o menos oficiosa a través de las voces de sus dos sacapresos de lujo, que juran por los Santos Evangelios y el Código Procesal la total inocencia de sus prestigiosos clientes y el desconocimiento acerca de las supuestas amenazas y el paradero actual de la hermana Lioni. El resumen de la cana insinúa que hubo batidas e interpelaciones «informales» en Villa Puntal, pero no agrega el mínimo indicio ni la más puta pista. En cuanto a su familia y amigos, ninguno de ellos sale de su desconcierto. Sor Mariela solo se aventuraba fuera de la villa para hacer cada día su entrenamiento físico, para alguna maratón dominguera o para cumplir con algún trámite que le exigían sus superiores. Pero no era de salir al cine, ni viajar para encontrarse con los parientes ni los compañeros de su antigua vida burguesa: si querían verla, ellos debían visitarla en su casa, que quedaba en la trastienda de esa capilla. «Mariela estaba obsesionada con la calidad humana de esa gente —deja por sentado una prima de Acassuso—. Nos confesaba que ya no podría vivir en barrios de clase media, donde los vecinos son tan individualistas y cerrados. En la villa había mucho drama y violencia, pero también honradez y solidaridad, y alegría y mancomunión. Los pobres de toda pobreza son capaces de un amor limpio, y de darte la mitad del único pan que tienen. “Dar, dar hasta que te duela”. Le oí pronunciar muchas veces a Mariela esa frase de la Madre Teresa. Ella no se privaba de predicar con nosotros también. Yo salía de esos encuentros con la carne de gallina». Los testimonios de sus jefes eclesiásticos y de los otros curas villeros son similares y confluyen en un mismo razonamiento: «¿Puede una persona tan creyente y convencida soltar todo y abandonar su gran obra?». Es una pregunta facilista. Del tipo que suelen hacer los giles frente a un suicidio sospechoso: ¿puede un hombre preocupado por su familia, puede alguien tan lleno de proyectos, pegarse un tiro? Y resulta que sí, que muchas veces no hay explicaciones lineales. Hay que ver el monstruo que cada uno lleva escondido adentro. Las personas enrolladas esconden misterios y mierdas hasta de sí mismas. «La fe también se agota», les dejó dicho ella, y se esfumó. Andá a saber qué le pasaba por la mente, y andá a saber también si cuando se tomaba el pire no la bajaron como a un pajarito. Anoto en una libreta todas las visitas que deberían realizarse; habría que empezar prácticamente de cero. Pero, ¿querrá Cálgaris que me concentre en este asunto, o solo que tire ideas? Ya no puedo descifrar al coronel. Jamás lo vi tan decepcionado y hosco, como si me hubiera dado por perdido. Y la verdad es que no me extrañaría nada que al llegar a Buenos Aires me pidiera la baja y me devolviera a los cruceros. Supongo que todavía no está del todo decidido, que un día piensa una cosa y al siguiente otra, y que no deja de rumiar la duda. Pero es patético que no me hayan vencido la guerra ni las mafias ni los peligros ni los políticos ni las envidias ni la edad, y que termine mi carrera por una huevada. El tesoro de San Gennaro. Jonás y la puta madre que te parió.

Me duermo pensando en el gigante y recuerdo entre sueños un mail hiriente que un agente anónimo compartió en la semana con toda la comunidad del seminario. Venía acompañado de una foto impactante: un primer plano de mi trasero peludo y blanco, recortado contra varios turistas que aplaudían y rechiflaban. Y una sola línea: «Lo spia che pensa col culo». Las devoluciones eran ingeniosas e infinitas. Un festín. Imagino los nervios del coronel y abandono la ilusión de seguir durmiendo. Salgo de nuevo a correr, sin lluvia ni rayos ni truenos, y con un fuerte dolor de garganta. Desayuno un jugo de naranja y un capuchino, me entreno con ferocidad en el gimnasio de Sant’Agata, y paso el resto del día tratando de hilar más fino con los papers del caso Lioni. La falta de comunicación y los humores de Cálgaris me tienen en ascuas. Leo un libro en español sobre el sexo y el poder en el Imperio Romano. Presto mucha atención a la vida de los gladiadores, y sobre todo a su jubilación. En tiempos de Marco Antonio, el derrotado no obtenía clemencia. «Un gladiador, por mediocre que sea, no llora —decía Cicerón—, no muda de expresión; permanece firme, ofrece el cuello». Eran estrellas pero a la vez se los consideraba impuros; no se los sepultaba con honores, sino en rincones apartados donde compartían vecindad con los actores y las prostitutas. Pocos se ganaban el derecho a morir en su cama.

