La herida
IV. El cóndor levanta vuelo
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IV
El cóndor levanta vuelo
El avión sanitario resulta ser un flamante Lear Jet 60 que nunca voló en misión sanitaria: el gobernador lo utiliza para sus giras y caprichos personales. Los motores están encendidos y todos permanecemos en posición de despegue, pero la maniobra se suspendió a la espera de la señorita Diana Galves, que por supuesto viene con retraso. Las divas tienen esos raros privilegios, y entonces todo mi equipo se entretiene con sus tablets, salvo el Gran Jack, que es un viejo lector y parece entregado a una nueva biografía de Hoover. Se llama Miguel Marcial Romero, y es un excomisario mayor de la policía bonaerense. Tal vez lo recuerden: salió muchas veces en los diarios a lo largo de sus treinta años de servicio, y al final su dimisión quedó envuelta en una escandalosa interna palaciega. Actuó desde joven como investigador principal en casos de gran exposición mediática, fue mi profesor en dos o tres cursos de criminología, y su frase de cabecera siempre me pareció nostálgica pero inocente: «Hice cosas de las que no me siento muy orgulloso». Pasó por Homicidios y Delitos Graves, Robos y Hurtos, Defraudaciones y Estafas, y Drogas Peligrosas. En su extenso retiro dirigió compañías de seguridad, hizo Inteligencia para agencias privadas norteamericanas, y actuó como «contratado» en algunas operaciones especiales de la Casita. Cálgaris lo reclutó precisamente en esa calidad para esta incursión de bajo perfil. «Prefiero este recreo a jugar a las bochas en los costados de la General Paz», se ríe Romero, encogiéndose de hombros. Esa risa mefistofélica, en otros tiempos, les hacía parar los pelos del culo a las peores fieras de las ranchadas. Estuvo en tiroteos y desarmó superbandas, y persiguió durante años a uno de los principales atracadores de blindados. Lo detuvo tres veces, y la última fue por teléfono. Un colega de barrio lo había capturado por azar en un entrevero por unas sacas, y al meter los datos en la computadora resulta que los antecedentes no hacían juego con un fierro de semejante porte: le incautaron un M16 nuevito. Sabiendo que Romero era un experto, el colega lo llamó y le transmitió sus dudas. El veterano sospechó de inmediato que el chorro era poronga y que usaba los documentos de un gil. Le preguntó cómo era su fisonomía, y tuvo un pálpito. «Necesito chequear su voz», insistió. El colega llevó el celular hasta el calabozo y Romero oyó cómo le decía al preso: «Te quiere hablar mi jefe». La voz del pesado salió limpia: «¿Quién es?». Cuando el colega nombró al comisario mayor Miguel Marcial Romero hubo un largo silencio en la línea; a continuación la leyenda negra se llevó el aparato a la boca y dijo: «Estoy hasta las pelotas, Jack, ¿no?». El Gran Jack le confirmó que sí.
«Solo te pido que le avises a mi jermu», pidió el caído. Romero le avisó a la concubina y diez meses después, un juez garantista que lo tenía entre ceja y ceja al Gran Jack por antiguas salvajadas, interrogó al delincuente y quiso inducirlo a que denunciara apremios ilegales. «¿Usted cree que el comisario Romero me torturó? —preguntó el ladrón de blindados, como si se sintiera ofendido—. Por favor, Romero es un caballero. Y entre nosotros, señor juez, tenemos una relación deportiva. Yo corro y él me persigue. Yo corro y él me persigue. Y a veces me agarra».
La carrera del comisario está llena de anécdotas divertidas, pero parecen memorias de un mundo que ya no existe. La penúltima aventura no salió del todo bien: encontró un cargamento de 950 kilos de cocaína y metió en cana a quince tipos. Pero por alguna extraña razón sus superiores no quisieron llamar a la prensa ni florearse, y al mes los narcos estaban libres de culpa y cargo.
«Descubrí el cargamento equivocado», se resigna sin dramatizar. Lo ascendieron para sacárselo elegantemente de encima, y después perdió, no por vivo ni por honesto, sino por pisar un palito y quedar en medio de una balacera entre funcionarios. Los políticos son más peligrosos que los ladrones.
Fue un editor de Crónica quien lo bautizó como «El Gran Jack» a propósito de su asombroso parecido con Jack Palance. Romero es también delgado y enjuto, tiene pómulos altos, sonrisa cadavérica y aspecto de hidalgo pecador y en picada. Usa camperas de gamuza marrón, y a veces un pañuelo anudado al cuello que lo asimila con un hombre de campo. Es coqueto y anacrónico: viejo reloj Longines, con pulsera elástica enchapada en oro, que heredó de su padre, y cigarrera de metal dorado. Fuma mucho, y sus zapatos siempre brillan; no ha abandonado jamás su Browning 9 milímetros. Me alegra que sea de la partida.
A su lado viaja, abstraída y engamada en rojo, la Gorda Maca. Que es siquiatra, astróloga aficionada y buchona. Lleva una blusa y una falda carmesí, anteojos con montura de plástico y labios y uñas de idéntico tono. Hasta la lapicera con que escribe es colorada. Lee en Internet un informe psicológico sobre las mujeres de piscis (Diana encaja en esa categoría) y sobre las escorpianas (Beatriz solo recoge algunos rasgos clásicos). Maca sigue de novia a distancia con nuestra agente encubierta en el Palacio de las Cortes de España, pero con un nick mantiene también un romance fogoso y clandestino con una diplomática chilena. Hablé con Palma: le di la orden de pincharle los mails y los chats porque sé que ella forma parte de la Armada Brancaleone con el objeto crucial y secretísimo de vigilarme. El coronel necesita una segunda voz confiable y discreta en el terreno. Recela de mis criterios después de tantas trastadas, y en esta ocasión se procuró un topo de lujo, que viene para participar oficialmente en el turnaround, pero que no dejará pasar un día sin hacerle un reporte doméstico sobre mi conducta. Estoy en capilla y me sigue doliendo la garganta.
