La herida
V. La Inglesa
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V
La Inglesa
Desde el primer día Beatriz Belda impone su sello: es hiperactiva y radial, y establece la idea de que trabajamos contrarreloj, como si cada minuto valiera oro y como si nos estuviéramos jugando el pellejo. Es la lógica de los presidentes nuevos: aprovechá la luna de miel para avanzar a fondo, porque después se acaba el crédito. Así que su equipo de encuestadores apura el tranco y disecciona los humores y prejuicios de la sociedad, mientras se suceden entrevistas cara a cara con funcionarios, dirigentes y abogados penales, civiles y comerciales.
Contrata enseguida a un exfiscal porteño llamado Marquís, que hizo laburos sucios para ella en varias administraciones, y le pide que ocupe provisoriamente una oficina de la planta baja, donde van armando un organigrama de piso a techo con los nombres de los camaristas y jueces de todos los fueros. Pared de por medio, Palma monta una consola, triangula con la Cueva y con un racimo de hackers remotos y sonidistas cercanos que utilizan valijas tecnológicas, construye un escudo de seguridad para nuestros sistemas y utiliza de entrada un Alien Spy para infiltrar a la familia del gobernador, y al ministro de Economía y al secretario de Cultura. Jalil, por ahora, queda fuera de su alcance: no quiero que advierta tan rápidamente nuestros movimientos. «Las protecciones que le puso a su jefe son de cuarta —me anuncia Palma, pegándole una lamida irónica a su chupetín oscuro—. Si todo lo que tienen es esa pajería, están en el Paleolítico».
La tecnología de Jalil debe ser, en efecto, anticuada y sus agentes, polis bastante toscos, pero el Turco supo con esas pobres herramientas ganarse un lugar en el corazón del poder. Es un error subestimarlo.
No pasa una semana sin que caigan por la provincia dos gestores que vienen de parte de Leandro Cálgaris. Son los gerentes generales de dos constructoras, y Belda los introduce en el despacho de Cerdá y les arregla una cena con Farrell en un cálido restaurante a orillas del río: ganarán más licitaciones con pliegos a medida y sin grandes inversiones previas. No pasan quince días sin que Marquís le organice a ella un encuentro con tres abogados porteños en un bufete que está a nombre de una de las familias más antiguas de la ciudad. Los visitantes son operadores judiciales venidos a menos pero con ganas de revancha; los locales son gente con contactos y buena reputación jurídica pero que encontró su techo.
El hambre y las ganas de comer. BB quiere asociar a unos con otros, y que Marquís sea su enlace con la Gobernación. Es un primer sondeo, un juego de aproximaciones, pero la idea resulta muy precisa: utilizar ese estudio ampliado para captar las principales causas que se tramiten a favor y en contra del Estado, con la posibilidad de tener información privilegiada, amigos a un lado y otro del mostrador, y también la chance de asociar a estudios externos con los que compartir ganancias fabulosas. La idea es ofrecerles gangas a los jueces y que estos puedan tener testaferros privados que ganen juicios fáciles, y que vayan armándoles una jubilación sustanciosa. Es un truco conocido pero siempre eficaz: los jueces devuelven esos favores durmiendo expedientes contra el oficialismo y acelerando causas contra la oposición, y fallando en la dirección correcta. Si le entran al trapo, pueden ir ascendiendo en el escalafón; si no lo hacen, sus carreras se lentifican y se vuelven insignificantes. «El método de Farrell es bastante burdo: la coima directa —confiesa Belda frente a un vaso de Talisker—. Habrá que convencerlo de modernizarse un poco». Marquís le formula, frente a los recién llegados, una pregunta cuya respuesta conoce muy bien: «¿Y qué se hace con los rebeldes?». Beatriz levanta la vista y cabecea:
«Para ellos tengo a Remil».