Paso dos días más con la misma rutina, los mismos interrogantes y el mismo ensayo sobre historia antigua. El miércoles recibo un correo de Cálgaris. Exige un plan tentativo de investigación y me ordena que pase a retirar de una agencia de alquiler un nuevo Nissan X-Trail, que puso a mi nombre. El mensaje es corto y enigmático, pero me devuelve un cierto entusiasmo. Escribo las impresiones generales y las propuestas, y se las envío rápido. Después me pongo saco y corbata, y retiro ese auto grande, oscuro y reluciente. Busco estacionamiento céntrico y espero todo un día las instrucciones. Pero estas llegan de madrugada: tengo que recoger en el aeropuerto a dos mujeres y trasladarlas hasta el Hotel Meliá.

Y ponerme a su servicio noche y día mientras pernocten en Roma. No es precisamente un objetivo de alta importancia: voy con un cartel que dice Cálgaris y oficio de mero chofer de señoras. Nada de armas ni de maniobras de custodia; he sido degradado: ahora solo trabajo de remisero.

Como sea, admito que los nombres de las pasajeras me sorprenden: Beatriz Belda y Diana Galves. Las rastreo en Google, aunque las recuerdo vagamente. A Belda le dicen BB, es socióloga y experta en marketing. Una estratega que operó para distintos presidentes. Hace dos años, un mal cálculo y una catástrofe electoral la dejaron fuera del petit comité. Cuentan dos analistas políticos que no le permitieron ni retirar sus cosas del despacho del primer piso de Balcarce 50.

Se encarga de la imagen de una multinacional, y es socia de una consultora. Pero lo real es que le dieron una patada en el tujes y que la echaron del paraíso. Una crónica la describe como fría, maquiavélica y muy inteligente. Bajita, ojos verdes y pelo blanco, sin tintura, pero bien recortado: una petisa elegante que en sus años mozos debió de estar buena y que todavía resulta en cierta medida deseable. Fuma cigarrillos negros en boquilla y es capaz de cenar con whisky.

Fue militante revolucionaria y luego se recicló dentro del peronismo. Buena jugadora de bridge y de golf. Y según un sitio de la farándula, amiga desde el secundario de otra chica famosa: Diana. Actriz, poeta y agitadora cultural. Sus dietas para estar siempre joven aparecen en las tapas de las revistas femeninas y dos de sus manuales de belleza se transformaron en best sellers de cabotaje.

Galves fue actriz de cine, teatro y culebrón. Lee poesía en vivo, y organiza en su departamento de Barrio Norte cócteles y fiestas para escritores, productores y artistas de variedades. En el copete de un largo reportaje, el entrevistador la describe como una pelirroja madura con un cuerpo de veinte, y puntualiza que habla entre susurros, marcando una «sensualidad afectada», pero que cuando se enoja deja oír su verdadera voz, que es como un «látigo amargo». Durante los últimos años, varios directores de cine independiente la eligieron para actuar en roles que la están salvando de la decadencia, porque ella no acepta papeles de abuela ni de segundona. Tiene aires de diva, se hace respetar y se mantiene siempre a flote. Noticias de las últimas veinticuatro horas me avisan que acaba de estrenar una película en Madrid: ofreció varias conferencias de prensa y recibió algunas críticas lapidarias. Se supone entonces que el vuelo viene directo desde Barajas hasta Fiumicino. Procuro llegar con una hora y media de antelación para evaluar el lugar y las posibles salidas, sin aceptar del todo que esto no es una misión sino un mísero mandado.

