La herida

La herida


VII. La cacería

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VII

La cacería

Como es una cacería a campo abierto el Turco Jalil utiliza un Winchester 7mm Short Magnum con mira telescópica y Alejandro Farrell carga un fusil semiautomático .280 Remington. A mí me asignan un .243, que es un arma para novatos. No hay quejas. Con los pastos hasta la rodilla, vamos de una picada a la otra, mudos como depredadores y vestidos con ropa de fajina camuflada. Un Land Rover nos trajo desde la ciudad de los lagos hasta esta estancia de diez mil hectáreas, y un gaucho de bombachas y boina roja nos repartió equipo y caballos. Él mismo se unió a la cabalgata, que fue lenta y placentera y que nos insumió cerca de dos horas. La cordillera deslumbra al fondo en todo su esplendor, y las conversaciones se llenan de anécdotas y de lecciones: Jalil es el guía pero Alejandro quiere ufanarse de sus conocimientos, y no deja de contar jornadas gloriosas. Es un erudito del animal que perseguimos, me habla de «la brama», ese mes y medio donde el macho amenaza con gritos para marcar territorio y conquistar a la hembra. Estamos fuera de ese período, y también de los permitidos por la ley. Somos cazadores furtivos, pero ¿quién podría aplicarles el código y la multa al hijo del gobernador y al director de Seguridad? ¿Y a quién pertenece esta estancia descomunal? Los dos se ríen con fuerza.

El sol se pone rápido y llegamos a un apostadero poco antes de que oscurezca: una casucha de ladrillo, frente a una aguada artificial. Atamos los caballos e ingresamos en ese refugio confortable, donde hay trofeos y un grupo electrógeno. La heladera está bien provista, y el baqueano se encarga de las monturas, nos prepara un asado de jabalí y nos sirve un cabernet mendocino. Me explican que hay habilitado un coto hacia el sur, pero que ellos prefieren el reto de los grandes espacios. «Para que la batalla sea justa y la bestia tenga una oportunidad», puntualiza Jalil, que es un hombre compasivo. Alejandro menciona con entusiasmo las cabezas de 14 puntas, y los ciervos asesinos, que no tienen astas como coronas sino como afilados estoques. No salimos de la temática, y yo no hago otra cosa que escuchar y cruzar miradas con el Turco.

Para la copa final, el baqueano abre el mapa sobre la mesa de campaña y nos señala un rectángulo. Debemos seguir a pie dos o tres horas, y no olvidar algunos datos fundamentales: en una picada lejana él mismo vio hace dos días una huella nítida de un macho grande y pesado. Marca el lugar con birome.

También encontró señales, más al norte y cerca de un alambrado, de otro animal errante. Nos desea buena cacería: se queda a esperarnos con los caballos en esa retaguardia. «Mañana te traemos uno y lo cocinás —se exalta Junior, y se ocupa una vez más de educarme en el rito—: Lo comemos porque lo respetamos. Es obligación».

Después se conecta los auriculares y se duerme escuchando música electrónica. Jalil y yo seguimos fumando en la penumbra, sin intercambiar una palabra, algo muy llamativo si tenemos en cuenta la cantidad de asuntos pendientes. Duermo inquieto, como si mi vida corriera peligro, y ahora que avanzo por este terreno inhóspito donde cada bulto o silueta parece un ciervo colorado, tengo la misma sensación. En este métier, somos presa de una gran contradicción profesional: la paranoia puede destruirte, pero rara vez la intuición resulta equivocada. Me pregunto todo el tiempo si el .243 funcionará a la hora de la verdad, y lamento no haber traído la Glock ni el Smith & Wesson 36 de la tobillera.

En un momento dado, Jalil se retrasa para orinar y Alejandro me convida agua de su caramañola. «¿Sabés una cosa, Remil? —me confía de pronto—. A mí las pelotudeces que haga o deje de hacer mi hermano me chupan un huevo. A mí lo único que me preocupa es el proyecto político». Se me queda mirando fijo, pero percibo que no espera una respuesta; está elaborando su próxima meditación. «La petisa va a tener que inventar algo mejor que el condorito para que los votantes aflojen. Porque la gente es desagradecida y tiene mala leche —dice por fin, y alza un dedo—. Pero mejor que ustedes no metan la pata, porque con el proyecto no se jode». El parlamento de Junior no deja de caerme simpático; será porque pienso que nadie amenaza a un tipo al que están a punto de ejecutar. Pero un tiro se le puede escapar a cualquiera. Los accidentes de caza son muy habituales y Jalil me pisa los talones con su Winchester.

Estamos agitando el avispero con el crimen de Carla Jakov, y es lógico que el Turco sea el más nervioso de todos: se ocupó de borrar evidencias y buscar falsos culpables, y de repente vienen los porteños a revisarle la chapucería y a salvar con un acting la reputación herida de la familia gobernante. Maca y el Gran Jack están analizando uno por uno a los supuestos amantes despechados que aparecen en la causa: son seis o siete, y de dudosa actuación. Los empleados del Turco los metieron con distintas argucias en la trama general para distraer y embarrar la cancha, y para conseguir, en una de esas, que alguno se equivocara y quedara entrampado durante los procedimientos. La Inglesa, como vocera de Luis Jakov, se encargó de desmontar esas maniobras y de explicar con lógica detectivesca por qué ninguno de ellos pudo haber metido aquel gancho en la sien.

