La herida

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VIII. Conspiración en el Aubrey

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VIII

Conspiración en el Aubrey

A mil quinientos metros del puerto de ultramar hay un apostadero de lobos marinos. Beatriz y yo nos pasamos los prismáticos para ver a los machos en acción mientras el Gran Jack nos habla de la ballena franca y nos instruye sobre los chismes humanos de esa diminuta ciudad árida e industrial que atravesaremos en un momento con su Toyota Hilux blanca. Kilómetros y kilómetros de playa con caracoles y médanos, y un mar azul intenso, con alta concentración de sales y yodo, y por fin unos barrios chatos, con poca población estable y mucho litoral. Romero reivindica, sin embargo, el casco histórico y el pequeño museo, y nos señala dos boliches donde se come y se chupa bien, y donde es fácil tirar de la lengua y pagar por un buen dato. «Es un punto internacional con varias ventajas —diserta el comisario; lleva su campera de gamuza y su pañuelo al cuello, y unos anteojos oscuros acentúan su pinta de cana—. Ofrece bajos costos de operatividad, más rapidez y mejores condiciones geográficas: las aguas son tranquilas y está protegido de los vientos». Beatriz mira todo con desconfianza, encogida en su asiento como si tuviera frío a pesar de la calefacción. Lleva unas calzas negras de lana, botas cortas de cuero forradas con piel, un suéter irlandés grueso y amplio que la cubre hasta las rodillas, y una bufanda sobre la nariz.

—¿Administra el Estado o hay una concesión? —pregunta.

—Un mix —responde el Gran Jack—. El prestador privado es una sociedad anónima que integran treinta empresas. Frutícolas, mineras y algunas compañías para mi gusto un tanto fantasmales.

La terminal portuaria es una olla para buques de gran calado. Hay camiones y estibadores aburridos, y en la dársena están trabajando cansinamente dos grúas de un supercarguero.

—¿Qué nivel de control tienen? —pregunto desde el asiento trasero. El comisario se ríe:

—Acá los scanners funcionan con criterios muy raros, y se rompen cada dos por tres, Remil. No se usan perros, los inspectores rara vez suben a bordo para hacer requisas y no laburan con buzos de chequeo.

—Un desmanejo aduanero muy eficaz —se oye a BB, que no parece extrañada.

—Para las pesqueras es una uva —ratifica Romero—. Porque los tiras vigilan con mucho celo y aspaviento a los que están en regla, y hacen la vista gorda con los ilegales. No hace falta poner imanes en los cascos, eso es una antigüedad.

Las pesqueras se llevan el container directamente al depósito. Fuera de la mirada de los funcionarios, levantan la chapa de aislación, meten panes en la lana de vidrio y le ponen remaches nuevos. O en el barco desplazan los compresores de frío y reemplazan cajas de fruta o pescado por otras que vienen mezcladas con ladrillos de máxima pureza. Aunque el circuito está tan bien aceitado, comen tantos de esta fuente, que últimamente no hacen falta ni esas viejas artimañas.

—¿El destino? —pregunta la socióloga bostezando.

—África, y en menor medida Europa.

La Toyota ya sale del puerto y encara una ruta que conduce hacia el sur.

—No sé si es verso o verdad, Remil, pero un buchón jura que una vez vio una carga camuflada en un lote de manzanas y que los paquetes venían con un distintivo muy famoso —dice mirándome en el espejo—. Otra vez un dragón.

Siento un hormigueo en todo el cuerpo. Belda se endereza y se quita la bufanda como si también le hubiera entrado un calor repentino.

—¿La Operación Dama Blanca? —quiere saber, volviendo la cabeza.

Asiento con la mirada en el horizonte, viendo el rosto nítido de Nuria y el odio apasionado de Belisario Ruiz Moreno. A veces, en este oficio, la historia es circular.

Terrazas y acantilados surgen a lo lejos, todavía de manera brumosa. El sol produce extraños brillos, que nos ciegan. Romero dobla en una rotonda, y enfila hacia un asfalto que corre en paralelo a playas vacías y que se va transformando progresivamente en una avenida costanera.

—Un balneario con proyección —dice el Gran Jack como si lo estuviera vendiendo—. Y con una movida inmobiliaria completamente sobregirada.

—¿Tiene casino? —pregunta ella, como si quisiera jugarse unas fichas.

—Casino, aeropuerto y hasta un pequeño club de yates —confirma—. El coronel llegó esta mañana en su avión. Está de vacaciones, es un viaje extraoficial. Hace rato que andaba con ganas de navegar estas aguas, pero no tenía tiempo. Un timonel y un ayudante le trajeron el Aubrey desde Buenos Aires. Tardaron seis días. Pero hoy se quedarán en tierra: a Cálgaris le gusta navegar solo o mal acompañado.

—¿El Aubrey? —me pregunta BB dándose nuevamente vuelta.

—Un velero de 14 metros de eslora y 4.4 de manga —le respondo—. Hecho de acero naval, y con un motor Perkins que funciona a base de diesel.

—Nos recogerá en el club y nos llevará de paseo —completa el comisario—. Mar adentro tenemos seguro total contra micrófonos e interferencias. Después nos devolverá al puerto y seguirá con su fin de semana largo. El lunes deja el Aubrey a los tripulantes y regresa a primera hora en avión.

—Me gustan los sibaritas —sonríe ella.

La ciudad aparece a la derecha y tiene aspecto mediterráneo, con algunas torres de edificios, hoteles en obra, chalets pintorescos, peatonales cortas y boulevares verdes. Avanzamos sobre acantilados con bajadas, paradores empotrados en la roca y terrazas al mar que apreciamos a nuestra izquierda.

Abajo hay más y más trechos de arena, pero también de restinga resbalosa. Muy pronto salimos de la urbanización y vemos una planicie de mil metros que dejó la bajante, y más allá el comienzo de una bahía. Corremos contra la brisa quince minutos más. El club de yates es paupérrimo y algo deprimente, y está lleno de pescadores. Detecto con los binoculares cómo el Aubrey cabecea en el muelle.

