La herida
IX. Un baile para tres
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IX
Un baile para tres
El club Convergencia cuenta con un predio especial en las afueras de la capital donde funciona un polígono de tiro al aire libre. Dos o tres veces, durante esta temporada de emociones, fui con Romero a distraerme y a calentar el dedo. El comisario vaciaba el cargador de su vieja Browning con pulso firme y puntería defectuosa, y me hacía reír con sus anécdotas de pifiadas y tiroteos. En estos días anda por los lagos, pescando truchas y buchones, y me acompañan en la incursión la diva y la estratega. Para mi pesar. El capricho se les mete en la cabeza esta misma mañana, cuando Galves arriba al Chalet entre saludos y aspavientos e informa que no trae esta vez a Juan Domingo: quedó internado en una clínica cinco estrellas para su recuperación total. Se somete a tres reuniones de evaluación de imagen y Belda quiere recompensarla dándole la tarde libre «para hacer algo divertido». No sé muy bien cómo llegan al tema del polígono: BB alude en un momento a Romero, Maca cuenta un episodio sobre el trauma de usar armas y las dos se entusiasman como adolescentes con ver de qué se trata y cómo se siente. Intento disuadirlas, pero la actriz compone mohines y la socióloga me ordena que no perdamos más tiempo. Llamo al director del polígono, que es empleado directo de Alejandro Farrell, y le explico qué vamos a hacer y cuáles serán los pasos. Mientras yo me haga responsable puedo actuar de supervisor; con los amigos de Farrell no importan los formalismos.
Las llevo en la 4×4 hasta el predio, que está cercado por pinos, y cargo con dos cajas de municiones que guardo en el baúl. Las damas me acosan con preguntas técnicas y me tiran de la lengua con cuestiones personales. Quieren saber las ventajas y desventajas de revólveres y pistolas, y el impacto de los distintos proyectiles, pero también lo que pasó en Monte Longdon, la vieja escaramuza de Villa Costal y las refriegas que tuve a lo largo de más de treinta años de servicio. Para no acometer ninguna confesión, les muestro la Glock y les hablo de ella como si fuera un teórico o un maestro armero; le quito el cargador para que puedan sopesarla. La manosean como si fuera un juguete sexual, y Beatriz me habla de una Bersa calibre .22 que su padre escondía en el altillo.
«No tiene poder de parada —le digo—, pero a corta distancia es letal. La bala rebota adentro y causa estragos. Las agencias de inteligencia y algunas unidades especiales de combate urbano usaban ese calibre con cargas subsónicas y silenciadores». Recargo la Glock, me coloco las antiparras, y les doy una clase rápida: posición de dedos, manos, brazos, cuerpo, tórax, cintura y piernas. Cómo se afirma uno frente al blanco, cómo se apunta, cómo se acaricia el gatillo.
Después me bajo los protectores auditivos y les hago una demostración lenta, tiro a tiro, para que observen todo el proceso. Traigo con un botón el cartón agujereado y lleno de nuevo el cargador de la pistola. Ellas derraman frases extasiadas y dudas absurdas. Para enseñarles los rudimentos tengo que abrazarlas por la espalda. «Me da escalofríos», dice la actriz. «Soy calibre 22, Remil, chiquita pero mortífera», dice la estratega. Se van turnando, excitadas por la pólvora y deslumbradas por esa práctica violenta y predadora. La Glock está caliente. Pruebo con el Smith & Wesson 36. Les encanta que el Chiefs Special sea pequeño y plateado. Les enseño a disparar tirando cada vez del martillo con el pulgar de la izquierda. Amartillando una y otra vez, a Galves se le salta una uña esculpida. Se desternillan de risa con el incidente. Me estoy quedando sin parque, así que las invito a retirarnos. Me acompañan colgadas de cada brazo, insistiendo en conocer las intimidades escabrosas del oficio. Cuando las dejo en el Río Azul, BB consulta el reloj y me pide que regrese en saco y corbata para la cena. Baja de la camioneta primero y, en consecuencia, no alcanza a notar que la diva me despide mordiéndome los labios. Me ducho en la Conejera y me pongo el traje, y subo puntual hasta la suite de Belda creyendo que se trata de una reunión de trabajo. Pero es una mesa para tres, regada con champagne Cristal.