Después de inspeccionar la chacra de Quelo toqué a la puerta de la señora Burgueño, que me invitó a cenar un guiso. Es una matrona rodeada de perros y gatos, una dama corpulenta que cree en aparecidos. Me cuenta escenas delirantes sobre fantasmas de la zona, y viejos camelos de los pobladores, y me pregunto si pasaría una pericia psiquiátrica. Jura por la Biblia, no obstante, que Flavio Farrell venía seguido y que la tarde del día en que cayeron los patrulleros ella vio «con estos mismos ojos» su Peugeot 308, blanco como la caspa. Más tarde me asegura que dos de sus gatos son la reencarnación de una pareja de bandidos rurales. Se trata de una historia romántica y agridulce: una batida les da alcance y los fusila allá por el 900, cuando esta era todavía la Patagonia desierta. «Es por eso que mis gatos atigrados no se mezclan con los otros, y van juntitos a todas partes», me enseña. No tiene idea de que es una testigo clave, y tampoco de que no la requirieron más porque el juez fue a la retranca y cobró por los servicios prestados.

El encuentro con el Gringo es más terrenal. Simula tragarse la ficción del investigador judicial que está realizando una auditoría y me hace pasar a su jardín donde, rodilla en tierra, cura un rosal. Es efectivamente rojizo y tiene una panza de embarazo avanzado que combina con piernas de tero. El tostado patagónico apenas logra moderar un poco la palidez enfermiza de su cara. No le importa que fume al solcito, apoyado en el capot de su Ford Falcon Rural.

—La única esperanza, a esta altura, es que la causa por encubrimiento agravado avance un poco y alguna rata salga del agujero —dice manipulando el abono—. No sé, algún arrepentido, algún matón de Farrell con un poquito de remordimientos y de chucho. Estamos peleando contra todo el aparato del Estado. No sabe las zancadillas que me hicieron, doctor. Me atacaron diciendo que quería plata para callarme, me acusaron de estar armando una carrera política, me trataron de loquito. Pero los vecinos me muestran cada vez más solidaridad, me transmiten fuerza cada día. Salga conmigo a la calle y va a ver.

Ellos saben que toda esta manganeta fue para salvar a uno de arriba. Nadie mueve tanto, nadie compra tantos funcionarios, voltea tantos indicios, nadie inventa tantos perejiles para que se coman el garrón, si no hay un poderoso metido hasta la verija.

—¿Usted lo conocía personalmente a Flavio? —lo interrumpo.

Se encoje de hombros y agarra una palita para remover otros yuyos y malezas.

—Nunca me lo trajo a casa —dice, como rezongando—. No crea que fui un buen padre. Muchas veces me quedé sin palabras. Y Carla no me daba explicaciones, era contestadora y escandalosa, y a lo mejor pensaba que no me caería bien esa situación confusa, me la ahorraba, y lo bien que hacía. Todo el mundo sabe que seguía enganchada con ese malparido. Todos menos mi yerno, que es un pobrecito y un bobo.

—Pero usted nunca habló de frente con su hija sobre esto.

—Nunca —suspira con los brazos caídos—. Pero yo sabía con mi corazón de padre que ella se veía con el hijo de Farrell. Que iba a su bulín, y que después él actuaba de amigo de Quelo como si nada. Quince años con este juego; ya los tres lo asumían como algo normal. No me entra en la cabeza. Pienso mucho en eso de noche, cuando tengo insomnio. Pienso en mi finada mujer y en cómo me hizo falta, y en por qué Carla me salió así.

—¿Alguna vez lo llamó Flavio para aclarar algo?

—Jamás.

—¿Y el gobernador?

—Después de la marcha de silencio me citó en su privada. Fuimos con mi abogado y nos tuvo dos horas en salita de espera. Y luego nos derivó a la Dirección de Seguridad, que queda en el otro piso. Me atendió Jalil, con buenos modales. Me ofreció ayuda financiera para que abriera una fundación, me insinuó que yo debía cuidarme de cometer injurias si no quería perder esta casa.

Le dije que era un Judas y que se iba a quemar en el infierno. Esa tarde me dio una angina de pecho.

La charla es larga y le permite al Gringo arreglar muchos desperfectos del jardín, pero no agrega demasiado a lo que ya sabemos. Lo ayudo varias veces a ponerse de pie, está agitado. Me retiro prometiéndole que muy pronto tendrá noticias mías, y dedico toda la tarde a nadar y a boxear en el club Convergencia.

Por la noche subo hasta la suite de Belda y la encuentro con Marquís. Toman Talisker y estudian lo que Beatriz denomina «guerrilla hegemónica». Acciones divisionistas que, siguiendo su consejo, Farrell impulsa en gremios y actividades privadas. Patria y antipatria, pero en clave provincial: amigos y enemigos del progreso, aves que vuelan y reptiles que se arrastran, defensores de la causa federal y abominables títeres del centralismo. Unos contra otros. La estratega alude también a la necesidad de desplazar cuanto antes al Lolo Muñoz y colocar en su lugar a un experto traído de Buenos Aires que sea capaz de espectacularizar los actos y organizar grandes fiestas populares. «Necesitamos luces, pantallas, fuegos artificiales, megalomanía», sonríe. A continuación me pide que desembuche.

—La causa está hundida pero sigue abierta —les recuerdo, aceptando una cerveza del frigobar—. Y en dos años, dependiendo de la correlación de fuerzas políticas, podría unificarse con la del encubrimiento e ir a juicio oral. ¿La gran ventaja? Es probable que el viejo no aguante tanto. Y él es el verdadero y único motor. Muerto el perro, se acabó la rabia. Porque el viudo está ansioso por dar vuelta la página y olvidarse de toda esta basura.

—¿Y el pavo real? —pregunta BB—. ¿Ese abogado no seguiría adelante solo?

—Marquís podría meterlo en una de sus gangas millonarias —sugiero con cuidado—. Más tarde, sin el padre y con el viudo flojo, a lo mejor no le dan tantas ganas de litigar, sobre todo si para entonces tiene otro estatus y se le hace entender que perdería todos esos beneficios. Habría que hacer una operación suave y sutil, porque las ofertas burdas de Farrell no funcionaron. Que el abogado no sospeche y que se vaya enviciando, y que después sea demasiado tarde.

—No es desatinado, solo hay que saber hacerlo —confirma Marquís acariciándose la barba mosquetera—. ¿Y la vecina?

