La herida

La herida


III. Buscando una tumba

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III

Buscando una tumba

Una neblina fría y un penetrante olor a mierda. Y los faros de la camioneta detrás de la montaña de basura iluminando la figura erguida del Salteño, con su AK 47 y su recortada en bandolera, y también a su esclavo, esta bola de sebo con mirada ilegal que cava en la tierra infecta su propia tumba. Me causa gracia la escena. Parecemos ladrones de cadáveres en un cementerio de película, pero se trata más bien de un basural formado de lomas y lomas de desperdicios, humo de fogatas mal apagadas, carcasas de autos y de carros, cagadas de caballo y perros sarnosos. Estamos en los confines de Villa Puntal, y el infeliz que le da a la pala sin chistar es Pajuelo por parte de madre, una especie de primo cuentapropista, un desprendimiento indeseado del clan que hace años fue expulsado de la organización por asuntos de familia y de imprudencia. Es periférico, violento, estúpido y algo fabulador. Se quiso resistir de entrada, en la casucha que alquila, y me obligó a boxearlo sin miramientos. Pero aun con la jeta rota insistió en hacerse el gallito: pidió una faca. A cambio, calenté una plancha, lo esposé a la cama y le quemé los huevos. «Dicen que te garchaste a una monja y que después la enterraste en un campito; que te vieron con una pala y que vos te dabas corte en las fiestas». Jura a los gritos, llorando de dolor y de miedo, que todo eso es falso, cosa de buchones. No le creo ni una palabra, así que le plancho las axilas.

Confiesa con un alarido que la amenazó una vez, pero nada más, y se convulsiona como epiléptico cuando le achicharro una oreja. «¿Todavía querés esa faca?», le pregunto. Niega como un alumno travieso que ha recapacitado. Lo fuerzo a ponerse en cuatro, le saco de la cintura al Salteño su cuchillo de comando y le apoyo al prisionero la punta afilada en el ojo del ano. «Te cojo de lado a lado si no me decís la verdad», le advierto al oído. Se desmorona por completo, se humilla, es un versero, se quiso dar importancia, dijo demasiadas boludeces, un pobre incomprendido. El Salteño, que le ha revisado la choza y las pertenencias, viene de los fondos con un pico y con una pala de albañil. Nuestra informante no dibujó el plano, pero nos orientó: un cartonero asegura haberlo visto de madrugada detrás de la última pila, a mano izquierda, unos cuarenta metros antes de la ruta. Con ese solo rumor, varias almas devotas han ido de vez en cuando a dejar ofrendas y flores. Nosotros no encontramos ni un tallo, pero en ese sector lleno de putrefacciones no hay mucho espacio para la duda: si alguien enterró a alguien lo hizo en esa parcela de tierra renegrida, libre de cacharros y despojos. Antes de poner manos a la obra, Pajuelo por parte de madre trata de disuadirme por última vez. Lo siento de culo de una piña. El Salteño le arroja la pala y tira de la corredera de su fusil. «Dale a la tierrita, guacho», oigo que le dice. Se escuchan a lo lejos los graznidos de los pajarracos. El terreno es blando y removido; tengo una corazonada. Llamo a Cálgaris y prendo un cigarrillo.

El coronel llegó de Roma hace tres días. Yo hace seis o siete que doy vueltas por Villa Puntal. Lo primero que hice fue localizar al jefe del territorio, un comisario bonaerense que vive en un barrio privado de San Isidro, y que está con licencia por enfermedad: se quebró una pierna, pero no en el noble y riesgoso ejercicio de su deber, sino esquiando en las pistas del cerro Chapelco. Cuando lo visito en su humilde hogar, está muy entretenido con su Playstation e insiste en que su mucama uniformada nos prepare dos Bloody Mary. Su hipótesis es que Mariela Lioni se rajó porque no se bancó más la miseria. Sugiere que la busquemos por el interior; tal vez en Santiago del Estero, donde misionó. No sabe que ya lo hicimos, y que todavía no encontramos ni rastros. Le hablo de los Pajuelo y de los Requis, que para el comisario son la gallina de los huevos de oro. «Hay mucho mito, es gente razonable», me asegura, paladeando el trago sangriento. Le explico que la Casa Rosada está directamente interesada en el asunto. Suelta la Play y los jueguitos, y me mira. «Véalo en el kiosquito a Requis El Grande, vaya de parte mía —dice—. Con los Pajuelo no tengo tanta confianza».

Antes de visitar «el kiosquito», recalo en la parroquia del padre Bustos, un cura mediocre y cobarde: sugiere a cada rato que las audacias de la hermana Mariela le traían dolores de cabeza y rozaban la irresponsabilidad. No es capaz de contar nada interesante, tiene una memoria selectiva y pacata, y habla como si midiera cada palabra frente a un escribiente judicial. No me deja la impresión, sin embargo, de que oculte algo de importancia, salvo por supuesto la envidia personal y la incomodidad de haber aguantado a una subordinada que no lo consultaba y que tenía trato directo con el arzobispo.

Caminamos tres cuadras hasta un colegio salesiano de patios deportivos y aulas de techos altos, y me presenta en la sala de música al profesor Moretti. En persona parece más viejo, porque es intensamente canoso, y menos delgado, porque sigue siendo un alambre algo encorvado, pero le ha salido una tripa sanguchera. Tiene el don natural de la simpatía y mientras habla no puede dejar de pulsar de manera extraña las cuerdas de su violín, arrancándole sonidos apagados. Bustos nos señala el bufet y nos deja solos. Sirven café defectuoso en vasos de plástico. Nos sentamos a darle sorbitos de cara a un partido de seis contra seis.