Cuando la Toyota desciende al nivel del mar, también veo a Cálgaris en cubierta, discutiendo con sus empleados. En tierra monta guardia estratégica el Salteño, envuelto en un poncho que oculta su rifle de asalto. Se adelanta de un modo amenazante y cauteloso cuando la Toyota Hilux estaciona, pero se relaja enseguida al reconocernos. Nos apeamos con las piernas dormidas y nos ponemos las camperas de pluma encima de la ropa de calle. Mi Glock, mi Smith & Wesson y la Browning del comisario se quedaron en la guantera, junto con nuestros celulares. El viento es poco amistoso, y las gaviotas y los cuervos marinos atruenan. A una indicación de Cálgaris, los tripulantes descienden y nosotros abordamos. El Salteño apenas me sonríe con los ojos y nos sigue como si fuera un lobo o una niñera. El coronel lleva su campera de duvet y sus guantes de maniobra, y una gorra de navegante aristocrático. Saluda con dos besos las mejillas de su socia, y con un abrazo afectuoso a Romero. A mí me lanza de lejos, con frialdad, una escueta mirada de reconocimiento. Convida café caliente, que sirve de un termo en jarros metálicos, y comenta con entusiasmo los pronósticos climáticos y las características de este mar austral. Tiene todo listo, el motor está en marcha y ronroneando, y sus tripulantes sueltan amarras mientras esta conversación incidental se desarrolla a la intemperie. El Salteño ha colocado el fusil a buen resguardo y ahora se aboca a sus labores de grumete: lo hace con más habilidad y concentración de lo que yo nunca fui capaz en todos estos años de servicio y de perro fiel. El arte, el jazz y la náutica son aficiones de Cálgaris que nunca supe asimilar.

—Me enteré de que estuvo en España —le dice Belda abrazando el jarro humeante.

—Aproveché para ver en Madrid una muestra de Ingres —responde el viejo, atusándose los mostachos amarillentos—. ¡La gran odalisca! Recordará usted aquella rara deformación del cuerpo, que le agrega elegancia y sensualidad.

Belda mueve la cabeza en tono afirmativo y el coronel adivina que no sabe quién carajo es Ingres, ni qué pito toca aquella odalisca deforme. Ejecuta entonces un rescate caballeresco:

—Me acordé mucho de usted porque allí me encontré con el Napoleón imperial de Ingres, que yo había visto alguna vez en el Museo del Ejército de París. Sé que usted sigue siendo devota del petit cabrón, Beatriz.

—Leo cada una de las biografías que aparece y releo siempre sus máximas y sentencias —se anima de pronto la estratega—. «Actúo en política como en la guerra: distraigo a un flanco para batir a otro».

Cálgaris le devuelve una carcajada, como si hubiera acertado en el blanco. Y de verdad acertó. Permutan frases y anécdotas napoleónicas unos cuantos minutos, hasta que el Salteño le indica, poniéndose firme, que todo está dispuesto. El coronel se toma todavía un rato para redondear un concepto sobre la necesidad de manipular a los hombres más por sus vicios que por sus virtudes, y para rematarlo con su frase predilecta: «Quien está dispuesto a gobernar debe saber pagar con su vida, y si es preciso dejarse asesinar». Es una cita hermética y turbadora en tiempos de la democracia, y el viejo deja que nos rebote por la mente mientras da un aviso por VHF, revisa brevemente el instrumental, se afirma en el timón y maniobra lentamente el velero. El Salteño permanece a su lado como si fuera a hacerse del mando en cualquier momento, y nosotros oteamos la costa pasándonos unos a otros los prismáticos. El sol está alto y la temperatura es baja, pero se aguanta. El océano tiene un azul distinto; comprobamos en la distancia el paso de cargueros colosales. A una orden, el Salteño desata y despliega la gran vela, y manosea sogas y nudos. Cálgaris permite entonces que el viento se haga cargo: vamos mar adentro pero sin perder jamás de vista la línea de la tierra. El coronel se divierte mucho con la travesía y le cuesta ceder el timón. Finalmente, cede por urbanidad, y permite que su grumete mantenga la dirección y el pulso, aunque lo vigila de reojo. Saca su pipa y la enciende a pesar de la ventisca, y le cuenta al Gran Jack que también visitó el Thyssen y que se topó con una muestra sobre las leyendas del Oeste. Romero se entusiasma: jamás vio una pintura de Remington, pero es un fanático de «Shane» y de «El hombre que mató a Liberty Valance».

—Shane era homosexual y, en realidad, a Valance lo mató el negro Pompey —le desliza Cálgaris sonriendo—. Al menos así dicen ahora los especialistas españoles.

El comisario se escandaliza y se trenza en una discusión de códigos cerrados, que a Belda y a mí nos deja indiferentes. Finalmente, Cálgaris lee las mareas, estudia sus mapas, recupera el timón y tuerce el rumbo. Vamos de regreso a las playas pero ya no se divisan el club, los balnearios ni el puerto. Desde la popa solo se aprecian más acantilados y llanuras: el viento ya no ruge, estamos frente a un páramo patagónico, en la mitad exacta de la nada. Recogen la vela y fondean a una distancia prudente. Bajamos por fin a los interiores del Aubrey y nos despojamos de las camperas, los guantes, los gorros y las bufandas. Somos demasiados, y la recámara es muy pequeña y produce claustrofobia. El Salteño nos abre dos Coronas, sirve la mesa y desenvuelve sándwiches de salmón y queso crema. Luego vuelve a cubierta, a su puesto de vigía. Belda regresa del baño y recibe un vaso de Talisker que le devuelve el alma al cuerpo. El comisario se ha quitado también el pañuelo y la gamuza, y le está contando al coronel aspectos desconocidos de Hoover. Cálgaris los hace reír a todos con un refrán cínico que se le atribuía en los pasillos del FBI: «Todos los hombres son iguales frente a los peces». BB parece algo cansada. El mandamás de la Casita decide abandonar el entretenimiento e ir directamente al meollo:

—La felicito, Beatriz, la bronca contra Farrell aumentó cien puntos en Balcarce 50. Antes era el vocero, ahora es la estrella de la liga de gobernadores. Lo tiene en un arco al Presidente.

