La herida
VI. Últimos segundos del Minotauro
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VI
Últimos segundos del Minotauro
El arquitecto parece una fiera enjaulada. Da pasos largos de una punta a la otra con una mano en un bolsillo y el celular pegado a la oreja. Lleva una camisa blanca y una corbata verde musgo, y usa unos anteojos de montura dorada; compensa su prematura calvicie con una barba cuidadosamente desaliñada y hace gestos torpes, como si estornudara o estuviera a punto de tropezarse con un relieve de la alfombra. De vez en cuando saca la mano del bolsillo del pantalón para morderse las uñas. Observo cada mínimo gesto gracias a que su estudio ocupa un tercer piso a la calle, tiene amplios ventanales transparentes y uso unos binoculares Leica. Estoy sentado en la 4×4, hablando con Palma a través del «manos libres» y revisando mis mails en una tablet. Nuestra conversación gira en torno del juez Donovan, que resultó un verdadero dolor de cabeza. Durante los últimos tres meses, Palma y yo nos hemos ocupado principalmente del honorable Poder Judicial. Por prevención, pinchamos los teléfonos del Tribunal Superior y de las principales cámaras, y nos divertimos capturando sobornos menores, enjuagues políticos, traiciones maritales, adicciones severas y trata de blancas.
Pura rutina. Armamos archivos virtuales, pero Belda nunca pide los informes para leerlos; de vez en cuando me invita a jugar al metegol en la planta alta del chalet y, para divertirse, demanda los pecados más sabrosos. Después se ríe a mandíbula batiente, pero nada más. Eso quiere decir que nadie ofrece demasiada resistencia y que el comercio de los juicios marcha viento en popa. Marquís señala, en su panel, a tres jueces y un fiscal: están fuera de la línea y sus carreras deberían lentificarse. Pero ninguno de los cuatro detenta por ahora un expediente sensible, ni se lo requiere para una maniobra.
El primer obstáculo real es Donovan, porque mantiene abierta una causa contra Cerdá por tráfico de influencias, y amenaza con abrir otra para averiguar el manejo de fondos con los que se está organizando el gran festival de cine.
Marquís detecta a un abogado que fue compañero del juez en la facultad y que trabaja en un modesto bufete; supone que es un negocio a medias con Donovan, pero no está seguro. Tal vez su señoría es un dechado de virtudes y no le importan la guita ni la jubilación. Pinchamos a los dos, pero después de treinta días no obtenemos evidencias de contubernio ni secretos comprometedores.
Están limpios. Marquís invita a almorzar a los dos amigos y les ofrece una bicoca. Los micrófonos y el Alien Spy nos avisan, en la siguiente semana, que discuten la ética del caso, y que el magistrado se resiste. En dos ocasiones, Beatriz ya me mandó con un bolso lleno de euros a la casa de un funcionario, pero este grano no se va a curar ni con chantaje ni con coima. «¿Qué podemos hacer?», me pregunta limándose las uñas. «Que se cague encima», le respondo.
Nunca me da la orden, queda flotando la sugerencia, pero yo entiendo que espera mucho de mí. Donovan tiene dos hijitas de nueve y seis años: a la salida del colegio me adelanto a su madre, que está retrasada por el tránsito, y les obsequio dos proyectiles FAL. Son preciosos: cartuchos con puntas de latón, calibre 7.62 como pide Naciones Unidas. Las chicas corren hacia su madre para mostrarles el regalo. Y cuando la buena mujer levanta la vista, horrorizada por la sorpresa, ya no me encuentra por ningún lado. Las llamadas son histéricas. El juez duda en hacer pública la intimidación, putea de arriba abajo al gobernador y a todo su gabinete, y hay incluso conciliábulos con colegas de Buenos Aires. Pero al final se queda en el molde.
Una tarde que sale temprano y camina hasta su casa lo acompaño a baja velocidad y lo saludo de ida y de vuelta sin bajar los vidrios polarizados, tocándole irónicamente la bocina. Se queda paralizado en una vereda e intenta anotar los números de mi placa, que corresponden a un plomero de Ituzaingó. Le cuenta toda su angustia a un comisario, que le aconseja pedir una entrevista con Farrell, y también a su socio, que propone una charla franca con Marquís.
Donovan se niega a las dos opciones. Va de la vulnerabilidad a la fortaleza, y no sale de ese intríngulis. Se mantiene en su silencio empecinado, de hecho sigue con las diligencias en el caso de Cerdá, pero finalmente desestima la causa del festival por inexistencia de delito. «Un guiño», entiende Marquís. «Rendición incondicional», reclama Belda. La miro con sorna. «Puedo aflojar la rueda del auto de su mujer, escrucharle la casa al socio, amenazarlos por teléfono, asustar a las chicas en la calesita o en el pelotero, destruirle a él la notebook con un virus troyano o darle una paliza —enumero—. Pero lo estaríamos empujando directamente a la denuncia pública. Por lo que oí en las grabaciones, parece un tipo que está harto de esta situación y que busca una salida rápida. Mucha ética leguleya y todo eso, pero se mea en la cama: le pesa la responsabilidad de su familia». BB enchufa un cigarrillo en la boquilla y reclama fuego; Marquís se lo da.
—¿Qué recomendás? —me pregunta ella.
—Otro almuerzo —digo—, donde no se hable de estos incidentes y donde se mejoren las condiciones económicas con otro juicio lucrativo. Yo podría participar en carácter de hombre de Farrell, pero no pronunciaría una palabra y nunca me quitaría los anteojos oscuros.
Beatriz asiente, con la barbilla en alto y los ojos soñadores:
—Aumentamos la tentación y le sumamos el cansancio y el miedo.
Marquís se ríe:
—Llevar a Remil sería como mostrarle al perro que puede morderle el culo; entendería muy claramente el mensaje.
—Y nosotros también —lo atajo—. Si agarra viaje sabremos que la causa no se cerrará de inmediato, pero que tampoco avanzará mucho. Si yo fuera Donovan, me siento sobre el expediente, lo dejo dormir y me guardo esa carta como reaseguro.
