La herida
VIII. Conspiración en el Aubrey
Página 15 de 25
Regresé en el Nissan con lentitud, mirando las veredas a uno y otro lado, deteniéndome en las obras en construcción, formulando preguntas al azar, conversando con otros paseadores. Y cuando me bajé en la lencería abierta creí ver una mancha blanca sobre el mármol negro: estaba a cincuenta metros, en el umbral del edificio de la diva, pero una campana de residuos me tapaba parcialmente la visión. Tenía que ser una ilusión óptica, así que la descarté para entrar en la lencería e interrogar a las empleadas, pero cuando pisé el felpudo me latió fuerte el corazón y crucé la calle. Si la vista no me engañaba, había efectivamente una bola blancuzca en la entrada, como un gorro caído o una bolsa de supermercado.
Corrí hasta ella sin dar crédito a lo que veía y tratando de convencerme de que era un espejismo. Pero era Juan Domingo nomás. Estaba derrumbado, sucio, sangrante y exhausto, respirando agitadamente con la lengua afuera y hecho un ovillo junto a la puerta, justo bajo el portero eléctrico. No tenía fuerzas ni para escapar. Apenas me tiró un leve tarascón cuando lo alcé contra el pecho, mientras agradecía a la Virgen de la Candelaria, a la Virgen de los Dolores, y a todos los santos del cielo. Al verme entrar con el susodicho, la susodicha pegó un salto de horror y alegría, y llenó el departamento con su griterío histérico. Colocamos esa masa de mugre en la bacha de la cocina, y lo revisamos bajo la luz cenital: las manchas de sangre no eran ni frescas ni suyas, pero parecía acobardado y sin la mínima energía, al borde tal vez de un colapso canino. Había que volver sin pérdida de tiempo a la veterinaria. La diva seguía desnuda, corrió hacia sus placares y regresó un segundo para besarme con la boca abierta. «Esos putos no pudieron con nosotros, Remil», susurró, y se vistió con una rapidez inusitada en alguien que se tomaba regularmente dos horas diarias para arreglarse. El largirucho lo recibió como si fuera el médico presidencial tratando a un estadista herido, le hizo una inspección general, le aplicó inyecciones, lo obligó a tomar píldoras y lo dejó bajo observación.
«Respire, reina —le dijo—, Juan Domingo está bajo shock y muy estresado, pero no corre peligro de muerte». La diva lo abrazó y se largó a llorar. ¿No es enternecedora la vida sensible de las estrellas?
Al instante, se olvidó de nosotros y llamó a Beatriz para contarle los sucesos felices de aquel día radiante. Habló con BB cuarenta minutos, mientras el larguirucho seguía con pasión cada una de sus palabras y yo me aburría con las cabriolas de los cachorros en las jaulas de cristal. «A veces buscamos lejos lo que está cerca», dijo el veterinario, que no era bueno ni con los refranes. Ese lugar común, sin embargo, me hizo pensar por un minuto en Mariela Lioni. Fue un pequeño y extraño fogonazo en la bruma, una idea que asomó una fracción de segundo y que volvió a hundirse. Todo fue demasiado rápido y desde entonces intento reproducir esa chispa para saber qué cosa iluminaba, pero no lo consigo.
Ni aún hoy que la rememoro desde la cubierta del Aubrey mirando sin ver este páramo de acantilados y playas escarpadas, mientras las gaviotas nos rondan como si quisieran devorarnos. Cálgaris trepa la escalerita seguido por sus socios, y estudia el viento y la gramática de las olas. Romero está defendiendo con uñas y dientes a la Inglesa. El coronel le ordena al Salteño que leve anclas y juntos despliegan las velas. Cálgaris se hace cargo del timón y de los instrumentos, prende el motor para darse impulso y luego inclina el velero levemente hacia estribor. La maniobra dura quince minutos, y Belda la sigue distraída desde la popa, agarrándome insólitamente del brazo. Es un gesto de intimidad que hasta ahora no se había permitido. «Quiero que aprendas las reglas del bridge, me aburro un poco los fines de semana», me comunica en voz baja sin dejar de observar la pizarra de nubes gordas y la decadencia del sol. Está tan cerca que puedo oler el Talisker de su boca.
Romero viene a decirnos que el coronel le contó una anécdota imperdible sobre la Inglesa. En los años noventa Silvia Miller trabajaba en una revista de denuncias que le producía gastritis al ministro de Interior. Cálgaris infiltró a un agente y conseguía todos los jueves la fotocopia de la tapa que iban a publicar y las pruebas principales. Esa jugada le permitía al Gobierno salir al cruce de los hechos antes de que tomaran estado público, y neutralizarlos de la mejor manera.
La Inglesa se dio cuenta, y convenció al director de hacer dos notas de tapa en paralelo y de que dejara circular por la redacción las copias apócrifas. También organizó un sistema interno para reducir las sospechas a tres cronistas y un diagramador. Al descubrir quién era el topo, lo investigó y lo caminó con fotógrafos, se aseguró de que lo despidieran y luego lo escrachó en un documento completo de seis páginas: «Así espían a esta redacción los servicios de la Casa Rosada». Cálgaris había hecho algo ilegal, pero aun así podía haber metido una denuncia en tribunales contra el editor responsable y contra su impertinente redactora por violar la ley de Inteligencia; evitó hacerlo por dos razones: el escándalo crecería en lugar de apagarse y además sentía una cierta admiración por esa periodista con más pelotas que un samurái. «Me asombra que usted coincida conmigo en este punto —le dice Beatriz acerándose con la boquilla entre los dientes y aprovechando el reparo para encender su cigarrillo—. Igual le aclaro que no tendría consideración si se nos vuelve a cruzar». El coronel no soltó el timón pero giró un segundo su cabeza para responderle: «Solo tengo una necesidad, decía Bonaparte». BB asiente en medio del humo y completa la cita:
«Triunfar». El Gran Jack prefiere que no cuaje esa idea oscura, así que desvía la conversación hacia las pinturas de Carla Jakov: hace unos días las escaneamos y se las enviamos a Cálgaris por correo electrónico.
—No era original pero tampoco era buena —dictamina el viejo bajo su gorra aristocrática—. No se le hace eso a Zeus, ni a la doncella. Merecía morir.