Navego en la tablet quince minutos hasta que salen juntas de la habitación.
Beatriz Belda, holgada pero distinta, con una túnica de seda verde petróleo que le llega un poco por debajo de la rodilla; unos aros de perlas y lo más extraño: la melena blanca peinada hacia atrás y mojada por el gel. Y Diana Galves, como para la alfombra roja, con un vestido negro, ceñido al cuerpo y largo hasta la mitad del muslo; un escote profundo en forma de corazón y una gargantilla de diamantes de Bulgari en forma de serpiente. Pienso inevitablemente en los hombres que me precedieron: el galán de los ojos lilas y luego el francés que había ganado el Goncourt. La capacidad de sorpresa de un veterano de todas las batallas, de todos los secretos y de todos los engaños nunca deja de ponerse a prueba.
—Les recomiendo la merluza negra asada en textura de hinojos y tomates confitados —dice Belda leyendo la carta—. O la perdiz con frutas confitadas y huevo a la trufa negra. Copian la cocina de La Bourgogne. Y la copian bastante bien.
—La perdiz para mí, la merluza para el soldado —determina Lady Di, y me pincha con su tenedor—. Me contó Bette que tenemos una escucha de mi ilustre colega.
Belda encarga los platos por el interno, pero sus ojos no me abandonan ni un instante. También es una mirada en cierta medida nueva, sin la distancia laboral que me dedicaba hasta hace apenas unas horas. Trato de interpretar de qué material está hecha, pero no voy más allá de una especie de inexplicable recelo animal. Palma utilizó el Alien Spy con el ministro de Cultura y también grabó una conversación inconveniente. Descorcho la primera botella y sirvo el champagne.
—Quiero oírla, Bette —le ruega Diana como si fuera una nena.
—Por el guardián de las damas en apuros —propone Beatriz alzando la copa.
—Me derriten los héroes —agrega su amiga chocando la copa.
—Los héroes infames —subraya Belda con malicia—. Y los detectives de perros.
Busco en la tablet el archivo de audio. La voz chabacana del Lolo Muñoz corta el clima sugerente de la noche. Está evidentemente ebrio y suena de fondo su propia guitarra, que desafina. El material está editado, así que les salteo los prolegómenos y les repaso la esencia: el secretario de Cultura le comenta a uno de sus hermanos la brillante teoría de «tener un toco en físico, a mano para salir de aprietos y pagarle sobornos a la cana». En caso de emergencia, rompa el vidrio. Se lo recomendó el gobernador, que la sabe lunga, y que incluso le dio facilidades para que comprara un panteón en el cementerio regional. Así y todo, a Muñoz el chiste le costó más caro que una chacra a todo trapo en el Valle.
Cuando finalmente tuvo la llave, dos albañiles de confianza le fabricaron una bóveda de concreto disimulada por el último cajón del subsuelo, y allí mudó los restos de cuatro familiares cercanos, que permanecían en tierra y en un camposanto de la Barda Baja. Lolo estaba feliz por ese respaldo. «Dos palitos para frenar a la bestia y para dormir mejor», decía. Dos millones de dólares. No estaba nada mal para un inútil de todo servicio. A continuación, viene lo mejor.
Lolo rasguea con fuerza y entona «La zamba del canuto». Que termina con una palabra poco folklórica: termosellado.
Ríen a carcajadas, lloran y tosen la estratega y la diva, que me pide escuchar la zamba una vez más. El antojo se frustra porque llega un camarero con el carrito de la comida. Sirve los platos, y cuando se retira, Diana ataca la perdiz y le pregunta a Belda qué hizo con esa información tan comprometedora. Beatriz apenas prueba el pescado.