Pero el yeite todavía es exploratorio. Beatriz insiste con que ese proyecto ambicioso es para la segunda etapa, cuando Farrell ya tenga resultados concretos y entregue el rosquete; la tercera fase consiste en apoderarse lisa y llanamente de la Dirección de Seguridad, y eso desatará la tercera guerra mundial. Ahora la prioridad la tiene la imagen, y por lo tanto es la hora de Diana Galves y sus tortuosos entrenamientos. La diva aprovecha la novedad y consigue tres horas diarias con su alumno. Por las noches se declara rápidamente desanimada: «¡Es un queso, por Dios!». La estratega le sostiene el ánimo y la alienta, a veces la acompaña hasta la residencia del gobernador y está presente cuando se hacen pruebas intensivas en un estudio televisivo. A él se le ha sugerido una conversión estética progresiva y nada abrupta, para que la metamorfosis no sea noticia. Pero el sastre de Buenos Aires llega de inmediato, muestra sus catálogos y toma medidas. Es enternecedor saber también que una nutricionista lo tiene bajo fuego y que su hijo Alejandro se divierte haciendo las veces de personal trainer: sus anécdotas causan vergüenza ajena, pobre infeliz.
Las damas no se contentan con convertir a ese neandertal en un ser humano; le comen la cabeza a Cerdá para que pase la gorra entre los contratistas, y al Lolo Muñoz para que fiche a un programador cultural que vive en el edificio Kavanagh. Diana viaja los fines de semana a la Capital Federal con citas que le pauta el programador: su fama es garantía de que un festival cinematográfico tendrá un gran nivel profesional y de que la provincia no reparará en gastos. Se trata de tejer con distribuidores, directores, actores y guionistas. A los tres meses ya hay fecha, nombres comprometidos y una estructura hotelera asegurada.
Las amigas llevan una vida rigurosa de lunes a viernes. Cenan, por lo general, siempre juntas en el restaurante gourmet del Hotel Río Azul, y se comentan los chismes de la jornada. La actriz parece siempre aburrida y exhausta. La estratega, en cambio, tiene una energía inagotable y un humor de combatiente.
Para mantenerla entera y enfocada, BB le regala a Lady Di tratamientos estéticos y le compra una sortija de oro blanco con granates mandarinos, tsavoritas, tanzanitas, ópalos negros y diamantes de Cartier. Y trata de que la conversación siempre corra por el carril del cine: sabe que a su socia de todo esto lo único que la entusiasma es que la cortejen los popes de la industria. Por la plata baila el mono. Jamás demuestran, ninguna de las dos, apetito sexual por nadie, ni confraternizan con ningún miembro de la Conejera; con ellos Belda tiene trato meramente instrumental. Solo se divierten invitando una copa un par de veces a Maca para hablar de astrología. La Gorda se ha plegado a los encuestadores y tiene la orden de sacar conclusiones colaterales de los sondeos cualitativos.
Independientemente de esa tarea, examina las transcripciones de las pinchaduras y prepara perfiles psicológicos del gobernador, su esposa y sus dos hijos. El coronel recibe cada tres días un informe por mail con mis actividades, que a pedido de Belda no pasan por ahora de acompañamientos, revisión del terreno donde deberé operar y encuentros furtivos con enemigos del Turco que a cambio de propinas sueltan datos sobre la estructura de Inteligencia. Mi cable a tierra es, como de costumbre, la actividad física: todo se concentra en el club Sportivo Convergencia, que ascendió a primera división hace dos años y que los Farrell patrocinan como si les perteneciera. Es el orgullo de la provincia, y semana por medio se puede ver al gobernador y a su primogénito en el palco presidencial. Se sabe también que Farrell viaja con amigos en el avión sanitario por todo el país para no perderse ningún partido. Era, hasta no hace mucho, un club de futbol discreto, pero de repente contrató figuras internacionales y logró el milagro.
Llevo a las damas a ver un clásico regional, porque Beatriz está muy interesada, y Diana se la pasa firmando autógrafos y diciendo sandeces. El club tiene, además, piscina olímpica, gimnasio con aparatos, pistas para correr, rings para boxear y salones para practicar artes marciales, y una canchita de futsal donde de vez en cuando me prendo. Es usual cruzarme con Alejandro Farrell, que llega en Audi o en Porsche, se agota con el triatlón y se luce en el taekwondo.
