La estrella de Nerea

La estrella de Nerea


Capítulo 38

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CERRANDO ETAPAS

 

 

 

—¡Allan! —lo llamo, con el guardaespaldas corriendo detrás de mí.

El guitarrista me mira y se extraña.

—¿Nerea?

Llego hasta él y trato de hablar, pero el aire no me llega a los pulmones. Me agarro de la cintura y me encojo.

—Lo siento, señor. Se ha colado. —El vigilante me agarra del brazo y tira.

—No se preocupe. —Allan me sujeta y me pega a él—. Es una amiga. Puede marcharse.

—Hola, chicos… —Peter me mira con una amplia sonrisa—. ¿Dónde… Dónde está Pablo?

Se le corta el gesto y Allan se quita las gafas y me pide que lo acompañe a una esquina.

—Pablo no está.

—¿A qué te refieres?

—Se fue esta mañana.

No puedo ocultar mi cara de decepción.

—¿Te ha dicho algo?

—¿A qué has venido? —contesta con otra pregunta.

—A buscarlo. Los dos hemos cometidos muchos errores, pero podemos enmendarlo. Necesito decirle que le quiero.

—Lo sabe, Nerea. —Trago con dificultad.

—Tú lo conoces, Allan, dime qué tengo que hacer para llegar a él.

—Has hecho todo lo que has podido. Ahora… Necesita tiempo.

—Prométeme que lo cuidarás.

—Te lo prometo.

Me abraza y me da un beso en la mejilla. Arthur lo llama para embarcar y Peter se acerca a despedirse.

—No le digas que he venido —le pido, cuando volvemos a quedarnos solos.

—Reaccionará, estoy seguro.

Yo no lo tengo tan claro.

 

 

Mi hermana me espera con la espalda apoyada en una columna y trasteando con el móvil.

—¿Qué tal ha ido todo? —pregunta cuando me ve llegar. El semblante se le transforma al darse cuenta del mío.

—Se ha ido.

—¿No has llegado a tiempo? ¡Te dije que corrieras!

—No me entiendes. Se fue esta mañana. No quiere saber nada de mí. —Tomo asiento, derrotada, en una especie de banco de piedra.

—No se puede ser más tonto.

—Me lo merezco. —Cierro los ojos y me masajeo la sien.

—Él sí que se merece una buena patada en los cojones. No los iba a poder utilizar durante semanas.

—Vámonos. Aquí no hacemos nada.

En el trayecto de vuelta le pido que no le cuente a su amigo nuestra pequeña aventura. Prefiero que no sepa lo que ha ocurrido. Me promete que no dirá nada y me deja en la puerta de mi casa.

 

Dos semanas más tarde celebramos el cumpleaños de Rocío, como siempre, viendo películas de un alto contenido erótico y tragando como gorrinas cantidades ingentes de comida basura. Entro en su casa con una queja clara en la boca: no me apetece excitarme si no voy a tener al lado un hombre que termine la faena. La andaluza me explica, con todo lujo de detalles, cómo puedo darme placer yo solita y le tiro un paquete de tabaco a la cara para que cierre el pico. Antes de marcharnos nos recuerda que somos invitadas de honor al estreno de su segunda película y que debemos ir vestidas de Diva. Al evento asistirán personajes famosos y actores muy conocidos. Me agobio al pensar que ellas estarán acompañadas por sus parejas y que yo pasearé por la alfombra roja sin nadie a mi lado. Se me pasa por la cabeza pedirle a Cristina que me acompañe, pero no me gustaría hacer el ridículo cuando, con total seguridad, vea a Mario Casas y se le tire encima.

 

Joel viene a mi apartamento a aconsejarme el outfit que debo llevar, sin embargo, termina gritando a lo «divina desquiciada» que mi armario parece un estercolero en el que solo guardo basura. Se pone la riñonera de lentejuelas (sí, una riñonera, cosas de la moda), peina su recién estrenado flequillo hacia atrás y me pide que lo lleve a la calle Serrano antes de que le salga sarpullido con tanta felpa.

Me compro un vestido espectacular, color negro, escote palabra de honor, largo y corte princesa. Mi ayudante vuelve a casa más tranquilo, tras verme gastarme un pastizal en Chanel e invitarlo a un par de copas de vino en El Callejón de Serrano.

