La estrella de Nerea
Capítulo 37
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CUANDO TIENES MIEDO
Me dan el alta por la mañana y salgo de observación bastante recuperada, pero arrastrando los pies del cansancio. Se duerme poco en una sala en la que otros pacientes tosen, las máquinas pitan y los trabajadores del hospital hablan entre ellos. Pablo me espera fuera, sentado en una silla, con bastante mala cara.
—Te dije que te marcharas —susurro ya sobre su pecho.
—Jamás te hubiera dejado aquí sola —me asegura, con sus brazos alrededor de mi cuerpo.
—¿Estás mejor?
—Un poco cansada.
Hacemos el trayecto casi en silencio, con una dulce melodía de fondo y el murmullo del trasiego de la ciudad amortiguado por los cristales del coche.
Lo escucho suspirar y redirijo mi mirada hacia él.
—No pasa nada, Pablo. No tiene importancia —insisto en que se deshaga de la culpa que lo ahoga.
—Podrías haber muerto. —Traga con dificultad.
—Jamás lo hubieras permitido. —Pongo mi mano sobre la suya, que descansa sobre su pierna derecha, y la aprieto, a la vez que le sonrío con esperanzas. Él me devuelve el gesto, sin embargo, solo le dura un segundo. Aparta su piel de la mía y agarra el volante.
—No puedo quedarme contigo ahora —cambia de tema—. Tengo una entrevista con los chicos.
—Vale…
—He llamado a Cristina para que te cuide. Tiene que estar a punto de llegar.
—Gracias por todo. No tenías por qué quedarte a pasar la noche.
No hay rastro de Pablo, y su ausencia se hace notar. El roquero simpático, guasón, amable y cariñoso nada perdido entre un montón de olas. Lo sé porque yo, una vez, me asfixié en ese temporal.
—No estás preocupado. No es eso lo que te pasa —caigo en la cuenta. No contesta e insisto—. Pablo.
Para frente a mi casa y no apaga el motor.
—No es nada. Después te llamo. —Me despacha, mirando al frente y sin despedirse con un beso, cosa que me extraña sobremanera.
—No me trates como si fuera idiota —le pido.
—Acabas de pasar la noche en el hospital.
—Pero no estoy enferma. ¿Qué ocurre? —Insisto, y espero a que hable, pero nada sale de su boca—. ¿Sabes qué? Si no está el Pablo sincero, prefiero no hablar con nadie. —Salgo del coche y camino unos pasos sobre el acerado en dirección a mi portal.
—¡Espera! —Llega a mí y se posiciona justo en frente—. Llevas razón. Estoy enfadado. —Se toca el arco de la nariz con dos dedos, respira y me mira con intensidad—. Hugo te ha llamado unas cuatro veces.
—¿Has mirado mi teléfono? —Frunzo el ceño.
—Vi las llamadas en la pantalla. También te ha enviado un mensaje.
—¿Has leído mis mensajes? Pero ¿cómo te atreves? —Levanto las manos, incrédula.
—¿Sales con él? —pregunta, y se queda tan pancho—. ¿Sales conmigo y con Hugo? —Abro los ojos de par en par. ¿Cómo?
—Tú y yo no salimos. —Resumo la larguísima respuesta que me gustaría darle—. Y no cambies de tema. No tenías derecho a entrometerte en mi intimidad.
—Este no es buen momento para hablar de esto. Has tenido un shock. —Se arrepiente de sus preguntas.
—¿Hablar de qué? Creía que las cosas estaban muy claras —ironizo–. Somos amigos que se lo pasan bien. Es lo que siempre hemos sido.
—¿Eso piensas? Después de todo, ¿eso es lo que piensas? ¿Tú me escuchas cuando hablo?
—Te pregunté qué éramos. Y tu respuesta no dejó lugar a dudas. Amigos. —Incido sobre la última palabra—. Amigos que se acuestan.
—Entonces, ¿sales con Hugo? —trata de contenerse, pero apenas lo consigue. Le molesta, y mucho.
—Yo no he dicho eso —aclaro.
—Contesta a la pregunta.
—¿Sales tú con Sam, Dayana… y otras veinte mujeres?
—No —niega, sin titubear, honesto.
—¿Te acuestas con ellas? —Modifico la cuestión.