Mi principal compinche es el comisario Romero, con quien termino casi siempre bebiendo un vodka en el pub irlandés e intercambiando información. El Gran Jack brinda un informe crudo y veraz sobre la situación policial. «La mitad es corrupta y la otra mitad es fascista —le dice a BB, que lo escucha con los ojos entrecerrados—. Los corruptos no son fascistas. Y los fascistas no son corruptos. Por corrupción, se entiende, señora, lo habitual: zonas liberadas, asaltos entregados, secuestros ocasionales y desarmaderos. Y por supuesto narcomenudeo, pero en una escala significativamente menor si usted la compara con otras provincias». Belda abre su cuaderno y anota una palabra: «Farrell puede sacar pecho». El comisario golpea con un dedo su cigarrera de metal y relativiza la idea: «¿Por qué la policía no está tomada por los narcos, por qué acá no se paga tanto peaje? —agrega—. Eso es lo que de verdad me intriga. ¿O se paga protección de otra manera? Tenemos que seguir investigando, señora, porque hay un puerto de gran calado y estoy seguro de que por ahí pasan toneladas. Pero le insisto, eso no se hace gratis. Con algo se paga. Pero, ¿con qué?».
Beatriz pasa un sábado completo, desde la madrugada hasta la medianoche, escuchando a Sinatra y ampliando y corrigiendo a mano y con lápiz una historia redactada por uno de sus sociólogos. Le pide a Maca que la revise el domingo y hacen juntas nuevas enmiendas en una notebook durante la tarde. El lunes, muy temprano, envía por mail el adjunto de cincuenta páginas a un escriba de Buenos Aires, que vende su pluma para operaciones de prensa en el suplemento de un diario económico, matutino de gran nombre y poca tirada, en fuerte decadencia, pero cuya marca sigue impresionando bastante en la Patagonia. Es asombroso lo barato que sale comprar esa crónica, y la repercusión que después tendrá, con sus ecos zonales y su reproducción en periódicos oficialistas y programas de televisión y radio domesticados con el amiguismo y la pauta oficial. Antes de esa explosión periodística, BB le lleva en persona el dossier al gobernador y al día siguiente me pide que la traslade hasta una ciudad del desierto. Es el pobre reino del oro negro, construido inicialmente por la Standard Oil junto a una ruta nacional y una laguna. Fue primero un barrio obrero y es ahora un pueblo a medias asfaltado de veinte mil almas, que viven en un clima árido con vientos rasantes y con grandes amplitudes térmicas. Viajamos de ida y vuelta escuchando «All Alone», «Moonlight Sinatra» y la antología de 1980, y zarandeados por las ráfagas y la arenita que nos golpea y nos acorta la visibilidad. El intendente nos espera en un edificio ramplón, diseñado por un plan federal de viviendas. Es un caudillo autóctono y taimado de ojos rasgados a quien le dicen El Chino. Atesora varios retratos de Alfonsín y una foto tardía de Yrigoyen. Nos convida un mate engañoso, que Belda rechaza con diplomacia. Es una dependencia libre de humo pero los tres fumamos sin preocupación. La puerta está cerrada, podemos hablar sin vueltas. Beatriz abre el panorama y lo va cerrando lentamente sobre el cuello de su interlocutor. Empieza por la situación económica de la provincia y por las incertidumbres electorales; después se mete en la situación fiscal de esa intendencia y en las dificultades del Chino para hacer pie en su propia interna partidaria, que la estratega parece conocer muy bien. El Chino la escucha con la distancia y el recelo de un gato. Refuta de vez en cuando una afirmación de la dama (nunca nada importante) y mete algunas interjecciones como para demostrar que sigue vivo, pero en general permanece a la espera de una oferta. Que finalmente llega. BB le entrega una carpeta con el informe y le habla de Apolinario Farrell. Un hombre que brilló en la montaña, pero que se crio en el desierto. Uno de los primeros pobladores, un vecino fundador que debería ser orgullo de la localidad. Más allá de toda bandería. El Chino pasa las hojas, serio como paciente desahuciado. Y solo sonríe mínimamente cuando ella termina de contarle las peripecias inventadas de Apolinario y le explica las ventajas concretas que tendría para su gestión (aportes excepcionales y directos), para su imagen política (el abrazo de Perón y Balbín) y para su bolsillo personal (un pago en efectivo cada fin de mes). «¿Todo esto por una placa?», pregunta entonces con cinismo. «Un decreto, una placa y un discurso —precisa Belda—. Y un recibimiento afectuoso para el gobernador en una ceremonia televisada». Al contrario de otras personas de la política, el Chino no pide tiempo para pensarlo: el gato pasa del recato al regateo, y se concentra media hora en apuntes para no hacer cagadones y cobrar seguro. Sellamos el pacto con las manos y regresamos a casa.