Bebo un ristretto en la barra de la cafetería y pienso en las dos damas. Que parecen el agua y el aceite. Una es astuta, la otra es bella. Una parece cerebral y discreta. La otra es una reina petardista y ególatra. Leí que un semanario de los servicios la deschavaba a Diana Galves por haber tenido presuntos amantes entre los generales y almirantes de la dictadura. Después se envolvió como tantos en la bandera de los derechos humanos y hasta se inventó un pasado heroico junto a BB, que se salvó por un pelo de la Contraofensiva. Belda le salió de testigo y la polémica se apagó. Su consultora le maneja la prensa, y cada gobierno donde la estratega tuvo algún tipo de influencia benefició a Galves con protagónicos, premios, proyectos y becas. La gran mecenas y su artista preferida. ¿Qué relación puede haber entre ellas y alguien como Leandro Cálgaris?

El vuelo llega puntual y aunque conozco a las damas, me coloco junto a los otros conductores con el cartel manuscrito para que me identifiquen a golpe de vista. Arriban sin escándalo, en medio de viajeros cansados, y arrastrando valijas inverosímiles. Lady Di viene vestida y maquillada como para enfrentar a los paparazzi, aunque no hay ninguno en cien metros a la redonda. Es tamaño medio, con cuerpo en forma de reloj de arena, y una tez blanca y luminosa. Su acompañante resulta ser de tamaño reducido, con más hombros que caderas, y una piel tensa pero arrugada por el sol. Diana camina por una pasarela, como si estuviera consciente de ser observada por un público que no existe, y carga como corresponde con una caja para mascotas: la vida es un gran espectáculo. Beatriz, que es más práctica, se quita las gafas oscuras, me detecta entre los choferes y me hace una seña. Me acerco a saludarlas en español, pero no les doy la mano porque el personal doméstico no debe tomarse esas atribuciones. Cargo el voluminoso equipaje en un carrito y las guío hasta el estacionamiento. Galves se siente decepcionada porque no hay comité de bienvenida, y BB le explica que no debe esperar mucho de Roma este año, porque no habrá estreno y porque no se trabajó a fondo con los diarios ni con las agencias noticiosas. A Lady Di no le convence el argumento, está quisquillosa y voluble. Recién cuando las tengo en el asiento trasero y vamos camino al hotel, la diva cambia de humor: abre la jaula y le hace todo tipo de fiestas a un caniche insignificante. Beatriz sonríe, apreciando el paisaje, y me pregunta qué tal está el clima. Inestable, le respondo.

Pero no soy bueno para dar conversación, así que me mantengo sordo y mudo.

Media hora después están hablando de unas tiendas de la via Condotti, y de unos modelos carísimos que vieron en Vogue. El caniche se mea de emoción y cosquillas, la actriz pone el grito en el cielo y su mecenas seca pacientemente las salpicaduras con pañuelitos de papel. Es raro, porque en el espejo retrovisor no consigo pescarle el más leve gesto de suficiencia, siendo como es un alfil brillante ocupándose de una reina idiota. Llegando a la zona del Gianicolo presiento que la diva es su talón de Aquiles, la debilidad personal de Beatriz Belda, que puede ser impiadosa con diputados y jueces, pero absolutamente servicial con su «hermana» célebre e inimputable.

El Meliá está construido sobre la villa de Agrippina, y cuando una de las seis conserjes se lo cuenta en el vestíbulo, mientras llenan las fichas de ingreso, BB mira a su protegida y le explica que se refieren a la madre de Nerón. Lady Di puede ser algo leída, pero no tiene la más remota idea sobre los hechos históricos. Para devolver gentilezas, lo único que se le ocurre es mencionar como en éxtasis a Peter Ustinov. Pronto están conversando sobre el uso de la piscina y del gimnasio, y acerca de tratamientos faciales y masajes rejuvenecedores. Les dan dos habituaciones en suite, y cuando espero que me liberen, BB mira su reloj y me pide secamente que las aguarde en el lobby. Es una espera sin límite de tiempo. Ni siquiera se toman el trabajo de mirarme con atención: soy un esclavo de rostro borroso, un extra sin derechos, expuesto a sus caprichos y directivas.

Me asalta entonces una invencible sensación de déjà vu y pienso en Nuria, aunque esta vez no se trata de la fatalidad de los hechos, sino de un castigo premeditado por Cálgaris. Esta profesión está llena de ritos y repeticiones perversas. Lo que más extraño es aquel tiempo en que las cosas no me importaban. Presumir que uno está roto y que ya nunca más podrá pegar las partes resulta por lo general un tanto deprimente.