Beatriz lo piensa unos segundos. Luego Marquís le comenta que suena bastante lógico, y que de todas maneras no hay mucho para perder.
El almuerzo se ejecuta con precisión. Donovan está alterado por mi presencia, pero nunca se sale de quicio. A la hora de los postres, me excuso y los dejo solos. El juez observa desde la mesa cómo me marcho en aquella 4×4 de chapa apócrifa. Cuando llegan los cafés ya se cerró el trato, y nunca hubo la menor alusión a cuestiones desagradables.
Veinte días más tarde estoy escrutando al arquitecto con los prismáticos y escuchando las novedades de Palma: Donovan discutió con su propio secretario, que le planteaba la necesidad de abordar una nueva línea de investigación. El juez negó con argumentos sólidos y con tozudez; el secretario agotó razones y súplicas y al final, derrotado, lanzó un bocadillo insidioso sobre la «buena suerte» de Cerdá. Donovan le levantó la voz, el secretario se disculpó. Con un colaborador tan vehemente por ahí no vale la pena correr el riesgo de mantener un salvoconducto: a lo mejor se aceleran los tiempos, y en una de esas resulta que el expediente toma la misma velocidad y corre el mismo destino que la causa del festival de cine.
Todavía siguen los ecos de ese aquelarre lujoso, que Diana Galves actúa con talento inaudito. Algunos de sus colegas, por lo general militantes en serio de alguna ideología, no se han tragado el cebo, pero hay muchos otros a los que todos los colectivos los dejan bien. Frágiles menesterosos con fama que son seducidos por cualquier patrocinador y cualquier flash. Los actores, los directores y los guionistas están fascinados por el reconocido carisma de Farrell y, sin meditar demasiado, por sus múltiples logros en materia de justicia social.
El gordinflón a régimen, que aprovecha la ocasión para afeitarse definitivamente el bigote, los recibe con honores y con felicidad de dentífrico. Ellos, a cambio de tanto requiebro, ovacionan de pie un documental hecho a las apuradas por los publicistas de BB sobre la historia del abuelo andinista, y algunos actores hasta parecen lagrimear frente a las cámaras de televisión mientras se escucha una versión polémica de «El cóndor pasa».
Las celebridades se alojan en los tres mejores hoteles y conmocionan las calles de la ciudad, donde son requeridas para autógrafos y fotos. A todos les prenden el pin y los llevan al estadio del club Convergencia. Como la Gobernación es el sponsor oficial, la estratega se asegura de que el equipo lleve nueva camiseta con el cóndor de alas desplegadas, una cumbre nevada y un cielo azul. Consiguen un triste empate, pero por la noche hay una recepción donde los jugadores alternan con las actrices y las trolas mediáticas. Las funciones cinematográficas de cada jornada son lo que menos importa, porque el gran espectáculo está allá afuera, y en esas pistas manda con absoluta autoridad la diva eterna. Que maneja la prensa, incentiva la obediencia, decora los diálogos con anécdotas improbables e introduce a Beatriz en la comitiva para que haga proselitismo desembozado. Las observo de lejos, tratando de decodificarlas.
Hace ya varios meses que trabajamos codo a codo, en tiempos particularmente densos y acelerados, y sin embargo me siguen resultando un enigma. La socióloga no descansa nunca: no le alcanzan las horas del día para estudiar, participar en reuniones de gestión y dar órdenes precisas. Cuando juega al golf lo hace en compañía de algún secretario de Estado o de algún legislador; las comidas están ocupadas en evaluaciones y contactos, y a la cama se lleva cada noche una pila de papeles técnicos. No hay en su vida más espacio que para la ambición, y siempre parece estar en dominio total de sus emociones. Con la diva tengo menos horas de vuelo, porque pernocta algunos días en Buenos Aires, pero por lo que se ve o intuye no deja ni por un segundo su inagotable energía ni su proverbial actuación de dama chic de las artes. Son anverso y reverso de una misma moneda, y cuando posan juntas del brazo —una con la boquilla en alto y la otra con el perro— parecen una misma entidad. Solo abandonan sus roles a puertas cerradas, donde hago las veces de testigo mudo: aflora entonces una extraña complicidad, las dos bajan la guardia y juegan al bridge, Belda se permite ser emotiva y trivial, y Galves se revela como racional y terriblemente fría.
La noche del penúltimo cóctel, que se llevará a cabo en la mismísima residencia del gobernador, asisto a los debates previos por el vestuario. Parece que Beatriz ha venido utilizando Donna Karan y se resiste a abandonar el estilo urbano y sobrio. Diana, en cambio, ha gastado varios vestidos estrechos y escotados de Azzedine Alaïa, y quiere pasarse a Versace y convencer a su socia de que la acompañe en la aventura. Lo máximo que consigue es que BB cruce a la vereda de Armani con un conjunto de top y pantalones anchos y negros, y camisa de gasa translúcida. Lady Di elige un solero de seda estampado en negro, dorado, rojo y azul, con la espalda totalmente descubierta y un escote al estilo Marilyn que le marca los pechos. Las amigas no tienen ninguna vergüenza en debatir con seriedad estas cuestiones fundamentales ni en probarse las distintas prendas, y yo memorizo todas estas elucubraciones como si tuvieran una enorme importancia y debieran luego quedar impresas en la mismísima bitácora de la misión. Me llama la atención, aunque ya no debería, que acuerden la altura de los tacos: plataformas de doce centímetros disimuladas por la botamanga larga y ancha de los pantalones para Beatriz; taco mediano a la vista para Diana.
Quieren ser distintas pero complementarias, y que sus estaturas armonicen.
El evento mezcla a los ignotos con los famosos. Alejandro Farrell asedia a una modelo, pero reparte fichas en toda la mesa: pretende irse sí o sí con algún pescado volador esta misma noche, y jactarse de la pesca durante la mañana. A lo largo de todas estas semanas lo he visto con seis coches diferentes, metido en conversaciones políticas donde nunca se privó de opinar toda clase de idioteces, y practicando artes marciales con sparrings de confianza que no se atreven a pegarle en serio.