—No desde que lo hago contigo. —Niega—. Aún no me has contestado.
—¿Y qué si lo hago? No debería importarte.
—¡Pues resulta que me importa! —Levanta los brazos y la voz—. ¡Me importa! ¡Me importa que folles con otro!
—¡Yo no follo con nadie! ¿Quién te crees que soy? —Me siento insultada.
Recapacita.
—No quería decir eso. —Se masajea la frente.
—Sé muy bien lo que has querido decir. Está claro. Pero te pediría que dijeras en voz alta lo que te callas para ti. Ahorraríamos mucho tiempo.
—¿Qué quieres que te diga?
—Si tienes que preguntármelo, prefiero que no digas nada. —Giro sobre mis pies para marcharme.
—Te quiero —escucho a mi espalda. Me vuelvo hacia él y no encuentro en su mirada lo que esperaba—. Nunca he dejado de quererte… —Levanta el cuello, pone los brazos en jarra y mira hacia el cielo.
—Pero… —lo insto a seguir.
Me clava la mirada.
—Pero me aterrorizas. Y me aterroriza convertirme en la persona que dejaste cuando te fuiste.
Respiro con fuerza, a la espera de que siga hablando, pero no lo hace.
—¿Sabes lo que significa para mí escucharte decir eso? —Silencio—. Vete a esa reunión, vas a llegar tarde. —Me doy por vencida. Pablo no está dispuesto a arriesgar y yo no voy a obligarlo.
Saco la llave y abro el portal.
—Perdóname, Nerea. Yo no estoy preparado p…
—No hay nada que perdonar. —Empujo la puerta y escucho a Cristina llegar y saludar a su amigo.
Espero a que terminen de hablar con la mano aguantando la puerta y toda mi fuerza conteniendo mis lágrimas.
—Luego te llamo —me informa Pablo.
—Te agradezco que cuidaras hoy de mí, pero no me llames. Quizás nos veamos cuando vuelvas.
—Nerea…
Dejo que mi hermana entre en el edificio y cierro la puerta sin dejarle lugar a réplica.
Le cuento a Cristina todo lo ocurrido con dos tazas de café como testigos, y me quedo dormida sobre el sofá en cuanto los créditos de la película comienzan a rodar. En lo que dura mi siesta mañanera, la escucho hablar por teléfono con mi madre y con Pablo. Sí, con Pablo. La llama más de una vez para preocuparse por mi estado de salud. Me dan ganas de quitarle el teléfono de las manos a mi querida hermana y hacerle saber al roquero que mi salud física, por fortuna, se encuentra bien, pero que la mental pasa por muy malos momentos al no entender su forma de actuar. Me quiere, lo dice y lo demuestra, no obstante, soy su mayor pesadilla, o eso parece.
Duele.
—Deberías cambiar la decoración —me aconseja mi hermana con un trozo de pizza en la boca.
—¿Eso crees?
—Es un poco seria.
—¿No me representa?
—Ese jarrón no me gusta, como tú ahora mismo.
Me muerdo el labio inferior y evito preguntarle a qué se refiere, de todas formas, ella solita me lo va a aclarar.
—¿No ves que estás tirando tu vida por el retrete de nuevo?
—Bonita forma de decirlo —ironizo.
—Solo te falta cagar encima y tirar de la cisterna. Te estás boicoteando tú misma.
—No vayas por ahí.
—Alguien tiene que decirte que te equivocas.
—Pablo no quiere una relación seria.
—¿Y tú sí? Acabas de separarte.
—Yo tengo casi cuarenta años y me gustaría mantener una relación con alguien que busque lo mismo que yo y al que no le importe hablar de compromiso y futuro sin que le tiemble todo el cuerpo.
—¿Por eso vas a dejar que se vaya? Pablo te haría feliz. Las dos lo sabemos.
—Sí, lo se. Pero no quiere.
—Claro que quiere. ¡Solo está muerto de miedo!
—¿Y qué tengo que hacer? ¿Persuadirlo? Ya somos mayorcitos. Y no soy su madre.
—Tú no estuviste a su lado cuando todo ocurrió. ¡Yo sí! Sé lo que significa para él enfrentarse a ti y a todo lo que representas.
—¿Soy el demonio? ¡Porque hablas como si lo fuera! ¡Como él!