—Los gobernadores respetan únicamente la guita y las encuestas —responde Belda, a medias despabilada—. Le subimos la imagen y le inyectamos autoestima política. Con eso fue suficiente.

—Nunca subestimes la eficacia de una mujer vengativa —le aconseja el coronel al Gran Jack, que come sin perder el hilo—. ¡Y qué rápido se sacaron de encima al Hoover de Farrell!

—Igual no se fue a ninguna parte —relativiza el comisario, con la boca llena—. Marquís asumió la Dirección, pero el Turco sigue manejando los hilos desde afuera. Su títere es el subjefe de la policía, que es inamovible y que es el contacto con las otras fuerzas. Se encarga además de todo lo relacionado con puertos, caminos y seguridad deportiva. La parte del león.

—No quiso soltarle la mano —confirma la socióloga dándole vueltas y vueltas al sándwich—. Farrell me dijo sinceramente que no podía prescindir de Jalil después de tantos años. Va a asesorar el Ministerio de Gobierno y algunos funcionarios necesariamente le seguirán respondiendo en la transición, pero sin crear conflictos.

—¿Y qué dice Marquís?

—Está a las puteadas.

—Me imagino —asiente Cálgaris con el bigote manchado de queso—. Le dieron funciones limitadas. Aun así Palma está adentro, y tarde o temprano van a hacer pie y tomar el control. Tengo algunas novedades sobre ese club de fútbol que tanto te desvela, Romerito.

—Al fin —exclama el Gran Jack, y apura un trago.

—Hicimos inteligencia financiera —le revela el coronel a su socia, limpiándose la boca con una servilleta—. Nos dio una mano grande la FinCen.

—La unidad de lavado de los Estados Unidos —le aclara Romero—. Tienen acceso a la red Egmont, que es un sistema de intercambio de datos entre los organismos del área de todo el mundo.

—Tenía razón el Gran Jack —explica Cálgaris—. Una de las sociedades que controla el club figura en el Reporte sobre la Estrategia de Control del Narcotráfico Internacional. Sede en Caimán. El Departamento de Justicia asegura que operó con plata de los cárteles del Golfo y de Sinaloa.

—¡Te dije! —salta Romero con su risa cavernosa—. Te lo dije, la puta madre.

—Pero la DEA tiene información más fina —le advierte—. Se le descubrieron vínculos, conexiones y coincidencias con otro fondo de compañías off shore que estaban controladas por los muchachos.

—¿Quiénes?

—Colombianos y mexicanos escindidos de sus antiguas organizaciones —contesta, y ni siquiera esta vez va a mirarme—. Los Dragones Mutantes de Tijuana y del Valle, que antes comandaba Ruiz Moreno. Esos últimos no importan, porque quedaron inactivos. Los escindidos del cártel de Tijuana son otra cosa.

Historia circular. El comisario y la dama vuelven a escrutarme como si yo tuviera algo que decir. Pero me mantengo imperturbable.

—Importan y exportan falopa, y tienen protección política, policial y aduanera —agrega por fin Romero, que olvidó su almuerzo en el plato—. Pero no pagan peaje con efectivo o mercadería, como en otras provincias, sino con acciones, dividendos compartidos en obra pública, construcción de represas, compra de tierras y estancias, y otras formas de lavado. La más creativa es a través del fútbol.

—Romero tiene la teoría de que es Jalil el que luego baja las coimas y garantiza la tranquilidad —le explica el viejo a la gran dama, tocándole el brazo—. Y que Jalil ya ni siquiera responde a Farrell.

—¿Cómo es eso? —se extraña Belda, que ahora está muy despierta.

—Posiblemente empezó como típica recaudación política, pero fue tomando tanto volumen que pasó a ser un emprendimiento personal —conjetura Romero, con los ojos vidriosos—. Farrell, como cualquiera, no pregunta de dónde viene. Y ahora no pregunta hasta dónde llega.

—Siempre fue un pelotudo con suerte —reflexiona BB enrollándose un mechón de su pelo blanco—. Le digitan todas las licitaciones.

—La mayoría: el Turco asoció a Cerdá, que es el responsable del frente financiero del partido —el Gran Jack parece excitado—. Cerdá se cree un corso. Subvenciona el proyecto, pero embolsa. Sin embargo, atenti: el verdadero poronga es Jalil. Me contaron que sus patrones viven afuera y que él se compró casas en Chile, Brasil y Venezuela.

—Y posiblemente en México —coincide Cálgaris bebiendo un sorbo de su whisky—. ¿Cómo fue tu encuentro con Cerdá?

—Me citó en su restaurante del río, me hablaba en voz tan baja que apenas podía oírlo. No se presentó como un tecnócrata sino como un militante y un facilitador. Me dio a entender que Alejandro Farrell comía de la torta.

—No suena ilógico —razona Belda, que abandona el sándwich y pide otro whisky.

—Me ofreció sutilmente el oro y el moro —dice Romero, muy serio—. No llegó a amenazarme, porque es un gerente educado. Pero les aseguro que esa idea flotaba todo el tiempo entre nosotros.

Cálgaris le sirve otro vaso de Talisker a Beatriz Belda y me echa el tercer vistazo, que es rápido y huidizo.

—Jalil te manda un mensaje, Cerdá trata de llenarte el bolsillo. Es una escalada.

—También la certificación de que tocó el nervio —interviene ella.

—Leí la carpeta que me dejaste y es un capolavoro, Jack —le reconoce Cálgaris—. Pero el problema va a ser probar todo esto.

—No necesitamos muchas pruebas —dice Belda—. Solo necesitamos indicios suficientes como para ponerlos contra la pared.