La carambola comienza con la publicación del artículo, a página completa, en el diario económico. La noticia rebota, naturalmente, por todos los medios de la región, que practican un oficialismo cerril y acrítico. Transmiten en cadena y nos sorprenden con testimonios espontáneos: viejos montañistas que recuerdan frente a la cámara y el micrófono al paladín sin par del Club Andino y antiguos operarios del petróleo que para obtener un minuto de fama cuentan hazañas incomprobables.
Dos o tres días más tarde, el Chino anuncia su decreto y recibe elogios del partido gobernante. Es asombrosa la celeridad de los artesanos para fabricar la placa que engalanará el auditorio municipal. Farrell se presenta sin barba y con las canas ya plateadas, rodeado de aplaudidores y de flashes; escucha con satisfacción el discurso escrito del intendente, asiente como si reafirmara las anécdotas valerosas que narra sobre su ancestro, y finalmente abraza a su adversario y le agradece el homenaje con lágrimas de cocodrilo. Es una fiesta del consenso y de la grandeza; utiliza por primera vez la metáfora del cóndor y hace anuncios para esa ciudad de «buena gente». Todo se ve bastante sólido: la historia arranca en un diario porteño y el reconocimiento lo hace uno de los jefes de la oposición. El ciudadano de a pie está encantado, y las proezas de Apolinario crecen de boca en boca. El día 30 cargo un bolso con diez fajos en la 4×4 y viajo al desierto a pagar el favor, mientras repaso varias veces los veinte temas de «Nostálgico».
Pero BB no se duerme en los laureles; esto es solo el comienzo. Escribe anécdotas y analogías para que en cada alocución el gobernador machaque sobre el abuelo y el cóndor, para que intercale citas alusivas y refranes. «No importa que en el valle haya sombras, si en la montaña brilla el sol». Y ese tipo de estupideces demagógicas. Se concentra con sus colaboradores en la campaña de marketing, aunque tres veces por semana se reúne con el gabinete de Farrell y opina sobre las medidas de corto plazo. Está urgida por dar buenas nuevas y por debilitar a los contreras. Para ellos recomienda ahogo financiero y trucos de descrédito que aprendió en la Casa Rosada.
Vuelo a la principal ciudad turística de la cordillera con la estratega, con la diva y su perro, con Farrell y con todo su petit comité en el Lear Jet 60; para no levantar suspicacias, el Chino y sus correligionarios viajan por las suyas en una Van. Esta vez se trata de un busto en la comuna. El escultor trabajó, a pedido de Belda, con dos fotos: una en sepia de Apolinario y otra a todo color de Julián; por eso las facciones se parecen menos al abuelo que al nieto. Farrell lee desde el atril el poema completo de Neruda: «Yo soy el cóndor, vuelo sobre ti que caminas y de pronto en un ruedo de viento, pluma, garras, te asalto y te levanto en un ciclón silbante de huracanado frío». Conmovedor. Un grupo de trotskistas quieren arruinarle el show, pero los muchachos de Jalil los sacan a empujones y bastonazos. Nada de eso sale en la tele. Es un día soleado y hay nieve en las cumbres. Se celebra con Dom Pérignon, trufas, frutos y chocolates en una casa del bosque, frente al lago espejado. Jalil y Alex vuelven a invitarme a una cacería de ciervo colorado, que les han preparado a treinta kilómetros, pero Beatriz los persuade de que no es el momento y de que me necesita. En el salón muestra las distintas piezas que le bocetaron. Se ajustan a la premisa inicial: azul y blanco, alas marrones y montañas, frases metafóricas y cercanas, con un concepto que aúna la necesidad de atreverse con el imperativo del esfuerzo compartido para llegar alto. Farrell, un poco achispado, las aprueba con alabanzas. Beatriz le coloca en la solapa un pin: es un cóndor con las alas abiertas. Después reparte el souvenir, entre comentarios jocosos. Pero todos y cada uno de nosotros, hasta el más escéptico, lo aceptamos. Hay un brindis, y otro más. Juan Domingo ladra y rompe las bolas. La diva responde pícaramente a los avances del primogénito, pero lo mantiene caliente y alejado con habilidad de vieja zorra.