—¿Sabe lo que significa para estos pibes dominar un instrumento así? —me pregunta exhibiendo su violín con el mismo orgullo y cuidado con que un legionario mostraría su vieja espada—. He visto a una alumna tocar una flauta traversa en una calle de barro. Sus vecinos la rodeaban en absoluto silencio. Era como si ella hubiera logrado escapar hacia otra parte, como si se hubiera elevado. Como si ya fuera sagrada por el solo hecho de poder desplegar esa melodía.

—La ciudad está llena de esta clase de orquestas —le recuerdo para que no se sienta tan especial.

—Pero la mía depende exclusivamente de la caridad, caballero —refuta sin enojarse—. Subsidios ocasionales, que saco en época de elecciones y porque voy de rodillas. ¿Y sabe lo que son para ellos? Centavos. Lo que realmente nos mantuvo a flote fueron las donaciones.

—Ya que era tan amigo de la hermana Lioni, ¿por qué no le mangueó algo a la Santa Madre Iglesia?

—Siempre había otras prioridades —se encoge de hombros—. Aunque Mariela hizo mucho. Muchísimo. Decía que la música torcía el destino de los desgraciados.

Se ríe y veo que le faltan algunas muelas del flanco derecho. Me irrita que presuma de mártir desdentado y sentimentaloide.

—Nos unían muchas cosas —insiste con un poco más de esa épica berreta—. Para empezar, la justicia social: ella desde la fe, yo desde la ideología. Y además, estudiábamos juntos. Me enseñaba la historia del arte y yo le contaba la evolución universal de la música.

—¿Dónde está? —le pregunto sin contemplaciones, y el golpe lo toma por sorpresa.

—¡No tengo la menor idea! —exclama.

—Y si lo supiera, no me lo diría.

—Se equivoca, caballero —dice poniéndose de pie, ofendido y asustado—. ¿Qué es todo esto, un interrogatorio? Se equivoca conmigo.

—Siéntese —le ordeno, y arrojo los restos de mi café por una rejilla. Como creo que no me escuchó bien, se lo repito más fuerte. Se sienta.

—No estoy interesado en la bondad —le digo—. Quiero escuchar su teoría: ¿se piró sin decirle nada o la amasijaron?

Moretti está pálido, ya no rasguña el violín. Deja él también de lado ese brebaje negro y se pasa una mano por la barba dispersa. Su simpática cordialidad se fue por la misma rejilla. Ahora permanece serio y nervioso; parece que por fin dejará de emitir sus boletines solidarios.

—Nos acostumbramos a todo, es triste decirlo —comienza, y traga saliva. Todavía necesita procesar un poco más la situación y meterse de nuevo en la historia. Mira un punto indeterminado y achica los ojos, como si el recuerdo fuera remoto y tuviera que rescatarlo de un pozo de telarañas—. Un día le gritan desde la calle y le tiran piedras. Otra vez le dejan un anónimo horrible. Una pintada violenta, un emisario, y así. Hasta que se pierde el efecto. Al principio, un zafarrancho. Al final, una anécdota. Estoy seguro de que Mariela recibió muchas más apretadas de las que sabemos. No quería alarmarnos. Y se confiaba en las mujeres de los Pajuelo. Principalmente, en una: Josefina, la esposa del gran jefe, que algo amortiguaba.

—Hábleme de Josefina —le pido, y anoto ese nombre en una libreta.

—Fabiana la conoce mejor que yo —responde, evasivo—. La ayuda con el coro, las colectas y los catequistas. Es muy voluntariosa.

—Pero como escudo humano no sirvió de mucho.

—Los Pajuelo están divididos en muchas ramas y son incontrolables, pero los Requis son más agresivos.

—¿Nunca la oyó hociquear?

—¿A Mariela? Nunca.

—¿Ni en la intimidad, ni en sus peores momentos? —me extraña.

—Jamás de los jamases —niega, aunque se queda pensativo—. Igual, ya conoce a las mujeres. Los hombres no llegamos a entenderlas del todo: la procesión les corre por dentro y un día de repente bajan la cortina, y uno no entiende qué pasó.

—¿A qué viene ahora esa mentira? —lo acorralo—. Usted es el único que dejó abierta la puerta.

—¿En el juzgado? —reacciona—. La dejé entornada.

—Mencionó una crisis vocacional.

—Sí, por supuesto —reconoce, y toma aire—. Le explico: ella tenía predilección por Rojitas, un pibe bárbaro. Su pequeño experimento. Era muy inteligente y necesitaba una oportunidad. Mariela se la dio y lo transformó en un ejemplo viviente. Pero al tiempo él volvió a las andadas y lo balearon. Estaba quebrada.

Me decía a cada rato que a lo mejor no tenía sentido todo lo que estábamos haciendo.

—¿Y eso no es hociquear?

—No dudaba de Dios —aclara—. No se le había agotado la fe, como dejó escrito. Fue una tormenta de verano y nada más. El desaliento que a veces nos agarra a los voluntarios en las villas. Al tiempo ya había hecho el duelo y seguía guerreando como siempre.

—¿Entonces?

—Soy contradictorio porque no sé qué pensar —se excusa—. Y porque no quiero ensuciar su memoria.

Espero que reflexione sobre sus propias incoherencias, que curiosamente suenan veraces: solo en las series o en las novelas los testigos no son ambiguos con sus propias opiniones. Alguien que está muy seguro sobre un asunto que es incierto suele ser un imbécil. O el culpable.

—Le concedo que siempre había una barrera entre nosotros, por más amigos que fuéramos —aporta con el ceño fruncido—. Hay que ver si era tan dura y consecuente como se veía a sí misma. La miseria te va limando. Lo sé por experiencia. Y para algunas personas, morir no es lo peor. Bajar los brazos y rendirse es lo verdaderamente intolerable.

De nuevo ese tono heroico que me hincha las pelotas. Lo sacudo:

—La vergüenza no parece un motivo suficiente para desaparecer sin avisarle a su familia, a su compañera de cuarto y a su mejor amigo.

Moretti encaja el argumento y mira de nuevo el arco y el violín.