—Es medio esotérica —digo—. Si eso lo incentivamos con un simulacro y la obligamos a que haga alguna denuncia disparatada, después con ese simple antecedente policial podemos tratarla de mitómana y torpedear su testimonio.

—Todo esto va a salir plata —dice Marquís, evocando aquellas célebres palabras que Cerdá debió tragarse.

—Lo que se arregla con plata sale barato —interviene otra vez Beatriz, pensativa—. ¿Hay forma de blindar al pibe?

—Podemos intentar conseguirle una nueva coartada —le explico—. Es complejo, y no estoy seguro de que se pueda. Habría que buscar un caso que sea de la misma época y que tenga compatibilidades. Y ofrecer guita y un buen trato a un procesado para que amplíe su declaración con un motivo plausible y deje por escrito que aquella tarde estuvo un rato en casa de Flavio para venderle algo, cualquier cosa. Un párrafo al paso, nada más, porque el resto de la declaración tiene que ser efectiva y consistente. Con un juez amigo, ese expediente seguiría su curso, pero quedaría asentado el punto y el defensor podría desenterrarlo en dos años, decir que Flavio olvidó aquella visita, y explotar la duda.

—Peores cosas hemos hecho, Betty —le dice Marquís—. Cheque y mejora de condiciones para el lumpen, y Banelco para su señoría. No es un testigo de alta credibilidad, pero apuntala el alegato.

—Hay que guiar, instruir y controlar muy bien al lumpen para que no sea peor el remedio que la enfermedad, porque pueden llamarlo al estrado —les advierto—. Aunque no siempre pasa.

—¿Es un método de Cálgaris? —quiere saber ella.

—Las pocas veces que lo probamos resultó —le confirmo—. Pero, obvio, teníamos personas sensatas en el tribunal oral.

—Acá también hay personas de una enorme sensatez —Marquís revuelve con un dedo el hielo de su vaso vacío.

Belda se lo vuelve a llenar, pero sigue ensimismada y nos obliga a cerrar el pico durante unos minutos. Camina hasta la ventana, descorre la cortina y mira sin ver la calle y la plaza. Permanece en esa contemplación un rato, y al cabo niega con la cabeza.

—No vamos a meternos en ese berenjenal hasta que sepamos qué pasó realmente con esa hippie y hasta que nos entreguen la Dirección de Seguridad —decide con voz ronca—. Además, el problema no es ese juicio hipotético, sino la desconfianza de este momento, que le está arruinando la reelección. A lo único que me comprometí es a escribir una fantasía y a echarla a rodar. Lo que tampoco es coser y cantar. Porque todavía me falta pulpa.

Hace un gesto con los dedos como si amasara masilla, y me culpa con los ojos. Le doy un trago largo a la cerveza.

—El próximo paso sería la familia real —le prevengo.

—De cerca y por dentro —medita ella, parpadeando—. Sin concesiones.

—Podés contarle nuestra estrategia judicial a Farrell y usarla como carnada —prueba Marquís—. Que se le haga agua la boca, y entonces zas: le pedís que la familia colabore un poco y que no se preocupe si le revoloteamos. Porque Jalil le debe poner fichas día y noche.

—Romero se está encargando de Jalil —aclaro.

—Con mucha demora —critica Marquís, que está apurado por vestir ese traje.

La redefinición del rumbo queda flotando en el aire por diez días más. Hago algunos seguimientos y fotografío las propiedades de los implicados, y le ordeno al Gran Jack que se desentienda definitivamente del caso Jakov y acelere los tiempos con los diversos kioscos de Jalil y la exportación de cocaína. El comisario está persuadido de que el Turco es el nexo entre esos dos rebusques, y vuela a Buenos Aires para conversar un fin de semana entero con Leandro Cálgaris: BB llamó al coronel para quejarse por la lentitud de esa investigación, y el mandamás de la Casita convocó a Romero para asesorarlo. Al regresar me cuenta en el pub irlandés que ascendieron al Salteño y que está ocupando mi puesto en la agencia. Cálgaris habla con todos, menos conmigo. Romero teoriza sobre la compra de informantes: le habilitaron fondos reservados para tentar buchones en el puerto, y esa práctica le hace acordar aquellos tiempos en los que caía en cárceles de máxima seguridad con paquetes de comida, citaba en una sala discreta a los porongas que él mismo había puesto presos y se pasaba la tarde sacándoles datos sobre bandas mixtas. «Vos viste, es durísima la vida en la tumba —me recuerda—. A veces con dos paquetes de yerba y tres cartones de cigarrillos hacés un estropicio. Un día uno me explicó en detalle cómo se estaban formando las bandas de secuestros extorsivos. Y tenía razón, había que conseguir del Servicio Penitenciario las disposiciones de los pabellones y llevar actualizado ese registro, porque las patotas no se arman entre especialistas sino entre compañeros de ranchada. Es por eso que a lo mejor un escruchante de cuarta o un cortacuero termina después participando de un hecho importante. Nosotros creíamos que se buscaban a los mejores, tipo Los doce del patíbulo. Pero no. Se hace con los chorizos y los aliados de la covacha. ¡No sabés lo que me ayudó esa boludez! Le encontramos la punta del ovillo y desarmamos varios grupos pesados».

Esa misma noche toca Silvia Miller algunas piezas de Tom Jobim y, a modo de concesión, una versión dócil y acompasada de «La Yumba». Terminamos en su casa de las bardas, pero antes de quitarse el cárdigan me dispara a quemarropa: «Lo fuiste a ver al Gringo. ¿Qué pasa? ¿Farrell está nervioso?». Es una mujer que no se rebaja a hacer una escena; solo por eso no me grita «hijo de puta». Pero tiene el insulto a flor de labios. Le arden los pómulos y las pupilas amarillas. Sacó conclusiones rápidas, y todas son acertadas. No me trajo hasta acá para la lujuria, sino para discutir a puertas cerradas y para interrogarme a fondo. Me rasco la nuca, es una emboscada.