Elementales empresarios de la construcción rodean a Cerdá, que les presenta a productores y directores hambrientos. La última vez que esos capitalistas regionales asistieron al cine fue para ver el estreno de «La Patagonia rebelde».
Ahora son los padrinos ilustrados de este festival glamoroso. Cerdá, siguiendo las indicaciones de Beatriz, los está obligando también a financiar nuevos emprendimientos, algunos ubicados en zonas grises o decididamente negras, y en canje por tanta licitación a la carta. Palma sigue muy de cerca al ministro de Gobierno; le parece relevante que prepare su séptimo viaje a Tailandia y que reciba por correo privado pornografía infantil. Del Lolo Muñoz, que sigue haciendo el ridículo entre personajes de la cultura audiovisual, no extrajo más que un alcoholismo leve y una serie de pequeñas fechorías, como cobrarle un diezmo personal a algunos grupos folklóricos para participar de las peñas oficiales. Del Turco Jalil no se ha podido saber demasiado mediante filtraciones y escuchas: sigue vigente la orden de no tocarle las pelotas y de defender a la Armada Brancaleone de sus espías informáticos, que no son muy brillantes.
Palma no cae en tentaciones, aunque recoge información cruzada de diferentes pinchaduras: Jalil está en boca de muchos, casi siempre provocando temores y en ocasiones con informaciones fantasiosas o difíciles de comprobar. El episodio Donovan le ha pegado de manera directa: Cerdá comenta en una charla con un primo del Concejo Deliberante que Marquís podría reemplazar al Turco en la Dirección de Seguridad y que Farrell ya lo fue corriendo «hacia arriba y hacia afuera». El Gran Jack descubrió que Jalil maneja de hecho el club Convergencia.
Que está a nombre de un títere y de una sociedad anónima con sede en Islas Caimán. «Cada vez que un equipo asciende a primera división, la AFA organiza una fiesta para todo el plantel, esposas incluidas —le contó Romero a Beatriz—. Después se eligen a seis o siete de los más decisivos, y se los manda a Bariloche all inclusive. Son gestos de bienvenida. Convergencia se salteó el viaje: mandó a los veintidós muchachos directamente a Las Vegas. Una semana con todo pago, putas incluidas». BB parpadeó al enterarse de ese despliegue. «La última vez que oí algo semejante estaba metido el Cártel de Tijuana —agregó el comisario golpeando el cigarrillo contra su Longuines—. Invertir en fútbol argentino es una buena forma de lavar guita. La nuestra es una tierra de promisión, señora».
El Turco y el Gran Jack conversan ahora juntos, en un rincón: dos viejos y curtidos pistoleros en saco y corbata, alejados de la fanfarria hollywoodense. En ausencia de Cálgaris, que únicamente mantiene diálogo por línea segura con Belda y por correo electrónico con Maca, el comisario fue mi principal interlocutor, alguien con quien pelotear ideas, analizar datos y pensar en voz alta.
Nuestra principal tarea consistió en trazarle a Marquís un panorama pormenorizado acerca del funcionamiento de ese organismo que efectivamente ocupará en poco tiempo, y también una propuesta de reorganización que implique un nuevo servicio de Inteligencia y una perestroika policial. El asunto se mantiene latente, porque Belda espera la ocasión propicia para pegar el zarpazo. Romero se dedicó, a su vez, a investigar el puerto y las firmas pesqueras, y por las noches, a modo de juego de ingenio, a debatir conmigo la desaparición de Mariela Lioni. Una madrugada me despertó para que prendiera la tele: TN transmitía en vivo y en directo un operativo en Villa Puntal. Había federales y bonaerenses realizando allanamientos y requisas a órdenes de un juez. Detecté de inmediato, aunque siempre en lugares discretos, al Salteño con su rifle de asalto y a otros tres agentes de la Casita. Cálgaris sacudía el árbol para ver si rodaba alguna manzana. Pero según las noticias de los días siguientes y la información clasificada que a Palma le confirmó la Cueva, no cayó en esa oportunidad ni una mísera hoja. Solo transas irrelevantes, y algún prófugo de la justicia. Los Requis y los Pajuelo se ríen, se cagan de risa de todos nosotros.
Al cóctel fueron especialmente invitados los corresponsales y los enviados, que están más abocados a los saladitos que a las estrellas. No entiendo cómo logró colarse la Inglesa, pero aquí está sin condescender al maquillaje ni a los trapos de gala. Así y todo resulta más elegante que cualquier pájara de estas. Se me acerca con un vaso de agua mineral y un punto de sarcasmo en los ojos ámbar. «Señorita Miller», la saludo. Ella dibuja una reverencia y se pone a mi lado para tener la misma perspectiva. «Y un día todos estos monigotes saldrán en defensa del gobernador Farrell y dirán que es un titán del cine, y que la prensa canalla intenta injuriarlo —susurra y bebe un sorbito—. Por cierto, qué bien la sastrería del gobernador, qué churro queda sin mostacho y qué progresos ha tenido su dicción. El cóndor no descansa».
Nos acostamos tres o cuatro veces más, siempre por antojo de ella. Y nunca pude servirme el desayuno: me rajaba a primera hora y sin derecho a protesta.
Pero la última vez estábamos tan borrachos que nos quedamos dormidos sin quitarnos la ropa, y yo me desperté de una pesadilla con un agudo dolor de garganta. No se trataba de la fiel espina invisible que traía desde Roma, sino de una laceración verdaderamente intolerable. Silvia se impresionó mucho; yo estaba morado. Y no hubo forma de que me dejara ir solo; me acompañó hasta el hospital regional e interpeló al médico de guardia. Logró que hasta me hicieran análisis de sangre y una ecografía. Al mediodía la laceración había cedido, y el médico estaba seguro de que era una especie de ataque de ansiedad. Me causó mucha gracia. Tiré las pastillas en una boca de tormenta y aguanté a pie firme el puñetazo que la Inglesa me dio en el pecho. Tenía los ojos lluviosos, estaba herida en su orgullo por haber tenido un momento de debilidad conmigo. Me preguntó quién me creía que era, y me dijo que ella no me necesitaba y que me fuera a la mismísima mierda. Desde entonces no recaló por el pub ni devolvió mis llamadas.