Un pequeño derrame parece mancharle un ojo glauco al coronel, que le sostiene enigmáticamente la mirada a esa mujer agresiva.

—Me estoy trabajando a un buchón en la zona de los lagos, donde los amigos del Turco hacen business hoteleros —anoticia el comisario, que se terminó su Corona.

Parecen no escucharlo.

—¿Van bien sus inversiones? —le pregunta la socióloga al coronel, como si fuera la única persona que hubiera en este barco.

—Negocios de ocasión y bajo riesgo —le contesta Cálgaris, como si intentara tranquilizarla—. Y no pueden ser expropiados.

Ella asiente. Casi puedo oír los engranajes de sus cerebros, pero no consigo entender qué se están diciendo sin palabras. Saco una cerveza de la heladera y subo a cubierta a tomar aire fresco y a fumar. El Salteño bebe la Corona directamente de la botella y se arrebuja en su poncho. El Aubrey se mece sobre las olas, mientras las gaviotas lo rondan con vuelos y graznidos. Con ese golpe de oxígeno y ese mutismo norteño trato de adoptar el punto de vista de BB. Ella no puede creer seriamente que Farrell duerma la siesta mientras su jefe de gabinete, su jefe de inteligencia y su primogénito levantan un emporio con dinero negro. Cálgaris tampoco puede tragarse esa galletita. Son demasiado zorros. Los dos saben que Farrell sabe, y que debe tener incluso una buena justificación política: con este circuito perfecto de protección y lavado consigo que la droga esté solo de paso, y además, meto capitales en la comunidad; evito el veneno y traigo fondos para producir empleo. ¿Qué puede pensar Cálgaris?

Estoy en esto por un negocio particular de la Casita, pero resulta que un hijo del enemigo número uno de Balcarce 50 es un asesino y el otro es un corrupto.

¿Debo traicionar a mi socia y ganarme un ascenso? ¿Puedo ascender a algún lado todavía? A Beatriz Belda no le conviene objetivamente que se reúnan pruebas contundentes, porque eso redoblaría la tentación de Cálgaris. Las investigaciones deben ser, por lo tanto, limitadas y abiertas. A BB no le interesa la verdad jurídica, sino usar esos secretos en la interna, perfeccionar su salvataje y cobrarles muy bien a los Farrell por ese enorme favor. Así se arma el poder detrás del poder. Y sin embargo, algo de ese diálogo sin palabras que tuvieron hace un rato todavía se me escapa. Dos bailarines tramposos que danzan juntos y que maquinan posibles engaños. Qué baile peligroso. «¿Hubo algún avance con la monjita?», le pregunto al Salteño para alejar esa nube negra.

Piensa unos segundos la respuesta, o la conveniencia de filtrar un secreto.

Finalmente, filtra lo mínimo: «El viejo está seguro de que el Papa no tiene idea. El viejo descubrió que es un regalo sorpresa que le prepara el amigo». Fumo evocando al padre Pablo en «La Sala de la Signatura», con su libreta negra, su lápiz, su pelada elegante, y sus ojos astutos y desconfiados. Es una cadena de intereses y favores: el sacerdote del Palacio Apostólico y el mandamás de la Casita quieren lo mismo; una ofrenda inolvidable para un líder agradecido y muy poderoso. Tiro el pucho al mar y me rodeo la cara con la bufanda. El Salteño no está al tanto de las verdaderas novedades. Hace tres semanas, a propósito de no sé qué efeméride, el padre Bustos subió al muro de Facebook del colegio salesiano un panegírico hipócrita sobre Mariela Lioni. Acompañaba el texto con algunos poemas personales de la monja de Villa Puntal. Aburridos versos de amor a Dios. Esa noche soñé algo relacionado con ella, que después no pude recordar, pero durante el desayuno tuve un sobresalto. ¿Y si esos garabatos no están dedicados al Nazareno? ¿Pueden leerse de otra manera? Claro, algunos al menos son lo suficientemente ambiguos como para entender otra cosa. Llamé a Bustos y le pregunté dónde los había encontrado: Moretti era la fuente, los tenía en su casa. Quise hablar con el profesor de música, pero estaba de viaje. Le pedí permiso a BB para volar a Buenos Aires y fui directo a la parroquia de sor Fabiana. Era un sábado plomizo y cambiante, y había una larga cola de madres intentando vacunar a sus hijos. La anfitriona y su arcángel menesteroso tenían organizado bajo techo un mate cocido con medialunas en unas mesas de tablón con manteles de hule, y a un puñado de asistentes sociales que atajaban a las vecinas para darles consejos y apuntarlas en un padrón. Al notar mi presencia, Fabiana me pidió con un gesto que la esperara y con otro que pasara a su despacho. Me senté en la silla y estudié las fotos que Lioni tenía bajo el vidrio del escritorio: procesiones en el barro, charlas en comedores escolares, frases bíblicas y una Virgen con el corazón atravesado por siete espadas: La Dolorosa. Iglesia de Vera Cruz, en Salamanca.

—Nuestra Señora de los Dolores —dijo sor Fabiana reapareciendo, inclinándose sobre el vidrio y acariciando la figura—. La Virgen de la Amargura, la Virgen de la Piedad, la Virgen de las Angustias. Acosada por los siete dolores de Cristo. Mariela la había estudiado de cerca en Florencia, donde los frailes crearon la advocación a finales del siglo XI. Luego resulta que es la protectora de Chancay y tiene muchos devotos en distintas ciudades peruanas, como Lima, Tarma, Ayacucho, Cajamarca. En esta parroquia, no lo voy a negar, su imagen es también un pasaporte para la confianza.

—Vengo a preguntarle algo doloroso —la corté, y ella se irguió con aire prevenido, acariciándose con las manos regordetas la cruz de madera. Supuse en ese instante que preguntaría si su compañera había aparecido, pero Fabiana no abrió la boca. Entonces me di cuenta de que también había leído el panegírico de Facebook y que sabía exactamente a qué se debía mi visita. Le sostuve la mirada un minuto entero.