—Soy un simple profesor de música, caballero, le cuento lo que siento —se defiende—. La extraño, y estoy un poco enojado con ella. Por abandonarnos en la estacada. Y a lo mejor me agarro de esa bronca para no pensar que en realidad la mataron y que está enterrada en cal viva.

Una especie de lágrima le otorga cierta credibilidad.

—«La fe también se agota» —repite—. No sé, al fin de cuentas esa frase de despedida tampoco es nada de nada, ¿no?

Le pregunto dónde queda «el kiosquito» de Requis El Grande, y su sola mención le barre los ojos y se los deja secos y vacíos. Pronuncia, como para sí, una frase en francés, y se echa de improviso el violín al hombro como si quisiera iniciar un concierto. Vacila con el arco en línea, pero desiste del ridículo. El partido de seis contra seis sigue adelante, todos concentrados en el área, reclamándose pases y propinándose insultos, sin dedicarnos ni un segundo de atención.

El profesor baja sus armas y toma mi libreta. Utiliza una hoja entera para dibujarme una panorámica de la villa, y otras tres para ubicar esquemáticamente el centro parroquial, y por fin un punto confuso, situado en el núcleo de un enjambre de callecitas y pasillos.

—Es zona peligrosa, custodiada por «soldaditos» —dice en tono grave, y me devuelve la libreta—. Se entra por portación de cara o por salvoconducto.

Dejo para mañana lo que puedo hacer hoy: aprovecho los restos de esa tarde templada para calzarme el traje de neoprene y el snorkel, y para nadar cuatro horas en el río marrón. A pesar de que no hay corrientes malignas, es como siempre una lucha desgarradora contra el cansancio y las neurosis de la voluntad.

También contra los calambres estomacales que por poco me ahogan a cien metros de la costa. Hago la plancha para sosegarlos y para recargar las pilas, y pienso un rato en la monja. ¿Es creíble un ataque de pánico después de tanto altruismo y tanta gesta? ¿Fue testigo involuntario de algo y finalmente se asustó?

¿La derrumbaron las contingencias? ¿Por qué no comunicó, en todo caso, cabalmente su decisión a sus seres más cercanos, o los llamó meses después para avisarles que no se preocuparan? ¿Para protegerse, para protegerlos? ¿O se fue por un rato y la alcanzaron? Si simplemente la secuestraron para boletearla, ¿por qué nadie saca pecho, por qué ningún capo filtró esa hazaña en la villa para reforzar el escarmiento? Lo alarmante no es que yo no encuentre respuestas, sino que en todo este tiempo ni la policía, ni la justicia, ni la Iglesia ni los narcos las hayan conseguido.

Regreso a braceada tranquila, ceno un sándwich de salmón ahumado en mi departamento de Belgrano R, y tomo dos vodkas con hielo y limón mirando la vida de María Antonieta en Film & Arts. Sueño con Cálgaris, que timonea el Aubrey en medio de un tifón, y me despierto agitado: no conozco los rudimentos de la navegación a vela y el coronel me lo está recriminando cuando una ola gigantesca lo borra del puente. Por la mañana hago fierros, corro y releo el informe que nos entregó el padre Pablo en el Palacio Apostólico. Voy para atrás y para adelante, una y otra vez en busca de un detalle revelador, pero todo resulta totalmente inútil. Después saco la camioneta, meto la Glock en la guantera y manejo hasta la frontera de Villa Puntal. Entro caminando, con las manos metidas dentro de los bolsillos del gabán, unos jeans gastados, unas zapatillas de correr y una gorra oscura. Siento ojeadas pesadas, y a medida que me interno en la zona violenta percibo que los vigías se van pasando el mensaje. Más temprano que tarde sucede lo previsible: tres peruanos me cortan el paso. El más alto tiene un físico trabajado y unos ojos helados con párpados a media asta; no puedo dejar de pensar que alguna vez se sometió a instrucción militar y que aprendió en combate a muerte esa notoria sangre fría. Le doy el nombre del comisario de San Isidro, y me palpa de armas. Lo sigo por pasillos angostos, mientras escucho silbidos, radios abiertas y reggaetón: «Ella es veneno, siempre tan caliente, se peina y se quema». El «kiosquito» es un kiosco común y silvestre, custodiado por chicos afectos a mostrar fusiles de asalto y darle a la birra. A la trastienda se accede por un cortinado de plástico y por una puerta más o menos secreta que da a un salón amplio y mal iluminado, con cinco máquinas tragamonedas, pantallas digitales para apuestas hípicas y cuatro o cinco mesas para jugar póker. Es un garito precario pero bien montado, lleno de ludópatas de barrio, que sirve como oficina central para Requis El Grande, aquel tipo huesudo, de frente despejada y escaso pelo gris, prominente nuez de Adán y manos largas de dedos torcidos que ocupa la última mesa de luz cenital y tapete verde. Se nota, a simple vista, que los Requis todavía no tienen el volumen ni la sofisticación de sus paisanos del Bajo Flores. En la 1.11.14 instalaron diez laboratorios, fabrican merca de máxima pureza, manejan un ejército de trescientos gorilas y pagan veinte millones de pesos mensuales para blindaje político. Pero los Requis van por ese camino y son muy empeñosos; se ve que ya están avanzando incluso sobre actividades conexas como el escolazo, el sicariato y la usura. Los Pajuelo, sus duros rivales en Villa Puntal, hacen méritos pero de hecho van retrasados.