—Estás demasiado segura —le digo—. Y eso no le hace bien a un periodista.

—¡A mí no me vas a dar lecciones de periodismo! —se indigna. Su gata persa salta del piso a la ventana—. Ya el hecho de que te hayan involucrado no hace más que confirmar su culpabilidad. Porque los tiburones como vos no vienen a aclarar sino a oscurecer, ¿no?

—No están mal tus notas, pero es un callejón sin salida.

—¡Es un callejón sin salida porque tienen la sartén por el mango!

Me doy cuenta de que necesita algo inviable. Que yo confiese mis propósitos y me convierta en su fuente, o que al menos me digne a debatir con ella los detalles de la pesquisa. La miro con pena; muy pronto tendré nostalgia de su voz y de su cuerpo. Encaro la salida arrastrando los pies.

—Si te vas no volvés —refuerza, y no hay deseo ni violencia en esa afirmación.

Ninguno de nosotros dos tiene más religión que las reglas profesionales, somos presos de esas pocas creencias. Es una lástima.

Regreso a mi cuarto y paso la noche en vela, haciéndome preguntas sobre Cálgaris y mi dolor de garganta. Por la mañana tengo orden de ir a recoger al aeropuerto a Diana Galves y Juan Domingo. Nos encontramos con el Lolo Muñoz en la pista. Los llevo a los tres en la 4×4. El secretario de Cultura anda preocupadísimo por el Festival de las Letras. Vienen escritores argentinos importantes y plumas destacadas de América Latina; incluso han logrado importar a un francés que ganó el premio Goncourt y solo le interesa hacer turismo. El Lolo no conoce a ninguno de esos figurones, no leyó ningún libro que no fuera el cancionero popular patagónico y quiere algún tipo de instrucción.

Fresca y de buen humor, la diva no se ahorra maldades: «Estos son muertos de hambre, Lolo. No te agites. A los que aceptaron la invitación no los lee ni su madre. Consiguen prestigio gracias a profesores y críticos que viven de inventar la pólvora, y con ayuda de camarillas que se van armando con canje de favores. Y se consuelan pensando que sus libros no se venden porque la masa es bruta y ellos son demasiado buenos. Les queda la Posteridad, y mientras tanto, los viajes y las ferias por el mundo, donde comen como reyes y toman como cosacos, posan de escritores y tratan de ser traducidos. Algunos incluso lo consiguen, pero después resulta que tampoco los lectores europeos comprenden su enorme talento. Así que les encanta esto que vamos a ofrecerles. Sándwiches de miga, becas provinciales, talleres bien pagos y lo máximo, una residencia frente a los lagos, donde puedan escribir sintiéndose trascendentes». El sarcasmo de Lady Di no calma la inquietud del ministro, que se revuelve en su asiento como si le picara el culo. «Si Farrell les tira un hueso lo van a defender y justificar como si fuera Lorenzo de Medici —agrega ella—. La progresía, en eso, nunca falla». El Lolo Muñoz debe creer que Lorenzo es un gobernador del Noroeste. No va a respirar tranquilo hasta que el último genio de las letras haya regresado a su cenáculo.

La reina de la batalla cultural se mueve entre narradores y poetas con la misma gracia impune que entre directores y actrices, a pesar de que sus lecturas no superan las solapas. Pero parece que interpretó en cine y en teatro a varios escritores universales, y se defiende en los corrillos con anécdotas de sus vidas privadas. En una de las ceremonias, se permite leer versos de Borges y de García Lorca, y deschavar el odio que aparentemente uno guardaba por el otro. Cita a un tal Barnes, que la diva conoció en su casa del Reino Unido y que había fabricado una escultura donde varios insectos se pisoteaban entre ellos para llegar a lo más alto. La obra se llamaba «Ambiente literario londinense».

Algunos invitados se ríen y la aplauden. Oigo que uno la llama por lo bajo «chiruza» y que cunde en esa bandada un cinismo hipócrita y discreto. Cerdá hace cerrar al público su restaurante sobre el río y ofrece un banquete. Beatriz y Diana practican su francés con el ganador del Goncourt, y se ríen de todas sus intervenciones. Más temprano de lo previsto, el gobernador saluda a la concurrencia y la deja en buena compañía. Se vuelve un segundo al verme cerca de la puerta y me llama. Lo sigo hasta el coche y me pregunta si puedo acompañarlo. Es un paseo corto. Las damas no me necesitan, así que acepto el convite. Farrell ha perdido cerca de doce kilos. Y tenía razón Diana: vistas de cerca, sus canas plateadas le confieren un mínimo de honorabilidad. Le ordena al custodio que se baje y al chofer que lo conduzca hasta su residencia. Quiere una charla de hombre a hombre, y con la máxima reserva posible.

—Me cuesta, me cuesta, Remil —empieza—. Entiendo todo lo que dice Beatriz, hay que remover esta basura porque si no estamos fritos. Es lógico. Pero me da un gran cagazo. Se imagina por qué.

—Me imagino —contesto—. La familia.

Abre los brazos y mira por la ventanilla como si tratara de conectarse con sus razonamientos.

—Sobre todo mi mujer —afirma—. Ella siempre tuvo una salud precaria, es muy aprensiva, y no quiere saber nada con el tema. Tiene pánico. No le gusta ni un poquito que se revuelva la herida. Ni siquiera para curarla.

Intento cruzar miradas en el espejo retrovisor con el chofer, que tiene la edad exacta de Farrell. Pero es un empleado de total confianza: ni siquiera me concede esa diminuta complicidad.

—Lo va a recibir mañana para tomar el té —me sorprende el gobernador rascándose la coronilla—. Me costó muchísimo convencerla. Y no tiene disposición de ánimo, no espere gran colaboración.