Contemplo las reliquias y la máscara de Agrippina en el hall, y luego ocupo un sofá con vista a los jardines. En las mesas hay turistas ensimismados en sus tablets, y ejecutivos discutiendo números. Trato de dormir una siesta con los ojos bien abiertos y más tarde me tomo un capuccino en el bar, y al final salgo a la explanada porque hay una muestra de coches antiguos. Cuando se están encendiendo las primeras luces de la noche, veo que las señoras reaparecen frescas y transformadas. No sé, a lo mejor el aburrimiento me despertó el apetito, pero es como si viera a Diana Galves por primera vez. Se trata, en efecto, de una hembra vigente, que llama la atención de los coleccionistas. Beatriz Belda avanza llevándola del brazo. Una carga en la mano derecha al perro; la otra lleva la izquierda en alto con la boquilla y el cigarrillo. Necesitan que las conduzca hasta la Galleria Collona y también hasta Campo de’ Fiori. Cumplo órdenes y oigo charlas frívolas y chismes de farándula. El paseo dura tres o cuatro horas, hay abuso de tarjeta, y a las nueve y pico cenan en Piazza Navona escuchando un cuarteto de vientos. Las vigilo a distancia, sin que me vean. Nadie me lo pide, pero el oficio tira y el desastre de Nápoles generó una secuela de inseguridad: si les llega a pasar algo, aunque más no sea un pequeño rasguño, me mandan directo a la tumba, si es que ya no estoy en ella. Dos veces me siento tentado a intervenir, porque el caniche se escapa y produce estropicios. Pero un mozo primero y un vendedor senegalés más tarde me lo evitan a último momento: rescatan al perro aturdido y se quedan con las propinas. Las damas marchan un rato por la via dei Coronari para hacer la digestión y para pispear los anticuarios, y yo actúo como escolta oficial, a veinte pasos y fumándome un gran hastío.

Mientras las traslado al Gianicolo, BB recibe un llamado en su teléfono móvil.

Es Cálgaris. Ella le confirma que la recepción fue perfecta, que el hotel es espléndido y que mañana lo esperan alrededor de las once. Sorpresivamente me pasa el celular y escucho la voz agria y cortante del coronel: tengo que recogerlo a las diez y media en el Plaza. Devuelvo el aparato y entonces Lady Di me pregunta de repente si fui policía y si me gusta el cine. «Soy un soldado —le respondo—. Y vi todas sus películas». BB asiente con la vista en las calles; Galves se ríe encantada, porque no sabe que solo la segunda parte es mentira.

Las acompaño hasta el hall: Beatriz propone el último whisky, Diana se pregunta si tendrán Dom Pérignon. Ninguna se vuelve para saludarme. Boca arriba, ya en mi cama, las sigo viendo a las dos, aunque como si fueran una sola. Me siento cansadísimo, pero de nuevo me despierto antes del amanecer, corro alrededor de los Foros y me entreno con furia en Sant’Agata. A la hora pautada, el coronel sube al Nissan y no me da ni los buenos días. Después del desayuno, las chicas gastan equipo ligero, como para caminar toda la jornada, pero esa practicidad no les borra el estilo: es una ropa que tanto sirve para callejear como para asistir a una fiesta. Cálgaris se inclina ante las dos y les besa las manos como si ellas fueran baronesas y él fuera un archiduque de la Casa de Austria. «Fue muy amable en invitarnos, Leandro —le refuerza BB—. Y tuvo una gran idea». El coronel acaricia la cabeza del caniche: «Estaban cerca, era matar dos pájaros de un tiro». Mientras yo manejo, los tres se enfrascan en diálogos variados, que van desde la situación argentina hasta las picardías peronistas de Bergoglio, pasando por la última obra dramática que protagonizó Diana Galves y los contactos recientes que mantuvo en Madrid con los hermanos Almodóvar. El fin del trayecto es Villa Torlonia, donde nos apeamos para atravesar los parques. Hay muy pocos visitantes, y el coronel prescinde de los guías para ofrecerles una recorrida personalizada y erudita.