—Nerea, tú no lo has visto desmayado en el suelo, puesto de coca hasta el culo. Más de una vez, de dos y de tres tuve que llamar a emergencias. ¿No lo entiendes?
—¡Claro que lo entiendo! Pero nada cambia el hecho de que Pablo se aleja en cuanto llega demasiado cerca de mí. ¡Y no puedo hacer nada para cambiar eso!
—¡Sois lo dos exactamente iguales! ¡Iguales! ¡Y por eso seréis desdichados para siempre! —vocifera.
Me levanto como un resorte, me alejo de ella y del almuerzo y convierto mi dormitorio en un refugio inexpugnable e improvisado. Cristina, que me conoce, me deja tiempo para tranquilizarme. Por la tarde salgo de la habitación y la invito a merendar fuera, con la condición de no hablar más del tema.
Los siguientes dos días los paso reteniendo las ganas de llamarlo y pedirle que me quiera como yo necesito que lo haga, arriesgando su juicio; pero tomo conciencia de la situación y me abstengo de pulsar su nombre sobre el teclado de mi móvil.
Joel y Toni me invitan a comer en Manolitos el viernes a mediodía y tratan de animarme con un vino muy caro.
—Deberías salir con otro. Un clavo quita a otro clavo —me aconseja mi ayudante.
—No le digas eso, cariño. Aún no se ha ido y ya le estás buscando sustituto —le regaña su pareja—. Diva Elsa —se dirige ahora a mí—, tú puedes conseguir lo que te propongas. Estoy seguro.
—¿Podemos hablar de otra cosa? —pido, tras dar un sorbo a la copa.
Les agradezco la compañía y vuelvo a la oficina obviando las diversas llamadas de Cristina. Sé lo que va a decir y no me apetece tener que escucharla. Pablo se va esta tarde, dentro de pocas horas cruza el charco y se alejará miles de kilómetros de mí, pero ¿qué importa? En realidad, no se ha acercado el tiempo suficiente durante estos tres meses para hacerme creer que se quedará a mi lado para siempre.
Pablo. Mi Pablo. ¿Dónde estás?
Al no tener noticias de mí, a mi hermana se le ocurre la gran idea de pasarse por mi despacho con el pretexto de que pasaba por aquí. Eso no se lo cree nadie. Trata de convencerme para que vaya a buscarlo, sin embargo, terminamos la conversación gritándonos y concursando en lo que podría denominarse «¿Quién quiere ser gilipollas?».
—¡Se acabó! ¡¡No sé ni por qué lo intento!! ¡¡No me escucháis!!
El plural me hace sospechar que esta charla la ha mantenido también con la otra parte.
—¡¿Lo has hablado con él?! ¡¿Has intentado convencerlo!?
—¡¡No tengo que convencerlo de nada!! ¡¡Solo intento que las dos personas a las que más quiero en mi vida se den cuenta de que están hechos el uno para el otro!!
—¿Sí? ¿Y cómo sabes eso? ¿Cómo sabes que somos la persona correcta?
—¡Lo sé!
—¡Esa respuesta no me vale!
Saca su teléfono móvil del bolso, teclea sobre la pantalla, pulsa el play de un audio de WhatsApp y la voz de Pablo comienza a hablar.
—«Pétalo, he escrito una nueva canción. ¿Quieres escucharla? Bueno, te la voy a cantar de todas formas. No es triste, aunque lo parezca. Se llama El Templo de Debod. Espero que te guste. —Comienzan a escucharse los acordes de una guitarra.
«Si tú quisieras y mis miedos no existieran.
Si tus piezas pudieran moverse al compás de mi sonrisa.
Antes que el océano nos ahogue.
Antes de que el sol nos derrita.
Si tú quisieras y mis miedos no existieran.
Déjame quererte con mi música.
Déjame desnudarte con mis ganas.
Déjame vestirte con mis besos.
Déjame expresarme sin palabras.
Solo quiero eso.
Entrelazar nuestros dedos.
Sentir que mi mundo se completa.
Tú eres, nena.
Tú eres mi chica imperfecta.
Si tú quisieras y mis miedos no existieran».
Unos segundos de sus dedos sobre las cuerdas y se detiene. Mis ojos, sin embargo, inundados de lágrimas, no pueden parar de emocionarse.