Como no le contesto gira y me sonríe con cansancio. Después me agarra el pin del cóndor y lo frota con su dedo pulgar.

—Ella tiene la teoría de que todos fuimos heridos alguna vez —dice con desgano—. No sé de dónde sacó esa pavada. «La herida fundamental». Y que nos pasamos los años luchando contra ese accidente de la vida, que algunos ni siquiera son capaces de reconocer.

Suelta el pin y me confronta:

—Dice que yo fui la causa de sus problemas, y que la mala estrella de Flavio es consecuencia de esa misma herida original.

—¿Flavio estará presente?

—¡Eso no lo sabe ni él mismo! —exclama—. ¿Tiene idea de la cantidad de veces que me desobedeció y nos dejó plantados? Desde chiquito tuvo esos desaires conmigo. Supongo que la madre lo puso contra mí. Y nunca más logramos encauzar la relación.

—Pero usted habrá conversado con él sobre la muerte de la Polaca.

—Una sola vez y porque Delfina lo obligó —reconoce, y cierra los ojos como si tuviera peritonitis—. Fue una discusión espantosa.

—¿Le creyó? —pregunto, y ahora el chofer no puede evitar espiarme.

Farrell se queda veinte segundos pensando la respuesta.

—Jalil investigó en serio, puede preguntarle —dice soltando un suspiro—. Fue un operativo para joder a mi gobierno.

No se saldrá nunca de ese libreto. No va a servir de nada arrinconarlo con las maniobras que el director de Seguridad puso en marcha para sacar de la zanja a su hijo. Si la Inglesa lo tuviera a tiro de grabador, lo acostaría de una sola perdigonada.

Un muro a prueba de curiosos rodea la residencia; no se sabe por lo tanto si todavía hay luces prendidas. Le ordena al chofer que me devuelva al restaurante, se apea con dificultad y se agacha para decirme:

—Guante de seda, Remil. La política ya nos hizo mucho daño. Guante de seda.

Al regresar compruebo que la mayoría de los escritores ya se dispersaron, y que el resto está vaciando la bodega y cantando en broma la Internacional. Cerdá aguanta con estoicismo el batifondo, aunque perdió la raya perfecta del pelo, y el Lolo Muñoz se mantiene calladito y acobardado. BB me pide que las lleve hasta el Hotel Río Azul. El francés, que está un poco achispado, va con ellas. Escucho que claman por dos botellas de Cristal y que imparten una única directiva: no molestar hasta mañana. Medito un poco sobre los significados de esta nueva costumbre. Me intriga cuántos secretos más guardarán las damas.

En el lobby recibo un llamado de Palma: cada tres días un técnico de la Cueva revisa la suite de Belda, el cuarto de Galves, la Conejera, el Chalet y cada uno de nuestros vehículos en busca de micrófonos ambientales. «Esta vez el fumigador encontró cascarudos», me anuncia. Desde el principio se registraron algunas tentativas de vulnerar nuestro escudo informático y penetrar en nuestra telefonía móvil, pero es la primera vez que el Turco se arriesga a tanto, algo que muestra el peligroso crecimiento de su inquietud. «Los cascarudos fueron aplastados», informa Palma como si hiciera falta, y le corto.

Asisto al té con puntualidad británica. El portón de la residencia se abre automáticamente y dos vigiladores me invitan a pasar por el detector de metales.

No suena la chicharra porque dejé toda la ferretería en la guantera de la camioneta. Un mayordomo, o algo por el estilo, me conduce hasta un living de veinte metros, y me ofrece asiento. Recojo de la mesa baja un ejemplar de «Las hermanas Romanov»: el señalador demuestra que su dueña tiene muy avanzada la lectura.

—Pobre mujer —se queja, llegando desde el fondo.

—¿Quién, Anastasia? —pregunto, sorprendido.

—No, señor, la zarina —me corrige—. Se desvivió por criar a sus hijos como personas normales y apartarlos de los horrores del poder. Pero fracasó.

Me tiende la mano y me la sostiene brevemente mientras me evalúa con sus ojos apagados. Delfina Maggi parece más baja, delgada y arrugada que cuando la conocí en aquella recepción de bienvenida. Señala el sillón donde debo sentarme y se acomoda en el extremo de un sofá. Es una sala con algunos objetos de arte pero también con una austeridad inesperada.

—¿Le interesa la historia? —me pregunta, cruzándose de piernas.

—Estoy leyendo una novela sobre Amenemhat III —respondo.

Hasta cuando sonríe es agria.

—No creo en las coincidencias, señor —concluye, y levanta el mentón para hacerle una mueca al mayordomo. Que coloca sobre el mantel de la mesita la porcelana, ofrece scones y sirve un té en hebras oscuro y perfumado.

—Mi marido dice que usted es el Jalil de Belda —le agrega a su taza un terrón de azúcar—. Y que quiere ayudar a Flavio. Muy tierno. Tiene que saber algo: a mi hijo se lo ayuda dejándolo en paz. Sufrió mucho con la muerte de Carla y con todas esas calumnias.

—Estamos seguros de que se cometió una injusticia —le miento—. Pero mientras la sospecha esté metida en la cabeza de la gente…

—A Flavio y a mí no nos importa lo que piense «la gente», como usted la llama —me corta con autoridad—. A la que le quita el sueño todo eso es a la otra rama de la familia, que vive de la opinión y de las miserias de «la gente».

Bebe un sorbo de té humeante mientras calibra mi reacción. Bajo la vista para que no pueda asomarse. El té me gusta con unas gotas de ginebra, pero no la reclamo.

—¿Usted la trataba a Carla Jakov? —le pregunto.

—Cuando estaban de novios venía siempre —puntualiza con precaución, remolcando las palabras—. Y después la vi en algún cumpleaños de Flavio, ya con el esposo. ¿Qué me está preguntando? ¿Si era una buena chica, si se acostaba con mi hijo?

—¿Se acostaba?