—Palma revisó el listado de la administración y descubrió que Farrell y Cerdá tienen también sus panteones —le revela—. Y que Jalil dispuso un patrullero con tres policías, en tres turnos rotativos, para custodiar el cementerio.
—¡Todo el cementerio debe estar sembrado de verdes! —se escandaliza Lady Di—. ¿Pueden ser tan groseros?
—Pasa cuando la guita te viene en cantidades industriales, dear —le explica BB. Noto que en realidad la merluza no le interesa—. Al principio, contratás financistas de primera y armás circuitos sofisticados; después buscás a contadores de segunda y, al final, recurrís al que venga, porque la producción es tan veloz que no te da tiempo de muchos refinamientos. Y además, es verdad: siempre hay que tener a mano un toco para frenar un allanamiento o comprar algo de tiempo si hay que pirarse. Estos no inventaron nada.
La reproducción de la zamba devuelve al ambiente algo del tono jocoso.
Galves me pregunta por Palma, le parece un ser misterioso. Le explico cómo funciona esa cueva que brinda asistencia tecnológica de punta al mejor postor.
No delato lo que siempre he pensado. Que Cálgaris es accionista secreto de esa pyme de hackers sedentarios y sonidistas invisibles. Sí describo, porque no tengo remedio, la triste historia familiar de Palma, a quien en su momento tuvimos que investigar a fondo para saber con quién estábamos operando. La madre del chico de los chupetines tuvo un derrame cerebral cuando él andaba por los ocho años, y su padre abandonó todo para atenderla. Todo, inclusive profesión y familia.
Palma creció solo, como huérfano incomunicado, y por lo tanto atado de por vida a su única salida al mundo exterior, su chupete y su biberón: Internet.
Palabras de Maca. Un friki sin vida analógica, un espía informático sumamente eficaz.
—No se mueve, come chatarra y nunca engorda —se queja Diana—. ¡Lo odio!
A propósito, también están interesadas en la psiquiatra, por quien sienten algo de simpatía.
—Me parece inteligente y sutil —la califica BB.
—¡La carta natal que me hizo resultó exacta! —suspira Lady Di—. Me dijo que está de novia con una española, pero que el amor a distancia la enfría.
—Amor de lejos, cosa de pendejos, dear.
No es española, es una agente argentina afincada en Madrid por cuenta de la Casita, pero no les aclaro el malentendido. Me sorprende que Maca le haya admitido su affaire paralelo con una chilena. ¿Cuántas otras infidencias habrá cometido en esta alegre camaradería mujeril? La incógnita se va a despejar enseguida.
—Es una diplomática que está casada y tiene cinco hijos —ilustra la socióloga abandonando definitivamente la merluza—. Una chica del Opus que Maca conoció durante un cóctel en la Cancillería. Ahí nomás hubo un arrebato, en el baño. Tuvieron una semana a full en Buenos Aires, y la siguieron en Valparaíso, adonde la diplomática vuela de vez en cuando con la excusa de algún simposio.
—¿Pero es amor o calentura? —quiere saber Galves, y me asombra su ingenuidad. Se da cuenta y retrocede—: Casi siempre son lo mismo, pero nunca se sabe.
—Imaginate —dice BB—. Maca es flexible y la otra es rígida. Por ahora, es un recreo para la dos.
—¡Por ahora!
Con su mando a distancia, Beatriz pone un disco de Sinatra. «All or nothing at all», canturrea Diana limpiándose con la servilleta. «Es todo o nada de nada, la mitad del amor nunca fue conmigo», traduce Belda mirando atentamente a su amiga. Luego me hace una seña para que abra la segunda botella de Cristal.
Suena una música suave, y las dos hacen silencio para no romper el embrujo.
«I’ll never smile again», anuncia BB y Diana cierra los ojos y se mueve al son de esa balada. De pronto los abre y hace un comentario que me descoloca:
—Maca nos contó la historia de Nuria.
Extraigo el segundo corcho con ruido, parece un disparo de arma de guerra, y ella parpadea aunque sin estremecerse.