Esa noche, de regreso en el pub irlandés, el Gran Jack me señala a la pianista, una clienta solitaria que toca temas de Bill Evans. Es una cincuentona en buen estado, extremadamente flaca pero fibrosa, con pelo lacio y corto, y una nariz romana que le da un carácter fuerte. Ojos color ámbar tirando a amarillo, sin una gota de maquillaje y con un atuendo sobrio: pantalones de lana gris, camisa de seda blanca, un cardigan verde oscuro y zapatos abotinados de cuero marrón.
Alcanzo a ver sus manos sobre el teclado: tiene uñas cortas impecables, sin esmalte, y lleva un minúsculo anillo de sello en el meñique. «Se llama Silvia Miller —dice Romero, contemplándola desde la mesa con aire gozoso—. ¿No la reconocés?». Trato de fijarme mejor, de imaginarla sin esas arrugas armoniosas que le tocan el ceño y los pómulos, pero todo es inútil. Me traen un vodka y a ella un Lloyd George: una medida de jerez y tres de champagne brut. Silvia no toca el cóctel que tiene adelante; sigue concentrada en su música, que interpreta sin embargo como al descuido. «La Inglesa —dice el comisario como si saboreara ese apodo, y abre su cigarrera de metal—. Era del palo». Me extraña, no encaja en ese perfil. «¿Cana?», me aseguro. «Cagatintas —me responde—. Pero de la guardia vieja».
Toca una pieza más y supongo que improvisa un poco antes de terminar y beber el primer sorbo. La aplaudimos y sonríe con displicencia; después se acerca a la mesa y le da un abrazo sin énfasis al Gran Jack. Tiene gestos económicos y a la vez aristocráticos. Puedo imaginarme que a lo mejor nació en cuna de oro, pero que luego algo salió mal y tuvo que hacerse de abajo y yugarla toda la vida. Nunca perdió, sin embargo, la clase ni el estilo. Sin que Romero atine a nombrarme, ella me tiende la mano y me repasa con el ámbar, un escaneo sutil pero intenso. Es una sobreviviente, está acostumbrada a nadar con los ojos bien abiertos y a reconocer de un vistazo a las bestias marinas.
—Me pregunto para qué necesita una socióloga a dos tiburones blancos —deja caer mientras se sienta.
—¿Puede dar consejos sin conocer bien a los bueyes con los que está arando? —le devuelve el Gran Jack encogiéndose de hombros—. Te habíamos perdido de vista. ¿Cómo viniste a parar acá?
—Se me fueron cerrando puertas —dice y rechaza un cigarrillo; usa un tono austero, sin tristezas ni reproches—. Pasa cuando una es joven, se quiere ganar un Pulitzer y se piensa que trabaja en el Washington Post.
—La conozco desde que era una borreguita —me explica Jack jugando con los bordes de su vaso—. Los viejos sabuesos de las redacciones solo le daban juego porque estaba buena.
—Y los comisarios también —apenas se ríe ella.
—Al principio, después porque te tenían miedo.
—La crónica policial era una buena colimba —dice entornando los ojos—. La mejor de todas. A condición de que supieras dejarla a tiempo. Y yo no me fui ni me quedé. Quise comprobar que el fondo de la casa daba siempre a los fondos de la política. Y de esa manía no pude salir más.
—Esa manía es mal negocio, Silvita.
—Muy malo.
Un borracho seguido de una rubia se hace cargo del piano y trata de tocar «Feelings» y de cantarlo a dúo y en español. Desafinan con los dedos, con la boca y con el cerebro. La Inglesa no se da vuelta ni para mirarlos. Acaba el Lloyd George y se limpia la comisura de los labios; luego se cruza de piernas y de brazos como si tuviera frío.
—Estaba desocupada —continúa—. Respondí una búsqueda. Un fabricante de acero y laminados quería abrir un diario en la Patagonia. Supongo que para aceitar las relaciones con los gobiernos y defenderse de los coimeros. No me hacía ilusiones. Pero estaba el romanticismo del sur y toda esa pavada, y yo andaba con ganas de irme lejos, muy lejos.