El Grande no levanta la vista de los naipes: un líder solitario jugando al solitario, mientras controla su negocio. Arrastro la silla, me acomodo y me quito la gorra. Le mando saludos de su protector, le cuento que sigue inmovilizado pero aburrido. En esos momentos, un lugarteniente le alcanza el celular, y entonces le escucho por primera vez su voz cavernosa: el Grande contesta con monosílabos e interjecciones, y devuelve el teléfono sin despegarse de la disposición de las cartas. Me quedo en silencio, porque acepto sus reglas. Es quisquilloso y parece mal dormido. Me cruzo de brazos y aguanto la incertidumbre escuchando a mis espaldas los ruidos enloquecedores de las tragamonedas. No será una larga conversación, tendré que tomar lo poco que me dé y salir despacio. Los senderistas no han mostrado ningún problema en fusilar religiosos, pero han tenido siempre la precaución de vociferarlo a los cuatro vientos. De nuevo: ¿por qué ejecutarían a una monja que los desafiaba sin cosechar el triunfo de haberla castigado?

—Era terca —dice de pronto Requis con un as de diamante en alto—. Desmoralizaba a la tropa. Así y todo me alegró no haber tenido que abollarla.

Recién entonces me mira de frente. Si alguna vez tuviéramos que pelear a mano limpia, sé perfectamente que yo debería ser rápido e impiadoso, y esforzarme a fondo de entrada, porque el Grande estuvo en muchas escaramuzas, conoce demasiados trucos y tiene menos escrúpulos que un buitre.

—Hasta el peor faite sabe por estos lados que puedes salarte si le das vuelta a una monja —agrega sin embargo.

Miro su nuez de Adán, que sube y baja.

—Ese mocazo no es nuestro.

—¿Y de quién es? —le pregunto.

La nuez se detiene. Recorro la garganta y me choco con su sonrisa desagradable. Gira y gira su as de diamantes entre sus dedos torcidos.

—No soy buche, pero en este campito no hay mucha chance —hace una pausa para ver si es necesario un énfasis. Es necesario—: El ganado es nuestro o es de ellos. Vea qué simple.

De inmediato aprieta el as y me apunta.

—Pero hágale caso a Su Santidad, y no vaya sembrando cizaña.

Asiento y nos quedamos atados en una larga mirada de comprensión mutua.

Después baja la vista y sigue con el solitario. Retrocedo hasta la salida, me pongo la gorra y me escoltan hasta la parroquia. Es un edificio tosco y estrecho, con un patio techado que hace las veces de vestíbulo, y una capilla en el fondo.

A un costado hay un despacho, dos salitas y una cartelera donde se informa que allí funcionan alternativamente un taller de cerámica y otro de idiomas. Un corredor paralelo conduce hasta una casita austera: cocina, comedor, pieza y baño. El antiguo hogar de Mariela Lioni.

Un arcángel menesteroso me encuentra husmeando y me pregunta en castellano epigráfico si puede ayudarme. Sor Fabiana les está impartiendo una charla espiritual a seis chicos en esa nave discreta dominada por la Virgen de la Candelaria. Espero turno con la gorra en las manos, y al final la monja se me acerca y me pregunta qué deseo. Es una gorda de metro y medio que puede pasar por bonachona y naif pero que tiene genio y agallas. Ordena con energía a los chicos que se apuren y que no olviden la tarea, y me invita a su despacho, que está decorado con fotos de Francisco y del padre Mujica. Bajo una imagen destacada de Mariela, hay un cartel que pregunta: «¿Dónde estás?».

—El padre Bustos me ordenó que sacara eso —cuenta de entrada, acomodándose en el sillón cuarteado de su socia—. No nos permitió ir a los medios ni hacer campaña en la villa, ni siquiera quiso hablar de Mariela en las misas que viene a dar algunos domingos. Cada vez menos, para ser justos, porque sin Bergoglio y sin Lioni no siente tanto el llamado de los pobres.

Me guiña un ojo, tiene las manos entrelazadas en la barriga, le cuelga una cruz de madera sobre el hábito negro.

—La renuncia de Lioni no es buena propaganda —le confirmo.

Niega, ya sin sarcasmo.

—A veces me arrepiento de haberle servido en bandeja esa última línea —confiesa—. Pensé mucho en esa oración, y estoy convencida de que fue un impulso, un capricho de Mariela, algo escrito de madrugada y a las apuradas. Pero bueno, hay gente que no piensa lo mismo. La familia tenía derecho a leerla. Y a Bustos le vino como anillo al dedo: la santa se caía del pedestal y no era necesario hacer mucho ruido.

—Describe a Bustos como si fuera el cardenal Richelieu.

—¡Ojalá lo fuera! —se ríe—. Bustos no es bueno pero tampoco es inteligente. ¡Dios me perdone! Si alguna vez nos hubiera apoyado en serio, por ahí no nos habrían caído tantas calamidades.

—Entonces usted cree que fue un homicidio.

Se sienta más derecha, coloca las manos regordetas sobre el escritorio; tiene la boca apretada en una curva sombría:

—No me entra otra cosa en la cabeza.

—Prefiere pensar que a su socia la mataron antes que imaginar una traición —le puntualizo, usando cada palabra como una gillette—. Tal vez sea más negocio para usted consagrarse a adorarla que admitir su debilidad humana.

Se queda callada, acariciándose la cruz. Después sonríe:

—¿Quiere hacerme terrorismo? ¿Es una estrategia criminológica? Está bien Está muy bien, si eso aporta algo. No tengo problemas. ¿Gusta un mate?

Tiene un calentador a garrafa y una pava ennegrecida.

—No pasa un mes sin que no crea verla en la calle, o ahí, en la última hilera de los bancos, escuchando misa —dice mientras manipula la yerba—. Antes soñaba todas las noches con ella, y tenía pesadillas tremendas. A veces, cuando estoy sola, le hablo como si pudiera oírme.

Detecto en el collage de la pared una foto de Bergoglio con sus curas villeros; hay también varias monjas: Mariela y su socia aparecen allí del brazo, jóvenes y esperanzadas.

—No sabe la emoción que sentí con la fumata blanca —me adivina, y agrega una cucharadita de azúcar—. Me puse de rodillas frente al televisor y pensé: ahora Francisco, con su enorme poder, la traerá de vuelta.