Palma se metió en su computadora y robó pesquisas, documentos judiciales, borradores periodísticos y anotaciones ininteligibles. También un paper interno de la Dirección de Seguridad donde se la catalogaba como «altamente peligrosa». De su correo extrajo varios mails de un oncólogo; de su historial de Google varias consultas sobre linfomas. Palma se introdujo también en el sistema del sanatorio y se alzó con una historia clínica: un cáncer medianamente agresivo que había respondido muy bien a la quimioterapia. Esto había sucedido dos años atrás, y Silvia estaba con buen pronóstico pero en permanente observación. «Tus chicas se mojan por ese infeliz», me señala ahora la Inglesa, muy divertida en medio de esta comparsa de vanidades. Se refiere a un galán de película, a quien Belda y Galves arrinconan. «Escuché decir que es taquillero porque el público le puede leer la mente a través de esos ojos color lila —agrega ácidamente—. El arte de llenar butacas». Esta misma noche, después de las ceremonias, me cita en el pub, me coge con violencia y me prepara el desayuno, para asombro de su propia gata. Tengo que irme temprano porque en el teatro colonial proceden a entregarse los premios, y Beatriz exige presencia unánime.
Es una larga y aburrida carrera de egos y obstáculos, donde solo destacan los chistes de la inimputable Lady Di y las travesuras de Juan Domingo.
A las cuatro de la tarde, la comitiva regresa a la Capital en vuelo de línea.
Todos menos uno, el galán de los ojos lila. BB me ordena que vaya a buscarlo a la posada donde se aloja y lo traiga al hotel. Subo con el galán hasta su suite, donde las amigas lo esperan con dos botellas de Cristal. Es raro comprobar que Beatriz resigna el Talisker por esa velada íntima. La jefa me acompaña hasta el ascensor y me anuncia el itinerario: tengo que venir a recoger al galán a las diez de la mañana, llevarlo hasta la posada, cargar su equipaje y depositar al tipo en la pista especial. El gobernador ha dispuesto el avión sanitario. No hay ninguna inflexión especial en el tono de su voz, como si se tratara de una operación política para desbancar a un diputado. Le respondo con la misma neutralidad, y cumplo al pie de la letra sus instrucciones. Vuelvo a reunirme a solas con ella en el Chalet, tres noches más tarde: juega pool con Romero, que la acompaña con un whisky. Despachó al resto del equipo; la casa está vacía, y suena Sinatra.
—Llegaron las últimas encuestas —empieza, e inclina el cuerpo para darle mejor efecto a la bola—. La popularidad de Farrell pegó un salto. Son números que están por muy encima de nuestras mejores expectativas. Me besa los pies.
Tiene un toque enérgico y repentino, que va mucho con su personalidad.
Bolas que pegan contra las bandas, una que se escurre por la tronera. Belda nos contempla alternativamente a los dos.
—Las cualitativas muestran hasta qué punto caló nuestra campaña de marketing —agrega—. La imagen negativa, que era alta, bajó muchísimo, principalmente entre las mujeres. Hay que seguir laburando, pero vamos por buen camino. Él, por supuesto, está eufórico. A pesar de que no le llevé tan buenas nuevas.
Rodea la mesa para encontrar un ángulo adecuado y se dobla sobre el paño.
Es diestra y en lugar de curvar el índice y el pulgar, prefiere descansar el taco entre sus dedos para un estilo más plano. Saca el tiro como un latigazo. Pero comete un error y rechista; el comisario toma su turno con parsimonia. Es, en realidad, un gran jugador de billar, un caballero de la vieja escuela, pero esto es pool y trata de adaptarse. Beatriz retrocede a su vaso y se explica:
—Las mayores resistencias tienen que ver con algunos rumores de pueblo chico. Hay gente convencida de que uno de sus hijos se mandó una macana y taparon todo.
—¿Una macana? —pregunta Romero—. ¿El mayor o el menor?
—Flavio, el menor —responde Belda—. Una amiguita suya apareció muerta en una chacra del valle, y se empezó a decir que él la visitaba a escondidas del marido. El juez, por lo que vi, está en la servilleta de Farrell, y luego fue ascendido a camarista. Me cierra que haya hecho un favor.
La estratega comprueba las evoluciones de su contrincante y frota distraídamente la tiza sobre la punta del taco.
—No sé si es una leyenda urbana, un falso rumor salido de alguna usina política o si tiene algún asidero. —Levanta la vista y me mira—. No hubo crónicas veraces en los diarios oficialistas, y lo poco que leí fue en ese portal escandaloso donde escribe tu novia.
La denominación me toma por sorpresa, pero no le doy el gusto ni de pestañear.
—Verdad o mentira, el asunto es que un alto porcentaje de los que lo detestan y también de los que lo apoyan están seguros de que su hijo se la cargó y él tuvo que salvarlo —dice con contundencia—. Es el comentario preferido en cualquier asado. Hace un daño tremendo.
—¿Qué dice Farrell? —quiero saber.
—¿Qué va a decir? Que son inocentes y que son todas patrañas —se encoge de hombros—. Le advertí que la cicuta se desparrama y que si no hacemos algo, su imagen pronto va a encontrar su techo.
—¿Le alcanza? —pregunta el Gran Jack, que tiene la delicadeza de cometer un error y ceder la iniciativa a su adversaria.
—No llega a la reelección con esas cifras —reflexiona ella, estudiando la disposición de las bolas—. Le propuse examinar a fondo el caso, ver los puntos vulnerables para eventualmente anularlos, y crear otra historia. A la manera del cóndor. Un cuento satisfactorio que lo ponga a salvo de la maledicencia.
El golpe de las bolas estalla como una bomba. Ni Romero ni yo vemos el recorrido.
—Si hubo conspiración, Jalil fue de la partida —aporta el comisario.