Palma se codea involuntariamente con Maca, despatarrado en los sillones de cuero beige, rodeado de pantallas y escuchando música metálica por los auriculares. Está deleitándose, para variar, con un chupetín de Coca Cola y viste una gorra de los Lakers y una remera de «Machete». Es todavía un socio gerente de La Cueva, que terceriza nuestra red de hackers y sonidistas, pero aceptó por una suma inconcebible concentrarse full time en esta patriada. Reclamó, eso sí, chequera abierta para conchabar técnicos en la provincia y especialistas callejeros en colocar «cocodrilos» y micrófonos ambientales. El Lear Jet 60 carga con una valija de ultratecnología comprada en Berlín a Siemens. Palma tiene la directiva de tender un cerco a nuestro alrededor y vulnerar los escudos de Farrell y Jalil. No es moco de pavo: desde la Dirección de Seguridad, el Montesinos de cabotaje domina todas las comunicaciones privadas.
Nos alojaremos los cuatro en un hotelito familiar que parece una conejera, pero que tiene la virtud de ubicarse a solo tres cuadras de la base central, un chalet que la Gobernación le alquiló a BB para que montara sus oficinas. La socióloga no se hizo desear: en la planta baja distribuyó ambientes para encuestadores, contadores y abogados, y en el piso superior, habilitó un salón de reuniones, otro de esparcimientos con plasmas y mesas de metegol y de pool, y más atrás, ya con vista al jardín, un pequeño departamento con dormitorio, cocina y jacuzzi para pernoctar si la noche se hace interminable. La regla será, sin embargo, ocupar la magnífica suite presidencial del Hotel Río Azul, que tiene cinco estrellas y se alza hasta el cielo en un ángulo de la avenida más importante. Un piso más abajo tiene habitación reservada para sus intermitentes visitas la mismísima Lady Di, que ya mudó su increíble vestuario en quince valijas. Hace una semana viajé con mi camioneta repleta de ropa y herramientas, la guardé en un estacionamiento, almorcé con Beatriz en el chalet, constaté la eficacia de la Conejera y recorrí esa ciudad rodeada de bardas. Dos días después regresé por Aerolíneas con un malestar profundo pero inespecífico. La capital es una franja de tierra acosada por un río peligroso, por un conurbano feo y empobrecido, y por una zona de chacras que desde el aire parece un vergel. Una combinación de valle, meseta, calles empinadas y residenciales, casas chatas y arquitectura irregular, con inviernos muy fríos y veranos muy calurosos. Al oeste, la provincia llega hasta la región de los parques nacionales, los lagos y la cordillera. Hacia el sur se extiende un desierto petrolero y vacío. Y hacia el este solo hay dos cosas: un balneario con ínfulas y un puerto de aguas profundas.
Patagonia pura en los cuatro puntos cardinales.
El piloto nos avisa que la pasajera tardía abordará en un instante la nave y que debemos atarnos al asiento. Diviso en la pista a la actriz, que se aproxima contoneándose como si desfilara, con sus botas charoladas de caña alta y taco aguja, sus jeans negros y su abrigo de cuero con cuello de piel, entallado hasta las caderas. Solo trae una cartera cuadrada y a su perro en brazos. Sube sofocada y saluda a todos con un gesto colectivo y aniñado. Juan Domingo se mea de emoción en cuanto su ama se sienta y lo suelta impunemente para que corra y disfrute del vuelo. Ella se queda en un pulóver verdoso de lana suave y cuello alto, que le resalta a un mismo tiempo las curvas y la piel blanquísima. «Sorry, sorry», desliza todavía, y el avión se mueve, se pone en posición, carretea un trecho y finalmente despega. Cuando alcanza velocidad de crucero, Diana se vuelve y me anima a que le presente a los demás. No alcanzo a entender si es una muestra de culpa, urbanidad y gentileza, o si esos rostros patibularios de verdad la intrigan. Hago las presentaciones y ella los escruta con los ojos bien abiertos. Después Maca se levanta, se sienta a su lado y le murmura una frase chismosa: la diva se ríe como si estuviera en televisión y se trenza en una conversación en voz baja. Supongo que hablan de cartas natales y horóscopo chino. El comisario, que no ha perdido ningún detalle, deja a un lado el libro de Hoover y contempla las nubes. Sé que va a contarme algo relevante, así que lo espero mirándome la punta de los dedos.
—Leí esos informes que me pasaste —dice por fin, acariciándose la frente—. El último es realmente genial.
Nos quedamos cinco segundos en silencio, escuchando el rumor de las turbinas. Hasta que el Gran Jack rompe a reír, y no puedo dejar de seguirlo. Casi lloramos de la risa, aunque de manera disimulada, y Palma nos mira pasmado.
Romero se limpia los ojos con un pañuelo de papel.
—El asunto de los huesos de caballo me hizo acordar la vez que metí adentro a los hermanitos Figueroa —dice carraspeando—. ¿Los conociste?
—No tuve el gusto.
—Eran dos malandras de cartel, los pescamos de casualidad y me extrañó mucho que aceptaran tan rápidamente los hechos. Pero en fin: a uno lo mandamos a Olmos, y al otro a Marcos Paz, para que no hicieran mala yunta. Una tarde llama un tipo a la comisaría y pide hablar con el oficial a cargo. Atiendo y me dice: «Los metieron presos por una pavada; amasijaron a un tipo hace un año y lo enterraron en el fondo». Y me cortó. Los hermanitos Figueroa alquilaban una casa en San Justo, allá vivía el mayor con una mujer, y el menor a veces también caía por ahí y traía una novia. Imaginate. Yo no podía ir al juez con una llamada en el aire, y tampoco me podía olvidar así como así del asunto.
—Fue con pala y todo.
—Salté de noche la medianera y cavé un buen rato. Encontré huesos.
—De perro —sonrío.
—Tapé todo y me mandé a mudar silbando bajito. Al día siguiente volvió a sonar el teléfono. El tipo estaba al tanto de mi visita nocturna.