Se queda con la taza en alto, calculando la medida de mi atrevimiento. Luego coloca lentamente la taza en su lugar, como si quisiera controlar su pulso.

—¿Por qué no se lo pregunta a él? —murmura—. Está llegando.

Por simetría yo también deposito el té en la mesa. Intento pasar a la segunda base, pero ella me para en seco:

—Esperemos, no puede tardar mucho.

Dudo si forzar una charla sobre los Romanov o sobre los egipcios, pero comprendo de inmediato que ella no va a despegar los labios hasta que su hijo se haga presente. Está sentada derecha y me observa desafiante. Me cuesta sostenerle la mirada y empiezo a necesitar con urgencia un cigarrillo. Vaya temperamento. ¿Sería capaz esta mujer de matar? No tiene la suficiente fuerza para aplicar aquel gancho mortal, pero la respuesta es sí. Podría matar y volver a hacerlo. Soy un experto, reconozco instintivamente esa veta oscura.

La tetera se hiela durante esos larguísimos minutos; en el silencio glacial puedo hasta oír mis latidos. El mayordomo retira la merienda y el único movimiento que hace la estatua consiste en descabalgar la pierna y barrerse del regazo migas imaginarias. Nos rescatan de este ajedrez pasivo el ruido de la puerta y los pasos en el corredor. Siento alivio al comprobar que Flavio Farrell acudió a nuestra cita. Sus patillas están más cortas y su pelo más largo, pero sigue calzando zapatos de acomplejado y vistiendo camisa con cuello mao cerrado. Besa a su madre en la frente y no se molesta en ofrecerme su mano.

Reconozco su tatuaje en la muñeca izquierda, que según Maca es un kanji japonés y significa «fuerte o fuerza». Se deja caer en el otro extremo del sofá, pero no se quita las gafas negras.

—¿Y ahora qué? —resopla.

—El señor me estaba preguntando si te acostabas con Carla —refresca su madre.

—Por supuesto —responde sin sonreír—. Y también la maté. ¿Qué más?

—¿Por qué la mató si la quería tanto? —le pregunto.

Mete las palmas bajo las axilas y levanta la nariz como si estuviera oliendo su perfume en la distancia.

—¿Porque quería dejarme? —prueba—. ¿Porque Quelo nos había descubierto? ¿Por una bronca de momento, porque soy un psicópata?

—¿Se supone que esas ironías le extienden un certificado de inocencia? —le devuelvo con dureza; la amabilidad no me lleva a ninguna parte—. ¿Qué hacía su Peugeot en la chacra?

—Esa vieja no distingue un Mercedes de un Fiat 600.

—¿Por qué la Dirección de Seguridad trabajó tanto para protegerlo?

—¿Porque soy el hijo del jefe? ¿Porque son más papistas que el Papa?

—¿Por qué su padre cree que usted la mató?

—¿Y quién le dijo eso? —salta, se quita las gafas y me quema con los ojos—. ¿Y a quién carajo le interesa en todo caso lo que piensa mi padre?

—¿Por qué no los llamó nunca ni a Quelo ni a Luis Jakov?

—¿Me está juzgando? —se enoja—. ¿Qué tendría para decirle a Quelo? ¿Mi más sentido pésame? ¿Perdoná, hermano, Carla nunca dejó de quererme? Por favor, no seamos pelotudos.

Caemos en una pausa prolongada y espesa. La admisión del triángulo es puramente verbal, el sospechoso nunca la confesó por escrito. Pero salvo a Quelo, a todos parecía constarle, era una verdad a gritos en la provincia. Maggi interviene:

—El amor es retorcido y complicado, pero que yo sepa no figura en el Código Procesal.

Flavio le dirige una mirada afectuosa, le acaricia el hombro.

—Compartimos con mamá una gran admiración por la cultura japonesa —dice sin sacarle los ojos de encima—. Y ella usa para mí un proverbio muy gracioso.

Los escruto sucesivamente a uno y a otro; ya sé que no piensan colaborar, que todo fue una comedia y que me voy a ir con las manos vacías.

—«Al clavo salido le toca siempre el martillazo» —recita entonces Delfina, y su hijo se ríe con auténtico deleite:

—Para el señor gobernador, yo siempre fui esa clase de clavo.

Maggi se pone de pie y obliga a que Flavio y yo la imitemos.

—¿Se les ocurre alguna idea? —pruebo.

—Ninguna, señor —dice ella.

Prendo un cigarrillo en cuanto vuelvo a pasar el detector de metales. Estoy cansado y sediento, como si hubiera caminado durante días por estepas y sabanas. Mano de seda y la puta que lo parió. A Belda no le gustará el resultado de esta tertulia. Me desquito en la piscina olímpica del club y me duermo temprano. Por la mañana Beatriz está efectivamente hecha una furia, pero no por las fintas de la zarina, sino por un informe que colgó la Inglesa en su portal: denuncia una operación millonaria para mejorar la alicaída imagen de Farrell y brinda números y nombres de aportantes que son proveedores del Estado y partidas generales de salud que fueron redireccionadas para el marketing político. En una subnota, desmiente la heroicidad del abuelo montañista y describe a su creadora, una experta en operaciones sucias y hegemonía populista que perdió su empleo en la Casa Rosada y que vende ahora en la provincia sus servicios y sus «tácticas de la discordia». Promete que en próximas entregas revelará también el programa del exfiscal Marquís para colonizar la Justicia y apoderarse de la Dirección de Seguridad, y los «movimientos sigilosos» que despliegan agentes de Inteligencia para sepultar la causa por encubrimiento que pesa sobre varios funcionarios a raíz de la muerte de Carla Jakov.