—Farrell no está convencido todavía de cambiar a Jalil por Marquís, pero lo anda esmerilando al Turco y de hecho le ordenó que me mandara los biblioratos de Carla Jakov. Esta mañana los tenía en mi oficina. Son veinticuatro, y faltan las actuaciones del juzgado.
—Carla Jakov —repito.
—Una maestra que fue compañera de Flavio en la Facultad de Arquitectura —asiente—. Tu novia sugiere un triángulo amoroso y no sé qué otras boludeces más. Farrell jura que le quisieron tirar el muerto para debilitarlo. Hubo una marcha de silencio, y trajeron de la Capital al CELS, a las Madres del Dolor y a alguna organización dedicada a la lucha contra el feminicidio. Hubo principio de incendio, después bajaron un poco las llamas y ahora quedan solo brasas prendidas, pero queman como la puta que lo parió. Y son un peligro.
De repente Beatriz Belda parece cansarse del pool, arroja el taco sobre la mesa y agarra el vaso para darle el último trago.
—Quiero que te concentres en este perno, Remil —dice con tono destemplado—. Estamos apremiados: usá a Palma y a Maca, y que Romero te ayude a pensar. Pero usted, comisario, no se aparte mucho del puerto ni de los negocios de Jalil: hay que ir a fondo y ponerlo contra las cuerdas. Si no volteamos esa puerta no vamos a poder entrar, ¿me entienden?
Entendemos todo. Belda se retira y nosotros encargamos pizzas y cervezas frías, y nos pasamos seis horas revisando las diligencias policiales y las quince notas periodísticas que escribió la Inglesa. Prima facie el drama tiene cinco personajes. El primero es el susodicho: Flavio Antonio Farrell. Alumno brillante que se recibió de arquitecto y nunca ejerció profesionalmente: ya se sabe que vive de la fortuna familiar y que mata el tiempo en solitario, haciendo dibujos y jugando al tenis. Una vez trabajó en un megaproyecto para el nuevo edificio de la Legislatura pero enseguida perdió el entusiasmo, y tuvo que hacerse cargo de la obra un colega de renombre. Conoció en la facultad a la víctima: Carla Jakov, la Polaquita, rocker transgresora, hippie con obra social y pintora aficionada.
Morocha de pelo lacio y tirante en la frente, trenza larga hasta el coxis, buena figura, labios gruesos, tetas naturales extralarge. Chocan los planetas.
Experimentan un idilio sexual que él da por finalizado al año y medio.
Comparten amistad con el tercero en cuestión: Ezequiel, Quelo para los íntimos, alumno con poco talento y mucho empeño, un flaquito insustancial y eléctrico que a los pocos meses se queda con la Polaca. Los tres se las arreglan para pegar las partes con moco y no quebrar la hermandad. Ella abandona la carrera y se mete en el Magisterio para recibirse de maestra, y se inscribe en cursos de artes plásticas. Dibuja con carbonilla y pinta con acuarelas en tela y con aerosoles en acrílico; se casa con Quelo, le es infiel con algunos artistas al paso y acepta que Flavio le consiga una galería para exponer sus ocurrencias y genialidades. En el colegio es una maestra permisiva y cómplice de sus alumnos; por la tarde pinta en la chacra que le construyó Quelo y de vez en cuando frecuenta bares de la bohemia. Es independiente, inconstante e imprevisible; le gusta romper las reglas. Su padre es el cuarto personaje: Luis Jakov, el Gringo, inmigrante polaco, chacarero y antiguo dueño de una pequeña ferretería. Enviudó joven y crio como pudo a su única hija. Fue aproximadamente próspero y está jubilado y pendiente de su jardín. Es un coloradote simplón, que se casó con una mestiza, y que nunca más tocó a otra mujer. Se mueve todavía en el mismo Ford Falcon Rural que compró en 1981. El quinto personaje es lateral: una vecina de Quelo cuyo único y desinteresado aporte consiste en afirmar que veía seguido al hijo del gobernador por esos campos y que la tarde del crimen salió al porche y divisó en el camino de tierra el Peugeot 308 blanco de Flavio Antonio Farrell. A su regreso, más o menos a las nueve de la noche, Quelo encontró a su esposa muerta. La autopsia revela que murió a raíz de un golpe mortal: un poderoso gancho a la sien que además le rompió el cuello. No se robaron nada, no la violaron, no dejaron rastros visibles ni microscópicos. Sonaba desde hacía horas una canción de Led Zeppelin. Había huellas de distintos autos, una de ellas se corresponde con el Peugeot. Flavio declaró por escrito y alegó que seguían siendo muy unidos y que el día anterior la había visitado para charlar un rato y hablar de una muestra de un pintor vanguardista que se exhibiría en la ciudad y a la que querían ir juntos. El introspectivo negó que mantuviera relaciones sentimentales con ella, pero no logró mostrar una coartada de hierro para esa tarde: estuvo en su departamento viendo series y nadie puede dar fe de eso ni de todo lo contrario. El viudo, en cambio, puso como respaldo a un cliente que lo tuvo ocupado hasta el atardecer. Juró que no sentía celos de Flavio ni de ningún otro hombre, y que no atravesaban ninguna crisis matrimonial. La Inglesa detalla la cantidad de desprolijidades, dilaciones y trucos que despliega la policía («una máquina de impedir») y la montaña de medidas de prueba que ni el juez ni el fiscal se atreven a ordenar. Entrevista dos veces al Gringo Jakov y este habla de «una mano negra» y de un nuevo crimen de «los hijos del poder». Es un hombre dolorido y de espíritu querellante; Silvia Miller toma partido por él, se solidariza con su dolor y se convierte en su brazo justiciero. No hay equivocaciones en sus informes de prensa: cada dato que publica en su portal estaba anotado previamente en los biblioratos de Jalil.
Dormimos cuatro horas y al mediodía organizamos una reunión con nuestro hacker y nuestra psiquiatra. Hay una ronda de mate, pero Palma rechaza con repugnancia la invitación y sigue con su chupetín de Coca Cola. No puede quedarse quieto, mueve una pierna impaciente y vigila su netbook y su tablet.