—Un vecino.
—Nunca supe —niega—. El punto es que me dice: «El cadáver está debajo del perro». Yo no podía creerlo, y estuve muy cerca de mandarlo a la mierda y olvidarme de todo. Pero me daba vueltas en la cabeza y no me dejaba dormir.
—Fue otra vez.
—Desenterré al perro y seguí de largo, y al final encontré el cuerpo. Buf, no sabés la alegría. Pero tapé todo y me rajé, porque no tenía orden de allanamiento y acababa de meter la pata.
—¿Convenció al juez?
—Era una jueza, y más mala que la polio. Le inventé un anónimo, y le dije que tenía un buche que me confirmaba la versión. Estuve tres horas llorándole la carta para que me firmara la orden. Firmó a regañadientes, pero mandó a un secretario y avisó a los bomberos para que ellos hicieran la excavación. Como yo sabía que tenía el ancho en la manga, llamé a los medios para lucirme. Pero resulta que los bomberos eran unos boludos laboriosos. Empezaron a cavar por otro lado, dale que dale, y el secretario me miraba fijo y yo no podía deschavar el lugar exacto. Estuvieron haciendo cráteres donde no debían, y yo transpirando. Hasta que encontraron los huesos. Como eran de un animal, los salames se me rieron en la cara. Les pedí que escarbaran más profundo. El secretario estuvo a un tris de parar el procedimiento, pero afuera esperaban los periodistas y los chasiretes, así que cerró el culo. Era el cadáver de un tipo de mediana estatura. Trajimos a la científica y declaramos a la prensa lo mínimo, pero los dejamos que tomaran imágenes del fiambre.
—¿Quién era?
—Vas a ver —me frena—. La mando buscar con un patrullero a la mujer del mayor de los Figueroa y le pego una apretada fuerte. Una mina más manoseada que timbre de colectivo. Hubo que darle pastillas de carbón. Me contó que el dorima la encadenaba al catre con unas esposas y se la cogía. Que era muy posesivo y tremendamente celoso. Sospechaba que cuando él faltaba de casa, ella se encamaba con alguno. Resulta que estaban cogiendo cuando un pibe de la vuelta, que pasaba, se asoma a la ventana y los ve. Figueroa salta en bolas, caza una escopeta y lo mete para adentro. El pibe le pide perdón por espiarlo y le jura que jamás le tocó un pelo a su mujer. Pero al parecer Figueroa se descontrola, en medio del batifondo, y le mete una perdigonada en el pecho. El hermano menor, que dormía arriba, baja las escaleras en calzoncillos y le pregunta: «¿Qué cagadón te mandaste?». Entre los dos hacen una fosa; el perro negro que tenían ladraba y ladraba. «Van a sentir el olor y por ahí a un ortiba se le da por denunciarnos», se asusta el mayor. «Podemos decir que se nos murió el perrito», sugiere el menor. Al rope le vuelan la cabeza y lo sepultan cuarenta centímetros arriba del otario, en la parte más superficial del terreno. Nadie nunca se quejó de la baranda, pero parece que alguien oyó los ruidos y vio todo. En ese momento se ve que tuvo miedo: los Figueroa eran muy jodidos. Al mayor lo hice traer de Olmos y le dije que su hermano nos había contado el homicidio: primero no me creyó, después cuando le canté la escena con pelos y señales, se volvió loco de bronca. «¿Ese buchón hijo de puta le dijo eso? —me preguntó—. ¿Y por qué no le cuenta entonces sobre el taxista que se cargó en Pacheco?».
—Dos descerebrados —vuelvo a sonreír, aunque con algo de tristeza.
—Por suerte nunca son tan inteligentes como en las películas. Ese diciembre me dieron la medalla al policía del año.
—No crea que no seguimos cavando en ese basural —le aclaro—. Pero no tuvimos tanta suerte como usted.
Ahora el Gran Jack está serio, sus dedos tamborilean sobre la cigarrera de metal. Necesita un cigarrillo, y tal vez una copa. Lo comprendo perfectamente, porque yo tengo los mismos sentimientos.
—Tocaste a los que tenías que tocar —me dice, suspirando profundamente—. No hay más personajes que esos en esa trama, te lo aseguro. Uno de ellos macanea. Pero es de esos casos endiablados que exigen tiempo y mucha paciencia, Remil. Mucha.
—De todos modos fui relevado —le informo—. Por incompetencia manifiesta.
—¿Sabés las pifiadas que me mandé yo? —se ufana tocándose con un pulgar el pañuelo de la garganta—. ¿Y las veces que seguí un expediente durante años, y me lo llevé hasta de vacaciones porque era como un crucigrama? Son una maldición, qué le vas a hacer.
Volamos en silencio el resto del viaje, bajo los animados susurros de las comadres y los ladridos de Juan Domingo, a quien le deseo el destino de aquel perro locuaz de los hermanitos Figueroa. Aterrizamos sin novedades en el aeropuerto con un clima helado y ventoso, y nos repartimos en un remise imponente para la diva, y en una combi blanca que nos conduce al chalet, donde bajamos los equipajes tecnológicos y algunas cajas más. Retomamos después la marcha y nos instalamos en la Conejera. Son las cinco de la tarde, y salimos con el Gran Jack a estirar las piernas y a tomarnos unas cervezas en un pub irlandés que tiene un piano. Fumamos revisando parte por parte la desaparición de Mariela Lioni, y luego le confirmo cuál será su tarea en esta ciudad bendita.
Cálgaris quiere que Romero haga una radiografía de la policía provincial, sus curros y sus debilidades, y también que estudie las modalidades del delito y el funcionamiento de la Dirección de Seguridad. «Tengo para entretenerme», se despereza. A las siete de la noche, me ducho y me pongo el traje oscuro, la camisa blanca y la corbata negra. No llevo la Glock ni la tobillera: no es de buen gusto asistir armado a una gala.