—«El síndrome del guardaespaldas y un inesperado desgarro amoroso» —pronuncia imitando la voz de la gorda conchuda. Es una buena imitación—. «Un amor entre personas crueles con un desenlace trágico, que funciona como la kriptonita: lo vuelve errático, falible, vulnerable».
—Basta, Di —la reta dulcemente la jefa.
—Y la peor consecuencia de todas —agrega la diva, gozosa con su propia actuación—. «La desilusión del padre, a quien nunca logró matar».
Me incorporo para mandarme a mudar. Diana me roza la mejilla y yo tiro hacia atrás la cabeza en un reflejo de viejo boxeador. «I’ll never smile again —le pide a BB—. Again». Belda baja la vista y la obedece. La canción de Sinatra vuelve a arrancar desde el principio.
Diana Galves está de pie, me tira los brazos.
—No —le respondo.
—¿Bette? —la reclama. Es una llamada de auxilio.
Belda encaja un cigarrillo en la boquilla, procura no mirarnos:
—Las órdenes no se discuten, soldado.
Veo el escote profundo de Diana y le tomo la cintura para quebrarla o para cogerla: los sentimientos están mezclados, la gargantilla de Bulgari refulge. Me laten las sienes y tengo una erección, que ella siente al contacto y recibe con una sonrisa baja. Beatriz también se levantó de la silla: sube el volumen para que bailemos sin excusas, y sigue fumando. Estamos retomando un ritual tal vez creado por ella misma, donde yo apenas soy el muñeco de ocasión. Pero me cuesta seguirle el paso a su socia, que parece un poco mareada, y entonces compruebo que en respuesta me aleja y me suelta, se vuelve hacia su amiga y se descalza con un movimiento rápido y gracioso. Beatriz deja la boquilla en un cenicero y responde a la invitación. Bailan juntas, parejas, como si fueran hombre y mujer. BB ha puesto la función repeat y entonces la canción de Sinatra termina y vuelve a empezar una y otra vez. Me descolocan la pericia y la sincronización que demuestran y lo perturbador que resulta verlas tan acopladas y voluptuosas. Tan distintas. Pienso de nuevo en los amantes que me precedieron, y trato de imaginar cómo reaccionaron ellos ante este espectáculo íntimo y arriesgado.
Estoy a diez segundos de retroceder hasta la salida y fugarme, pero la diva parece adivinar mi intención, porque suelta de pronto a su partenaire y vuelve a reclamarme con una mueca. Belda acata la decisión con mala cara, y recula hacia el cenicero. Cuando la reemplazo, Diana me acaricia la cabeza y me pregunta en un murmullo por qué no tengo canas, por qué sigo luciendo ese pelo duro y renegrido. Es una pregunta inoportuna que corta la mayonesa, pero cuando le respondo que no se trata de tintura sino de una disposición natural de los genes, me apoya los pechos y las caderas, y se afirma en mi nuca para besarme sin recato. No puedo entregarme del todo, me siento desdoblado y bajo los ojos irritados de Beatriz Belda. ¿Cómo es este negocio? ¿Cómo es?