—Tenía buena pinta.
—Era cartón pintado. Querían los avisos oficiales sin contraprestación y que los lectores independientes nos siguieran. Para eso hay que tener cojones y perseverancia. Pero no tenían ninguna de las dos cosas. A los dos años, empezaron a transar y corregirme las notas. Era una línea editorial esquizofrénica, y no dejábamos contento a nadie.
—Y vos no tenés cura.
—No tengo cura, Jack —acepta—. Me aburren mucho. Podía tomarlo como un laburo, y conseguir un marido, tener un hijo y dedicarme a leer a Proust. Pero se ve que tampoco estoy hecha para eso.
La última frase me la dedica, y eso me sorprende. Le pido otro Lloyd George, me reservo otro vodka. Recoge la cigarrera de metal de Romero y la hace relucir bajo la lámpara. Reluce también el ámbar. Hace dos años que dejó de fumar por prescripción médica, pero el deseo sigue intacto.
—Ya te imaginarás cómo termina el cuento —le dice cuando el comisario la alienta—. Informes que iban a la basura o salían cortados, convivencia conflictiva, caída de ventas. Fue una larga agonía. Hasta que el antiguo caudillo mandó a uno de sus amigotes a comprar una parte, y entonces me ofrecieron una indemnización. No la acepté por las buenas, y me echaron por las malas. Tuve un programa de radio, y me siguieron corriendo. Me corrían de todas partes.
Hasta que me quedé en casa y abrí un sitio digital que tiene más seguidores que el diario y menos avisos que una morgue. Los mercaderes arrugan porque los llama Cerdá desde la Gobernación y los amenaza. Farrell me tiene en la lista negra.
—¿Y la moneda? —pregunta el Gran Jack frotando el índice y el pulgar.
—Una beca universitaria que me consiguió un alfonsinista —declara—. Pero sabés bien que el dinero tampoco me interesó demasiado. No necesito casi nada para vivir; soy una cucaracha resistente.
Romero se ríe de buena gana y brinda con ella. Yo me siento inexplicablemente incómodo. No porque estemos confraternizando con el enemigo, sino por algo inasible que la Inglesa destila con naturalidad.
—Todavía me acuerdo del farmacéutico —dice Miller echándose hacia atrás la melena corta y despejándose esa cara llena de ángulos y de líneas verticales.
—No sé si conocés la historia —me pregunta el Gran Jack.
Niego con la cabeza y mastico un trozo de hielo. El borracho y la rubia tratan ahora con «Bésame mucho», pero simulando que lo cantan dos yanquis con mala pronunciación y detestable fraseo.
—Era mi fuente y nos fuimos haciendo amigos —dice de pronto la Inglesa. Me está relatando los hechos, pero sin dejar de mirar al protagonista.
—Un día me pregunta si alguna vez maté a alguien, y qué se sentía —completa el comisario dándome golpecitos en el hombro con su cigarrera recuperada—. La borreguita era muy inteligente, no tuve corazón para decepcionarla, ¿sabés?
—No me contó la última, pero al menos me contó la primera —añade ella, observándose el anillo de sello.
—Estaba a cargo de una comisaría en el conurbano y resulta que una tarde un hijo de puta entra en una farmacia a los tiros, golpea salvajemente a un empleado y se escapa con la caja. Lo agarramos a las dos semanas, y lo convencí al farmacéutico de que fuera a una rueda de reconocimiento. Es jodido, porque por más que estás detrás de un vidrio y no pueden verte, después el sacapresos se encuentra con tu nombre y documento en el expediente, y todo se sabe. Al final lo reconoció y lo mandamos en cafúa. Pero no duró mucho adentro, y al salir fue a buscar venganza. El farmacéutico lo vio venir y se escondió en un baño, pero el hijo de puta pasó a la trastienda con una pistola, agarró a su mujer y a su nena de tres años de los pelos, y le gritó que si no salía las amasijaba.