—Los poemas de amor —dijo cuando no pudo más, y bajó los ojos.

Dejé que rodeara el escritorio y se sentara. Lo hizo con pasos de calvario y al final con un derrumbe deprimido. Inesperadamente, se quitó la toca blanca y negra, y dejó al aire su pelo corto jaspeado de canas. Me hizo acordar a un general de división que se quitaba la insignia del pecho cada vez que necesitaba hablarnos extraoficialmente y como un civil más.

—¿Cuándo se enamoró de Moretti? —le pregunté de frente y sin vaselina.

La pregunta le agredió un ojo, como si hubiera recibido una miga aviesa.

Lo guiñó sin ironía, y se lo restregó con furia; lo dejó todo rojo y nublado.

—No fue de un día para otro —dijo, desarmada—. Empezó con una amistad de trinchera. Pero se agravó porque a él le interesaba la pintura, y ella no tenía muchas personas con las que charlar sobre Rubens y Rafael. Además, Moretti se quedaba con nosotras los domingos por la noche, comíamos y nos divertía un rato tocando temas alegres y melancólicos. A veces bailábamos juntas.

—¿Cuándo pasó a mayores?

—Cuando ella aceptó ir a su casa y llevarle sus viejas carpetas italianas y sus cuadernos de estudiante. Cenaba con él algunas noches y la traía hasta la puerta de la parroquia. Yo sabía lo que le estaba pasando. A mí que no soy nadie me pasaba algo parecido. Es habitual. La castidad es dura, señor, y a veces aparecen personas que a una le mueven el piso. Pero el asunto no es grave si todo queda en el terreno platónico.

—Pero esto fue grave, ¿no?

La monja suspiró y se echó hacia atrás. Entrelazó sus dedos sobre la barriga y se mordió el labio inferior.

—Le juré que nunca le iba a contar esto a nadie —dijo, al borde de una lágrima—. Me siento horriblemente mal contándoselo a usted, peregrino. Pero ahora no tengo opción. Una noche sentí ruidos. Era tarde y la luz de la capilla permanecía prendida. Mariela estaba arrodillada, llorando a moco tendido.

—El pecado de la carne —dije sin sonreír.

—Un terremoto —reconoció, y volvió a restregarse el ojo colorado—. Estaba loca de culpa y de arrepentimiento, pero también pensaba que iba a ser muy difícil romper con ese hombre. Le pidió ayuda a Dios, le prometió que trataría de luchar con toda su energía. Pero los meses fueron pasando y no podía despegarse: le escribía poemas, lo llamaba por teléfono, buscaba excusas para encontrarse en secreto. «Fabi, es una adicción», me decía. Y se negaba a ir a terapia, y a veces se excusaba diciendo que ese amor era voluntad de Jesús. Que Jesús, con su infinita sabiduría, había unido a sus guerreros para confortarlos y hacerlos más fuertes. Pero era un argumento que no duraba mucho; ni ella misma se lo tragaba.

—¿Cuál era la actitud de Moretti?

Se enderezó en su silla, que rechinaba; el ojo ya estaba hinchado.

—¿Se refiere a si la quería? —me preguntó—. Por supuesto que la quería, aunque a su manera. Más tranquilo, sin perder la cabeza. Moretti era egoísta y misterioso; Mariela era transparente y capaz de darle hasta lo que no tenía.

—¿Él trató de dejarla alguna vez?

—Nunca, que yo sepa. Ella, un montón de veces. Pero siempre tenía recaídas.

—¿Discutían mucho?

—Jamás —parpadeó—. ¿En qué piensa? ¿En un crimen pasional?

—¿Usted no?

—Moretti no puede matar una mosca. Aparte, la tenía a sus pies. Una tarde lo encontré en el colegio y le pedí que pensara seriamente en el futuro. Era evidente que Mariela no iba a colgar los hábitos y que ese amor no podía prosperar. Le sugerí que tal vez lo mejor para los dos fuera que él la liberara. Tenía todo el poder en esa pareja. Si le cerraba la puerta, el conflicto pasaba a mejor vida.

—Pero Moretti no quiso, o no pudo.

—Ahora bien, peregrino, si usted piensa que ella se escapó porque no podía con esta cruz, desde ya le anticipo que se equivoca fiero.

Recuperó su determinación de siempre, y vi cómo se encasquetaba de nuevo la toca. Las infidencias terminaron. Dormí en mi departamento de Belgrano y leí un libro nuevo sobre los Césares: «Nerón se entregó en secreto al ardor de las pasiones. Petulancia, lujuria, avaricia y crueldad, que quisieron hacer pasar como errores de juventud, pero que al fin tuvieron que admitirse como vicios del carácter». Soñé que custodiaba a Belda en el café de la Villa Agrippina, y por la mañana saqué contra recibo un Nissan Versa del parque oficial de la base Chacabuco y esperé en la terminal del ferry la llegada de la orquestita. Moretti y sus pibes arribaron a horario, provenientes de Montevideo, y abordaron un micro escolar color naranja. Los seguí lentamente hasta el colegio, crucé el patio y prendí un cigarrillo detrás de un arco: los alumnos hacían ruido en la sala de música, pero el violinista departía con dos maestras y un sacerdote. Al verme de lejos se excusó y cruzó en diagonal la cancha de baldosas para saludarme. El hippie viejo de cuerpo de alambre y barriga cervecera traía la barba más corta, el pelo más prolijo y el ceño más arrugado. Le expliqué diplomáticamente que no podíamos hablar al aire libre. Me acompañó hasta el Nissan y me ofrecí llevarlo hasta su hogar, un modesto departamento de altos en una esquina de La Lucila.