Los habitués del sitio no pasan normalmente de dos mil, pero esta bomba fue viralizada: hay veinte mil personas que ya la leyeron y diez mil que la subieron a su Facebook. Presencio, por primera vez, un ataque de contrariedad: Beatriz Belda se traga dos aspirinas, reúne a su equipo y le ordena con voz airada que elaboren un texto repudiando estos rumores infundados. Llama por teléfono a Diana Galves, que acaba de llegar a Buenos Aires, para que contacte de nuevo a los más cercanos y les explique la situación: hay una embestida contra la cultura y está dirigida por periodistas a sueldo de los poderes concentrados. Se necesita un comunicado contundente y un respaldo total. No hace falta explicarle a Lady Di la metodología, porque la diva la ha puesto en práctica infinidad de veces.

Debe anoticiar primero a un pequeño grupo activo, que recibirá la mala nueva con indignación y se encargará de ir buscando la solidaridad del resto. Diana, en paralelo, hará lobby con los más destacados y tratará de dar vuelta a los renuentes. ¿Cómo no firmar si lo hacen mis compañeros y si además es por una razón tan noble? Beatriz sabe que algunos se resistirán con lucidez, pero que muchos de los poetas, narradores, actores, directores y guionistas autorizarán su firma, y que el repudio parecerá lo que no es: masivo y compacto. Llama a Cerdá para que reserve páginas en los diarios del domingo, pero le advierte que no avise a los nacionales; no quiere atraer la atención de ellos, apenas contrarrestar las habladurías de pueblo. Necesita que los ciudadanos de esta provincia duden de las intenciones y de la veracidad de Silvia Miller. Habrá treinta y seis horas de vigilia, en las que el Chalet y sus corresponsalías porteñas estarán a pleno, sin pausas, en alerta y movilización. A la medianoche, la estratega me pide que suba a su despacho y cierre la puerta. Está descalza y tiene los pies sobre el escritorio:

—No podemos permitir que tu novia siente un precedente —me clava.

Como no vale la pena explicarle que no es mi novia y como no está poniendo bajo sospecha mi lealtad, dejo que exponga su teoría.

—Si sale lo más campante de esta, otros pueden sacar la conclusión de que somos débiles y decidirse a zamarrearnos en el patio del colegio —me sermonea—. Tu novia tiene que recibir una medida disciplinaria.

—No sé de qué nivel estamos hablando —tanteo.

—Digamos nivel tres —dice en tono zumbón—. Que no corra sangre, ni siquiera que se lleve un susto. Pero que trague un poco de saliva.

—Palma podría inyectarle un virus y destruirle todo, y hostigarla durante meses para que no pueda ni abrir un correo de Gmail. Y castigar también a los que salgan a respaldarla públicamente. Puede convertirla en una apestada.

—Una persecución informática —se regocija mirando el techo.

—Con el riesgo de que sea un búmeran.

—¿Y dónde va a acusarnos, si los diarios son nuestros y es un hecho tan chiquito que no da para cobertura nacional?

—Asociaciones de defensa de la libertad de expresión. Organizaciones de derechos humanos.

—¡Ojalá! —lanza, de buen humor—. Así toma nota la clase de que no es gratis meterse con nosotros.

Saco el celular para poner en acción a Palma. Levanta una mano:

—El lunes, después de la publicación de la solicitada —precisa—. Y una cosa más, Remil. A mí también me gusta esa mina, tiene ovarios y neuronas. ¿Pensás que alguna vez podría cambiar de vereda?

—Ni en cien años.

—Qué estructurado es el cerebro masculino —se queja con ironía—. ¿Querés hacer una apuesta?

La solicitada resulta contundente, los soldados de la cultura nunca decepcionan, y el asalto de Palma se vuelve devastador. Alejandro Farrell y el Turco Jalil caen por el Chalet, algo completamente excepcional, y la felicitan a Belda por el manejo de la crisis. Al salir me invitan de nuevo a cazar en la zona de los lagos. «Mala fariña», le digo a Beatriz cuando se marchan. «Puede ser una buena oportunidad para sondearlos», me alienta. Así que esa es la razón por la que finalmente cargo este .243 de baja efectividad, y avanzo por el bosque andino con dos compañeros armados.

Dura tres horas la caminata hasta el rastro que nos indicó el baqueano, y Alejandro se adelanta lleno de ansiedad, agarrado a su Remington como si fuera un juego y estuviéramos en una expedición peligrosa. No sabe lo que es caminar de verdad por territorio comanche. Jalil aprovecha la distancia para ponerme una mano sobre el hombro. «Ese comisario no tiene idea del lío en que se está metiendo», me anuncia, y me quedo seco. Pudiendo rebasarme por la derecha aminora para que yo siga al frente y él quede siempre a mis espaldas. «¿Tu jefa piensa que me calienta tanto el juicio Jakov? —me pregunta. Es un susurro que me llega por la nuca—. ¿O que me vuelvo loco por este carguito? Por favor, Remil, no me menosprecien tanto». Subimos una pequeña lomada; el Turco está enviando un mensaje inesperado. «Rasquen el fondo de la olla con la maestra y con el impotente de su marido, inventen la película que les parezca —dice sin perder el aliento—. Que esa rata de Marquís agarre el timón de una buena vez, y que Cálgaris moje el pancito en la salsa. Todo bien. Pero que Romero se deje de joder, porque se está cebando y no sé dónde puede terminar». Alejandro, a doscientos metros, avisa por handy y Jalil levanta sus prismáticos. «El macho —dice—. Apuremos». No se me ocurre más que obedecerlo y esperar a que el Turco sea más específico, pero presiento que se trata de una conversación privada y que no le conviene involucrar al hijo del gobernador. Los dos tienen intereses convergentes, y algunos claramente diferenciados.