Aviso en la recepción del Hotel Río Azul y BB me ordena que suba hasta la suite. La diva la está maquillando con delicadeza y profesionalismo. «La célebre actriz argentina Diana Galves luce un vestido morado hasta el suelo, corte princesa con cuello redondo en chifón de encaje y lentejuelas bordadas», recita como si fuera una locutora. Su amiga se ríe de la ocurrencia y me mira en el espejo. «La aguda socióloga argentina Beatriz Belda luce un vestido hasta la rodilla con un discreto escote en V, cubierto por un spencer de mangas tres cuartos en un color gris topo que realza su gargantilla de diamantes», describe siguiendo el juego. Beatriz me ruega que le sirva un whisky. Hay una botella de Talisker en una mesita con ruedas. Belda deja estampado el rouge violento en los bordes del vaso, y Galves le recrimina que no pueda estarse quieta.
—¿Cómo arribó la tropa? —pregunta de manera brusca e irónica, y sin esperar respuesta agrega—: Dales veinticuatro horas para que se aclimaten, y después que laburen de sol a sol, nos corre el tiempo. Y la tarea más urgente es blindarme. No es por nada, pero estoy un poco paranoica y creo que me están revisando hasta las bombachas.
—El blindaje empezará mañana mismo —le aseguro.
—¿Cuánto te conoce el Turco?
—En la comunidad de Inteligencia nos conocemos todos, señora.
—¿Sabe entonces que Cálgaris te acaba de exonerar de la fuerza?
—La pregunta no es si sabe —preciso—. La pregunta es si se lo traga.
—¿Entonces? —su frente se arruga—. ¿Se lo traga?
—Debe tener hasta los fundamentos sobre el escritorio, pero también se da cuenta de que el team desembarcó acá en plan de emprendimiento privado.
Farrell ya metió a las empresas constructoras del coronel en el sistema de licitaciones, a pedido suyo, así que le cierra en cierta medida que vengamos a ofrecer servicios a cambio de beneficios. Palma y Romero son externos, con ellos no hay problema. Maca está de licencia por enfermedad y a mí me renunciaron por impericia operativa: los dos tenemos una coartada para no estar en nuestros viejos puestos de trabajo. Jalil no puede denunciarnos a la Secretaría. Debe suponer que Cálgaris arregló todo para ganarse unos buenos mangos. Pero a la vez tiene que estar alerta, porque un equipo técnico amenaza su posición.
—Los mediocres siempre tienen miedo de ser reemplazados.
—La diferencia es que este es un mediocre muy peligroso, señora —le insisto—. El Turco debe pensar que usted irá, tarde o temprano, por su cabeza. Que intervendrá su área.
—Y no se equivoca.
—Se ganó de entrada un enemigo fuerte en la mesa chica.
—Bah, estoy acostumbrada a lidiar con enemigos —dice y da por terminada la sesión de maquillaje—. Vamos rápido, Di, que nos esperan.
—Siempre es más chic ser impuntual —le responde la diva.
—Dejate de joder, los tenemos juntando orina desde hace una hora.
La recepción es a puertas cerradas en el salón de eventos, que tiene una vista panorámica de la ciudad y del río. Hay un cóctel exclusivo con presencia de cronistas y fotógrafos. La agasajada es, naturalmente, la señorita Galves, que actúa con soberbia su rol de estrella y acapara los flashes y las lisonjas. Juan Domingo corretea por ese bosque de piernas, más histérico que nunca. El gobernador posa con Diana como si él fuera el general Perón y ella Gina Lollobrigida. Farrell es un gordinflón a quien el saco le molesta, el pantalón le aprieta y la camisa no le cierra bien ni en la zona de la barriga ni en ese cuello de toro con papada. Se nota a kilómetros que el cabello escaso y la barba candado sufren la misma tintura azabache, un color de escasa verosimilitud para su edad.
Y que está acostumbrado a sentirse crónicamente incómodo con su cuerpo y con su ropa. En lugar de trasmitir el aplomo del poder, emana ansiedad, molestia y pudor físico; se come las uñas, suda a raudales, cambia una y otra vez de pie, entrelaza sus dedos sobre el vientre y se coloca en posiciones forzadas para disimular un poco la tripa. Debe de comer sin control y debe de llegar a la noche con muchos dolores de espalda. Su esposa, en cambio, es menuda y se percibe que durante su juventud fue aproximadamente atractiva. No tiene un cuerpo vistoso, pero conserva la línea; pelo finito y llovido, rictus agrio en la boca y en la frente, piel traslúcida y ajada. Se llama Delfina Maggi, y mientras todos hablan, ella no le quita los ojos de encima a su hijo menor, que bebe champagne en un sillón apartado, con la mirada perdida. Maggi parece muda y doliente, y sé por su legajo secreto que es adicta a las anfetaminas. Apenas despega los labios cuando su esposo nos presenta con gran ampulosidad.
Flavio, que parece ser su desvelo, tuvo la fortuna de heredar la delgadez y las facciones de su madre, y un toque de su aire sufriente. Se recibió de arquitecto pero nunca ejerció. Nadie sabe muy bien a qué se dedica, posiblemente a vivir.