—Supongo que le habrán llegado cien rumores durante todo este tiempo.

—Fueron miles —ceba el mate y consigue una buena espuma. Pero al probarlo se da cuenta de que todavía está tibio—. Los primeros veinte me pusieron histérica. Removí cada piedra, y me llevé todo tipo de chascos. Los treinta o cuarenta que siguieron eran inverosímiles, la gente dice cualquier verdura. Después me impuse el firme propósito de no darles bola, porque era como apagar el fuego con nafta. Cuando yo me calmé, la gente también se calmó.

—Los rumores mantenían vivo el tema.

—Puede ser, pero hacían mucho daño. Y eran improductivos.

En la parte superior del collage aparecen fotos de Moretti dirigiendo una orquesta de quince músicos amateurs. Fabiana me alcanza el primer mate decente. Lo encuentro empalagoso.

—El profesor me contó sobre la crisis vocacional de Mariela —comento, y prendo un cigarrillo.

—No fue una crisis y no fue vocacional —replica con decisión—.

¿Quiere unos pastelitos de membrillo?

Destapa una bandeja que guarda sobre un archivero. Rehúso la invitación, y ella no se priva de hacerle los honores: un festival de grasas y azúcares.

—¿Sabe las veces que nos caímos y nos volvimos a levantar?

—Pero Rojitas era especial para ustedes, ¿por qué?

—Porque tenía luces —intenta enumerar—. Porque a pesar de que lo crio un padrastro que abusaba de él y de sus hermanos, y de que la madre terminó en la cárcel, el pibe sacaba no se sabe de dónde un ángel. Algo. Una tenía la impresión de que ese chico se sobrepondría a todo, y que llegaría muy lejos.

—Pero le pulieron el cerebro con el paco.

—Y empezó a robar a los trece, y baleó a un comerciante de Boulogne —confirma y me alcanza el segundo mate—. Terrible. Pero lamentablemente nada fuera de lo normal. Estuvo un tiempo en un instituto de menores. Lo visitamos, como a muchos otros; tratamos de que se pusiera bien, nos comprometimos ante el Juzgado a apoyarlo en su proceso de desintoxicación. Tenemos experiencia: hace varios años que nos acompaña un equipo de médicos especializados en adicciones. Todo hecho a pulmón y a pequeña escala. Siempre con marchas y contramarchas, alegrías y bajones, pero tuvimos nuestros logros y estamos muy acostumbradas a los chicos bravos, y a no derrumbarnos cuando se derrumban.

—Rojitas respondió bien —chupo a disgusto el segundo mate empalagoso.

No soy vulnerable al humanismo. Pero por alguna razón, lo que en Moretti me huele a melodrama, en Fabiana me suena a mera descripción profesional.

—Se comprometió de inmediato con nuestra causa —sigue ella—. Era cariñoso y servicial, y un modelo para los otros chicos. Mariela se vio obligada a pedirle al Arzobispado que interviniera para conseguirle una beca en el colegio de los salesianos, porque Bustos no quería alumnos con antecedentes penales. Al final, tuvo que dar el brazo a torcer, y Rojitas fue mejor promedio.

Se limpia la comisura de los labios con una servilleta de papel, y se barre las migas de la pechera antes de meterle más azúcar a su mate azucarado.

—Mariela me hizo ver que no se trataba solo de un pibe genial, sino que era un líder en potencia, y que debíamos prepararlo para esa misión.

—Lo prepararon.

—Lo llevamos a Bariloche, a conocer la nieve, y lo anotamos en cursos. Le conseguimos un sueldo bajo, pero sueldo al fin para que pudiera dedicarse de lleno a las tareas sociales de la parroquia. En las fiestas religiosas escribía una redacción y se la leía a la comunidad. Se fue convirtiendo en un personaje. Comía con nosotros, era como de nuestra familia. Un hermano pequeño.

—Y entonces, ¿por qué se jodió todo?

Termina su mate y lo deja. Suspira un poco y se echa hacia atrás, con los codos en los apoyabrazos, los dedos entrelazados frente al mentón y los índices sobre la boca, como si la tuviera clausurada. Pero no la tiene:

—Empezó a faltar. Y a usar llantas nuevas. Las notas del colegio se fueron cayendo en picada. Iba a bailantas y a veces volvía borracho. Mariela se puso como loca, lo encaró de todas las maneras posibles. Sus viejos amigos le hacían el vacío, y a ellos cada vez les iba mejor: ganaban guita con el menudeo, tenían zapatillas de lujo, pilchas y celulares de última generación, y se les pegaban las chicas más lindas. Nadie puede competir con algo tan groso. Ni siquiera el Estado. Un día, para que le dieran calce, fue a bailar con ellos, y una cosa llevó a la otra. Fue un proceso largo, meses y meses, y nosotras con el corazón en un puño. Y Rojitas primero negando, después tratando de llevar una doble vida, al final mandándonos al carajo. Mariela le dio vuelta la cara de un cachetazo, y a la semana lo fue a buscar. Faltaba al colegio, andaba armado, no quiso ni hablarle.

»Una noche tardísimo nos tocan a la puerta. Eso pasa seguido por acá. Fuimos corriendo porque había habido un tiroteo. Rojitas estaba agonizando a seis cuadras, en un charco de sangre. Lo llevamos al hospital y se nos murió en la guardia. Estábamos hechas percha, imagínese. Creíamos que lo había matado un competidor. Pero ni eso. Ni eso. Rojitas era el sicario. Solo que esa noche tuvo mala suerte.

—¿Los Requis?

—Mariela fue a verlo al Grande para exigirle una explicación y para amenazarlo. Estaba desquiciada.

—¿Qué le contestó?

—Que ni siquiera lo conocía.

—¿Le creyeron?