Aceptó con frases entrecortadas. En cuanto se sentó y colocó el estuche sobre el regazo, le avisé que sabía todo sobre su romance clandestino. «Merde!», profirió, y tiró hacia atrás la cabeza. Respiraba con dificultad, arriba y abajo, con los ojos brillantes clavados en el techo. Maniobré para salir de esa calle y agarrar Libertador. Le conté enterita la conversación con sor Fabiana, y le reproché que nos mintiera sabiendo que estaba de por medio la desaparición de una persona.

—No sé si te das cuenta del quilombo en que te metiste, profesor —probé.

Asintió sin declinar la frente, es como si estuviera degollado. Después bajó el morro y se lo cubrió con las dos manos finas. «Dame una buena razón para que no te entregue al juez», le pedí. «Merde!», repitió. Saqué el revólver de la tobillera, se lo metí en las costillas y amartillé. El flaco pegó un respingo, dolorido y aterrorizado, pero fue incapaz de articular tres palabras. «¿Tenés plancha en casa? —le pregunté—. Porque voy a plancharte la lengua». Doblé en un giro a la izquierda y estacioné en una calle solitaria que terminaba en las vías del ferrocarril. No tenía ningunas ganas de entrar en el centro de La Lucila y mucho menos de armar un escándalo a los gritos con semejante cagón. Que era incapaz de matar una mosca. Cualquiera que haya pasado treinta años en este negocio sabe cuándo alguien tiene las agallas o el instinto asesino, y este bohemio zaparrastroso efectivamente no contaba siquiera con presencia de ánimo. Saqué las llaves, devolví el Smith & Wesson a su funda, me bajé del Nissan, cerré de un portazo y me acodé en el techo con otro cigarrillo. Al rato Moretti se apeó con torpeza y levantó los brazos como si quisiera demostrarme que no iba armado: le temblaban como dos ramas en un vendaval.

—¡Le juro por Dios que eso no tuvo nada que ver! —imploró como una rata histérica.

—No jure por el Barbudo, profesor, que usted es ateo —le previne.

—Habíamos cortado como tres o cuatro meses antes —se defendió, haciendo pucheros—. Nos veíamos pero la cosa no seguía. No lo conté porque era nuestro secreto sagrado, y porque ella no me lo iba a perdonar nunca.

—De sagrado nada, profesor. Usted se la cogía y punto. Y me lo ocultó, y ahora no puedo confiar más en usted.

Moretti se recostó en el techo y acometió el llanto, dándose por perdido. Era un tipo con mucha imaginación. Se imaginaba en una celda o, en el mejor de los casos, sobre su propia cama pegando alaridos mientras yo le achicharraba la verga y le arrancaba una falsa confesión. Dudé todavía por un instante si no debía tomarme ese noble trabajo, pero me volví a convencer de que esta no podía ser de ninguna manera una historia de amor seguida de muerte. Aplasté el cigarrillo, me subí al Nissan y giré en redondo. Cuando estuve de nuevo a su lado, arrojé con todas mis fuerzas el estuche por la ventanilla y le dije: «Al carajo con su puta música, profesor. Lo voy a estar vigilando hasta que patine y me diga la verdad. Tengo mucho, mucho tiempo. Piense en mí todos los santos días. Piense si vale la pena seguir metiéndome camelos». Luego aceleré y lo dejé boquiabierto y quebradizo en la vereda, con el estuche destrozado.

Era un procedimiento de manual, pero carecía de convicción.

Volví a los Césares y a los sueños alusivos; aproveché la ocasión para correr veinte kilómetros y sacarme la nueva frustración de encima. Una runner con fe de hierro, aquejada por los sinsabores de la miseria pero acostumbrada a las decepciones; una santa tentada por el sexo y prendada de un héroe sin muelas que le hablaba en francés y le tocaba Schubert. Había nuevas piezas en el juego, pero si sacaba la primera aparecía una figura, si movía la segunda se formaba un paisaje y si las combinaba al revés era un mamarracho o un galimatías. Quizás esa nueva información fuera sabrosa pero irrelevante: al revés que en las novelas policiales, muchas veces pasa en el transcurso de una pesquisa real que el descubrimiento de un secreto calienta al investigador y no hace más que desviarlo durante meses del camino correcto.

Cuando me estaba duchando oí el zumbido del celular. Salí mojado: era Beatriz. Me preguntaba si podía aprovechar el viaje para pasar un rato por el piso de Diana, que tenía «una de sus crisis habituales». La expresión me hizo gracia, pero cuando la señorita Galves me abrió la puerta me di cuenta de que BB no pecaba de exageración, sino de todo lo contrario. Lady Di estaba completamente desnuda, empastillada y con los ojos ennegrecidos por el rímel regado: parecía un mapache, y casi no podía tenerse en pie. «Ay, Remil no sabés lo que me están haciendo esos hijos de puta», me dijo sin su sensualidad afectada ni su látigo amargo. Creí percibir la paranoia y el terror. Cerré a mis espaldas y traté de conducirla hacia la cama, pero se deshizo de mi abrazo y se bamboleó varios metros por el living con una botella de champagne entre los dedos. Pude ver entonces con toda claridad aquel cuerpo legendario y blanquecino que casi no tenía arrugas ni rollos. El cuerpo de una chica de treinta sin vello púbico. Su departamento no era grande, pero estaba lleno de arte abstracto, y había un vómito espectacular sobre la alfombra.

—Me hacen la vida imposible —agregó, dándole un largo trago al pico de la botella—. La vida imposible.

—¿Quiénes? ¿Qué pasó?

—¿Quiénes? —repitió con expresión alucinada y con hipo—. ¡Los putos de siempre!

—Sentate y me lo explicás —le propuse con buen tono.

—Esos putitos no me perdonan el éxito. Me llaman de madrugada y cuelgan. A veces me amenazan.

—Sentate —le pedí.

—¡No me siento un carajo! —resistió y amagó otro sorbo, pero le vino un vahído y flaqueó. Me apuré a empujarla hacia el sofá y a quitarle la botella de un manotazo. Tenía la espalda derecha pero los hombros caídos y las piernas desmadradas; dos hilitos de agua negra le bajaban lentamente por la mejilla.