Debe de ser exitoso con las chicas: muchas enloquecen por los introspectivos y los melancólicos. Se ha dejado las patillas largas y el pelo corto, y calza unos zapatos que disimulan una plataforma más alta de lo común: Flavio no es bajo, pero tiene alguna clase de complejo con la estatura. Viste una chaqueta elegante pero informal y una camisa de cuello mao cerrada; le asoma un tatuaje por la muñeca izquierda: un símbolo japonés. No se acerca a saludar hasta que Delfina Maggi lo llama y lo despabila. Entonces deja a un lado la copa, se incorpora lentamente y viene hacia nosotros con una mirada opaca, que por lo general oculta detrás de unas gafas oscuras. El agente de la Casa que elaboró su perfil conjetura que el vicio de los anteojos ahumados puede obedecer a que es cocainómano, pero también a que tal vez sea un tímido patológico que necesita un antifaz. Su mano resulta pequeña y firme, y no es capaz de demostrar el mínimo interés por la dama famosa, que le devuelve un beso en la mejilla con el ego sutilmente contrariado. Su hermano mayor, en cambio, es puro entusiasmo y seducción: le tira un lance en cuanto la tiene a un metro, y la diva le agradece con una sonrisa de propaganda. Se llama Alejandro Farrell, y debe de considerarse con justicia un ganador. Comparte con Flavio la forma de la nariz y poco más; es una versión proteica y atlética de su padre. Importante caja torácica y cintura angosta. En su legajo lo caracterizan como un chico hiperdeportivo y gastador; colecciona autos antiguos y de alta competición, corre rallys con un Chevrolet Agile MR y picadas secretas en la ruta provincial, porque le gustan las transgresiones y el peligro. Practica paracaidismo, parapentismo y kayak, y varias artes marciales, entre ellas el taekwondo. Está enfundado en un traje Armani, aunque habitualmente se mueve en zapatillas y remeras por los pasillos oficiales.
Le pusieron un escritorio junto al despacho del gobernador y se considera su militante número uno. Le hace a Beatriz dos o tres comentarios jocosos pero elementales, y ella le devuelve una sonrisa condescendiente y reflexiva. Hay otros personajes que le interesan más, como Fernando Cerdá, un tecnócrata de la obra pública que cumple el doble rol de ministro de Economía y de Gobierno. Es un ejecutivo de cabeza portentosa con una pelada reluciente rodeada por algunos matorrales negros. Su expresión denota preocupación e incomodidad. Gasta lentes de montura metálica y tiene ojos secos. Cuando escucha lo hace atentamente, arrugando de manera extraña el ceño y apoyando su cráneo en la mano izquierda: el índice y el mayor contra el costado de la cara y rozando los pómulos, el anular y el meñique debajo de los labios, y el pulgar sosteniendo el mentón. En la Secretaría tienen decenas de fotos de Cerdá, en audiencias públicas y en notas periodísticas, y casi siempre lo encuadran en esa posición de pensador analítico que nadie sabe muy bien en qué está pensando.
«Será un hueso duro de roer», murmura BB agarrándome del brazo y alejándome del grupete. La diva posa para los reporteros gráficos y hace declaraciones frente a tres o cuatro micrófonos y grabadores. La custodia, tratando de hacerse notar, Lorenzo Muñoz, que oficia de secretario de Cultura. El cargo le queda grande. El Lolo Muñoz tenía un trío folklórico que rescataba el cancionero patagónico, hasta que perdió la voz. Entonces descubrió que la política era una ocupación mucho más rentable. Es robusto y morochazo, y sigue siendo esencialmente un guitarrero. «No tiene la menor idea de quién es Diana, y ni siquiera se ha preocupado por meterla en Google —añade Beatriz, en busca de su segundo whisky doble—. ¿Te parece que se puede organizar una batalla cultural con semejante zoquete?». Me doy cuenta de que recoger el vaso de Etiqueta Negra en la barra es solo un ardid para tomar contacto con el pajarraco que bebe acodado en la curva y que no nos ha quitado ojo.
—Aquí sí que tenemos a una persona importante —dice ella con ironía, alzando el vaso y brindando con él. Luego gira y me dice—: Supongo que se conocen.
—Remil —pronuncia el Turco como si paladeara mi nombre de guerra—. Un antiguo camarada. ¿Cómo estás?
Jalil es alto y tiene cejas recargadas y bigotes tipo anchoa, abundante pelo agrisado, tez tostada y mirada penetrante. Viste trajes claros en combinación con camisas y corbatas azul oscuro. «Pinta de gángster», sé que piensa la estratega.
Al Turco le encanta la cacería del jabalí y del ciervo colorado, y es un coleccionista de armas de fuego. Un cazador que siempre te tiene en la mira. Soy anunciado como el «gerente de logística» de la consultora. Le estrecho la mano, pero no me permito una palabra. Beatriz extrae de su cartera la boquilla e inserta un cigarrillo negro. El Turco le acerca su encendedor de platino. El encuentro no funciona, porque nadie arriesga una línea. Y además, se apagan en ese instante algunas luces, se encienden unos focos cenitales sobre un atril y se ruega silencio con chistidos convergentes. El gobernador ocupa el centro, improvisa un discurso de bienvenida a la actriz multipremiada y pide un aplauso para ella.
Todos obedecen, y la diva da las gracias, cuenta una anécdota picante de Marilyn Monroe y cita una frase de Marlon Brando: «Un actor es una persona que no te escucha a menos que estés hablando de ella». Y otra de Fidel Pintos: «Un actor es un señor que hoy se come un faisán y mañana se come las plumas». Cuando todos están encantados con su humor autocrítico, agradece la invitación y menciona a Farrell, «estadista que ha demostrado una enorme vocación por el arte». La osadía de la farsa me hace sonreír. Y Jalil capta de inmediato mis pensamientos.
Beatriz es requerida por el núcleo del poder, y allí se dirige como flotando. El Turco y yo nos quedamos recostados en la barra, observando el cabaret. Pero sin poder intercambiar un solo bocadillo. Está todo dicho entre nosotros, y de antemano. Habrá combate.
El cóctel dura todavía una hora más, y cuando entro en el baño a lavarme las manos me encuentro con el mismísimo gobernador, que me saluda desde el mingitorio y me cuenta que nos servirán unos cafés en un salón más íntimo del segundo piso. Se trata de una habitación amplia, con sillones cómodos y decoración de club inglés. De hecho Farrell descarta las infusiones y convida habanos y bebidas. Diana me roba un cigarrillo porque no aguanta la abstinencia, pero rechaza una copa de cava y reclama un té de hierbas. Juan Domingo se le queda dormido en el regazo. En semicírculo, el gran estadista patagónico dispuso a su plana mayor: Cerdá, Muñoz, Jalil y Alejandro. Su hijo menor y su esposa prefirieron retirarse; es una reunión de trabajo. Las dos damas se sientan juntas, yo me ubico en un segundo plano, armado de un vodka. Es lo único que anestesia un poco este dolor de garganta.