Maca está serena, sentada como un Buda, entusiasmada por entrar en acción.
Beatriz la unió al equipo de sociología y análisis, pero la mantuvo relegada de la operatividad secreta. La Gorda se abocó principalmente a entretener a Diana con especulaciones astrológicas, estudiar las transcripciones de las pinchaduras y ahondar en la psicología de los Farrell. Palma, que no tiene vida, sigue perforando su correspondencia: Maca mantiene el doble juego virtual con su pareja de España y su amante de Chile, y extrema los cuidados porque teme ser descubierta por alguna de las dos. Viaja una semana de vacaciones a Madrid y otra, más adelante, a Valparaíso. Belda es permisiva porque no la encuentra imprescindible. Los partes de Inteligencia sobre mí que le envía cada tres días a Cálgaris abundan en interpretaciones. De alguna manera se enteró (tal vez Palma se haya ido de boca) de que tengo un insistente dolor de garganta y conjetura que somatizo un «trauma fantasmal», un sorprendente signo de angustia que en todos estos años no había aparecido. Cálgaris no le responde. Me dan ganas de darle a ella un poderoso gancho en la sien y romperle el cuello. Pero le doy un mate y la animo a que nos ilustre sobre Flavio.
—Es una persona a quien todos consideran genial, y él está muy de acuerdo con esa opinión —dice consultando un archivo de su propia tablet—. Pero nunca demostró demasiado. Es esa clase de jóvenes que están de vuelta de todo sin haber ido a ningún lado. Le asquea la política y es, en general, despectivo con las convenciones sociales. No quiere ser «normal». Y le ha cedido desde siempre ese lugar a su hermano; en varias charlas telefónicas se refiere a Alex como un grasa y un bruto.
—Y no lo culpo —interviene el Gran Jack con su sonrisa cadavérica—. Pero la madre no debe de ser inocente.
—Para nada. Delfina se lo apropió desde muy chiquito y lo convirtió en este adolescente de treinta y pico con veleidades artísticas que desprecia el lujo pero vive de arriba, entre algodones. No sabe lo que cuestan las cosas, y su hábitat natural es un piso que quita el hipo en el barrio del Oeste, frente al río, con gimnasio, sauna y jacuzzi en suite, atendido por una cocinera y una sirvienta que están bajo las órdenes de su madre.
—¡Eso es vida! —dice Palma, y nos muestra fotos del departamento.
—¿Viaja mucho? —pregunto para que no nos demoremos.
—Dio la vuelta al mundo varias veces —confirma el hacker, que tiene el registro de las entradas y salidas del país—. Con minas, con amigos. Nunca con Carla y Ezequiel. Jamás con su hermano ni con sus padres: ni a Disney fueron juntos.
—Tiene aversión por este «ambiente provinciano», así lo describe —retoma Maca mordiendo su lapicera roja—. Y trató de vivir en Buenos Aires, pero no le fue muy bien en el terreno de la realidad. Trabajó quince meses en un estudio y protagonizó un incidente bien curioso.
—Casi va preso —asiento, y busco en el sitio de la Inglesa una entrada específica. La encuentro—. Tuvo una pelea con un compañero en una disco de la Costanera. Le dio una paliza: le rompió el bazo y lo mandó al hospital. Por poco lo mata. Lesiones graves, artículo 90 del Código Penal.
—Intervino la Casa de la Provincia y se arregló —adivina el comisario chupando con fuerza el amargo—. Habrán repartido mangos a lo pavote.
—Zafa judicialmente, pero queda un antecedente violento —dice Palma moviendo la cabeza.
—Zafa y vuelve a la provincia, pero nunca con la cola entre las patas —dice la Gorda, y acepta el siguiente mate. Cada vez que toma uno tiene luego que limpiar su rouge carmesí de la bombilla—. El hecho es muy significativo, porque demuestra que Flavio es callado pero lleva adentro un volcán, y que tiene baja tolerancia a la frustración.
—Demuestra que es capaz de asesinar bajo emoción violenta —me confirma el Gran Jack mirándome a los ojos—. La Inglesa lo hizo de goma, ¿no?
—De goma.
—Flavio no se explica sin Delfina Maggi —dice Maca abriendo otro Word—. ¿Pasamos a la madre?
—Pasemos.
—Hija de dos comerciantes, estudió profesorado de Historia.
—Tiene tus mismos gustos —se ríe Palma, y recita los títulos que compró con su tarjeta de crédito en la librería principal durante los últimos tres años. Es una lista extensa, mucho Imperio Romano, China y Egipto; predilección por la Rusia zarista.
—Tito Flavio fue emperador —confirmo y prendo un cigarrillo—. Le decían Vespasiano. Comenzó a construir el Coliseo. Un arquitecto vocacional. Y Alejandro, un emperador de la Dinastía Severa. Un pusilánime manejado por su madre y por su abuela. A lo mejor se refiere a Alejandro Magno.
—Hijos con nombres imperiales —reflexiona Maca y frota con un pañuelo los cristales de sus anteojos rojos—. Supongo que vio en Farrell a un hombre que haría historia, y eso le resultó atractivo. También, por supuesto, formar una familia. No parece que haya habido nunca pasión erótica en ese vínculo. Ella padeció una anorexia leve y quedó rápidamente embarazada. Los hermanos se llevan dos años. Después el jefe de la manada comienza a subir y progresar, y a tener fatos más o menos conocidos en este poblacho donde todo se sabe. Ella se vuelve mustia, triste, negadora. Se refugia principalmente en el menor. Se lo apropia.
—¿Y eso es habitual, doctora? —le pregunta el comisario—. Parece un cariño enfermizo, ¿no?
—No, comisario, es la droga de las madres: ser adoradas para siempre —se ríe Maca con autosuficiencia—. El hijo es de la madre, comisario. Y ella es la única que puede habilitar al padre, créame.
—Pero Farrell le arrebata al mayor —porfía Romero: no le interesa el discurso psicoanalítico.