 

Andrés me llama al día siguiente para darme buenas noticias, o no, no sabría concretarlo. Me encuentro en uno de esos momentos en los que me da miedo dar un paso en falso y volver a equivocarme. Sin embargo, en cuanto cuelgo, me doy cuenta de que separarme de Sebastian es de lo único que estoy realmente segura. Quedamos la próxima semana en su despacho para firmar los papeles y zanjar el tema. Paso unos días regulares, a la espera de hacer oficial el fracaso de mi matrimonio. Me apoyo en mi familia y en mis amigas. Hasta mi madre acepta mi decisión y viene a la ciudad a verme y pasar el día conmigo. Mi padre llega a la hora de merendar  y los llevo a tomar café al Salón des Fleurs. Quedan encantados con el sitio y les prometo que volveremos pronto con más tranquilidad. Quiero relajarme con un baño de sales y prepararme para lo que me espera mañana en el despacho de mi abogado.

 

Andrés me saluda nada más entrar en su oficina y me ofrece un café, (sugiere que sea descafeinado y yo se lo acepto). Me informa de que Sebastian llegará en seguida y me asegura que todo saldrá bien. Mi aún marido aparece poco tiempo después, perfectamente trajeado y peinado, oliendo a su perfume favorito (que yo siempre le regalaba) y el semblante muy serio. No me saluda, solo les pide que nos dejen a solas un momento. Mi abogado, como buen profesional, me pregunta si estoy de acuerdo, y se marcha al verme asentir con la cabeza.

—Quiero pedirte disculpas. —Habla, y parece sincero—. Lo siento, Nerea. Me porté como un energúmeno la última vez que nos vimos. Cuando me enteré que volvías a estar con él, me volví loco. No tengo derecho a presentarme en casa de madrugada y decirte todo lo que dije.

—Me hiciste mucho daño. No soy la culpable de que lo nuestro terminara. Nadie la tiene. Ni siquiera él.

—Lo sé. Solo… Dame tiempo para aceptarlo.

—Sebas, nunca quise que pasara esto. Lo he intentado, te lo prometo, pero debo pensar un poco en mí. Debo luchar por ser feliz.

—¿Conmigo no lo has sido?

—Lo fui durante muchos años, pero… ya no. —Lo veo tragar con dificultad.

—Está bien. Terminemos con esto de una vez. —Pide, en un tono neutro.

—Para mí también es difícil de digerir. No creas que está siendo fácil olvidarte.

—Creí que ya lo habías hecho.

—Nunca te olvidaré. Has sido la persona más importante de mi vida durante casi trece años. —Una lágrima furtiva rueda por mi mejilla.

Suspira y cierra los ojos.

Es curioso cómo el divorcio se convierte en un mero trámite empresarial. El fin de la reunión: disolver la sociedad de gananciales. No se hace pesado ni tedioso. Su coche para él. Mi coche para mí. Yo me quedo con la casa y le doy la mitad del valor de la finca a él. De la hipoteca de mis oficinas en la calle Marqués de Cuba también me encargo, ya que es mi empresa y mi trabajo. Nada de esto me preocupa, por fortuna tengo bastante dinero ahorrado y Eventos GonBa cada día se hace más rentable. En realidad siempre hemos tenido cuentas separadas, así que esto soluciona gran parte del problema. Firmamos los papeles y tema zanjado. Al menos, en lo que a la parte legal se refiere. Una bola de ansiedad me aprisiona la garganta y me despido de los tres antes de empezar a llorar delante de todos. Lo curioso es que no lloro cuando me quedo sola, al contrario, cuando salgo a la calle me siento liberada. La sensación de ahogo desaparece y una tranquilidad infinita se apodera de todo mi ser. Ya está, lo he hecho. Después de tres años dándole vueltas a la cabeza, de sentirme mal por mis decisiones, de no dormir por la noche pensando en mis equivocaciones… Por fin, comienzo a ser dueña de mi vida.