—«Tengo que cambiar algunos acordes, pero en esencia quedará tal cual está. Quiero que sea real, como ella. No seas muy dura conmigo. Te quiero. Te llamo pronto».
—¿Te vale con esa? —Cristina cierra la aplicación y me mira.
—¿Cuándo te ha enviado el mensaje? —Me limpio la cara.
—Anoche de madrugada.
Cojo el bolso, me lo cuelgo al hombro y salgo disparada.
—¿Adónde vas, Reina Mora? —pregunta Joel cuando paso por su lado como una bala.
—¡A por mi vida! —grito, y bajo las escaleras con Cristina pisándome los talones.
—¿Tienes el coche aquí?
—A dos calles.
—¿Qué hora es?
—Pablo debe estar ya en el aeropuerto —contesta, a sabiendas de mis pretensiones.
Por una vez en la vida, me alegro de que mi hermanita conduzca un Fiat 500. Nos colamos por callejuelas imposibles de transitar con mi todoterreno y acortamos camino adelantando coches por espacios muy pequeños. Ponemos nuestra integridad física en grave peligro por llegar a tiempo y hablar con Pablo. Ni siquiera sé qué voy a decirle. «Pablo, yo también te quiero. Sé que eres el hombre de mi vida y me gustaría luchar por lo que tenemos. Por favor, dame una oportunidad», sería un buen comienzo.
—Vamos a matarnos —apunto, agarrada al salpicadero y con todo el cuerpo en tensión, mientras mi hermana, alias «Niki Lauda», zigzaguea entre el tráfico.
—Un poco más de fe. —Da un frenazo y nos paramos en seco.
Pita a una moto y llama de todo al conductor a través de la ventana. Comienza una trifulca dialéctica en la que se entretienen casi un minuto. Le arengo para que pise el acelerador al ver que el motero se baja y camina hasta nosotras con la intención de estampar el casco contra el cristal.
—Un día te van a pegar —le aviso.
Ella hace caso omiso y sigue conduciendo como si de un circuito de velocidad se tratara. Vemos el aeropuerto desde la autopista y le pregunto a qué hora exacta sale el vuelo.
—Van en el jet privado de la productora, pero tenían el despegue a las siete y treinta y cinco.
Detiene el coche en la zona sur y me desea suerte.
—¿Adónde voy? —le grito a través del hueco que ha dejado la ventanilla bajada.
—¡Pregunta por la Terminal Ejecutiva! ¡Venga, date prisa, quedan diez minutos!
Las puertas automáticas se abren delante de mí, las cruzo y corro como no lo hacía desde que era niña.
Corro.
Corro mucho.
Un montón de imágenes comienzan a aparecer en mi mente y sonrío. Debo parecer una loca.
Pablo mirándome.
Pablo desnudo a mi lado.
Pablo diciéndome que me quiere.
Pablo de pequeño, con la cara llena de helado.
Pablo abrazando a mi hermana.
Pablo cantando en Las Vegas.
Pablo mirando las estrellas.
Pablo y sus besos. Muchos besos. Nuestro primer beso.
Pablo con una pelota.
Pablo riendo.
Pablo y su olor.
Pablo y su magia.
Pablo y su voz.
Giro en una esquina con la pulsaciones a doscientos y veo algunas caras conocidas. Allan y Peter charlan con unas gafas de sol puestas. Muy cerca, Arthur, le da ordenes a una azafata, y Chase y Robbie parece que duermen sobre unos sofás. No encuentro a Pablo a primera vista.
—Disculpe, señora. ¿Adónde cree que va? —Un seguridad se interpone en mi camino y me frena en seco—. Esta zona es privada.
—Los conozco. —Señalo a los chicos.
—Eso decís todas. Por favor, váyase y no me obligue a tener que echarla.
—No le estoy mintiendo. Tengo que hablar con… ellos. —Los señalo—. Usted no lo entiende —insisto—. Soy la novia de Pablo Aragón.
—Ya… —Me clava la mirada y me señala la salida.
Suspiro, lo pienso durante unos segundos y giro sobre mis tacones para irme. Sin embargo, cuando observo que se relaja y su atención se desvía hacia otro lado, esprinto y me cuelo en la sala en la que la banda espera.