—Fue construida por un burgués que consiguió un título nobiliario y que para darse importancia le pidió a su arquitecto imitar las villas de la Roma Antigua —les avisa como si estuviera hablando de las groserías de un nuevo rico y como si quisiera bajarle el precio a un objeto rutilante—. Tiene algunas obras más o menos valiosas, especialmente tres o cuatro relieves de yeso de Canova, pero en general domina la imitación. Lo importante es Il Duce.

A Belda se le ilumina la cara; comienza a frotarse las manos como si tuviera un jabón invisible. Galves, que practica la incontinencia, mete un bocadillo:

—¡A ella el fascismo la fascina!

—No suena muy bien eso, bruja —se ríe su amiga, entre dientes—. Lo que me fascina es la teatralidad de la política y la construcción de las hegemonías.

—Mussolini dirigió la guerra desde esta residencia —dice el coronel, y presiona el tabaco en la cazoleta de su pipa—. Le voy a mostrar su dormitorio, su estudio y, si nos permiten bajar, el búnker secreto que tenía para protegerse de un ataque.

Parece una tenida única entre dos estudiosos del tema. Para mí, en cambio, Mussolini es el protagonista de algunas crónicas bélicas y el malvado de un número agotador de novelitas históricas. Para Diana solo es una película de George Scott.

Resulta que esta semana el búnker permanece cerrado al público, pero los salones y las habitaciones pueden transitarse sin problemas. Reproducen una y otra vez en una pantalla grande un documental corto donde se revela la vida familiar del Duce dentro de las fronteras de ese mismo caserón; da testimonio su propio hijo, que vivió de pibe la guerra como algo interesante y lejano. El recorrido nos tiene arrastrando los pies largos minutos. Se nota que la diva y yo nos esforzamos para no bostezar, mientras los ilustrados se demoran en cada pieza, en cada escultura, en cada mural y en cada mármol: intercambian conocimientos como si trataran de impresionarse mutuamente. Al borde de una escalera, la diva me toca el hombro y se lleva el dedo a los labios para que no se me ocurra abrir la boca. Después me propone con los ojos que abandonemos a los sabiondos y que vayamos a la planta baja. Supongo que, con tantos motivos valederos, no me echarán del servicio secreto por este desliz. Percibo que el propósito aparente de Lady Di es soltar al caniche para que corra por el césped y orine los arbustos, pero también fumarse este cigarrillo que me pide con la actitud neurótica de un exadicto. La nicotina no debe de congeniar con su plan antiage. Fumamos oteando los jardines: yo acodado en una columna; ella de pie con los brazos cruzados y los anteojos oscuros. No puedo dejar de pensar que tiene sesenta años, y que bajo la luz del sol no se le notan arrugas ni cirugías; también que tiene una carrocería joven e imponente. Diana Galves no necesita photoshop; es una proeza de los genes y del cuidado físico.

—¿Sos guardaespaldas? —me pregunta, pero en realidad no le importa.

—Algo así —le respondo.

—¿Qué clase de nombre es Remil? —me sorprende. BB está bien informada.

—Lituano.

Ahora gira la cabeza y se levanta las gafas para mirarme fijamente.

—No te confundas, Remil o como mierda te llames —me dice sin susurros—. Nadie llegó hasta donde yo llegué siendo una pelotuda.

Sus ojos de repente me parecen despiadados, y caigo en la cuenta de que evalué con liviandad a la reina idiota. Le sostengo la mirada porque soy duro, y porque ella desiste rápidamente, baja las gafas, llama con grititos a su perro y vuelve a transformarse en la diva veleidosa de las revistas. Mirá vos qué sorpresa. Su perro se llama Juan Domingo.

El coronel y su socia nos encuentran y nos conducen por el parque. Vienen hablando de cuestiones ideológicas, y BB no se priva de decirle que Mussolini se creía un médium social. «Yo no inventé el fascismo, lo extraje de las mentes inconscientes de los italianos», recita impostando la voz. Cálgaris le señala una loma y le cuenta que el príncipe Giovanni era su vecino, pero que permanecía al margen de la historia y del mundo. La actriz se queda hechizada con la casa de los búhos; la estratega contempla su arquitectura con apatía.