Ocupé el sillón individual y no le hice ninguna pregunta para no atosigarla.

Una nube la rodeaba y la envejecía.

—Me vienen jodiendo desde la época de los milicos —dijo entrecortadamente, con una voz desconocida que debía ser la verdadera.

—Vos te pusiste de novia con un almirante, ¿no?

Asintió con el pelo rojizo y pegoteado. En su carpeta figuraban partes de Inteligencia y también varias notas en aquel semanario de los servicios y en algunas revistas sensacionalistas de la era del destape.

—Un almirante casado —repuse—. Y después un general alcohólico.

—De pendeja —admitió entonces, como extraviada—. Pero no te olvides de que yo ya era una estrella mucho antes de toda esa porquería.

—Te acusaban de colaborar con las listas de los actores —recordé—. ¿Colaboraste?

El mapache levantó la vista y testeó si mi pregunta tenía alguna intención moral. La nube se estaba disipando.

—A mí me da lo mismo lo que hiciste —le aclaré, con cansancio—. Trato de ayudarte.

—Actué mil veces gratis para los organismos de derechos humanos. Abuelas de Plaza de Mayo me dio un premio.

—Qué emocionante.

La conversación la había erguido y despertado; en cualquier momento cobraría conciencia total de que estaba desnuda, aunque parecía muy acostumbrada a la exhibición. ¿Y quién era yo para contradecirla?

—Beatriz militó en Montoneros —declaró, como si necesitara un testigo de cargo.

—Sabía.

—Y yo me la jugué por varios en la dictadura, Remil. Muchas anécdotas te podría contar.

En este país todos tienen un pasado épico. Qué país lleno de valientes. Quiso fumar: le alcancé un pucho y se lo encendí con cuidado, como si fuera a vomitarme encima. Pero le dio una calada profunda y no se le movió el estómago. Seguía sin la necesidad normal de cubrirse el cuerpo; su falta absoluta de pudor me distraía.

—Nadie trabajó más que yo en todos estos años para que se respetara a los actores y hubiera siempre laburo —dijo como si fuera una víctima de la República y de la ingratitud.

—Así y todo no te perdonan —le insistí—. Una actriz del poder debe hacer muchos amigos pero también debe levantar muchos rencores.

—Hay resentidos que piensan cualquier cosa —acepta—. Piensan que no los llaman de los teatros oficiales por mi culpa.

—¿Y tienen razón?

—¡Por favor!

—¿No hay aunque sea listas blancas?

—¿Favoritos? Obvio. Hay gente que se porta bien y gente que se porta mal. Obvio, como en cualquier lugar.

—Y la beca patagónica fue la frutilla del postre.

Iba a responderme cuando la atacó algo invisible, a lo mejor una náusea. El cigarrillo cayó al piso y al tratar de pararse con rapidez se resbaló. La atajé antes de que se fuera de nuca, la levanté a pulso con los dos brazos y la llevé hasta el baño en suite. Se puso de rodillas, se abrazó al inodoro y estuvo un rato vomitando su antiguo glamour. Lanzaba y lloraba al mismo tiempo, mientras yo le abría el agua caliente. Estaba exánime y tenía los labios y los pezones morados cuando la sumergí en la bañadera. La estuve vigilando cuarenta minutos hasta que pareció recuperar la temperatura y algo del talante. No tuvo ninguna vergüenza de que la secara con un toallón ni que la cargara hasta la cama con dosel. La tapé y bajé la luz para que durmiera unas horas, pero entonces me agarró del codo y me retuvo.

—Esos putitos fueron demasiado lejos —dijo en un susurro recuperado.

—¿Qué te hicieron esta vez? —le concedí.

—Secuestraron a Juan Domingo.

La Tierra dejó de dar vueltas por diez segundos.

—Me estás jodiendo —probé.

—Con eso no jodería jamás. Sabés que es como un hijo para mí.

—¿Pero cuándo? —intenté reprimir la risa—. ¿Estás segura?

—¿No te contó nada Beatriz? —se enojó, y ahora sí sonó nuevamente su látigo amargo—. ¿Te creíste que venías de acompañante terapéutico?

—¿Dónde lo perdiste?

—No lo perdí, me lo robaron el jueves —dijo sin energía—. Preparame un té.

Le traje una taza de Earl Grey. Le acomodé unos almohadones en la espalda para que lo bebiera despacito. No había, todavía, ni rastros de la diva nacional, pero al menos ahora empezaba a parecer una especie de ser humano.

—Fui a cambiar una ropa a la lencería de la esquina, me distraje y lo que nunca: desapareció —dijo agarrando la taza con tintes dramáticos—. Una empleada cree haberlo visto salir, pero estaban todas alrededor mío cotorreando y la verdad es que ninguna atinó a nada.

—Hiciste un escándalo.

—¡Me quería morir! Lo buscamos por todo el barrio, llamé a la policía y a los bomberos. Él nunca se escapó, teníamos un cordón umbilical que nos ataba de por vida. Nadie me va a poder sacar de la cabeza que alguien me seguía y que me lo arrebató.

—¿Pero te pidieron rescate?

—Hubo llamados, pero cortaban —dijo—. Como siempre. ¡Por Dios, espero que no lo hayan torturado, mi pobre chiquito! Él no hizo nada, mi inocente.

Tenía la tarjeta del comisario en la mesita. Lo llamé desde su móvil y le expliqué que era un agente de la Casa. El taquero estaba atónito frente al volumen que había tomado un episodio tan pequeño y ridículo. «No hay incidentes menores para personas importantes, comisario», le advertí. Pero lo último que le faltaba a aquel hombre fatigado era poner dos efectivos a rastrear un caniche. Habían entrevistado con desidia a los vecinos y habían dejado por escrito la denuncia. ¿Qué más debían hacer, poner un alerta nacional? Corté y miré el reloj de pared: se había hecho tarde, pero podía salir a patrullar la zona.