—Tiene cientos de soldaditos, es una organización formada por una serie de empresitas con caciques, territorios, células e internas, y ya demasiado dinámica y compleja como para que lleve un registro y seguimiento de cada uno.

—¿Qué le dijo Josefina?

Parece absorta con el humo de mi cigarrillo, pero sé que es un ardid para no mostrarse sorprendida.

—Me juró que Rojitas no laburaba para los Pajuelo.

—¿Cómo es que la esposa de un narco trabaja en un centro de rehabilitación para drogadictos?

No le gusta mi tono irónico. Coloca de nuevo la pava sobre el calentador, se pone de pie y me señala otro ángulo de collage. Son fotos de bautismos, comuniones y procesiones religiosas.

—Josefina quiere pero sufre mucho a su marido. Es una mujer piadosa. Y su intervención es pastoral, no se mete con el tema de las adicciones.

—Qué lástima —pincho—. El esposo fabrica el veneno y la esposa reparte el antídoto. Se vería muy gracioso.

—Mariela y yo hemos puesto mucho esfuerzo en no alejarla —me corta—. Tuvimos que convencer a los feligreses y luchar contra nuestros propios prejuicios. Es fundamental tenerla cerca. Por muchos motivos.

—¿Y cómo tomaba Josefina los embates de Lioni contra los Pajuelo?

—Una vez estuvo dos semanas sin aparecer, y cuando lo hizo traía la cara marcada. Le pidió a Mariela que rezara por su esposo, y no se volvió a hablar del tema.

—¿Y Pajuelo nunca vino?

—Una tarde, para aclararnos que no era creyente, pero que respetaba las convicciones de Josefina. Mariela trató de hacerle frente, pero Pajuelo es hombre parco y la dejó con la palabra en la boca. Le aclaro, de todos modos, que comparado a su paisa del kiosquito es una carmelita descalza.

—Parece una justificación.

—Puede ser, pero es una verdad objetiva —dice ella, y el pitido del agua hervida la sobresalta y la malhumora. Tiene a flor de labios una puteada nada pía.

—Necesito que me tienda un puente con los dos —le comunico.

De nuevo se acaricia la cruz de madera, con los ojos entornados.

—A Pajuelo puede verlo de parte mía —dice por fin; lo hace con voz resuelta—. Es fácil encontrarlo: se pasa todo el día detrás del mostrador de su tienda de celulares. Aunque es una tapadera.

—¿Y Josefina?

—Eso es harina de otro costal, peregrino. Voy a tener que pensarlo.

Toma nota de mi número y viene conmigo por el patio techado hasta la calle.

Me pregunto por qué no le dio tantos detalles al fiscal de instrucción. Lo planteo en voz alta.

—No crea que no dudé —admite—. Había que nombrar a mucha gente. Y a nosotras nos creen y nos siguen porque somos capaces de callar.

Cruzo la villa de norte a sur, como si patrullara, y me prendo en charlas circunstanciales sobre fútbol y motores. Almuerzo un choripán de parado, viendo un partido de once entre choferes de colectivo y albañiles sin ocupación, y en el segundo tiempo me prestan unos cortos y una remera manchada para que entre un ratito porque hay lesionados. A mí por poco me arrancan una pierna en una jugada intrascendente, alejadísima de los arcos. Ni por un segundo me dejan de vigilar desde los laterales. ¿Qué pinta en el barrio este cobani?, se preguntan por dentro. Festejamos un empate con cervezas frías. No se me ocurre hacer ningún comentario fuera de lugar, porque podría costarme caro.

Desganadamente me seco con la remera mojada, me vuelvo a vestir, camino como si no tuviera rumbo fijo y resulta que de pronto entro como si nada en la «tienda» de Pajuelo, que es un sucucho lleno de tecnología robada. Manuel Pajuelo Ibarra se encuentra, efectivamente, detrás del mostrador: es un soberano del imperio incaico, pero en tamaño mediano, con cintura gruesa, orejas enormes y mirada levemente extraviada. Lleva el pelo largo, sin una cana, peinado hacia atrás y con raya al medio. Las diferencias con Requis son inmediatas: Pajuelo es un hombre despiadado pero a la vez razonable y humilde; no se jacta de su crueldad, la ejerce con fatalismo y se considera ante todo un padre de familia.

Tiene una actitud cruel pero defensiva, y es por eso que su competidor, que se muestra comercialmente mucho más agresivo, le lleva varios puntos de ventaja.

No le será fácil al Grande, sin embargo, sacar del medio a don Manuel, que es porfiado y rencoroso. Los dos son producto de las diásporas senderistas, pero el primero tiene una obsesión irresistible por los fierros y morirá seguramente entre ellos; el segundo es hijo del campesinado, y su aspiración íntima puede consistir en amasarse un futuro y después abandonar la economía negra y volverse legal.

Uno se instala naturalmente en lo que quiere ser; el otro está siempre en tránsito.

Es por eso que Requis vive solo en el presente y habla todavía con la jerga peruana. Pajuelo, en cambio, la disimula, ya que apuesta a asimilarse a una nueva cultura y a una nueva vida. Menciono a sor Fabiana para que esos tres «soldados» que lo protegen no se me vengan al humo, y a continuación le explico que busco a sor Mariela. Pajuelo fuma un cigarrillo electrónico y me examina con curiosidad.

—En asuntos terrenales no coincidíamos, señor oficial —confirma con cansancio—. Y las cuitas celestiales yo no las discuto.

—Lioni usó el púlpito contra usted y sus hermanos.

—Mi esposa, mi cuñada y mis sobrinos son fanáticos de la Virgen de la Candelaria. Me hubiera cortado una pierna antes que ponerle un dedo encima.

—¿Fue entonces El Grande, o alguno de sus empleados?

—No, ni a palos —niega con la cabeza—. Están locos, pero no son tan boludos.