—El príncipe era un tipo raro —advierte Cálgaris calándose el sombrero—. Esto se construyó como si fuera un refugio suizo, se levantó con aires medievales y se decoró con art nouveau. El príncipe era afecto a lo esotérico. No creo mucho en asuntos sobrenaturales, pero siempre que vengo siento frío.

—¡Pero coronel —salta Diana agarrándolo del brazo—, el miedo es tan excitante! ¿Me está diciendo que es una mansión encantada?

—Supongo que se celebraban misas negras y esas cosas —asiente sin entrar en la histeria del juego—. Tienen que ver el salón de los sátiros. Es realmente escalofriante.

Beatriz entra al vestíbulo central con expresión escéptica, pero de repente le despierta curiosidad un vitral donde hay un grupo de soldados con lanzas, escudos, espadas y armaduras, que protegen cuidadosamente a un bebé desnudo.

—I Guerrieri —se regocija el coronel—. Aparentemente, alude al mito del Nibelungo. Pero no puedo dejar de verlo siempre como una metáfora de nuestro oficio.

—Me impresionan los ojos de esos guerreros —dice Belda—. Nos miran fijo.

Son ojos cansados, y amenazantes.

—¿Cómo puede dormir tan plácidamente esa criatura entre tanta gente armada? —pregunta Galves para no ceder el protagónico.

—La paz duerme a la sombra de las espadas —repite el viejo, y las invita a seguir.

Seguimos por corredores y salas: el hogar de un chiflado al que le gustaban las lechuzas, las golondrinas, los tréboles, los diablitos y la magia negra. Tal vez por sugestión, también Lady Di siente frío. Beatriz Belda, en cambio, no siente nada: desprovista del toque político, la realidad le parece plana e intrascendente.

Cálgaris decreta que ya es hora de almorzar, y me ordena que marque en el GPS la Isola Tiberina. A pedido de Diana cuenta más chismes sobre el príncipe ocultista; por interés de Beatriz se comentan los diarios de Claretta Petacci, la amante de Mussolini. Los dejo a los tres en la puerta de Sora Lella, junto a un puente sobre el Tíber, y la diva se despide de Juan Domingo con un beso en la boca y haciéndole pucheros. Busco estacionamiento con el caniche acurrucado y deprimido en el asiento de atrás; no protesta cuando lo encierro con llave. El cielo fue virando hacia el color del plomo; bandadas de chinos sacan fotos y las suben a Facebook, Instagram o lo que carajo sea: ya no viajamos para mirar, sino para mostrarles a los demás hasta dónde fuimos capaces de llegar y lo piolas que somos.

Sora Lella es un restaurante discreto que tiene el sello Michelin. El coronel y las dos hadas eligieron una mesa del primer piso. Ya les han servido prosciuto y salami, y un pan esponjoso cocido a leña para soportar la espera.

—Te pedí unos fettuccine con ragú al vino blanco, Remil —anuncia Galves mordisqueando un pedacito de pan—. Espero que no te quejes. ¿Se quedó muy triste mi hijito del alma?

—La vida es muy perra —le devuelvo.

Ella achica de nuevo los ojos castaños, que tienen un tono ligeramente más intenso que esa melena lacia, falsa y cinematográfica peinada con raya al medio.

Hasta me parece falso el lunar de su pómulo derecho, pero no tengo pruebas.

Frente a frente, los ojos verdes de su compañera son más vivaces y reflexivos.

Las damas aceptaron un vino, pero solo «para mojarse los labios». Cálgaris encargó un tinto de la Toscana, calamares rellenos para ellas y un cordero tierno para él. Las mujeres se cuidan de no tentarse con los fiambres, y yo no me siento autorizado a probarlos hasta que el viejo abra fuego.

—Hablemos de su cliente, Beatriz —dice por fin Cálgaris tocándose el bigote.

Pensativa y sonriente, BB extiende su mano y se observa sin ver los dos anillos plateados que luce. Juega incluso con uno de ellos, mientras decide por dónde empezar. Cálgaris recoge finalmente un trozo de jamón de Parma, y yo lo imito con el salame. Diana me vigila cada movimiento.

—No sé si usted lo trató alguna vez a Farrell —comienza Belda, con mucho tacto.