—Con el tiempo, con el tiempo. La concentración de Delfina en Flavio debió haber sido tan absorbente, que Alex quizás sufrió los daños colaterales y no le quedó otra que tomar partido por su padre para reafirmar su identidad y para encontrar un lugar bajo el sol. Son reacomodamientos que se dan en algunas familias.
—Familias patológicas —dice el Gran Jack.
—Todas las familias son patológicas —retruca Maca, que está gozando—. Flavio es la obra maestra de Delfina Maggi. Alex necesita muchos juguetes porque tiene un cráter en el pecho. Los dos hermanos se subestiman entre sí, aunque por diferentes motivos. Palma armó el mapa farmacológico de todos.
—¿Y eso? —pregunto.
Palma se limpia una mano pegajosa en su remera de Sex Pistols y abre otro archivo con la punta de un dedo. Es una maniobra grácil, que pretende ser humorística.
—Todos papeados. Delfina toma Rivotril y a veces Dexedrina, y unas pastillas para la presión: Coverene. Farrell se da con Viagra y Atorvastatina para el colesterol. Alex, con distintos complejos vitamínicos y éxtasis, que le consigue Jalil. Flavio, con marihuana y Clonazepan.
—El único que nos interesa es Flavio —lo reprendo.
—En algunas llamadas Farrell se refiere a su hijo como F. —se enmienda el hacker buscando en el escritorio de su netbook un archivo sonoro. Lo pulsa. Surge la voz metálica del gobernador—: «No sé, no sé, con F. nunca se sabe».
Puedo rastrear todas las menciones, Remil, pero va a llevar unos días.
—Necesito todas las conversaciones, chats y correos electrónicos donde se mencione a Carla Jakov y donde se hable de F. Todas.
Palma se tira del pelo como si fuera a arrancárselo.
—¿Dónde están ahora los comisarios que intervinieron en el caso? —pregunta el Gran Jack con un papel en la mano, y los menciona uno por uno.
Palma entra en una planilla; el rastreo le lleva tres minutos exactos.
—Los ascendieron —Romero golpea con sus nudillos la cigarrera de metal—. Menos a ese desgraciado que mandaron a la Sección Canes. Debió de hacerse el honesto. Puedo apretarlo, pero avivaríamos giles.
—Mejor pies de plomo —lo calmo.
Resaltador en mano, el Gran Jack y yo nos internamos cinco días a leer los biblioratos y la instrucción completa, que nos consigue Marquís. El abogado repasa las conclusiones previas del fiscal y la presentación del patrocinante de Luis Jakov. La Inglesa denunció en su momento que el letrado del Gringo, para que fuera a menos, había recibido y rechazado ofertas de trabajo en el Estado, amenazas anónimas e intentos de soborno. Es un pavo real de perfil alto y ciertos humos de prócer cívico. Como todos, este bicho tiene precio, pero Farrell y Jalil no supieron pagarlo. Palma nos entrega finalmente su compendio, y con Maca lo oímos y clasificamos, y llegamos a la conclusión de que Flavio no está asustado y se considera inocente, pero también de que ningún miembro de su familia le cree. La Gobernación se movió en todo momento como si fuera el culpable, y eso no hizo más que culpabilizarlo.
—Um, que no tenga miedo y que sobre la situación también encaja con su coraza de soberbia —matiza ella, y le doy la razón.
Romero alquila una Toyota Hilux y parte hacia el puerto. Busca buchones entre los empleados de las pesqueras. Yo compro algunos libros que eligió Delfina y alterno esas pocas noches entre los guerreros del Imperio Medio y algunos encuentros con la Inglesa, que me nota particularmente silencioso. Salgo del paso contándole los códigos secretos que tenían aquellos soldados del faraón.
El oro del coraje y todas esas cosas. Al final de la semana, le comento mis primeras impresiones a Beatriz Belda y le pido permiso para pasar de la teoría a la práctica. Me habilita, pero me ordena que sea cauto. Y estoy siendo muy cauto esta tarde mientras vigilo con mis prismáticos al arquitecto y parloteo por el «manos libres» con Palma. A las siete en punto cuelgo porque Quelo cierra su celular, se pone el saco y baja las persianas americanas. Al rato lo veo sentado frente al volante de su Renault azul. Lo sigo hasta la ruta y me mantengo a media distancia. Hay tráfico ligero, es un atardecer otoñal lleno de amarillos y naranjas; pronto desaparecerán los últimos rayos de sol y bajará la temperatura.
La chacra es una parcela mediana al cabo de un camino secundario. No hay modo de llegar hasta la tranquera sin ser visto desde una casa de techo a dos aguas que hay detrás de un sembradío. Agarro los binoculares y diviso el porche de la señora Burgueño, la solterona que deschavó las visitas de Flavio y la presencia del Peugeot blanco el día de la desgracia. Tiene tres peones cama afuera, pero ya es tarde, está sola y probablemente se recoja temprano y ande mirando televisión junto a la estufa de leños o cocinándose la cena: una columna de humo sale por la chimenea de atrás; hay un bayo pastando a cien metros. De la viga del porche penden caireles, cruces y talismanes. Una chacarera supersticiosa. Aminoro la marcha para darle tiempo al arquitecto, que atraviesa la huella y se interna en el terreno. Su casa está protegida por álamos que la hunden en sombras. No tiene perros. Espero quince minutos más, y toco bocina, después apago el motor, camino hasta la tranquera y bato palmas. Como tarda en salir a buscarme, me doy permiso para abrir y avanzar por la senda. Los benteveos están en pleno barullo. Imagino que Ezequiel me espera con una escopeta, pero aparece con las manos vacías. Es un flaquito inestable con cara de susto. Me presento como investigador judicial, le muestro incluso una credencial trucha.
—Estamos revisando los hechos y necesitaba hacerle unas preguntas —propongo con tono rutinario.
Se quita los anteojos de montura dorada y se aprieta los ojos, como si le ardieran. Ya no lleva camisa blanca ni corbata verde ni zapatos bien lustrados.
Está vestido de entrecasa, con un buzo, un pantalón de gimnasia y unas alpargatas de campo.