—Te anticipé que Diana estuvo viendo videos y analizando tu performance —introduce Beatriz con soltura, tuteando al gobernador y hablándole de igual a igual—. Le expliqué que estabas dispuesto a trabajar con ella la gestualidad y algunos matices de la dicción.
—Eso me sorprendió bastante, gobernador —se mete la diva abandonando de repente sus muecas ñoñas—. Ya le habrá contado mi amiga que he entrenado a presidentes y legisladores, y sé por experiencia que no cualquiera se somete a un baño de humildad.
—Acá me tiene —bromea Farrell golpeándose los muslos—. Humilde y obediente.
—Realmente lo felicito, porque es una tarea ardua y a veces una corre el riesgo de ofender.
—¿Qué corregiría? —pregunta Alejandro, risueño y al borde de la chacota—. El viejo es un desastre, yo siempre se lo digo.
—No es un desastre —dice Belda como si lo retara—. Pero hoy la política es básicamente espectáculo, dramaturgia, modulación. Un dirigente efectivo no es meramente sincero, actúa una sinceridad predeterminada, que no es lo mismo.
—Un político es un actor —refuerza Galves—. Y las cámaras lo delatan.
—Dispare, Diana —la anima Farrell; parece encantado—. ¿Qué macanas me mando? Hable con crudeza.
La diva aplasta el cigarrillo y bebe dos sorbitos del té. Es una pausa dramática que mantiene en vilo al auditorio.
—Sabrá disculparme, pero toda la gestualidad me parece errada —dispara por fin—. No sabe transmitir emoción, y se le nota cuando miente. Usa mal las manos y tiene una postura corporal incorrecta. Recita el discurso como si no tuviera convicción, jamás lo interpreta. No tiene recursos faciales, a veces es monocorde y no conoce los distintos niveles del tono. Todos defectos que pueden modificarse con paciencia y con mucha práctica.
—¡Genial! —se congratula el hijo, aunque el padre está algo avergonzado. Los demás observan a Diana Galves como si fuera un holograma, o un vampiro. Jalil la apuñala con los ojos.
—Y si me permite, le cambiaría completamente el look —redobla la diva, con elocuencia—. Esa forma de la barba y el color de su cabello le dan un aire impostado que usted no necesita. No sé, son artificiales, como si tuviera algo que ocultar y no pudiera salir a escena a cara lavada. Como si no pudiera dar la cara ni asumirse con naturalidad. Si fuera por mí, lo afeitaría por completo y buscaría resaltar, en un proceso lento, las canas blancas y brillantes en las sienes, que a los hombres maduros les agregan sensualidad y a la vez cierta nobleza de espíritu. Además, necesita todo un vestuario especial, diez o doce trajes, y equipos informales. Trabajo con un sastre que viste a los mejores, puedo encargarme de ese punto.
—Guau, me siento apabullado —confiesa Farrell, y se toma el resto de su whisky—. Supongo que también me pondría a dieta.
—Ya que lo menciona, en la actuación es imprescindible la estética —recoge ella, sin arredrarse—. El público es prejuicioso: si no puede controlar las grasas y el colesterol, ¿puede controlar una provincia?
El Lolo Muñoz no logra contener la carcajada, pero enseguida se arrepiente; fuma su habano y larga bocanadas exageradas como si quisiera que el humo se lo tragase a él y no a la inversa. El único que permanece encendido es el atlético Alex, que quiere pinchar a su padre y que no puede dejar de mirarle las tetas a la maestra de los gestos. El pibe es frívolo, impulsivo y avasallante; un problema dentro de otro gran problema.
La osadía y la precisión de Lady Di los atropelló como un tren. Una vez más resulta que la reina tonta no tiene un pelo de tonta.
—Como te conté los otros días, la encuesta cualitativa sigue adelante pero ya arrojó conclusiones muy reveladoras —dice BB jugando con su gargantilla—. Diana no te entrenará en abstracto, sino siguiendo mis directivas. Son técnicas y ejercicios de actuación y de oratoria para disimular los errores y destacar los logros, pero en este caso van a estar amalgamados en un guión general.
—¿Un guión? —se extraña Farrell.
—Que encaje con un concepto completamente nuevo —asiente—. De nada valdría que incorpores la teatralidad si no te escribimos una buena obra para que tengas coherencia y te puedas lucir.
—¿En qué pensaste? —Farrell se echa hacia adelante como si quisiera oírla mejor.
Beatriz se barre la ceniza de su vestido. También ella administra el suspenso.
—Entrevistamos a varios de tus parientes, te agradezco que nos hayas abierto esa puerta —comienza ella, y de pronto parece como si hubiera solo dos personas en el salón, y como si todos nosotros los estuviéramos vigilando a través del vidrio de una cámara Gesell—. Es un árbol genealógico como el de cualquiera, salvo por ese abuelo tan pero tan particular.
—¿El empleado petrolero? —se asombra.
—El montañista —lo corrige ella—. Apolinario Farrell.
—Bueno, empezó en YPF allá por la Década Infame, Beatriz.
—Pero más tarde se mudó a la zona de los lagos y se aficionó a la montaña.
Según me contaron escaló el Catedral, el Tronador, el Lanín y el Fitz Roy, que es uno de los más difíciles y sacrificados del mundo.
—Apenas lo conocí —admite el gobernador abriendo los brazos—. Mi viejo no se llevaba muy bien con su padre, que aparentemente era terco y muy huraño. Igual decía que sus nietos habían heredado algo de Apolinario. Alex heredó su amor por los deportes y Flavio, su carácter arisco.
—Registre, por favor, que yo heredé la cualidad, y mi hermano el defecto —aclara el aludido, y acomete una risotada pornográfica.