—Hace años pidió un favor en la Secretaría —le confirma el coronel—. Tenía un buchón en el ministerio que le pasaba datos a un periodista de Buenos Aires. Lo pincharon, lo siguieron, lo escracharon, y al final lo levantaron en pala. Eran otros tiempos, se llevaba bien con el Presidente.

—Más que bien —corrige—. Eran amigos.

—No me imagino que los haya enemistado la ideología —Cálgaris tose y se atraganta por la ocurrencia. Las ideologías han muerto.

—Fue todo un proceso —la estratega se sigue mirando los anillos—. Se acercó a los gobernadores disidentes, empezaron con la cantinela de la liga crítica y como nadie quería sacar la cabeza, Farrell ofreció la suya. Un clásico: lo vencieron el halago y la ambición.

—Es vulnerable al elogio, decía Yrigoyen de Alem.

—Farrell es un tipo gris, pero de un narcisismo rústico. Nadie le reconocía liderazgo en su provincia: es un pésimo administrador. Así que lo volvió loco el aliento de sus pares, que lo usan de coordinador, de ariete y de cabeza de turco.

—Le va mejor afuera que adentro.

—Mucho mejor —resopla ella—. Afuera es un predicador de políticas federales, un negociador ante el Ministerio de Planificación y hasta le diría que un candidato potable. Adentro es un mediocre que perdió las legislativas y sobre el que se hacen chistes tremendos. Las encuestas nacionales lo muestran expectante; las locales son pésimas.

—Igual no resiste el test de la pantalla muda, Bette —interviene Diana—. Cuando aparece en el cable, le bajás el sonido y te das cuenta de que es un trucho. Usa mal las manos, tiene pose sospechosa, hace gestos delatores.

Transmite pura mentira, es un actor desastroso. Además, ¡esa carmela inverosímil y esa horrible barba candado! ¡Por el amor de Dios!

El mozo retira la entrada y sirve los platos principales. La diva se queja porque el calamar es demasiado gordo; los fettuccine están al dente.

—Para los gobernadores la performance provincial de Julián Farrell es peligrosa —dice BB, que no ha tocado todavía su copa de vino—. Quita mucha legitimidad perder en el territorio propio; tener la retaguarda incendiada.

—¿Pero es realmente un incendio?

—Dantesco —responde ella de manera rápida y terminante—. Si se duerme ahora, lo velan.

Se acaricia maquinalmente un mechón de su pelo blanco. El sol de los campos de golf maltrata la piel de su rostro, pero por milagro o casualidad las arrugas están ordenadas de un modo que le sientan bien. Percibo que extraña la boquilla y el cigarrillo.

—Los muchachos de la Casa Rosada le deben poner leña —imagina el coronel.

—Uf, día y noche. Yo misma estuve un tiempo a cargo del taladro y del serrucho. Conozco muy bien el otro lado.

La diferencia entre las damas y los caballeros es llamativa: ellas comen poco y de manera pausada; nosotros comemos mucho y con relativa rapidez. A veces pienso que ahí está el verdadero secreto de la longevidad de las mujeres y de las muertes prematuras de los hombres.

—¿Sabe lo que es en management el concepto turnaround, coronel? —suelta Belda llevándose la servilleta a la comisura de los labios. Otra pregunta retórica—. Hay que darle una vuelta completa a la gestión, y no va a ser fácil.

—Al menos tiene una billetera interesante —dice el coronel, que corta el cordero con el canto de una cuchara—. Es una provincia petrolera.

—Y gasífera —agrega ella, y bebe un sorbito de vino.

—¡Es la Patagonia, Bette! —exclama Galves, y la encara—. Glamour, aventuras, turismo. Playa y puerto. Lagos y cordillera.

—Y la industria frutihortícola, que está hecha pelota —advierte Cálgaris.

—Farrell carece de equipo y de proyecto —dice BB—. Tiene razón Diana: es capaz de chocar una calesita.

A Cálgaris le intriga el cuadro de inversiones y el destino de las regalías, y la estratega no se hace desear: esboza un panorama económico lleno de posibilidades y desatinos. A la hora de los postres, las chicas solo piden dos tazas de té.

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