La felicidad y la euforia que me inculcan las endorfinas me duran dos días. Paso otros dos o tres con un principio de depresión que no llega a serlo del todo. No sé explicarlo. Hablo con las chicas sobre el tema, con mi hermana y con Joel, pero ninguno de ellos me entiende, o, al menos, no siento que lo hagan, así que se me ocurre llamar a Hugo y tomar un café con él. Tal vez sepa darle nombre a lo que me pasa.

No se sorprende de mi llamada y quedamos en una cafetería del centro esa misma tarde. Yo llego primero, tomo asiento en una de las sillas de hierro blanco y cojín estampado y pido un zumo de naranja, me apetece algo fresquito.

Lo veo atravesar la puerta unos segundos después, con unos vaqueros y una camiseta blanca con el logo de Levi´s en grande en el pecho. La ropa informal lo hacen parecer mucho más joven. Se quita las gafas de sol y una sonrisa le ilumina la cara cuando me ve.

—Hola. —Se sienta frente a mí—. Perdona el retraso. No encontraba el sitio.

—No te preocupes, acabo de llegar.

Una camarera se acerca a nosotros, deja mi zumo sobre la mesa y le pregunta a él qué desea.

—Un café americano. Y un vaso ancho con hielo, por favor.

—Me alegra que hayas podido venir.

—¿Por qué no iba a poder?

—Pensé que tendrías que salvar a alguna empresa esta tarde.

—Esta mañana ya salvé a tres.

Nos reímos y me doy cuenta de lo cómoda que estoy.

—Venga, dime. ¿Por qué me has llamado? No es que me queje, pero ya me he dado cuenta de que eres una persona difícil de acceder. —Comenta, sin acritud, como una mera información.

—No he pasado un buen día y creí que tú podrías ayudarme.

Le cuento lo ocurrido durante los últimos días, cómo me siento desde que firmé los papeles del divorcio y la montaña rusa en la que va subido mi estado de ánimo.

—No me arrepiento, es más, me alegro de haber tomado la decisión y haberlo hecho; sin embargo… hay días que no puedo evitar sentirme triste. Es como si hubiera ganado una batalla que debería haber perdido.

—Todo lo que sientes es normal, Nerea. No tienes que intentar darle explicación a lo que te ocurre. Pasarás por varias fases que no podrás evitar, pero, poco a poco, con el tiempo, lo superarás. Estoy seguro.

—Espero que lleves razón.

—Te digo esto por experiencia propia. Todavía la echo de menos.

—¿Aún la quieres?

—No la echo de menos a ella, sino a la vida que teníamos. Todo es más fácil con una compañera de viajes. Al menos, casi siempre. —Su frase me impacta de una manera descomunal, ya que esto lo he sentido en dos ocasiones. La primera hace tres años, cuando Sebas y yo nos separamos durante unos meses; y la segunda, ahora, durante estos últimos días.

Hablamos durante más de dos horas. Nos damos cuenta de todas las cosas que tenemos en común. Le gusta el helado de melón, las películas de ficción y estudió empresariales. Nos sorprendemos ante el hecho de que coincidimos en la facultad al menos dos años y quizás compartimos clases y profesores. Reímos recordando las manías de alguno de ellos y el tiempo pasa tan rápido que la hora de la cena se nos echa encima. No me deja pagar en la cafetería y salimos a la calle con las risas que no han dejado de acompañarnos durante casi toda la velada.

—Lo he pasado muy bien. Gracias por venir a salvarme.

—Tenía que salvar a alguien por la tarde, no puedo perder el ritmo. —Cuelga sus gafas en el cuello de la camiseta—. Es la hora de cenar. ¿Te apetece que vayamos a comer algo por aquí cerca?

—Solo si me dejas invitarte.

 

Hugo casi consigue que me olvide de que Pablo se fue a Miami sin despedirse y lleva un mes sin ponerse en contacto conmigo. Vale, yo le pedí que nos diera tiempo y que ya veríamos cuando volviera; pero fui a buscarlo, fui a buscarlo de nuevo y se había marchado. Estoy cansada de tirar de ese hilo que me une a él sin encontrar a nadie al otro lado.

 

Se ofrece a acompañarme a casa dando un paseo cuando le digo que vivo muy cerca, y caminamos bajo la luz de las farolas y los focos de los pocos coches que circulan a la una de madrugada por la avenida. Huele a verano, que se mezcla con su perfume cuando se acerca a mí.