El ruido despierta a Juan Domingo, que levanta los párpados y ladra a todo pulmón. Su ama trata de amordazarlo.
—Apolinario Farrell actuó en muchísimos rescates y salvó a más de cien personas —dice BB como si esas hazañas fueran trascendentales—. Era jefe de la Comisión de Auxilio del Club Andino.
Se queda en silencio, para que la información baje y se consolide, y para que el gobernador trate de completar con su imaginación el rompecabezas. Como Farrell no es capaz de una deducción rápida, Beatriz muestra todas sus cartas con una sola frase:
—Un héroe familiar injustamente olvidado.
El gobernador se tira hacia atrás, se rastrilla la barba candado y cruza miradas con Cerdá, que se quita los anteojos metálicos y los limpia con un pañuelo.
—No quedaron muchos rastros de la historia verdadera, ni testigos en el pueblo, y eso nos da la libertad suficiente para recrearla por completo, y para construir sobre ella una tradición —dice Belda, y ahora también ella se echa hacia adelante—. Sin un pasado glorioso, sin una épica que sirva de coartada, la acción política siempre luce pobre y desnuda, Farrell. Podemos redescubrir a un héroe, que es tuyo pero también de toda la comunidad, y del cual desciende el hombre solidario y valiente. Y, claro, la montaña es una gran metáfora: el sacrificio, escalar poco a poco para conseguir nuestros objetivos. Y la figura del cóndor andino es genial. Levantar vuelo, no arrastrarse como los mediocres, y todo eso.
Farrell se rasca ahora la coronilla.
—¿Qué se imagina? —pregunta el ministro de Economía: su voz sale estrangulada—. ¿Un culebrón en el prime time? ¿Un programa pago en el National Geographic?
—Una campaña de marketing que parta de una serie de artículos operados por nosotros mismos en medios locales y nacionales, para que se instale con fuerza y con actos de homenaje y descubrimiento de placas. Y después logos, cartelería, merchandising. La ilustración del cóndor marrón con las alas desplegadas contra un cielo azul y un pico nevado. Toda la comunicación del gobierno debería llevar esa combinación de colores para que produzca identidad y reconocimiento automático. Farrell es la reencarnación del héroe, la montaña es la alegoría del progreso y el cóndor es su máximo símbolo. ¿Se entiende la idea? Buscamos crear un linaje y darle una mano de pintura a la gestión.
—Suena a que gastaremos un dineral —comenta Cerdá, y se coloca los anteojos.
La petisa deja el vaso sobre la mesa ratona. De golpe parece atemorizante: su mirada mezcla el hielo con las llamas.
—Conseguir que este barco no se hunda va a exigir mucha, mucha, mucha plata, Cerdá —le dedica, rasgando el aire—. Ninguna provincia quiebra por escapar hacia adelante, que es como huyen los desesperados. ¿Quiere saber cuánto cayó la imagen del gobernador y qué opina la sociedad sobre la virtuosa administración que usted gerencia? Todos ustedes están escorados y tienen dos años para evitar el naufragio. Para temprano, ya es tarde. Creí entender, Farrell, que vos estabas dispuesto a tomar el toro por las astas. De lo contario todo esto es una enorme pérdida de tiempo.
—No, no, no, estoy decidido —la detiene el gobernador, y palmea el brazo de Cerdá—. Fernando es un contador sin visión política. Y yo estimo mucho su actitud economicista, pero si hay que sacrificar la disciplina fiscal vamos a hacerlo.
—Me parece que no pueden darse el lujo de pensar en el futuro —conviene Beatriz, implacable—. Si no se endeudan y la ponen toda, van a una catástrofe electoral. El otro día te lo expliqué con los números en la mano.
—Estoy totalmente de acuerdo con vos, Beatriz —le jura, como si temiera contrariarla y perderla. A pesar de ser un ángel caído, Belda sigue siendo el non plus ultra de los operadores. Farrell se siente muy afortunado. Alejandro, por su lado, alza una y otra vez las cejas, haciéndose el gracioso. Jalil sigue imperturbable. Cerdá quedó todo colorado, como si le hubieran cacheteado las mejillas. El Lolo Muñoz no parece entender ni jota. Como el gran jefe convalida, todos se tragan sus chistes, dudas y objeciones, incluso ese tradicional resquemor contra los porteños que les crece por dentro como un vómito caliente.
—Los festivales también son caros —se mete la diva, con la taza de té a la altura de la nariz.
—¿Festivales?
—Los artistas somos como huerfanitos, gobernador —declara lánguidamente—. Es un oficio inestable y cruel. Un día suena el teléfono, y otro día deja de sonar por diez meses. Y por eso somos muy agradecidos con nuestros mecenas.
—Lo que Diana quiere decir es que necesitamos desarrollar una estrategia agresiva en materia cultural —explica su amiga, que la ve con ternura—. Un festival de cine, y otro de literatura. Un premio para figuras meritorias del mundo del espectáculo y una línea de créditos para producir películas y series.
Cada una de esas movidas va a tener mucha visibilidad y repercusión. Garantiza una conmoción fronteras adentro y un buen impacto fronteras afuera. Hay actores y escritores que tienen posiciones ideológicas serias, pero hay muchos otros que son básicos y muy sensibles a la beca, el contrato, el subsidio y el elogio. Van a comer de nuestra mano.
—Me encanta en lo personal —salta Alex—. ¿Pero políticamente en qué nos beneficia?
—Son ídolos populares —responde BB con fastidio—. Hacen declaraciones laudatorias en las revistas, en los diarios, en la radio y en la tele. Viva, viva, Farrell: es maravilloso y la provincia está muy bien. Propaganda directa y masiva. Prestigio. Así como no se puede hacer política sin una épica, tampoco se puede hacer política sin la izquierda.
—La izquierda no tiene votos —se ríe el gobernador.
—No me refiero a los troskos, Farrell, sino a la gauche caviar, el progresismo romántico, el perfume libertario y toda esa nube de pedos en la que flotan algunos artistas. La izquierda no tiene votos pero da fueros.
