La herida
II. I guerrieri
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—Mientras hablaba me acordé de un episodio medio cómico —matiza el coronel acariciándose una ceja—. Si la memoria no me falla, fue hace unos diez años, y lo veo como en una nebulosa. Pero creo que se trataba de una amante y una extorsión, o algo parecido. ¿Puede ser?
—Sí, es un galán maduro: tiene una amante fija en Buenos Aires, y dos o tres repartidas por distintos pueblos —confirma Belda, sonriendo—. Pero la porteña fue a la cana, y hubo que coimear para tapar el escándalo.
—Sí, por supuesto —se entusiasma Cálgaris—. Todavía no era gobernador, pero ya estaba en el anterior gabinete provincial. Le cerró la canilla, y ella fue a un juzgado con unos papeles. Nos pidieron que habláramos con el fiscal. Hubo que poner, como siempre, alguna moneda. Un despelote chiquito que quedó ahí, porque él no era de primera división y la mina rápidamente se fue al mazo.
—El amor todo lo puede —repone Belda—. Y también la farmacología. Siguen juntos una década después, pero ella está medicada.
—Hay que tener estómago para comerse ese bocado —susurra Galves.
—La seducción del macho alfa, dear —le dice Beatriz Belda, y le espanta de la camisa un largo cabello extraviado y caído—. Sin el poder, Farrell seguiría virgen.
—Para nada, le gustan también las putas —se ríe la diva—. Tiene barriga y papada, y es un analfabeto funcional. Para tomar sopa de letras necesita un traductor.
—Pero está casado, ¿no? —pregunta Cálgaris.
—Con una frígida, una mudita resignada que vive para los hijos —la malicia de Lady Di no tiene límites, pero tampoco me asombra. Varias veces leí las transcripciones de escuchas telefónicas tomadas en casas de actrices y estrellas mediáticas. Reconozco en Diana ese mismo aire de familia, ese ensañamiento divertido que practican por deporte los dioses del Olimpo—. Una frígida y dos tarados.
—El menor es retraído y está fuera del negocio —explica BB—. El mayor es un terremoto, su mano derecha. Los dos tienen muy mala imagen. No sabe las barbaridades que dice la gente sobre ellos.
—¿Ya encargó encuestas propias? —Cálgaris acaricia con lujuria su pipa apagada.
—Los convencí de hacer una cuantitativa y otra cualitativa con una consultora nacional —Belda se masajea un hombro como si estuviera entumecido—. Porque Farrell se manejaba con vivillos de cuarta que le dibujaban los números y operaban en los medios.
—¿Ya está instalada completamente en la provincia?
—Voy y vengo, pero con la perspectiva de desembarcar definitivamente en breve —Bette la mira de reojo a Di—. Veremos si aquí mi amiga me acompaña en la patriada.
—¡Ni loca! —se encoge la diva, y le anuncia a Cálgaris—: Me angustia la Patagonia; soy más urbana que el cemento.
—No hay turnaround sin batalla cultural —precisa la estratega.
El coronel mide y sopesa ese aforismo, y se enfoca en la actriz como si la estuviera revaluando. Después paga con su tarjeta y recibe las gracias.
Rescatamos al caniche del Nissan y paseamos a pie por el barrio judío. De regreso al Meliá, Galves va dando saltitos hasta la recepción y después se despide de todos con besos al aire: la esperan el personal trainer, el spa y un largo baño vaporoso. Juan Domingo, ante el regocijo de su ama, se ha orinado encima. Lejos de asquearla, a la diva la deslumbra esa demostración de euforia.
Beatriz mueve la cabeza con condescendencia pero también con afecto, y nos invita al bar de la villa de Agrippina. Pido un café, pero ellos no se privan de un whisky: coinciden en un Talisker 20, que Beatriz toma sin hielo para no arruinar su sabor. El bar está desierto, y se dan permiso mutuo para seguir fumando.
Advierto que entramos en el epílogo y que iremos directamente al grano.