—Es aquí —anuncio.

—No vivimos demasiado lejos.

—De todas formas, hay una parada de taxi al girar en esa esquina.

—Me apetece caminar. Hace una temperatura perfecta.

—Gracias… —Le reitero mi agradecimiento—. Ha sido justo como esperaba.

—Para mí ha sido mucho mejor.

Nos quedamos en silencio unos segundos, dedicados solo a observar la mirada del otro.

—Gracias a ti por esta tarde maravillosa —sigue—. Pero será mejor que me vaya antes de que amanezca. —Sonreímos sin saber muy bien qué hacer.

Se mueve unos milímetros hacia delante y hacia atrás y al final se gira, musitando un «nos vemos otro día».

—¡Hugo! —lo insto a detenerse.

—¿Si? —Me mira, y su irresistible atractivo me golpea en el pecho.

—¿Te gustaría acompañarme al estreno de una película? Mi amiga Rocío es una de las actrices protagonistas y no me apetece ir sola —le pido, como la mujer segura e independiente que soy.

—Me encantaría.

 

Las chicas se alegran de que Hugo me acompañe al evento y se enorgullecen de que maneje las riendas de mi vida con tal maestría. Saben lo difícil que está siendo para mí no levantar el teléfono y llamar a Pablo, no obstante, me aplauden el hecho de que me mantenga en mis trece y le dé el tiempo que necesita, aunque signifique que se olvide de mí. Lo que no saben (porque parece que me he convertido en una magnífica actriz) que hay noches que me quedo en vela pensando en sus besos, en su sonrisa y en su voz, susurrándome al oído que me quiere.

 

Cristina y Joel vienen en mi auxilio para ayudarme a vestirme de gala. Mi ayudante me hace un pequeño recogido en el pelo, muy moderno pero formal; y entre los dos me ponen el aparatoso vestido (cancán incluido). Mi hermana se queja de no haber sido invitada al estreno y maldice a Rocío.

—Ojalá se quede calva —masculla, cruzándose de brazos y enfurruñada.

—No juegues con eso, niña. —Joel se toca el pelo, preocupado por si hubiera perdido algún pelo.

—Tenía un número limitado de invitaciones, Cris —la disculpo.

—Pues ya podías haberme invitado tú.

—Déjala que vaya con Hugo. Necesita divertirse.

—Tuve que aceptar que te acostabas con mi mejor amigo y ahora tengo que hacerlo con mi cuñado. ¿No puedes tirarte a alguien que no tenga nada que ver conmigo?

—No me tiro a Hugo. Solo somos amigos.

—Eso dijiste de Pablo.

—¿Podemos dejar de hablar de él?

—¿De Hugo o de Pablo? —pregunta, a sabiendas de a quién me refiero.

Pongo los ojos en blanco y ella sigue:

—¿Vas a obligarme a morderme la lengua en tu presencia durante otros tres años?

—No —contesto segura—. Lo único que te pido es que me apoyes. Hugo me cae bien. Es un buen hombre.

—Lo sé. —Respira y cambia de cara—. Venga, ponte los zapatos de tacón. Pareces un tapón de alberca. —Se mofa de mi estatura.

—Puedo que yo mida un metro y medio, pero esta noche voy a cenar rodeada de famosos e iré de fiesta gratis.

—Te odio. Eres una mala persona. —Cruza los brazos, levanta el mentón y tuerce la cabeza hacia un lado.

 

Hugo me espera junto a una limusina blanca y me hace una pequeña reverencia cuando llego hasta él.

—¿Y esto? —la señalo.

—¿Me he pasado?

Niego con la cabeza y sonrío.

—Me encanta.

—Fue idea de Cristina. Tiene un talento especial para convencer a la gente. Debería contratarla.

—Jamás conseguirías que se ajustara a un horario. Es una hippie de corazón.

—Está usted espectacular. —Me coge la mano y la besa.

—Gracias. Lo mismo digo —me agarro el vestido y agacho el cuerpo hacia delante en un saludo de la Edad Media, siguiendo su juego.

Lleva un traje de chaqueta negro con pajarita del mismo color y blusa blanca. Huele a Armani desde aquí.

Me abre la puerta de atrás y señala el interior.