El famacéutico salió temblando, y el chorro lo hizo arrodillarse y le pegó un tiro delante de toda su familia. Cuando llegué, la mujer me quería matar. «Usted le aseguró que no le pasaría nada», me recriminaba, llorando como una Magdalena. Yo tragaba bilis, me sentía asquerosamente culpable. Lo buscamos al delincuente casa por casa y día tras día. Cuando lo encontré le disparé sin darle tiempo a nada. Ni siquiera sé si estaba armado. Lo fusilé ahí mismo. «¿Y sabe lo que sentí, m’hija?», le pregunté a la Inglesa, que estaba pálida. «Un gran alivio y una gran felicidad, sentí. ¿Tiene algo para reclamarme?».
—No dormí en toda la noche —dice Miller, con la cabeza gacha—. Siempre denuncié el gatillo fácil, y ahí estaba este comisario por quien tenía simpatía, y yo no sabía muy bien qué hacer con todo eso.
—Después mandó en cana a muchos compañeros para saldar esa deuda, Remil —me dice Romero—. Siempre que denunciaba en el diario a un camarada que se le iba la mano, yo pensaba: «La inglesita se los quiere boletear a todos porque no me quiso boletear a mí».
—Y no te faltaba razón —acuerda ella.
—Esto no es una batalla entre buenos y malos, sino entre malos y peores, querida —dice el Gran Jack con el vaso en alto, como si fuera una declaración de principios o un nuevo brindis. Vacía el vaso y mira la esfera de su Longines—. Me vuelvo a la Conejera, porque mañana arranco temprano.
Estoy a punto de levantarme para acompañarlo, cuando de repente siento en mi brazo la mano de ella.
—No se deja sola a una dama con el último trago —oigo que me dice. Y el ámbar con tintes amarillos me toca por tercera vez en la noche. La tercera es la vencida.
Cuando el comisario se retira rengueando, Miller se muda al teclado, de nuevo vacío. Y yo la sigo con mi vodka y me acodo en el piano. Toca otro tema descorazonado y cadencioso, pero en el medio me pregunta por Marquís.
—Un abogado exitoso —le contesto con cautela.
—¿Un tipo bajito, con barba mosquetera y siempre engominado?
—Ese mismo.
Sigue tocando, ensimismada, aunque no estoy seguro de que esté cavilando sobre las normas estilísticas de Bill Evans. Es muy inteligente y magnética, y yo tengo que cuidarme mucho porque es más peligrosa que recoger el jabón en una cárcel. Ahora tiene los ojos cerrados, mientras sus dedos digitan maravillosamente esa música que tanto me desangela y tanto le gusta a Leandro Cálgaris. Pienso unos segundos en el coronel y en el dolor de garganta, pero la pianista abre los ojos y me vuelve a sorprender:
—Hay que admitir que Beatriz tiene talento. Esa pelotudez del cóndor y del abuelo heroico funciona.
Deja de tocar para echar otro sorbito y ficharme de arriba abajo.
—Si todo terminara en el marketing y en esa diva de varieté no llamaría la atención —dice modulando su voz de un modo raro—. ¿Pero Marquís, Romero y vos? Eso ya es una banda.
—Mejor hablemos de Farrell —le propongo.
—¿En eso estás pensando? —me pregunta—. ¿Voy a ser un gran problema?
—No creo.
Toca algunos compases más, luego baja la tapa y se recuesta sobre el piano como si fuera a dormirse. Es, a su modo, una mujer sensual.
—Antes no había, en una noche como esta, hombre que se resistiera.
Prendo otro cigarrillo para digerir la noticia.
—Si ella te mandara apretarme, ¿lo harías? —quiere saber.
—Por supuesto.
—Sé muy bien quién sos vos, Remil —me dice sin levantar la cabeza derramada, un poco ebria—. Tengo archivos.
No la interrumpo.
—Si tuvieras que liquidarme, ¿qué harías?
Dudo un poco, pienso por un momento si está grabando nuestra conversación. Me doy cuenta de que soy un estúpido. Todos bebimos demasiado esta noche.
—Lo haría con rapidez, un balazo en la nuca —le digo—. Para que no sufras.
Se incorpora y acomete por primera vez una risa franca. Dormimos juntos en su modesta casa de las bardas, donde el patrón es una gata persa y hay más libros que ropa. Tiene pechos diminutos y quiere tomar el control. Aunque todo lo hace en penumbras, como si se avergonzara de sus imperfecciones. Cuando despierto, me pide que me vista y me vaya.