La herida

La herida


VI. Últimos segundos del Minotauro

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Niega con la cabeza varias veces, y me quita la foto y la devuelve a su clavo.

—¿Y entonces por qué Flavio y usted no siguen tratándose como antes? —le pregunto.

—¿Cómo saben? —me sorprende—. ¿Nos pinchan los teléfonos?

—¿A Flavio le prohibieron que se acerque?

—¿Sabe por dónde se pasa Flavio las prohibiciones? —lanza una carcajada quebradiza. Enseguida vuelve a ponerse serio—: Flavio se resiste a compadecerse de las personas, le parece una gran debilidad. Yo lo conozco mejor que nadie. Está destrozado, haciendo el proceso a su modo, hay que esperarlo y tenerle paciencia.

—¿Por qué lo protegió el Estado si no es culpable?

—¿Por las dudas? —prueba—. No sé ni me interesa.

Entro en la habitación de la izquierda y me choco con su tablero pelado y con el caballete vacío. Es un cuarto de techos altos que hace las veces de desordenado atelier. Se nota que originalmente era el estudio de los dos, y que con el tiempo ella se fue apoderando de todos los espacios. Hay soportes acrílicos coloreados con esmalte, láminas con dibujos, muchas acuarelas y algunos óleos. Los estilos son muy variados y erráticos, y varias composiciones parecen a medio terminar, como si la artista los hubiera acometido con vehemencia y luego hubiera ido perdiendo convicción. Busco con la vista la última obra, la que dejó para darse un baño y fumarse un porro. La localizo en un rincón, sobre el piso, y la levanto para examinarla: es algo así como un ser mitológico, con un torso esculpido y triangular, perfectamente colorido y acabado, y una enorme cabeza de toro, aunque con ciertos rasgos humanos, apenas esbozados con lápiz y pincel.

—Una versión del Minotauro —explica Quelo a mis espaldas—. Estaba entrando en una etapa donde recreaba mitos y leyendas pero con impronta pop. No es lo que más me convence de ella, pero insistía porque había vendido en Buenos Aires una variante similar de «Leda y el Cisne». ¿Entiende algo de pintura?

—Muy poco —confieso, y me viene a la memoria difusamente la Villa Borghese.

—El cisne es Zeus y copula con la doncella —explica—. El Minotauro es un monstruo insaciable. Carla pintaba el deseo.

Nos quedamos mirando de soslayo al Minotauro incompleto. Por la ventana se manifiesta la oscuridad del campo. Al atelier no llegan los calores de la salamandra y no hay ninguna otra estufa encendida. Exhalamos vapor y silencio.

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