—¿Tiene contacto con sus colegas de la provincia? —pregunta ella, preparando esa boquilla tan chic.
—Muy poco —confiesa el coronel dándole fuego—. Apenas conozco a su hombre fuerte.
—El Turco Jalil.
—El Turco es despreciado en la Casa, y casi no tiene relación con la Casita.
—En realidad, es de origen sirio libanés; Farrell lo heredó del caudillo —Belda es elegante con el antebrazo en alto y humeante, apoyado sobre la mano izquierda que descansa en su regazo—. Formalmente, Jalil es titular de la Dirección de Seguridad, pero tiene más influencia que cualquier ministro.
Manda sobre la policía, que es inútil y corrupta, y sobre su servicio de inteligencia, si es que se le puede llamar así a esa patota de pinchadores de teléfonos. Jalil sigue en su puesto no por su eficiencia, sino porque es un experto en chupar las medias y en laburar exclusivamente para el número uno. Pero es burdo y anacrónico. No me sirve.
—¿Para qué?
—Para tratar a los jueces como se merecen.
BB se lleva el vaso de Talisker a la boca y cierra los ojos para catarlo. No se trata de un gesto falsamente sofisticado, sino de una costumbre arraigada. Dura unos segundos; luego la dama deja el vaso y se premia con una bocanada gris de tabaco rubio.
—¿Quiere intervenir a Jalil? —ironiza Cálgaris—. Eso no va a ser soplar y hacer botellas.
—Se puede hacer si uno ha generado la confianza suficiente —replica ella, sin inmutarse—. El único lenguaje que Farrell entiende son las mediciones.
Específicamente, los rubros imagen positiva y aprobación de la gestión de gobierno. Si alguien le mueve el amperímetro es Dios.
—Y a Dios se le permiten prerrogativas.
—Que son por su bien —se ríe—. Ya parezco una idishe mame.
—Farrell es persona no grata en mi barrio —antepone el coronel escarbando las cenizas de la cazoleta—. No estaría bien visto que ayude a un enemigo.
—Puede ayudarme de manera remota —responde ella—. No lo necesito en el terreno. Sé que la Casita se financia de manera independiente y que nadie hace preguntas en la Secretaría.
—No crea que esa indiferencia me sale gratis.
—Tiene dos constructoras y cinco empresas de servicios, coronel —sus ojos verdes brillan—. Puedo garantizarle adjudicaciones directas y buenas oportunidades.
—Habría que ver —mueve Cálgaris como si fuera un jugador profesional; toma un sorbo y agita los cubitos.
—¿Estamos negociando? —lo apura BB mostrando sus dientes.
—Todavía no —dice el coronel y veo que ya tiene un derrame en un ojo—. Habría que consultarlo.
—¿Con quién?
—Con la almohada.
Belda se lo queda mirando y después extrae el pucho de la boquilla y lo aplasta en el cenicero. Los dos nos incorporamos cuando la petisa se para y extiende su mano llena de anillos.
—Le agradezco mucho sus atenciones —dice sin parpadear—. Fue un gran anfitrión.
El archiduque de Austria recoge la mano de la baronesa, para besarla de nuevo con aires ceremoniosos. Ella devuelve la galantería inclinando su cabeza blanca, y encara la salida, pero antes de cruzar el umbral, gira su rostro hacia mí y me ordena: «Pasá a buscarnos a las nueve en punto; el vuelo sale a la una». Y camina hacia el lobby con gracia de pasarela: si midiera veinte centímetros más y tuviera veinte años menos sería una mujer muy apetecible. Cálgaris paga por anticipado en recepción la cuenta completa, y me advierte en la rampa que bajará a pie por el paseo del Gianicolo. Se encasqueta hasta las cejas el sombrero, y antes de partir con las manos en los bolsillos, gira y me dice: «Tu plan de investigación es mediocre. Mañana por la tarde salís para Buenos Aires. Tenés quince días para encontrar a la monja».