Entran dos guachos a preguntar un precio; Pajuelo los despacha con un gruñido. Está interesado en ir al grano y terminar de una vez con esta conversación espinosa. Suena bajito una canción: «Penas que arrastran mi alma me están matando. Mamacha de las Mercedes, ¿qué es lo que pasa aquí? Unos a otros se matan sin compasión».

—No tenemos por qué no creerle —le miento, hablando en un ambiguo plural—. Solamente estamos buscando un dato, una pista. Algo que nos oriente.

—¿Y yo qué puedo hacer? —se desentiende, pero sabe perfectamente a qué me refiero.

—Pocas cosas deben pasar en Villa Puntal sin que usted se entere —le digo para elogiarlo—. Hay voluntad de pagar una buena recompensa por una buena información.

Se ríe con los dientes blanquísimos. Y lo hace de un modo extraño, como si a continuación fuera capaz de pegarme un tiro en la sien.

—Por más que ofrezca el oro de Cuzco estamos en bolas, señor oficial —me asegura, y sus guardaespaldas se ríen también.

Entran otros tres guachos a vender celulares robados en el Parque de la Costa. Pajuelo revisa los aparatos con fastidio, sin dejar de mirarme con atención. Le agradezco con la cabeza y retrocedo hasta la calle. Todavía estoy en ella, cuando sale y se apoya en el marco de la puerta a fumar su cigarrillo electrónico. Siento sus ojos en la espalda mientras camino y cruzo la avenida.

En el departamento de Belgrano me regalo un baño de inmersión y después pongo discos de Pugliese y me dedico a releer informes confidenciales sobre las distintas bandas de narcos peruanos que operan por toda la zona metropolitana. Si tuviera el visto bueno de arriba, ordenaría un megaoperativo militar en la villa, daría vuelta todo, metería presos a algunos, interrogaría a los capos en sede policial, sacudiría el árbol para ver si caen las manzanas. Pero eso por ahora no está a nuestro alcance, y mucho menos con la discreción eclesiástica que se nos pide. Otra variante podría ser intervenir en algunas causas por drogas y canjear desde el juzgado reducción de penas por delaciones. Pero en todo caso, esas atribuciones no se encuentran a mi nivel. Y no dejo de preguntarme con una mano en el corazón, ¿estarán mintiendo los Pajuelo y los Requis? ¿Y si realmente no saben un pomo? ¿Qué le pudo haber pasado a Mariela Lioni? El vodka me pone a imaginar, pero no llego muy lejos. Y trato de dormir, aunque caigo en un largo insomnio. Pienso entonces en la decepción de Cálgaris y vuelve con todo su ardor aquel dolor de garganta, que siguió como el primer día, a veces escondido y otras en primer plano y en llamas. Ya es un dolor crónico con momentos agudos.

Al día siguiente estoy hecho un sonámbulo, y casi me torro escuchando los ensayos de la orquestita de Moretti en el centro deportivo. Los chicos ejecutan, con buena voluntad, piezas de Bach, de Schubert y de Piazzolla. Lo más interesante, sin embargo, es observar en acción al profesor de música. El flaco, en su salsa, resulta detallista y carismático, y dan ganas de seguirlo hasta el infierno. Qué curiosa transformación.

Esa noche llueve de manera torrencial, y mastico un válium para dormir seis horas seguidas. Justo en ese instante suena mi celular: es sor Fabiana, me ruega que vaya de inmediato. Su voz suena excitada. Me visto de nuevo, me calzo la Glock, me lavo la cara con agua fría y me preparo un ristretto doble para despejarme. Estoy obligado a atravesar una densa cortina de lluvia, un vaho de espesa oscuridad y más adelante un lodazal imposible hasta llegar al reino de la Virgen de la Candelaria. Por el camino no diviso un cristiano ni por casualidad: todos se han refugiado en sus casillas, parece un pueblo fantasma. Llamo a la puerta y viene de adentro con una linterna la incondicional. Ya no viste hábito negro; los acontecimientos la sorprendieron de civil, con una camisola floreada y una falda desteñida. Sin el uniforme de Cristo parece mucho menos misericordiosa.

—Perdone la hora, pero me pareció urgente —me dice—. Y justo se cortó la luz.

La capilla está iluminada con velas y rodeada de sombras. En la primera fila de los bancos reza de rodillas una mujer, que se levanta al oírnos llegar y se persigna. Es delgada y tiene cara equina, pendientes de colores vivos y una cruz plateada sobre el suéter marrón. Intento concebirlos juntos: Manuel Pajuelo y su esposa Josefina. No son parejos, pero no hacen mala pareja. Fabiana nos presenta sin afectaciones y la mujer me entrega una mano muerta. Nos sentamos los tres muy cerca del altar.

—Josefina se enteró de que usted anda buscando a sor Mariela —introduce la gorda, como si su compañera fuera muda.

—Ajá —digo, y espero que la muda hable.

Josefina no parece sentirse interpelada. Se toma un tiempo para traducir al español sus pensamientos. Cuando parece que por fin va a pronunciar un largo parlamento, dice únicamente:

—Mi marido no le puso la mano encima.

Fabiana y yo cruzamos una rápida mirada. La monja se siente en la necesidad de empujar el vagón, así que le acaricia afectuosamente el hombro y la alienta a que siga adelante. Pero en lugar de arrancar, Josefina se contempla la punta de los pies.

—Ella sabe que no me banco los rumores —dice entonces sor Fabiana, tomando la iniciativa—. Es por eso que hasta hoy no quiso hablarme de su medio pariente.

¿Un sobrino?

Josefina niega con la cabeza.

—Al enviudar, mi suegra se casó con un tío segundo de Manuel —dice de pronto, y yo no alcanzo a entender adónde conduce toda esa complicada genealogía—. Es Pajuelo por parte de madre.

—Ajá —repito, como si se tratara de una revelación.