—Las princesas primero.

—Es usted todo un caballero.

Intento sentarme, pero el vuelo del vestido y el cancán no me dejan lograrlo. Me remuevo sobre mí misma y bufo subiendo la tela unos centímetros. Hugo me mira nada más acomodarse y, tras varios manotazos al modelito y pelearme conmigo misma, ambos rompemos en carcajadas.

 

Una nube de fotógrafos se apostan delante de nosotros. Veo a Rocío y a Carlo muy sonrientes ante las cámaras y Hugo y yo pasamos desapercibidos ante tanto despliegue de actores y conocidos. Saludo a Carol y a Andrés que esperan dentro con una copa de cava en las manos. Mi amiga ya ha avisado a su marido de que yo vendría acompañada y las presentaciones transcurren con normalidad y mucha educación.

La película es muy entretenida y el estreno todo un éxito. Damos la enhorabuena a Rocío al salir y la dejamos disfrutar de su tan merecido triunfo junto a otros compañeros. La esperamos en el recinto donde se celebra la cena y nos sentamos alrededor de una mesa a disfrutar de otra velada muy amena y divertida.

No puedo negar la complicidad que existe entre Hugo y yo. Hasta Carol se percata y me lo hace saber en el baño de señoras. Me pide que disfrute del momento y deje atrás el pasado. Estoy segura de que, con esto, no solo se refiere a mi ex marido, sino a ese roquero cañón que aparece en mis sueños cada noche.

Después de la cena, los invitados comienzan a bailar. Suena More Than Words de Extreme, y mi acompañante alarga el brazo y me pide que baile con él. Llegamos al centro de la sala agarrados de las manos y nos envolvemos en una especie de abrazo. Movemos el cuerpo al son de la maravillosa melodía y, sin darnos cuenta y de manera casual, los dos comenzamos a tararear la canción. Sonreímos de oreja a oreja y puedo asegurar, sin mirarme a un espejo, que me sonrojo.

 

La limusina se detiene en mi calle pasadas las cuatro de la madrugada. Hugo, como el caballero que ha demostrado ser, baja de ella y me abre la puerta de una manera muy ceremoniosa. Por desgracia, mi forma de bajar, la definiría como torpe y escandalosa. El vestido se engancha a algo que sobresale y tengo que zarandearme para soltarlo. Él me ofrece la mano, la agarro y tira de mí. Caigo sobre su pecho y me sostiene. Cuando miro hacia arriba, sus ojos observan mis labios, obnubilados.

—Ha sido una noche maravillosa —musita.

—Hugo… —suspiro, justo antes de que sus labios rocen los míos y dejen sobre ellos un beso lento y sensual, pero que a mí no me llena como debería; y él se da cuenta—. Yo… —Trato de excusarme.

—Lo entiendo. No estás en esa fase —dice, afligido, pero seguro.

—No. No es eso —le rebato, dispuesta a ser sincera—. Yo… Lo siento. Debí habértelo dicho. Pero… estoy enamorada de otra persona.

Abre los ojos unos milímetros y, aunque parece que ha sumado dos más dos, no hace alusión al total de la operación.

Se retira un palmo y dibuja una mueca triste en su cara.

—Vaya. No puedo negarte que esperaba algo muy diferente de nosotros.

Miro hacia abajo, abatida, sin embargo, él me levanta el mentón con un dedo y me asegura que no tengo nada de lo que preocuparme.

—Tú haces todo por mí y mira cómo te lo pago.

—Lo hago porque me caes bien, y me gustas, no puedo negarlo. Pero que no quieras estar conmigo, no significa que no podamos ser amigos.

Amigos.

Tengo muchos.

Se supone que Pablo es uno de ellos.

—Gracias.

—Deja de dármelas, y prométeme que me llamarás siempre que lo necesites.

—Te lo prometo. —Le doy un corto beso en la mejilla y me despido de él, viendo cómo desaparece dentro de la limusina.

Una sonrisa agradable me acompaña en el corto trayecto desde el filo de la calzada a la puerta de mi edificio, gesto que se me corta en cuanto su perfume me perfora cada poro atravesándome la piel sin permiso. Solo tengo que mirar hacia un lado para encontrarlo.

A ÉL.

A Pablo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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