Le pedí a Diana la llave y le sugerí que descansara. «Me hacen la vida imposible», me dijo parpadeando pesadamente, como si por fin se estuviera yendo. Bajé en ascensor, salí a la calle y llamé a Belda. Seguía en una cena de negocios, pero se apartó de sus invitados y me preguntó si su amiga se encontraba mejor. «Está estabilizada, pero el perro no aparece», le informé.

Esperaba secretamente que me relevara de esa segunda responsabilidad bochornosa. Pero no transó. «Buscalo», dijo y cortó de golpe. Si Cálgaris me viera en esta penosa situación —pensé— certificaría el grado de mi declive: primero la foto de mi culo en Nápoles, después la cara de otario frente a los huesos equinos de Villa Puntal y, finalmente, esta búsqueda nocturna del temible caniche blanco por las calles de Barrio Norte. El capítulo final podría llamarse:

«Decadencia y grotesco de un viejo espía argentino».

Encontré la lencería cerrada y hablé con un florista. Entré en un bar y me hice lustrar los zapatos. Le regalé un paquete de cigarrillos a un croto que dormía en la vereda, y me enteré de que había dos paseadores que se dividían el mercado.

Uno vivía a diez cuadras, en un «hotel familiar». Le dije a la encargada que había una emergencia con un cliente, y que lo despertara. No hizo falta: estaba viendo televisión y salió asustado al patio. Le mostré una placa falsa de inspector y lo acusé de robar perros. Me juró que él no se dedicaba a ese curro y entonces le puse las esposas. Hacía tanto bochinche que varios huéspedes prendieron las luces y se asomaron. Lo tomé de un brazo y lo saqué a la calle, lo metí en el Nissan Versa y lo obligué a bajar la cabeza. Me alejé un buen trecho mientras escuchaba todo tipo de excusas y llantos, estacioné en una sombra discreta y le puse la Glock en el oído izquierdo. Alguna vez había hecho una «picardía», pero en los dos últimos años tenía clientela fiel y estable, y ya no se dedicaba a asustar viejas guitudas. No sabía nada del caniche, pero si alguien había pedido plata podía tratarse de su compañero, que andaba más necesitado: perdía mucha moneda en los bingos. Sonaba sincero. Le quité las esposas y lo solté.

El jugador empedernido vivía en una casa tomada de San Cristóbal. Lo encontré jodiendo con otros dos en la puerta. Tuve que romperle los dientes al más bravo para que no se amotinaran. Con el paseador repetí el procedimiento del Nissan y la Glock.

Se meó encima y me contó tres raptos con lujo de detalles, pero nada del maldito caniche blanco. Al final estaba tan buenito que hasta me explicaba las conductas de la raza y me daba consejos y trucos para encontrarlo. Hay gente muy amable en esta ciudad. Regresé a la lencería con un humor de perros, y caminé por calles y avenidas circundantes. Caminé fumando y revisando debajo de los autos estacionados, en los recovecos, en las alcantarillas. Fue una larga e infructuosa madrugada, y volví amansado al departamento de la diva. Que dormía inquieta en su cama con dosel. Deambulé por esos ambientes, limpié el vómito de la alfombra, me serví un vodka y me dediqué a repasar los veinticinco álbumes de fotos que registraban la agitada vida de Juan Domingo. Observé con particular atención las que habían sido tomadas en el barrio, pero no se me ocurrió una mísera idea. Más adelante descubrí que una de las primeras imágenes y una de las últimas coincidían en un mismo escenario: la veterinaria donde había nacido y donde hacía unos meses le habían celebrado su cumpleaños. Esa «fiestita» también había salido en la revista Hola: la diva se hacía acompañar para la ocasión por sus camaradas de teatro, que agasajaban a Juan Domingo como si fuera Laurence Olivier. Busqué en Internet la dirección de la veterinaria. ¿Qué podía perder? Subí al Nissan y me dirigí hacia Retiro preguntándome si un veterinario sería capaz de reconocer a un caniche que era igual a cientos: encima llevaba un collar estándar porque Lady Di le colocaba el de brillantes solo cuando asistía a recepciones o concedía entrevistas. Juan Domingo, en la calle y sin su ama, volvía a ser un vagabundo cualquiera. Y también me preguntaba si el veterinario tendría la suficiente voluntad y astucia como para llamar a sus clientas, o si simplemente lo alojaría en su tienda y esperaría novedades. Ya había amanecido y no faltaba mucho para que abrieran: bañaban animales y vendían comida balanceada desde las ocho. Dejé el Nissan enfrente y me acerqué a la vidriera, que tenía rejas. Adentro dormían en cajas de vidrio algunos cachorros. Traté de ver si se distinguían en la oscuridad el interior de las jaulas traseras, pero era imposible. Desayuné en un cafetín húmedo y leí los diarios hasta que se hizo la hora. El veterinario era un larguirucho tocado por un bigote hitleriano que se sobresaltó con la mala noticia. No había recibido ningún caniche extraviado en las últimas dos semanas; llamó desde su consultorio a la Perrera Municipal y revisó los blogs de adopciones y los sitios especializados en oferta y avisos de emergencia. Había caniches en esos lugares, pero el largirucho estaba seguro de que ninguno era Juan Domingo. Tenía enmarcada en la pared una tapa de la revista Caras donde Diana Galves y su «gran amor» posaban para el público. Reconocería a aquella célebre mascota entre miles que le presentaran: era su orgullo profesional. Propuso largar un pedido por la red, pero yo no quería convertir el episodio en un título catástrofe y en un bocado de cardenal que haría las delicias de la prensa amarilla. Me contó al menos tres historias de perros que se habían desorientado y perdido en el laberinto de la ciudad, y que se las habían arreglado para volver a casa. Tenía, para equilibrar, otras historias trágicas y muchos misterios que jamás se resolvieron: perros que aparecieron atropellados o desgarrados por otros, y animalitos de Dios que se esfumaron para siempre.

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