—¿Cuántas veces voy a tener que contar lo mismo? —pregunta, a la manera de una plegaria. Pero de inmediato se sobrepone y me da la mano, es un hombre amable—. Pase, pase por favor. ¿Quiere tomar un café?
Mientras lo prepara me cuenta por enésima vez lo que pasó aquella nochecita.
Afuera ya está oscuro y adentro la salamandra no consigue insuflar calor a ese hogar huérfano. Ni siquiera me saco el gabán. Escucho a Ezequiel mientras miro la bañadera y me paro en el lugar donde encontró caída a Carla Jakov. No hay manchas ni ningún otro rastro de la tragedia; todo fue cuidadosamente limpiado hace muchos meses. Es una sala enorme, con un living y un comedor lleno de motivos criollos, que da a un dormitorio por la derecha y a una habitación por la izquierda. Quelo sale de la cocina y me extiende un jarro. El café está negrísimo, sin una pizca de azúcar. Busca en un mueble un disco y lo coloca en el aparato.
Suena Whole lotta love, pero no atruena. «Necesitas sosegarte, nena, no bromeo, voy a mandarte de vuelta a la escuela. Muy en el fondo, cariño, lo necesitas. Te voy a dar mi amor».
—Plant la cargaba de energía —dice el viudo sin dramatismos—. Carla ponía este tema en automático y podía escucharlo horas y horas mientras pintaba o bailaba.
—Hay algo que no entiendo —consulto mi libreta—. Hubo un desperfecto con el celular de ella. Todo un escándalo.
—Se borraron algunas llamadas, incluso varias de nuestra propia familia que recordábamos o fuimos reconstruyendo —contesta calentándose las dos manos con su jarro—. La telefónica pasó un informe pero también parecía incompleto.
Leyó la denuncia de mi suegro, ¿no?
—Está convencido de que la policía metió el garfio —el café está que pela—. Y le inició una demanda a la compañía de teléfonos.
—Flavio no figuraba en la nómina, eso es seguro —convalida con ojos extenuados—, cuando yo sé perfectamente que se hablaban casi todos los días.
Trato de entender si el comentario sugiere celos o resentimiento, pero me parece meramente informativo. Luce inseguro y frágil. Recuerdo algo que me escribió Maca después de leer su declaración testimonial: Quelo tuvo desde el comienzo la idea de que para Carla él había sido un plan B, una resignación, y por eso toleró para siempre los coqueteos y suspiros de ella por su antiguo amante. Estaba muy claro que Quelo admiraba tanto el talento de su rival como ella misma, y que le festejaban juntos a Flavio su creatividad, su audacia y su exotismo. No sabemos si el hijo de Farrell mantenía además relaciones carnales con la maestra pero si las tenía, el cornudo negaba la situación por debilidad.
Es fácil colegir que la Dirección de Seguridad se encargó del teléfono y de la telefónica, y que la Científica contaminó cualquier indicio en la chacra. El gobernador y su familia le deben la vida a Jalil. En su aturdimiento y desesperación, Quelo tampoco ayudó mucho: alzó a los gritos a Carla, la metió en el Renault y se la llevó hasta una clínica rural como si pudieran reanimarla, algo ya imposible. Los médicos llamaron a la policía, y el arquitecto no regresó a la escena del crimen hasta dos días más tarde. Lo tuvieron demorado en la seccional, bajo interrogatorio y sospecha de haber matado a su esposa. Cuarenta y ocho horas para que el Turco y su muchachos adecentaran todo. Facilísimo.
Quelo recién volvió a la chacra cuando se conoció el resultado de la autopsia y se hizo evidente que durante la hora fatal el marido estaba visitando una obra y discutiendo con uno de sus clientes. Los comisarios no se privaron, sin embargo, de tenerlo mucho tiempo en la picota bajo la teoría de que podía haber contratado a un asesino profesional. La Inglesa escribió la refutación: un killer hubiera utilizado un arma de fuego y habría simulado un robo. De la casa no faltaba ni un lápiz.
—Lo importante es que su suegro siempre creyó en su inocencia —le recuerdo acercando las manos a la salamandra.
—Es un buen hombre —dice cruzándose de brazos—. Pero no puede aceptar el destino y hacer de una vez el duelo. ¿Leyó a Sidharta?
—No —reconozco.
—«El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional».
—¿Usted no necesita que se haga justicia?
—¿Y qué arreglamos con eso? —me devuelve—. Carla era un terremoto, estaba llena de defectos deliciosos, cometía todo tipo de errores, pero era tan distinta, tan original, tan encantadora. No hubo un solo momento en que no me llenara con esa… luz.
—Pero esa luz se apagó.
—Y no importa quién y por qué lo hizo —convalida—. Se apagó y no va a volver. Eso es lo único que cuenta.
—¿Y cómo le cae al viejo Jakov esa filosofía budista?
—Como una puñalada —se sincera—. ¿De qué otro modo? A Luis no le queda otra cosa que la lucha. Eso lo mantiene vivo, aunque está realmente muy delicado.
—¿Qué le pasa?
—Tuvo tres ataques al corazón, dos de ellos bastante graves. Incluso lo operaron, le hicieron un triple bypass, pero es terco y no sigue las dietas ni los consejos del cardiólogo. Creo que ni toma los remedios. Supongo que se quiere morir.
Avanzo hacia el dormitorio y asomo la cabeza. La cama está desordenada.
Una biblioteca cubre toda esa ala de la sala principal. Ojeo los lomos: arte y orientalismo en partes iguales.
—Al viejo no le sacan de la cabeza que fue Flavio. ¿Usted qué opina?
—Para mí sería como una segunda muerte —dice, y la frase me suena tan pomposa que me vuelvo para descubrir si es una impostura.
Quelo percibe mi intención, y descuelga de una pared una foto enmarcada. La observa unos instantes y me la pasa. Flavio, Carla y Ezequiel abrazados en la nieve. Jóvenes, felices, unidos.
—Tengo un arcón lleno, por si quiere tomarse el trabajo —ofrece—. Quince años de solidaridad y de andanzas. Los tres mosqueteros, los tres chiflados.
—Un triángulo amoroso —digo con malicia.