De nuevo la actriz presiente algo, gira hacia la estratega y le lanza una orden abierta: «¿Bette?». BB le sostiene la mirada, que es gélida, y después descruza los brazos, aplasta el pucho, atraviesa el comedor y se pierde en el dormitorio y en el baño en suite: se oye el portazo interior. La jefatura ha cambiado de manos; esta noche todos obedecemos a Lady Di, que ahora se lleva un dedo a la boca pidiendo silencio, divertida, y luego me besa con procacidad. La situación sigue siendo confusa, y yo no consigo abandonarme del todo: el cerebro está más cerca del alerta máximo que del centro de recompensa. Diana entonces me da un revés y se ríe. Y cuando trata de darme otro, la atrapo en el aire, más enfurecido que antes, y le beso el cuello y el nacimiento de las tetas, y le subo el vestido y le acaricio las piernas y le cierro el puño en la concha. Al gemido le siguen una serie de maniobras cómicas y desesperadas: con lo único que se queda Diana es con la gargantilla de Bulgari; yo también estoy achispado y cabrero, a lo mejor deprimido. Vamos al dormitorio y ella vuelve a largarme un revés; le lamo los pezones y la penetro sin cuidados, para castigarla. Si ese cuerpo célebre tiene cirugías no se notan, y si se notaran no importaría demasiado. Es un combate nocturno sin distracciones ni treguas, y ella me exige a fondo sin darme nada a cambio: no acaba nunca, y clama a cada rato por distintas opciones. Quiere, por ejemplo, que la asfixie y que le haga el culo. Y enseguida que vuelva a los embates tradicionales que la llevan al borde, sin jamás cruzarlo. El fragor no me impide percibir que se ha abierto la puerta del baño, y que la luz rasga la penumbra. Al levantar la vista, alcanzo a ver el cuerpo diminuto de Beatriz Belda. Que está desnuda, agarrada de los marcos. A contraluz parece una mariposa de alas desplegadas. No sé si tiene arrugas, solo sé que a su manera es también armoniosa y deseable. «Bette», la solicita Diana Galves, con voz transpirada. Beatriz se hace desear todo un minuto, pero luego baja los brazos y avanza sobre la oscuridad. Se supone que esto es un trío y que yo debo besarla, no conozco muy bien las leyes internas, pero Bette me esquiva y va derecho a la actriz. Se dedica a ella con una delicadeza suprema, puro minimalismo: la frota, la liba, la roza con ternura, la hace vibrar. Ese refinamiento contrasta con la fiereza del sexo duro que le doy a Diana y que ella me requiere. Parece el mismo juego, pero son dos deportes bien diferentes. Nos arreglamos para ejecutarlos en cadena. A veces la diva me cabalga mientras recibe las atenciones sutiles de su amiga; en ocasiones yo se la meto por atrás mientras Diana premia a Beatriz con su lengua. Lo que nunca sucede, lo que jamás permiten, es que se produzca el mínimo contacto entre la estratega y su esclavo. Y pronto me doy cuenta de que yo actúo nada más que como material conductor, y que el propósito final siempre ha sido esa ligazón erótica, conflictiva y ambigua que las une a las dos y que cada vez toma mayor temperatura y protagonismo. Me retiro a una silla cuando sé que sobro y que, como el galán de los ojos lila y el ganador del Goncourt, fui atraído hasta acá con el único objeto de habilitar ese extraño vínculo que nunca se consuma por la vía directa. Casi no puedo pensar en otra cosa mientras las veo frotarse con entusiasmo. Es una escena en cierta forma irreal: Beatriz Belda y Diana Galves rodando sobre sí mismas, arrancándose los orgasmos que a mí se me negaban. Ahora que recuperé el aliento y la racionalidad, ahora que estoy más helado que la merluza, pienso detenidamente en las dos: Di fue siempre una seductora compulsiva pero netamente heterosexual, y Bette estuvo enamorada de ella desde la adolescencia. El modo que encontraron para resolver ese descalce fueron estos excepcionales períodos ventana, donde un tercero oficia de nexo.
Maca podría explicarlo mucho mejor, pero no les daré pasto a las fieras: pienso llevarme este secreto a la tumba. Regreso al comedor y me visto en silencio; todavía Sinatra sigue galopando su canción eterna. Hasta parece cansado. Salgo de la suite, bajo en ascensor mirándome al espejo y fumo dos cigarrillos sentado en un banco de piedra de la plaza de enfrente. Cuando camino hacia la Conejera, con las solapas levantadas y las manos en los bolsillos, siento vibrar el móvil.
Imagino que las chicas quieren que vuelva, o quizás buscan burlarse de mí o pedirme disculpas, así que dejo que vibre un rato sin responder. Cuando me llaman por tercera vez, contesto con enorme fastidio. No son ellas, es Palma. El Gran Jack ha desaparecido.