A pesar del tiempo transcurrido, la huella no se ha desdibujado: debaten entre los dos una estrategia, y deciden continuar hacia el norte, siempre contra el viento. Los ciervos pueden olernos a cuatrocientos metros, y Junior está convencido de que este no se ha alejado mucho. Jalil, que es su maestro, no abriga tantas esperanzas, pero no quiere desanimarlo. El veterano me cede de nuevo el paso, con una caballerosidad sospechosa, y Alejandro me pregunta por qué prefiero el boxeo a las artes marciales. Le explico que soy cinturón negro en karate, que practiqué judo y jiu jitsu, y que fui entrenado en el combate cuerpo a cuerpo de las Fuerzas Especiales, pero que solo me siento seguro si soy capaz de noquear a un campeón peso mediano. «Una vez perdí una pelea con un comando que sabía boxear y que estaba en otra categoría —le conté—. Me cagó a puñetazos, casi me quiebra. Pero ningún luchador con técnicas orientales pudo jamás ganarme la parada. Supongo que soy boxeador por esa superstición de viejo soldado». Junior mira con picardía a Jalil y le suelta: «Por ahí a Remil nunca le tocó un verdadero ninja». El Turco lo apoya con una sonrisa, pero le advierte:

«Yo no probaría con alguien que estuvo infiltrado en la cárcel y vivió para contarlo. Además, no me imagino que un karateka se fajara con el negro Monzón y lo dejara groggy. ¿Vos sí?». Alejandro Farrell se pone serio, casi refunfuña: «¿Y quién se acuerda de Monzón? ¡Ustedes son dos dinosaurios!».

Caminamos media hora más en silencio por esa policromía otoñal de rojos, ocres y amarillos; bordeando un pinar, agachándonos a veces entre arbustos achaparrados. En un tramo de pequeñas elevaciones, Jalil baja sus binoculares y toca el codo de su discípulo. Alejandro levanta el Remington y recorre el terreno con la mira. «¡Esperá, está muy lejos todavía!», lo previene el Turco en voz baja, pero Alejandro es impetuoso: dispara una, dos, tres veces. Y falla. Me cuesta divisar al macho, no tengo ojos de cazador, pero al final creo localizarlo en una hondonada: siempre estuvo fuera de nuestro alcance. Alex quiere seguirlo a la carrera, Jalil lo convence de que eso es inútil. El muchacho está irritado, herido en su enorme orgullo. Descansamos un rato al sol, bajo un concierto de chimangos y loros barranqueros, y Jalil propone modificar la dirección y probar en una picada que queda hacia el oeste. «Es la picada de la suerte —le dice como si quisiera levantarle el ánimo—. Acordate el año pasado». Pero el chico está de mal humor, ni siquiera quiere escuchar esa historia prodigiosa. Bajo las cejas recargadas, el Turco me dirige una insólita mirada de auxilio. Para cambiar de tema le pregunto a Alejandro Farrell por qué, con su evidente destreza, no participó nunca en los torneos internacionales de taekwondo. Se lo toma a mal, me observa con tirria. «¿Te parece que no me da el cuero? —replica—. ¿Te gustaría evaluarme?». Desvío la mirada, Jalil se acaricia esa anchoa de pelos duros que lleva sobre el labio superior. El primogénito se para y me pregunta: «¿Te gustaría evaluarme ahora mismo?». Qué hermosa familia, pienso: el zar, la zarina y sus dos encantadores hijos. «Perdón, no quise ofenderte —le propongo, agachando la cabeza—. Y aparte, soy un anciano para vos». Las disculpas no hacen más que contrariarlo. Interviene Jalil: «Es casi mediodía, Alex, si le metemos pata te juego lo que quieras a que encontramos otro macho en esa picada». Jalil también está de pie, y tiene el Winchester en sus manos. Por un momento, maestro y alumno parecen dos vaqueros a punto de agarrarse a tiros. No son ellos, sino sus sombras, o sus inconscientes. Y no se dan cuenta del absurdo, actúan por acto reflejo. Enseguida Alejandro ablanda el gesto y vuelve a reírse: «Dale, boludo, que estamos atrasados».

Emprendemos la marcha forzada; por primera vez me dan la espalda y avanzan juntos. Ya sé que no habrá accidente de caza, el mensajero tiene que volver sano y salvo a la ciudad. Pero es una tarde interminable, porque en la picada de la suerte no hay ni un chingolo. Y cerca de las cuatro surgen del monte dos cazadores más: un albino y un mapuche que cargan mochilas y escopetas calibre 12. La placidez se deshace; identifico al instante el porte y la pinta de los colegas. Jalil me confirma que son «muchachos» de la Dirección de Seguridad y que traen comida. Hay empanadas en una de las mochilas, y latas de cerveza, pero sé que los gorilas del Turco tenían orden de interceptarnos si no volvíamos antes de la una. Se mantienen apartados mientras nosotros almorzamos bajo un ciprés, y luego nos siguen sigilosamente, prestando excesiva atención a cada uno de mis movimientos. A las cinco y media, cuando la luz empieza a flaquear, Jalil encuentra otras huellas en el sotobosque, pero resultan algo confusas. Es cantado que si no fuera por la impaciencia de su amo ya habríamos vuelto al refugio, pero ¿quién le dice que no a un niño rico?

Acepto en esos epílogos mi rol de principiante y no me despego del Turco.

Avanzamos ahora casi en cuclillas, escudriñando el campo abierto, en un silencio de catedral vacía. Hasta que Alejandro se yergue a lo lejos y se lleva de nuevo la culata del fusil a la cara. «¡Es una hembra!», le avisa Jalil por handy. Da por descontado que Junior bajará su Remington, pero no lo hace. Y entonces el Turco suelta los binoculares y le repite: «¡Dejala, es una hembra joven!». Se trata de un código local de cazadores, un precepto consensuado para no romper el equilibrio de la manada. Puesta la norma, violarla es una herejía. Espío al albino y al mapuche, que permanecen ligeramente rezagados e impávidos, y vuelvo a mirar a Jalil, que parece escandalizado y perplejo. «Es una hembra, Alejandro», insiste por tercera vez, en un hilo de voz.

Pero Alejandro aprieta el gatillo.

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