Un viento fuerte, que tal vez escurrió el agua, golpea las puertas y las ventanas. El fuego de las velas vacila.

—Fanfarrón y atrevido —dice Josefina, y se besa en cruz los dedos índice y pulgar como si además tuviera un pensamiento impuro—. Manuel le dio negocios, pero los arruinó. Hubo peleas familiares, nos cortamos el rostro. Para nosotros, está muerto.

—¿Se fue con los Requis? —pregunto.

—Sí, pero le desconfiaron —contesta con la vista baja—. Anda por las suyas, no deja cagada por hacer.

De nuevo se besa el índice y el pulgar. Espero que remate el cuento, pero se queda callada un buen rato. Sor Fabiana se impacienta y toma la palabra.

—Nosotros lo conocíamos de lejos —dice lentamente—. Una vez nos gritó porquerías. Parece que anduvo medio borracho por ahí diciendo que se había violado una monjita, y que la tenía enterrada en el basural.

—Los borrachos dicen cualquiera —le advierto.

Josefina levanta la vista y me mira con severidad. Mi escepticismo la desafía.

—Un señor que cartonea lo vio tempranito con una pala y los vecinos de las lomas ponen flores y rezan detrás de la última pila, a mano izquierda, cerca de la ruta.

—Es un lugar tétrico —me aclara Fabiana, levantando las cejas.

Saco la libreta y anoto las referencias. Les hago cuatro o cinco preguntas para ver si entendí bien, y para probar si puedo exprimirles un detalle más. Pero Fabiana está seca, y Josefina es más corta que pija de piojo. Se levanta y noto que trajo botas de lluvia y un paraguas. «Me tengo que ir», me anuncia con un hilo de voz. Besa las manos de sor Fabiana y vuelve a persignarse. La gorda la acompaña y regresa con un signo de interrogación. «Habrá que ver», le respondo.

Las secuelas del encuentro disuelven los efectos del válium, y paso otra noche desvelado. Por la mañana busco al Salteño en la 4×4 y revisamos el armamento. No hay huellas de la tempestad, salió el sol. Almorzamos en una parrilla y le relato someramente mis desventuras napolitanas con Jonás. Fueron camaradas en la batalla de Goose Green: un infante y un artillero. Pero no podía haber dos personas más distintas. Jonás resultaba exuberante y expansivo, y el Salteño era, en cambio, un morocho silencioso y cabizbajo: no supo si reír o lamentarse por el derrotero del gladiador. Únicamente recordó con el café los estragos que la MAG de Jonás había hecho en el istmo de Darwin. Esa tarde repartimos preguntas discretas en la zona circundante al basural, localizamos el domicilio y esperamos a que fuera noche cerrada para avanzar sobre la casilla.

Pajuelo por parte de madre ha perdido a su mujer a manos de un sifonero, que da cobijo a sus seis hijos en una casa de Benavídez. Nos apostamos a cien metros de la choza oscura, y nos subimos las solapas para aguantar el frío. El Salteño va armado hasta los dientes, yo solo llevo en la cintura la Glock y en la tobillera un Smith & Wesson 36. Nos soplamos el interior de los puños y pateamos el suelo para no congelarnos. El nabo nos hace perder varias horas, pero al final aparece.

Se hace el guapo y ofrece resistencias, pero le bajo rápidamente el copete y lo pongo a parir. El resultado es una excursión nocturna: el Salteño trae mi camioneta y los tres nos dirigimos al camposanto. Ahora mismo este pelotudo está cavando con pico y pala, sudando sangre y lágrimas, mientras llega el coronel, a quien guío por teléfono hasta el teatro de operaciones. Lo trae un chofer de la Casita y lo custodia un patrullero de la Federal. Cuando se apea, veo que viene enfundado en su gabardina, su echarpe y su sombrero. Ni siquiera me saluda. Prende su pipa y echa un vistazo a la obra. Luego retrocede y se apoya en la puerta abierta del coche, como si no quisiera contaminarse con la transpiración. Le informo concisamente los avances y las presunciones, pero él no se inmuta ni me devuelve el gesto. De pronto escuchamos que la rata grita y que acomete de nuevo su llanto maricón. Me acerco a los bordes y le pido al Salteño que baje. Me quedo con su escopeta y con su Kaláshnikov, y observo cómo mi socio echa luz sobre el suelo y lo revisa con la pala. Son unos segundos de suspenso, y entonces levanta la cara y me dice: «Hay huesos».

Los policías rodean el pozo, alterados y sonrientes. Yo le ordeno a Pajuelo por parte de madre que salga; él me jura por sus seis hijos que no la mató. Los pájaros de la noche y de la basura chillan en el cielo. El Salteño se quita la campera, la tricota y la camisa, y escarba con vigor y a la vez con mucho esmero. El asesino está de rodillas, le pongo las esposas. La niebla progresa sobre las lomas, y Cálgaris se mantiene impertérrito, acodado y sin la menor emoción. Finalmente, el Salteño deja de cavar y se queda un momento quieto, examinando con la linterna los restos óseos. Tiene los labios apretados. «¿Qué pasa?», le pregunto. Levanta de nuevo la cara y adivino lo que hará a continuación. No me defrauda. Alza uno por uno los huesos carcomidos, y los coloca con delicadeza en el borde, bajo el haz de los faros. Parece un coleccionista, o un experto en rompecabezas. Pelvis, fémur, tibia, metatarso y falanges, todos gigantescos. Tengo taquicardia. Vuelvo a tropezar con los ojos del Salteño. «Es un caballo», dice en forma audible.

El tiempo se detiene. Oigo como en sueños la risa sofocada de un policía.

Pajuelo por parte de madre otra vez llora, pero de alivio. Giro el cuerpo con la pesadez de un buzo y veo que Cálgaris sacude su pipa, se mete en el coche y cierra ruidosamente la puerta. Un caballo.

Los coches se pierden en la neblina.

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