—¿Fueros? —pregunta Cerdá.
—Fueros para recaudar —contesta ella, y su fastidio va en aumento—. Y para equivocarse sin pagar las consecuencias.
Como la manada de machos nada en un silencio cargado, lleno de preguntas que nadie puede pronunciar en voz alta, la hembra da una clase magistral con ejemplos mundiales. Trae a colación relatos históricos, opiniones de cientistas políticos y frases sarcásticas de expertos en marketing ideológico. Es una cháchara inteligente, que los mantiene mudos y parpadeantes durante un buen rato, mientras la diva bosteza. El gobernador tiene la mirada extraviada mucho antes de que la estratega termine con su monólogo. Colgado y todo regresa a tiempo y le agradece con ojos amistosos a Diana por su franqueza y le propone a BB un almuerzo a solas para el martes, porque se va de gira por el interior de la provincia y recién entonces tendrá tiempo de sentarse a ordenar prioridades y a poner en marcha la botonera. La propuesta sugiere la necesidad de enfriar el asunto, meditarlo un rato y volverlo a discutir. A Beatriz le parece perfecto, así que todos cruzamos besos y apretones de manos, y nos dirigimos hacia los ascensores. Las damas marchan del brazo, una con el caniche en la mano izquierda y la otra con la boquilla humeante en alto. Nos metemos los tres juntos en el único ascensor que sube; los otros dos bajan. Cuando se cierran las puertas, la actriz se mira en el espejo y se acomoda un mechón.
—¿Nos fue bien? —pregunta.
—Sí, ¿pero sabés las veces que vamos a tener que repetir esta función hasta que les entre? —le contesta su socia—. Muchas, muchas, Di.
—¡Es que son muy brutos!
—No más que el promedio —refuta, comprensiva—. Siempre es más o menos así y casi con cualquiera. Pueden comprenderlo con la cabeza, pero tardan un toco hasta que les baja al cuerpo.
No es tan tarde como parece, y Beatriz no se priva de darme instrucciones en el escritorio de la suite, mientras la diva se pasea descalza por la alfombra haciendo zapping y revisando el guardarropa de su amiga. Juan Domingo la persigue pegando saltitos. Finalmente, BB me despide, bajo hasta el lobby y salgo a la calle. Es una noche apacible, y diviso a Jalil en la plaza de enfrente, sentado en un banco de piedra. Fuma todavía su habano y habla por teléfono. Al verme apaga su móvil y cruza la avenida en diagonal para interceptarme. La maniobra me obliga a aminorar el paso para no ser descortés, pero no tanto como para detenerme: caminamos uno junto al otro veinte metros, y en la esquina una ráfaga me obliga a levantarme las solapas del abrigo.
—Logística —dice mordiendo el habano—. ¿Así que ese es el destino que te dan cuando te caés del mapa? Supongo que es preferible esto a la cárcel, a los cruceros o al ridículo, como me dicen que hiciste en Italia. Cuando sea viejo y esté acabado, yo también me voy a dedicar a la logística.
Su tono no se corresponde con su mordacidad; por alguna razón, no parece irritante sino objetivo. La letra resulta hiriente, pero la melodía sale suave. Me detengo a propósito, para que desarrolle su línea de pensamiento. Ya casi no hay tránsito, las luces de una vidriera le colorean el rostro alargado y la brisa le sacude el pelo. En lugar de mirarme, el Turco contempla las brasas de su cigarro.
—No saliste ganando con esa jefecita —dice—. El coronel tiene todo mi respeto, y aparte, cada uno se rasca donde le pica. Pero la mina es una vendedora de buzones. ¿Sabés la cantidad de mercachifles con los que tratamos? No es la primera ni va a ser la última.
—Veo que estás preocupado por mi retiro —le respondo.
Se encoge de hombros y exhala una columna aromática, que el viento oblicuo quiebra y disuelve en un segundo.
—Mala cosa cuando un servicio se convierte en sirvienta —larga, y se ríe. Pero enseguida alza una mano para disculparse—. Sin ofender, Remil. De onda.
Es un perro fiel de su patrón, pero su mirada no cae en la devoción canina: tiene el brillo ocular de un tigre de Bengala de doscientos kilos. Como no me está amenazando, tengo que pensar que quiere proponerme un trato comercial.
—Acá en el sur siempre se necesitan buenos elementos —confirma de perfil, como una figura egipcia.
Es peón cuatro rey. Un reclutamiento. El exilio patagónico le da revancha a los que vienen huyendo de su fracaso; no tengo por qué resignarme a la logística.
Beatriz Belda es mera coyuntura, y yo puedo quedarme en la provincia cuando ella salga eyectada por su derrota. Su influencia nunca pasará de ser provisional, y Jalil es el poder permanente. No está mal. Un doble agente, y el futuro asegurado. Nunca hay que poner todos los huevos en la misma canasta, Remil.
El Turco gira la cabeza para ver qué efecto causó el tanteo, y como no encuentra más que una incierta indiferencia, sonríe como un tenista que pierde una pelota por un milímetro, arroja el habano lejos y me palmea el hombro. Ya habrá otras pelotas y otros games. Después saca sus guantes de cuero.
—¿Alguna vez cazaste ciervo? —pregunta de improviso.
—Nunca.
—Tenés suerte —dice ajustándose los guantes—. Estamos fuera de temporada, pero un amigo nos presta todo el año un coto privado, adentro de una estancia. Y acá tenemos inmunidad. No sabés lo que te limpia pasar unos días al rececho, siguiendo al animal, estudiando su huella y oyendo sus bramidos. O al acecho en las noches de luna llena, a la espera cerca del picadero, en contra del viento.
Con la derecha enguantada le pega puñetazos suaves a la palma abierta de la mano izquierda. Me mira por última vez.
—Estás invitado —dice apuntándome con el dedo. Su voz se pierde un poco en el runrún del tránsito.
Cruza lentamente la calle.